miércoles, 11 de marzo de 2026

2024- LA FIEBRE DE LOS RICOS - Galder Gaztelu-Urrutia




“La Fiebre de los Ricos” fue la tercera película del director vasco Galder Gaztelu-Urrutia Munitxa, quien había conseguido un éxito con “El Hoyo” (2019), para Netflix, una corrosiva alegoría social ambientada en una prisión vertical. Alargó la misma premisa para la secuela, “El Hoyo 2” (2024), antes de saltar a dirigir su siguiente crítica a la actual sociedad capitalista en lo que fue su primer film en lengua inglesa (coproducido entre España, Chile y Brasil).

 

Laura Palmer (Mary Elizabeth Winstead) es una ejecutiva que trabaja en la división de producción cinematográfica del imperio empresarial del multimillonario Sebastian Snail (Timothy Spall). Al regresar de un viaje a Alaska, donde ha aceptado un ascenso que conlleva un importante aumento de sus emolumentos, se entera de que una extraña enfermedad está llevando a la muerte a algunas de las personas más ricas del mundo. Mientras asiste a una subasta en el Palacio de Buckingham por cuenta de su jefe, contempla con horror cómo uno de los muy ricos miembros de la familia real inglesa colapsa, aparentemente infectado de ese mal. 

 

Rápidamente, mientras esa “gripe de los ricos” sigue cobrándose víctimas entre los incluidos en la lista Forbes, se produce un pánico generalizado entre las élites acompañado de un alzamiento de las clases populares contra los más adinerados, a los que consideran un peligro tóxico que hay que eliminar. Los millonarios, tratando de dejar de serlo, destruyen sus propiedades causando todavía más caos y aniquilando el sistema económico. Snail, de hecho, le cede su compañía a su hijo, Sebastian (Jonah Hauer-King), el cual, a su vez y ya infectado sin saberlo, se la traspasa a Laura: una fortuna de 900 millones de dólares que la convierte en diana tanto de la enfermedad como de las turbas enfurecidas e incluso las autoridades, que están enviando personal armado a los domicilios de los ricos para confinarlos “por su propia seguridad”.

 

Mientras los países cierran sus fronteras rápidamente, Laura utiliza sus contactos y dinero para conseguir pasaje en un helicóptero mercenario que la lleva hasta Barcelona para reunirse con su futuro ex esposo Toni (Rafe Spall) y su hija adolescente Anna (Dixie Ecgerickx) y refugiarse a continuación en la casa de la madre de ella, Martha (Lorraine Bracco), una especie de comuna alternativa aislada en las montañas. Sin embargo, el resto de los allí residentes se niegan a acogerla y los expulsan, viéndose obligada la familia a huir a la costa norteafricana…

 

“La Gripe de los Ricos” se estrenó en streaming en marzo de 2025, justo cuando en Estados Unidos, Donald Trump iniciaba su segundo mandato y el país empezaba a deslizarse rápidamente hacia un régimen cada vez más alejado de la democracia gracias, entre otras cosas, al hombre más rico del mundo, Elon Musk, encargado por el mandatario de desmantelar la incómoda burocracia del gobierno estadounidense (el empresario recibe una indirecta sarcástica en la película cuando uno de los titulares anuncia que se encuentra en Marte, presumiblemente para evitar contagiarse).

 

En primer lugar, es preciso aclarar que “La Fiebre de los Ricos” no es, estrictamente hablando, una película de apocalipsis pandémico, ya que no se especifica ni en lo más mínimo la causa de esa dolencia. En los titulares de los noticieros se la bautiza como “Gripe de los Ricos” y se ve poco más de ella que un par de síntomas y gente usando mascarillas para prevenir el contagio. Por alguna razón que no se aclara, la infección e inminente muerte se manifiesta en la persona adinerada con unos dientes imposiblemente blancos y brillantes.

 

La película comienza con muy buen pie y momentos ingeniosamente presentados, como la forma en que una sucesión de escenas futuristas acompañadas de una voz en off descriptiva revela no ser lo que parece, sino la  visualización de lo que un director está presentando de palabra a Laura con la esperanza de que ésta se lo compre. Laura se pasa la tarde escuchando con educación y buena cara todo tipo de propuestas esperando encontrar algo original. Entonces, frente a ella, se sienta el siguiente aspirante, un individuo de aspecto corriente contando una triste historia de divorcio y pelea por la custodia de la hija… que resulta ser Toni, su futuro ex esposo. El diálogo en estas escenas y las posteriores es agudo y mordaz y deja claro la postura y actitud de cada personaje.

 

El único punto de esta primera parte que no queda bien definido es a qué se dedica exactamente la protagonista. En las primeras escenas, da la impresión de que es una ejecutiva de nivel medio de un estudio cinematográfico, mientras que, en las posteriores, sobre todo en la que Sebastian Snail arenga a sus subordinados en una gélida cabaña de Alaska respecto a las bondades del capitalismo y los emprendedores, da la impresión de que su empresa tiene un alcance mucho más amplio y ella ocupa un lugar relevante en el organigrama.

 

El reparto está meramente correcto pero la que más destaca es Mary Elizabeth Winstead, que sale prácticamente todas las escenas. Aunque casi encasilló su carrera en papeles de adolescente o veinteañera, en este punto, con 40 años recién cumplidos, despliega en pantalla una gran clase y elegancia que encajan a la perfección con el papel que encarna. Sin duda, su trabajo se encuentra entre las principales virtudes de esta película, sobre todo porque consigue conformar un personaje ambiguo al que el espectador no sabe bien si apoyar o no en su lucha por la supervivencia.

 

(ATENCIÓN SPOILER). Y es que Laura no es una heroína sino una protagonista. Al comienzo de la historia la vemos como alguien intrigante, ambicioso –en el peor sentido del término- y arrogante. Cuando se ve en peligro, primero trata de engañar a su fiel asistente y luego, desesperada, recurre a su marido, al que había tratado de forma bien poco ejemplar tan solo unas horas antes. Se adapta para sobrevivir, pero, al final, entendemos que no ha aprendido la lección, que no se arrepiente de haber formado parte de un sistema cruel e injusto. En definitiva, que para ella no ha habido un arco de redención, expiación o revelación. El mundo tal y como lo conocía, ya no existe, pero lejos de conformarse o aprender a vivir en el nuevo, está dispuesta, por puro egoísmo, a repetir los errores del pasado y arrastrar a los demás con ella. Su personalidad al principio y su sonrisa al final cierran el círculo, recordándonos lo adictos que somos al capitalismo. No es el mensaje más original posible, pero se comunica de forma muy convincente gracias a Winstead.

 

La historia funciona bastante bien durante el pánico que estalla entre los ricos mientras intentan lidiar con la situación, como el momento en que Sebastian Snail Jr renuncia, dejando a Laura una inmensa fortuna personal que acarrea una condena a muerte; o los intentos posteriores de ella por engañar a su asistente personal, Chris (Cesar Domboy) para que se haga cargo “temporalmente” de su recién adquirido patrimonio; la potente imagen de un aeródromo rural con una fila de coches de lujo abandonados y la lucha de sus dueños por subir a bordo del último helicóptero que abandonará Inglaterra así como la impactante escena en la que una anciana millonaria discute con otro hombre a bordo y éste agarra al chihuahua de aquélla y lo tira lejos para que muera aplastado.

 

El principal problema de “La Fiebre de los Ricos” es que tiene una gran premisa de partida con la que luego no saber qué hacer. Comienza con una divertida crítica de los festivales de cine y la hipocresía tras este tipo de eventos. Estética y temática se complementan conforme unos personajes van dándose puñaladas a otros. Este primer segmento transcurre a un ritmo rápido, probablemente con el fin de reflejar el estilo de vida de Laura, siempre tan ocupada con su carrera que deja a su esposo, hija y el mismo mundo en el que vive en un segundo plano.

 

Pero el glamour se acaba en cuanto, primero, la protagonista vende su alma en Alaska y, segundo, regresa a Europa para caer de bruces en una pandemia. Superada la ácida fase inicial, entramos en la segunda, centrada en el caos que estalla en la sociedad global y la huida de Laura hacia Barcelona. En el tercer y más extenso acto, se narra el dramático exilio de la protagonista y su familia en dirección a África. Aquí se olvida por completo la crítica al ecosistema de los ejecutivos empresariales y el tema del virus letal para articular otra crítica diferente en base a invertir los roles de refugiados y ciudadanos de países de acogida.

 

Una película sobre la brutalidad de los campos de refugiados y lo horrible que puede ser la vida de un solicitante de asilo no es nada nuevo e introducir esa narrativa en lo que se vendía y había comenzado como un thriller no le hace ningún favor a nadie. Desde luego, el que creía ser su público objetivo, no quedará muy satisfecho. Por no hablar de lo éticamente discutible que resulta el que, para empatizar con la situación de esas víctimas, necesites vivir su drama en la figura de alguien blanco y rico. Lo novedoso que pueda resultar ver a una familia blanca pasar por las dificultades de un refugiado africano no compensa lo poco original del tema. Además, el metraje de casi dos horas está artificialmente alargado con escenas relativas a las complicaciones familiares de Laura que no aportan demasiado, así como otras, como el viaje a Alaska, que también podrían haberse eliminado o comprimido. Al menos, el final evita el buenismo y es consistente con el tono crítico y pesimista de la filmografía del director.

 

Al final, “La Fiebre de los Ricos” es una película que deja con un sabor agridulce. Tiene una idea potencialmente interesante y momentos aislados de gran impacto emocional. Pero el guion, en su empeño por dejar clara su moraleja, deja sin cubrir demasiados agujeros, sobre todo en lo relativo al virus que pone en marcha el drama: ¿De dónde sale? ¿Cómo se contagia? ¿Por qué alguien que no era rico lo contrae nada más firmar un documento que lo convierte en tal? ¿A qué obedece que Laura, una de las personas más ricas del país no enferme? La solución era tan sencilla como clásica porque toda esa información podría haberse articulado a través de los por otra parte ya omnipresentes canales de noticias.

 

Además, la película no es tan entretenida como la premisa podría llevar a pensar. El foco no se abre lo suficiente como para hacer una reflexión mínima sobre la brecha social al estilo de lo que, por ejemplo, ha hecho Andrew Niccol en varios de sus films; la dinámica familiar de la protagonista está muy trillada y no resulta demasiado interesante; la trama se ralentiza hacia el final y el mensaje (el capitalismo es malo, el consumismo es malo, la gente es mala) está muy poco refinado. Ciertamente, como he apuntado, el cierre es valiente y descorazonador, pero no es suficiente como para levantar todo el conjunto.  

 

En resumen, una película que pone de manifiesto la inseguridad de los guionistas. Y es que el libreto aparece acreditado a Pedro Rivere Aurre, David Desola, Galder Gaztelu-Urrutia y Sam Steiner, quizá demasiados cocineros para esta sopa y, además, con propósitos diferentes. La combinación de géneros y mensajes es completamente heterogénea; como el agua y el aceite, se niegan a mezclarse. Lo que podrían haber sido dos películas diferentes e incluso prometedoras, termina en un híbrido indefinido e insatisfactorio.

 

 

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