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domingo, 2 de abril de 2023

1973- IRONWOLF – Howard Chaykin (2)

 

(Viene de la entrada anterior)

A decir de O´Neil, el trabajo de Chaykin fue recibido con cierta consternación en las conservadoras oficinas de DC. Había quien pensaba que había ido demasiado lejos. Aunque admiraban los personajes que había creado y el universo que les acompañaba, creían que todo resultaba demasiado complicado. Pero O´Neil y los fans que ya empezaba a reunir Chaykin creían que el público respondería favorablemente a la épica aventurera de “IronWolf”.

1973- IRONWOLF – Howard Chaykin (1)


En 1976, cuando Marvel Comics llegó a un acuerdo para publicar la adaptación al comic del próximo estreno cinematográfico de “Star Wars”, George Lucas incluyó en el trato dos exigencias. La primera, que para maximizar el impacto publicitario, los dos primeros episodios de la nueva colección debían estar disponibles en los puntos de venta antes de de la fecha de estreno. Y, segundo, el artista encargado de dibujar el comic debía ser Howard Chaykin.

 

domingo, 8 de enero de 2023

1974- CODY STARBUCK – Howard Chaykin (y 2)


(Viene de la entrada anterior)

 

La historia de cómo Marvel se hizo con los derechos de adaptación de la película de George Lucas y cómo la colección derivada acabó vendiendo más de un millón de copias por número (cuatro veces más que Spiderman), merece un artículo aparte. Por el momento, valga decir que, ante la general falta de interés que había por el film antes de que se estrenara, Lucas cedió gratuitamente a Marvel los derechos de los seis primeros números y sólo puso dos condiciones. La primera fue que, con el fin de maximizar el impacto publicitario, los dos primeros episodios debían ponerse en los puntos de venta antes del estreno cinematográfico. La segunda fue que Howard Chaykin se encargara de dibujar el comic.

sábado, 7 de enero de 2023

1974- CODY STARBUCK – Howard Chaykin (1)

El éxito de la revista francesa de comic “Metal Hurlant” (1974), en cuyas páginas publicaban nombres de la talla de Moebius, Enki Bilal, Richard Corben, Alejandro Jodorowsky o Phillippe Druillet, así como el de su versión norteamericana, “Heavy Metal”, que debutó en 1977 adoptando el mismo tono adulto, oscuro, violento y a menudo erótico en sus historias de CF y Fantasía, provocó un terremoto en el mundo del comic-book de mediados de los 70.

sábado, 2 de febrero de 2013

1990-TWILIGHT - Howard Chaykin y José Luis García López


 



A lo largo de su prolongada historia y especialmente durante los años cincuenta, DC Comics presentó en sus series un buen número de personajes "espaciales" que sirvieron de puente entre la Golden Age de los treinta y la reinvención del género superheróico o Silver Age de mediados de los cincuenta: Star Hawkins, Tommy Tomorrow, Space Ranger, los Star Rovers, Manhunter 2070, los Caballeros Atómicos, Adam Strange, el Capitán Cometa... Entrada la década de los setenta, prácticamente todos había sido relegados al olvido.

Aquellos fueron personajes cuyas aventuras oscilaban entre la especulación científica y el pesimismo más amargo, reflejo de los tópicos propios de su origen último, la ciencia ficción "pulp" y la propia evolución que experimentó la actitud norteamericana hacia la exploración del espacio. Y a pesar del nivel artístico que aquellas series llegaron a alcanzar puntualmente (gracias a profesionales de la talla de Jack Kirby, Gil Kane, Murphy Anderson, Virgil Finlay, Frank Frazetta, Alex Toth o Joe Kubert), lo cierto es que nunca dejaron de ser obras menores que recurrían con demasiada frecuencia a los enfrentamientos canónicos con malvados alienígenas y cuyos protagonistas eran una especie de boy scouts idealistas sin demasiado carisma.

No es de extrañar por tanto que se demostraran incapaces de resistir la marea superheróica que a partir de los sesenta y con origen en Marvel comenzó a barrer el comic norteamericano. Aunque sus historias conservaron el encanto de la inocencia y el espíritu de una época -y no pocas de ellas contenían muy buenas ideas-, fueron apartadas a una esquina del catálogo DC en favor de los justicieros enmascarados del presente.

Ni siquiera cuando la editorial procedió a la radical reestructuración de su universo en 1985 con "Crisis en Tierras Infinitas" se acordó de ellos. Al fin y al cabo, sus aventuras transcurrían en una línea temporal lejana que apenas afectaba al "presente" superheróico. Autores de renombre fueron llamados para actualizar a los grandes de la editorial, se publicaron miniseries para reintroducir segmentos enteros del universo DC (el Cuarto Mundo, el Escuadrón Suicida y la Liga de la Justicia en "Legends", los personajes místicos en "Los Libros de la Magia"...). Pero los héroes espaciales continuaron dormitando en el limbo.

Hasta que, por fin, en 1990, el siempre polémico Howard Chaykin recibe el encargo de recuperar esas reliquias del pasado de DC y actualizarlas... a su manera. El resultado fue "Twilight" ("Crepúsculo"), una miniserie de tres volúmenes en formato prestigio dibujados por Jose Luis García López y coloreados por Steve Oliff.

El primer número, "La última frontera", comienza con un antiguo Star Rover, Homero Glint, envejecido y persiguiendo de forma poco digna al gato inteligente que le sirve de "cámara" a través de la cual compensa su perdida visión. Glint, el "cronista" de las historias de los “Star Rover” de la Silver Age, es quien se encarga de narrar en primera persona su versión de los acontecimientos que se nos cuentan en esta historia. Esas primeras viñetas sirven para ponernos sobre la pista del tono y la intención de Chaykin: desmitificar y despojar de su capa heroica a los antiguos personajes, arrojándolos de forma despiadada a un torbellino de muerte, sexo, amor, obsesión y poder.

Desde luego, un conocimiento previo de aquellos personajes enriquece la lectura y le proporciona un significado más completo, pero en realidad a Chaykin no le importa si el lector sabe o no quién fue Homero Glint -o cualquier otro de los protagonistas-, porque lo que narra no está en realidad integrado en continuidad alguna. Se limita a coger los veteranos héroes y hacerlos convivir en un continuo temporal a su conveniencia (algunos de estos personajes vivían originalmente en épocas separadas cientos de años unas de otras).

Tras la apertura, nos trasladamos al pasado de Homero, a una escena localizada en una selva en las afueras de un poblado donde resisten un puñado de animales y biomecánicos. En la visión del futuro de Chaykin, los avances en genética y robótica no sólo han dado como fruto animales y robots inteligentes (si es que "animales" y "robots" siguen siendo denominaciones válidas para seres con cerebros similares a los humanos) sino la aparición de nuevas formas de intolerancia y odio racial. Éstas, a su vez, han llevado a que animales y robots inicien un movimiento de resistencia armada contra la Humanidad.

En este punto conocemos a un grupo de periodistas aventureros, los Star Rovers -un joven Homero
Glint, el necio y vanidoso Rick Purvis y la prepotente y hermosa Karel Sorensen-, discutiendo sobre el fracaso de la diplomacia con Bruno, un gorila inteligente y líder de los rebeldes. Desde el principio, los autores dejan claro que estos no son los personajes de hace cuarenta años: indignado al enterarse de que su compañera ha mantenido relaciones sexuales con el simio, Rick Purvis decapita a Bruno. La imagen es retransmitida por toda la galaxia pero la habilidad mediática de Homero Glint convierte a Rick Purvis en un héroe popular. Efectivamente, como su tocayo clásico, perpetuador de los mitos de Troya y Ulises, Glint admite sin reparos que su trabajo es "fabricar héroes".

Este es uno de los temas centrales de "Twilight". Durante los tres números de la miniserie, veremos cómo Glint -cuya fiabilidad como narrador objetivo es más que cuestionable- cambia y manipula la Historia -no siempre por propia voluntad- al trocar para las masas unos eventos trágicos, ridículos o directamente atroces, en acciones heroicas dignas de alabanza. No hay auténticos héroes en el mundo de Chaykin; los que pasan por tales son artificiales, modelados a propósito para dar a las multitudes lo que quieren.

El personaje que mejor encarna esta filosofía del héroe manufacturado es Tommy Tomorrow quien en
manos de Chaykin se convierte en el perfecto fascista espacial. Siempre hubo algo de rigidez militar en el Tomorrow clásico, con sus botas de caña y su cuello almidonado, pero desde el momento en que hace su primera aparición en "Twilight" quedan más que claras las referencias nazis: ataviado con ropa militar negra y rodeado por estandartes diseñados como esvásticas estilizadas y puños cerrados sosteniendo rayos. Como explica Glint: "Tomorrow nunca superó el ser huérfano, el no saber si era nacido de una mujer o de una pobreta... eso le convirtió en un monstruo xenófobo, obsesionado con la vida eterna". Tal opinión no impide que el propio Glint lo convierta en un héroe disfrazando de glamour y romanticismo sus violentas intervenciones durante la Primera Guerra Interplanetaria.

Otros personajes espaciales recuperados por Chaykin en el primer libro son el detective "Star Hawkins" y "Manhunter 2070". El guionista los convierte aquí en hermanos -originalmente no tenían relación familiar-, Axel y John Starker, construyendo un dramático conflicto entre ambos al situarlos en los vértices de un imposible triángulo amoroso completado por Ilda, la secretaria-robot de Axel. También vemos fugazmente a Ironwolf -un personaje de los setenta cuyas aventuras fueron entonces narradas por el propio Chaykin- y el Taxista Espacial. El Museo del Espacio -maravillosamente dibujado por García López en su progreso a lo largo de los siglos- sirve de centro de la acción. Los animales evolucionados remiten a los que poblaban el mundo postapocalíptico de "Kamandi". Hay también otros simpáticos guiños al género, como el dueño de ese burdel robótico llamado Capek (Karel Capek creó para la ciencia ficción la palabra "robot") o los cristales-Moebius que sirven como moneda de cambio.

El autor integra a todos ellos y sus respectivas historias en un amplio tapiz futurista que abarca siglos. Pero en lugar de limitarse a echar por tierra la imagen de futuro idealizado de brillantes cohetes y pistolas láser con que tanto habían disfrutado los lectores de los cincuenta y enfrentar a unos personajes con otros, Chaykin remata el primer volumen introduciendo el tema de la divinidad y la transcendencia humana.

Gracias al glorificado homicidio perpetrado por Purvis, los Star Rovers reciben un prometedor cometido: encontrar a los Matusaloides, una raza alienígena aparentemente inmortal. Lo consiguen, pero Tommy Tomorrow les sigue la pista y sabotean el encuentro. El cuerpo de Karel Sorensen, víctima de una explosión provocada por Tomorrow, se desintegra y funde con el de los Matusaloides. A resultas de ello, Purvis muere, Homero pierde la vista y Karel trasciende su condición mortal y se convierte en diosa que, como una nueva mesías, comparte su recién adquirida inmortalidad con el resto de la Humanidad.

El libro segundo, "Los Señores de la Sombra Alargada", además de mostrarnos cómo los personajes
se sumergen aún más en sus demonios internos, nos narra las consecuencias que sobre la Humanidad tiene la nueva encarnación de Karel como ser trascendente -debidamente publicitada por Homero Glint-. Aunque nuestra especie ha accedido a la inmortalidad, ello no ha hecho sino generar un sentimiento de fatalismo que se extiende por la galaxia y que se manifiesta bajo la forma de guerras religiosas, suicidios colectivos y fanatismo. De ello se aprovecha Tommy Tomorrow, convertido en un maniaco obsesionado por destruir a Karel y arrebatarle su divinidad. La situación se agrava en el libro tercero, "Sangre en las estrellas", que marca la confluencia de los tres hilos narrativos (el de los Star Rovers, el de Tomorrow y el de los Hawkins) en un explosivo clímax final.

La opción de Chaykin es en principio válida: coger unos personajes antiguos, casi desahuciados y sobre los que no existe presión alguna en cuanto a lo que se puede y no se puede hacer, y transformar su auténtica inocencia en una grotesca broma. Tampoco hay nada objetable en incluir un elenco de protagonistas más extenso de lo que suele ser habitual o introducir escenas de claro contenido adulto por el nivel de violencia, el sexo explícito o el lenguaje malsonante. La clave está, como siempre, en el mensaje y en cómo se transmite. Y en esta ocasión Chaykin no consigue equilibrar todos los elementos con los que quiere jugar.

En "Twilight" la narración se estructura en base a una serie de flashbacks -la historia la cuenta en primera persona un ya anciano Homero Glint-, amplias elipsis, a veces con saltos temporales que abarcan décadas, y tramas paralelas. A lo que hay que añadir que el lector debe superar la complicación inicial que supone la introducción sin preámbulos ni explicaciones de toda una caterva de personajes desconocidos. 


Chaykin siempre ha sido un autor para lectores inteligentes. Sus argumentos son a menudo enrevesados y la peculiar forma que tiene de desarrollarlos exige un esfuerzo especial por parte del lector. Pero en esta ocasión el problema reside no en éste, sino en la obra. Las tramas paralelas no tienen nada que ver entre sí (la historia de los hermanos Starker parece otro comic completamente distinto) y sólo confluyen al final, un final que es absurdo, confuso y pretencioso. Para colmo, el particular estilo de Chaykin, inundando de bocadillos las viñetas, intercalando comentarios irónicos y desgranando las frases en bocadillos distribuidos por toda la página, no ayuda a conseguir una narración fluida. 


Pero el problema reside no tanto en la planificación narrativa como en la ambición conceptual.
Chaykin quiere abarcar demasiado para el limitado espacio con el que cuenta. La naturaleza de lo divino y lo humano, el poder de la sugestión, la necesidad de ídolos frente a la inexistencia de los mismos, las relaciones entre especies, la caída de los dioses, los prejuicios de la raza humana, las consecuencias de la inmortalidad, el pecado y la expiación, la Historia como falacia, el Mesías y el Anticristo, el amor enfermizo, la automutilación, el límite del potencial humano, la guerra religiosa, la estupidez de las masas... Son, sencillamente, demasiados temas como para poder desarrollarlos de forma simultánea con un mínimo de profundidad, orden y coherencia. La sensación es la de ir saltando de una cosa a otra, pero de puntillas; con observaciones ingeniosas y hasta brillantes, sí, pero sin rematar nada.

La procacidad y humor negro estuvieron aparecieron en la obra de Chaykin antes de que el cinismo inundara los comics norteamericanos tras la publicación de "Watchmen" y "Dark Knight Returns" (basta con revisar su "American Flagg!" para darse cuenta de ello). No es, pues, un imitador de nadie ni un seguidor de la moda de corroer la pátina superheroica de los personajes clásicos que tanto daño hizo en los últimos ochenta y principios de los noventa, no tanto por la invalidez del concepto como por la incompetencia de muchos de sus discípulos.

Sin embargo, en esta obra Chaykin fuerza la mano. Al querer desmitificar a los héroes y mostrar que también son humanos, exagera tanto sus defectos que acaban convertidos en rocambolescos seres de decrepitud ética terminal. Purvis es un estúpido vanidoso; Karel fría y ambiciosa; Axel Starker un auténtico bastardo que sólo por casualidad está del lado de los buenos; su hermano John es un desgraciado incapaz de superar sus obsesiones; Brent Wood es un rígido fanático sin personalidad al que los remordimientos arrastran a la locura; la inexistente autoestima de Ilda, el robot de tintes trágicos, la convierte en esclava de Axel... Por no hablar del que teóricamente es el villano principal, Tommy Tomorrow, cuyo histrionismo pasado de rosca oscila de lo simplemente ridículo a lo patético.

Homero Glint y Brenda, la ex-mujer de Tomorrow, son los únicos personajes que casi se salvan del hacha de Chaykin. Glint, a pesar de su papel activo en el ascenso de personajes que no son más que desgracias para la Humanidad, se granjea las simpatías del lector gracias a su visión clara y cínica de la vida y una serenidad mental que contrasta con la locura que le rodea -y de la que en buena medida es responsable-. Esos matices son compartidos por Brenda, quien en virtud de su relación con los Matusaloides se mantiene alejada de la corriente principal de acontecimientos durante buena parte del relato. A diferencia de Glint, sin embargo, su cinismo no adopta la forma de socarronería hiriente, sino de cierto descaro egoísta.

Hay, eso sí, ideas muy interesantes. Por ejemplo, el conflicto entre los Caballeros de la Galaxia, fieles
protectores de la diosa Karel, y los Planetarios de Tommy Tomorrow, el papel del Museo del Espacio en las intrigas intergalácticas o la obsesión enfermiza de John Starker con los robots -que nos ofrece algunos de los momentos más intensos de la miniserie- y la relación con su hermano. Todas ellas podrían ser, por sí solas, objeto de interesantísimas historias independientes. Pero, por desgracia, en "Twilight" ninguna de ellas llega a desarrollarse lo suficiente y parecen encajadas a golpes en la trama principal para luego pasar por encima de ellas sin prestarles la merecida atención. Chaykin parece más interesado en engordar todo a base de cinismo corrosivo y defender que la epopeya cósmica no es más que una gran farsa protagonizada por seres patéticos.

"Twilight" queda hasta cierto punto redimido por el talento de su dibujante, José Luis García López. Considerado por muchos como un artesano clásico y por otros como el artista corporativo de DC (muchas de sus ilustraciones fueron durante años la base de innumerables productos de merchandising de la editorial), es, en mi opinión, un sobresaliente profesional de limpio estilo naturalista que nunca ha recibido el reconocimiento que merece. Su trabajo en "Atari Force" o "Cinder y Ashe" ha soportado asombrosamente bien el paso del tiempo y las modas. Lo mismo sucede con "Twilight", al que embellece con un dibujo y un entintado realmente bello, elegante incluso en las escenas más sórdidas.

Es cierto que en esta ocasión García López se deja influir en su composición y técnica narrativa por
pasados trabajos de Chaykin como dibujante -ver "American Flagg"-: viñetas de primeros planos insertadas en otras más grandes o las poses de personajes masculinos de mandíbula cuadrada y femeninos de evidente erotismo. Pero, con todo, "Twilight" es un trabajo que lleva su firma, garantía de calidad. Es un artista capaz de resolver con igual facilidad una escena íntima y cotidiana que una panorámica repleta de personajes; o representar con igual naturalidad una pareja de amantes y una flota estelar, un sencillo gato o un robot futurista. Su lápiz es el responsable de que el universo salido de la imaginación de Chaykin tenga un aspecto consistente y que todos sus personajes queden perfectamente definidos tanto por su fisonomía como por su atuendo. Atuendo, por cierto, que -como las naves, las ciudades o las armas- exhiben cierto aire retrofuturista, homenaje a las historias clásicas, sin prescindir del diseño moderno y elegante. Mención aparte merecen las llamativas portadas, sombreadas a lápiz para darles efecto de piedra tallada.

José Luis García López es un dibujante que, a diferencia de muchos de sus colegas de profesión, no opta por tomar atajos gráficos propios de la incapacidad o la pereza. Dibuja todo lo que sea necesario dibujar. Y lo hace bien, con detalle, precisión y sin manierismos ni tics. Casi un cuarto de siglo después de su publicación, los diseños de García López no han perdido validez.

Si algún reproche puede hacérsele al apartado gráfico no es tanto achacable a García López como a Howard Chaykin. Y es que la verborrea de éste ha de acomodarse en tantos globos de diálogo y cartuchos de texto que en ocasiones se amontonan en y entre las viñetas entorpeciendo la visión del propio dibujo o bien formando con él un conjunto algo indigesto

Sea como fuere, lo cierto es que aquellos personajes brillaron por un momento cuarenta años después
de su nacimiento, para luego sumergirse de nuevo en ese crepúsculo al que hace referencia el título de la obra. El intento de la editorial por insuflarles nueva vida fracasó sin que los lectores ni otros autores parecieran haberse dado por enterados ¿Por qué? ¿No sirvió de nada el esfuerzo de Chaykin? No hay manera de saberlo con certeza, claro, pero varios pudieron ser los factores.

En primer lugar, los personajes de "Twilight" llevaban mucho tiempo fuera de órbita y la mayor parte de sus lectores originales hacía años, décadas quizá, que ya no leían comics. Los nuevos aficionados desconocían las aventuras clásicas de aquellos héroes y a todos los efectos los consideraban de nueva creación. Además de carecer por tanto del atractivo de héroes más conocidos y consolidados, estos nuevos lectores eran incapaces de apreciar las profundas diferencias con sus antiguas contrapartidas ni entender la ironía que escondía su nueva versión.

Es más, un lector veterano que hubiera disfrutado en su infancia con aquellas aventuras, probablemente se hubiera sentido ofendido por el tratamiento que les dio Chaykin: despojarlos de su aura heroica, barnizarlos de locura, egoísmo, lujuria y ambición y luego volarlo todo por los aires -aunque lo hiciera desde el afecto que siente por ellos. No olvidemos que Chaykin se labró parte de su fama gracias a los comics de CF en los setenta y ochenta-.

Sea como fuere, los lectores no debieron quedar lo suficientemente impresionados como para inundar de cartas la editorial solicitando saber más de esos personajes. Así, "Twilight" no tuvo continuidad y acabó relegado a los cajones de saldo. Otros autores tampoco manifestaron deseos de contar nuevas aventuras protagonizadas por aquéllos, quizá porque Chaykin los había convertido en unos indeseables con los que nadie sabía muy bien qué hacer. La mejor opción parecía ser fingir que nada de eso había pasado y olvidarse de los mundos futuros de la editorial.

En conclusión, "Twilight" es una deconstrucción de parte de los tópicos propios de la Silver Age del comic y una space opera distópica, pero también una celebración de los ideales más trascendentes de la ciencia ficción. Una obra parcialmente fallida en su ejecución, pero aún así de lectura recomendable por su belleza plástica y el potencial -no totalmente desarrollado- de sus personajes.


viernes, 9 de noviembre de 2012

1983-AMERICAN FLAGG! - Howard Chaykin




First Publishing fue una de las primeras editoriales independientes (esto es, ninguna de las dos grandes: Marvel o DC) que a comienzos de los ochenta transformaron el panorama del comic book. Y lo hicieron no sólo cambiando el modelo de negocio, sino con apuestas creativas que trataban de distanciarse de los patrones y esquemas ya establecidos en el formato superheróico. El primer título lanzado por First Comics fue “Warp” (1983), dirigido a un lector más adulto que el comprador habitual de héroes enmascarados. Tan solo unos meses después, “American Flagg” (octubre de 1983), reafirmó esa nueva política y demostró su viabilidad.

Howard Chaykin tenía 33 años cuando comenzó “American Flagg” y para entonces no era en absoluto un recién llegado ni al comic-book ni a la ciencia-ficción. Desde 1973 colaboraba regularmente con DC Comics en personajes de este género, como Iron Wolf (serializado en "Weird World" con guiones de Len Wein). Poco después, en 1974, fue uno de los profesionales que participó en el prozine "Star Reach", para el que creó otra serie de ciencia-ficción, Cody Starbuck –que retomaría más adelante en su carrera para la revista "Heavy Metal"-. A continuación vendrían "Monark Starstalker" para Marvel con guiones de Roy Thomas; y “Star Wars”, para la misma editorial. Dos espectaculares trabajos en el entonces arriesgado formato de novela gráfica, “Empire” (1978) y “Las Estrellas Mi Destino” (1979), basadas en las novelas respectivas de Samuel R.Delany y Alfred Bester, lo confirmaron como uno de los principales autores norteamericanos del género, un creador argumentalmente audaz y gráficamente sofisticado, tanto en su diseño como en el uso del color.

First Comics vino como caído del cielo para un autor cuyas inquietudes creativas le hacían difícil encontrar un hueco en las rígidas directrices editoriales de Marvel o DC. Aquí pudo Chaykin dar rienda suelta no sólo a sus originales ideas gráficas, sino a sus obsesiones y fetiches. Quizá no fuera tan sorprendente el que su propuesta, "American Flagg", se convirtiera en uno de los comics más favorablemente acogidos por público y crítica. Muchos lectores comenzaban a estar cansados de los decorosos cruzados enmascarados de siempre y he aquí que alguien les invitaba a sumergirse en una lectura llena de sexo, violencia, moralidad ambigua y finales no siempre felices.

La historia transcurre en el año 2031. Treinta y cinco años antes, tras una serie de calamidades domésticas e internacionales, el liderazgo político y empresarial de los Estados Unidos trasladó su base de operaciones a la colonia Hammarskjold de Marte, reinventándose como una especie de conglomerado político/corporativo de corte totalitario llamado Plex. En la Tierra, mientras tanto, la Unión Soviética se derrumba, las facciones islámicas se sublevan y la Unión Brasileña de las Américas se convierte en la única superpotencia a tener en cuenta.

El Plex gobierna lo que queda de Estados Unidos -las costas este y oeste han quedado devastadas- y suministran entretenimiento bajo la forma de programas televisivos "legales". La mayor parte de la población superviviente se agrupa en el interior de enormes construcciones fortificadas, los Plexmall, una mezcla de complejo residencial y centro comercial. En ellos, la máxima autoridad y representante del Plex es el cuerpo de los Plexus Rangers, cuya principal tarea es mantener la paz en el interior de los Plexmall y proteger las instalaciones agrícolas e industriales circundantes, fundamentales para mantener la economía del Plex. Dichas instalaciones son regularmente atacadas tanto por hordas de desahuciados empobrecidos y hambrientos como por delincuentes agrupados en violentas bandas y milicias.

La nueva y flamante incorporación de los Rangers es Reuben Flagg, un popular y atractivo actor
(protagonista de una serie reveladoramente titulada "Mark Thrust, Sexxus Ranger") que fue despedido cuando la tecnología hizo posible sustituirle en la pantalla por un doble digital. Es destinado al Plexmall de Chicago como ayudante de su Ranger Jefe, Hilton "Hammerhead" Krieger. Nacido y criado en Marte, Flagg jamás había estado en la Tierra antes y lo que se encuentra es muy diferente de la idealizada imagen que se había formado desde su niñez: algunas bandas han vendido al Plex los derechos de retransmisión televisiva de sus guerras urbanas a cambio de recibir armas -ligeras, nada de nucleares o aeroplanos- y dinero; los grupos de ideología más radical son capaces de matarse ellos y a sus familias antes que caer prisioneros del Plex.

Dentro del Plexmall, las cosas son diferentes pero no necesariamente mejores. Todo lo que parece importar a sus residentes son el sexo en sus más diversas modalidades, las drogas "recreativas", los dibujos animados y los "realities" financiados por el Plex. Al principio, Flagg se deja llevar, pero cuando alguien asesina al Ranger Jefe, se ve obligado no sólo a ocupar su puesto sino a hacerse cargo de la emisora pirata de televisión que Krieger operaba en secreto. Investido de su nueva autoridad y con los recursos del Plex a su disposición, Flagg se prepara para enfrentarse a la corrupción y la codicia que dominan el sistema, evitar que el Plex venda Illinois a una corporación sudamericana y devolver la libertad a una población anestesiada por la violencia, el sexo y el consumismo.

"American Flagg" se alejó radicalmente del esquema de ciencia-ficción basado en la "space opera"
del que tanto se ha abusado en el comic norteamericano, para presentar una distopia "pop" y satírica que metía el dedo en el ojo a la América de Reagan. Exageró modas y tendencias del momento y previó otras por venir -la importancia del estilo sobre el contenido, el consumismo pasivo, la sobrecarga de información, la omnipresencia de la televisión basura, la violencia gratuita, la sexualización de la sociedad, el despiadado oportunismo o la obsesión por el dinero- y las llevó hasta extremos absurdos e hilarantes. Es ese humor negro el que ayuda al lector a asimilar el siniestro mundo que presenta el autor a través de, por ejemplo, frases y eslóganes absurdos o imaginería propia de programas televisivos de nombres tan expresivos como "Putillas blancas colocadas" o "Romances interespecies" ("esta noche: un hombre, una mujer...y un pato"). Los boletines de noticias se especializan en el glamour de los visitantes VIP y el sensacionalismo violento.

Chaykin nos retrata una sociedad en la que las grandes corporaciones y el consumismo brutal permean todos los niveles. Y lo hace con originalidad, como por ejemplo utilizando imaginarios nombres de productos o programas, todos ellos invariablemente seguidos de la "TM" que apunta al dominio de una gran empresa. Envueltos en la bruma fabricada por la televisión y la publicidad, la gente vive y muere sin caer en la cuenta del poco respeto que las autoridades tienen por sus vidas. En ese corrupto mundo dominado por la banalidad en un extremo y por la lucha por la supervivencia en el otro, no tiene cabida superhéroe alguno. Reuben Flagg es el protagonista pero difícilmente se le puede calificar de “héroe”: aunque tiene principios éticos e intenta hacer justicia, también es un cínico que no espera nada bueno de la raza humana.

Gráficamente, "American Flagg" ofreció una propuesta que la situaba muy por delante de lo que entonces podía encontrarse en el formato del comic-book. Lo primero a destacar es la inteligente combinación de abundancia informativa y agilidad narrativa que Chaykin logró en su técnica, estableciendo una atractiva dinámica no sólo entre las palabras y las imágenes, sino de éstas con las onomatopeyas. Sus diseños de página son a la vez bellos y funcionales, utilizando los globos de diálogo como conexión entre diferentes niveles de lectura y dosificándolos de acuerdo al ritmo normal de la conversación humana, tramas mecánicas, variada tipografía de corte publicitario y original diseño…

El autor destaca sobre la mayoría de los dibujantes de comics al no ceñirse a una estructura fija de
tantas viñetas por página: recurre a páginas-viñeta, viñetas que forman pantallas de televisión, logos comerciales, efectos de "sonido", posters de estilo publicitario, emisiones televisivas que se mezclan de fondo con las conversaciones de los personajes...todo ello superpuesto en imágenes que cumplen una función al tiempo decorativa y dramática.

Por todo ello, en su momento hubo quien consideró "American Flagg" un tebeo difícil de leer. Quizá lo fuera. Pero es precisamente porque Chaykin respeta la inteligencia del lector por lo que no le pone las cosas fáciles: le exige atención, reflexión e, incluso, una segunda lectura; razones que hacen que lo mejor de su obra siempre resulte recomendable para quien busque una mayor complejidad en el comic.

Además, décadas de evolución narrativa y transformación de fondo y forma en el mundo del comic book -por no hablar de la revolución multimedia y la desgraciada extensión de la multitarea- han dado la razón a Chaykin. Probablemente, el lector contemporáneo se sentirá menos confuso que el que abrió por primera vez las páginas de aquel comic en los ochenta. Por ejemplo, su idea de la introducción del formato televisivo en el fondo y la forma de las historietas sería retomada después por nombres tan insignes como Alan Moore ("Watchmen") o Frank Miller ("The Dark Knight Returns", las series de Martha Washington). En el ámbito cinematográfico, Paul Verhoeven reconoció su deuda con Chaykin en filmes de CF como "Robocop" o "Tropas del Espacio").

No todo es perfecto, sin embargo. En el aspecto argumental, la principal debilidad de "American
Flagg" es su tratamiento de los personajes femeninos. Los protagonistas varones disfrutan de personalidades bien definidas desde el comienzo, pero Chaykin parece incapaz de presentar una fémina que no se ciña al estereotipo de mujer fatal, dominante, manipuladora y oportunista (como es el caso de Mandy o Ester Maria de la Cristo). Intenta darles cierta profundidad para compensar su frívolo aspecto, pero no acaba de conseguirlo. Varios personajes femeninos, como Medea Blitz y la nazi Titania Weiss se comportan de una manera al comienzo de la saga y de otra muy diferente hacia el final. A tales cambios se les da una justificación, sí, pero el contraste es excesivo y no acaba de resultar creíble. Por ejemplo, Medea pasa de ser una delincuente drogadicta a miembro ejemplar de los Rangers con carisma de líder. Sin embargo, es difícil detectar pistas de su heroico futuro en su etapa de motorista rebelde y, a la inversa, encontrar restos de su antigua personalidad tras su regeneración. Tampoco es convincente el súbito giro argumental en el que uno de los personajes femeninos, Gretchen Holstrum, emerge de una amnesia para revelar su olvidada y sorprendente identidad.

El tratamiento desenfadado y abundante que Chaykin otorgaba al aspecto sexual fue por entonces motivo de controversia. En casi todos los episodios, Flagg acaba en la cama con una u otra mujer, todas ellas exuberantes y ataviadas con esos modelitos tan fetichistas (tacones altos, ligueros...) que a partir de entonces se convirtieron en marca característica del autor. Hay cuerpos desnudos y sadomasoquismo, violaciones y canales eróticos, aunque todo ello retratado sin caer en la burda pornografía.

Todo es cuestión de opiniones pero la mía es que, aunque no cabe duda de que el sexo resulta
fundamental para dar consistencia al futuro de la América postcatastrófica de Flagg, Chaykin fuerza a menudo las cosas sin que la narración lo requiera. El guionista/dibujante ha demostrado a menudo que, además de tener algo que decir, su intención era crear polémica y desafiar a la crítica bienpensante introduciendo contenidos escabrosos, particularmente el sexo. Y aunque es cierto que las escenas que nos muestra el autor difícilmente podrían escandalizar a un lector europeo de comics o a alguien familiarizado con el panorama viñetero norteamericano que discurría más allá del corsé del Comics Code Authority (léase el mundo underground o las revistas de comic para adultos como "Heavy Metal"), también lo es que el formato del comic book de amplia distribución no solía ofrecer pasajes subidos de tono.

En el aspecto gráfico, Chaykin, además de su talento para el diseño y el lenguaje narrativo, también demuestra ser un hábil truquista. Si se examinan con atención las páginas, se descubrirán viñetas pobremente terminadas, escenas que son apenas bocetos y torpes diseños de maquinaria, vehículos o armamento. Sin embargo, consigue ocultar sus carencias -quizá motivadas por los apresurados plazos de entrega que lastra cualquier serie de cadencia mensual- con destreza, introduciendo elementos gráficos que atraen la atención desviándola de aquéllas, ya sean cabezas "flotantes" excelentemente dibujadas, un bombardeo de originales y expresivas onomatopeyas, un color explosivo o una serie de bocadillos de diálogos que hacen resbalar nuestra vista evitando fijarnos demasiado en esos deslucidos momentos.

Defectos aparte, "American Flagg" es un comic tremendamente ameno. En sus mejores momentos, ofrece una lectura densa e ingeniosa con una capa de sátira hiriente adornada por un arriesgado y variado festival gráfico. Pero tras doce números, Chaykin se fue desvinculando de su obra. Por una parte, encargarse del guión, el elaborado dibujo, el entintado y la rotulación de un comic mensual suponía una carga de trabajo excesiva. Por otra, su interés fue decreciendo al interesarse por otros proyectos, como la renovación de "La Sombra" para DC Comics o las novelas gráficas de "Time2" para First.

Primero traspasó el apartado artístico a otras manos, lo que puso aún más de manifiesto -si es que ello
era necesario- la calidad gráfica que él había aportado en los primeros números. En comparación con sus páginas, los esfuerzos de dibujantes de segunda fila como Rick Burchett o Pat Broderick eran casi patéticos. Tras su marcha definitiva en el número 26, el complejo entramado de relaciones entre los personajes, la caracterización de los mismos, el humor cínico y provocativo, los diálogos ingeniosos, el glamour, la socarronería descarnada y la continuidad que enlazaba y daba solidez a la colección, se fueron desintegrando rápidamente en las manos de sucesivos guionistas, como J.M.DeMatteis, Steven Grant o Alan Moore.

"American Flagg" era una obra de autor y los lectores así lo entendieron: las ventas se desplomaron. La colección había llegado a su punto más alto nada más empezar, y no había sido capaz de mantener tal nivel de excelencia. First se vio obligado a llamar de nuevo a Chaykin, quien no pudo arreglar el desaguisado, poniendo fin a la colección en el nº 50 (marzo de 1988). Para entonces Reuben Flagg había derrocado al Plex, alcanzado el puesto de Presidente y separado Illinois del resto del país para convertirlo en su reino particular.

La colección tuvo una segunda vida, esta vez bajo el título "Howard Chaykin´s American Flagg", en un intento de atraer la atención de aquellos que disfrutaron con la primera etapa. Chaykin se dedicó a reflotar el barco, decidiendo que todo lo que se había hecho tras su marcha no había tenido lugar y retomando la narración en el punto en el que él la había abandonado, en el año 2032. El resultado fue entretenido, pero no brillante, al menos no tanto como en su primera época, entre otras cosas porque el dibujo recayó en las inadecuadas manos de Mike Vosburg y Richard Ory. En esta ocasión, las enloquecidas aventuras de Flagg terminaban en matrimonio e hijos pero, ya fuera por decisión del autor (que por entonces tenía su mirada puesta en los guiones de una serie televisiva, "The Flash"), imposición editorial o el dedo acusador de las ventas, el segundo volumen de "American Flagg" finalizó en su número doce.

"American Flagg" no fue una serie longeva que consiguiera sobrevivir a su creador original, pero resultó ser una fuente de inspiración e influencia para guionistas de la siguiente generación, como Warren Ellis, Matt Fraction o Brian Michael Bendis. Al elevar el comic book a nuevas alturas gráficas y conceptuales, atrajo la atención de nuevos lectores de edad más adulta, encabezando una revolución que luego continuarían otras obras de los ochenta como "Love & Rockets", "The Dark Knight Returns" o "Watchmen".

El cierre de First Comics dejó a "American Flagg" convertida en inalcanzable obra de culto. Durante
veinte años, la única forma de conseguir números sueltos o las novelas gráficas en las que se recopilaron los primeros arcos argumentales fue a través del caro mercado de segunda mano. Por fin, la reciente edición en un lujoso volumen de los primeros catorce episodios (en España publicado por Norma Comics) pone a nuestra disposición una lectura obligada para cualquiera que disfrute de la ciencia ficción en viñetas.

Control de población en forma de píldoras anticonceptivas que producen esterilidad, mensajes subliminales en la televisión, emisiones deportivas ilegales, cambios climáticos desatados por satélites reliquias de la Guerra Fría, judíos de ideología nazi, gatos parlantes, robots con sentimientos, dirigibles transcontinentales, el último de los "royal" Windsor desterrado en Chicago trabajando en la clandestinidad, negocios corruptos de altos vuelos, intrigas sexuales, reality shows, ciudades tomadas por las bandas... Sexy, penetrante, divertida, irreverente y bien ejecutada, "American Flagg" no sólo superó a cualquier comic de superhéroes del momento, sino que hoy, treinta años después, sigue siendo tan legible como entonces.