En la actualidad, Francia es justificadamente famosa por su abundante y sofisticada cultura del cómic, gran parte de cuya producción está dirigida a un público adulto. Sus guionistas y dibujantes gozan de reconocimiento e incluso celebridad en algunos casos. La calidad y cantidad de álbumes publicados ha seguido una trayectoria ascendente desde hace muchos años y su aceptación como medio narrativo y artístico en todos los ámbitos culturales ha quedado refrendada por importantes exposiciones en galerías e instituciones así como por un museo en la localidad de Angulema, donde además se celebra un prestigioso festival internacional.
Pero no siempre
fue así. Es fácil olvidar que, hace no tanto tiempo, Francia
fue indiferente cuando
no claramente hostil al comic norteamericano, estableciendo además para el
autóctono controles estrictos que hoy denominaríamos “censura”. En ese
contexto, las ocho aventuras originales de “Barbarella”, recopiladas en un
álbum "solo para adultos" en 1964, representaron un desafío no sólo
al sistema de censura sino a la visión tradicional del comic como algo
exclusivamente dirigido a niños y jóvenes.
Para poder comprender la importancia que tuvo “Barbarella”, conviene retroceder hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Fue aquel un momento de conservadurismo social que veía con alarma el auge de la delincuencia juvenil, producto, entre otras cosas del daño que el conflicto infligió a la economía y las familias tanto europeas como norteamericanas. Determinados círculos expresaron vehementemente su preocupación por la perjudicial influencia que ciertos productos culturales podrían tener sobre la infancia. Al fin y al cabo, los niños son el futuro.
Pero en lugar
de abordar las raíces del problema, complejas y ramificadas en muchos niveles,
los políticos, apoyados por ciertos grupos de interés buscaron chivos
expiatorios en los medios de comunicación y, en particular, en el más
vulnerable: los comics. En Estados Unidos, ansiosos por evitar la intromisión
del gobierno, la mayoría de los editores se agruparon en 1954 para financiar su
propio organismo regulador, el infame Comics Code Authority, que impuso límites
rigurosos al contenido, paralizando su evolución y retrasando décadas su
madurez. En Gran Bretaña, las editoriales que importaban comics norteamericanos
y los publicaban a bajo precio, eran demasiado pequeñas y dispares como para
defender o autorregular sus productos, lo cual llevó a que fuera el gobierno
quien lo hiciera por ellas, promulgando en 1955 la Children and Young Persons
(Harmful Publications) Act.
Francia actuó
todavía con mayor rapidez, estableciendo una comisión regu
ladora estatal y una
legislación especial. Fue el Partido Comunista el que, en fecha tan temprana como
el 20 de mayo de 1947, propuso una restricción legal a los “excesos” de los
cómics estadounidenses y aquellos autóctonos en la misma línea. Como ya dije,
este tipo de movimientos obedecieron a las preocupantes cifras de delincuencia
juvenil. En 1946, los tribunales galos habían condenado a 31.000 menores, el
triple que en 1936. Aquella propuesta no generó ninguna investigación, pero en
marzo de 1948 el gobierno inició sus propias consultas para redactar una ley
que organizara el control de las publicaciones destinadas a los jóvenes. Tras
un intenso debate y varias modificaciones, el 16 de julio de 1949 se aprobó el
texto de una ley que prohibía cualquier publicación que “presentara de forma favorable delitos, robos, pereza, cobardía, odio,
libertinaje o cualquier acto calificado como delito o falta, o que
desmoralizara a niños o jóvenes”. En fin, que a la infancia-juventud, había
que protegerla encerrándola en una burbuja de ficción amable.
El día
anterior, el autor de comic Alain Saint-Ogan (uno de los pioneros del medio en
Europa), como presidente del Sindicato de Autores e Ilustradores de Revistas
Infantiles, escribió a los legisladores para advertirles de que eliminar una
proporción
mínima de material extranjero en las revistas nacionales supondría una
catástrofe para los dibujantes franceses. Así que, finalmente, se eliminó la
propuesta para una cuota que exigía un mínimo del 75 % de material francés en
la producción total de las publicaciones amparadas por la ley, sustituyéndola
por una cláusula que tipificaba como delito vender a menores de 18 años
publicaciones que “representaran un
peligro para la juventud por su carácter licencioso o pornográfico”.
Jean-Claude Forest, que había entrado en la industria en 1949, contando veinte años, era muy consciente de las restricciones que imperaban en el mercado del cómic francés de posguerra y que le obligaban a dibujar, con un estilo dinámico y desenfadado, guiones necesariamente inofensivos para el semanario comunista” Vaillant” (posteriormente rebautizado como “Pif Gadget”), o una serie de álbumes de Charlot inspirados en Charlie Chaplin. En uno de ellos, de 1960, titulado “Charlot Pionero Interplanetario”, con guion de Roland De Montaubert, el inconfundible personaje, en un planeta alienígena, se enamora y le propone matrimonio a una mujer con aire de Brigitte Bardot. Ésta acepta tener hijos con él, pero antes de que puedan casarse, estalla la guerra con otro planeta y Charlot es reclutado a la fuerza.
La pasión de
Forest por la ciencia ficción resurgiría en posteriores historietas de Charlot,
desde un encuentro con robots hasta un viaje a la Luna. Mayor libertad encontró
el autor en la revista de “Fiction”, lanzada en 1953 como edición
francesa de
la norteamericana “The Magazine of Fantasy & Science Fiction”. En sus
páginas podía encontrarse contenido variado, incluyendo cuentos de Asimov,
Bradbury o Dick, pero también firmados por autores franceses, así como ensayos
sobre cine, literatura y arte. Aunque no existía un cupo oficial que exigiera
contenido en francés, los editores decidieron no utilizar las portadas
originales estadounidenses y encargaron a Forest la producción de nuevas ilustraciones
para las cubiertas, en las que a menudo mostraba hermosas mujeres. También
contribuyó con ilustraciones interiores, incluyendo una reimpresión
profusamente ilustrada, en el número de verano de 1955, de la historia
“Shambleau”, que Catherine L. Moore había publicado originalmente en “Weird Tales”, en 1933. Se trataba de un giro de la leyenda de Medusa, presentando una
seductora criatura de formas femeninas que hipnotizaba y devoraba a sus
víctimas volviéndolas adictas al éxtasis sexual. Unos años más tarde, Forest
revisitaría y reinventaría el mito de Medusa para su segundo episodio de
Barbarella.
Como
coleccionista y aficionado, Forest era un gran conocedor y entusiasta de la
ciencia ficción estadounidense tanto contemporánea como anterior a su época. En
1958, comenzó a ilustrar casi la mitad de las portadas a color del sello de
ciencia ficción de la editorial Hachette, “Le Rayon Fantastique”, con un estilo
que oscilaba entre lo tradicional y la abstracción surrealista e incorporando
también aquí con frecuencia atractivas figuras femeninas.
Y así, el
origen de “Barbarella” en la mente de Forest estuvo en su deseo de combinar
ciencia ficción y cómic por medio de una protagonista femenina fuerte, algo que
ya tenía precedentes tanto en el comic de prensa estadounidense como en los
comic-books. Por ejemplo, en el “Flash Gordon” de Alex Raymond, la glamurosa Dale
Arden era la eterna novia en apuros del héroe. “Buck Rogers” tenía a la algo
más audaz Wilma Deering” y en la serie “Dan Dare”, de Frank Hampson, que se
publicaba en la revista británica “Eagle”, la profesora Peabody era una
brillante científica, aunque Hampson se tuvo que conformar con retratarla
siempre como una mujer remilgada e incluso asexualizada dado que ese semanario lo
editaba el reverendo Marcus Morris. Una protagonista femenina atractiva y
activa que también pudo haber llamado la atención de Forest fue “Connie”, una
tira de prensa publicada entre 1927 y 1944 y creada por Frank Godwin. Su
ingeniosa protagonista, Connie Kurridge, apareció publicada en Francia bajo
diversos nombres.
En 1940, la
editorial neoyorquina Fiction House diversificó su catálogo, compuesto
principalmente de revistas pulp, para incorporar los muy populares y recién
nacidos comic-books. Aquel mismo año, escindió su cabecera de ciencia ficción “Planet
Stories” para convertirlo en “Planet Comics”. En sus historietas, las mujeres
seguían siendo retratadas como damiselas en peligro, ataviadas con modelitos
ajustados y
reveladores. Ahí tenemos, por ejemplo, a “Gale Allen and the Girl Squadron”, una mera
excusa para mostrar a un grupo de chicas atractivas. Gale y sus comandos
(también conocidas como “Girl Patrol” y, durante los años de la Segunda Guerra
Mundial, como “Women´s Space Battalion”) llevaban las obligatorias minifaldas
mientras recorrían las rutas espaciales persiguiendo piratas o esclavistas
alienígenas. A menudo resultaban capturadas por monstruos grimosos o robots de
aspecto libidinoso.
Una notable
excepción dentro del catálogo de personajes de “Planet Stories” fue “Mysta de la
Luna”. Descrita en su primera historia como “una chica esbelta, sola contra la
fuerza más perversa del universo”, no tardó en rellenar sus esbelteces con
formas más rotundas. Mysta fue presentada en 1945, durante los últimos meses de
la Segunda Guerra Mundial, y a lo largo de 28 historias acreditadas a “Ross
Gallun” (un seudónimo), se trasladó de su ciudad lunar a la Tierra, don
de,
disfrazada de la humilde “técnica de laboratorio de tercer grado”, Ana Thane,
luchó contra monstruos y villanos, ayudada por su capa de invisibilidad y su
robot controlado telepáticamente. Dependiendo del dibujante que se ocupara de
ella, Mysta llevaba un uniforme diferente de un número al siguiente, pero todos
parecían fabricados con caucho vulcanizado. Es interesante que uno de los
artistas que trabajaron en las series de Mysta y Gale Allen fuera Frances
(Fran) Hopper, una mujer y, por tanto, una rareza en el mundo de los dibujantes
de comics de los años cuarenta
Independientemente
de su influencia, todas las precursoras mencionadas eran muy diferentes de la
heroína de ciencia ficción que Jean-Claude Forest ideó en 1962 para Georges H.
Gallet, editor tanto del sello “Le Rayon Fantastique” como de la revista
trimestral para hombres “V-Magazine”. Forest recordó posteriormente los orígenes
de Barbarella: “Un día [Gallet] me preguntó si quería hacer un comic para
él, ¡sin restricciones! Me había pedido que h
iciera una especie de Tarzán
femenina, Tarzella, pero esa idea no me interesó especialmente. Lo que hice fue
crear a Barbarella. Durante los dos años siguientes, a un ritmo de ocho páginas
cada tres meses, conté sus aventuras, dejándome llevar por la inspiración, sin
ninguna planificación previa”.
“Barbarella”, por tanto, debutó en el número de primavera de 1962, en las páginas de “V-Magazine”, una publicación que no estaba sujeta a la normativa censora propias de las revistas de comic juveniles ni contaba con un régimen interno de autocensura. Esa libertad se puso de manifiesto inmediatamente, empezando por su diseño conceptual y gráfico. Forest la presentó como una mujer inteligente y con principios y criterio propios, sensible, pacifista y sensual. La Reina Tuerta de Sogo la describía como "Venus personificada", con "un rostro tan puro como el de una virgen vestal, pero más deseable que todas las prostitutas de Sogo". Como si fuera una versión espacial de “Los viajes de Gulliver” (1726), la imaginativa y juguetona serie de Forest contaba las aventuras de la viajera espacial en el planeta Lythion y sus interacciones con los extraños nativos.
En aquella
época, la cultura del cómic estaba experimentando en Francia una
transformación
que a no mucho tardar se demostraría trascendental. Parte de la revolución
cultural que estaba viviendo el mundo occidental consistió en la puesta en
valor de los formatos populares, apareciendo por primera vez estudios profundos
sobre el comic, su historia y lenguaje. La confirmación y culminación de ese
proceso de dignificación del medio llegó con la celebración, en 1967, de una
exposición antológica en el mismísimo Museo del Louvre.
Los autores más inquietos encontraron en ese caldo de cultivo el momento perfecto para reafirmarse artística e ideológicamente en oposición a la mayoritaria escuela tradicional del comic, empeñada en confinarlo en el ámbito infantil-juvenil. En ese contexto, Forest participó, junto con el director de cine Alain Resnais, en la primera organización de aficionados al cómic, Le Club des Bandes Dessinées, en 1962. Forest también formó parte del equipo editorial de la revista de esa asociación, “Giff Wiff”.
Ot
ro miembro activo
del Club fue el editor francés de origen belga Eric Losfeld, cuya editorial, “Le
Terrain Vague” (traducción francesa de su apellido germánico, que significa
"páramo"), se especializaba en literatura erótica y fantástica. En
1964, Losfeld se puso de acuerdo con Forest para recopilar las historias de
Barbarella aparecidas en la “V-Magazine” en un libro de lujo, con tapa dura y gran
tamaño, destinado exclusivamente a un público adulto. Esto supuso toda una
novedad, y muy arriesgada, además, en el mundo del cómic europeo. En 1969,
Losfeld recordaría: “De los 600 libros
que he publicado en 20 años, seis me metieron en problemas con la Comisión de
Vigilancia, y el primero de ellos fue Barbarella”.
La ley de 1949
prohibía la exhibición pública de aquel álbum. Sin embargo, recibió excelentes
críticas y, tras una modesta tirada inicial, llegó a vender 200.000 ejemplares.
“Barbarella” demostró que existía un público para los cómics más adultos
editados en formatos más caros. La prohibic
ión francesa que afectaba a “Barbarella”
nunca se levantó, y en reediciones posteriores, Forest revisaría su obra,
haciéndola más o menos contenida para adaptarla a la época que tocara. Por
ejemplo, en la versión publicada para la película de 1968, con la fotografía de
Jane Fonda en la portada, el comic era menos explícito, mientras que ediciones
posteriores revelarían incluso más que la original. Su atractivo erótico fue a
menudo destacado por los medios, pero para Forest este fue solo uno de los
aspectos tras su éxito. Desconcertado por la atención que suscitaba el sexo, comentó
en la revista “(À suivre)” en 1984: "Donde
yo veía humor y la expresión de la libertad, ellos solo veían el trasero".
En “Barbarella”,
la odisea galáctica se mezcló con un frescor sexual revolucionario para su
tiempo. Forest creó una heroína que, bajo la apariencia de Brigitte Bardot,
rescataba el espíritu de las protagonistas de la escritora Colette: jóvenes de
una sensualidad natural y despreocupada. Esta versión de la “mujer-niña” estaba
en perfecta sintonía con las nuevas tendencias de la cultura pop
ular y la
narrativa erótica contemporánea. En 1962, Barbarella exhibía una actitud de
notable liberación sexual. No es que no le interesara el amor, pero si no podía
encontrarlo, se conformaba y disfrutaba con el sexo sin sentirse por ello
culpable.
Ahora bien, aunque a menudo se la quiere presentar como una campeona feminista y adalid de la liberación sexual de aquellos años, siempre queda claro que es producto de una fantasía masculina, con propuestas sexuales articuladas en diálogos toscos y superficiales, excusas flojas para coitos que transcurren fuera de plano, múltiples maneras para desnudar a la protagonista y una sensualidad tosca. Así y todo, el éxito de su faceta provocadora a veces dejó en segundo plano la riqueza poética e incluso surrealista de las historias, que se materializaba, por ejemplo, en máquinas con sentimientos o figuras místicas. Curiosamente, fue esta esencia lírica la que se perdió en la adaptación cinematográfica de 1968, protagonizada por Jane Fonda y en la que su director, Roger Vadim, priorizó el espectáculo sobre la sensibilidad del cómic original.
No son pocos
los críticos y comentaristas que ensalzan esta obra por unas virtudes
que, a mi
juicio, no tiene más allá de su importancia cultural y su espíritu pionero en
la transformación del comic europeo. Hoy no es tan sencillo encontrar valores
artísticos o narrativos plenamente objetivos que trasciendan su época. Lo que
en su momento fue novedoso y experimental, ha quedado superado por multitud de
trabajos posteriores que, quizá no habrían sido posibles sin “Barbarella”, pero
que sí ofrecen propuestas más sofisticadas en todos los ámbitos. Barbarella corre
de un peligro a otro, deteniéndose solo para tener encuentros sexuales, y si
bien las amenazas o el entorno, como he dicho, están concebidos con imaginación
y cierto espíritu lírico, el problema reside en el arte de Forest.
Forest trabaja
con un trazo descuidado y tosco que más parece apto para un abocetado y que no
hace justicia ni a la supuesta belleza de la heroína ni al exotismo de los
parajes alienígenas o los propios elementos de ciencia ficción. Algunas viñetas
individuales s
on excelentes, pero, en su mayoría, los diseños suelen ser demasiado
básicos y no se le da bien distinguir los rasgos de los personajes o las
criaturas fantásticas, dibujados de forma esquemática mientras evolucionan por
paisajes escasamente trabajados. También es posible que esta aproximación
gráfica fuera deliberada, una suerte de rebeldía contestataria contra la
tradición estética del comic franco-belga, que exigía de sus dibujantes realistas
un acabado muy detallado.
Aunque no sea
un comic que brille por sus virtudes artísticas, hay que reconocer que “Barbarella”
fue la vanguardia de una ola de heroínas de cómic sexualmente liberadas que
empezaron a desfilar por el comic europeo en los años 60. La propia “V-Magazine”
publicó en 1965 “Scarlett Dream”, de Claude Moliterni y Robert Gigi, y “Blanche
Epiphanie”, de Jacques Lob y Georges Pichard, mientras que Losfeld también
publicó ediciones en tapa dura de las aventuras pop art de “Jodelle” y “Pravda”,
del belga Guy Peellaert. Por una feliz coincidencia, el número de octubre de
1962 de “Playboy” había presentado a “Annie Fanny”, de Harvey Kurtzman y
Will
Elder, aunque ésta solía ser una protagonista más reactiva que activa, una
mujer ingenua que respondía al tópico de “rubia tonta”.
“Barbarella” llegó a Estados Unidos en 1964, a través de la revista “Evergreen Review”, una de las publicaciones literarias y contraculturales más influyentes del siglo XX que sirvió como puente entre la vanguardia europea y la generación "Beat" estadounidense. En el número siguiente, de agosto-septiembre de 1964, Michael O'Donoghue y Frank Springer presentaron a su fantasía erótica femenina, “Phoebe Zeit-Geist”, inspirada en la novela “Candy” (1957) de Terry Southern. Este último fue la elección natural para escribir el guion de la adaptación cinematográfica de “Barbarella”.
E
ntre las otras
"hermanas" espirituales de Barbarella, podemos citar, en Francia, la
enérgica compañera de Valérian, Laureline. En Bélgica, Walthery creó a la
azafata “Natacha”. Estados Unidos tuvo a “Vampirella” y “Sally Forth”; Gran
Bretaña a “Modesty Blaise”, “Varoomshka”, “Wanda la Perversa” y “Scarth en el
Año 2195”. Los italianos pudieron leer las aventuras de Satanik, Jacula,
Isabella y Valentina. E incluso los rusos tuvieron su heroína underground
(creada por un checo, eso sí): Octobriana. Lo que es difícil ignorar es que
todos estos personajes fueron creados por hombres, aunque Trina Robbins diseñó
el revelador vestuario de Vampirella y la escritora Jo Addams escribió la tira
de Scarth.
Jean-Claude Forest creó muchos otros personajes, pero fue “Barbarella” la que marcó su obra y su vida. Hasta su muerte en 1998, trabajó como consultor en un proyecto de animación del estudio Nelvana y colaborando con Jean-Marc y Randy Lofficier en un nuevo cómic estadounidense del personaje. Mientras se concretan y cancelan sucesivos planes para la heroína espacial (desde una película frustrada de Robert Rodríguez a una serie de televisión producida por Nicolas Winding Refn), nunca es tarde para descubrir, o redescubrir, la icónica creación de Forest: una estrella brillante, hermosa y de espíritu libre en el universo de la CF.

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