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En “La Única Partida en esta Ciudad” (1960), Everard y John Sandoval (un navajo nacido en 1930, que había luchado en Corea y estudiado en la universidad antes de que la Patrulla contactase con él) viajan a la América del siglo XIII, durante el apogeo del Imperio Mongol bajo el mandato de Kublai Khan, para detener lo que podría llegar a ser una anomalía fatal. Resulta que una partida de exploradores, guerreros y marinos mongoles (así como chinos de la dinastía Yuan conquistados por sus vecinos del norte), han llegado a las costas noroccidentales de América del Norte y ahora, ayudados por guías nativos, están avanzando hacia el sur.
Para la
Patrulla del Tiempo, esto representa una catástrofe potencial. Si los mongoles
logran regresar a Asia con la noticia de un continente inmenso y rico, el flujo
de la Historia humana cambiará de forma irreversible: el contacto
euroasiático-americano ocurriría siglos antes, alterando migraciones, imperios,
tecnologías y el destino del mundo entero. Everard, sin embargo, no tiene claro
por qué y de qué manera deben intervenir él y su compañero (historiador
especializado en las culturas nativas americanas y quien por primera vez
detectó, durante una de sus estancias en ese pasado, la presencia de los
mongoles). Al fin y al cabo, en ninguna parte quedaron registros de esa
expedición y claramente la Historia conocida sugiere que fracasaron.
Los dos
patrulleros contactan pacíficamente con los exploradores y enseguida se dan
cuenta de que los mongoles son guerreros duros, pragmáticos y curtidos en
combate. Su líder, Toktai, además, es muy capaz y cuenta con el consejo de un
sabio chino, Li Tai-Tsung, observador y analítico. La Patrulla del Tiempo tiene
estrictas reglas de no intervención innecesaria y prefiere métodos incruentos.
Matar a todo el grupo expedicionario crearía otras paradojas o problemas
morales, pero la mentira que urden acerca de que son enviados de un poderoso
Emperador más al sur que no desea que sigan avanzando, no da resultado, ni
siquiera cuando demuestran el poder de sus armas de fuego. El siguiente paso es
la guerra psicológica, implementada a través del uso del equipo que llevan en
su vehículo temporal, creando un espectáculo de luces y sonidos y alterando el
clima local.
Terror sí
causan, pero no el suficiente. Li Tai-Tsung, un hombre de ciencia se d
a cuenta
del engaño a insta a Toktai a coger prisioneros a esos dos mentirosos que
quieren hacerse pasar por hechiceros. Para colmo, Sandoval resulta gravemente
herido, por lo que Everard debe encontrar la forma de salir de la apurada
situación sin abandonar a su compañero ni renunciar a cumplir su misión.
El final incluye una sensación desasosegante para Everard, un desengaño respecto al altruismo y la virtud de la institución para la que ha elegido no sólo trabajar sino arriesgar su vida: “Más difícil que aceptar el fin de las ambiciones sangrientas de Toktai era aceptar la verdad sobre la Patrulla, a la que consideraba su familia, su nación y su razón de vivir. Los distantes superhombres habían resultado no ser tan idealistas después de todo. No se limitaban a proteger una historia, quizá decretada divinamente, que conducía hasta ellos. Aquí y allá, también intervenían para crear su propio pasado... No preguntes si alguna vez hubo un «esquema» original de las cosas. Mantén cerrada la mente. Mira el sendero terrible que la humanidad tenía que recorrer y convéncete de que si en algunos momentos podía ser mejor, en otros podía ser peor.
—Es posible que la partida esté amañada —dijo Everard—, pero es la única de esta ciudad.
“Delenda Est” (1955) es una de las ucronías más célebres de la literatura de CF. Manse y Van Sarawak, un compañero de la Patrulla, regresan a su propio tiempo tras pasar unas vacaciones en un complejo que la organización mantiene en el Pleistoceno, solo para descubrir que su época ha sido cambiada de forma no autorizada. Rastrean la alteración de la Historia hasta un incidente acontecido durante las Guerras Púnicas que permitió al cartaginés Aníbal derrotar a Roma.
Con ayuda de
otros agentes temporales que se encontraban en un pasado anterior a la
alteración y, por tanto, recuerdan cómo era la historia “oficial”, localizan el
punto crítico que cambió aquélla: la batalla de Tesino, en el 218 a. C., en la
que, en esta versión, murieron prematuramente Publio Cornelio Escipión y su
hijo Escipión “El Africano”. Esas muertes fueron a su vez provocadas por la
interferencia de dos mercenarios helvéticos que en realidad eran viajeros
temporales del siglo 205 d.C. que utilizaron sus conocimientos para obtener la
victoria de los cartagineses primero y luego una posición de privilegio
político y económico en la propia Cartago. Los agentes consiguen deshacer el
cambio, pero han de vivir sabiendo que, al hacerlo, han eliminado de un plumazo
las vidas de miles de millones de personas de esa línea temporal alternativa,
incluidas las de aquellos con los que llegaron a tener una relación cercana.
De nuevo,
resultan muy educativos los pasajes que nos recuerdan que la Historia
es como
es por un encadenamiento de acontecimientos que, de haber discurrido por
cualquier circunstancia de forma diferente, habría dado lugar a un mundo
geopolítica y culturalmente completamente distinto al que conocemos.
“Los galos eran algo más que un pueblo bárbaro, como la gente cree. Aprendieron mucho de los comerciantes fenicios y colonizadores griegos, así como de los etruscos de la Galia Cisalpina. Eran una raza muy enérgica y emprendedora. Por su parte, los romanos eran unos estólidos con pocas aficiones intelectuales. Hubo escaso progreso técnico en este mundo hasta la Edad Oscura, cuando el Imperio desapareció.
»En esta Historia, los romanos
desaparecieron pronto, y lo mismo les ocurrió, casi de seguro, a los judíos. Mi
sospecha es que, sin el equilibrio d
e poderes representado por Roma, los sirios
suprimieron a los macabeos. Lo mismo, aproximadamente, que pasó en nuestra
historia. El judaísmo desapareció y, por tanto, no existió el cristianismo.
Pero, sea como fuere, hundida Roma, los galos obtuvieron la supremacía.
Emprendieron exploraciones, construyeron mejores barcos, descubrieron América
en el siglo IX. Pero no adelantaron tanto respecto a los indios que éstos no
pudieran alcanzarles e incluso, estimulados, constituir imperios propios, como
el hoy existente Huy Braseal. En el siglo XI, los celtas empezaron a
experimentar con aparatos de vapor. Parece que también obtuvieron pólvora…,
quizá de China, y que inventaron otras varias cosas…”.
“Norteamérica, hasta Colombia, era
llamada Ynys yr Afallon, al parecer, una comarca dividida en Estados;
Sudamérica era toda ella un gran reino, Huy Braseal; y algunas pequeñas
comarcas, cuyos nombres parecían indios. Australasia, Indonesia, Borneo,
Birmania, India Oriental y una buena parte del Pacifico formaban el Hinduraj.
Afganistán y el
resto de la India eran Punjab. Han incluyó Corea, China, Japón
y la Siberia Oriental; Littorn poseía ambas Rusias y se internaba profundamente
en Europa; las Islas Británicas eran Brittys; Francia y Países Bajos, Gallis;
la península Ibérica, Celtan. Europa Central y los Balcanes estaban divididos
en pequeñas naciones, algunas de las cuales tenían nombres que parecían hunos.
Suiza y Austria eran llamadas Helveti; Italia, Cimbrilandia; la península
Escandinava estaba partida por medio: Svea, al norte, y Gothland, al sur. El
norte de África parecía formar una confederación que abarcaba desde Senegal a
Suez y llegaba casi al Ecuador, con el nombre de Carthalagann; la
parte sur de
este continente se subdividía en reinos menores, muchos de los cuales llevaban
nombres puramente africanos. El Próximo Oriente contenía Parthia y Arabia”.
Con el paso de los años, y a medida que Anderson se consolidaba como uno de los autores más reconocidos de la historia del género, el universo de la Patrulla del Tiempo continuó expandiéndose en sucesivas ediciones.
En 1981, aparece la reedición de “Los Guardianes del Tiempo”, en la que, además de los cuentos originales, se añadió “Las Cascadas de Gibraltar”, publicado originalmente en 1975, también en “The Magazine of Fantasy and Science Fiction”. En esta ocasión, un ya maduro Everard se encuentra disfrutando de unas vacaciones en un momento y lugar fascinante: la crisis de salinidad del Messiniense, hace aproximadamente 5,33 millones de años. En esta época, el Mar Mediterráneo se había aislado del Océano Atlántico y se había desecado casi por completo, convirtiéndose en una vasta y profunda cuenca desértica. La historia se desarrolla en el momento exacto en que la barrera de tierra en el actual Estrecho de Gibraltar cede, permitiendo que el agua del Atlántico irrumpa en la cuenca y vuelva a llenar el Mediterráneo.
La Patrulla
tiene una base temporal en lo algún día, muy en el futuro, será Gibraltar. Dos
reclutas con poca experiencia, Tom Nomura (captado en San Francisco, en 1972) y
Feliz a Rach (una aristócrata proveniente de un matriarcado del futuro) han
sido encargados con la labor de documentar ese acontecimiento geológico que
transformará el mundo, el clima y las culturas por venir. A bordo de sus
saltadores, se acercarán a las inmensas caídas de agua para realizar una
grabación multisensorial. Sin embargo, Feliz, llevada por su entusiasmo de
artista, se acerca demasiado y desaparece engullida por el infierno de espuma y
niebla sin que Tom, que en secreto está enamorado de ella, pueda hacer nada.
Aunque sabe que
las reglas de la Patrulla lo prohíben, Tom le pide ayuda a Everard: “Nunca lo digas. Varios patrulleros podían
retroceder en el tiempo, agarrarla con un rayo tractor y
liberarla del abismo. O yo podría hacerle una advertencia a ella y a mi yo
anterior. No sucedió, por tanto no sucederá. No debe suceder. Porque el
pasado se convierte en mutable, una vez que nosotros lo hemos convertido en
presente con una de nuestras máquinas. Y si un mortal se arroga alguna vez tal
poder, ¿dónde acabarían los cambios? Empezaremos salvando a una muchacha;
seguimos salvando a Lincoln, pero alguien más intenta salvar los Estados
Confederados... No, sólo a Dios puede confiársele el tiempo. La Patrulla existe
para preservar lo que es real. Sus miembros no pueden violar esa fe más de lo
que podrían violar a sus madres”.
Sin embargo, el novato se las arregla para burlar las normas y Everard, quien, como hemos visto en historias anteriores, siempre tuvo talento para conseguir salvar a algún compañero sin alterar la corriente temporal, le echa una mano.
Lo que
realmente destaca del cuento más allá de la minúscula trama y el ya consabido
dilema ético, es su sobrecogedor sentido de lo maravilloso y el realismo con el
que Anderson describe la magnitud del evento geológico: “una cascada titánica de proporciones oceánicas que tardó un siglo en llenar
la cuenca mediterránea, transformando radicalmente la geografía del planeta: “Desde
lo alto, la imagen era todavía más asombrosa. Allí podía verse el final de una era geológica. Durante
millón y medio de años la cuenca del Mediterráneo había sido un desierto.
Ahora las Puertas de Hércules se habían abierto y el Atlántico entraba.
Con el viento del movimiento a su alrededor, Nomura miró al oeste a través de
una inmensidad inquieta, de muchos colores y llena de espuma. Podía ver las
corrientes, atraídas hacia el nuevo espacio abierto entre Europa y África. Allí
entrechocaban y retrocedían, un caos blanco y verde cuya violencia iba de
tierra a cielo y regresaba, desmoronaba los acantilados, tapaba valles y cubría
las costas de espuma durante kilómetros hacia el interior. Desde allí venía una
corriente, del color de la nieve por su furia, con resplandores esmeralda, para
situarse en una pared de doce kilómetros entre los continentes y bramar. La
espuma saltaba a lo alto, ocultando torrente tras torrente donde
el mar penetraba. Los arco iris llenaban las nubes resultantes.
“El suelo del Mediterráneo se encontraba a 3.000 metros por debajo del nivel del mar. El flujo caía por un estrecho de 80 km. de ancho. Su volumen representaba unos 40.000 km3 al año, un centenar de cataratas Victoria o un millar de Niágaras. Hasta ahí las estadísticas. La realidad era un estruendo de agua blanca, cubierta de espuma, capaz de agitar la tierra y estremecer montañas. Los hombres podían ver, oír, sentir, oler y saborear el espectáculo; no podían imaginarlo”.
Dos años más
tarde, en 1983, se publica “Time Patrolman”, que sumaba dos novelas cortas
inéditas sobre Everard: “Marfil y Monas y Pavos reales”
y “El Pesar de Odín el Godo”. La primera está ambientada en la Tiro fenicia,
durante el reinado de Salomón en Jerusalén, alrededor del 950 a. C.. El equipo
de la Patrulla residente allí ha informado de ataques terroristas que podrían
ser obra de agentes desestabilizadores que quieren alterar la corriente
temporal. Manse Everard viaja hasta allí haciéndose pasar por un celta en busca
de comercio y empieza a investigar con ayuda de un pilluelo buscavidas, Pummairam.
No tarda en confirmar sus sospechas: hay un grupo de rebeldes, llamados
Exaltacionistas, procedentes del siglo XXIII, que están intentando hacerse con
el control de Tiro para sus propios fines.
Everard ya se las vio con ellos y su líder, Merau Varagan, en otra ocasión, durante las guerras de liberación de Simón Bolívar a principios del siglo XIX. El problema es que ellos saben que él está presente en Tiro e inmediatamente atentan contra su vida. ¿Cómo rastrearlos y averiguar sus intenciones? Y, aún más difícil, ¿de qué manera neutralizar sus planes sin acabar alterando en el proceso la corriente temporal?
¿Y por qué esos
terroristas temporales ansiosos de poder eligen Tiro y no Jerusalén? Anderson
lo explica perfectamente a través de otro agente, el residente en esa ciudad
sagrada para los judíos: “Si Tiro es destruida,
puede que Europa tarde décadas en notar los efectos importantes, el resto del
mundo siglos... milenios en América y Australasia. Pero será una catástrofe
para el reino de Salomón. Sin el apoyo de Hiram y el prestigio que le otorga,
probablemente no podrá mantener juntas a las tribus durante mucho tiempo; y sin
Tiro a sus espaldas, los filisteos no tardarán en buscar venganza. El judaísmo,
el monoteísmo yahvítico, es nuevo y frágil, todavía medio pagano. Mi
extrapolación es que tampoco sobreviviría. Yahvé se hundirá para convertirse en
un personaje más en un panteón tosco y mutable (…) El judaísmo influyó en la
filosofía así como en los acontecimientos entre los griegos alejandrinos y los
romanos. Evidentemente, no habrá cristianismo, y por tanto tampoco civilización
occidental, o bizantina, o cualquiera de sus sucesoras. No hay forma de saber
lo que surgirá en su lugar”.
Disponiendo
aquí de mayor extensión que en los cuentos, Anderson nos hace un retrato
excelente de la vida cotidiana y las costumbres de esa ciudad fenicia, haciendo
que su protagonista se mueva por todos los estratos de esa sociedad pacífica y
pragmática. Nos cuenta cómo funciona el comercio en un puerto tan cosmopolita
como el de Tiro, qué se compra y vende y cómo se saldan las transacciones (“Recordó la ausencia de dinero. Un recién
llegado era poco probable que tuviese algo equivalente al cambio. Normalmente
negociabas con el posadero cama y comida por cierta cantidad de metal o lo que
llevases de valor. Para compras menores, cortabas un
trozo de un lingote, a menos que se acordase algo diferente. En ocasiones
llamabas a un intermediario que se ocupaba de tu transacción como parte de otra
de mayor envergadura en la que había implicados varios individuos más. Si te
sentías caritativo, llevabas encima un poco de grano o fruta seca para
llenar los cuencos de los indigentes”),
los secretos de los templos de Melqart o Astarté, la vida en palacio, los alimentos
y bebidas que se consumen o las tensiones políticas que afronta el gobierno del
rey Hiram.
Nos explica
también por qué eligió una ciudad tan poco tocada por la ficc
ión histórica en
relación a, por ejemplo, la mencionada Jerusalén, abriéndonos los ojos a dinámicas
geopolíticas y relaciones históricas que suelen pasársenos por alto: “Aquella ciudad pronto se convirtió en la
principal influencia civilizadora en el reino que David había formado a partir
de Israel, Judá y Jerusalén, su principal ventana al mundo exterior y punto
comercial. Ahora Salomón continuaba la amistad de su padre con Hiram. Los
tirios suministraban la mayoría de los materiales y casi toda la mano de obra
especializada para construir el Templo, así como estructuras menos famosas. Se
embarcarían con los hebreos en empresas de exploración y comerciales. A Salomón
le adelantarían una infinidad de bienes, una deuda que sólo podría pagar
cediéndoles una veintena de sus poblados... con las implicaciones a largo plazo
que eso tuviese.
"Las sutilezas eran más profundas. Las
costumbres, ideas y creencias de los fenicios p
ermeaban todas las
regiones cercanas, para bien o para mal; el mismo Salomón ofrecía sacrificios a sus
dioses. Yahvé no se convertiría realmente en el único Dios de los judíos
hasta que el cautiverio en Babilonia los obligase a ello, como forma de
preservar una identidad que diez de sus tribus ya habían perdido. Antes de eso,
el rey Ajab de Israel tomaría a la princesa tiria Jezabel como su reina. El
terrible recuerdo que habían dejado no era merecido; la política de alianzas
extranjeras y tolerancia religiosa que intentaron establecer bien podría haber
salvado al país de su posible destrucción. Por desgracia, chocaron con el
fanático Elías; «el mulá loco de las montañas de Gilead» como lo llamaría
Trevor Roper. Y, sin embargo, si el paganismo fenicio no hubiese desencadenado
su furia, ¿hubiesen los profetas creado la fe que duraría miles de años y
transformaría el mundo?”.
(Continúa en la siguiente entrada)

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