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martes, 19 de noviembre de 2013
1951- ULTIMÁTUM A LA TIERRA - Robert Wise
A veces piensa uno si no será un error discutir una y otra vez sobre los puntos de contacto entre la ficción y la realidad, como si ambos territorios se fundieran perfectamente el uno en el otro, cuando la verdad es que la mayor parte de nosotros somos perfectamente capaces de diferenciarlos. Sin embargo, y especialmente en el ámbito de la ciencia ficción, la frecuencia con la que la especulación se ha insinuado en los acontecimientos de la “vida real” nos revela la capacidad de penetración del género en todos los aspectos de la cultura y sociedad occidentales. Veamos un ejemplo paradigmático.
miércoles, 9 de enero de 2013
1979-STAR TREK: LA PELÍCULA - Robert Wise
Más de treinta años después de su estreno, es difícil pasar por alto la influencia de “Star Wars” en el cine de ciencia ficción. Su masivo éxito popular y espectaculares imágenes pusieron punto y final a la larga lista de deprimentes filmes que el género había ofrecido en los años anteriores y directores y productores de todo el mundo se lanzaron a capitalizar la exigencia de los espectadores de una ciencia ficción escapista. Después de “Star Wars”, incluso las películas de ciencia ficción más lúgubres debían contar con escenas de acción y ser visualmente hermosas. Y, por si todo esto fuera poco, borró de la mente de los dueños de los estudios cinematográficos la idea de que el género era carne de serie B. Ahora se convertía en una estrella rutilante.
No hace falta decir que esta ansia de efectos especiales llevó también unos cuantos batacazos. Quizá el más significativo fue una película que todo el mundo creyó que debiera haber sido mejor: la traslación cinematográfica de una popular serie televisiva de los sesenta: “Star Trek”. El film tenía un diseño visual realmente atractivo (no en vano en él colaboraron algunos de los técnicos de “Star Wars”), pero poca gente aparte de los fans más acérrimos afirmarán con rotundidad que el film es no sólo bueno, sino al menos entretenido.
Es difícil determinar la razón precisa del fenómeno “Star Trek”. La serie original se emitió de 1966
a 1969 totalizando 79 episodios. Fue un programa diferente al de sus predecesoras dentro del campo de la ciencia ficción televisiva. Quizá su mayor acierto fue el despegarse del tópico de alienígenas invasores que había dominado el medio desde los años cincuenta, proponiendo a cambio un tipo de historias en las que los personajes resolvían los desafíos recurriendo a su inteligencia, conocimientos científicos, valores morales y diplomacia más que a su destreza combativa. La Humanidad en “Star Trek” ya no estaba en una permanente Guerra Fría contra la amenaza extraterrestre. Es más, se demostraba que a menudo eran los prejuicios los que nublaban nuestro juicio al enfrentarnos a un alienígena. Los monstruos amenazadores a veces no eran tales, sino niños perdidos o madres protegiendo sus huevos. Además, la tripulación de la nave Enterprise estaba compuesta por hombres y mujeres –punto este importante- de todas las razas conviviendo en armonía.
Eso sí, en sus peores momentos, “Star Trek” se convertía en una variación galáctica del Destino Manifiesto, esa doctrina mesiánica que defiende la bondad del modelo de vida norteamericano y justifica su expansión más allá de sus fronteras. El capitán Kirk, con su encanto y suaves maneras, se las arreglaba para liquidar en nombre de la democracia las sociedades alienígenas que iba encontrando, un esquema que se repetiría en otras series televisivas a partir de entonces (“La Fuga de Logan”, “El Planeta de los Simios, “Starlost”…).
El cerebro tras “Star Trek” se llamaba Gene Roddenberry. Su mérito residía no tanto en su talento literario –escribió media docena de episodios y no precisamente los mejores, como aquel en el que resucitan a Abraham Lincoln para que pelee en un planeta alienígena- como en su capacidad para atraer a su órbita a algunos de los más reputados escritores de ciencia ficción del momento, como Norman Spinrad, Theodore Sturgeon, Harlan Ellison, Ray Bradbury o Robert Bloch. Sin embargo, la auténtica influencia de “Star Trek” tiene menos que ver con su filosofía que con sus fans. Cuando la NBC amenazó con cancelar la serie al final de la segunda temporada, los aficionados iniciaron una campaña de apoyo que inundó la cadena con un millón de cartas. Tras el cierre definitivo de las aventuras de la Enterprise en 1969, empezaron a celebrarse convenciones de “trekkies”, un movimiento asociativo que no sólo no ha disminuido, sino que no ha hecho sino aumentar. La primera de ellas, en 1972, esperaba una concurrencia de 500 personas. Llegaron 3.000, convirtiéndose en la convención de ciencia ficción más numerosa de la historia. A mediados de los noventa, más de 400.000 personas atendían anualmente a convenciones de “Star Trek”.
El fandom de “Star Trek”, más que basar su existencia en una apreciación cariñosa de la serie
original, recuerda más a un culto a la personalidad centrado en la trinidad principal de personajes: el sabio capitán Kirk, el gruñón doctor McCoy y especialmente el estoico mestizo humano-vulcaniano Mr.Spock. Desde los años setenta, “Star Trek” se convirtió en una poderosa industria que, poco a poco, ha ido creciendo hasta alcanzar proporciones ridículas, apoyada por unos incondicionales aficionados que conceden al objeto de su pasión más importancia de la que realmente tiene. Precisamente, los fans fueron un factor nada despreciable en la génesis de la película que ahora nos ocupa. Gene Roddenberry habló por primera vez de su intención de llevar su universo de ficción a la gran pantalla en el curso de una convención de ciencia ficción celebrada en 1968, cuando la serie de televisión se hallaba en su tercera temporada. En ella, dijo, se contaría cómo se conocieron Kirk y Spock en la Academia Espacial. Sin embargo, un año después el programa se canceló y sus ilusiones se quedaron en eso, en sueños.
Y aquí entraron de nuevo los aficionados. La serie pasó al circuito sindicado y sus reemisiones obtuvieron una inesperada acogida. Los fans aumentaron aún más y su continua presión animó a Paramount a producir una serie de animación de dos temporadas en 1972, en la que los personajes contaban con las voces de la mayoría del reparto original. No fue suficiente. Los dedicados seguidores exigían más y durante años se discutió si hacer una película o resucitar la serie bajo un nuevo formato. En 1975, Paramount y Roddenberry retomaron la idea y encargaron la realización de un guión. Ray Bradbury, Harlan Ellison, Theodore Sturgeon, Chris Bryant, y Allan Scott trabajaron en borradores que no convencieron al estudio. Decididos a detener lo que parecía un proceso caro e infructuoso, los ejecutivos decidieron canalizar los esfuerzos hacia una nueva serie televisiva que se titularía “Star Trek: Fase II” y sobre la que comenzaron a trabajar un equipo de guionistas.
Y entonces llegó “Star Wars”. Su fenomenal éxito cogió a todo el mundo por sorpresa. De repente, la
ciencia ficción estaba de moda otra vez y todos los estudios comenzaron a rebuscar por los cajones guiones desechados meses e incluso años atrás susceptibles de convertirse rápidamente en una película con las que aprovechar la ola. Por supuesto, Paramount tenía “Star Trek”. Pero ni así se decidió a dar luz verde a la producción de una película de gran presupuesto. Durante dos años el estudio dudó mientras el ambiente se iba caldeando entre los fans –animados por el continuo flujo de noticias y actualizaciones que la secretaria de Roddenberry vertía en su columna mensual en la revista “Starlog”-Por fin, Paramount decidió abandonar todo el proyecto de la serie de televisión y reconvertir el piloto de la misma en una película de gran presupuesto. Durante una de las ruedas de prensa más multitudinarias que se hubieran celebrado en Hollywood, se anunció que al frente del film estaría Robert Wise (uno de los grandes, ganador de un Oscar y responsable de sonados éxitos en los más diversos géneros, desde “West Side Story” o “Sonrisas y Lágrimas” hasta “Ultimátum a la Tierra” o “La amenaza de Andrómeda”) y que el presupuesto a su disposición ascendería a 47,5 millones de dólares. Los fans estuvieron encantados.
Y así, “Star Trek: La película” entró en fase de preproducción. El problema es que, después de todos esos años, escrituras y reescrituras, aún no había guión definitivo. Era necesario trabajar mucho y contra reloj. La historia original, ideada en términos menos épicos y trascendentes, se resolvía en 45 minutos. Ahora había que dilatarla hasta las dos horas de metraje y acentuar los aspectos más grandiosos e impactantes. Harold Livingston fue el encargado de resolver el problema, pero se encontró rivalizando continuamente con Gene Roddenberry. Ambos debían trabajar juntos, pero en realidad resolvían las escenas cada uno por su lado y de forma completamente diferente, confundiendo al director y a los actores, que de un día para otro veían variar sus papeles. Para complicarlo aún más, las cláusulas de sus respectivos contratos otorgaban a William Shattner y Leonard Nimoy el derecho a dar el visto bueno a esas escenas. Rodada con prisas por un Robert Wise incapaz de realizar la película que quería y sin un guión sólido en que apoyarse, el resultado decepcionó tanto a los fans de la serie como a los críticos, que se burlaban calificándola como “Star Trek-The Motionless Picture- (“Star Trek: La película sin movimiento”) o “Spockalypse Now”.
En la historia se reúne a la tripulación original de la Enterprise con la misión de enfrentarse a una
misteriosa entidad alienígena que amenaza con destruir la Tierra. Se nos revela que ese ser fue originalmente la sonda espacial Voyager lanzada por la NASA en los comienzos de la carrera espacial y que, habiendo desarrollado autoconciencia, se dirigía a nuestro planeta a la búsqueda de su creador, sin saber que éste no eran sino las para él insignificantes “unidades de carbono” que lo pueblan. Kirk y sus hombres deben tratar de conjurar el inminente desastre. El clímax se alcanza de una forma tradicional en la serie: evitando la confrontación directa y haciendo que la entidad alcance un estado de trascendencia a través de la fusión (de una forma pseudo-sexual) con un ser humano. La película cuenta con todos los elementos de la serie televisiva original (el capitán Kirk y su tripulación recorriendo el universo en la Enterprise para salvar a la Tierra de una amenaza extraterrestre, la supremacía de los valores humanos), y un envoltorio de lujo en la forma de carísimos efectos especiales firmados por Douglas Trumbull (“2001: Una Odisea del Espacio, “Naves silenciosas”, “Blade Runner”) y John Dykstra (“Star Wars”).
Por desgracia, la historia resultó ser un auténtico rollo. Principalmente porque también replicaba los peores aspectos de la serie: un guión predecible, un villano aburrido, un ritmo lento (casi toda la “acción” tiene lugar sin salir del puente de la Enterprise, con los personajes mirando asombrados las pantallas) y una pésima interpretación.
Los defectos, como acabamos de mencionar, se encontraban en la misma gestación de la película y en la elaboración de su guión. Harlan Ellison cuenta la divertida historia de cómo, a propuesta de Paramount, envió un guión en el que el Enterprise salía del continuo espacio-tiempo y contemplaba el ojo de Dios. Le dijeron que querían algo “más grande”, lo que demuestra el absoluto despiste de los ejecutivos. En un intento nada disimulado de emular a “2001: Una Odisea del Espacio” (1968), la idea básica de “Star Trek: La Película” era interesante en cuanto a las preguntas que planteaba sobre la necesidad de evolucionar de los seres inteligentes o los límites mismo de esa inteligencia. Por desgracia, la forma de desarrollar esas cuestiones carece de interés y la ausencia de acción deja indiferentes a todos aquellos que no sean auténticos fans de la serie original.
El clímax final se antoja un pastiche de diversos episodios de las series televisivas –concretamente,
“El Cambiante”, sobre una máquina que buscaba a su creador, y el episodio de la serie animada “Uno de nuestros planetas se ha perdido”, en la que la nave viajaba al interior de un organismo gaseoso inteligente-. Por desgracia, el que una vieja sonda de la NASA sea tan poderosa que pueda crear androides con microprocesadores moleculares y al tiempo sea incapaz de rascar la porquería de su unidad central y leer su propio nombre (“Voyager”) parece tan absurdo que anula cualquier intento de considerar seriamente la lógica del argumento y lo deja al nivel de un episodio televisivo poco afortunado.“Star Trek: la película” acabó siendo un monumento tan épico como vacío a la fiebre que desató Star Wars, un fracaso autoindulgente. Se pagaron seis millones de dólares a Robert Abel y Asociados para que desarrollaran nuevos efectos especiales sin que entregaran ni un solo plano válido. Igualmente onerosa fue la creación de alienígenas que centraron buena parte de la campaña publicitaria pero que luego apenas aparecieron de fondo en la película en un puñado de escenas sueltas. Dado que el 90% de la película transcurre en el puente de la Enterprise, es difícil saber dónde fueron a parar los millones destinados a diseño y efectos especiales.
Es más, ni siquiera podemos decir que la cinta encarne con fidelidad el espíritu de la serie original.
Lo que parecía agradable y acogedor en la pequeña pantalla resulta empequeñecido hasta el ridículo por los grandiosos planos de la nave diseñados por Trumbull y Dykstra. Los únicos personajes que consiguen salvar hasta cierto punto la cara son Kirk y el doctor McCoy que, como siempre, se llevan las mejores líneas de diálogo, recuperando algo de la chispa que tenían en la televisión. Leonard Nimoy parece aburrido y ausente.Aunque el trío de actores presionó para obtener un mayor grado de caracterización de sus personajes, no se les hizo caso y el espíritu de camaradería o la relación de Kirk con su tripulación se sacrifican a favor de la trama aventurera. Por eso, no se entiende que sin dedicar tiempo a desarrollar los personajes principales se presentaran otros nuevos. Stephen Collins no hace mal papel como capitán depuesto de la Enterprise, pero su intervención se queda corta hasta las escenas finales. La actriz india Persis Khambatta resulta muy sexy con su cabeza afeitada y sus minifaldas, pero su plana interpretación no consigue diferenciar a los dos personajes que encarna, el frío androide y la cálida jovencita virgen. El resto de la tripulación televisiva no pasa de ser meros comparsas de los anteriores.
Pero no quiero ser completamente inmisericorde con esta película. Hay cosas que, aunque no puedan redimirla completamente, sí merece la pena destacar. El viaje de la Enterprise al interior de la nube alienígena, aunque excesivamente largo y lento, sí consigue despertar ese sentido de lo extraño, de lo maravilloso, de lo inmenso, que tan básico es en la ciencia ficción. En este sentido resultan fundamentales los hermosos efectos visuales: el mencionado viaje de la nave, teñido por colores de un frío azul y rodeado por maquinaria de tamaño inaprensible; o su magnífico aspecto mientras aún está atracada en los astilleros a la espera de su misión.En realidad, “Star Trek: La Película” fue la única de la serie inicial de films que consiguió transmitir
ese sentido de aventura en contraste con la crepuscular reunión de cada vez más achacosos amigos que planteaban las diferentes y numerosas secuelas, ya controladas creativamente por los actores. Digamos también que la cinta sirvió para presentar la vieja serie a una nueva generación de aficionados. Puede que la película tenga sus defensores y que funcionara bien en taquilla (fue un fracaso creativo, aunque en absoluto ruinoso), pero no aportó nada al género. Lo mismo puede decirse de sus diversas “secuelas”, que no dejaron de ser episodios televisivos engordados.
sábado, 14 de enero de 2012
1971- LA AMENAZA DE ANDRÓMEDA – Robert Wise

El estreno de “2001: Una Odisea del Espacio” (1968) supuso un enorme impulso para la CF cinematográfica. De género relegado a la serie B pasó a prometedora fuente de éxitos de taquilla. Resulta curioso, no obstante, que el camino que siguieron los realizadores norteamericanos a partir de aquella distara mucho del que podría esperarse. La película de Kubrick se estrenó cuando la carrera espacial se aproximaba a su clímax con la llegada del hombre a la Luna en 1969. Sin embargo, los films de ciencia-ficción que se realizarían en los años siguientes, en lugar de celebrar la apertura de la frontera espacial, se confinarían en la Tierra, mirando con desconfianza no sólo al espacio sino al futuro que nos esperaba aquí abajo, plagado de problemas insolubles. ¿Por qué? La brillante meta espacial que John F.Kennedy había vislumbrado con acierto en su famoso discurso de 1961 había quedado oscurecida por una América dividida, atemorizada por asesinatos políticos, revueltas juveniles, la guerra de Vietnam, la cultura de las drogas y el despertar de la conciencia ecológica.
“El Planeta de los Simios” (1968), “THX 1138” (1971), “El último hombre vivo” (1971), “Naves Silenciosas” (1971), “Soylent Green” (1973), “Zardoz” (1974), “La Fuga de Logan” (1976)…eran filmes empapados de pesimismo en forma de tecnología fuera de control, superpoblación, ruina ecológica, guerras atómicas… El temor a la tecnología, que había cristalizado en el tópico del “científico loco” en las películas de los años treinta y los films de monstruos mutados en los cincuenta, volvía en los setenta para pronosticar el declive y caída de la civilización humana.
En este contexto se inscribe “La amenaza de Andrómeda”, basada en el primer best-seller de
Michael Crichton, escritor por cuya bibliografía discurre una dicotomía no infrecuente en muchos escritores de CF: por un lado, el amor a la tecnología y la ciencia que forman la base de sus libros; por otro, un alarmismo un tanto sensacionalista que nos avisa de que hemos creado sistemas tan complejos que si escapan a nuestro control acabarán destruyéndonos. Esta historia nos cuenta la llegada de un microorganismo del espacio que amenaza con exterminar la raza humana, dándole la vuelta a la premisa de “La Guerra de los Mundos“ de H.G.Wells.
Algunos años antes de que dé comienzo la línea narrativa principal de la película, el doctor y premio Nobel Jeremy Stone convenció al gobierno norteamericano para organizar el Proyecto Wildfire, un conjunto de procedimientos e instalaciones para el caso de que el país hubiera de hacer frente a una epidemia. En abril de 1971, un pequeño satélite se estrella cerca del pueblo de Piedmont, en Nuevo México. Casi instantáneamente algo mata a toda la población coagulándoles la sangre en las venas. Todos, excepto dos: un bebe y un viejo borracho.El proyecto Wildfire se pone en marcha y el pequeño grupo de científicos encargados de descubrir la causa de las muertes se reúne en un gran y futurista laboratorio subterráneo en el desierto de Nevada. No tardan en encontrar que el asesino es un virus llegado del espacio exterior con el satélite. Su forma cristalina le permite absorber energía, crecer y mutar. Si sigue su tasa de crecimiento, todo el mundo se halla en peligro.
Robert Wise fue el encargado de dirigir esta cinta, un realizador de la vieja escuela, un profesional discreto que había construido su carrera paso a paso hasta convertirse en uno de los directores más competentes del gremio, condición que fue refrendada por dos Oscar al mejor director. Uno de sus primeros trabajos fue como montador de “Ciudadano Kane”, de Orson Welles, pero no tardó en pasarse a la dirección, realizando toda una serie de sólidas películas en las que su interés en conseguir una narrativa clara y el respeto al material original se anteponía a los experimentos formales propios de egos más hinchados. Fruto de su buen hacer fueron éxitos internacionales del calibre de “West Side Story” (1961) o “Sonrisas y Lágrimas” (1965).Pero junto a esos coloristas musicales, Wise fue responsable de un puñado de clásicos de la ciencia-ficción, género que en los cincuenta no era precisamente uno de los preferidos de los estudios. De ellos, “Ultimátum a la Tierra” (1951) es un hito del género, una película valiente y con mensaje que ha perdurado como uno de los clásicos de la CF. Pasarían bastantes años antes de que se le presentara la oportunidad de regresar al futuro de ficción gracias a esta película
De acuerdo a su estilo, Wise se mantuvo fiel al libro de Crichton, una intrigante historia de detectives/científicos a la búsqueda del origen de un virus y la forma de acabar con él. Se prestó una atención especial a la autenticidad y realismo, para lo que Wise adoptó un estilo documental un tanto plano y aburrido (toda la acción física del film se concentra en los últimos veinte minutos), alternando entre escenas en las oficinas gubernamentales y el laboratorio de investigación, utilizando vocabulario propio de los biólogos y médicos, tratando de asegurarse de que los pormenores científicos son correctos y mostrando el auténtico proceso –o lo más próximo
a ello que permite el cine- que siguen ese tipo de investigaciones. Esa atención al detalle llevó a Wise a dedicar 300.000 de los 6.5 millones de dólares con que contaba de presupuesto a la construcción del laboratorio subterráneo. No hay muchas películas que no subestimen al espectador y no incurran en burdas simplificaciones, omisiones o exageraciones sensacionalistas. “La Amenaza de Andrómeda” es una de ellas.Pero claro, ello fue a costa de dejar de lado los personajes. Éstos carecen de todo interés o empatía entre ellos y su personalidad desaparece tras los monitores, las probetas, los brazos robotizados, las impresoras vomitando informes y avisos y los larguísimos procedimientos de seguridad e higienización. Wise introdujo una variación respecto al libro al convertir a uno de los investigadores en mujer –Ruth Leavitt, interpretado por la actriz Kate Reid-, ajustándose a los nuevos tiempos en los que la mujer tomaba un papel más participativo en multitud de ámbitos, entre ellos el científico. A diferencia de otras pélículas en las que sí aparecían científicos femeninos (recordemos a Raquel Welch en “Viaje Alucinante” (1966), Kate Reid no despierta atractivo sexual ni romántico alguno. Es, simplemente, un miembro más del equipo.
Wise y Crichton, director y escritor, compartían la misma desconfianza hacia la competencia de las autoridades en caso de contacto con una amenaza alienígena. En el caso del primero, “Últimatum a la Tierra” subrayaba el desconcierto de la clase política y militar; en cuanto a Crichton, como ya comentamos, muchos de sus libros giran alrededor de la incapacidad del ser humano para comprender plenamente y mucho menos controlar la propia tecnología que desarrolla. Ese temor se manifiesta en esta película en forma de siniestra ironía: un laboratorio de última generación es puesto en peligro por causa de algo tan insignificante como una tira de papel celo atrapado en la impresora y casi destruido por sus propios sistemas de seguridad: el artefacto nuclear que volará todo el complejo no puede desactivarse ya que, no habiéndose finalizado totalmente su construcción, aún no están instalados todos los dispositivos de apagado.Mientras que “Ultimatum a la Tierra” se movía dentro de los parámetros cinematográficos convencionales de una producción de Hollywood, “La Amenaza de Andrómeda”, desafía esas convenciones de múltiples maneras: la ausencia de música de fondo (como “Planeta Prohibido” antes que ella, su banda sonora estaba compuesta por sonidos electrónicos obra de Gil Gellé), actores poco conocidos y ausencia de subargumento romántico. El ritmo de la película es irregular y los personajes parecen ausentes, como desconectados de la narrativa principal. Fuera deliberado o no, lo cierto es que ello contribuyó a aumentar la sensación opresiva de amenaza por parte de un ser alienígena al que no se puede ver.
Sin embargo, el espectador puede encontrar hoy la película aburrida e irregular. El problema es
que “Andrómeda” comienza como una historia de detectives biológicos. ¿Conseguirán desentrañar los secretos del mortal virus alienígena antes de que crezca tanto que sea imposible contenerlo y se propague por todo el planeta? Sin embargo, al menos un tercio de la película no se centra en esa cuestión, sino en el colorista proceso de descontaminación. Además, a diferencia de una historia convencional de detectives, no hay pistas que nos puedan indicar la solución del enigma. Peor aún, los investigadores ni siquiera resuelven el problema, sino que lo hace el propio virus sin ayuda alguna (muta a una forma inofensiva para los humanos), lo que provoca un anticlímax decepcionante. En lugar de llevar la propuesta inicial hasta sus últimas consecuencias, se abandona por otra totalmente diferente en el último momento: ¿podrán escapar los científicos del laboratorio subterráneo antes de que se autodestruya?.
Lo anterior suena bastante mal, pero la película consigue mantener el tipo gracias a la coherencia y unidad que le proporciona su aspecto visual. El comienzo es aterrador: los espacios abiertos y luminosos del desierto consiguen transmitir una sensación de ansiedad y amenaza cercana a través del aniquilado pueblo de Piedmont, con sus cadáveres esparcidos por las calles y los investigadores embutidos en unos inquietantes trajes con escafandra. A continuación, y progresivamente a medida que los personajes se introducen en los diferentes niveles del laboratorio Wildfire, se pasa a un ambiente futurista, cerrado y estéril, al que también recurrieron otros films de los setenta (“2001”, “THX 11338”, “La Fuga de Logan”…). El futuro es un lugar en el que la tecnología ha alcanzado un punto de perfección aséptica. La presencia de los humanos parece estropear, infectar podríamos decir, esta especie de utopía científica. Aunque “La Amenaza de Andrómeda” no transcurre en un futuro muy lejano, participa de esos diseños blancos y rectilíneos y esa iluminación que apaga los detalles, como si el hombre hubiera perdido parte de su humanidad, recluido en un mundo frío y mecánico en el que incluso las voces han perdido su naturalidad.
Por cierto, que relacionados con el apartado técnico hay dos nombres que son leyenda dentro del mundo de los efectos especiales en el cine de CF. Uno de ellos es Douglas Trumbull, creador de algunas de las escenas más bellas del género en films del peso de “2001: Una Odisea del Espacio”, “Encuentros en la Tercera Fase” o “Blade Runner”. Trumbull y el experto en ordenadores James Shout se convirtieron en pioneros de la animación digital al desarrollar para “Andrómeda” las imágenes en las que el virus se desarrolla y crece. Como ayudante de Trumbull figura en los créditos John Dykstra, quien unos años después crearía la mítica cámara de control dirigido Dykstraflex, que aplicó a las inolvidables escenas de “Star Wars”.La película ha perdido validez en sus detalles científicos, pero aún resulta interesante ver cómo los humanos libran su desesperada batalla contra el invasor microscópico. En su momento “La Amenaza de Andrómeda” fue un gran éxito, una de las películas de CF más taquilleras de la época pre-“Star Wars” (1977) y, aunque no fue la primera película de epidemias (recordemos la magnífica “Pánico en las calles” (1950) de Elia Kazan) sí fue pionera en enfocar el tema desde un punto de vista más científico. En esta corriente se inscribiría también “Estallido” (1993) y, más recientemente, “Contagio” (2011).
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