El rejuvenecimiento es una de las más antiguas fantasías que han abordado los cuentos de hadas y la mitología, desde el Caldero de Medea hasta las manzanas mágicas de Idun en la mitología nórdica. Lo que los científicos investigan hoy con células madre, los ricos y poderosos lo han intentado durante siglos recurriendo a la alquimia, los sacrificios humanos, la magia negra o la exploración de tierras lejanas. Los alquimistas buscaban la Piedra Filosofal; nobles como Elisabeth Báthory se bañaban en la sangre de vírgenes o se acostaban con niños para conservar su juventud; e incluso el explorador español Juan Ponce de León navegó hasta Florida en busca de la fuente de la juventud.
En la
literatura, el rejuvenecimiento se asociaba principalmente con lo
s cuentos de
hadas y los mitos, y tuvo poca relevancia en los inicios de la ciencia ficción,
que, más a menudo, se interesaba por los robots, el espacio, los viajes en el
tiempo y, posteriormente, la resurrección y la animación suspendida. El tema no
se popularizó en la literatura moderna hasta alrededor de 1900, en parte
gracias al cuento de Jack London “El Rejuvenecimiento del Comandante Rathbone”
(1899), una de las primeras ficciones en presentar una poción que devolvía la
juventud y, por tanto, adoptar un enfoque científico.
El
interés de la CF por el rejuvenecimiento se vio impulsado por nuevos
descubrimientos sobre la función e importancia de las glándulas en los
mamíferos, así como por una comprensión más profunda de la radiación, como los
rayos X. Mucho dio que hablar la idea del científico Serge Voronoff de
rejuvenecer a los hombres mediante el trasplante de partes de testículos de
simio, teoría que puso en práctica y fue aplaudida por la comunidad médica. Miles
de hombres creyeron rejuvenecer gracias al poder de los monos. Investigaciones
posteriores concluyeron que cualquier sensación de rejuvenecimiento había que
atribuirla al efecto placebo, y Voronoff fue desacreditado. Pero durante la
década de 1920 su obra estaba en pleno auge, inspirando tanto relatos de terror
como sátiras. Voronoff también intentó trasplantar ovarios de mona a mujeres, y
viceversa: trasplantar ovarios humanos a simios e inseminarlos con esperma
humano. Aquí está el origen del estereotipo del hombre-mono.
Los años
veinte del siglo pasado, entre la Primera Guerra Mundial y la Gran
Depresión, fueron
una época interesante en la historia estadounidense. El auge económico, el
crecimiento de las ciudades y los avances científicos y tecnológicos moldearon
una sociedad urbana que ensalzaba el hedonismo, la libertad y el optimismo. Las
mujeres obtuvieron el derecho a voto en 1920, lo que impulsó aún más el
movimiento feminista. Surgió entonces la figura de la “flapper”: una joven descarada,
fumadora, bebedora, aficionada al jazz, sexualmente liberada, vestida con
ajustados vestidos hasta la rodilla y luciendo cortes de pelo como el “bob” y
sus diferentes variantes cortas, lo que supuso una ruptura radical con las
melenas largas tradicionales de la época victoriana y eduardiana.
La
belleza, la juventud y el sexo estaban de moda. Pero ¿qué sucede cuando la
juventud y la belleza se desvanecen y lo único que queda es una cama vacía y
una resaca monumental? Eso es lo que exploró la autora Gertrude Atherton en su
exitosa novela semiautobiográfica “Black Oxen” (1923), una de las primeras
obras de ficción en explorar el rejuvenecimiento como procedimiento médico y
que se adaptó al cine casi inmediatamente con el título en español “El Pecado
de Volver a Ser Joven”.
El protagonista nominal de la película es el escritor Lee Clavering (Conway Tearle), un hombre de mediana edad que aún permanece soltero. Pero el verdadero eje central de la historia es Mary Ogden (Corinne Griffith), una joven de belleza deslumbrante que aparece inesperadamente en Manhattan dejando atónitos a sus viejos amigos y amantes. Mary se había mudado a Austria años atrás, se casó con un rico aristócrata y se convirtió en una figura clave de la política de ese país. Ahora tiene 58 años y la última vez que la vieron era una débil anciana. Ella les dice que es la sobrina de la antigua Mary, pero la gente se muestra escéptica porque ésta nunca tuvo sobrinas.
Lo que
ellos ignoran es que la mujer es la mismísima Mary Ogden, q
uien se sometió a un
procedimiento médico para rejuvenecer 30 años. Dado que la naturaleza del tratamiento
en sí no es relevante para la historia, la película, sabiamente, deja las
explicaciones técnicas a la imaginación del público y, simplemente, habla de “un
procedimiento médico” que solo se puede realizar en mujeres. El caso es que Lee
se enamora de Mary, quien poco a poco y a su vez, se encariña con él. Se
preparan para contraer matrimonio sin que Lee preste atención a la joven
flapper Janet Oglethorpe, una chica vivaz, enérgica y bellísima que está perdidamente
enamorada de él. La interpreta Clara Bow, que con este papel se convirtió en el
primer y principal icono cinematográfico de las flappers y una de las mujeres más
deseadas de aquella década.
Transcurridos
aproximadamente dos tercios de la película, Mary revela su secreto a todos sus
amigos y a
su amante, y es ahí cuando la historia se torna realmente
interesante. La mayoría de sus viejos conocidos están fascinados con ese nuevo
procedimiento médico, y los más jóvenes se deleitan con la posibilidad de conservar
eternamente su actual edad. Pero también es aquí donde la historia cae en la
hipocresía. Mary explica que se sometió al tratamiento para así poder prolongar
su trabajo en pro de la nación, pero cuando un viejo amigo la pone en
entredicho, se horroriza al ser acusada de tener segundas intenciones. ¿Cómo
iba ella a querer regresar a su juventud y belleza sólo por vanidad y por tener
sexo apasionado con hombres jóvenes y atractivos?
Sin
embargo, la conversación le toca más profundamente de lo que espe
raba y
comienza a reconsiderar el enlace matrimonial. La gota que colma el vaso llega
con la visita de un viejo pretendiente austriaco, que le dice: “¡Por Dios, mujer, tienes 58 años! ¿De
verdad crees que quieres vivir como si estuvieras en la universidad otra vez?”.
Ella se da cuenta de su error y regresa a Austria, mientras que Lee encuentra
la felicidad con Janet, la chica moderna. Todos contentos.
“El
Pecado de Volver a Ser Joven” es una interesante reflexión filosófica sobre los
Locos Años Veinte y la liberación femenina que vino con ellos (y que sufriría
un revés a partir de 1929 a causa de la Gran Depresión). La película se
posiciona claramente a fav
or de las nuevas libertades sociales y sexuales que
empoderan a las mujeres jóvenes, pero las contrasta eficazmente con las
ancianas que fueron amigas de Mary Ogden. Éstas parecen tener una visión en
general positiva de la liberación femenina, pero se muestran escandalizadas por
la vulgaridad y el materialismo de la época. Como puente entre ambas generaciones,
la rejuvenecida Mary Ogden puede parecer joven y bella, pero, en el fondo, es una
mujer de la vieja escuela. Durante una cena, una joven reflexiona sobre la
posibilidad de tener que pelearse con su abuela por los novios. A lo que Mary
responde: “Sí, pero quizás tu abuela también
pueda enseñarte modales”.
El
título original de la novela de Gertrude Atherton, “Black Oxen” (Bueyes Negros)
está tomado del drama en verso de W.B. Yeats, “La Condesa Catali
na” (1892): “Los años, como grandes bueyes negros, pisan
el mundo / Y Dios, el pastor, los guía detrás”. Esto es significativo,
porque no se trata de la historia de una mujer joven, sino de una anciana. A
menudo se identifica la década de los 20 del siglo pasado con la juventud, pero
la novela más vendida de 1923 y que retrata aquella época, la escribió una
mujer de 65 años. Gertrude Atherton fue una escritora prolífica, feminista,
activista social y presidenta de PEN San Francisco (sección del movimiento
internacional PEN, “Poets, Essayists and Novelists”, fundada en Londres en 1921),
ciudad donde se ambienta su novela. Afirmó en repetidas ocasiones creer en la
igualdad plena entre hombres y mujeres, pero también era consciente de que ello
no se lograría sin cobrar un alto precio a quienes la exigieran. Y, sin duda, también
sabía que no se conseguiría bailando jazz y teniendo sexo promiscuo.
En
cierto modo, se alegraba por las jóvenes que podían hacer cosas que ella, a los
20 años, solo podía soñar. Pero también criticaba duramente el énfasis que se
ponía en la juventud y la belleza. De alguna m
anera, fue profética al prever
que toda esa frivolidad tendría consecuencias negativas. A finales de 1929 se
produjo el crack de Wall Street y, con él, se desencadenó la Gran Depresión. La
crisis económica conllevó un cambio en las actitudes sociales y gran parte del
consenso liberal sobre el papel de la mujer en la sociedad, la aceptación de la
homosexualidad y las mejoras en los derechos de los afroamericanos experimentaron
un retroceso. Esto se notó especialmente en Hollywood, donde en 1930 se
introdujo el famoso Código Hays, que, básicamente, eliminaba de las películas
casi todo aquello que no se podía decir o mostrar en una iglesia.
Pero
esa carga crítica no está presente de forma explícita en la adaptaci
ón
cinematográfica, sino que se reserva más bien para el subtexto. La película
también se vuelve lenta en algunos momentos, aproximándose deliberadamente a un
melodrama romántico del montón. Está rodada de forma tradicional, y ni la
fotografía ni el montaje son ni malos ni dignos de mención. Los momentos de
comedia a veces resultan forzados y aunque tanto Corinne Griffith como Conway
Tearle interpretan sus papeles de forma creíble, tampoco destacan de forma
particular. Kate Lester está fabulosa como la agria Jane Oglethorpe, matriarca
de Manhattan y abuela de Janet. Pero el verdadero atractivo de esta película es
la carismática y estimulante Clara Bow. Precisamente, la mayor pega de la
historia quizás sea que resulta absolutamente imposible creer que el
protagonista no se enamore desde el principio y perdidamente de esa fuerza de
la naturaleza.
Esta
fue la quinta película de la actriz, quien ya había causado sensación en
Hollywood, convirtiéndose en una estrella menor tras el estreno de su segunda
película, “Down to the Sea in Ships” (1922), en la que interpretaba a una joven
rebelde que quería ser ballenera como su abuelo, opción profesional que,
obviamente, no era bien recibida por su familia. Películas posteriores como “Ello”
(1927, que la convirtió en "La chica de
moda" según la prensa); “La
Fugitiva” (1926) de Cecil B. DeMille; ”Flor de Capricho” (1926), de Victor
Fleming; la oscarizada “Alas” (1927), de William Wellman; y “La Loca Orgía”
(1929), la consolidaron como una de las mayores estrellas de Hollywood y quizás
el mayor símbolo sexual de los años veinte. Fue difamada por la prensa
conservadora y acusada de atentar contra la moral estadounidense. Se
difundieron rumores acerca de su promiscuidad, lesbianismo, incesto,
bestialidad, drogadicción y alcoholismo. En una ocasión, un periodista intentó
chantajearla y terminó en la cárcel durante ocho años. Su legado perdura en el
personaje de dibujos animados Betty Boop, que fue, en parte, diseñado a partir
de Clara Bow.
El
director, Frank Lloyd, fue una figura influyente en Hollywood, aunque q
uizás no
sea hoy tan recordado como algunos de sus contemporáneos. Fue uno de los
fundadores de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas y su presidente
entre 1934 y 1935. Ganó el Óscar a la mejor dirección en 1929, por la película
muda “Trafalgar” (1928); otro por “Cabalgata” (1933) y una nominación más por
su película más conocida, “La Tragedia de la Bounty” (1935). El director
artístico, Stephen Gossoon, fue nominado al Óscar cinco veces y lo ganó en 1935
con “Horizontes Perdidos”, de Frank Capra.
Más un melodrama que una película de Ciencia Ficción pura, “El Pecado de Ser Joven” merece ser incluida en el canon del género en tanto primer largometraje en describir el rejuvenecimiento mediante el uso de la ciencia. Es también una interesante cápsula del tiempo de los locos años veinte: no solo un escaparate de la atmósfera liberal y optimista con la que habitualmente se asocia aquella década en los Estados Unidos, sino también una mirada crítica a la misma.

No hay comentarios:
Publicar un comentario