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domingo, 27 de enero de 2013

1933-KING KONG - Ernest B.Schoedsack y Merian C.Cooper


¿Qué se puede decir de King Kong que no se haya dicho ya? Es sin duda una de las películas de ciencia ficción más conocida de todos los tiempos y su criatura, el rey Kong, un icono cultural que sirvió de modelo para otros muchos monstruos gigantes en años venideros, desde "El monstruo de los tiempos remotos" (1953) y "Godzilla" (1954) hasta "Parque Jurásico" (1993).

En realidad, más que al subgénero de "monstruos", "King Kong" es más precisamente clasificable como de "Mundos Perdidos", esa fantasía victoriana alimentada por los viajes de los exploradores del siglo XIX y los descubrimientos científicos de la época en el ámbito de la geología y la biología. En este blog hemos comentado abundantes obras de este tipo, escritas por algunos de los más destacados escritores del género: Julio Verne, Arthur Conan Doyle, H. Rider Haggard, Abraham Merritt, James Hilton o Edgar Rice Burroughs, por nombrar solo unos cuantos.

Los Mundos Perdidos apelaban al "sentido de lo maravilloso" del lector evocando territorios recónditos e inexplorados con infinitas y exóticas posibilidades de aventura: bestias prehistóricas, ciudades olvidadas, razas perdidas, tesoros legendarios... Pero a comienzos de los años treinta los mapas apenas mostraban ya espacios en blanco y las posibilidades de situar en ellos un entorno físico sobre el que desarrollar ese tipo de peripecias se redujo tanto que se tardó poco en dar el siguiente paso lógico: trasladarlas a otros planetas.

Sin embargo, el interés de los espectadores por lo exótico pervivió en el cine durante más tiempo que en la literatura popular, no tanto en la forma de películas de ficción como en la de documental. Tanto entonces como hoy a la gente del medio urbano le fascinaba contemplar escenas de culturas y geografías completamente diferentes, algo que descubrió Robert J. Flaherty cuando en 1922 estrenó con gran éxito "Nanuk el Esquimal".

Era una modalidad cinematográfica compleja y peligrosa, especialmente en una época en la que los medios de transporte no eran ni de lejos tan rápidos y cómodos como hoy, la gente de países remotos no estaba acostumbrada a los extranjeros, las infraestructuras de todo tipo eran básicas en el mejor de los casos y el equipo técnico era todavía muy primitivo. Pero los estudios descubrieron que no sólo el público respondía fenomenalmente bien a estos documentales sin costosas y conflictivas estrellas, sino que muchas de sus escenas de vida animal o paisajes podían reciclarse en otras películas rodadas en estudio.

Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsak fueron dos avezados especialistas en este subgénero cinematográfico, una pareja de auténticos Indiana Jones. En 1925 habían realizado una película sobre el nomadismo de una tribu irania en el Kurdistán ("Grass") y en 1927 rodaron una ficción protagonizada por elefantes en Tailandia ("Chang"). Cuando presentaron su idea para desplazarse a África y rodar a los gorilas en libertad, la Gran Depresión ya se había abatido sobre Estados Unidos y los estudios no tardaron en recortar la financiación de los documentales. Y no fue solo por razones de presupuesto. La situación económica había modificado las necesidades, los gustos y las modas. Ahora el público no pedía realismo, exigía evasión.

Y si de evasión se trataba, el subgénero de Mundos Perdidos era ideal. En ellos se ofrecían mundos en los que el dinero era irrelevante y la vida quedaba reducida a términos mucho más sencillos y primarios en virtud de los cuales un hombre se medía por su fuerza y su valor. A menudo, en esos escondidos territorios se escondían utopías que contrastaban poderosamente con la realidad cotidiana de quienes acudían a las salas de cine. De ello precisamente se beneficiaron las películas de "Tarzán", que a partir de 1932 disfrutaron de una popularidad inmensa.

Y así, el documental sobre los gorilas africanos de Cooper y Schoedsack acabó reconvertido en una película de ficción de Mundos Perdidos titulada "King Kong" y producida por el legendario David O. Selznick, entonces presidente de RKO Radio Pictures. Éste no se arrogó mérito alguno, declarando que su única contribución fue fusionar las ideas de Cooper y Schoedsack con los efectos especiales diseñados por Willis O´Brien.

La historia no es nada sofisticada. Carl Denham (Robert Armstrong), un exitoso y controvertido director de películas especializado en localizaciones exóticas -en realidad un alter ego de los propios Cooper y Schoedsack-, alquila un barco, contrata en el último momento a una bella chica, Ann Darrow (Fay Wray), como protagonista principal y zarpa con destino a una remota isla que no figura en las cartas marinas y de la que oyó hablar en Singapur. Al atracar en su costa, Ann es secuestrada por los nativos y ofrecida como sacrificio a Kong, un enorme simio al que temen como si se tratara de un Dios. La gigantesca bestia se enamora de Ann y en lugar de devorarla la secuestra, internándose en la jungla poblada por bestias prehistóricas.

La tripulación del barco forma una partida de rescate pero todos excepto Denham y Jack Driscoll
(Bruce Cabot), el segundo de a bordo y enamorado de Ann, sucumben víctimas de una u otra criatura. Finalmente, Ann es rescatada y Kong gaseado y transportado hasta Nueva York para exhibirlo públicamente como "La Octava Maravilla del Mundo". El animal escapa, atrapa de nuevo a Darrow y escala el Empire State antes de ser tiroteado hasta la muerte por aviones de guerra. En cierto sentido, es una reelaboración del famoso primer episodio liliputiense de "Los Viajes de Gulliver" desde el punto de vista de los liliputianos.

"King Kong" es una película de ritmo rápido, intenso dramatismo y una premisa atractiva. Como los trabajos anteriores de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsak, el film se recrea en el primitivismo de las culturas que viven próximas a la Naturaleza. En la Isla de la Calavera, que parece estar justo en los límites del mundo, Kong es el rey de la jungla y la película emplea mucho metraje en mostrar su primitiva majestad. La tesis subyacente es que la civilización corrompe la grandeza de la bestia. Ello queda perfectamente simbolizado al final la película, cuando Kong es trágicamente abatido por los biplanos desde la cúspide del Empire State. La aviación y el propio edificio -recién terminado y por entonces el más alto de la ciudad- son los representantes más avanzados de la civilización humana, símbolos de su progreso. Kong nada puede hacer contra ellos.

Han corrido ríos de tinta sobre el supuesto contenido sexual de "King Kong", especialmente a raíz de una escena suprimida del estreno original a instancias del Motion Picture Code en la que Kong sostiene a Fay Wray en su mano, le arranca la ropa, la toca y después se huele los dedos. Posiblemente esta polémica sea más artificial que real, pero es difícil no pensar que algo hay. ¿Qué pensar si no, de la simple idea de una relación amorosa entre un simio de quince metros de altura y una corista rubia? Por no hablar de la innumerable especulación humorística sobre la posible consumación de tal relación.

(Por cierto, hubo otras escenas suprimidas, estas relacionadas con la violencia: cuando durante el estreno el público vio cómo los hombres caían al abismo para ser devorados por unas arañas gigantes, o primeros planos de gente aplastada por los saurios, hubo quienes se levantaban de sus asientos y salían de la sala incapaces de soportarlo. Otras versiones proyectadas cortaron también primeros planos de gente aplastada por las mandíbulas de Kong).

En mi opinión, toda la historia, más que metáforas sexuales, despliega cierta aura onírica que lo
aproxima a cuentos de fantasía como "La Bella y la Bestia". Ninguna otra película "de monstruos" ha conseguido plasmar con tanta eficacia la relación entre el monstruo feroz pero de gran corazón y la inocente heroína. De hecho, pocas se han molestado en dotar de una personalidad a la criatura en cuestión, limitándose a presentarlo como una bestia de instinto tan primitivo como agresivo. Los ejemplos van desde "Alien" a "Species" pasando por "Godzilla".

La guionista Ruth Brown imaginó, en cambio, no un agente de destrucción y muerte, sino un animal 
que, a su manera, quiere hacer lo correcto: Kong se preocupa por su prisionera humana, la protege, ataca sólo cuando le provocan y, si le dejaran en paz, sería totalmente feliz en su isla perdida. Es sólo la avaricia del empresario del mundo del espectáculo la responsable de despertar su furia. Por eso, cuando Kong se desploma hacia la muerte desde la cima del Empire State, no tenemos ninguna sensación de triunfo sino que nos preguntamos quién es el verdadero monstruo aquí, Kong o Carl Denham.

Ahora bien, es de justicia reconocer que el éxito de la película vino dado, en buena medida, por sus efectos especiales, capaces de dar vida a un mundo imaginario con un grado de realismo inédito hasta entonces. El artífice de ello fue Willis O´Brien, quien había dirigido y diseñado los efectos en varias cintas de este tipo desde 1915, culminando en la innovadora "El Mundo Perdido" (1925). En "King Kong", O´Brien y sus colaboradores de la RKO (el artista Linwood Dunn y el técnico de sonido Murray Spivack) se superaron a sí mismos, utilizando todos los trucos que conocían: acción real, retroproyecciones, animación stop-motion, miniaturas y maquetas, pinturas mate....

Otros efectos hubo que improvisarlos sobre la marcha. Por nombrar solo un ejemplo, algunas escenas
hubieron de rodarse en vivo y luego proyectarlas sobre una pantalla diminuta que, por comparación, hiciese parecer gigante a la figura de Kong. Buscando la superficie de proyección adecuada, los especialistas se decidieron por una hecha a base de condones (ante la consternación del farmacéutico local, incapaz de imaginar para qué necesitaban un pedido tan numeroso).

El nivel de detalle es extraordinario, como esos pequeños gestos de Kong, meneando su cabeza y frotando sus ojos cuando aspira el gas somnífero; o los estertores de la cola del estegosaurio moribundo. La furibunda batalla de varios minutos entre Kong y el tiranosaurio es, todavía hoy, una de las mejores escenas de animación stop-motion que jamás se hayan rodado. Cuando el tiranosaurio se rasca su cabeza como si fuera un perrito, nos parece real, no una simple maqueta. La escena en la que Kong mata al dinosaurio rompiéndole las mandíbulas, transmite un realismo brutal. Fue Willis quien supo imbuir en sus modelos la personalidad que Ruth Brown había imaginado sobre el papel.

El resultado fue un espectáculo visual continuo que comienza tras media hora de plúmbeos diálogos y que, tras la aparición de Kong, ya no se detiene hasta el final. En esta época de efectos digitales indistinguibles de la realidad, el stop-motion de "King Kong" nos puede parecer inocente, simplón y primitivo, pero no deberíamos olvidar que fue el antecesor directo de las espectaculares películas que hoy nos bombardean con sus sofisticadas imágenes. Sin King Kong no habría habido Alien o Parque Jurásico.

Por ello es aún más sorprendente que "King Kong" contara con un presupuesto relativamente
modesto: alrededor de 600.000 dólares. Escenas que hoy habrían costado semanas de trabajo -como aquella en la que Kong agita un gran tronco arrojando al abismo a los hombres que tratan desesperadamente de agarrarse a él- se rodaron en dos días; el muro gigante que separa al pueblo de los nativos del monstruo era un reciclaje de otra película: se había construido originalmente como parte del Templo de Jerusalén en la cinta de Cecil B. DeMille "Rey de Reyes" (1927). Otro capítulo en el que se ahorraron costes fue el del reparto. Aunque Fay Wray llevaba actuando diez años en el cine, nunca pasó de la serie B. Y el coprotagonista, un seco y poco convincente Bruce Cabot, no era sino el portero de un club de Hollywood que participaba aquí en su primera película.

El film es también notable por otros aspectos. Hasta su estreno, casi todas las películas de CF se basaban en libros previamente publicados. "King Kong" demostró que se podían hacer películas de género -y además con éxito- sin necesidad de recurrir a obras literarias. Además, fue la película que prácticamente inventó el diseño de sonido. La banda sonora de Max Steiner mostró cómo utilizar la música original para resaltar momentos concretos. El guión, directo claro, enseñó como insertar una fantasía desbocada en el mundo real y cotidiano.

Decir que "King Kong" fue el "Star Wars" de su época puede sonar exagerado. No lo es. Efectos
especiales jamás vistos con anterioridad, pases continuos durante todo el día, colas interminables para comprar entradas... "Star Wars" llegó cuando más se la necesitaba, en plena depresión económica y cuando el público, saturado de películas de tono pesimista y violento, recibió con entusiasmo una historia sencilla y espectacular. "King Kong" se estrenó en la época más dura de la Gran Depresión -recordemos las escenas del inicio de la cinta que muestran las colas en la beneficencia, o a Ann Darrow, desesperada por el hambre, robando una manzana- y le dio a la gente lo que quería: un mono gigante destrozando Wall Street y aterrorizando a los ricos que acudían al espectáculo que exhibía al gran simio.

Como mucha iconografía religiosa, hay imágenes de la historia del cine -pocas, imprevisibles y caprichosas- que por alguna razón siguen conservando su vigencia muchos años después de que fueran capturadas por una cámara. Todo el mundo en nuestra cultura está familiarizado con ellas aunque jamás hayan visto las películas originales de las que proceden. La figura de Charlot, la cabeza de Boris Karloff como Frankenstein, el rostro de Alex en "La Naranja Mecánica", el casco de Darth Vader... y la silueta de King Kong en lo alto del Empire State.

La medida de su impacto en la cultura popular pueden darla la larga serie de sus imágenes que han
quedado para la posteridad: desde la isla perdida poblada por nativos agresivos a la chica en la palma de la mano de Kong, o el mono encadenado en un escenario, deslumbrado por los flashes de las cámaras; y, sobre todo, encaramado a la aguja del Empire State enfrentándose a los aviones que le ametrallan. Todos estos momentos inolvidables hicieron que “King Kong” se convirtiera no sólo en símbolo del cine de aventuras y monstruos -e incluso de la ciudad de Nueva York-, sino que pasara a formar parte de la cultura popular occidental durante los últimos ochenta años.

 
Y eso no fue todo. Ray Harryhausen afirma que cuando era un niño acudió a ver "King Kong" al Teatro Chino de Grauman y que aquella sesión cambió el curso de su vida. Sin el talento que Harryhausen desplegó en el campo de los efectos especiales en muchas películas de los cincuenta y sesenta, éstas jamás habrían podido hacer soñar a cineastas posteriores como George Lucas o Steven Spielberg. Muchos años después, otro niño de doce años quedó tan impresionado por la película que decidió dedicarse a hacer las suyas propias. Su nombre era Peter Jackson.

Antes de que terminara 1933, los principales responsables del éxito de la película (los directores, el compositor Max Steiner, la guionista Ruth Rose, el técnico Willis O´Brien y los actores Robert Armstrong y Frank Reicher) se embarcaron en el rodaje de una prescindible secuela, "El hijo de Kong". En la década de los sesenta, los estudios japoneses Toho recuperaron a Kong para enfrentarlo a su dinosaurio fetiche en "King Kong contra Godzilla" (1962) y luego lo convirtieron en protagonista exclusivo en "King Kong Escapa" (1967).

El productor Dino de Laurentiis impulsó en 1976 un denostado remake de la película original, continuado por una cinta aún peor, "King Kong Vive" (1986). El último en caer rendido ante el encanto del original y ofrecer su versión fue Peter Jackson en 2005. Por supuesto, el número de imitaciones, homenajes y parodias supera con creces el espacio de esta entrada -y casi el de todo el blog-, desde las realizadas por los propios creadores originales ("Mighty Joe Young, 1949) hasta las copias de segunda o tercera ("White Pongo", 1945, "King of the Lost World", 2005), de la animación ("King of Atlantis", 2005) al porno ("Flesh Gordon") pasando por la comedia ("El profesor chiflado", 1996, "La Pantera Rosa golpea de nuevo", 1976).

¿Quién se acuerda hoy de los actores? ¿Se pregunta hoy alguien por qué estúpida razón los nativos
construyeron un muro con una puerta tan grande que Kong podía traspasarla sin problemas? ¿O la razón por la que el mono aparece con una altura diferente en cada parte de la película (seis metros en la isla, diez en el teatro y diecisiete en el Empire State?

No, porque no importa. Con sus efectos visuales superados y sus interpretaciones insulsas, "King Kong" tiene algo primitivo y muy básico que sigue asombrando y haciendo soñar, asegurando su supervivencia a los cambios en los estilos, las técnicas y los gustos. Se han ofrecido todo tipo de teorías y metáforas para ello, desde la experiencia inmigrante de Norteamérica al simbolismo de Naturaleza versus Civilización, de Freud a Jung (la torre del Empire State ha hecho desbarrar a más de uno)... Estoy seguro de que a aquellos que intervinieron en su realización todas estas elucubraciones les sorprendían tanto como les divertían. Después de todo, Cooper declararía: "Kong jamás pretendió ser nada más que la mejor película de aventuras jamás filmada. Lo consiguió. Y eso es todo".

sábado, 21 de abril de 2012

1925- EL MUNDO PERDIDO – Harry O.Hoyt

Basada en la novela homónima de Arthur Conan Doyle (1912), es difícil estimar el efecto que esta su primera adaptación cinematográfica tuvo en el momento de su estreno. Hoy los críticos no le prestan demasiada atención, pero es muy posible que los efectos visuales de Willis O´Brien causaran un gran impacto en el público porque nunca antes se había visto nada semejante en pantalla. Se dice que el propio Conan Doyle mostró alguna escena de los dinosaurios a varias personas diciéndoles que eran auténticos. Le creyeron.

La historia es bien conocida. El profesor Challenger (Wallace Beery) es, según palabras de Conan Doyle, "una mente privilegiada encerrada en un cuerpo de Pitecántropo". No conforme con su condición de sabio excéntrico, ejerce de temido polemista en los foros científicos londinenses, afirmando que tiene pruebas de que los dinosaurios todavía existen. Para demostrar una teoría tan atractiva como inverosímil, organiza una expedición al Amazonas. Además del profesor Challenger, los expedicionarios son el periodista a la búsqueda de fortuna Edward Malone (Lloyd Hughes), Paula White (Bessie Love), el cazador sir John Roxton (Lewis Stone) y un competidor y escéptico crítico de Challenger, el profesor Summerlee (Arthur Hoyt). El grupo llega a la meseta brasileña de Maple White, en la que, efectivamente, encuentran que la evolución se ha detenido y por cuyos bosques y llanuras aún deambulan los grandes reptiles jurásicos. Los expedicionarios consiguen no sólo sobrevivir a esas bestias, a los ataques de hombres primitivos y erupciones volcánicas, sino escapar llevándose consigo un brontosaurio cautivo. Una vez en Londres, la criatura no tardará en escapar, provocando el pánico antes de caer al Támesis y desaparecer. A excepción del subargumento romántico y un final algo diferente, se puede decir que el guión permanece en líneas generales fiel a la novela original.
La película es sorprendentemente corta -alrededor de una hora, aunque existen algunas copias cuya duración se extiende hasta los noventa minutos-, pero la esencia de la historia está bien condensada: no se pierde tiempo en contar el viaje hasta la recóndita meseta y las pistas que apuntan a que el padre de Paula White -quizá perdido allí en una expedición anterior- podría aún estar vivo se dejan sin resolver. La interpretación de los actores es en ocasiones exagerada, pero esto era algo común en la mayoría de las películas mudas. Wallace Beery realiza un buen papel como el matón y dominante profesor Challenger, más fiel al espíritu del personaje literario que en otras versiones que tienden a representarlo como un tipo gruñón pero en el fondo encantador. La joven Bessie Love (que, por algún motivo, figura como cabeza de cartel), interpreta su papel con toda la inocencia angelical propia de las féminas cinematográficas de los años veinte; cuatro años después estaría nominada al Oscar por "Melodías de Broadway" (1929) y, a diferencia de la mayoría de estrellas del cine mudo, continuaría trabajando hasta bien entrados los años ochenta. Por su parte, Lloyd Hughes y Lewis Stone se especializaron posteriormente en papeles románticos.

Pero en realidad, la razón para detenernos en esta película es su revolucionario papel en el campo
de los efectos especiales, que corrieron a cargo de Willis O´Brien, no sólo un pionero en este campo, sino maestro de otra leyenda: Ray Harryhausen. Nacido en California en 1886, O´Brien desempeñó en su juventud diversos trabajos, de los cuales tres fueron clave en su posterior carrera: guía de campo para antropólogos en la región de Crater Lake, escultor e ilustrador periodístico. Un día, mientras realizaba maquetas con un amigo, tuvo una idea. ¿Por qué no animar los modelos utilizando el mismo principio que los dibujos animados? Podría modelarse una figura de arcilla y luego mover o modificar ligeramente sus diferentes partes, fotografiando sucesivamente cada uno de esos cambios y proyectándolos luego a velocidad normal consiguiendo una ilusión de movimiento. Aunque este método, conocido como animación por "stop-motion", ya había sido inventado y utilizado, por ejemplo, por Georges Melies, O´Brien no sólo lo desarrolló por su cuenta sin atender a sus predecesores, sino que lo perfeccionó de forma notable.
Cuando se decidió a rodar una pequeña película de demostración con la que vender su invención a los productores de Hollywood, recurrió a su otra gran afición: las criaturas prehistóricas. El resultado fue un corto de un minuto y medio en el que un hombre de las cavernas luchaba contra un dinosaurio. No era un gran trabajo -los movimientos resultaban artificiales y los modelos se fundían por el calor de los focos-, pero sí suficiente. Consiguió 5.000 dólares para rodar otro corto, al que tituló "El dinosaurio y el eslabón perdido" (1915), una comedia sobre los dilemas prenupciales de un Neandertal. Aquella película gustó a Thomas Alva Edison, que compró sus derechos y contrató a O´Brien para su estudio cinematográfico. Siguieron otros cortometrajes y films educativos producidos por el famoso inventor y empresario americano. Aquellas pequeñas películas no contaban con un enfoque narrativo: como sucedía en "Viaje a la Luna" de Georges Melies, la historia se utilizaba como mera excusa en la que insertar las imágenes fantásticas que constituían la auténtica razón de ser de las breves películas. Como las duraciones estaban limitadas a diez minutos como máximo, había poco espacio para el desarrollo de un argumento o la caracterización de personajes. Los espectadores que buscaran una historia sólida acudían al teatro; el cine quedaba relegado al papel de espectáculo visual, de soporte para imágenes trucadas que el escenario no podía mostrar. Esta tradición de cine como espectáculo fue la dominante durante la primera década y media del siglo XX y en ella se inscriben los primeros trabajos de O´Brien.

Un productor llamado Herbert Dawley se hizo con los servicios de O´Brien para animar una
película de larga duración, "El fantasma de la montaña de los sueños" (1919), en la que también aparecían dinosaurios. Aquel proyecto fue una decepción para O´Brien: sus 45 minutos iniciales fueron recortados hasta un escaso cuarto de hora y aunque la película generó un beneficio de 100.000 dólares, el cheque que recibió fue bastante miserable. Peor aún, Dawley se atribuyó la animación, negando que su empleado hubiera tomado parte creativa en ellos. Aún así, el mundillo de la industria no se dejó engañar y O´Brien fue contratado por First National Pictures para un encargo mucho más ambicioso: la primera película de larga duración, aliento épico y generoso presupuesto en la que la animación stop-motion jugaría un papel fundamental. Su título sería "El Mundo Perdido".
Hay otro nombre que, en justicia, debería mencionarse junto al de Willis O’Brien. Aunque éste tuvo la visión para comprender el potencial técnico de la "stop motion", también fue lo suficientemente honesto como para reconocer que su habilidad como escultor no estaba a la altura. Así que, en 1923, contrató a un ayudante, el estudiante mexicano residente en EEUU Marcel Delgado. Fue éste el que construyó los cincuenta modelos de dinosaurios que aparecen en "El Mundo Perdido", inspirándose tanto en las descripciones de Conan Doyle como en las pinturas "prehistóricas" de Charles R.Knight. A diferencia de las maquetas de madera y arcilla un tanto toscas que utilizaba O´Brien, las marionetas de Delgado estaban fabricadas con armazón de aluminio, articulaciones móviles y músculos y piel de látex. A partir de ellos, O´Brien supervisó el tedioso proceso de la animación.

En concreto, la primera aparición de un dinosaurio en stop-motion está realizada con un gran
detalle -la respiración, los movimientos...-, ofreciendo el mismo sentido de la maravilla que el público de ochenta años después sintió al contemplar por primera vez los dinosaurios de "Parque Jurásico" (aun cuando éstos, claro está, gozaban de un grado de perfección técnica muy superior). Y aunque otros planos con dinosaurios nos puedan parecer hoy algo toscos (la falta de detalle de las maquetas se evidencia especialmente en los primeros planos y los movimientos son demasiado rígidos debido a que se proyectaba a 16 fotogramas por segundo en lugar de los 24 de, por ejemplo, "King Kong"), irradian una convicción ausente en producciones posteriores. Al fin y al cabo, tratándose de una técnica intensiva en horas de trabajo, la "stop motion" era muy cara y probablemente O´Brien contaba con un presupuesto ajustado (First National, aunque conocido entonces, no era uno de los grandes estudios de Hollywood) y hubo de recortar en las escenas secundarias. Por otro lado, hay momentos muy bien coreografiados, como la lucha entre el alosaurio y el brontosaurio en el borde del acantilado o la desesperada lucha del último debatiéndose en el barro. "El Mundo Perdido" es una de las pocas películas de estos primeros años del cine que el público de hoy aún puede disfrutar a pesar de la ausencia de diálogos, por otra parte innecesarios puesto que los actores se pasan buena parte del tiempo inmóviles, atónitos ante los dinosaurios animados de O´Brien)
"El Mundo Perdido" fue un éxito, pero O´Brien tuvo dificultades para continuar la racha, dificultades no achacables a él mismo sino a la volubilidad de Hollywood. Su siguiente proyecto fue una película sobre la Atlántida, pero cuando ya llevaba varios meses trabajando con modelos a escala, se canceló. A continuación se planteó una secuela de "El Mundo Perdido", pero también quedó aparcado debido a cambios en la dirección de First National Pictures. Su siguiente gran película sería "King Kong" (1933).

De hecho, el argumento de "El mundo perdido" fue reutilizado en gran medida unos años más tarde en "King Kong", la cumbre de las películas de mundos perdidos. Ambas cintas presentaban exploradores aventurándose en un primitivo y remoto mundo en el que encontraban bestias prehistóricas, regresando luego a la civilización con una de esas criaturas solo para que ésta se escapara causando el pánico en la ciudad antes de ser abatidas subrayando la violencia de nuestra propia especie (en el libro, el profesor Challenger sólo llevaba a Londres un huevo de pterodáctilo que incubaba hasta su eclosión, sobrevolando el recién nacido dinosaurio la asombrada ciudad).

La gran innovación de "King Kong", menos de una década después, consistió en dotar al gran simio de una
personalidad y tejer una extraña relación con la protagonista femenina. "King Kong" tenía un guión completo y sólido, mientras que "El Mundo Perdido" adolecía de cierta torpeza narrativa, si bien este puede ser un juicio injusto dado que años más tarde Warner Brothers recortó la película original nada menos que treinta minutos, dando absoluto protagonismo a las escenas de dinosaurios en detrimento de aquellas que desarrollaban la historia por parte de los actores. Y esta versión mutilada es la que hoy se puede adquirir. Por otra parte, "King Kong" integró perfectamente sus dinosaurios en la narración principal, mientras que en "El Mundo Perdido" se tiene la impresión de que han sido arbitrariamente colocadas, además de filmarse desde puntos de vista imposibles para los personajes, defecto este también solucionado en "King Kong". En definitiva, la película del gorila gigante integró con mayor habilidad y coherencia la narrativa y el espectáculo y eso es lo que la convirtió en un clásico inmortal, relegando a "El Mundo Perdido" a la condición de mera curiosidad histórica.

O´Brien, simplemente, llegó demasiado tarde. Su protegido, Ray Harryhausen, en cambio,
maduró como profesional en un momento en el que las películas de ciencia-ficción y fantasía se establecían como género diferenciado. Sus ideas encontraron eco en realizadores que las comprendían y ejecutivos que sabían de la rentabilidad de sus maquetas y trucos. Así, poco a poco, obtuvo encargos de forma regular al tiempo que control sobre su tarea, desarrolló su propio estilo y se responsabilizó de un trabajo creativo que todavía hoy llama la atención aún cuando los avances en animación digital hayan convertido en obsoleta el “stop-motion”. Por el contrario, su padrino O´Brien fue un visionario en una época en la que los films con monstruos gigantes y seres fabulosos eran la excepción; sus propuestas fueron a menudo rechazadas por productores escépticos impidiendo que su carrera obtuviera el esplendor y respeto merecidos.

Por su parte, en unas u otras manos, el relato de Conan Doyle demostraría una perdurabilidad asombrosa en una civilización cada vez más tecnificada, sucediéndose las versiones cinematográficas (1960, 1992) y televisivas de incluso superior calidad (1993, 1998, 1999, 2001), sin contar otras películas y series deudoras de la historia de Conan Doyle en las que se mezclaban humanos y dinosaurios: "El monstruo de los tiempos remotos" (1953), las diferentes encarnaciones de Godzilla o "Parque Jurásico" (1993) son sólo los títulos más destacados de una larga lista que demuestra nuestra inagotable fascinación por esas criaturas.