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viernes, 6 de septiembre de 2013
1968-EL PLANETA DE LOS SIMIOS (2)
(Viene de la entrada anterior)
El escenario que plantea “El Planeta de los Simios” no es muy verosímil que digamos. De hecho, resulta difícil asumir que Taylor continúe pensando que se halla en un mundo alienígena cuando los supuestos extraterrestres/simios hablan un inglés que él puede entender perfectamente. Con todo, Rod Serling, Michael Wilson y el director Franklin Schaffner hacen lo que pueden para que el espectador pase por alto esos “detalles”.
miércoles, 4 de septiembre de 2013
1968-EL PLANETA DE LOS SIMIOS (1)
Los años centrales de la década de los sesenta supusieron una travesía del desierto para los aficionados a la ciencia ficción cinematográfica. Tras diez años de éxito, las adaptaciones de obras de Julio Verne y H.G.Wells que comenzaran con “20.000 Leguas de Viaje Submarino” (1954) ya habían completado su recorrido y los estudios volvían a mostrarse reacios hacia un género que, en el fondo, seguían considerando propio de la serie B. El único que seguía apostando ocasionalmente por proyectos atrevidos en ese campo fue la 20th Century Fox, ofreciendo ocasionalmente pequeñas joyas, como “Viaje Alucinante” (1966), una cinta tan ampliamente aclamada y premiada como económicamente rentable.
Y entonces llegó 1968, el año dorado del cine de CF. Y ello no sólo gracias a “2001: Una Odisea del Espacio” y, en menor medida, “Barbarella” (dos películas que no tienen absolutamente nada que ver entre sí), sino también por otro film que, a su vez, era completamente diferente de los anteriores. Se trató de “El Planeta de los Simios” (de nuevo financiado por la Fox), el primero de los tres pesimistas films de ciencia ficción que Charlton Heston protagonizara en estos años de transición (Los otros fueron “Cuando el Destino nos Alcance” y “El Último Hombre…Vivo”).
miércoles, 28 de noviembre de 2012
1973-CUANDO EL DESTINO NOS ALCANCE - Richard Fleischer
¿Necesitas que te diga de qué está hecho el Soylent Green? ¿Sí? Entonces aún te falta para considerarte a ti mismo un iniciado en el mundo del cine de ciencia ficción. Porque todo aquel que haya visto la última película de la clásica "trilogía" de este género que Charlton Heston protagonizó entre 1968 y 1973 (las otras dos fueron "El Planeta de los Simios" y "El último hombre...vivo") quizá opine que esté algo trasnochada, que sea violentamente pesimista y no totalmente consistente desde el punto de vista lógico; pero igualmente convendrá en que las sólidas interpretaciones de Heston y un ya muy enfermo Edward G.Robinson y el memorable e inquietante final sostienen todo el argumento.
"Cuando el destino nos alcance" es una de las películas más deprimentes de cuantas la ciencia ficción generó en los años setenta. Transcurre en el año 2022, en una ciudad de Nueva York incapaz de sostener a su población de 40 millones de personas. La gente se ve obligada a dormir al raso, apiñada en cualquier espacio disponible. Ya no existe la comida fresca, sino que las masas se alimentan a base de una sustancia similar a la galleta llamada Soylent, presentada en diferentes colores y para cuya obtención se forman largas colas en las calles.
Heston interpreta a Frank Thorn, un policía sobrecargado de trabajo, desengañado y cínico pero honesto, que investiga el asesinato de un miembro de la élite política y empresarial, William Simonson (al que da vida brevemente un desaprovechado Joseph Cotten). Éste gozaba de todos los privilegios de la clase dirigente, incluida la compañía de Shirl (Leigh Taylor-Young), una chica cuyos servicios sexuales estaban incluidos en el alquiler del lujoso inmueble en el que vivía.
Inesperadamente, los superiores de Thorn le presionan para que cierre el caso. Pero éste, en un último arrebato de dignidad, se obstina en perseverar en las pesquisas. No tarda en averiguar que lo que a simple vista parece un homicidio consecuencia de un robo frustrado, es en realidad una siniestra conspiración que trata de tapar el horrible secreto que se esconde tras el Soylent."Cuando el destino nos alcance" (que en inglés tenía el título indudablemente más atractivo de "Soylent Green") fue una de las pocas películas de ciencia ficción que consiguió atraer a una gran y variada audiencia antes del boom del género a mediados de los setenta. Resultó ser una de las películas con más éxito del momento a pesar de que el proyecto jamás había gozado del favor de los ejecutivos de los estudios de Hollywood. Charlton Heston había comprado los derechos de la novela de Harry Harrison "Hagan Sitio, Hagan Sitio" (1966) y durante años luchó sin éxito por conseguir la financiación necesaria para sacar adelante la película.
Las películas de ciencia ficción de finales de la década de los sesenta y comienzos de los setenta
comenzaron a diluir el miedo nuclear para sustituirlo por una creciente preocupación por otros asuntos igualmente terrenales: los gobiernos totalitarios y controladores, la degradación ecológica, la escasez de comida y la superpoblación. Esta última había saltado a la palestra a raíz de un ensayo de Paul Ehrlich, "The Bomb of Population" (1968, posterior, sea dicho de paso, a la novela de Harrison). En él se exponían los graves peligros que para el desarrollo y la propia supervivencia de la especie albergaba el desmedido crecimiento poblacional. El escenario resultante de tal fenómeno había sido explorado en películas como "ZPG" (1971) o "El Último Niño" (1971) -y volvería a retomarse en "La Fuga de Logan" (1976)-. El ambiente parecía pues propicio para un film de mayor entidad que versara sobre el asunto. Así que, finalmente, sin tenerlas aún todas consigo, la Metro Goldwyn-Mayer cedió a la insistencia de Heston y su productor, Walter Seltzer, y les ofreció cuatro millones de dólares. El correr del tiempo dictaminó el acierto de tal decisión, porque "Cuando el destino nos alcance" resultó ser uno de los films de ciencia ficción más taquilleros anteriores a "Star Wars" (1977). Para la dirección se contrató a un veterano, Richard Fleischer, ya curtido en el género en películas como "20.000 Leguas de Viaje Submarino" (1954) y "Viaje Alucinante" (1966).
El problema es que el libro de Harrison no era fácilmente adaptable sin someterlo a importantes cambios. Sencillamente, la narración carecía a priori de la garra necesaria para convencer a un estudio de Hollywood en busca de un producto comercial. Para empezar, en la novela no hay conspiraciones de ningún tipo. Thorn se da cuenta enseguida de que el asesino de Williamson no es más que un joven yonqui sin más intenciones que el robo y son sus superiores los que insisten en que continúe la investigación, temerosos de que el homicidio esconda más de lo que aparenta. De hecho, el asesinato en sí no juega un papel demasiado relevante en la novela, sirviendo de mera excusa para contarnos un pasaje de la vida de algunos de los personajes involucrados en el suceso sobre el telón de fondo de una Nueva York agobiante y decadente. Era necesario introducir una intriga que convenciera al estudio de que la película podía enganchar al público. Así que en la adaptación que entregó el guionista Stanley R.Greenberg se daba la vuelta a la historia: no sólo es el policía quien cree firmemente en la conspiración, sino que ésta realmente existe. Las investigaciones de Thorn conducen a un final morboso y sorprendente que ayudó a decantar al estudio en favor de la producción.
Pero los cambios respecto a la novela son aún más extensos y profundos y empiezan por el mismo
título. En el libro, Soylent Green era una palabra inventada por el autor que hacía referencia a un concentrado de soja y lentejas ("soy" y "lentils") mencionado de pasada; en la película, el término pasa a ser el motor de toda la trama y el símbolo del misterio a desentrañar. La narración, como hemos dicho, se centra en los aspectos puramente detectivescos, pasando por alto las inconsistencias científicas inherentes a los planteamientos que asume el guión: si los océanos se hubieran secado y el plancton desaparecido, tal catástrofe medioambiental no sólo haría imposible la supervivencia humana, sino que la solución final de la empresa Soylent no resultaría tan escandalosa, sino lógica e inevitable. Tampoco acaba de encajar la relación entre Thorn y Shirl, desarrollada con acierto, profundidad y calidez en la novela pero que en la película aparece como algo forzado, frío y prescindible. La habilidad del director, demostrada en numerosas ocasiones a lo largo de su carrera, no se luce aquí. Por ejemplo, el infierno que cada día deben enfrentar sus personajes -bien descrito en el libro de Harrison-, nunca llega a plasmarse de forma convincente; hay poca sensación de caos, peligro, polución ambiental o deterioro de la capa de ozono. Las masas de desesperados se muestran
demasiado dóciles y rígidamente coreografiadas: ni siquiera tratan de apartarse de los volquetes que la policía envía para controlar los disturbios que estallan cuando se terminan las existencias de Soylent Green. Por otra parte, la única pista que se nos da sobre la agobiante densidad humana de la ciudad son las hordas de vagabundos que se apiñan en los pasillos y escaleras del edificio de Thorn o en la iglesia en la que termina la historia. Las calles, en cambio, están vacías. La sensación de opresión y asfixia que transmitía, por ejemplo, "Blade Runner", era mucho más patente y lograda.
Quizá sea injusto cargar toda la culpa sobre el director. Como ocurre a menudo en el cine de ciencia ficción, a menudo las ideas que el papel aguanta bien se hunden al visualizarlas en pantalla debido a un presupuesto insuficiente o una dirección artística poco inspirada. Sin embargo, esa escasez de medios o talento queda hasta cierto punto redimida al desprenderse de ella -quien sabe si por mera casualidad- un efecto bastante eficaz. No hay aquí referencias visuales identificables, aerocoches, armas sofisticadas ni llamativos artefactos domésticos de última tecnología. Todo lo contrario, la fotografía y el diseño de producción hacen lo posible por cubrir todo de una pátina de herrumbre, polvo y abandono que remiten a un país subdesarrollado y no a la gran y avanzada ciudad de Nueva York. Puede que ello obedeciera a la necesidad de ajustarse al magro presupuesto, pero el efecto conseguido es el de transmitir la sensación al espectador de que el desagradable panorama no tiene lugar en un mañana aún lejano, sino esperando a la vuelta de la esquina. Por otra parte, tal y como aparece representada la ciudad de Nueva York, el énfasis se sitúa sobre su
dimensión horizontal más que vertical. La altura de los rascacielos y la sensación de progreso y riqueza que transmiten habitualmente estos edificios ya no juega papel alguno. No es una ciudad monumental, sino que se asemeja más a un gran campo de concentración consumido por la dejadez y la entropía. Es el reflejo de una época en la que la ciudad se consideraba un lugar exento de valores positivos que aseguraran su continuidad. Así, las películas del momento solían mostrar la ruina de la civilización urbana (de "El Planeta de los Simios" a "La Fuga de Logan"), en la que los restos de las antiguas glorias arquitectónicas acaban esparcidas por el desolado paisaje de un planeta que ha sufrido alteraciones radicales. Si no nos hallamos ante una fiel adaptación del clásico libro y existen inconsistencias narrativas y artísticas, ¿por qué incluir "Cuando el destino nos alcance" en una lista de clásicos del género y no en la de películas de serie B de relativo interés? Bueno, a pesar del guión un tanto torpe de Stanley R. Greenberg, todavía quedan suficientes cosas de interés en la película como para hacerla merecedora de un visionado.
Ciertamente, aunque el film no es tan explícito como el libro de Harrison en su defensa de la contracepción, la descripción del problema de la superpoblación y los responsables del mismo, algo de todo ese espíritu crítico sí queda. Oculto bajo el argumento de un thriller policiaco, subyace un mensaje moral, una advertencia sobre lo que nos podría esperar si no tomamos las medidas adecuadas para limitar la población, detener el deterioro medioambiental y, más sutilmente, contrarrestar la cultura del consumo y el declive de la educación y denunciar los corruptas idilios entre grandes corporaciones y políticos.
Asimismo, algunas de las imágenes resultan impactantes por el choque cultural que suponen respeto a nuestra mentalidad de ciudadanos de clase media del mundo occidental : familias durmiendo agolpadas como animales en los portales y pasillos, la idea de que un tarro de mermelada cueste 150 dólares, la genial reacción de Heston al disfrutar de una ducha caliente y tomar entre sus manos una pastilla de jabón, la degradación moral que supone el considerar a las mujeres hermosas como meros "muebles" al servicio del varón, la deliciosa sensación de comer auténticos alimentos o la emoción que transmite Edward G.Robinson cuando decide someterse a la eutanasia antes que seguir viviendo atormentado por el peso del secreto que descubre... todos ellos son momentos de excelente ciencia ficción, aquella que no se centra tanto en la tecnología y la ciencia como en la reacción humana a circunstancias que hoy nos son hoy extrañas. Fueron quizá esos momentos (además, claro está, de la revelación final -aunque sea algo absurda y melodramática- y el grito angustioso de Heston levantando su brazo) lo que hicieron que la película ganara el Premio Nébula a la Mejor Presentación Dramática y que figure entre los inmortales del cine de ciencia ficción.
La interpretación de los dos actores principales merece asimismo una mención. Charlton Heston construye un policía de aspecto y maneras rudas y desagradables que, con todo, transmite sensación de honestidad. Es el centro moral de la película, el símbolo del individuo que lucha contra las fuerzas anónimas del gobierno y las grandes empresas. Y, sin embargo y al mismo tiempo, a Shirl nunca deja de tratarla como poco más que un objeto sexual. Porque la relación que verdaderamente valora es la que mantiene con Sol Roth, su anciano compañero de cuarto. Sol es capaz de leer -habilidad cada vez más escasa en ese futuro distópico-, lo que le da acceso a los viejos archivos y registros oficiales y le convierte en un valioso socio en el trabajo policial de Thorn. Es una entrañable reliquia de otros tiempos que aburre a Thorn con historias de su juventud, cuando abundaban la fruta y las verduras y existían grandes espacios verdes. Son sus recuerdos y su gruñón hastío lo que lo convierte en el personaje con el que el espectador mejor puede identificarse.
Sol Roth estuvo magistralmente interpretado por Edward G.Robinson. El veterano actor estaba ya
muy enfermo y sabía que le quedaba poco tiempo de vida. "Cuando el destino nos alcance" sería su última película y la escena en la que su personaje muere -eligiendo la eutanasia, que las autoridades aplican en grandes y asépticos centros-, contemplando imágenes de arroyuelos fluyendo, cielos azules, verdes prados y animales salvajes, fue la última que rodó de toda su larga carrera. Murió menos de dos semanas después sin ver la película estrenada. "Cuando el destino nos alcance" es una película sólo parcialmente exitosa en su vertiente artística. Pero las preguntas que plantea sí nos siguen acosando en un mundo en el que los problemas de hace cuarenta años no hacen más que agravarse: el deterioro medioambiental; la superpoblación; el aumento de los precios de los alimentos; la progresiva desaparición de la comida natural sustituida por compuestos ultraprocesados; las megalópolis del Tercer Mundo incapaces de atender a las necesidades de sus ciudadanos; la connivencia entre gobiernos cada vez más inoperantes y unas grandes corporaciones empresariales con mayor poder que aquéllos... todos estos son elementos que ya pertenecen a nuestro presente.
Puede que todavía nadie haya planteado seriamente abrir una franquicia de clínicas que administren una eutanasia relajada -una idea muy antigua que ya aparecía en obras como “Nueva Atlántida” (1627), "El periodo fijado” (1882), “Cuando el durmiente despierte” (1899) o "Un mundo feliz" (1932)- pero ¿quién puede asegurar que no llegará un punto en el que una muerte digna se convierta en una opción razonable para quien haya quedado irremisiblemente condenado a malvivir entre la pobreza, la enfermedad, la ausencia de espacio vital, el hambre y un planeta cada vez más hostil?
miércoles, 17 de octubre de 2012
1971-EL ÚLTIMO HOMBRE...VIVO - Boris Sagal
El cine había tardado demasiado en responder al clima de inquietud social que se vivía en Estados Unidos desde la segunda mitad de los sesenta. Fue necesario el inesperado éxito de una película independiente como “Easy Rider” (1969) para que los ejecutivos de los grandes estudios se dieran cuenta de que había un público ávido de ver reflejados en la pantalla sus temores y esperanzas. La ciencia ficción no era ajena a ello y así a comienzos de la década de los setenta ya se había agotado el impulso que películas como “2001 Una Odisea del Espacio” (1968) o series televisivas como “Star Trek” (1966) habían dado a la aventura interestelar. Aquel falso amanecer que apuntaba a los optimistas temas del descubrimiento de vida alienígena y la supertecnología benévola quedó ensombrecido por la recesión económica, la guerra del Vietnam, el escándalo Watergate y una hiriente división social.
“El Planeta de los Simios” (1968) había inaugurado una era en la que la que los finales felices no tenían por qué ser la norma. De hecho, con el inicio de la nueva década, los temas recurrentes de las películas de CF se tiñeron de pesimismo e introversión. De escenarios de amplias miras en los que se contactaba con una inmensa variedad de seres extraterrestres se pasó a historias que no abandonaban la Tierra; una ciencia y tecnología sobre las cuales se apoyaba el inagotable desarrollo hacia futuros cuasiutópicos se transformaron en disciplinas fuera de control que ponían al borde del precipicio no sólo a la Humanidad sino al propio planeta. Los miedos tecnológicos que dieron lugar a las películas de científicos locos de los años treinta y a las de monstruos de los cincuenta, se ampliaban ahora para dar cuenta del ocaso y caída de la civilización humana.
En unos cuantos años, gracias a gente como George Lucas o Steven Spielberg, se recuperaría la visión luminosa de la ciencia-ficción, pero por lo pronto las pantallas las dominaban cintas tan oscuras como “Naves Silenciosas”, “La amenaza de Andrómeda”, “La fuga de Logan”, “Cuando el destino nos alcance” o la que ahora comentamos, “El último hombre…vivo” (el título original era el bastante más elegante “The Omega Man”). Charlton Heston, que una década antes se había convertido en el símbolo de los films épicos de Hollywood, se transformó en el icono de esa nueva era dentro de la CF cinematográfica. Tras “El Planeta de los Simios”, protagonizó esta película, en la que se enfrentaba a violentos mutantes en un escenario postapocalíptico.
Teóricamente, esta película está basada en la novela de Richard Matheson y clásico imprescindible del género “Soy Leyenda” (1954), pero lo cierto es que las licencias que se toma son tantas y de tal calibre que apenas merece el nombre de adaptación. En 1975, una guerra biológica entre Norteamérica y Rusia ha acabado con casi toda la humanidad. Los supervivientes se han convertido en una especie de mutantes albinos de aspecto repulsivo que no toleran la luz solar. Robert Neville (Charlton Heston) es un antiguo científico militar que trabajaba en una vacuna y que a resultas de un accidente quedó inmunizado a la enfermedad. Es el último hombre que merece tal apelativo. Por el día vagabundea por las desiertas calles de Los Ángeles, sintiéndose una suerte de rey sin
súbditos y haciendo todo aquello que se le antoja. Por la noche, se encierra en su casa/fortaleza y rechaza los intentos de asalto de los mutantes, que se han organizado en una especie de culto religioso liderado por Matías, un antiguo presentador televisivo que ahora, tras su transformación merced a la plaga, predica la destrucción de todo aquello que recuerde al pasado civilizado. Neville acaba encontrando un pequeño enclave de supervivientes que han huido al entorno, comienza una relación sentimental con una de ellos, Lisa (Rosalind Cash) y empieza a trabajar en un suero que protegerá a sus nuevos compañeros de la enfermedad y les permitirá, con el tiempo, repoblar el planeta.
Como en muchas películas de la época, el final no puede ser calificado de feliz. Aunque consigue fabricar suficiente suero como para proteger a lo que resta de la raza humana, en el clímax de la historia, Neville es asesinado con una lanza y la gente de la noche queda libre para continuar su siniestra misión de erradicar cualquier resto del pasado. “Soy Leyenda” fue objeto de interés por parte de los cineastas desde poco después de su publicación. La Hammer invitó a Matheson a Inglaterra en 1957 para trabajar en el guión de una adaptación que se titularía “Criaturas Nocturnas”, pero desavenencias con la censura dieron al traste con el proyecto. Hammer Films vendió los derechos a Robert L.Lippert, que colaboró con otro guionista en lo que acabaría siendo “El último hombre sobre la Tierra” (1964), una producción italiana protagonizada por Vincent Price. Esta versión intentó ser fiel al libro pero las carencias de presupuesto la lastraron tanto como sus deficiencias argumentales. Matheson renegó de ella –aparece en los créditos oculto tras el seudónimo de Logan Swanson- esperando tener más suerte en la próxima ocasión. Tampoco pudo ser.
Porque “El último hombre…vivo” carece completamente de la sugestión terrorífica de su referente
literario. Para empezar, los zombies vampíricos de éste son sustituidos por unos ridículos hombrecillos encapuchados, con caras albinas vagamente inquietantes y ataviados con gafas de sol. ¿Eran acaso los vampiros considerados como productos de serie-B? Su transformación en un culto violento estuvo sin duda inspirado por la fascinación morbosa que despertó en la opinión pública el reciente caso de Charles Manson, cuyos allegados se autodenominaban La Familia, al igual que los mutados de la película. No sólo es que no den miedo, es que resulta inverosímil la suma facilidad con la que Heston se los quita de en medio, ya sea en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo o bien manteniéndolos a raya para que no entren en su casa. Igualmente absurda es la casi instantánea transformación de Lis no ya en mutante, sino en miembro del culto. ¿Es que acaso ambas cosas están genéticamente relacionadas?La cura del virus resulta ser algo tan sencillo como extraer suero a partir de la sangre del protagonista
por lo que el logro de la misma carece de dramatismo alguno. Quizá la mayor traición a la novela de Matheson sea que el tratamiento psicológico de Neville no tiene el menor desarrollo. En la novela Neville es un individuo desencantado, pesimista y atormentado por graves problemas psicológicos; Heston, en cambio, encarna a un simple héroe de acción, un “duro” que no transmite aislamiento ni soledad, ni mucho menos desequilibrios mentales por mucho que tuerza el gesto al ver posters de chicas o mantenga charlas socarronas con un busto de Julio César que guarda en casa mientras juega al ajedrez contra sí mismo. El mensaje último de la película, a diferencia de lo que ocurría en la novela, es ambiguo: la ciencia se presenta primero como instrumento del apocalipsis en la forma de armas biológicas pero luego es gracias a ella que se puede hallar la solución al problema. A diferencia del libro, Neville aparece siempre como el héroe que no se equivoca en sus apreciaciones morales. En un cine solitario, se sienta a ver la película de “Woodstock” burlándose con sarcasmo de los lemas hippies, pero luego está dispuesto a formar parte de una nueva “comuna” de supervivientes que recuerda mucho a las que proliferaron por aquellos años entre los “niños del amor”. Eso sí, su guerra contra los mutantes encapuchados -representantes de la contra-cultura fanatizada- está más que justificada y los guionistas –quizá a sugerencia del reaccionario Heston- no dudan en dejarlo bien claro: cuando el hijo de Lisa (Eric Laneuville) trata de convencer a los mutantes para llegar a un acuerdo con Neville, la única recompensa que obtiene su inocencia es un asesinato brutal.
La película trata de incorporar algo del conocido final de la novela en la escena en la que Matías le dice a Charlton Heston: “Has matado a tres de nosotros. Eres tú, Neville, el ángel de la muerte”. Sin embargo, es una frase aislada, casi casual, que carece de la siniestra ironía que destila el momento equivalente del libro en el que Neville se da cuenta de que se ha convertido para los vampiros en el monstruo que tradicionalmente aquéllos eran para el hombre.
A pesar de la debilidad argumental y los saltos de ritmo, “El último hombre…vivo” cuenta con
algunos aspectos positivos que merece la pena destacar. En la primera parte de la película, el director Boris Sagal realiza un trabajo competente en la construcción de una atmósfera de aislamiento y soledad, mostrándonos a un Charlton Heston conduciendo por las desiertas calles de Los Ángeles (“efecto” nada fácil de crear en la época anterior al mundo digital) utilizando tomas panorámicas aéreas de una ciudad muerta; o a través de la escena en la que Heston estrella el coche y se mete en un concesionario para coger otro; o aquella en la que en su delirio imagina el ensordecedor sonido de los teléfonos… no es una trasposición literal de lo que Matheson describe en el libro pero sí comparte su espíritu. También podemos mencionar el hecho de que la chica, Lisa –aunque presentada a la media hora de comenzar el film mientras que su papel en el libro solo tiene lugar muy hacia el final- sea interpretada por una actriz negra, Rosalind Cash, en lo que constituye una de las primeras relaciones sentimentales interraciales que pudieron verse en una película americana.
La historia se derrumba tras la presentación de la comunidad de supervivientes, cayendo en una fantasía hippie muy apegada a su tiempo. Los guionistas también introducen una imaginería religiosa muy poco sutil, con alegorías bastante torpes que tratan de relacionar a Jesucristo con el protagonista: éste vierte su sangre –literalmente- para preservar a la Humanidad-; la película incluso termina con un mesiánico Neville sacrificando su vida para salvar al mundo, contorsionado en una pose de crucifixión con una herida de lanza en su costado. Otra figura bíblica con la que se relaciona el personaje –y que fue también interpretada por Heston dos décadas atrás- es Moisés: como el barbudo liberador judío, Neville posibilita que su pueblo –reducido a un puñado de niños- tenga la posibilidad de construir un nuevo mundo, aunque él mismo muera antes de que se haga realidad.
Woodstock, fanáticos contraculturales, un motorista escapado de Easy Rider (encarnado por Paul Koslo), el poder negro representado por Rosalind Cash… En años venideros, el mundo post-apocalíptico pasaría a adoptar la imaginería del western (recordemos “Zardoz” o “Mad Max”), pero el Verano del Amor y sus ideas comunales aún estaban fuertemente impresas en la sociedad americana del momento, tal y como refleja la película. En “El último hombre…vivo”, la esperanza del futuro tras la caída de la civilización descansa en los marginados y las figuras que han abandonado las ciudades para no contaminarse. De las tres películas de CF que en estos años apoyaría y protagonizaría Charlton Heston (las otras
dos, ya lo dijimos, fueron “El Planeta de los Simios” y “Cuando el destino nos alcance”) esta es con diferencia la peor. Tampoco es que posteriores intentos de llevar “Soy Leyenda” al cine se hayan saldado con resultados plenamente satisfactorios. Desde mediados de los setenta se anunciaron otros proyectos relacionados con el guión –uno de ellos, según se anunció, dirigido por Ridley Scott y protagonizado por Arnold Schwarzenegger y otro por Michael Bay) pero jamás se llegó siquiera a la etapa de producción. Hubo de esperarse hasta 2007 para que se estrenara “Soy Leyenda”, dirigida por Francis Lawrence y con Will Smith en el papel principal. En lugar de basarse en la novela, cometió el error de tomar como referencia a “El último hombre…vivo”. El último de la lista por el momento fue “I Am Omega” (2007), dirigida por Griff Furst, una película barata y totalmente prescindible que trataba de aprovecharse del tirón de la cinta de Smith y plagiar la misma historia. El que casi sesenta años después nadie haya sido capaz de realizar una adaptación fiel de la novela de Matheson, o bien dice muy poco del talento de los guionistas –y del público- de la industria de Hollywood, o bien mucho del talento del escritor al concebir una obra muy visual y aparentemente cinematográfica pero cuya densidad conceptual y psicológica la hacen casi intraducible al lenguaje del celuloide.
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