(Viene de la entrada anterior)
Cuando “SeaQuest DSV” llegó a su tercera temporada, en 1995, su situación, como hemos ido viendo, era bastante delicada. La producción había perdido buena parte del atractivo que acompañó su estreno y los cambios que se habían acometido durante el segundo año no habían conseguido recuperar el interés del público. La serie parecía haber olvidado qué quería contar. Las historias habían ido alejándose de la exploración científica con la que justificó originalmente su existencia y, en su lugar, la había sustituido por argumentos cada vez más extravagantes y amenazas episódicas que daban la impresión de responder a la obligación de encontrar alguna aventura para cada semana. A esto se sumaban los problemas internos de una producción que no había conseguido reunir un equipo estable que diera una dirección clara y firme al tono y las historias.
El propio William Rabkin, que se incorporaría junto a
Lee Goldberg al equipo de producción, reconocería posteriormente que la serie
carecía de rumbo. El recurso del monstruo de la semana le parecía absurdo y
consideraba que el programa estaba en auténticos apuros. Cuando Patrick
Hasburgh les explicó su propuesta para el tercer año, encontraron por fin una
idea que les pareció capaz de proporcionar una base narrativa sólida: trasladar
la acción al futuro, situar al mundo al borde de una guerra y convertir al
seaQuest en el último instrumento disponible para impedir un conflicto
internacional.
La nueva premisa suponía abandonar buena parte de la
concepción original. El submarino ya no sería un vehículo de investigación y
exploración, sino que pasaría a convertirse en una pieza estratégica dentro de
un escenario político mucho más conflictivo. La nueva temporada tendría un tono
militar, con mayor presencia de la acción y una orientación más próxima a la
aventura bélica. Era un intento de recuperar la atención de los espectadores
mediante una transformación profunda, aunque llegaba cuando una parte
considerable de la audiencia ya había perdido la confianza en la serie.
La marcha de Roy Scheider fue otro síntoma de aquella
crisis. Como ya vimos en las entradas anteriores, el actor nunca terminó de
aceptar la evolución de su personaje, Nathan Bridger, durante la segunda
temporada. Cuando aceptó participar en la serie, lo hizo interesado por la
dimensión humana y científica del personaje, pero ahora rechazaba que acabara
convertido en una especie de comandante militar. Su malestar fue aumentando
hasta que decidió abandonar la producción. Su salida a la serie de su personaje
central y obligaba a los productores a buscar un nuevo protagonista capaz de
sostener una serie tocada en su línea de flotación y cuya apuesta era la de
alejarse todavía más de sus orígenes.
Como he apuntado, la solución elegida por Hasburgh fue bastante radical. La serie avanzaría diez años en el futuro, hasta 2032, y recuperaría el submarino después de su desaparición al término de la segunda temporada. El salto temporal permitía pasar página sin tener que resolver de manera demasiado elaborada las circunstancias que habían conducido a la situación final del episodio anterior.
La explicación aportada
fue, digamos, bastante
peculiar. El seaQuest reaparecía en un campo de maíz de Iowa, como si hubiera
regresado de otra dimensión por arte de magia. La tripulación no recordaba lo
sucedido durante su ausencia, aunque conservaba sus conocimientos y
habilidades. De este modo, los guionistas recuperaban a los personajes que
consideraban útiles y presentaban una situación política completamente nueva. Estas
bases se sentaron en el episodio inaugural, “Un Mundo Feliz”, emitido el 20 de
septiembre de 1995.
El cambio también afectó al título. A partir de entonces, la producción pasó a llamarse “SeaQuest 2032”, una denominación que hacía explícito el salto temporal y servía para distinguir esta etapa de las anteriores. Amblin y Universal se mantenían tras la producción, pero el proyecto se presentaba prácticamente como una nueva serie.
El mundo había cambiado durante la década
transcurrida. La explora
ción de los océanos seguía formando parte del universo
narrativo, pero ahora estaba subordinada a una situación internacional mucho
más inestable. La United Earth Oceans (UEO) se había convertido en una
organización con responsabilidades militares y políticas. Su misión consistía
en mantener cierto orden en los territorios oceánicos, donde los intereses
económicos y estratégicos de las distintas potencias amenazaban con provocar un
enfrentamiento de grandes dimensiones.
Se
gún explicaría posteriormente Hasburgh, incorporar a
Michael Ironside respondía al deseo de hacer “seaQuest” más entretenida,
endurecer su tono y conceder mayor espacio a la acción. También sostenía que
aquella era la dirección que la serie debería haber adoptado desde el principio
y llegó a admitir que, de haberlo hecho, quizá todavía habría seguido en
antena.
En cualquier caso, la incorporación de Ironside como
el capitán Oliver Hudso
n era la pieza clave de esta renovación. El actor había
recibido inicialmente una oferta para participar en la serie, pero rechazó el
papel después de visionar seis episodios de las temporadas anteriores. Su
impresión fue tan negativa que llegó a calificarlos de terribles y aburridos.
Antes de aceptar, necesitó que le aseguraran que podría intervenir en las decisiones
creativas y proponer cambios.
Terry O'Quinn y Jonathan Banks también fueron considerados
para el personaje, pero fue finalm
ente Ironside quien asumió el mando del
submarine, aportando una personalidad y estilo muy diferente a la de Roy
Scheider. Hudson era un oficial de carrera, disciplinado y profundamente
identificado con la estructura militar. Respetaba las normas y esperaba que sus
subordinados hicieran lo mismo. Su carácter era más seco y autoritario que el
de Bridger, cuya relación con la tripulación había estado marcada por una
actitud paternal y una curiosidad científica que le permitía contemplar los
problemas desde una perspectiva menos rígida.
La diferencia no era únicamente interpretativa. Los
dos capitanes representaban concepciones distintas de la propia serie. Bridger
había lleg
ado al seaQuest después de abandonar una vida dedicada al servicio
militar, atraído por la posibilidad de explorar el océano y recuperar una
relación más cercana con el mundo natural. Hudson, por el contrario, parecía
hecho para el nuevo contexto: un hombre de uniforme al frente de una nave que
debía cumplir misiones estratégicas en un escenario hostil. Ironside encontró
en ese planteamiento un personaje que podía desarrollar a partir de sus propias
convicciones. Su Hudson no necesitaba caer simpático a la primera de cambio. La
autoridad que ejercía sobre la tripulación generaba conflictos y permitía que
las relaciones entre los personajes adquirieran una tensión que no siempre
había existido anteriormente.
Roy Scheider, por su parte, aceptó regresar para el
episodio inaugural y realizar algunas intervenciones adicionales. Su presencia
en “Equilibrio” y “Buenos Soldados” permitió mantener un vínculo con la etapa
anterior. Sin embargo, Bridger había dejado de ser el centro de la narración.
Scheider estaba satisfecho con esa participación limitada y no tenía intención
de recuperar su antigua posición.
La renovación afectó también al resto del reparto.
Jonathan Brandis continuó interpretando a Lucas Wolenczak, mientras que Don
Franklin y Ted Raimi conservaron sus papeles de Jonathan Ford y Tim O'Neill.
Peter DeLuise regresó como Dagwood y Kathy Evison siguió dando vida a Lonnie
Henderson. A ellos se incorporaron Elise Neal como la teniente J. J. Fredericks
y Edward Kerr como el teniente James Brody. La serie conservaba así algunos de
sus rostros familiares, aunque las ausencias de personajes anteriores y la
llegada de nuevos integrantes modificaron considerablemente el ambiente de la
tripulación.
La continuidad de Luca
s tenía una relevancia especial
porque el actor que lo interpretaba, Jonathan Brandis, había sido, como ya
apunté en las entradas anteriores, uno de los grandes ganchos de la serie y su
popularidad entre los espectadores adolescentes había contribuido a mantenerla
a flote. En la tercera temporada, sin embargo, el personaje tenía que adaptarse
a un contexto mas complicado porque su relación con Hudson tenía poco que ver
co la que había mantenido con Bridger. El nuevo capitán representaba una
autoridad militar que exigía un sentido de la disciplina que chocaba
frontalmente con la independencia intelectual del joven científico.
También resultó interesante la evolución de Dagwood.
El personaje, un G
ELF (Genetically Engineered Life Form), había sido uno de los
elementos más singulares incorporados durante el segundo año. Su condición de
ser humano modificado permitía abordar cuestiones relacionadas con la
discriminación y el reconocimiento de derechos. En esta temporada pasaba a
integrarse formalmente en la tripulación, aunque su presencia seguía recordando
algunas de las decisiones más discutibles de la etapa anterior.
La
permanencia de Darwin, el delfín capaz de
comunicarse mediante un sistema electrónico, fue otra concesión a la identidad
original, si bien su participación fue menor que en los primeros episodios.
Rabkin reconocería más tarde que el animalito había sido uno de los elementos
de las temporadas anteriores que los nuevos responsables habrían preferido
eliminar.
La transformación se apreció ya desde los primeros
episodios. En “Hielo
y Beneficios”, el submarino debía intervenir ante un
enorme iceberg que se dirigía hacia Arabia Saudí. Detrás del incidente se
encontraba un empresario que pretendía utilizar la crisis para obtener
beneficios económicos y políticos. La situación se complicaba cuando la
tripulación descubría que había refugiados a bordo del bloque de hielo, lo cual
obligaba a Hudson a reconsiderar las órdenes recibidas. Un buen ejemplo, por
tanto, del tipo de dilemas que podían surgir en el nuevo escenario.
“Destino Terminal” trasladaba la acción a un tren
submarino de alta velocidad cuyo viaje inaugural era objet
o de un sabotaje. El
argumento recuperaba el componente tecnológico, aunque lo hacía desde una
perspectiva más próxima al thriller de aventuras. En “Cadenas de Mando”, Hudson
debía enfrentarse a un antiguo superior que había asumido el control de una
instalación militar submarina dotada de armamento nuclear. El conflicto
adquiría aquí una dimensión personal, porque el capitán tenía que cuestionar la
autoridad de alguien a quien había respetado durante su carrera.
La situación política empeoraba en “Espuma de Mar”,
cuando las fuerzas de Macronesia atacaban un carguero y dejaban a dos niños
como únicos supervivientes. Henderson conseguía rescatarlos, pero terminaba
capturado por el enemigo y acusado de espionaje. El episodio mostraba que las
operaciones del
seaQuest podían tener consecuencias directas sobre sus
tripulantes. Macronesia era uno de los principales elementos del nuevo
planteamiento. Se trataba de una federación beligerante que aspiraba a ejercer
el control sobre los océanos y que proporcionaba a la serie un adversario
reconocible que permitiera abandonar la sucesión de amenazas aisladas y
construir una rivalidad política con posibilidades de continuidad. De esta
forma, se introducía un conflicto de fondo que justificara las intervenciones
del submarino. Sin embargo, la fórmula no siempre funcionó porque los
argumentos seguían siendo muy convencionales y algunos episodios parecían
repetir mecanismos de la aventura televisiva tradicional.
Uno de los capítulos más interesantes fue
“Equilibrio”. La historia partía de un problema ambiental provocado por una
susta
ncia química utilizada años atrás para limpiar un vertido de petróleo. El
producto, considerado inocuo en su momento, había sufrido una mutación que
amenazaba el ecosistema marino. Bridger intervenía para impedir que la UEO
agravase el desastre con una respuesta inadecuada. El argumento recuperaba una
de las preocupaciones que habían dado sentido a la primera temporada: las
consecuencias de la intervención humana sobre el medio marino. También permitía
enfrentar las perspectivas de Bridger y Lucas ante un problema científico.
Javier Grillo-MarXauch, guionista del episodio, recordaría con agrado su
colaboración con Naren Shankar, editor de guiones de la serie, a quien
reconocía como un excelente escritor y mentor.
“Buenos Soldados” volvía a contar con Scheider, esta
vez dentro
de una historia relacionada con una instalación secreta donde se
realizaban experimentos con GELFs. Bridger recibía el encargo de destruir la
base, pero descubría que se encontraba en el territorio hostil de Macronesia.
El episodio utilizaba la presencia del antiguo capitán para introducir una cuestión
que conectaba con la trayectoria de Dagwood: hasta qué punto una creación
artificial puede ser tratada como humano y quién tiene derecho a decidir sobre
su destino.
Otros epi
sodios apostaban por argumentos más próximos
al género de aventuras. “Resurrección” presentaba el traslado de un asesino en
serie a una nueva prisión, una misión que terminaba complicándose. “Reunión”
situaba a Henderson ante una antigua relación sentimental y un sistema de
trabajos forzados dentro de la Federación de Tartarus. Su conflicto personal
servía de entrada a una historia de carácter político, con una fuga y la toma
de una instalación científica.
La temporada también reservó espacio para los viajes
en el tiempo, otro clásico para cuando los guionistas agotan sus ideas. En “Segunda
Oportunidad”, enviaban al seaQuest hasta 1962, durante la crisis de los misiles
de Cuba. Un
accidente provocaba la aparición de una línea temporal alternativa
en la que el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética había
desembocado en una guerra nuclear. La tripulación debía viajar todavía más
atrás para impedir que se produjera la catástrofe. El guionista, Carleton
Eastlake quiso utilizar el tropo del viaje temporal para recordar al público
hasta qué punto habían cambiado las actitudes sociales en apenas treinta años. Una
piloto de combate y un segundo al mando negro se encontraban en una época en la
que su presencia en la Marina estadounidense habría resultado inconcebible para
muchos de sus contemporáneos. Los prejuicios del oficial de inteligencia que
los detenía le impedían aceptar que fueran viajeros de un futuro en el que
mujeres y negros fueran aceptados con normalidad en las fuerzas armadas.
La tercera temporada también desarrolló la relación
sentimental entre Jonathan Ford y Lonnie Hen
derson. La pareja interracial había
sido una decisión expresa de Eastlake y Hasburgh, interesados en abordar el
racismo a través de una historia romántica. La iniciativa encontró una
recepción más favorable de lo que los productores esperaban por parte de Warren
Littlefield, directivo de NBC, quien les animó a seguir adelante sin convertir
el asunto en una discusión interna. No obstante, el tratamiento de esa relación
acabó integrado en la trama de los personajes de una manera que no llegó a
explora todas las posibilidades que planteaba.
La renovación de “SeaQuest” se produjo en unas
circunstancias internas que tampoco favorecían el trabajo de sus nuevos
responsables. Lee Goldb
erg y William Rabkin figuraban como productores
supervisores. Por encima de ellos estaban Patrick Hasburgh, Clifton Campbell y
Carleton Eastlake. Las decisiones creativas importantes correspondían a
Hasburgh, que asumía personalmente las discusiones con la cadena y el estudio. Rabkin
explicaría que él y Goldberg se encontraban bastante aislados de las
negociaciones entre NBC y Universal. Su margen de actuación era menor del que
podía sugerir su cargo. La estructura de producción había acumulado demasiados
centros de decisión y las discrepancias entre ellos perjudicaron la continuidad
del programa. Carleton Eastlake ofreció una descripción bastante reveladora de
aquella situación. Según él, en la serie intervenían NBC, Amblin, Universal, un
responsable de producción en Florida, otro en Los Ángeles y el propio Ironside.
Había demasiadas partes interesadas en el resultado, pero ninguna disponía de
autoridad suficiente para garantizar una dirección coherente.
El problema venía de atrás. Durante la segunda
temporada, cada escritor-productor se había ocupado de sus propios argumentos,
sin que existiera una coordinación que otorgara unifor
midad al conjunto.
Aquello explicaba parte de las diferencias de tono y la sensación de que “SeaQuest”
cambiaba de personalidad según el episodio. Pero la incorporación de Goldberg y
Rabkin tampoco solucionó por completo la cuestión. Aunque ambos encontraron en
la propuesta de Hasburgh una oportunidad para recuperar el rumbo, no tenían
autoridad para determinar por sí mismos qué debía ser la serie. Su experiencia
estuvo condicionada por una estructura que dificultaba cualquier intento de
planificación a largo plazo.
También resultaba evidente que Steven Spielberg se
había alejado del proyecto. Su nombre seguía asociado a la producción, pero su
participación, en la práctica, era casi nula. Rabkin reconocería que no sabía
si aquel distanciamiento respondía a diferencias sobre la dirección creativa o
si Spielberg había previsto desde el principio limitar su intervención. En
cualquier caso, su presencia había dejado de representar el respaldo activo que
podía esperarse de una figura de semejante relevancia.
La relación con los aficionados añadió otro elemento
de tensión. La segunda temporada había provocado una reacción especialmente
intensa por parte de quienes preferían el planteamiento científico del primer
año. En 1994, cuando Internet todavía no tenía la implantación que alcanzaría
poc
o después, un grupo de seguidores utilizó la red para organizar una campaña
en favor del regreso a las raíces de la serie. Grillo-MarXauch recordaría con
sorpresa la intensidad de aquellas discusiones. Para él, fue su primer contacto
con las posibilidades del fandom en Internet, incluidas sus manifestaciones más
desagradables. Patrick Hasburgh también recordó a una seguidora que había
impulsado una campaña contra la nueva orientación de “seaQuest” y que había
conseguido cierta repercusión en la prensa. El productor llegó a invitarla al
plató y le ofreció participar como asesora, pero ella rechazó la propuesta-soborno.
El problema era que las expectativas de los aficionados
y las decisiones de la producción parecían avanzar en direcciones opuestas.
Quienes recla
maban una recuperación del espíritu original esperaban más ciencia
y menos fantasía. Los responsables de la tercera temporada, por su parte,
habían optado por una serie de aventuras militares. Aunque el cambio podía
resultar más atractivo para otros sectores del público, difícilmente iba a
satisfacer a quienes consideraban que la esencia de “SeaQuest” había
desaparecido.
La crítica sí recibió la renovación con cierta
simpatía, opinando que la serie transmitía mucha más energía y q
ue la nueva
versión ofrecía una aventura televisiva razonablemente competente, dirigida a
espectadores jóvenes y dispuesta, al menos, a tratar asuntos serios. Su
valoración reconocía el esfuerzo del equipo, aunque también advertía que la
reacción podía haber llegado demasiado tarde. Los espectadores no respondieron
de la misma manera. Según los datos recogidos en el material de producción, los
episodios de la tercera temporada promediaron alrededor del puesto 80 en las
clasificaciones, con una cuota de pantalla próxima al 10 %. La serie había
perdido a buena parte de su audiencia y los cambios no bastaron para
recuperarla.
La situación fue especialmente frustrante porque la
tercera temporada había introducido un conflicto más reconocible y un
protagonista
que parecía encajar mejor con la orientación elegida. Sin embargo,
los espectadores no tenían por qué confiar en que esta vez las cosas fueran a
ser diferentes. Durante dos años habían asistido a sucesivos cambios de
planteamiento, abandonos de personajes y modificaciones de tono. La renovación
podía resultar interesante sobre el papel, pero llegaba después de demasiadas
decepciones.
Así las cosas, la tercera temporada constó únicamente de trece episodios. Su emisión, como he apuntado, comenzó en septiembre de 1995 y concluyó en junio de 1996, después de una interrupción considerable entre “Reunión”, emitido en enero, y el capítulo final. NBC canceló la producción cuando todavía quedaban historias por desarrollar.
Mich
ael Ironside y algunos críticos consideraban que
la producción estaba mejorando. Rabkin compartía parcialmente esa impresión,
aunque entendía que los espectadores ya no estaban dispuestos a regresar. En su
opinión, la temporada estaba perdida antes de comenzar, independientemente de
la calidad que pudieran alcanzar algunos episodios. La audiencia había dejado
de confiar en “SeaQuest”.
El episodio final, “Armas de Guerra” nos ofrece una
muestra de lo que sus responsables todavía tenían en mente. Javier
Grillo-MarXauch recibió el encargo de introducir un nuevo enemigo que pudiera
servir como antagonista en futuras temporadas. La amenaza elegida fue la de los
Chaodai, una potencia asiática de carácter militarista cuya capacidad tecnológica
y sus verdaderas intenciones permanecían ocultas. Su fuerza submarina podía
representar un peligro tanto para la UEO como para Macronesia. En lugar de
resolver el conflicto en un solo episodio, los Chaodai aspiraban a convertirse
en una presencia recurrente cuyo alcance se fuera descubriendo poco a poco. El
guionista aceptó el encargo con la esperanza de contribuir a salvar la
producción, aunque para cuando el episodio llegó a emitirse ya sabía que no
habría una cuarta temporada.
“Armas de Guerra” también presentaba a Kimura,
interpretada por Julia Nickson. El personaje aparecía inicialmente como una
misteriosa mujer con la que Tim O'Neill mantenía una relación a través de internet.
Su verdadera identidad se revelaba después: era una combatiente de los Chaodai
que pretendía desertar. Su incorporación permitía introducir una nueva figura
femenina con capacidad de participar directamente en las futuras aventuras de
la tripulación.
El desenlace incluyó también una pérdida dentro de la
tripulación, que dejaba claro que el nuevo escenario podía tener consecuencias
irreversibles para sus protagonistas. La introducción de los Chaodai apuntaba
hacia una temporada posterior más centrada en el enfrentamiento entre potencias
y en las consecuencias de una guerra submarina.
La anécdota del último día de rodaje parece casi una despedida involuntaria. El equipo de efectos pirotécnicos colocó tantos explosivos en el decorado del puente para preparar la batalla final que la estructura sufrió daños permanentes. Grillo-MarXauch recordó el incidente con humor, como si aquella destrucción física del escenario hubiese acompañado adecuadamente el final de la serie.
Hasburgh, por su parte, no ocultó nunca su escaso
entusiasmo por el género. En una de sus declar
aciones más llamativas llegó a
calificar de estúpidas todas las temporadas de “SeaQuest” y expresó su
desprecio por “2001: Una Odisea del Espacio”, película que consideraba
pretenciosa y aburrida. La afirmación resulta especialmente chocante en alguien
que había tenido tanta influencia sobre la dirección de una producción de
ciencia ficción. Su visión del género estaba mucho más cerca de la aventura y
el espectáculo que de las inquietudes científicas y especulativas que habían
inspirado el proyecto original.
Vista en su conjunto, “SeaQuest DSV” constituye un
caso bastante ilustrativo de las dificultades que puede encontrar una
producción televisiva cuando sus responsables no terminan de ponerse de acuerdo
sobre su identidad. La serie nació con una propuesta atractiva que la primera
temporada trató de desarrollar con un personaje y actor con suficiente
personalidad como para sostener las historias. El programa tenía limitaciones en
el tratamiento de algunos argumentos y el desarrollo de los personajes
secundarios, pero existía una idea reconocible detrás de cada episodio.
El problema comenzó cuando los responsables
consideraron que aquella fórmula no estaba proporcionando los resultados
esperados. La segunda temporada intentó ampliar las posibilidades del universo
narrativo mediante elementos fantásticos, fenómenos inexplicables y personajes
cada vez más extravagantes. Esa deriva también fracasó, llevando a la reacción
aún más radical que supuso la tercera temporada. Sin embargo, la renovación
llegó cuando el público ya había perdido la confianza en una serie que había
empezado como una aventura científica de exploración para pasar luego a la
fantasía y terminar en thriller geopolítico.
Al final, “SeaQuest DSV” fue una serie que pasó demasiado tiempo intentando averiguar qué quería ser. Sus vaivenes dieron como resultado una producción irregular, con episodios interesantes y decisiones difíciles de justificar, que nunca consiguió aprovechar plenamente sus posibilidades. Su trayectoria permite, sin embargo, recordar una época en la que las cadenas estadounidenses todavía estaban dispuestas a invertir cantidades considerables en producciones de ciencia ficción de gran formato, con decorados elaborados y efectos visuales ambiciosos para los estándares televisivos del momento. “SeaQuest DSV” fue uno de aquellos intentos de llevar el género a la televisión generalista, en un momento en que parecía disponer de nuevas oportunidades y las cadenas trataban de averiguar hasta dónde podían llegar sin perder de vista las exigencias comerciales.
Más allá de su inevitable y por tanto habitual comparación con “Star Trek”, hay que concederle a “SeaQuest” que intentó demostrar que la televisión podía construir un espectáculo de ciencia ficción alrededor de la exploración de nuestro propio planeta. La “frontera final” se encontraba bajo la superficie del mar, en un territorio que la humanidad aún tiene por descubrir de forma completa. Ese planteamiento le otorgó una personalidad particular dentro de la televisión de los noventa. Su fracaso no invalida aquella apuesta. Pero su historia demuestra que una buena premisa necesita algo más que sucesivos cambios de rumbo para convertirse en algo duradero.
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