El anhelo por el rejuvenecimiento y la eterna juventud ha sido uno de los sueños más antiguos y persistentes de la humanidad, reflejado en mitos, religiones y, por supuesto, la ficción. ¿A quién no le gustaría recuperar la juventud y el vigor, la vitalidad y la apariencia física que conlleva? Ello nos permitiría triunfar, aunque fuera temporalmente, sobre el declive físico y cognitivo que acompaña al envejecimiento y precede a la muerte. Tendríamos más tiempo para lograr todo lo que deseamos en términos de conocimiento, experiencia y realización personal. Y si, además, conservamos la sabiduría y madurez mental que nos han dado los años de vida, ¿qué más se puede pedir? En resumen, que ese sueño es una extensión del instinto natural de supervivencia, el deseo de permanecer en el mundo y seguir siendo relevante.




