sábado, 7 de marzo de 2026

1964- LOS HIJOS DE LOS MALDITOS – Anton Leader



El Pueblo de los Malditos” (1960), adaptación de la famosa novela de John Wyndham “Los Cuclillos de Midwich” (1957), es una de esas joyas del cine de CF terrorífica que demostró que para crear una atmósfera inquietante no eran necesarios efectos especiales muy elaborados sino que bastaba una idea profundamente perturbadora, en ese caso, unos niños inquietantes que se distanciaban mucho de la conservadora y protectora imagen que de la infancia proyectaban el cine y la televisión contemporáneas.

 

La película fue un éxito rotundo y toda una sorpresa financiera para su estudio, la Metro-Goldwyn-Mayer. A pesar de ser una producción de bajo presupuesto rodada en apenas seis semanas, logró multiplicar con creces su inversión inicial convirtiéndose en una de las películas más taquilleras de aquel año. Obtuvo un beneficio neto de 860.000 dólares de la época, una cifra altísima para una cinta de género en blanco y negro sin estrellas internacionales en su reparto. En Reino Unido, la gente hacía largas colas para verla y cuando cruzó el Atlántico la recepción fue la misma. Pero es que, además, la crítica se mostró igualmente entusiasmada, ensalzando su sobriedad, su tono realista y su capacidad para transmitir terror sin necesidad de recurrir a lo grotesco.

 

Con semejante recorrido, era difícil que la MGM no pensara en hacer una secuela. Sin embargo, en esta ocasión no contaban con una base literaria sobre la que apoyarse. John Wyndham escribió los seis primeros capítulos de una posible continuación titulada “Midwich Main”, cuya trama se situaba unos 16 años después de los acontecimientos de la primera novela y seguía al narrador, Richard Gayford, mientras investigaba a otros niños híbridos que habían nacido en diferentes partes del mundo. Sin embargo, el autor creía que se estaba repitiendo al recurrir a las mismas premisa y fórmula, por lo que abandonó el proyecto al considerarlo una pérdida de tiempo, prefiriendo en cambio explorar otros temas. 

 

Huérfano de referente literario, el estudio encomendó entonces la tarea al entonces poco experimentado guionista John Briley, quien años después ganaría un Oscar por “Gandhi” (1982) y entre cuya filmografía destacan también títulos como “Alerta:Catástrofe” (1978, también sobre poderes mentales) o “Grita Libertad” (1987). Éste decidió no hacer una continuación lineal sino, más bien, una variación del mismo tema. De hecho, aunque “Los Hijos de los Malditos” fue publicitado como una secuela, en realidad ambas películas tienen poco que ver más allá de la presencia de unos niños con poderes mentales y agenda propia.

 

Paul Looran (Clive Powell) es un niño británico excepcionalmente brillante que llama la atención del psicólogo infantil Tom Llewellyn (Ian Hendry) y su colega, el genetista David Neville (Alan Badel). Interesados ​​en descubrir todo lo posible sobre él, los dos científicos visitan a su madre, Diana (Sheila Allen), en su apartamento de Londres, pero ella se niega a cooperar y a darles información sobre el padre de Paul. Tras obligarlos a irse, Diana, que desprecia al niño y amenaza con descubrirlo ante los científicos, cae en una especie de trance, sale a la calle, entra en un túnel y sufre un terrible accidente que la lleva al hospital. Allí, les cuenta a Llewellyn y Neville que, si bien dio a luz a Paul, nunca tuvo relaciones sexuales con ningún hombre, asegurando además que el niño no es humano y que puede matar sin tocar a sus víctimas. Es entonces cuando empieza a quedar claro que Paul no sólo tiene una inteligencia extraordinaria, sino que puede leer los pensamientos ajenos e influir en las mentes de terceros.

 

Los científicos regresan al apartamento y descubren que Paul ha quedado al cuidado de su tía, Susan Eliot (Barbara Ferris), quien lo lleva al laboratorio al día siguiente. Mientras reflexionan sobre las posibles causas de su intelecto sin precedentes, se les informa de que un estudio de la ONU recién finalizado ha revelado la existencia de otros cinco niños de varios países del mundo, de la misma edad que Paul, con un desarrollo intelectual similar. Es más, completaron las mismas pruebas que Paul en exactamente el mismo tiempo. Y al igual que el británico, todos tienen madres perturbadas y se desconoce la identidad del padre. Como uno de esos niños se encuentra en la embajada de la India en Londres, los científicos organizan el traslado de los otros cuatro en avión, lo cual consiguen a pesar de las trabas diplomáticas.

 

Sin embargo, el gobierno británico desconfía de los niños y del efecto que su existencia podría tener en la tensa situación política global. Se teme que cada potencia quiera convertir a “su” infante en un arma y, al mismo tiempo, neutralizar al resto. Y ahí es donde entra el agente de inteligencia y colega e Neville, Colin Webster (Alfred Burke), que pretende trasladar a Paul a un lugar seguro para evitar que cualquier otra nación extranjera lo capture.

 

Presintiendo el peligro, Paul usa sus poderes mentales para crear una distracción, escapar y, uno a uno, reunir a los otros niños, que, a su vez huyen de sus respectivas embajadas. Se refugian en una iglesia en ruinas, recurriendo al poder conjunto de sus mentes para retener con ellos a Susan y que actúe tanto de rehén como de mediadora con los funcionarios del gobierno y los científicos que no tardan en dar con ellos.

 

El problema se agrava ya que nadie se pone de acuerdo respecto a qué hacer con los niños. Se llama al ejército para para que asedie la iglesia, pero entonces intervienen los gobiernos extranjeros, que también quieren participar en la decisión que se tome. ¿Son una amenaza incontrolable que hay que destruir? ¿Su existencia pone en peligro la de la especie humana? Dado que sólo parecen matar cuando se sienten amenazados, ¿suponen un auténtico peligro o sólo responden a las agresiones de quienes son los verdaderos villanos?

 

Tanto en “El Pueblo de los Malditos” como en “Los Hijos de los Malditos”, la premisa central es una mente colmena de niños mentalmente superpoderosos que se convierten en una amenaza para la Humanidad. Sin embargo, el origen de esos seres es muy diferente en una y otra cinta. En la primera, eran claramente producto de una invasión silenciosa extraterrestre que, de algún modo, inseminaba a las mujeres de un pueblo y luego daban a luz a unos híbridos. En la que ahora nos ocupa, son simplemente una mutación genética, un salto evolutivo. El origen geográfico de los niños también cambia para ampliar la escala. Mientras que en la primera película todos nacían en el mismo pueblo inglés, en la segunda provienen de diferentes países (China, India, Nigeria, la URSS, EE. UU. y el Reino Unido), lo que le permite al guionista introducir la paranoia y tensiones de la Guerra Fría. Esta decisión, a su vez, elimina otro de los factores perturbadores de la película original: que todos los infantes eran intensa e imposiblemente rubios. Ahora tenemos un grupo étnicamente diverso, pero con el aspecto de niños normales y corrientes y que, por ende, no producen el mismo efecto por mucho que sus ojos también brillen cuando utilizan sus poderes. Incluso la ubicación ha cambiado, pasando de un pacífico ambiente rural cuya tranquilidad se ve alterada por un fenómeno incomprensible a un Londres gris e improbablemente vacío de vehículos y transeúntes.

 

Pero, sobre todo, lo que marca la principal diferencia entre ambas películas es el propósito de los niños. Aquí ya no son siniestramente malévolos, sino simplemente incomprendidos. Mientras que “El Pueblo de los Malditos” era una película de invasiones alienígenas al estilo de “La Invasión de los Ladrones de Cuerpos” (1956), “Los Hijos de los Malditos” es una fábula de CF antibelicista en la línea de “Ultimátum a la Tierra” (1951), advirtiendo del peligro de la xenofobia y los prejuicios siempre prestos a manifestarse ante la presencia de cualquier ser percibido como diferente.

 

Este enfoque hace que “Los Hijos de los Malditos” sea una película mucho menos interesante que su predecesora, careciendo de la misma atmosfera siniestra y el mismo sentimiento de terror indefinido pero cierto. La trama arranca bien, con la sobria tensión característica de los thrillers británicos de los años 60. Pero el suspense empieza a ralentizarse conforme la historia se empantana tediosamente en el debate ético relativo al asesinato o salvación de los niños.

 

(ATENCIÓN: SPOILER) Estas disquisiciones morales no tendrían, per se, que haber sido algo negativo… de no haberlas convertido el guion en irrelevantes al desembocar en un final cobarde que esquiva posicionarse sobre los dilemas planteados por la situación. Y es que los niños resultan muertos por un estúpido accidente: el descuido de un soldado que, con un gesto, activa involuntariamente la orden de dinamitar la iglesia en la que se refugian los infantes. Es un final que permite salirse con la suya a la facción, digamos, paranoica, ya que se libra de los niños sin tener que decantarse por el asesinato violento, a la vez que rehúye el desafío conceptual que plantea la cuestión de si la Humanidad puede coexistir con una especie superior.

 

El plano científico está también muy mal trabajado. Hablar de sangre evolutivamente avanzada, con células sanguíneas de los niños que consumen las de humanos normales por mero contacto, es absurdo. Como también que los niños fabriquen un arma sónica letal a partir de un órgano de iglesia en mal estado. 

 

Pero quizá sea la carga política lo que impide que “Los Hijos de los Malditos” alcance el nivel de su predecesora. En “El Pueblo de los Malditos” ya podía identificarse cierto aire de paranoia, pero se presentaba más bien como un subtexto y la película seguía siendo, en esencia, una escalofriante historia de ciencia ficción y terror. Esta pseudosecuela, sin embargo, coloca en primer plano las dinámicas y temores de la Guerra Fría. Esto se refleja, primero, en el comportamiento impulsivo e irracional de los gobiernos, todos ansiosos por convertir a “sus” superniños en armas y protegerlos de las potencias enemigas; segundo, en cómo las autoridades siguen la “lógica” de destruir al adversario (en este caso, los niños) antes de que éste pueda hacer su movimiento; y, por último, por el mensaje del peligro que supone tener ejércitos bien armados y en continua tensión, ya que un simple error podría desencadenar una catástrofe indeseada. El plano final sobre el destornillador deja clara esta última advertencia.

 

No me molesta que las ficciones fantacientíficas incluyan crítica social o política, al contrario, es un género que se presta con facilidad a ello. Pero la cuestión es que prefiero que el mensaje se enhebre con mayor sutileza en el drama y no me lo tiren a la cara. Reconozco que, en ocasiones, no hay otra manera de hacerlo que ser demasiado brusco, sobre todo en películas de esta época, cuando la tensión era tan patente que supongo que los cineastas pensaron que debían ser muy claros en su mensaje aunque sea, como en este caso, en detrimento de los demás valores de la historia. 

 

Igualmente presente está el simbolismo y subtexto religiosos. Los niños se refugian del peligroso mundo de los humanos adultos en una iglesia, evocando la antigua noción de "santuario" (en cuyo interior se estaba a salvo de la ley de los hombres). El templo mismo, abandonado y deteriorado, bien podría ser una metáfora de la sustitución de la fe por la racionalidad que ha llevado a cabo la sociedad moderna. Y luego está la enigmática respuesta que Paul da a la pregunta de cuáles son sus intenciones: “Ser destruido". Esa declaración va más allá de la mera resignación a la derrota, como si su papel fuera el de servir de mártir a manos del hombre pecador. Subrayando esa metáfora de Cristo, uno de los niños, Rashid, es asesinado por los agentes que entran en la iglesia, velado por sus compañeros y luego resucitado (la analogía se rompe, eso sí, cuando Rashid muere, supuestamente de forma definitiva, al final junto al resto del grupo).  

 

Como sustituto de la religión, los hombres parecen rendir una fe ciega a un darwinismo científico. La supervivencia del más apto es un concepto que suena bien… hasta que aparece otra criatura más apta que uno mismo y con igual potencial de expansión. Los adultos de esta historia temen que los niños telépatas marquen el advenimiento de una raza superior que, eventualmente, eliminará al Homo sapiens. Esgrimiendo esta justificación y tratando de defender el futuro de su especie, los neoneandertales están dispuestos a eliminar a sus competidores, una idea que ya era vieja en la ciencia ficción y que, sin ir más lejos, el británico Olaf Stapledon había expuesto brillantemente en su novela “Juan Raro” (1935).

 

En la silla del director está Anton M. Leader, un bostoniano que debuta aquí en el formato cinematográfico tras acumular una extensa carrera dirigiendo episodios de múltiples series de televisión de todos los géneros, incluidas dos entregas de “La Dimensión Desconocida”. En un año dominado en la taquilla por “Mary Poppins” o “My Fair Lady”, “Los Hijos de los Malditos” tuvo un desempeño comedido, recuperando la modesta inversión con beneficios y logrando mantener vivo el interés por el cine de ciencia ficción británico de la época. Sin embargo, o Leader no quedó satisfecho con la experiencia o no lo estuvieron sus productores con él, porque ya sólo volvió a dirigir otra película más, dedicando el resto de su carrera a la televisión, dirigiendo episodios de series tan variadas como “Perdidos en el Espacio”, “La isla de Gilligan”, “Superagente 86”, “Star Trek”, “Ironside” o “Hawaii 5-0”, por nombrar solo algunas. Se retiró en 1976, falleciendo doce años después a los 74 años.

 

Otro problema que impide que la película sea más de lo que es, reside en el reparto, compuesto de actores solventes, pero ninguno del calibre y carisma de George Sanders en la primera película. Personalmente, eso me dificultó identificarme con ninguno de los protagonistas aun cuando los actores que los encarnan hagan un trabajo encomiable, sobre todo Ian Hendry, que consigue darle a su psicólogo una personalidad bien diferenciada respecto a la de su colega. En cuanto a los niños, tampoco ofrecen un ancla emocional para el espectador por mucho que se les quiera presentar como víctimas. Ello es debido a que, como en la película original, carecen de personalidad propia y son más bien una entidad singular compuesta por varios individuos. Siempre tienen la misma cara inexpresiva, sin reflejar emoción alguna y, de los seis, sólo tres pronuncian unas cuantas frases.

 

Conceptual y artísticamente, no puede decirse que “Los Hijos de los Malditos” sea una mala película, pero, desde luego sí considerablemente inferior a “El Pueblo de los Malditos”. En el lado positivo, es una cinta técnicamente correcta, con una dirección adecuada, una afinada fotografía en blanco y negro e inquietantes planos de las calles de Londres y el interior de la iglesia abandonada. Los actores, si bien no tienen personajes muy sofisticados con los que lucirse, cumplen su función. El guion no carece de diálogos y discusiones inteligentes, y el diferente enfoque que le da al material original es interesante. Sin embargo, la historia tiende a quedar empantanada por el comentario político y, al abrir el foco y hacer que los niños sean más víctimas que monstruos, pierde atmósfera y suspense.

 

No se acerque nadie aquí esperando encontrar una secuela de “El Pueblo de los Malditos”, aunque para quien disfrutara tanto de ésta como del libro de Wyndham, puede resultar de interés ver una variación sobre el mismo tema siempre que no sitúe muy altas sus expectativas.

 

 

 

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