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sábado, 23 de marzo de 2019
2004- INMORTAL – Enki Bilal
El yugoslavo nacionalizado francés Enki Bilal empezó a trabajar como artista de comic en Francia a finales de la década de los setenta, ilustrando tanto historias propias como ajenas (especialmente las escritas por el gran guionista Pierre Christin). Autor de una innegable personalidad, un trazo inconfundible y una particular visión de la ciencia ficción, alcanzó gran fama gracias a lo que se ha venido en llamar “Trilogía Nikopol”, compuesta por tres álbumes: “La Feria de los Inmortales” (1980), “La Mujer Trampa” (1986) y “Frío Ecuador” (1992). Hombre inquieto, hizo también sus pinitos en el mundo del cine como diseñador gráfico en películas como “El Torreón” (1983), de Michael Mann, o “El Nombre de la Rosa” (1986), de Jean-Jacques Annaud. En 1989, debutó como guionista/director con “Bunker Palace Hotel” y en 1996, volvió a la pantalla con “Tykho Moon”, ambas películas de ciencia ficción ambientadas en extraños futuros.
lunes, 16 de abril de 2012
1980-TRILOGÍA NIKOPOL – Enki Bilal

De Enki Bilal ya hemos hablado en repetidas ocasiones en este blog en relación a las obras anteriores a la que ahora comentamos, por lo que me remito a ellas para quienes estén interesados en hacer un seguimiento cronológico de la trayectoria del autor dentro de nuestro género favorito. Los tres álbumes que forman la conocida como “Trilogía Nikopol” fueron, y siguen siendo en mi opinión, su trabajo más logrado como autor completo (aunque no superior a “Partida de Caza”, con guión de Pierre Christin, un drama político absolutamente recomendable que no tiene nada que ver con la CF).
“La Feria de los Inmortales” (1980) fue el álbum que marca la apertura de esa saga. En ella se nos cuenta cómo Alcide Nikopol, un hombre que, tras haber sido condenado por deserción a encarcelamiento orbital en animación suspendida, cae a la tierra treinta años después. Su miserable vida experimenta un giro radical, y no para mejor, cuando recupera la conciencia. Con una pierna amputada por la caída pero sin haber envejecido un ápice, ha ido a parar al París autónomo del año 2023, regido por el dictador Jean-Ferdinand Choublanc (que en francés significa “perdedor”). La situación política y social se halla marcada desde hace varias semanas por la aparición en el astropuerto de una nave en forma de pirámide tripulada por unos extraterrestres con la forma de los dioses del panteón egipcio. Ocultos a todos los ojos, sólo Choublanc conoce el verdadero aspecto e intenciones de los extraterrestres e intenta manipularlos para conseguir la inmortalidad.
Pero entre los dioses hay un renegado, el ambicioso y vengativo Horus, que rapta y cura a Nikopol con la intención de poseer su cuerpo y llevar a cabo una revancha particular contra sus congéneres. La política global y las intrigas entre los alienígenas han degenerado al nivel de grotescos y enloquecidos circos de los que se aprovecha Horus para, con el cuerpo de Nikopol, infiltrarse con una argucia en el bunkerizado palacio del Elíseo y hacerse con el poder. El destino del infeliz humano, no obstante, será la muerte, la resurrección y el internamiento en un psiquiátrico no sin antes ceder el puesto a su hijo –que, debido a la hibernación del primero, tiene no sólo igual apariencia sino la misma edad que su padre-.La historia propiamente dicha no es gran cosa. Resulta evidente que Bilal tenía en mente
multitud de ideas y conceptos que no sabía bien como hilar de forma coherente y equilibrada. Efectivamente, nos encontramos con un marco general construido a base de lugares comunes bastante conocidos como son la distopia militarista, racista y sexista liderada por un individuo fascistoide cuya ambición sólo es igualada por su incompetencia; los clérigos colaboracionistas con el poder político que nadan entre la estupidez, el exhibicionismo y la crueldad; o la sociedad dividida entre los ricos privilegiados, decadentes y afeminados encerrados en sus barrios/fortaleza; y los más pobres, enfermos y desahuciados, igualmente encerrados en sus ghettos. Ese enfoque es deudor muy posiblemente de su etapa como dibujante de los guiones de Christin, escritor comprometido en cuyas obras se insertan a menudo comentarios sociopolíticos, si bien con un tratamiento mucho más inteligente que el aquí encontramos.
El desarrollo es asimismo bastante convencional y los personajes que no responden a tópicos flotan en la indefinición; los diálogos no están particularmente conseguidos y el humor corrosivo y satírico –presente en las historias cortas de, por ejemplo, “Doble Dimensión”- parece aquí algo fuera de lugar, por no hablar de incoherencias de bulto (¿una dictadura fascista de tipo personalista convocando elecciones? ¿naves construidas por alienígenas/dioses impulsadas por petróleo?)Pero la verdadera fuerza del álbum y lo que le hizo merecedor de los elogios de la crítica y la apreciación general de los lectores, fue su delirante y grotesco surrealismo, rasgo que se manifestaba tanto en el plano conceptual como en el gráfico, fundiendo ambos de forma indisoluble. Las obsesiones de Bilal toman forma en un París a medio camino de lo orgánico y lo inanimado, poblado por unos seres que tanto podrían ser alienígenas como humanos mutantes afectados por la radiación de las dos últimas guerras nucleares; o en los huevos extraterrestres gigantes depositados por las calles, frente a establecimientos que venden inscripciones para la próxima reencarnación; o en esos cielos perpetuamente grises bajo los que la Torre Eiffel aún sobrevive cubierta de viscosas amebas gigantes extraterrestres; o en esas criaturas alienígenas que se asemejan a angelotes sexuados de rostro maléfico e inquietante; o en los túneles abandonados del metro, donde entre vagones oxidados y cadáveres de extrañas formas deambulan misteriosos humanoides encapuchados… todo tiene una cualidad onírica, con un pie en la fantasía y otro en la ciencia-ficción.
Esa sensación de decadencia, decrepitud y futuro desesperanzado que en obras anteriores
(“Doble Dimensión”, “Exterminador 17”) se había manifestado en el ámbito gráfico, ahora se funde con una narración igualmente pesimista en la que nada parece salir del todo bien: la dictadura no desaparece, sólo se transforma en una versión aparentemente más benévola e inestable; y Nikopol regresa a casa pero su locura le impide siquiera reconocer a su hijo. Es el protagonista de la historia, nunca el héroe, porque en ningún momento controla su destino, viéndose a su pesar atrapado entre alternativas poco deseables: la muerte o la esclavitud física y mental; un desertor pacifista ascendido a su pesar a poderoso dictador.Desde el primer momento, Bilal se planteó realizar una trilogía. Sin embargo, el resultado final dista bastante de ser un proyecto uniforme y lineal. Todo lo contrario. En una decisión creativa ciertamente inusual, Bilal dejó pasar bastante tiempo entre álbum y álbum, retomando la saga sólo cuando hubiera acumulado vivencias y experiencias personales que tuvieran cabida no sólo en los personajes de la historia, sino en la propia plasmación gráfica. El resultado es que cada álbum supone una evolución considerable respecto al anterior en todos los sentidos.
Así, seis años después de la publicación de la primera entrega, en 1986, aparece “La Mujer Trampa”. Se nos presenta aquí una llamativa y melancólica mujer fatal, Jill Bioskop (palabra que en serbio significa “cine”), una reportera de piel blanquísima y pelo azul que viaja de Londres a Berlín dos años después de los acontecimientos narrados en el primer álbum. El asesinato de su amante durante unos disturbios callejeros la sume en una melancolía que le impulsa a mandar noticias, a través de un extraño aparato, al pasado, al periódico Liberation de 1993 (un ejemplar ficticio del cual acompañaba a la edición del álbum). Anestesiada emocionalmente a base de pastillas, se distancia del presente mientras camina hacia un futuro incierto, trayectoria que acaba sembrada por los asesinatos de aquellos hombres que intentan intimar con ella. Nikopol padre, entretanto, emerge de su locura y Horus escapa del cautiverio al que le habían sometido sus compañeros “divinos”. De vuelta en la Tierra retoma su alianza con Nikopol y ambos se reúnen con Bioskop para huir de la fría Europa y dirigirse al Cairo. El álbum finaliza con estos tres excéntricos personajes unidos por su falta de propósito en la vida más allá de su alienación e incapacidad para adaptarse a una sociedad con la que no parecen tener nada en común (Nikopol proviene del pasado, Horus de otro planeta y Bioskop de un presente en el que no distingue lo real de lo ilusorio), huyendo de la caza a la que les someten los alienígenas “egipcios”.Seamos sinceros: Bilal, en su faceta de autor completo siempre ha estado más interesado en la
experimentación estética que en la construcción de historias sólidas. Ciertamente, aquí desaparecen el humor o la sátira política que hasta cierto punto lastraban “La Feria de los Inmortales”, pero la narración general es, no ya extraña, sino confusa e incoherente. ¿Por qué escribe Jill noticias hacia el pasado? ¿Quién es y qué propósito tiene el misterioso amante alienígena que no aguanta la luz? ¿Qué la impulsa a lanzarse en los brazos de Nikopol nada más conocerle?
Da igual, lo que aquí importa es el aspecto visual. A mitad de camino entre la estética de la novela negra y la tragedia surrealista, la acción comienza en un Londres opresivo, siempre cubierto por una malsana niebla blancuzca y sumido en criminales enfrentamientos raciales/religiosos. De los muros de los edificios, agrietados y sucios, sobresalen colas de cohetes o misiles, como residuos oxidados de una guerra olvidada. El hotel Savoy, en el que se aloja Jill, parece a punto de derrumbarse, con alfombras corroídas, cañerías supurantes y muros desconchados. Las habitaciones, los muebles, los edificios, la propia ciudad, parece una vieja reliquia, símbolo de un pasado devorado por la decadencia y el abandono. Todo tiene un aspecto añejo en su estilo y decoración, pero también humanizado y sensible, como si hasta las paredes pudieran sangrar.Berlín, “único enclave autónomo del imperio checo-soviético” no es mejor: devastada por
conflictos entre grotescos grupos islamo-cristianos (como un anticipo de lo por venir en Sarajevo). Bioskop se mueve como en un sueño por parajes pesadillescos cada vez más surrealistas, como ese edificio-búnker mezcla de iglesia y mezquita y sobre cuyos tejados explotan huevos gigantes; o las escenas reminiscentes del Muro –todavía en pie en aquel momento-. La estructura más o menos convencional de “La Feria de los Inmortales” deja paso aquí a una narración de ritmo extraño estructurada como serie de viñetas/ilustraciones en los que el texto se margina en cartuchos independientes o pequeños y escasos bocadillos.
Cabe destacar en el apartado gráfico el predominio del color sobre la línea. La aplicación del color directo ha sido siempre uno de los puntos fuertes de Bilal y gracias a él ha conseguido llevar a un nuevo nivel la capacidad expresiva del medio, puesto que las tonalidades y los cambios sutiles de matices –mezcla de acrílico y pastel- ayudan a impregnar esas viñetas/ilustraciones de la emoción adecuada, en muchas ocasiones de forma más tenue y efectiva que el propio trazo de tinta. Las fotografías en blanco y negro coloreadas que utiliza aquí y allá como fondos no sólo ayudan a plasmar en una sola escena el mundo “real” y el percibido por la protagonista, sino que, junto a la forma alargada de las viñetas, anticipan las incursiones en el medio cinematográfico que inmediatamente después realizará el autor con resultados discutibles.Efectivamente, el estreno de su primera película, “Bunker Palace Hotel” (1989), se salda con un
fracaso que le empuja a terminar la trilogía. En 1992 aparece el último episodio, “Frío Ecuador”, en el que introduce múltiples referencias a su reciente descalabro cinematográfico. En 2034, el gobierno progresista de Nikopol hijo ha sido finalmente derribado por los fascistas. Su revolución ha tenido una vida corta y él comienza la búsqueda de su padre, un periplo que le lleva al interior africano. Su primera etapa es un decrépito -¿qué no lo es en la ciencia-ficción de Bilal?- estudio cinematográfico en el que su padre y Jill Bioskop comenzaron a rodar una película años atrás dejándola inconclusa. Al azar, se sube a un tren que se dirige hacia el sur, hacia el Ecuador. El tren sólo transporta un humano –todos los vagones están ocupados por animales inteligentes-: Yelena, una genetista embarcada en su propia búsqueda.
El destino de todos los personajes se da cita en Ecuador City, ciudad de población humana y “animalista” que nació como centro de distribución de ayuda humanitaria, creciendo de forma monstruosa hasta convertirse en una población de miles de seres gobernados por un consorcio privado devenido mafia corrupta y tiránica. Escondido en la ciudad bajo una identidad falsa se halla Nikopol padre, tutelado por Horus y dispuesto a conseguir el título de campeón mundial de un delirante juego que mezcla boxeo y ajedrez. Sobre la ciudad aparece la pirámide de los dioses/extraterrestres, que no han cejado en la caza del renegado Horus.Como conclusión, “Frío Ecuador” es una historia delirante de
encuentros y desencuentros con un excesivo rebuscamiento conceptual que contrasta con la simpleza de su propuesta argumental. Sus imágenes oníricas y surrealistas, repletas de una simbología demasiado personal como para poder interpretarla, se imponen a un texto desigualmente distribuido y mal aprovechado. Para una estructura narrativa en la que abundan las planchas de dos viñetas, yay demasiados personajes como para desarrollarlos adecuadamente. Yelena, el boxeador John Elvis Johnelvisson y su grotesco manager, los líderes del consorcio de Ecuador City… son presentados de forma prometedora, pero jamás llegan a fructificar y la historia termina de forma extravagante, abierta e insatisfactoria.La turbadora e inolvidable visión que Bilal nos ofrece en esta trilogía gráfica es la de una distopia decadente, barroca y desconcertante que desafía cualquier intento de clasificación y cuya inspiración dentro del género podría remontarse a directores cinematográficos como Andrei Tarkovsky (“Solaris” o “Stalker”). La intensa y desbordante personalidad gráfica y conceptual de su autor no hace de estos tebeos obras fáciles de abordar y requieren de una atención y acercamiento particulares.
miércoles, 14 de diciembre de 2011
1987- FUERA DE JUEGO - Patrick Cauvin y Enki Bilal
“Fuera de Juego” es uno de esos productos híbridos que se resisten a la clasificación. En primer lugar, por su formato: ¿Es un libro de ilustraciones? ¿Un cómic? ¿Un libro con dibujos? ¿Todo ello a la vez? Y en segundo lugar por el tema que trata, uno ciertamente inusual para la CF: el deporte. Éste aparece de vez en cuando como complemento de las historias del género, habitualmente descrito como deformaciones en uno u otro sentido de juegos que ya conocemos, desde el boxeo hasta el baloncesto.Por eso es raro que, siendo como es el deporte más seguido del mundo con 250 millones de practicantes, la CF no haya prestado atención al fútbol. Quizá se deba al predominio norteamericano en el género –y su desprecio a esta disciplina deportiva-. Pero en 1987 apareció una original obra que venía a llenar ese hueco firmada por dos europeos: el francés Patrick Cauvin y el yugoeslavo –ahora serbio- Enki Bilal. El proyecto combinó el talento de ambos profesionales de una forma inusual: Bilal dibuja una ilustración alrededor del tema del fútbol sin indicación alguna por parte del escritor, exclusivamente guiado por su imaginación; a partir de cada una de esas instantáneas gráficas y según lo el contenido de la escena le sugiera, Cauvin elaborará una breve historia. La colección de imágenes y textos forma una melancólica moviola de lo que podría ser un futuro para el “deporte rey”. Y no un futuro brillante.
Stan Skavelicz es un viejo periodista deportivo que recibe un encargo de una cadena televisiva. Están realizando una serie de reportajes retrospectivos sobre la muerte de los fenómenos de masa: el cine, la música… y quieren que él, como testigo de primera mano, seleccione una serie de imágenes que ilustren la decadencia y desaparición del fútbol. Cada “fotografía” nos remitirá a un personaje, un partido o un instante que el periodista considera clave dentro del proceso degenerativo del deporte hasta su definitiva desaparición: “fue en 075 cuando los estamentos dirigentes decidieron suprimir el balón. A partir de ese momento, el jugador, para marcar gol debía penetrar personalmente en la portería. El nombre de fútbol desapareció, el nuevo juego no tenía que ver nada con él. Debo ser uno de los últimos que recuerda todo aquello. ¡Es una lástima! Fue un hermoso deporte… “El ataque a los jugadores de élite con drogas paralizantes indetectables; la violencia en las gradas
que acaba por prohibir la presencia de público en los partidos; la manipulación bioquímica y psicológica del rendimiento de los jugadores; la utilización de miembros injertados quirúrgicamente; siniestras maniobras para minar la autoestima sexual de los futbolistas; la introducción de jugadores femeninas en las ligas mayores; los partidos amañados por grandes corporaciones; la violencia contra los árbitros; la sustitución de los jugadores profesionales por soldados…Son historias tristes, contadas con nostalgia cariñosa. No hay recuerdos alegres en la crónica de la paulatina desaparición de algo. Las ilustraciones de Bilal, con su estilo agrietado, de cuerpos con aspecto pétreo, expresiones de soledad y alienación, metales chorreantes de óxido, estadios de hormigón claustrofóbico,.. refuerza esa sensación de decadencia, de decrepitud, de final inevitable.“Fuera de Juego” fue el primero de los experimentos que por esta época llevó a cabo Bilal, buscando formas de expresión visual en otros campos paralelos al cómic. De forma similar, realizaría un trabajo gráfico con textos de su viejo colega el guionista Pierre Christin, en el que se mezclaban la fotografía, la ilustración y el periodismo. Más adelante llegaría su incursión en el cine. “Fuera de Juego”, no obstante, es la más interesante de estas tentativas, una obra que, a pesar de narrar su indigno final, transmite un cálido cariño por el deporte más popular del mundo.
sábado, 12 de noviembre de 2011
1977- LA CIUDAD QUE NO EXISTÍA - Pierre Christin y Enki Bilal

En general, el comic de ciencia ficción ha hecho más énfasis en la aventura espacial o “space opera” que en otros aspectos temáticos del género. En ello ha tenido que ver sobre todo no tanto el talento de los autores como el público, mayoritariamente juvenil, al que iban destinados sus obras. La renovación del cómic francés a finales de los años sesenta dio como resultado nuevas aproximaciones temáticas acordes con los tiempos, más complejas y adultas.

Dos de los autores inmersos en aquella corriente fueron el guionista Pierre Christin y el dibujante Enki Bilal. El primero había iniciado en la editorial Pilote una serie de álbumes titulada "Leyendas de Hoy", en la que daba salida a sus preocupaciones sociales en forma de historias donde mezclaba realidad y fantasía. El dibujante inicial de la serie, Jacques Tardi abandonó la editorial tras sólo un álbum por diferencias artísticas, lo que brindó la oportunidad al relativamente novel Enki Bilal de colaborar con Christin. Sus dos primeros trabajos, "El Crucero de los Olvidados" y "El Navío de Piedra" eran fábulas de denuncia social y política en las que compartían protagonismo promotores inmobiliarios sin escrúpulos con brujos místicos, pueblos voladores y fantasmas con sindicalistas y anarquistas sonados.
El tercero de ellos, "La Ciudad que No Existía" se apartó un poco de la línea anterior y sirvió como transición a los siguientes, "Las Falanges del Orden Negro" y "Partida de Caza", que prescindieron totalmente del fantástico para asentarse en una realidad gris y pesimista. El álbum que nos ocupa es en su mayor parte una crónica social, sólo al final deslizándose hacia una rama de la CF no muy cultivada en los últimos decenios: la utopía.
La ciencia ficción ha estado en su mayor parte apoyada en la ciencia y la tecnología. Pero paralelamente desde el siglo XVII, comenzó a desarrollarse una derivación de la ficción especulativa sustentada en la filosofía y la teoría social: el utopismo o construcción de sociedades ideales. Con el tiempo, ese camino iría ampliándose y evolucionando hacia la creación de mundos alienígenas o futuristas poblados por sociedades complejas. Pero la utopía pura y su reverso oscuro y nunca lejano, la distopia, no llegaron a desaparecer del todo pese a que muchos críticos rechacen su carácter de CF.
"La Ciudad que No Existía" comienza con la muerte del anciano Hannard, cabeza de un imperio industrial del norte de Francia, alcalde, senador y señor de las vidas y haciendas de la pequeña ciudad industrial de Jadencourt, cuya economía se basa en la fábrica de fundición y los talleres de costura propiedad de aquél. Su fallecimiento llega en un momento delicado. Los vecinos y trabajadores viven en el límite de la pobreza, sobreviviendo con penalidades en un entorno gris y asfixiante, dominados y controlados por el viejo, y llevan un mes con una huelga que ha paralizado la fábrica del lugar. Su nieta y heredera, Madeleine, se hace cargo del grupo de empresas, pero su sensibilidad es totalmente opuesta a la de su abuelo. No tarda en tomar conciencia de la injusta situación en la que viven los obreros y decide darle un giro radical. Soborna a los principales ejecutivos para que reorienten la producción de sus empresas hacia un nuevo y ambicioso proyecto: una ciudad perfecta y autónoma en la que todos los desafueros y desigualdades quedarán eliminados, donde no habrá lugar para aberraciones ya sean laborales o urbanísticas.
Y así se hace. La nueva ciudad, de innovadora y caprichosa arquitectura, se construye de la nada en mitad de ninguna parte. En su interior protegido por cúpulas cada ciudadano ha recibido aquello que deseaba y de la forma que soñaba: sus huertos, sus negocios, sus talleres… La utopía se ha conseguido. Pero no todos están satisfechos. Algunos desconfían de tales proyectos de altos vuelos y piensan que la auténtica y oculta intención de todo el plan es el control; otros se cansan: necesitan desafíos, causas por las que luchar; y cuando todo el mundo parece feliz, su impulso vital se extingue. Para colmo, la ciudad despierta las envidias de los vecinos que entran a hurtadillas a robar, por lo que se hace necesario establecer una milicia que patrulle por los alrededores. La ciudad perfecta comienza a parecerse a una gran cárcel en la que no es fácil entrar, pero de la que tampoco resulta sencillo salir.
Pierre Christin, uno de los guionistas más interesantes de la historieta francesa, es un intelectual de izquierdas preocupado por los aspectos sociales, como ha demostrado incluso en su serie más conocida, las entretenidas aventuras espaciales de "Valerian". Pero también comprende que muchas de las reivindicaciones románticas de unas y otras formaciones políticas (especialmente de la izquierda, que tradicionalmente ha basado su propaganda en la factibilidad de regímenes y sociedades ideales) no funcionan y que cuando los gobiernos han intentado llevarlas a cabo, creándolas a la fuerza de forma artificial, han resultado un desastre en todos los órdenes. Las sociedades sublimadas basadas en la igualdad social y económica de los comunistas o la pureza racial de los fascistas y nacionalsocialistas, tuvieron el final que todos conocemos.
Christin nos habla de ello, del fracaso -al menos parcial- de la utopía, pero lo hace de una forma inteligente y sutil, sin caer en la distopia y planteando en cambio un dilema más verosímil que las románticas ideas de los revolucionarios tradicionales. No hay violencia, derramamiento de sangre ni coerción por parte alguna. Todo lo contrario, Madeleine transforma el capitalismo inhumano de su abuelo en un sistema perfecto que anula las reivindicaciones de los huelguistas. Y no hay intereses ocultos: su único y verdadero propósito es enmendar una situación profundamente injusta y desalentadora.Pero tal nobleza se encuentra con los obstáculos propios de la naturaleza humana que,
indefectiblemente, harán tambalear cualquier proyecto utópico. Nadie queda a salvo: los codiciosos ejecutivos sólo aceptan de grado el plan cuando sus mezquinos intereses (dinero, mujeres, poder) se ven satisfechos; pero también los más desfavorecidos serán difíciles de convencer: los sindicalistas tienen miedo a perder sus pequeños privilegios, los trabajadores desconfían de todo lo que procede de los más ricos o piensan que aceptar un paraíso sin trabajar para ganárselo es un atentado contra la dignidad personal… ¿Y al final? Christin lo deja abierto. No hay una sola respuesta, sino tantas como personas. Hay vecinos de Jadencourt que ven mejorada su vida, encontrando prosperidad y seguridad; otros, en cambio, no pueden acostumbrarse a la paz social y deciden abandonar la ciudad en busca de causas por las que luchar. La división alcanza al seno de las familias: unos miembros deciden quedarse y otros abandonar. El desenlace definitivo, la pervivencia de la utopía, su hundimiento repentino o su degradación progresiva, queda a la imaginación de cada cual.
En el aspecto gráfico, Bilal realiza un excelente trabajo en la plasmación de atmósferas: Jadencourt es un pueblo de calles oscuras dominadas por edificios de ladrillos oscurecidos por el hollín, de cielos pardos y tristes; la mansión del viejo Hannard es agresivamente reaccionaria, con grandes muebles de madera que desprenden una sensación opresiva. Todo, la gente, los edificios, los objetos, el paisaje… es gris, negro y marrón, aburrido, viejo, cansado, mediocre... Por contra la nueva ciudad presume de una arquitectura reminiscente del art nouveau, con formas orgánicas, sinuosas y elegantes, colores festivos y, también, cierto aire de maravilla forzada propia de los parques temáticos. El talento de Bilal, ya en esta época temprana de su carrera, queda demostrado por su habilidad en plasmar la vida cotidiana, encadenando página tras página de personajes hablando o yendo de aquí para allá, sin acción frenética ni escenas gráficamente ambiciosas que busquen impresionar al lector. A destacar, para los entendidos en cómic, el cariñoso homenaje a "Little Nemo" con que abre el álbum.Obra representativa del comic adulto de los setenta, "La Ciudad que No Existía" no sólo demuestra que la historieta es perfectamente capaz de abordar temas complejos que muevan a la reflexión, sino que lo puede hacer sin recurrir a la violencia, el sexo o la estridencia gráfica. Treinta y cinco años después, esta fábula social de ilusiones y desengaños, sigue siendo tan actual como cuando se publicó.
martes, 25 de octubre de 2011
1979-EXTERMINADOR 17 - Enki Bilal

En la segunda mitad de los años setenta, el dibujante yugoslavo afincado en Francia, Enki Bilal, inició una fructífera colaboración con el guionista Pierre Christin. Juntos, realizaron varios álbumes para la serie “Leyendas de Hoy”, historias que combinaban la política ficción, el realismo mágico o la fantasía, siempre con un trasfondo humano y social.

Pero Bilal no se olvidó de su primer amor: la ciencia ficción. Así, en 1979, ilustra un guión de Jean-Pierre Dionnet que se ha convertido en un clásico del cómic europeo: “Exterminador 17”. Dionnet había iniciado su carrera profesional como guionista al mismo tiempo que Bilal, a comienzos de los setenta. En diciembre de 1974 se une a los dibujantes Phillip Druillet y Moebius y al director financiero Bernard Farkas para fundar una nueva revista que marcará un antes y un después en la historia del comic: “Métal Hurlant”. Dionnet permanece como jefe de redacción de la revista hasta 1985. Fue en las páginas de esa publicación donde apareció originalmente serializado en 1978 “Exterminador 17”.
En un futuro lejano, el Consorcio utiliza en sus guerras comerciales un ejército de androides imparables conocidos como Exterminadores. Entre ellos hay modelos más modernos y más vetustos, pero todos han sido creados por una sola persona, el envejecido Maestro. Durante una de esas batallas, el Maestro ve en un monitor al primer androide que diseñó, el modelo 17, construido a partir de sus propias células y que serviría para desarrollar las demás versiones avanzadas. En cuanto se firma la alianza comercial, los androides son desconectados y abandonados en el planeta como chatarra. El Maestro, arrepentido del fin al que se han destinados sus robots, muere, pero no sin antes transferir su conciencia al cuerpo de su primer androide, el 17. Su intención, como un moderno Espartaco, es liberar a los androides.Pero su jugada no ha pasado desapercibida a los gobernantes del Consorcio, que contratan a los
místicos y fanatizados neo-maniqueos para que eliminen al Exterminador 17 antes de que los androides se enteren de que hay una alternativa a la muerte y se rebelen. Y, por si fuera poco, otros elementos, supuestos amigos, intentarán aprovecharse también de él.Dionnet elabora una historia hábilmente comprimida –sin duda, escritores más perezosos y editores más codiciosos habrían conseguido extraer de ella varios álbumes- que, bajo la acción, peripecias y sugerentes imágenes trazadas por los pinceles de Bilal, esconde una reflexión pacifista en la que se dan cita multitud de temas propios no sólo de la CF, sino del pensamiento universal: la esclavitud y la lucha por la libertad, la guerra, la corrupción del poder, la figura del mesías y los derechos de los seres vivientes, aun los creados por los humanos para servirlos.
Por otra parte, la concepción futurista de Bilal es tan característica como inquietante. Sus naves, edificios, incluso vestimentas, tienen un claro aire orgánico; y todo, desde las personas (calvas, de rostros gastados con implantes cibernéticos y mirada agotada) hasta los vehículos, maquinarias y edificios (abollados, gastados por el uso y con chorretones de óxido) nos habla de una civilización decadente, crepuscular, cansada… Todavía son evidentes las influencias en sus diseños y trazo básico del gran Moebius, pero su personal estilo ya está presente, un estilo que no hará sino avanzar y evolucionar de forma lineal, progresiva y coherente, en los años por venir y hasta la actualidad.
Dionnet volvería a retomar al personaje y universo de Exterminador 17 en el año 2003, en tres álbumes dibujados por Igor Baranko. Sin embargo y con seguridad, no alcanzarán la vida y las continuas reimpresiones de esta historia que comentamos. Para quienes quieran conseguirla, después de muchísimos años de hallarse agotada la edición que Nueva Frontera realizó en España, Norma Editorial dispone de una nueva, con tapa dura y buen papel. Por desgracia, se han retocado informáticamente los colores originales, algo que, en mi opinión, no tiene razón de ser habida cuenta de que Bilal es un colorista más que competente. En cualquier caso, un clásico del cómic de ciencia ficción.
lunes, 5 de septiembre de 2011
1978-DOBLE DIMENSIÓN - Enki Bilal
La revista semanal Pilote se había convertido en los años sesenta en un referente del comic clásico de aventuras no sólo en Francia, sino en toda Europa. Sus personajes, entre los que se encontraban Astérix, el teniente Blueberry o Michel Tanguy, se convirtieron, en muy pocos años, en verdaderos iconos de la historieta. Pero los tiempos cambiaban rápidamente y los autores no se sentían a gusto con el hecho de que sus personajes fueran más famosos que ellos mismos. Cuando llegó Mayo del 68, con su agitación social en las calles de París, los dibujantes se rebelaron contra el consejo editorial de la revista, intentando tomar el control. Al final, los creadores se dieron cuenta de que habían ido demasiado lejos y recularon; pero en el proceso algo se consiguió: obtuvieron mayor libertad creativa, no sólo en los guiones sino también en la línea gráfica, pudiendo por fin alejarse del clasicismo imperante en Pilote hasta el momento. Junto a la serialización de largas aventuras, las páginas de la revista (mensual a partir de junio de 1974) albergarán relatos cortos, humor, historias de corte social e incluso surrealismo gráfico. Esta ruptura con la trayectoria anterior de la publicación, lejos de acabar con ella, la convirtió en el referente europeo del comic y la revista a la que todo el mundo trataba de imitar.
Uno de los jóvenes autores que encontraron acomodo en la nueva Pilote mensual fue Enki Bilal. Nacido en Belgrado en 1951, se traslada a los nueve años a París, donde aprende francés gracias a revistas de comics como "Pilote" o "Tintín". El inicio de su carrera como historietista quedaría marcado por la primera de esas revistas: sus directores, René Goscinny y Jean-Michel Charlier, ven sus primeras páginas, realizadas a los 14 años, y le animan a continuar perfeccionándose en el medio. Unos años después gana el primer premio de un concurso de historietas realizado por Pilote y publica allí su primer trabajo profesional en marzo de 1972: “Le bol maudit” (editado en España en la revista Tótem).
En el transcurso de sus tres primeros años como profesional se encargó de ilustrar para Pilote diversas historias cortas con guiones de otros autores, al tiempo que probaba suerte como autor completo en historias de ciencia ficción, su género preferido. Aquellos primeros trabajos en solitario, realizados entre 1974 y 1977, fueron recopilados en un álbum titulado originalmente en Francia "Mémoires d´Outre-Space" (1978), publicado en España por Norma Editorial en 1989 bajo el título "Doble Dimensión".
Se trata de ocho historias cortas, realizadas en el estilo característico del autor, influido por Moebius o Meziéres. Es un grafismo sucio y algo recargado, que cubre la viñeta con una pátina de desgaste, de óxido, de decadencia. Los rostros están ajados, las estructuras, las máquinas y las naves exhiben un aspecto consumido, agrietado, usado, un estilo visual que Bilal agudizaría en años posteriores. La rigidez facial y corporal -que el autor nunca ha conseguido superar del todo- queda hasta cierto punto mitigada por los originales -e improbables- diseños de toda la parafernalia futurista.
Son historias en las que domina un humor, cínico, negro, sangriento incluso, a veces construidas en torno a un dilema moral, y siempre con final sorpresa. En estas pequeñas píldoras se hace mofa de la cortedad de miras de los militares, el peligro del colonialismo (plasmado como el reclutamiento y adiestramiento de unos superalienígenas sin imaginar las consecuencias que ello tendrá), los robots que enloquecen al intentar hacerlos demasiado humanos, el choque cultural con civilizaciones extraterrestres (tratado de una forma tan hilarante como macabra), la estupidez y naturaleza mentirosa de los políticos o, simplemente, episodios sin más mensaje que el mero absurdo o el enredo cómico.
Una impactante introducción al arte del que acabaría convirtiéndose en uno de los principales dibujantes de CF europeos.
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