domingo, 1 de marzo de 2026

1962- BARBARELLA – Jean Claude Forest

 


En la actualidad, Francia es justificadamente famosa por su abundante y sofisticada cultura del cómic, gran parte de cuya producción está dirigida a un público adulto. Sus guionistas y dibujantes gozan de reconocimiento e incluso celebridad en algunos casos. La calidad y cantidad de álbumes publicados ha seguido una trayectoria ascendente desde hace muchos años y su aceptación como medio narrativo y artístico en todos los ámbitos culturales ha quedado refrendada por importantes exposiciones en galerías e instituciones así como por un museo en la localidad de Angulema, donde además se celebra un prestigioso festival internacional.

 

Pero no siempre fue así. Es fácil olvidar que, hace no tanto tiempo, Francia fue indiferente cuando no claramente hostil al comic norteamericano, estableciendo además para el autóctono controles estrictos que hoy denominaríamos “censura”. En ese contexto, las ocho aventuras originales de “Barbarella”, recopiladas en un álbum "solo para adultos" en 1964, representaron un desafío no sólo al sistema de censura sino a la visión tradicional del comic como algo exclusivamente dirigido a niños y jóvenes.

 

Para poder comprender la importancia que tuvo “Barbarella”, conviene retroceder hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Fue aquel un momento de conservadurismo social que veía con alarma el auge de la delincuencia juvenil, producto, entre otras cosas del daño que el conflicto infligió a la economía y las familias tanto europeas como norteamericanas. Determinados círculos expresaron vehementemente su preocupación por la perjudicial influencia que ciertos productos culturales podrían tener sobre la infancia. Al fin y al cabo, los niños son el futuro.

 

Pero en lugar de abordar las raíces del problema, complejas y ramificadas en muchos niveles, los políticos, apoyados por ciertos grupos de interés buscaron chivos expiatorios en los medios de comunicación y, en particular, en el más vulnerable: los comics. En Estados Unidos, ansiosos por evitar la intromisión del gobierno, la mayoría de los editores se agruparon en 1954 para financiar su propio organismo regulador, el infame Comics Code Authority, que impuso límites rigurosos al contenido, paralizando su evolución y retrasando décadas su madurez. En Gran Bretaña, las editoriales que importaban comics norteamericanos y los publicaban a bajo precio, eran demasiado pequeñas y dispares como para defender o autorregular sus productos, lo cual llevó a que fuera el gobierno quien lo hiciera por ellas, promulgando en 1955 la Children and Young Persons (Harmful Publications) Act.

 

Francia actuó todavía con mayor rapidez, estableciendo una comisión reguladora estatal y una legislación especial. Fue el Partido Comunista el que, en fecha tan temprana como el 20 de mayo de 1947, propuso una restricción legal a los “excesos” de los cómics estadounidenses y aquellos autóctonos en la misma línea. Como ya dije, este tipo de movimientos obedecieron a las preocupantes cifras de delincuencia juvenil. En 1946, los tribunales galos habían condenado a 31.000 menores, el triple que en 1936. Aquella propuesta no generó ninguna investigación, pero en marzo de 1948 el gobierno inició sus propias consultas para redactar una ley que organizara el control de las publicaciones destinadas a los jóvenes. Tras un intenso debate y varias modificaciones, el 16 de julio de 1949 se aprobó el texto de una ley que prohibía cualquier publicación que “presentara de forma favorable delitos, robos, pereza, cobardía, odio, libertinaje o cualquier acto calificado como delito o falta, o que desmoralizara a niños o jóvenes”. En fin, que a la infancia-juventud, había que protegerla encerrándola en una burbuja de ficción amable.

 

El día anterior, el autor de comic Alain Saint-Ogan (uno de los pioneros del medio en Europa), como presidente del Sindicato de Autores e Ilustradores de Revistas Infantiles, escribió a los legisladores para advertirles de que eliminar una proporción mínima de material extranjero en las revistas nacionales supondría una catástrofe para los dibujantes franceses. Así que, finalmente, se eliminó la propuesta para una cuota que exigía un mínimo del 75 % de material francés en la producción total de las publicaciones amparadas por la ley, sustituyéndola por una cláusula que tipificaba como delito vender a menores de 18 años publicaciones que “representaran un peligro para la juventud por su carácter licencioso o pornográfico”.

 

Jean-Claude Forest, que había entrado en la industria en 1949, contando veinte años, era muy consciente de las restricciones que imperaban en el mercado del cómic francés de posguerra y que le obligaban a dibujar, con un estilo dinámico y desenfadado, guiones necesariamente inofensivos para el semanario comunista” Vaillant” (posteriormente rebautizado como “Pif Gadget”), o una serie de álbumes de Charlot inspirados en Charlie Chaplin. En uno de ellos, de 1960, titulado “Charlot Pionero Interplanetario”, con guion de Roland De Montaubert, el inconfundible personaje, en un planeta alienígena, se enamora y le propone matrimonio a una mujer con aire de Brigitte Bardot. Ésta acepta tener hijos con él, pero antes de que puedan casarse, estalla la guerra con otro planeta y Charlot es reclutado a la fuerza.

 

La pasión de Forest por la ciencia ficción resurgiría en posteriores historietas de Charlot, desde un encuentro con robots hasta un viaje a la Luna. Mayor libertad encontró el autor en la revista de “Fiction”, lanzada en 1953 como edición francesa de la norteamericana “The Magazine of Fantasy & Science Fiction”. En sus páginas podía encontrarse contenido variado, incluyendo cuentos de Asimov, Bradbury o Dick, pero también firmados por autores franceses, así como ensayos sobre cine, literatura y arte. Aunque no existía un cupo oficial que exigiera contenido en francés, los editores decidieron no utilizar las portadas originales estadounidenses y encargaron a Forest la producción de nuevas ilustraciones para las cubiertas, en las que a menudo mostraba hermosas mujeres. También contribuyó con ilustraciones interiores, incluyendo una reimpresión profusamente ilustrada, en el número de verano de 1955, de la historia “Shambleau”, que Catherine L. Moore había publicado originalmente en “Weird Tales”, en 1933. Se trataba de un giro de la leyenda de Medusa, presentando una seductora criatura de formas femeninas que hipnotizaba y devoraba a sus víctimas volviéndolas adictas al éxtasis sexual. Unos años más tarde, Forest revisitaría y reinventaría el mito de Medusa para su segundo episodio de Barbarella.

 

Como coleccionista y aficionado, Forest era un gran conocedor y entusiasta de la ciencia ficción estadounidense tanto contemporánea como anterior a su época. En 1958, comenzó a ilustrar casi la mitad de las portadas a color del sello de ciencia ficción de la editorial Hachette, “Le Rayon Fantastique”, con un estilo que oscilaba entre lo tradicional y la abstracción surrealista e incorporando también aquí con frecuencia atractivas figuras femeninas.

 

Y así, el origen de “Barbarella” en la mente de Forest estuvo en su deseo de combinar ciencia ficción y cómic por medio de una protagonista femenina fuerte, algo que ya tenía precedentes tanto en el comic de prensa estadounidense como en los comic-books. Por ejemplo, en el “Flash Gordon” de Alex Raymond, la glamurosa Dale Arden era la eterna novia en apuros del héroe. “Buck Rogers” tenía a la algo más audaz Wilma Deering” y en la serie Dan Dare”, de Frank Hampson, que se publicaba en la revista británica “Eagle”, la profesora Peabody era una brillante científica, aunque Hampson se tuvo que conformar con retratarla siempre como una mujer remilgada e incluso asexualizada dado que ese semanario lo editaba el reverendo Marcus Morris. Una protagonista femenina atractiva y activa que también pudo haber llamado la atención de Forest fue “Connie”, una tira de prensa publicada entre 1927 y 1944 y creada por Frank Godwin. Su ingeniosa protagonista, Connie Kurridge, apareció publicada en Francia bajo diversos nombres.

 

En 1940, la editorial neoyorquina Fiction House diversificó su catálogo, compuesto principalmente de revistas pulp, para incorporar los muy populares y recién nacidos comic-books. Aquel mismo año, escindió su cabecera de ciencia ficción “Planet Stories” para convertirlo en “Planet Comics”. En sus historietas, las mujeres seguían siendo retratadas como damiselas en peligro, ataviadas con modelitos ajustados y reveladores. Ahí tenemos, por ejemplo, a  “Gale Allen and the Girl Squadron”, una mera excusa para mostrar a un grupo de chicas atractivas. Gale y sus comandos (también conocidas como “Girl Patrol” y, durante los años de la Segunda Guerra Mundial, como “Women´s Space Battalion”) llevaban las obligatorias minifaldas mientras recorrían las rutas espaciales persiguiendo piratas o esclavistas alienígenas. A menudo resultaban capturadas por monstruos grimosos o robots de aspecto libidinoso.

 

Una notable excepción dentro del catálogo de personajes de “Planet Stories” fue “Mysta de la Luna”. Descrita en su primera historia como “una chica esbelta, sola contra la fuerza más perversa del universo”, no tardó en rellenar sus esbelteces con formas más rotundas. Mysta fue presentada en 1945, durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, y a lo largo de 28 historias acreditadas a “Ross Gallun” (un seudónimo), se trasladó de su ciudad lunar a la Tierra, donde, disfrazada de la humilde “técnica de laboratorio de tercer grado”, Ana Thane, luchó contra monstruos y villanos, ayudada por su capa de invisibilidad y su robot controlado telepáticamente. Dependiendo del dibujante que se ocupara de ella, Mysta llevaba un uniforme diferente de un número al siguiente, pero todos parecían fabricados con caucho vulcanizado. Es interesante que uno de los artistas que trabajaron en las series de Mysta y Gale Allen fuera Frances (Fran) Hopper, una mujer y, por tanto, una rareza en el mundo de los dibujantes de comics de los años cuarenta

 

Independientemente de su influencia, todas las precursoras mencionadas eran muy diferentes de la heroína de ciencia ficción que Jean-Claude Forest ideó en 1962 para Georges H. Gallet, editor tanto del sello “Le Rayon Fantastique” como de la revista trimestral para hombres “V-Magazine”. Forest recordó posteriormente los orígenes de Barbarella: “Un día [Gallet] me preguntó si quería hacer un comic para él, ¡sin restricciones! Me había pedido que hiciera una especie de Tarzán femenina, Tarzella, pero esa idea no me interesó especialmente. Lo que hice fue crear a Barbarella. Durante los dos años siguientes, a un ritmo de ocho páginas cada tres meses, conté sus aventuras, dejándome llevar por la inspiración, sin ninguna planificación previa”.

 

“Barbarella”, por tanto, debutó en el número de primavera de 1962, en las páginas de “V-Magazine”, una publicación que no estaba sujeta a la normativa censora propias de las revistas de comic juveniles ni contaba con un régimen interno de autocensura. Esa libertad se puso de manifiesto inmediatamente, empezando por su diseño conceptual y gráfico. Forest la presentó como una mujer inteligente y con principios y criterio propios, sensible, pacifista y sensual. La Reina Tuerta de Sogo la describía como "Venus personificada", con "un rostro tan puro como el de una virgen vestal, pero más deseable que todas las prostitutas de Sogo". Como si fuera una versión espacial de “Los viajes de Gulliver” (1726), la imaginativa y juguetona serie de Forest contaba las aventuras de la viajera espacial en el planeta Lythion y sus interacciones con los extraños nativos.

 

En aquella época, la cultura del cómic estaba experimentando en Francia una transformación que a no mucho tardar se demostraría trascendental. Parte de la revolución cultural que estaba viviendo el mundo occidental consistió en la puesta en valor de los formatos populares, apareciendo por primera vez estudios profundos sobre el comic, su historia y lenguaje. La confirmación y culminación de ese proceso de dignificación del medio llegó con la celebración, en 1967, de una exposición antológica en el mismísimo Museo del Louvre.

 

Los autores más inquietos encontraron en ese caldo de cultivo el momento perfecto para reafirmarse artística e ideológicamente en oposición a la mayoritaria escuela tradicional del comic, empeñada en confinarlo en el ámbito infantil-juvenil. En ese contexto, Forest participó, junto con el director de cine Alain Resnais, en la primera organización de aficionados al cómic, Le Club des Bandes Dessinées, en 1962. Forest también formó parte del equipo editorial de la revista de esa asociación, “Giff Wiff”.

 

Otro miembro activo del Club fue el editor francés de origen belga Eric Losfeld, cuya editorial, “Le Terrain Vague” (traducción francesa de su apellido germánico, que significa "páramo"), se especializaba en literatura erótica y fantástica. En 1964, Losfeld se puso de acuerdo con Forest para recopilar las historias de Barbarella aparecidas en la “V-Magazine” en un libro de lujo, con tapa dura y gran tamaño, destinado exclusivamente a un público adulto. Esto supuso toda una novedad, y muy arriesgada, además, en el mundo del cómic europeo. En 1969, Losfeld recordaría: “De los 600 libros que he publicado en 20 años, seis me metieron en problemas con la Comisión de Vigilancia, y el primero de ellos fue Barbarella”.

 

La ley de 1949 prohibía la exhibición pública de aquel álbum. Sin embargo, recibió excelentes críticas y, tras una modesta tirada inicial, llegó a vender 200.000 ejemplares. “Barbarella” demostró que existía un público para los cómics más adultos editados en formatos más caros. La prohibición francesa que afectaba a “Barbarella” nunca se levantó, y en reediciones posteriores, Forest revisaría su obra, haciéndola más o menos contenida para adaptarla a la época que tocara. Por ejemplo, en la versión publicada para la película de 1968, con la fotografía de Jane Fonda en la portada, el comic era menos explícito, mientras que ediciones posteriores revelarían incluso más que la original. Su atractivo erótico fue a menudo destacado por los medios, pero para Forest este fue solo uno de los aspectos tras su éxito. Desconcertado por la atención que suscitaba el sexo, comentó en la revista “(À suivre)” en 1984: "Donde yo veía humor y la expresión de la libertad, ellos solo veían el trasero".

 

En “Barbarella”, la odisea galáctica se mezcló con un frescor sexual revolucionario para su tiempo. Forest creó una heroína que, bajo la apariencia de Brigitte Bardot, rescataba el espíritu de las protagonistas de la escritora Colette: jóvenes de una sensualidad natural y despreocupada. Esta versión de la “mujer-niña” estaba en perfecta sintonía con las nuevas tendencias de la cultura popular y la narrativa erótica contemporánea. En 1962, Barbarella exhibía una actitud de notable liberación sexual. No es que no le interesara el amor, pero si no podía encontrarlo, se conformaba y disfrutaba con el sexo sin sentirse por ello culpable.

 

Ahora bien, aunque a menudo se la quiere presentar como una campeona feminista y adalid de la liberación sexual de aquellos años, siempre queda claro que es producto de una fantasía masculina, con propuestas sexuales articuladas en diálogos toscos y superficiales, excusas flojas para coitos que transcurren fuera de plano, múltiples maneras para desnudar a la protagonista y una sensualidad tosca. Así y todo, el éxito de su faceta provocadora a veces dejó en segundo plano la riqueza poética e incluso surrealista de las historias, que se materializaba, por ejemplo, en máquinas con sentimientos o figuras místicas. Curiosamente, fue esta esencia lírica la que se perdió en la adaptación cinematográfica de 1968, protagonizada por Jane Fonda y en la que su director, Roger Vadim, priorizó el espectáculo sobre la sensibilidad del cómic original.

 

No son pocos los críticos y comentaristas que ensalzan esta obra por unas virtudes que, a mi juicio, no tiene más allá de su importancia cultural y su espíritu pionero en la transformación del comic europeo. Hoy no es tan sencillo encontrar valores artísticos o narrativos plenamente objetivos que trasciendan su época. Lo que en su momento fue novedoso y experimental, ha quedado superado por multitud de trabajos posteriores que, quizá no habrían sido posibles sin “Barbarella”, pero que sí ofrecen propuestas más sofisticadas en todos los ámbitos. Barbarella corre de un peligro a otro, deteniéndose solo para tener encuentros sexuales, y si bien las amenazas o el entorno, como he dicho, están concebidos con imaginación y cierto espíritu lírico, el problema reside en el arte de Forest.

 

Forest trabaja con un trazo descuidado y tosco que más parece apto para un abocetado y que no hace justicia ni a la supuesta belleza de la heroína ni al exotismo de los parajes alienígenas o los propios elementos de ciencia ficción. Algunas viñetas individuales son excelentes, pero, en su mayoría, los diseños suelen ser demasiado básicos y no se le da bien distinguir los rasgos de los personajes o las criaturas fantásticas, dibujados de forma esquemática mientras evolucionan por paisajes escasamente trabajados. También es posible que esta aproximación gráfica fuera deliberada, una suerte de rebeldía contestataria contra la tradición estética del comic franco-belga, que exigía de sus dibujantes realistas un acabado muy detallado.

 

Aunque no sea un comic que brille por sus virtudes artísticas, hay que reconocer que “Barbarella” fue la vanguardia de una ola de heroínas de cómic sexualmente liberadas que empezaron a desfilar por el comic europeo en los años 60. La propia “V-Magazine” publicó en 1965 “Scarlett Dream”, de Claude Moliterni y Robert Gigi, y “Blanche Epiphanie”, de Jacques Lob y Georges Pichard, mientras que Losfeld también publicó ediciones en tapa dura de las aventuras pop art de “Jodelle” y “Pravda”, del belga Guy Peellaert. Por una feliz coincidencia, el número de octubre de 1962 de “Playboy” había presentado a “Annie Fanny”, de Harvey Kurtzman y Will Elder, aunque ésta solía ser una protagonista más reactiva que activa, una mujer ingenua que respondía al tópico de “rubia tonta”.

 

“Barbarella” llegó a Estados Unidos en 1964, a través de la revista “Evergreen Review”, una de las publicaciones literarias y contraculturales más influyentes del siglo XX que sirvió como puente entre la vanguardia europea y la generación "Beat" estadounidense. En el número siguiente, de agosto-septiembre de 1964, Michael O'Donoghue y Frank Springer presentaron a su fantasía erótica femenina, “Phoebe Zeit-Geist”, inspirada en la novela “Candy” (1957) de Terry Southern. Este último fue la elección natural para escribir el guion de la adaptación cinematográfica de “Barbarella”.

 

Entre las otras "hermanas" espirituales de Barbarella, podemos citar, en Francia, la enérgica compañera de Valérian, Laureline. En Bélgica, Walthery creó a la azafata “Natacha”. Estados Unidos tuvo a “Vampirella” y “Sally Forth”; Gran Bretaña a “Modesty Blaise”, “Varoomshka”, “Wanda la Perversa” y “Scarth en el Año 2195”. Los italianos pudieron leer las aventuras de Satanik, Jacula, Isabella y Valentina. E incluso los rusos tuvieron su heroína underground (creada por un checo, eso sí): Octobriana. Lo que es difícil ignorar es que todos estos personajes fueron creados por hombres, aunque Trina Robbins diseñó el revelador vestuario de Vampirella y la escritora Jo Addams escribió la tira de Scarth.

 

Jean-Claude Forest creó muchos otros personajes, pero fue “Barbarella” la que marcó su obra y su vida. Hasta su muerte en 1998, trabajó como consultor en un proyecto de animación del estudio Nelvana y colaborando con Jean-Marc y Randy Lofficier en un nuevo cómic estadounidense del personaje. Mientras se concretan y cancelan sucesivos planes para la heroína espacial (desde una película frustrada de Robert Rodríguez a una serie de televisión producida por Nicolas Winding Refn), nunca es tarde para descubrir, o redescubrir, la icónica creación de Forest: una estrella brillante, hermosa y de espíritu libre en el universo de la CF.

 

 

 

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