sábado, 15 de diciembre de 2018

1989-LOS CANTOS DE HYPERION – Dan Simmons (3)


(Viene de la entrada anterior)

Para entender y disfrutar del segundo ciclo de “Los Cantos de Hyperion”, compuesto por dos novelas, es necesario haber leído previamente el primero. De hecho, ha habido quien ha cuestionado la necesidad de continuar aquella obra dado que allí se ofrecía un buen final sin apenas cabos sueltos. Ciertamente, no vamos a encontrar aquí el nivel prosístico, la sofisticación narrativa ni la compleja construcción de un universo por los “Hyperion” fue alabada y premiada. Es, supongo, la maldición de las secuelas, cuyo objetivo suele ser el continuar con lo ya creado anteriormente sin la misma frescura, energía ni ambición creativa. Pero no puede decirse ni mucho menos que “Endymion” (1996) y “El Ascenso de Endymion” (1997) sean libros aburridos o mal escritos. Sencillamente, no están a la misma altura del primer ciclo y no sorprenden de la misma manera, pero aún así constituyen una lectura entretenida.


“Endymion” recoge el testigo del primer ciclo y hereda su complejo escenario de mundos, planetas y civilizaciones para ir en una dirección muy diferente. Sin renunciar a la imaginación y capacidad de evocación de los dos primeros libros, ya no encontramos aquí una épica galáctica con multitud de personajes, escenarios e intrigas, sino una historia más contenida en tono y ambición, más clásica en su planteamiento y con unos temas también muy distintos: la religión, la fe, el amor, la búsqueda de poder y la figura del mesías.

La acción tiene lugar casi trescientos años después de lo narrado en “La Caída de Hyperion”. Tras la destrucción de los teleyectores para exterminar al Tecnonúcleo y el ataque de los Éxters sobre la Red de Mundos, se produjo un colapso de la civilización interplanetaria y la mayoría de los planetas se sumió en el caos.

Brawne Lamia, Martin Silenus y el Cónsul fueron los únicos peregrinos supervivientes de las Tumbas del Tiempo. El Cónsul se unió a los Exters y su destino se desconoce. Brawne Lamia, embarazada del primer cíbrido encarnación de John Keats, dio a luz a una niña llamada Aenea, de la que se hizo cargo Silenus cuando su madre murió. Cuando Aenea contaba doce años, entró en una de las Tumbas del Tiempo y desapareció. Silenus se recluyó en su escondrijo de Hyperion y entró en hibernación a la espera de que la niña regresara.

Mientras tanto, el vacío dejado por la Red de Mundos fue llenado por una Iglesia Católica en plena expansión. El papa es otro de los peregrinos de Hyperion, el padre Lenar Hoyt, ahora radicado en el planeta Pacem –a donde se trasladó desde la extinta Tierra todo el Vaticano, edificios y obras de arte incluidas-. Hoyt lleva casi tres siglos reencarnándose gracias a los cruciformes, aquellos parásitos hallados en el planeta Hyperion y que proporcionaban la inmortalidad a sus huéspedes a cambio de diluir la inteligencia conforme se iban sucediendo las resurrecciones. Estos seres son ahora propiedad de la Iglesia, que los utiliza para convertir mediante el soborno a millones de personas: si abrazan la fe católica se les implanta un cruciforme que les garantiza la reencarnación ilimitada. Es más, la Iglesia ha encontrado la forma de anular la degeneración mental asociada siempre y cuando la resurrección tras cada muerte se lleve a cabo siguiendo un procedimiento que sólo sus científicos conocen. Esto garantiza la lealtad a la jerarquía eclesial puesto que cualquier disidencia grave es castigada con la excomunión, que lleva asociada la extirpación del cruciforme o la no asistencia en la resurrección; en ambos casos la consecuencia es la muerte definitiva.

Ayudada por la promesa de la inmortalidad, la Iglesia ha ido extendiendo su poder e influencia,
haciendo uso cuando era necesario de sus propias fuerzas militares, conocidas como Pax. La jerarquía eclesiástica se ha encargado de modificar la Historia de acuerdo a su conveniencia, prohibiendo la lectura de los Poemas de Silenus en los que se narraban los auténticos hechos que llevaron a la caída de la Red de Mundos y el papel que los diferentes agentes jugaron en ello.

En ese contexto se nos presenta a Raúl Endymion, un nativo del ahora aislado planeta Hyperion, veterano de las milicias locales y cazador, que tras ser salvado de una injusta ejecución por un ya ancianísimo Martin Silenus, éste le encomienda a cambio de su rescate una aparentemente imposible misión: proteger a su “sobrina”, la hija de Brawne Lamia, Aenea, que va a emerger de las Tumbas del Tiempo, donde la están esperando las fuerzas de Pax. La aparición del Alcaudón en el último momento siembra el caos en las tropas y facilita la que parecía imposible hazaña de Endymion: rescata a Aenea, entonces todavía una niña, y huye al espacio a bordo de la nave consular de Silenus. Les acompaña el androide de servicio de éste, A.Bettik, uno de los últimos de su especie.

Comienza entonces una larga y desesperada huida por diferentes mundos de la antigua Red, tratando de escapar del sacerdote capitán De Soya y su reducida tripulación de guardias suizos, que les persiguen a bordo de la nave más rápida de la flota de Pax. Silenus estaba seguro de que Aenea jugará un papel importante en la caída de la Iglesia y ésta, por razones que sólo se explican avanzada la trama, la considera el anticristo y quiere impedir a toda costa que permanezca libre, por lo que deposita todo su poder y confianza en manos de su legado (o eso parece) para que la encuentre y atrape viva.

“Endymion” es una aventura espacial de ritmo ágil en la que el lector acompaña a los protagonistas por una variedad de mundos: hiperpoblados, acuáticos, helados, desiertos, en ruinas… No tiene ni mucho menos tanto sustrato como “Hyperion” pero quizá sea injusto exigirle a Simmons que escribiera otra obra de igual complejidad e impacto. Su escala es también menor: en lugar de una novela sobre la supervivencia última de la civilización humana, aquí se cuenta la huida de tres personajes: Endymion, Bettik y Aenea, con una estructura en dos bloques que se encadenan alternativamente: la mitad de la novela está narrada en primera persona y tiempo pasado por el primero, escribiendo sus memorias muchos años después de los hechos que se nos cuentan mientras se halla prisionero a la espera de su ejecución. La otra mitad, en tercera persona, está contada desde el punto de vista de la Iglesia y, en concreto, del capitán De Soya en su
persecución de los fugitivos. Ambos bloques tienen personajes atractivos y exploran diferentes aspectos de ese futuro lejano: el primero, va recorriendo planeta tras planeta, todos muy distintos, utilizando los antiguos teleyectores y comprobando el daño que hizo la caída de la Red de Mundos; el segundo describe el gobierno de la Iglesia y su forma de intervenir, manipular y operar en los mundos que controla.

Simmons es ya a estas alturas un autor experimentado que sabe cómo mantener la tensión e ir aumentando el suspense hacia la inevitable confrontación final, un clímax intensísimo y soberbiamente cinematográfico en su narración…que no cierra la trama. Porque el principal problema de este libro es su carácter de puente hacia algo más complejo y épico cuyo desenlace llegará en el segundo volumen, lo cual puede dejar la sensación de ser algo incompleto, de que, después de todas esas páginas, no ha pasado gran cosa.

Es esta una novela en la que prima la trama sobre la caracterización, lo cual no quiere decir tampoco que los personajes sean unidimensionales –Simmons es demasiado buen escritor como para eso-. Lo que ocurre es que en los dos primeros libros la trama sustentaba a los personajes que, a su vez enriquecían la trama; en esta ocasión, ese equilibrio está menos conseguido y parece que la acción prima sobre los personajes.
El padre De Soya está especialmente bien escrito: no se presenta como el arquetípico villano sino como alguien que cayó en las redes de la iglesia tras una tragedia familiar, que es leal a la institución a la que sirve y que, aunque ésta tenga un lado incuestionablemente siniestro y una agenda oculta, él la obedece sin dejar de ser una buena persona. El deseo de vivir en libertad de Bettik escapando de su condición de siervo androide también resulta convincente a la hora de unirse a Endymion y la niña-mujer Aenea, aunque las motivaciones de estos dos son menos claras, especialmente las de ella, entre otras cosas porque no se ha aclarado en este punto la naturaleza de su misión.

Lo que une a Endymion y Aenea, aunque él no sepa todavía reconocerlo como tal, es el amor. Y, de hecho, el autor apunta a que esa emoción es central no sólo en el propósito vital de la muchacha, su razón de ser, sino en la propia novela. En un pasaje hacia el final del libro, llega incluso a enunciar una teoría sobre el amor que años más tarde Christopher Nolan retomaría para su “Interstellar” (2014):

“Ese amor es una fuerza básica del universo, como la gravedad y el electromagnetismo, como la
fuerza nuclear fuerte y débil. En el poema, Sol ve que la Inteligencia Máxima del Núcleo nunca será capaz de comprender que la empatía es inseparable de esa fuente, del amor. El viejo poeta describe el amor como «la imposibilidad subcuántica que llevaba información de fotón en fotón (…) Los griegos veían la gravedad en funcionamiento, pero la explicaban diciendo que uno de los cuatro elementos, la tierra, «regresaba a su familia». Lo que vislumbró Sol Weintraub fue la física del amor... dónde reside, cómo funciona, cómo se la puede comprender y dominar. La diferencia entre «Dios es amor» y aquello que vio Sol Weintraub, aquello que el tío Martin intentó explicar, es la diferencia entre la explicación griega de la gravedad y las ecuaciones de Isaac Newton. Una es una frase perspicaz. La otra ve la cosa misma. (…)

-¿Estás diciendo que se requiere otro Isaac Newton para explicar la física del amor? ¿Qué nos dé sus leyes de la termodinámica, sus reglas de
entropía? ¿Que nos muestre el cálculo del amor?

—Sí —afirmó la niña.


Quizá uno de los puntos más flojos de la novela sea –además de alguno de los personajes secundarios- el adversario indestructible al mejor estilo Terminator que el escritor se saca de la nada en el último tercio y del cual no contaré nada para no estropear la sorpresa a los nuevos lectores. Por otra parte, los villanos del primer ciclo habían sido expulsados de la Red de Mundos y era necesario crear una nueva amenaza. Simmons decide darle el desagradecido papel a la Iglesia Católica, que aquí despliega los peores de sus muchos atributos: despiadada, inflexible hasta el fanatismo, intrigante, acaparadora de poder material… Es una visión bastante maniquea de lo que siempre ha sido una institución inmensamente compleja y polifacética y probablemente molestará a aquellos sensibles hacia las críticas al Vaticano. Simmons no es muy original a la hora de servirse de la Iglesia para resaltar la corrupción del poder frente a la nobleza y sincera espiritualidad del individuo, representado este por De Soya; o el abismo que media entre las exigencias doctrinales de la religión organizada y el amor puro, genuino y libre que predica Aenea.

De “Endymion” se ha dicho que es el libro más flojo de los Cantos de Hyperion. Puedo estar de
acuerdo, pero ello no significa que su lectura sea una pérdida de tiempo siempre y cuando se conozca el primer ciclo y no se aborde este segundo con las expectativas de encontrar algo semejante a “Hyperion” y “La Caída de Hyperion”. Además, y esto puede ser en sí mismo una ventaja, es una lectura menos compleja y exigente que las dos primeras novelas. La trama es lineal y no hay experimentos narrativos, prosa particularmente sofisticada o reflexiones filosóficas. Como aventura espacial, es mejor que la mayoría de obras del mismo estilo y los amantes de la space opera y la exploración de mundos y civilizaciones futuristas encontrarán aquí elementos más que suficientes para disfrutar de la lectura.



(Finaliza en la siguiente entrada)

No hay comentarios:

Publicar un comentario