"Un mundo devastado" transcurre en el futuro de nuestro planeta, un planeta, como reza el título español (el original inglés es "Earthworks"), arrasado por la superpoblación y la degradación medioambiental. La necesidad de alimentar a un número creciente de personas ha llevado a una expansión agrícola destructiva en la que se utilizan masivamente productos químicos que agotan el suelo y convierten las labores del campo en un trabajo tóxico realizado mayormente por robots. De hecho, las máquinas han pasado a ser más valiosas que la gente. Con el colapso del sistema social, los fieles abandonan las antiguas religiones para echarse en brazos de extraños y retorcidos cultos; ocupados en sobrevivir, la educación y el simple alfabetismo se convierten en un lujo al alcance de unos pocos.
Libros, películas, comics... una galaxia de visiones sobre lo que nos espera en el mañana
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jueves, 4 de abril de 2013
miércoles, 19 de septiembre de 2012
1964-BARBAGRÍS - Brian Aldiss
Las historias de catástrofes apocalípticas con la consiguiente extinción de la civilización humana fueron especialmente populares en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, décadas en las que el aliento del holocausto nuclear se sentía muy cercano. Novelas como "On The Beach" (1957) de Neville Shute o "Cántico por Leibowitz" (1959) de Walter M.Miller, son sólo dos ejemplos de una larga lista. Lista en la que se detecta una presencia particularmente notable de autores británicos. John Wyndham consiguió la fama gracias a "El día de los Trífidos" (1951) y "El Kraken Despierta" (1953); en la misma línea se encuadran las obras de John Christopher "La muerte de la hierba" (1956) y "El mundo en invierno" (1962). La aportación de Brian Aldiss con esta novela que ahora comentamos es quizá el mejor ejemplo de lo que su autor denominaba "sentido trágico de la vida", un enfoque del que no quedaba excluida necesariamente la comedia y la filosofía.
Brian Aldiss no está entre los escritores de ciencia ficción con mayor número de seguidores. Tiene un estilo muy literario -en ocasiones demasiado- y los conceptos que maneja en sus libros pueden antojarse impenetrables al lector. Pero lo que no se puede negar es la originalidad y fuerza de sus ideas. Y en "Barbagrís" vuelve a demostrarlo apartándose de la novela catastrofista al uso en la que la especie humana es casi barrida de la faz de la tierra para que los supervivientes traten de levantar una nueva sociedad mientras luchan contra las hostiles condiciones imperantes. Aldiss, en cambio, no opta por un evento apocalíptico como la caída de un meteorito, una guerra nuclear, una epidemia devastadora o una invasión alienígena.
La muerte forma parte integral de la vida. Desde el embrión hasta el recién nacido, a través de la
adolescencia, la madurez y la vejez, existe una progresión conocida y asumida, pero aún así temida. Para muchos, el miedo a la inevitable muerte queda mitigada por la seguridad de que su legado en forma de tradiciones y conocimientos perdurará en la persona de sus hijos. Para otros, no existe consuelo posible, sólo la forzosa asunción de nuestro constante peregrinaje hacia la desaparición. Al llegar a la vejez, ambos sentimientos se mezclan y confunden. Pero, ¿qué ocurriría si la ancianidad no trajera consigo la esperanza de que las generaciones venideras continuarán el ciclo de la vida? ¿Qué pasaría si nuestra generación fuera la última y el ser humano dejara de existir tras nuestra muerte? ¿Cuál sería nuestra reacción, de aceptación o de rechazo? Y, efectivamente, eso es lo que nos presenta Aldiss: la esterilización de la Humanidad, un final lento y desesperante, aparentemente no tan traumático como un desastre natural, pero a largo plazo igualmente efectivo y con unas horribles consecuencias psicológicas. "En el escenario del mundo estaba oscureciendo rápidamente. La edad media de la población ya superaba los setenta años. Esta cifra aumentaba a cada año que pasaba. Al cabo de unos cuantos años... (...) el mundo seguiría su marcha; los hombres podían morir, pero la tierra aún rendía sus frutos (...) El accidente fue completo. Los viejos heredaron la Tierra"
Algernon Timberlane, el personaje cuyo apodo da nombre al libro, tiene cincuenta y cuatro años. Y,
aún así, es el hombre más joven del mundo. Los experimentos nucleares terrestres comenzaron a causar serios perjuicios y, en 1981, en una decisión estúpida y fatal, los gobiernos pasaron a detonar sus artefactos en el espacio. No sólo la radiación terminó por llegar a la Tierra, sino que su mejor protección, el cinturón de Van Allen, registró tales perturbaciones que durante un tiempo dejó entrar libremente la radiación solar de la cual nos protege. ¿El resultado? Muertes masivas de niños y adultos a causa del cáncer. Y algo más insidioso que sólo se hizo evidente cuando las parroquias acusaron una caída en picado de bautismos y los hospitales la ausencia de nacimientos: la humanidad había quedado estéril. No sólo el hombre, sino muchos de los mamíferos que nos acompañan cotidianamente, como perros, gatos u ovejas. Aquellos animales que parían y criaban a sus crías bajo tierra, como los armiños o las nutrias, se salvan de los efectos de la radiación, proliferan en ausencia de depredadores y llegan a convertirse en mortíferas plagas capaces de devorar pueblos enteros cuyos ancianos habitantes ya no pueden defenderse. Cuando el libro comienza, en el año 2029, el daño ya está hecho. La sociedad se ha fragmentado en pequeñas comunidades cada vez más aisladas a medida que la geografía, en ausencia del poder transformador de la civilización, recupera su configuración primigenia: las carreteras se desintegran, las infraestructuras se colapsan, la vegetación medra y los ríos se desbordan creando nuevos lagos. "El desierto se interrumpía de vez en cuando para dar lugar a monumentos de años anteriores, algunos de los cuales parecían más tristes y sombríos por estar fuera de su contexto"
El argumento nos cuenta las peripecias que viven Barbagrís, su esposa Martha y la pequeña comunidad de ancianos supervivientes que les acompañan mientras, en el curso de tres años, viajan por el río Támesis hacia su desembocadura, en parte para escapar de la tiranía imperante en la aldea donde han vivido durante años, y en parte porque desean ver el mar una última vez. La narración intercala la acción principal con flashbacks desordenados de la vida de Barbagrís que nos revelan el cuidadoso trabajo que Aldiss ha puesto en la construcción del personaje: su infancia marcada por el "Accidente" que esterilizó a la humanidad, su alistamiento en unas brigadas destinadas a encontrar y salvar a los pocos niños deformes y enfermos que aún nacen en el mundo, su enrolamiento en un proyecto altruista de documentación del desastre para posibles futuras generaciones o la huida de una ciudad sumida en el caos y regida por un dictadorzuelo militar.
Barbagrís intentará mantener en orden su propia vida, luchando por encontrarle un sentido. Aldiss no lo presenta como un héroe. Tampoco se ajusta a la figura del anti-héroe, ese individuo empujado a su pesar a desempeñar grandes hazañas. Es un hombre normal, con sus miedos y dudas, se equivoca y aspira a una vida mejor sin saber exactamente qué es lo que desea; capaz de actos valientes tanto como de lamentaciones autocompasivas. El propio viaje que emprende, a todas luces ilógico, parece ser un último esfuerzo por fijar una meta a una existencia que, sin posibilidades de futuro, vive solo para el presente. El periplo por el río hasta el mar a través de una Inglaterra medievalizada también funciona como una metáfora de la vida y la muerte y aunque no se puede decir que Aldiss llegue a construir un desenlace, sí decide terminar el libro con un rayo de esperanza que no desvelaré aquí. Uno de los temas centrales de la obra de Aldiss es el conflicto entre fecundidad y entropía, entre la
exuberante variedad de la vida y el silencio de la muerte. A menudo, la fecundidad se manifiesta de forma patológica: recordemos, por ejemplo, los corredores invadidos por la vegetación de "La nave estelar"; o el salvaje mundo vegetal de "Invernáculo". Esa fecundidad, no obstante, es la antesala de un proceso de decadencia y eventual desaparición. En "La nave estelar" adoptaba la forma de un declive evolutivo, y en "Invernáculo" la muerte de un planeta progresivamente engullido por un sol moribundo. En el caso que nos ocupa, la abundante natalidad de la especie humana acaba en la esterilidad primero, el cáncer y el cólera después, para continuar con un largo ocaso cuyo inevitable fin parece la extinción. Este lado oscuro, sin embargo, es sorteado en "Barbagrís" con elegancia, ingenio y emoción. La novela es corta y discurre con un ritmo tranquilo, hasta lento, acorde con ese otoño de la humanidad y su pausada marcha hacia la desaparición. No hay escenas de acción ni explosiones de violencia. Y, sin embargo, Aldiss consigue introducir una gran cantidad de información sobre lo sucedido en los cincuenta años transcurridos desde el "Accidente", las causas y los efectos de la estupidez humana y la transición entre la guerra autodestructiva y la degeneración paulatina pero imparable.
Las consecuencias de la ausencia de niños son terroríficas por su profundidad y ramificaciones en todos los ámbitos: las empresas quiebran, ya sea porque sus productos han dejado de venderse (el padre de Barbagrís era fabricante de juguetes) o por la ausencia de sucesores. No hay un abandono al hedonismo desenfrenado o al consuelo pasivo de la religión. Simplemente, a los vicios y defectos que han acompañado a nuestra especie desde sus orígenes se añaden otros nuevos: a la tiranía, la credulidad, los abusos, la crueldad y el fanatismo se unen el trauma y la demencia; las mujeres tienen embarazos imaginarios incluso a avanzadas edades y la ansiedad y el sentimiento de culpa acosan a muchos hasta empujarles al suicidio. Desoladas y sin esperanza, las gentes se vuelcan alrededor de falsos profetas e incluso los sabios de Oxford caen en una especie de feudalismo intelectual decadente y patético. Los humanos se entregan voluntariamente prisioneros al miedo y la superstición."La muerte se cernía con impaciencia sobre la Tierra, esperando cobrar sus últimos caminantes", reflexiona lúgubremente Barbagrís.Aldiss teje la novela con su sólida prosa, descriptivas alegorías y romanticismo fatalista: "Año tras año, a medida que los vivos murieran, las habitaciones vacías en torno a él se multiplicarían, como las celdas de una gigantesca colmena que no visita ninguna abeja, hasta que llenaran el mundo. Llegaría un día en que él sería un monstruo, solo en las habitaciones, tras las huellas de su búsqueda, en el laberinto de sus huecas pisadas". "Los ojos de Barbagrís se llenaron súbitamente de lágrimas. Incluso la niñez yacía en los podridos cajones del mundo, como un recuerdo que no resistía el paso del tiempo" La intensidad emocional que discurre por los rincones del relato halla su contraste en el embotamiento de una humanidad cada vez más envejecida y atrasada.
"Barbagrís" no es una novela cuya lectura pueda recomendarse en base a su argumento. Su idea la
recuperó sin apenas reciclar P.D. James en 1992 para su novela "Hijos de los Hombres", de la cual se rodó una excelente película en 2006. Pero lo que hacía James era adaptar el tema de la esterilidad humana a una estructura de thriller, con persecuciones, disparos y emoción. No es el caso de "Barbagrís". Sucede poca cosa aparte de repasar la vida del protagonista y trasladarnos sus reflexiones sobre lo que le rodea. No se desarrolla un conflicto dramático ni hay tensión narrativa y su fuerza descansa en la construcción de ambientes. Es, eso sí, una novela post-apocalíptica escrita con maestría y lirismo, que nos anima de una forma menos pesimista y más elegante que el libro de P.D. James a reflexionar de forma tranquila y agridulce sobre lo que significa envejecer, la aceptación del propio destino y nuestro compromiso con las generaciones venideras.martes, 24 de abril de 2012
1964- LOS OSCUROS AÑOS LUZ - Brian Aldiss
¿Qué
es la inteligencia? Según el diccionario es la "capacidad de entender y/o
resolver problemas". No debería ser difícil de reconocer, pero admitamos
que esa definición es un tanto vaga. ¿Qué significa exactamente
"entender"? ¿Y de qué tipo de problemas estamos hablando? ¿Encender
un fuego? ¿Manejar una herramienta? ¿Resolver una suma? ¿Un dilema emocional?
¿Todo ello a la vez? ¿No hay también algunos animales superiores capaces de
entender y resolver problemas sencillos? Nuestro enfoque de la cuestión está profundamente condicionado por nuestra visión antropocéntrica. No
tenemos la culpa de creernos el centro del Universo, la medida de todas las
cosas. Al fin y al cabo somos la única forma de vida "inteligente"
que conocemos. Pero, ¿qué pasaría si en futuras exploraciones encontráramos
otra forma de vida? Y si esos seres provinieran de un entorno completamente
diferente, con desafíos, necesidades y soluciones extrañas para nosotros y que
se comunicaran mediante un lenguaje tan ajeno a lo humano que fuéramos
incapaces de reconocerlo como tal, ¿los podríamos identificar como
inteligentes? Esa es la interesante propuesta que Brian Aldiss nos hace en este
libro.
Una
nave militar llega a un planeta deshabitado con el fin de estudiarlo para su
próxima colonización. Allí encuentran unos grandes y malolientes seres a los
que toman por animales, masacrando a la mayoría y dejando sólo dos con vida. El
científico de la misión, el Explorador Jefe Bruce Ainson, se enfrenta al
escéptico comandante de la expedición en favor de los alienígenas, convencido
de que han encontrado una forma de vida inteligente. El hallazgo de una nave
espacial de peculiar diseño les convence de que no son criaturas nativas del
planeta, sino que proceden de otro lugar, aunque aún no saben si los
constructores y pilotos del ingenio eran las mismas criaturas que acaban de
matar. Deciden llevárselos a la Tierra para estudiarlos, despertando al
comienzo una gran expectación. Su indiferencia ante los esfuerzos por
comunicarse con ellos desata una encendida polémica sobre su supuesta inteligencia.
Pero lo que los terrestres no saben, ni siquiera sospechan, es que los dos
Utods -así se autodenominan los alienígenas- simplemente les ignoran. Es más,
consideran que la masacre de sus congéneres ha sido satisfactoria, un paso
adecuado en sus ciclos vitales, y se muestran ligeramente molestos porque ellos
no hayan podido seguirles. Entretanto, los confundidos humanos preparan una
misión para encontrar el planeta de origen de los Utods.
El
tema de la comunicación, del lenguaje, siempre ha jugado un papel importante en
las obras de Aldiss. Por ejemplo, uno de los relatos cortos, “Confluencia”
incluido en una de sus compilaciones, era un sorprendente diccionario
alienígena-terrícola, en el que demostraba magistralmente que el problema de la
comunicación no reside sólo en los sonidos, los gestos, el vocabulario o la
gramática, sino en los conceptos que se esconden tras los mismos. Después de
todo, aunque no entendamos el finlandés o el mongol, todos sus hablantes son
humanos, rodeados por un entorno similar, acosados por las mismas necesidades e
iguales sentimientos primarios. Nuestros conceptos de referencia, tanto
interiores como exteriores, son los mismos. Pero un ser con una biología
completamente diferente, procedente de un planeta muy distinto de la Tierra,
desarrollaría un mundo interior que difícilmente podríamos comprender, ya que carecemos
de sus experiencias. Así, cuando una expedición humana se topa con los Utods en
el apartado planeta al que éstos acaban de llegar, no tienen más reacción que
atacarlos a tiros: creen equivocadamente que les estaban agrediendo y los toman
por simples animales de aspecto particularmente desagradable -una mezcla de
hipopótamos y rinocerontes con seis extremidades-. Son incapaces de imaginar el
rico universo espiritual de unas criaturas que viven miles de años en un mundo
que orbita en torno a tres soles y cuyo sexo cambia de acuerdo a los ciclos
orbitales, ciclos que, además, provocan brutales cambios en el ecosistema del
planeta a los que sus habitantes deben adaptarse periódicamente.
Por
su parte, los Utods no pueden distinguir cuál es la forma de vida que
contemplan: si la nave de la que descienden lo que podrían ser unos peculiares
apéndices bípedos o los apéndices en sí (los hombres). Para ellos, nuestro
lenguaje es tosco y limitado ya que ellos disponen de seis orificios a través
de los cuales emiten complejas combinaciones de sonidos en bandas de
frecuencias inaudibles para nosotros, lo que todavía complica más nuestra identificación
de estos seres como inteligentes.
Pero
Aldiss no sólo establece la brecha entre alienígenas y humanos en base al
lenguaje. Los Utods están en muchos sentidos más avanzados espiritual,
filosófica y materialmente que nosotros, pero su aspecto y sus costumbres son
tan diferentes a los nuestros, tan opuestas a lo que entendemos por
"civilizado", que no los reconocemos como tales. Siendo que nuestra
civilización está construida sobre el miedo al dolor físico o espiritual o la
acumulación de bienes materiales, somos incapaces de reconocer otra basada en
conceptos diferentes, como la proximidad al medio natural o la profunda interrelación
personal.
En
un giro genial por parte de Aldiss, nos encontramos con que los elementos más
importantes de la vida de los Utod, desde la religión hasta la comunicación o
las relaciones familiares es la continua y abundante defecación, siendo sus
heces un símbolo de fertilidad. Su ritual de santificación, por ejemplo,
consiste en excretar masivamente en grupo hasta que se forma una poza en la que
se mezclan detritos y barro y en cuyo interior pueden sumergirse plácidamente
(se nos dice, eso sí, que tal ritual tiene una justificación biológica: sus
excrementos contienen aceites beneficiosos para su piel). Si el hombre mide el
grado de civilización como la distancia que nos separa de nuestras propias heces,
no es de extrañar que considere a estos seres como bestias.
Mientras
tanto, el autor dibuja una Tierra del futuro que nos hace cuestionar la validez
de nuestra propia civilización, poniéndola en contraste con la de los pacíficos
pero poco higiénicos Utods: las ciudades son lugares sucios y contaminados por
los que es necesario circular con máscara de gas, la celebración del Año
Mundial de la Gonorrea apunta al deterioro de las costumbres sexuales, las
naciones siguen embarcadas en largas y costosas guerras que no conducen a
ninguna parte, el rechazo a consumir comida no sintética por considerarla
impura es una muestra del aislamiento de la Naturaleza... todo ello nos hace
cuestionar la inteligencia de la sociedad que hemos construido y la justicia
del trato que se dispensa a los alienígenas
Es
cierto, no obstante, que la novela es mucho más interesante en su fondo que en
su forma. El lenguaje de Aldiss, como siempre, es impecable, pero los
personajes humanos resultan algo planos y el autor se pierde a veces en
divagaciones sobre sus vidas personales que aportan poco a la historia o su
mensaje. Tampoco se puede decir que exista un protagonista que nos sirva de
guía (el papel del explorador jefe, Bruce Ainson, acaba siendo menos relevante de
lo que podría pensarse al principio), sino que el foco de atención cambia de
uno a otro personaje continuamente, dando al conjunto cierta dispersión. Los
personajes, más que construcciones sólidas y diferenciadas, son meros
transmisores de las agudas reflexiones del autor, a veces filosóficas y a veces
emocionales, sobre aspectos muy profundos que quizá algún día lleguen a
plantearse en la realidad: la naturaleza de la inteligencia y la civilización y
la relación entre ambas, la relatividad de nuestra perspectiva terrestre, las
limitaciones de la mente humana a la hora de comprender el Universo, la
perversidad inherente a la combinación de etnocentrismo y militarismo, las
convenciones sociales, el objetivo de la ciencia... Y aunque muchos de los
pasajes resultan muy divertidos, la cuestión central no lo es: ¿qué significa
el concepto “civilización”? ¿Quiénes somos nosotros para afirmar nuestra
superioridad sobre otros seres simplemente porque somos incapaces de
comunicarnos con ellos?
Con
esta obra, Aldiss se convirtió en uno de los primeros escritores en acercarse a
lo que verdaderamente podría ser el encuentro con una cultura alienígena. Quizá
a su poco complaciente veredicto no sea del todo ajeno su condición de súbdito
de una nación, la británica, con un largo historial de imperialismo y dominio
de culturas y pueblos menos desarrollados técnicamente (comportamiento no exclusivo
de ese imperio). Aunque no es una de sus obras maestras, su brevedad y original
aproximación hacen recomendable su lectura.
miércoles, 22 de febrero de 2012
1967-CRIPTOZOICO - Brian Aldiss
Estamos en la última década del siglo XXI. La humanidad ha llegado a la conclusión de que el Tiempo es más una construcción mental que física y, por tanto, el viaje temporal puede equipararse al viaje mental. En un contexto económico de crisis en el mundo occidental, el desplazamiento mental ayudado por drogas psicotrópicas se convierte en una moda que hace furor. El principal protagonista de la novela, Ted Bush, es un experto en la materia, realizando sus traslaciones temporales por cuenta de una institución oficial y profundizando en el conocimiento del pasado. Sin embargo, cuando regresa “al presente” tras un largo vagabundeo mental/temporal, se encuentra con que el gobierno de su país (Gran Bretaña) ha sido tomado por una dictadura militar encabezada por un general poco amigo de los viajes mentales, a los que responsabiliza del delicado estado de la economía y de la degeneración social.
Bush es arrestado bajo la acusación de adicción crónica al viaje mental, pero en realidad esa acción no es más que una fachada. Porque lo que quiere el ejército es obligarlo a utilizar sus habilidades para que retroceda en el tiempo y persiga y asesine a otro “viajero”, un criminal llamado Silverstone. Éste resulta ser un original pensador que defiende una nueva teoría temporal que el gobierno militar quiere mantener oculta al gran público. Bush, por supuesto, no tiene intención de acabar con alguien capaz de demoler la dictadura y junto a otros rebeldes, inicia una serie de saltos temporales hasta el remoto pasado y el lejano futuro, consigue encontrar al fugitivo y aprender su secreto antes de que otros lo maten.
Puede que el argumento así descrito suene a novela pulp de aventuras, algo ligero y mayormente predecible. Pero aunque no se trate del libro más largo ni más denso de Aldiss, tampoco es precisamente fácil de digerir. Como sucede en “Mundo Contra Reloj”, de Philip K.Dick, “Criptozoico” se apoya en la supuesta existencia de un flujo temporal inverso: lo que los personajes creen que es el pasado remoto es en realidad el futuro. El movimiento “hacia delante” del tiempo es sólo producto de la percepción humana, una ilusión que nos protege del conocimiento del verdadero final de la Humanidad. En este contexto, la vida comienza con la muerte, mientras que el vientre materno es la “tumba” del ser humano. El énfasis del libro recae no tanto en la acción sino en la dimensión psicológica, el mundo mental de los personajes y su desplazamiento por el borde de lo que bien podría ser la locura.
Por su contenido psicológico y psicodélico, puede ser incluido como parte de la etapa “new wave” de Brian Aldiss. Y aunque, como hemos mencionado, no es la obra más indigesta del autor –y en esta época de su carrera hay unas cuantas-, existen demasiados pasajes “intelectuales” en los que Aldiss se esfuerza por explicar esta o aquella teoría física de viaje en el tiempo que, junto a alguna contradicción, pueden cansar al lector poco perseverante y hacerle abandonar la lectura antes de la conclusión de la historia, tan lógica como sorprendente.Con todo, es recomendable por su original –que no totalmente nuevo- enfoque del viaje temporal como perspicaz thriller psico-sexual. Contiene pasajes inesperados y hasta cómicos, una trama rápida y enloquecida, a veces confusa, pero siempre ingeniosa y entretenida.
sábado, 28 de enero de 2012
1962-INVERNÁCULO - Brian Aldiss

Decía aquella famosa frase de Arthur C.Clarke que una tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. De la misma forma, un futuro lo suficientemente lejano es indistinguible de la fantasía. Y si hace falta un ejemplo que lo ilustre, lean "Invernáculo", una de las mejores novelas de Brian Aldiss, ganadora del premio Hugo en 1962 a la mejor historia corta de ficción y clásico del género desde el mismo momento en que se publicó.
¿Premio a la historia corta? ¿Es o no es una novela? La respuesta es afirmativa en ambos casos. La explicación es que el libro que ahora comentamos no nació como tal, sino que apareció en la forma de una serie de cinco relatos cortos relacionados entre sí y publicados en la revista "Magazine of Fantasy and Science Fiction" en 1961. Fue a una de esas historias a la que se otorgó el premio Hugo antes mencionado. Casi inmediatamente fueron recopilados y publicados como libro bajo el título "Invernáculo" en Inglaterra y -en versión recortada- como "The Long Afternoon of Earth" en Estados Unidos. Su origen fragmentado queda traicionado por cierta sensación de desarticulación y algunas contradicciones menores fruto de una imperfecta unión que, no obstante, no oscurece el resultado final.
Dentro de millones y millones de años la Tierra se muere. El Sol, ya en las últimas etapas de su vida, está creciendo en su camino hacia el estado de nova. La rotación de la Tierra y la Luna se han detenido y, aunque continúan su viaje alrededor de nuestra estrella, siempre se ofrecen la misma c
ara tanto entre sí como hacia el Sol. La mitad diurna del planeta está perpetuamente bañada por los rayos solares, que se derraman sobre una enorme selva... de un sólo árbol: un agresivo baniano que ha ido extendiendo sus raíces ahogando a otros árboles, aumentando su tamaño y alcanzando tal dimensión que cubre toda la superficie continental iluminada de la Tierra, deteniéndose sólo en la orilla de los mares y en la línea que separa la mitad diurna de la nocturna. En esta colosal selva no hay lugar para los vertebrados y sólo han conseguido sobrevivir cuatro grandes familias de animales: los moscatigres, los abejatroncos, los plantantes y los termitones, "insectos gregarios, poderosos e invencibles". Y el hombre, una especie "a la que se mataba rastrera y fácilmente", reducida por la evolución a pequeños seres de piel verde de cuarenta centímetros de altura que se reúnen en grupos reducidos y cuya esperanza de vida es muy corta.Y es corta porque ese mundo vegetal imaginado por Aldiss nada tiene que ver con nuestros
domesticados jardines y tranquilos bosques. Todo lo contrario, es extraordinariamente violento y agresivo, mucho más que los hábitats que conocemos en la Tierra de nuestra época. Las plantas han evolucionado de formas exóticas compitiendo entre sí y con otros seres de manera despiadada y ocupando nichos ecológicos antaño propiedad de los animales. Algunas son predadoras, otras han desarrollado una especie de inteligencia muy primitiva orientada exclusivamente a sobrevivir al precio que sea, muchas se mueven libremente, o incluso han escapado hacia la Luna creando allí un nuevo hábitat... Los seres humanos, insignificantes en contraste con ese poderoso decorado, nunca están a salvo y diariamente se enfrentan a la muerte encarnada en terroríficas plantas. En semejante entorno, han perdido totalmente la conciencia de su pasado como especie, carecen de tecnología y de historia, practican una espiritualidad muy básica y su única preocupación es sobrevivir. Gren es un joven humano que se rebela contra el nuevo líder de su grupo, abandonándolo junto a una de las hembras. Será el comienzo de una serie de aventuras y encuentros con los más pintorescos aliados y variopintas amenazas, viajando a zonas desconocidas, hasta el océano y más allá, a la región en tinieblas del planeta.
Se ha querido criticar en ocasiones al libro por su falta de rigor científico. Efectivamente, la astronomía que plantea Aldiss es imposible, la supervivencia de la vida en un planeta inmóvil y sometido a fuertes diferencias de temperatura, improbable, y la posibilidad de que el que el ser humano, en cualquier forma o tamaño, consiga sobrevivir miles de millones de años es asimismo reducida. Pero aunque la verosimilitud científica del libro sea escasa, ello no es óbice para que cumpla el que sí es requisito básico de la ciencia-ficción: la coherencia y cohesión interna del sistema científico planteado. Su ecología está bien expuesta, como también las diferentes especies vegetales y animales y sus ciclos vitales aunque sepamos que, estrictamente hablando, no pueden existir. De todas formas, la racionalidad o el rigor no son en absoluto los objetivos de este libro. Porque lo que el autor persigue -y con lo que el lector debe disfrutar- es con la enérgica imaginación que rebosa, una imaginación tan fecunda como la naturaleza que evoca.La novela dista de ser perfecta. La narración tiende a derivar sin rumbo fijo; la prosa puede llegar a ser algo cargante por su extravagancia y prolijidad; en ocasiones, lugares, seres o situaciones que ya fueron definidos en un capítulo anterior vuelven a explicarse innecesariamente (debido, como dijimos al principio, a su origen como conjunto de relatos independientes). Pero todo ello no empaña el resultado global, una demostración de lo
que fantasía y ciencia-ficción pueden conseguir al aliarse. Efectivamente, un simple resumen de la historia como el que acabamos de hacer no hace justicia a la extrañeza que provoca este brillante libro. Sus imágenes son tremendamente poderosas: un árbol de tamaño planetario, gigantescas arañas vegetales que se deslizan por hebras que unen la selva con la Luna, espesas frondosidades verdes que lo invaden todo y en las que no se distinguen el suelo ni el cielo, un auténtico catálogo de criaturas vegetales y animales de diferentes formas, colores y comportamiento a cual más aterrador, sorprendentes mutaciones, volcanes hipnóticos, hongos inteligentes ... La destreza lingüística de Aldiss sirve para realzar el exotismo y exuberancia vegetal de ese mundo. Su vocabulario es tan florido y variado como los seres que describe: moscatigre, termitón, peluseta, ajabazo, avegege, chuparraco, travesero, quemurna, bricatrepa, torpón, bayescobo, papelala, guatapanza, saltavilo,No es que Gren sea un personaje particularmente bien delineado. Tampoco sus compañeros de peripecia. Pero de algún modo, su mezcla de inocencia y dureza consigue que nos caigan bien a pesar de la distancia que Aldiss toma respecto a ellos. Los grupos en los que viven son predominantemente femeninos. Son las mujeres las que protegen a los machos, considerados de gran valor por su capacidad procreadora. El sexo es tratado de una manera natural, incluso con humor, sin desprender tensión o provocar conflictos. Y es que, como casi todo en sus vidas, aquél sirve a un propósito práctico: sobrevivir.
Ya hace tiempo que la evolución ha dejado de sorprendernos. En el siglo XXI, damos por hecho nuestra pequeñez e insignificancia en el marco del universo, dedicándonos a meditar y reflexionar sobre ello en lugar de sentir ansiedad. "Invernáculo" nos recuerda y advierte, una y otra vez, episodio tras episodio, de la indiferencia de la Naturaleza hacia el ser humano. Aldiss nos presenta personajes sólo para matarlos en el mismo capítulo. Y mueren muchos y siempre de forma violenta y aparentemente aleatoria, pero nadie parece sentirlo demasiado -ni siquiera el escritor- porque en ese futuro inconcebiblemente remoto lo que importa es quien queda vivo, quien sobrevive. Para ellos, el conseguir vivir un día más no es una mera abstracción sino algo muy real, una sensación con la que hemos perdido el contacto en nuestra sociedad moderna, tecnificada y segura.La supervivencia y la relación que ésta guarda con la inteligencia es el consistente núcleo que
subyace a una trama por lo demás convencional (aventuras en el marco de un viaje iniciático hacia la iluminación intelectual a través del dolor y la muerte). Aldiss estudia en "Invernáculo" las nociones de personalidad e inteligencia, para lo que opta en primer lugar por infantilizar la mente de nuestros verdes descendientes. La sencillez con la que ven el mundo contribuye a transmitirnos con mayor intensidad la apabullante oleada de sensaciones que emanan de la selva. Aunque violento y ocasionalmente grotesco, "Invernáculo" es una de las mejores evocaciones que de la niñez puede encontrarse en la CF. Secuestrados en la Luna por una tribu de "hombres voladores", un grupo de esos pequeños humanos es llevado ante un consejo de ancianos deformes que son mantenidos cautivos en el interior de grandes urnas: "A uno le faltaban las piernas. Otro no tenía carne en la mandíbula inferior. Otro mostraba cuatro brazos enanos y sarmentosos…" La respuesta de los humanos es de claro disgusto infantil: "¡Sois demasiado horrendos para vivir!, ¿Cómo no os matan por vuestra fealdad?" "Porque sabemos todas las cosas. Tener una buena forma no es todo en la vida. Lo importante es saber. Como nosotros no podemos movernos bien, podemos… pensar. Esta tribu del Mundo Verdadero es buena y reconoce el valor de cualquier forma de pensamiento. Por eso deja que la gobernemos”.Pero ese canto al conocimiento es engañoso. Lo que da resultados en un entorno idílico como el que ha crecido en la Luna no tiene por qué funcionar en otras circunstancias. En la Tierra, la auténtica inteligencia es patrimonio casi exclusivo de una desagradable especie de hongo parásito, uno de los cuales se adhiere a la cabeza de Gren, despertando su memoria racial, aumentando su potencia mental, la comprensión del mundo que le rodea y el deseo de descubrir e investigar. Pero al mismo tiempo, el hongo -que en el relato simboliza el conocimiento y la inteligencia- lo esclaviza y lo utiliza para sus egoístas propósitos -propagación y dominio-,
despertando en el proceso los peores instintos del joven. En este mundo, la brillantez intelectual es una deformidad, algo parásito, peligroso y escasamente útil. En un entorno violento y primitivo, la curiosidad y el ansia de saber pone en peligro a quien los practica. En esta Tierra moribunda, húmeda, fecunda e instintiva no hay nada intrínsecamente positivo en la inteligencia, sus portadores no son seres privilegiados. Es, sencillamente, una adaptación evolutiva como cualquier otra. Nos encontramos por tanto ante una inusual alegoría para un género que ha hecho del poder de la inteligencia humana un fetichismo. Este punto de vista propuesto por Aldiss es una estrategia más interesante que la mera experimentación formal tan querida por la mayor parte de la vanguardia literaria.
"Invernáculo" fue la segunda novela importante de Aldiss y sigue siendo uno de sus mejores y más sugestivos libros. Su absoluta validez medio siglo después de su publicación se la debe, precisamente, a la evocación de un futuro tan distante que ya no conserva nada que nos pueda servir de referencia. Dentro de miles de millones de años ninguna de las cosas que hoy nos rodean, naturales o artificiales, existirán ya. Es ese abismo temporal lo que facilita no sólo el distanciamiento mental y la extrañeza del lector, sino la continua sorpresa y sensación de maravilla y descubrimiento que fueron la marca distintiva de la ciencia-ficción desde sus comienzos.
viernes, 4 de noviembre de 2011
1959-GALAXIAS COMO GRANOS DE ARENA - Brian Aldiss

Productivo como pocos escritores ha dado el género, Brian Aldiss acumuló prestigio como crítico, poeta, autor de ficción convencional e incluso ilustrador. Pero en el núcleo de su reputación siempre se hallan docenas de interesantes novelas de ciencia ficción y cientos de historias del mismo género, escritas de manera regular desde que comenzara su carrera a mediados de los años cincuenta.
El libro que ahora comentamos es un buen ejemplo de lo dicho, un conjunto de nueve relatos escritos en la primera época (1957-1960) de su fecunda carrera. Originalmente publicado en 1959 como “The Canopy of Time”, en Estados Unidos apareció con una versión algo diferente y ampliada, retitulada “Galaxias como Granos de Arena”, título que Plaza y Janés respetó para su edición en español. Se trata de un rosario de nueve historias independientes pero conectadas entre sí por textos complementarios que nos cuentan los acontecimientos que han ocurrido en los miles o millones de años que median entre cuento y cuento, de tal forma que todos juntos constituyen un mapa del futuro lejano, una crónica en la que se nos narra la trayectoria de la humanidad en los milenios por venir.
Muchos de los relatos se ajustan a aquella afirmación de Brian Aldiss: “La ciencia ficción debería contarte cosas que no quieres saber”. La Humanidad se embarcará en guerras fratricidas de décadas de duración, abandonará el planeta hacia las estrellas dejando atrás grupos aislados y estrictamente regulados que, protegidos por la tecnología, desconfían de una naturaleza que sus propios actos han hecho hostil; finalmente, la Tierra quedará en manos de robots que, movidos por una inteligencia rudimentaria y automática pero reminiscente de la humana, se adueñarán de aquélla y desarrollarán una civilización compleja que, a su vez, les llevará a las estrellas; los solitas, una de las tribus humanas que permanecieron en la Tierra reducidas al primitivismo, avanzan en su cultura tecnológica y regeneran el planeta solo para caer ante los vehicularios, una raza mecánica que, a su vez, miles de años después, dejará paso a una raza humana que ha olvidado todo lo referente al viaje interplanetario y que ignora que sus congéneres que emigraron a las estrellas millones de años atrás han levantado una federación galáctica que lucha, se alía y comercia. La Tierra es visitada por esas nuevas razas humanas, colonizada culturalmente, privada de su nombre y aleccionada en un nuevo lenguaje, la galingua, que proporciona un nuevo marco conceptual a través del cual se puede penetrar en la esencia del universo y que les permite mutar hacia una forma en la que la tecnología ya no es necesaria… hasta llegar a los últimos estertores de la raza, que morirá para dejar paso a una nueva especie.Pero esto sólo es el tapiz, un tapiz espectacular y amplísimo que Aldiss utiliza como fondo para ir
desgranando pequeños dramas, diminutas cápsulas encerradas en el océano del tiempo protagonizadas bien por personajes sin relevancia en la Historia o por los involuntarios protagonistas de esta: el viajero del tiempo que, habiendo asesinado a su esposa prefiere regresar a su pasado destrozado por la guerra; los amantes condenados a morir víctimas de sus sentimientos; el mesías de una nueva ciencia que no encuentra más que incomprensión; los robots que alumbran una nueva chispa de inteligencia en su interior; el aislacionista que recibe, al coste de su vida, el conocimiento último del universo; la doctora que se convierte en la primera mutante de una nueva especie al intentar curar a un enfermo; el productor de películas, dispuesto a traicionar sus orígenes con tal de ascender en el rígido escalafón social…
Este libro no es ningún intento de adivinar lo que será de nuestra especie. La ciencia ficción, con excepción de algún aislado autor en exceso pretencioso, nunca ha pretendido adivinar el futuro. Y cuando forzamos nuestra mirada más allá del horizonte de los siglos, los paisajes físicos y humanos de los relatos comienzan a bordear la frontera de la fantasía. El mundo de Solite, tan avanzado científicamente que parece dominar la magia, las subterráneas sueñerías en las que los hombres se refugian de la horrible realidad entrando en una ensoñación indefinida; una Tierra abandonada por los humanos, pero manejada por los robots; o reconvertida en Yinnisfar por obra de alienígenas tan humanos como los terrícolas, las ciudades submarinas, los viajes somáticos de los médicos por el interior de los cuerpos de los pacientes, los diferentes niveles de la gran ciudad de Nunion…
Hay viajes en el tiempo, crónicas de guerras interestelares milenarias, civilizaciones que se levantan y caen… sin embargo no hay épica en todo ello. Aldiss utiliza su dominio lingüístico y su creatividad conceptual para imbuir a esta Historia del Futuro de un suspiro melancólico, una impresión de decadencia inevitable, de sombrío ciclo sin fin: da igual que la Humanidad se extienda por miles de mundos, que diversifique sus culturas, que se adapte con éxito en los entornos más variados, que triunfe tantas veces como fracase, que busque un propósito… se siguen repitiendo las mismas pautas una y otra vez. Incluso cuando se consigue entender la estructura misma del Universo, se tiene la sensación de que es demasiado tarde, de que siempre fue tarde.
La obra de Aldiss se caracteriza por su inagotable imaginación, la ambición estilística y una penetración filosófica que supera a la obsesión tecnológica de otros autores. Por todo ello, este libro constituye una lectura imprescindible para todo aquel aficionado al género que quiera soñar con el porvenir de la Humanidad.
viernes, 19 de agosto de 2011
1958-LA NAVE ESTELAR - Brian Aldiss
Las historias cortas de Robert A.Heinlein "Universo" y "Sentido Común" (ambas de 1941), establecieron el tema de la "nave generacional": cubrir las grandes distancias estelares a velocidades inferiores a las de la luz lleva tiempo y la única manera de salvarlas es poblar gigantescas naves con familias que viven y mueren en la astronave, generación tras generación. En estas historias, sus pasajeros a menudo no se dan cuenta de que se hallan en el interior de un vehículo y han olvidado su misión y su destino, limitándose a sobrevivir.
Uno de los primeros clásicos de esta modalidad de "space-opera" fue el debut editorial de Brian Aldiss, "La nave estelar" (que en Inglaterra se titula "Non-Stop"). Aldiss reconocía su deuda con las historias de Heinlein, que le habían servido de inspiración; pero, al mismo tiempo, había querido dotar de mayor profundidad y expresión a los personajes y su entorno. Y, efectivamente, el escritor británico se aparta del tono épico pero algo frío de Heinlein para darnos su propia versión de una historia por lo demás bien poco heroica.
El punto de partida se sugiere claramente al lector: hace generaciones, algo salió mal en una nave-colonia que transportaba a miles de personas hacia un nuevo mundo. Sus descendientes se han degradado al nivel de civilización más primitivo y han perdido no sólo todo conocimiento tecnológico, sino la memoria de sus orígenes. Divididos en tribus aisladas, repartidas por diferentes zonas de la gigantesca nave, su mundo se reduce ahora a un entorno artificial de corredores, pasillos y estancias cubiertas por "pónicos" (vegetales de rápido crecimiento que medran con luz artificial formando una espesa jungla). No tienen ni idea de que todo lo que conocen está contenido en un gran vehículo que se mueve entre las estrellas. Se limitan a proteger sus fronteras de otros grupos, trasladándose lentamente de una zona a otra, explorando nuevas secciones y quemando todos los hallazgos que pudieran amenazar su comprensión del mundo.
El libro comienza despacio, describiendo la vida y disputas de Roy Complain, miembro de la tribu
Greene. Cuando los hombres de otra tribu secuestran a su mujer, su descontento con el grupo se iguala a su curiosidad, y escapa a lo desconocido junto a un sacerdote sediento de poder llamado Marapper y otros tres hombres. Sólo el sacerdote comprende que están dentro de algo llamado "nave" y su intención es dirigirse a un lugar llamado "Adelante" para averiguar la verdad última. Roy y sus compañeros encontrarán en su viaje otras tribus, mutantes, "Gigantes" -los hombres originales, de mayor estatura, que habitaron la nave generaciones atrás y que han cobrado dimensión mítica-, ratas mutantes inteligentes y claustrofóbicos paisajes resultado de la fusión entre lo artificial y lo natural. Cuando llegan a su destino, encuentran que la tribu de "Adelante" es más avanzada, limpia y organizada, pero tampoco han conseguido sustraerse del todo al caos y la ignorancia que rigen en la nave.
La novela abre con un ritmo lento, disponiendo la escena y los personajes. A medida que éstos
van avanzando en su viaje y se van produciendo más revelaciones, la acción se acelera de forma ininterrumpida hasta el emocionante e inesperado desenlace. Bien escrito y con una buena caracterización de personajes, "La Nave Estelar" es, además, una obra inusualmente oscura y trágica para lo que era habitual en la CF de los cincuenta: no sólo la astronave tiene una atmósfera pesadillesca, incluso infernal (hombres desfigurados, corredores opresivos bloqueados por plantas hidropónicas, moscas omnipresentes, tribus de hombres embrutecidos que matan a los niños con alguna degeneración, inquietantes religiones...), sino que es una historia sin héroes. El protagonista, Roy Complain, es cobarde, indeciso, rencoroso y no muy inteligente -aunque su complejidad y madurez mejoran conforme discurre el relato-, características en mayor o menor medida compartidas con el resto de los personajes. El sacerdote Marapper es un megalomaniaco insoporta
ble, los adelantinos resultan ser en el fondo tan salvajes como sus enemigos... Son seres humanos ordinarios que tratan de adaptarse a un entorno extraordinario y Aldiss no pretende que caigan simpáticos. Esa hubiera sido la estrategia más sencilla, como lo hubiera sido el final claramente feliz, optimista y con moraleja, cosa que Aldiss tampoco nos ofrece. Incluso la idea de una nave generacional acaba resultando desagradable, enfermiza y peligrosa ("sólo una era tecnológica podía condenar a varias generaciones futuras a nacer en ella"). Por otra parte, algunos de los extraños detalles e imágenes que salpican el libro (como las ratas mutantes o los conejos telépatas) se convertirían en característicos de la ficción de Aldiss y heraldos de su integración en la New Wave durante los años sesenta.
Merece comentario aparte la identificación de la religión como indicador del subdesarrollo de una
sociedad primitiva, algo común en la CF y que a menudo se usó en las narraciones de las revistas pulp para definir el estado sin civilizar de una sociedad alienígena. Aldiss describe la religión de los habitantes de la nave como un conjunto de Enseñanzas inspiradas en las ideas mal comprendidas de una sagrada trinidad de antiguos psiquiatras llamados Froyd, Yung y Bassit, y predicadas por sacerdotes que mezclan el psicoanálisis con los rituales ("démonos a la cólera mientras podamos, y descargando así nuestros impulsos mórbidos podamos vernos libres de conflicto interior"). Es superstición anticientífica, algo de lo que la sociedad debe librarse, aunque al mismo tiempo Aldiss admite que la religión en la Tierra aún pervive y que las Enseñanzas, aunque falsas, probablemente ayudaron a sobrevivir a los habitantes de la nave.
Puede que "La nave estelar" no sea el primer libro que aborde el tema de las astronaves generacionales, pero probablemente sea el mejor y más convincente. Y así se reconoció ya en su momento: Aldiss recibió el premio al Autor Novel más Prometedor en la Convención Mundial de CF de aquel año. Hoy, una primera edición de este libro de 1958, editado por Faber and Faber, está valorada entre 1.000 y 1.300 dólares.
Un libro clásico e imprescindible de la Edad Dorada de la CF, cuando importaban más las ideas, la filosofía y el mundo interior que los ciberpunks, la realidad virtual y los robots asesinos con cuerpos femeninos.
lunes, 25 de julio de 2011
1955-1986- LOS MEJORES RELATOS DE CIENCIA FICCIÓN – Brian Aldiss

Además de ser un reconocido maestro del género, Brian Wilson Aldiss ha desarrollado una intensa labor como critico, estudioso de la CF, poeta y novelista en otros campos temáticos. Aldiss nació el 18 de agosto de 1925 en Norfolk, Inglaterra. Su padre era propietario de unos grandes almacenes y, cuando el pequeño Brian cumplió seis años, lo enviaron a un internado. En 1943 participó en la Segunda Guerra Mundial en Birmania y Sumatra como parte del Real Regimiento de Señales, dejando el ejército en 1948 y encontrando empleo en una librería de Oxford. Mientras trabajaba allí, escribió una serie de historias sobre su propio oficio para la revista “The Bookselling”; fueron tan bien recibidas que un editor de Faber y Faber le pidió que las compilara para editar un libro. En 1955 apareció su primera novela, “The Brightfount Diaries!; su carrera como escritor acababa de comenzar.
Su primera historia de CF, “Criminal Record” apareció publicada por John Campbell en la revista “Science Fantasy Magazine”, Volumen 3, nº 9, en 1954. En 1958 fue votado como “Nuevo Autor más Prometedor” en la Convención Mundial de Ciencia Ficción. Aquel año había aparecido su primera novela del género, “La nave estelar”. En 1960, fue elegido presidente de la British Science Fiction Association y en 2004, incluido en el SF Hall of Fame. Esos son sólo algunos de los logros de su carrera, sin contar diferentes galardones (entre ellos un premio Hugo y un Nébula).Su nombre, junto al de su compatriota J.G.Ballard, estuvo muy vinculado a la revista “New Worlds”, heraldo de la conocida como Nueva Ola de la ciencia ficción. Sin embargo, ambos escritores son muy diferentes. Aldiss ya tenía una sólida trayectoria en el género antes de la renovación del mismo gracias a la revista mencionada –dirigida por Michael Moorcock-. Además, sus historias eran menos densas, su variedad temática más amplia y su imaginación más desbordante.
La carrera de Aldiss –que aún permanece en activo a sus 85 años- ha sido larga y prolífica. Ha escrito mucho y entre sus libros se pueden encontrar obras soberbias, imprescindibles para cualquier aficionado, pero también sonados fracasos. Algunas de sus mejores novelas las comentaremos en entradas individuales, pero ahora dedicaremos unas palabras a este libro de cuentos, originalmente publicado en 1965 y sujeto a amplias revisiones en 1971 y 1988 (fue editado en nuestro país por Edhasa Nebulae). Se trata de una antología de 22 cuentos de longitud y temática variados, a menudo líricos y casi siempre atrevidos, que nos dan una buena perspectiva de la evolución que a lo largo del tiempo han registrado sus preocupaciones temáticas y la prosa con la que las envuelve.En este volumen se tocan multitud de temas propios de la CF: invasiones alienígenas soterradas
(“El árbol de saliva”) o a escalas jamás vistas (“Herejías del Dios Inmenso”), experimentos psicológicos (“El Exterior”), viajes en el tiempo hacia el futuro (“Los hombres fracasados”) y hacia el pasado (“¡Pobrecito Guerrero!”), una tierra arrasada y esquilmada que alberga una sociedad contra las cuerdas (“Todas las lágrimas del mundo”), robots (“¿Cómo se puede reemplazar a un hombre?”), el encuentro pacífico con civilizaciones extraterrestres (“Confluencia”), la colonización de Marte (“Las dificultades de fotografiar Nix Olympica), el control mental sobre los ciudadanos en sociedades distópicas (“El hombre en el puente”), dislocación temporal (“El hombre en su tiempo”), escenarios postnucleares desde muy diferentes puntos de vista (“Una puerta se cierra en el Cuarto Mundo”, “Los dioses en vuelo”), los náufragos en un planeta extraño (“El alma oscura de la noche”), la evolución y destino de los imperios galácticos (“Una apariencia de vida”), las guerras futuras (“Mi país no es solo tuyo”) o los cataclismos planetarios (“Últimas órdenes”).La selección de los cuentos también pone de manifiesto la versatilidad de Aldiss y su habilidad prosística: desde relatos tradicionales a diccionarios con un sesgo humorístico (“Confluencia”), tratados teológicos (“Herejías del dios inmenso”) o experimentos narrativos sobre el flujo temporal (“El hombre en su tiempo”), relatos muy cortos (“El trabajo en los astilleros espaciales”) o novelas cortas (“El árbol de la saliva”), apuntes cariñosamente autobiográficos (“La joven y el robot con flores”) o los complejos experimentos narrativos y temáticos propios de la Nueva Ola de los sesenta (“Sombríos sonidos matutinos en una tierra marginal”).
Pero Aldiss utiliza esos marcos narrativos propios del género para hacernos reflexionar sobre temas más amplios, formularnos preguntas que no tienen respuesta: la identidad, las barreras culturales levantadas por el lenguaje, la simbiosis entre el hombre y la naturaleza, la alienación, la división social, la desconfianza del ciudadano medio hacia los hombres ilustrados, la ceguera religiosa, las preocupaciones del hombre corriente, la insignificancia de nuestras costumbres y tradiciones en relación al devenir del universo, las crisis personales, la falsedad e hipocresía que esconden las guerras, la pérdida de la inocencia, la nostalgia por la vida desperdiciada o la dificultad de distinguir realidad e ilusión … El que la mayoría de estos memorables relatos no terminen felizmente –a veces ni siquiera tienen un final definido-, deja al lector incómodo, invitándolo a reflexionar más profundamente sobre los temas que se plantean.Cabe destacar de entre los demás y por motivos muy diferentes, dos de los relatos –sin que los
demás desmerezcan en absoluto-. Por una parte, “El árbol de la saliva”, un homenaje a H.G.Wells en la forma de reformulación de varias ideas de aquel autor y que ganó el premio Nébula en septiembre de 1965. Según algunos críticos, la CF podría desarrollar el tema de la invisibilidad siempre que lo hiciera en términos “alienígenas”; de esta forma, un asunto tan implausible desde el punto de vista científico, podría aceptarse en base a una tecnología extraterrestre. Y eso es lo que hace Brian Aldiss en este cuento, escrito con motivo del centenario del nacimiento de Wells: mezclando conceptos de “La Guerra de los Mundos” y “El Hombre Invisible”, unos monstruosos e invisibles extraterrestres se ocultan en una granja de la campiña inglesa, cebando y luego devorando animales y seres humanos.El otro relato es “Los superjuguetes duran todo el verano” (1969), que sondea la naturaleza de la realidad y el apego emocional, indicativos de la afiliación de Aldiss a la corriente de la Nueva Ola. Estas pocas páginas sirvieron de inspiración a Stanley Kubrick para iniciar un gran proyecto cinematográfico que finalizaría Steven Spielberg: “A.I.:Inteligencia Artificial” (2001)
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