“La Fiebre de los Ricos” fue la tercera película del director vasco Galder Gaztelu-Urrutia Munitxa, quien había conseguido un éxito con “El Hoyo” (2019), para Netflix, una corrosiva alegoría social ambientada en una prisión vertical. Alargó la misma premisa para la secuela, “El Hoyo 2” (2024), antes de saltar a dirigir su siguiente crítica a la actual sociedad capitalista en lo que fue su primer film en lengua inglesa (coproducido entre España, Chile y Brasil).
Laura Palmer (Mary Elizabeth Winstead) es una ejecutiva que
trabaja en la
división de producción cinematográfica del imperio empresarial
del multimillonario Sebastian Snail (Timothy Spall). Al regresar de un viaje a
Alaska, donde ha aceptado un ascenso que conlleva un importante aumento de sus
emolumentos, se entera de que una extraña enfermedad está llevando a la muerte
a algunas de las personas más ricas del mundo. Mientras asiste a una subasta en
el Palacio de Buckingham por cuenta de su jefe, contempla con horror cómo uno
de los muy ricos miembros de la familia real inglesa colapsa, aparentemente
infectado de ese mal.
Rápidamente, mientras esa “gripe de los ricos” sigue
cobrándose víctimas entre los incluidos en la lista Forbes, se produce un
pánico generalizado entre las élites acompañado de un alzamiento de las clases
populares contra los más adinerados, a los que consideran un peligro tóxico que
hay que eliminar. Los millonarios, tratando de dejar de serlo, destruyen sus
propiedades causando todavía más caos y aniquilando el sistema económico.
Snail, de hecho, le cede su compañía a su hijo, Sebastian (Jonah Hauer-King),
el cual, a su vez y ya infectado sin saberlo, se la traspasa a Laura: una
fortuna de 900 millones de dólares que la convierte en diana tanto de la
enfermedad como de las turbas enfurecidas e incluso las autoridades, que están
enviando personal armado a los domicilios de los ricos para confinarlos “por su
propia seguridad”.
Mientras los países cierran sus fronteras rápidamente,
Laura utiliza su
s contactos y dinero para conseguir pasaje en un helicóptero
mercenario que la lleva hasta Barcelona para reunirse con su futuro ex esposo
Toni (Rafe Spall) y su hija adolescente Anna (Dixie Ecgerickx) y refugiarse a
continuación en la casa de la madre de ella, Martha (Lorraine Bracco), una
especie de comuna alternativa aislada en las montañas. Sin embargo, el resto de
los allí residentes se niegan a acogerla y los expulsan, viéndose obligada la
familia a huir a la costa norteafricana…
“La Gripe de los Ricos
” se estrenó en streaming en marzo de
2025, justo cuando en Estados Unidos, Donald Trump iniciaba su segundo mandato
y el país empezaba a deslizarse rápidamente hacia un régimen cada vez más
alejado de la democracia gracias, entre otras cosas, al hombre más rico del
mundo, Elon Musk, encargado por el mandatario de desmantelar la incómoda burocracia
del gobierno estadounidense (el empresario recibe una indirecta sarcástica en
la película cuando uno de los titulares anuncia que se encuentra en Marte,
presumiblemente para evitar contagiarse).
En primer lugar, es preciso aclarar que “La Fiebre de los
Ricos” no e
s, estrictamente hablando, una película de apocalipsis pandémico, ya
que no se especifica ni en lo más mínimo la causa de esa dolencia. En los
titulares de los noticieros se la bautiza como “Gripe de los Ricos” y se ve
poco más de ella que un par de síntomas y gente usando mascarillas para
prevenir el contagio. Por alguna razón que no se aclara, la infección e
inminente muerte se manifiesta en la persona adinerada con unos dientes
imposiblemente blancos y brillantes.
La película comienza con muy buen pie y momentos
ingeniosamente presentados, como la forma en qu
e una sucesión de escenas
futuristas acompañadas de una voz en off descriptiva revela no ser lo que
parece, sino la visualización de lo que
un director está presentando de palabra a Laura con la esperanza de que ésta se
lo compre. Laura se pasa la tarde escuchando con educación y buena cara todo
tipo de propuestas esperando encontrar algo original. Entonces, frente a ella,
se sienta el siguiente aspirante, un individuo de aspecto corriente contando
una triste historia de divorcio y pelea por la custodia de la hija… que resulta
ser Toni, su futuro ex esposo. El diálogo en estas escenas y las posteriores es
agudo y mordaz y deja claro la postura y actitud de cada personaje.
El único punto de esta primera parte que no queda bien
definido es a qué se dedica exactamente la protagonista. En las primeras
escenas, da la impresión de que es una ejecutiva de nivel medio de un estudio
cinematográfico, mientras que, en las posteriores, sobre todo en la que
Sebastian Snail arenga a sus subordinados en una gélida cabaña de Alaska
respecto a las bondades del capitalismo y los emprendedores, da la impresión de
que su empresa tiene un alcance mucho más amplio y ella ocupa un lugar
relevante en el organigrama.
El reparto está meramente correcto pero la que más destaca
es Mary Elizabeth Winstead, que sale prácticamente todas las escenas. Aunque
casi encasilló su carrera en papeles de adolescente o veinteañera, en este
punto, con 40 años recién cumplidos, despliega en pantalla una gran clase y
elegancia que encajan a la perfección con el papel que encarna. Sin duda, su
trabajo se encuentra entre las principales virtudes de esta película, sobre
todo porque consigue conformar un personaje ambiguo al que el espectador no
sabe bien si apoyar o no en su lucha por la supervivencia.
(ATENCIÓN SPOILER). Y es que Laura no es una heroína sino
una protagonista. Al comienzo de la historia la vemos como alguien intrigante, ambicioso
–en el peor sentido del término- y arrogante. Cuando se ve en peligro, primero
trata
de engañar a su fiel asistente y luego, desesperada, recurre a su marido,
al que había tratado de forma bien poco ejemplar tan solo unas horas antes. Se
adapta para sobrevivir, pero, al final, entendemos que no ha aprendido la
lección, que no se arrepiente de haber formado parte de un sistema cruel e
injusto. En definitiva, que para ella no ha habido un arco de redención, expiación
o revelación. El mundo tal y como lo conocía, ya no existe, pero lejos de
conformarse o aprender a vivir en el nuevo, está dispuesta, por puro egoísmo, a
repetir los errores del pasado y arrastrar a los demás con ella. Su
personalidad al principio y su sonrisa al final cierran el círculo, recordándonos
lo adictos que somos al capitalismo. No es el mensaje más original posible,
pero se comunica de forma muy convincente gracias a Winstead.
La historia funciona bastante bien durante el pánico que estalla
entre los ricos mientras intentan lidiar con la situación, como el momento en
que Sebastian Snail Jr renuncia, dejando a Laura una inmensa fort
una personal
que acarrea una condena a muerte; o los intentos posteriores de ella por engañar
a su asistente personal, Chris (Cesar Domboy) para que se haga cargo “temporalmente”
de su recién adquirido patrimonio; la potente imagen de un aeródromo rural con
una fila de coches de lujo abandonados y la lucha de sus dueños por subir a
bordo del último helicóptero que abandonará Inglaterra así como la impactante
escena en la que una anciana millonaria discute con otro hombre a bordo y éste
agarra al chihuahua de aquélla y lo tira lejos para que muera aplastado.
El principal problema de “La Fiebre de los Ricos” es que
tiene una gran pre
misa de partida con la que luego no saber qué hacer. Comienza
con una divertida crítica de los festivales de cine y la hipocresía tras este
tipo de eventos. Estética y temática se complementan conforme unos personajes
van dándose puñaladas a otros. Este primer segmento transcurre a un ritmo rápido,
probablemente con el fin de reflejar el estilo de vida de Laura, siempre tan
ocupada con su carrera que deja a su esposo, hija y el mismo mundo en el que
vive en un segundo plano.
Pero el glamour se acaba en cuanto, primero, la
protagonista vende su alma en Alaska y, segundo, reg
resa a Europa para caer de
bruces en una pandemia. Superada la ácida fase inicial, entramos en la segunda,
centrada en el caos que estalla en la sociedad global y la huida de Laura hacia
Barcelona. En el tercer y más extenso acto, se narra el dramático exilio de la
protagonista y su familia en dirección a África. Aquí se olvida por completo la
crítica al ecosistema de los ejecutivos empresariales y el tema del virus letal
para articular otra crítica diferente en base a invertir los roles de
refugiados y ciudadanos de países de acogida.
Una película sobre la brutalidad de los campos de
refugiados y lo horrible que puede ser la vida de un solicitante de asilo no es
nada nuevo e introducir esa narrativa en lo que se vendía y había comenzado
como un thriller no le hace ningú
n favor a nadie. Desde luego, el que creía ser
su público objetivo, no quedará muy satisfecho. Por no hablar de lo éticamente
discutible que resulta el que, para empatizar con la situación de esas
víctimas, necesites vivir su drama en la figura de alguien blanco y rico. Lo
novedoso que pueda resultar ver a una familia blanca pasar por las dificultades
de un refugiado africano no compensa lo poco original del tema. Además, el metraje
de casi dos horas está artificialmente alargado con escenas relativas a las
complicaciones familiares de Laura que no aportan demasiado, así como otras,
como el viaje a Alaska, que también podrían haberse eliminado o comprimido. Al
menos, el final evita el buenismo y es consistente con el tono crítico y
pesimista de la filmografía del director.
Al final, “La Fiebre de los Ricos” es una película que deja
con un sabor agridulce. Tiene una idea pot
encialmente interesante y momentos
aislados de gran impacto emocional. Pero el guion, en su empeño por dejar clara
su moraleja, deja sin cubrir demasiados agujeros, sobre todo en lo relativo al
virus que pone en marcha el drama: ¿De dónde sale? ¿Cómo se contagia? ¿Por qué
alguien que no era rico lo contrae nada más firmar un documento que lo convierte
en tal? ¿A qué obedece que Laura, una de las personas más ricas del país no
enferme? La solución era tan sencilla como clásica porque toda esa información
podría haberse articulado a través de los por otra parte ya omnipresentes
canales de noticias.
Además, la película no es tan entretenida como la premisa
podría llevar a pen
sar. El foco no se abre lo suficiente como para hacer una
reflexión mínima sobre la brecha social al estilo de lo que, por ejemplo, ha
hecho Andrew Niccol en varios de sus films; la dinámica familiar de la
protagonista está muy trillada y no resulta demasiado interesante; la trama se
ralentiza hacia el final y el mensaje (el capitalismo es malo, el consumismo es
malo, la gente es mala) está muy poco refinado. Ciertamente, como he apuntado, el
cierre es valiente y descorazonador, pero no es suficiente como para levantar
todo el conjunto.
En resumen, una película que pone de manifiesto la
inseguridad de los guionistas. Y es que el libreto aparece acreditado a Pedro
Rivere Aurre, David Desola, Galder Gaztelu-Urrutia y Sam Steiner, quizá
demasiados cocineros para esta sopa y, además, con propósitos diferentes. La
combinación de géneros y mensajes es completamente heterogénea; como el agua y
el aceite, se niegan a mezclarse. Lo que podrían haber sido dos películas diferentes
e incluso prometedoras, termina en un híbrido indefinido e insatisfactorio.

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