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viernes, 5 de julio de 2013
1936-LA GUERRA DE LAS SALAMANDRAS - Karel Capek
Durante la primera mitad del siglo XX, la ciencia ficción norteamericana y europea discurrieron por caminos bien diferenciados. Ello no fue debido únicamente a la fascinación nacional americana por la tecnología y la ingeniería -pasión que halló su reflejo en las revistas pulp del género-, sino a causas más profundas relacionadas con el trauma colectivo derivado de la Primera Guerra Mundial. Ésta había tenido efectos muy desiguales en Europa continental, Gran Bretaña y Norteamérica. Mientras que la sociedad americana en su conjunto apenas resultó afectada, el devastador conflicto privó a la ficción especulativa europea de la autoconfianza y el sentido romántico de la aventura de aquélla, embarcándose en cambio en fabulaciones de tipo social (ya fueran utopías o distopias) y traumatizados relatos de guerras futuras.
miércoles, 8 de agosto de 2012
1924- LA KRAKATITA - Karel Capek
Del escritor checo Karel Capek ya hemos revisado en este blog dos de sus principales trabajos, "R.U.R" y "La fábrica de Absoluto". La novela que ahora comentamos difiere completamente de aquéllos tanto en su forma como en su tono.
El ingeniero Prokov, herido a causa de una explosión y en un estado febril, es recogido por Tomes, un antiguo compañero de estudios. Prokov alucina y balbucea acerca de un nuevo y revolucionario explosivo de inmensa potencia que ha inventado, la krakatita. Sumido en sus delirios incoherentes, en los que se mezclan los rechazos de los académicos, las fantasías eróticas y las frustraciones escolares, emprende un viaje en tren y en carruaje que finaliza en el hogar de un doctor rural. Allí se recupera de sus dolencias, acunado por el agradable ritmo del campo y el afecto correspondido de la hija del médico.
Aunque con sobresaltos, su inquietud científica se adormece hasta que el destino hace que lea en un periódico abandonado el nombre de su explosivo. Mientras deliraba en su casa presa de la fiebre, Tomes anotó sus divagaciones y huyó con ellas, vendiéndolas al mejor postor y desencadenando de esta manera una serie de intrigas y engaños cuyo involuntario centro es Prokov, el único capaz de elaborar el compuesto. De repente, el científico se encuentra perseguido, seducido, aprisionado y amenazado por corporaciones industriales, agentes gubernamentales y anarquistas que buscan hacerse con el secreto del aniquilador explosivo.
No es este un trabajo que se inserte completa e inequívocamente en el ámbito de la CF. Tampoco era
esa la intención de su autor, más interesado en la sátira de la especie humana y sus instituciones, que en la narración de aventuras. Sin embargo, el pretexto de la novela sí es una invención inexistente en aquel momento: la krakatita que, en efecto, podría considerarse ciencia-ficción... en 1924. Porque se trata de un explosivo cuyo funcionamiento y efectos son hoy bien conocidos: la fisión nuclear. Su inventor, Prokov, lo describe claramente: "La materia es extremadamente fuerte. En cuanto abres una grieta en su interior, se desintegra, ¡bum! Todo es una explosión". La responsabilidad de los científicos hacia sus creaciones ha constituido un tema fundamental de la CF desde "Frankenstein" (1818) y la invención de armamentos letales y su irresponsable uso por parte de gobiernos, estamentos militares, grupos antisistema o sus propios hacedores no es sino un caso particular de esa idea general. En este blog hemos revisado algunos interesantes casos de especulación armamentística que acabaron haciéndose, de una forma u otra, realidad: "El juicio final"(1895), de Robert Cromie o "Ante la Bandera" (1897) de Julio Verne. En 1905, Albert Einstein había enunciado su Teoría de la Relatividad Especial y diez años después la complementaría con la Teoría de la Relatividad General.
La Física teórica experimentó una revolución que cambiaría el mundo. De acuerdo con sus fórmulas, la materia podía convertirse en energía a una tasa colosal y las aplicaciones bélicas que de esa posibilidad se desprendían fueron rápidamente abordadas por autores como H.G.Wells en "La liberación mundial" (1914) o Karel Capek con esta obra (en la que incluso sugiere que la energía podría utilizarse como combustible ilimitado). Sus especulaciones aún tardarían veinte años en sustanciarse gracias a los científicos del Proyecto Manhattan quienes, a su manera, también cambiaron el mundo. Pero las aplicaciones bélicas del explosivo y las consideraciones morales derivadas de revelar su secreto a las que debe enfrentarse Prokov son sólo una parte del libro y no la más importante. El científico nunca parece recuperarse del todo de su enfermedad inicial y durante buena parte de la narración se expresa y comporta de una forma alucinada y febril, hasta tal punto que algunos comentaristas han sugerido que toda la novela ha de leerse como si de un sueño se tratara, mientras que otros han encontrado en el extraño estilo que ensaya Capek un intento literario parcialmente fracasado de fundir realismo y alegoría.
Los encuentros y fantasías eróticas del protagonista y la fascinación irracional y enfermiza que siente
por cada una de las mujeres que se cruzan en su camino (una misteriosa fémina de rostro oculto, una adolescente, una princesa y una joven anarquista) han sido interpretados como elementos autobiográficos. Esa línea temática dota a la novela de una estructura subyacente propia de la fantasía, de la que también forman parte buen número de pasajes oníricos impregnados de surrealismo y momentos que bordean lo soñado, lo imaginado y lo real (otras obras de Capek que discurren en la frontera que separa el surrealismo y la ciencia-ficción son "De la vida de los insectos", que contribuyó a cimentar su fama internacional en los años veinte; y "El Secreto Makropulos", una obra teatral sobre una mujer que da con una fórmula que le garantiza una eterna -pero no tranquila- juventud). En la "La Krakatita" podemos encontrar una trama propia de un thriller, con elementos de ciencia-ficción y fantasía, humor, drama sentimental, poesía, sátira y reflexiones filosóficas, todo ello, en mi opinión, mezclado de forma caótica en un argumento algo errático e incoherente por mucho que haya sido alabado como uno de los mejores poemas sexuales de la literatura checa. Puede que sea el más flojo de los libros de la curiosa ciencia-ficción que cultivaba Capek pero también es una chocante y compleja aproximación a los tópicos del científico demente, su maravillosa invención y el siniestro uso de la misma por parte de la especie humana sin abandonar el tono sarcástico propio de sus otras grandes obras.
sábado, 12 de noviembre de 2011
1922- LA FÁBRICA DE ABSOLUTO - Karel Capek

En el periodo que medió entre las dos guerras mundiales, Checoslovaquia se convirtió en un lugar fascinante. Enclavado en el centro de Europa, había salido del acartonado imperio austrohúngaro y se tambaleaba hacia la modernidad representada por la Liga de Naciones, un recorrido que la invasión alemana primero y la tiranía comunista después, no le permitiría completar. A mitad de camino entre ambos mundos, entre la tradición y la renovación, entre las aberraciones del Antiguo Régimen y las amenazas que reservaba la Edad Contemporánea, vivió Karel Capek.
A menudo el único mérito que se suele atribuir a Capek suele ser el de creador del término “robot” (ya lo comentamos en una reseña anterior sobre el mismo autor, "R.U.R"), pero más relevante aún fue su compromiso con la democracia liberal, su recelo ante el comunismo y su oposición al fascismo. Los lazos de Capek con Tomás Masaryk, presidente de la primera república checa, y la censura de sus libros en Checoslovaquia durante la invasión nazi en 1938 y después bajo el yugo comunista, fortalecieron aún más su papel de defensor de la democracia.
Era un hombre racional, a quien le gustaba viajar y disfrutar de los placeres de la vida, y ello se reflejaba en sus escritos, optimistas y con un fino sentido del humor. Pero como su país en aquellos turbulentos años, Capek tenía también un lado pesimista y cínico. Su tesis doctoral, leída en la Universidad Carolina de Praga en 1915, giraba en torno a su escepticismo hacia el humanismo liberal de posiciones doctrinarias, su desconfianza de los partidos políticos y su apuesta por el pragmatismo. Su obra, pues, albergaba dos vertientes bien diferentes.
Sin embargo, los críticos de CF, en contraste con aquellos que contemplan una visión más global de la obra de Capek, nos han trasladado la imagen de un escritor radical, más preocupado por las vicisitudes de la lucha de clases propias del marxismo que con el problema epistemológico del autoconocimiento o la suspicacia humorística presente en muchos de sus cuentos. Esto es así porque su obra de CF, compuesta por la trilogía de novelas “R.U.R.”, “La fábrica de lo Absoluto” y “La guerra de las salamandras”, se compone siempre de relatos de destrucción, caos y apocalipsis provocados por la lógica interna del capitalismo industrial. Estos comentaristas han enfatizado la dialéctica marxista de "explotadores-obreros" que aflora en estos trabajos, mientras que otros han preferido destacar la tensión existente entre la utopía y la distopia. Quizá por haber dejado de lado otros trabajos del escritor, estos mismos críticos han encontrado la CF de Capek más compatible con los elementos marxistas que con el pragmatismo americano, así como imbuida de una visión apocalíptica y colectiva opuesta al individualismo y cotidianeidad que desplegaba en el grueso de sus ensayos o relatos de ficción detectivesca.Después de "R.U.R.", su segunda obra de CF fue "La Fábrica de Absoluto", serializada en el
periódico "Lidové noviny" a partir de septiembre de 1921. En ella, un ingeniero consigue construir un motor atómico, capaz de desintegrar la materia y extraer de ella hasta la última fracción de energía, con lo que su eficiencia va más allá de todo lo imaginado hasta el momento. Sin embargo, hay un efecto secundario inesperado: el proceso libera como subproducto, etéreo pero real, "el Absoluto" que toda materia contiene, una especie de entidad espiritual, la esencia de Dios. Este "Absoluto" fluye desde el motor atómico afectando a quien esté cerca, sumiéndolo en un éxtasis en comunión con la divinidad, permitiéndole ejecutar milagros, experimentar visiones, profecías y levitaciones y transformándolo completa y permanentemente en lo que entendemos como "buena persona" o incluso "santo". Los afectados abandonan sus trabajos, donan sus bienes al prójimo necesitado y pasan su tiempo orando.El inventor, asustado ante tal fenómeno, le vende su creación a un empresario sin escrúpulos. En poco tiempo se enriquece fabricando miles y miles de esos motores, que alimentan desde automóviles hasta aviones, desde cuarteles hasta edificios civiles. Todos los que entran en los radios de influencia de esos generadores se transforman en fervientes creyentes que no tardan en caer en el fanatismo.
Pero las consecuencias de la liberación del "Absoluto" se extienden al campo material: acaba tomando el control del proceso productivo, fabricando en tal cantidad todo tipo de productos que su valor queda reducido a nada. Entre esa superabundancia que aniquila el comercio, y el fanatismo religioso creciente (que empuja a la guerra a facciones divididas por su divergente interpretación de las revelaciones que experimentan), el mundo se sume en el caos más absoluto.
El libro no sigue la estructura ortodoxa de una novela. Comienza presentándonos a los personajes que iniciarán el desastre (el empresario y el ingeniero) hilando esa acción durante varios capítulos para luego abrir el abanico y desenfocar la acción, deshaciendo la narración en una multitud de escenas independientes pero correlativas y relacionadas entre sí para formar una crónica del fin de la humanidad: desde las ceremonias religiosas organizadas por un feriante obrador de milagros a bordo de su tiovivo hasta el sesudo artículo escrito por un famoso teólogo; desde disquisiciones físico-místicas hasta explicaciones económicas, de reuniones masónicas a la historia de un aspirante a conquistador del mundo, de las tribulaciones de un mensajero a la redacción de un periódico…Es un libro brillante y corrosivo que no deja títere con cabeza. Capek apunta y dispara con acierto
e ingenio a todos los elementos de la sociedad: el empresario codicioso, la jerarquía religiosa, los militares, los masones, los políticos, los hombrecillos, los políticos, los periodistas… A través de todos ellos, Capek ridiculiza la confianza en "Absolutos" de cualquier clase, materiales o espirituales. Por un lado, la vertiente material del Absoluto, la producción ilimitada y sin coste, aparentemente la solución perfecta a los problemas prácticos y cotidianos de la humanidad, acaba aniquilando cualquier posibilidad de economía racional: la superabundancia reduce los precios a cero, por lo que no existe incentivo para vender o distribuir, provocando graves desabastecimientos en aquellos lugares alejados de los centros de producción. Por otro, en su vertiente espiritual, la fe firme, sin fisuras pero también sin tolerancia, acaba prendiendo en una guerra santa global de una ferocidad y devastación jamás alcanzada antes. Es un reflejo de la desconfianza que sentía Capek por los "ismos" ideológicos (fascismo, nazismo, comunismo, racionalismo, nacionalismo...) de cualquier signo. Pocos años después, estas corrientes empezarían a erosionar rápidamente la estabilidad europea.Capek no era un reaccionario y creía en el progreso, pero le preocupaban las consecuencias que la
lógica del capitalismo podían conllevar al entrar en contacto con la imperfecta naturaleza humana. Este libro, además de un ataque a la ceguera ideológica, es una inteligente e incisiva reflexión sobre las trampas del capitalismo y su culto a la eficiencia y el crecimiento sin sentido: el fabricante de carburadores atómicos sigue distribuyendo su producto aun cuando es sabedor -e incluso se siente aterrado- de sus consecuencias. Como planteaba en "R.U.R." y "La guerra de las salamandras", la raza humana no es capaz de sustraerse a la autodestrucción aún siendo perfectamente consciente de que sus actos le encaminan a ella. ¿No se parece demasiado al actual problema del calentamiento global?miércoles, 29 de junio de 2011
1921-R.U.R. - Karel Capek

Durante siglos el hombre de ficción ha fabricado criaturas de lo más diverso, desde la estatua de Pigmalión al Golem pasando por Pinocho. Pero nunca había existido preocupación alguna por diferenciar entre seres mágicos o científicos. Sin embargo, con el auge de la ciencia y la tecnología, la fantasía se fue separando cada vez más del romance científico. Eran necesarios nombres nuevos para los hijos del nuevo género. Los seres mecánicos, con partes móviles y construidos por el hombre habían sido conocidos siempre como autómatas. Pero en 1921, un escritor checo dio al mundo una nueva palabra, robot, que fue inmediata y universalmente adoptada para designar una máquina electromecánica que puede ejecutar una determinada tarea, sola o siguiendo instrucciones. Y dicha palabra y la imagen que lo acompaña nacieron en una obra de CF: “R.U.R”.
Efectivamente, la reputación internacional de Karel Capek como escritor de CF descansa en esta obra de teatro que aquí comentamos, pero también en “La Fábrica del Absoluto” (1922), “Krakatit” (1924) y “La Guerra de las Salamandras” (1936). No obstante, sus intereses fueron mucho más amplios y su fama de mejor escritor checo de su generación se apoya en una bibliografía que abarca desde el drama alegórico “De la vida de los insectos” (1921) hasta la trilogía de novelas filosóficas “Hordubal” (1933), “Meteor” (1934) y “Una Vida Ordinaria” (1934), pasando por su peculiar ficción policiaca recogida en “Cuentos de Dos Bolsillos” (1929), el ensayo biográfico “El presidente Masaryk cuenta su historia” (1934) o una extensa lista de ensayos periodísticos todavía sin traducir y recopilar.
Con todo, su nombre aparece en las enciclopedias de CF por una sola razón: ser la persona que
acuñó la palabra “robot”. Y ello ocurrió en esta obra. R.U.R. (Rosumovi Umelí Roboti) (Robots Artificiales Rossum), traducido a menudo como “Robots Universales Rossum” para conservar el acrónimo del título, es un drama teatral que tiene lugar en una fábrica situada en una isla del Pacífico Sur y que manufactura humanoides sintéticos. Fue el hermano de Karel, Joseph, quien sugirió la palabra "robot" (robota es el término checo para "trabajador” o “siervo”) para designar a las criaturas fabricadas por Rossum, aunque no se tratara de seres metálicos, sino de carne humana, una especie de androides creados a partir de un caldo orgánico quizá más parecido a lo que hoy llamaríamos clones. Por su parte, el nombre de la compañía, "Rossum" es también un juego de palabras con el término checo "rozum", que significa "razón" o "intelecto". Así, Rossum "intelecto" fabrica robots, “obreros-esclavos”, una relación binaria equivalente a mente/cuerpo o amo/sirviente
Los robots se fabrican para liberar a la humanidad de la esclavitud del trabajo manual, pero se han acabado convirtiendo ellos mismos en una clase oprimida. La obra comienza con la idealista Helena Glory presionando al director de la fábrica, Harry Domin, para que libere a los robots. Éste cree que no tienen alma, aunque la obra nunca pone en duda la chispa de humanidad que anida en ellos, por mucho que sean seres (o "máquinas") de carácter huraño y reservado. Su rebelión contra la esclavitud es inevitable: arrasan el escenario, matando a todos los humanos de la Tierra excepto a Alquist, el único humano que todavía trabajaba con sus manos y que se oponía a lo que en la fábrica se estaba haciendo.Pero sin la ayuda de los hombres, los robots no pueden reproducirse. La obra termina con una esperanzadora nota de carácter religioso: dos robots modificados, Primus y Helena, rebautizados por un envejecido Alquist como Adán y Eva, son enviados al mundo exterior para reproducirse sin el estigma del pecado original y con un nuevo sentimiento creciendo en ellos: el amor.
Obviamente, Capek estaba mucho menos interesado en describir y profundizar en el concepto de
hombres mecánicos que en el de trabajadores deshumanizados, interés que no sólo aparece en “R.U.R”, sino en toda su carrera, desde “Sistema” (1908) hasta “La guerra de las salamandras”. En “Sistema”, un burgués fumador de puros presume de que ha resuelto el problema de las revueltas proletarias seleccionando a sus trabajadores de entre los más pobres, los peor educados y los incompetentes mentales –en resumen, lo más bajo de la estructura social- para luego despojarles de cualquier estímulo y, de esta manera, sofocar sus ideas y deseos; el resultado, tal como el individuo lo describe, son trabajadores tan fiables como una máquina. Y, aunque los trabajadores de “La guerra de las salamandras” son una especie de salamandras inteligentes, representan al comienzo del libro una raza de nativos explotados, para acabar convertidas en una superorganización proletaria a la que sistemáticamente se le ha negado la entrada en la sociedad para la que trabajan. Tanto “R.U.R.” como las obras arriba reseñadas son historias sobre la división de clases más que sobre humanos artificiales. En los tres casos, el desenlace es el mismo: los trabajadores se alzan contra sus amos y –de formas distintas- consiguen la dignidad y la autoestima que se les había negado.
Los robots de Kapec son una visión pesadillesca del proletariado visto a través de los ojos de la clase media en un momento histórico en el que la revolución bolchevique triunfaba en Rusia. Siendo la mano de obra más barata posible, Capek subraya que los productos de la corporación Rossum son más eficientes, más baratos y menos problemáticos que los obreros humanos al habérseles privado de emoción y alma. Permiten a las clases privilegiadas disfrutar de un estilo de vida magnífico hasta que los esclavos se rebelan. Las simpatías de Capek oscilan entre la indignación por la explotación a la que son sometidos los robots en nombre de los beneficios de los accionistas o el prestigio personal de su creador, y el miedo al día del apocalipsis en el que la clase media será arrollada por aquellos a los que aplasta. El artificio de sustituir a los trabajadores humanos por robots artificiales le permitió a Capek hacer una alegoría moral sobre un sistema industrial que trataba a la gente como si fueran máquinas, sembrando de este modo la semilla de la violencia y el caos.Se habían escrito ya muchas novelas en las que se afirmaba que la clase trabajadora era gente “como nosotros”: Emile Zola en “Germinal”, George Bernard Shaw en “Pigmalion”, John Steinbeck en “Las uvas de la ira”… Lo que diferencia a “R.U.R” del resto, es que se permite sugerir el horror –material y ético- que supondría insistir en un sistema que acabará poniendo a las clases menos preparadas al frente de la sociedad.
Pero hay otras lecturas, normalmente vinculadas al momento histórico en que se reinterpretó la obra. En los años veinte “R.U.R” se contempló como una recreación de las revueltas bolcheviques; en los años treinta y cuarenta, como un aviso sobre el fascismo. Y siempre ha sido una moraleja sobre los peligros de jugar con una tecnología sobre la que no se tiene un adecuado control –científico y ético- y de crear una raza inferior de esclavos. Al final, se trata no de la moral con que imbuimos a nuestras creaciones, sino de la moral con que nos dotamos nosotros mismos.Tanto si nos centramos en toda la carrera de Capek como si lo hacemos únicamente en su CF, podemos afirmar que fue “R.U.R.” lo que le dio su reputación internacional. Tras una primera producción estrenada en el Teatro Nacional de Praga en enero de 1921, la obra fue rápidamente traducida a varias lenguas y se convirtió en un éxito en Nueva York (1922) y Londres (1923), en donde G.K.Chesterton y George Bernard Shaw participaron en un debate público acerca de su significado y relevancia.
El propio Capek –al que nunca gustó la puesta en escena de su libreto- subrayó que los
comentaristas y críticos parecían obsesionados con los robots a expensas de los humanos. Una parte importante del éxito cosechado por la obra se debió al espectáculo que sobre el escenario suponían una serie de individuos interpretando a robots uniformados, sin expresión, con grandes números en sus pechos, desfilando al paso para anunciar, al final del segundo acto, el final de la Edad del Hombre y el comienzo de la Edad de las Máquinas. Aquella declaración era, de alguna forma, un símbolo de los cambios que tenían lugar en la sociedad contemporánea y entre los que la Primera Guerra Mundial y la línea de montaje en cadena inventada por Henry Ford no eran los menores.
El atractivo concepto del robot se sobrepuso al drama propiamente dicho, del mismo modo que el apocalipsis del acto central tendía a oscurecer tanto el tono cómico de la apertura, en la que los cinco directores de la Corporación Rossum se enamoraban en el acto y simultáneamente de la encantadora Helena Glory, como el hermoso final, donde el último hombre vivo sobre la Tierra contempla el despertar en los robots del sentimiento de amor.

Hoy, cualquier aficionado mediano a la CF, conoce “Terminator”, “Matrix”, “Blade Runner” o “Galáctica” (serie esta última en la que, siguiendo de cerca los pasos de R.U.R. cuenta la historia de robots esclavos que se levantan contra los humanos y los exterminan, pero que son incapaces de reproducirse entre ellos). Pues bien, la idea subyacente en todas esas obras –la revuelta de los robots, de las máquinas, contra el hombre- y en muchas, muchísimas más, tiene su origen en “R.U.R”. Y esto es, en definitiva, lo que lo convierte en un clásico del género: no sólo ha conservado para el lector de hoy su energía y su ingenio, sino que su actualidad es patente: cuando algún día consigamos crear una verdadera inteligencia artificial, ¿la consideraremos nuestra esclava o nuestro igual?
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