miércoles, 25 de marzo de 2026

1971- A VUESTROS CUERPOS DISPERSOS – Philip José Farmer



¿Existe la vida después de la muerte? Es una pregunta que muchos escritores se han planteado desde que el hombre tiene capacidad para pensar. Si bien la respuesta puede ser afirmativa para quienes crean en la existencia de una vida más allá de la actual, cómo sea ésta depende completamente de su fe. Nos gusta consolarnos pensando que en el más allá existe un sistema en virtud del cual los buenos son recompensados y los malos castigados. Otras religiones sostienen que esta vida ya es un infierno, y que, si pasamos a un siguiente nivel tras morir, éste será un lugar mejor; pero si no hemos aprendido las lecciones necesarias, nos reencarnaremos para vivir otra vida diferente en este plano. Para otros, la idea no está tan estructurada. Pueden desear que haya un final feliz, pero sin tener claro cuál es.

 

Y, dado que la humanidad lleva tanto tiempo reflexionando sobre la vida después de la muerte, es inevitable que existan abundantes obras literarias sobre el tema. Muchas son de carácter filosófico, otras tantas de corte religioso y también las hay, por supuesto, de ficción, todas tratando de explicarnos qué hay más allá de la vida que conocemos. La Ciencia Ficción no ha sido ajena a ese interés, proponiendo todo tipo de historias que explican la “transcendencia” bien utilizando argumentos casi sobrenaturales, apelando quizá a algún tipo de poder más allá de nuestro entendimiento; bien científica, como en el caso de la transferencia digital del “alma-mente” a un entorno virtual.

 

Pero ¿y si todos estamos equivocados? ¿Y si, incluso quienes no creen en la vida después de la muerte, descubren que sí la hay? ¿Y si existe, pero no se parece en nada a lo que todas las culturas de la Historia han imaginado? ¿Y si esa vida fuera algo mucho más que la simple dicha eterna que prometen tantos sistemas de creencias? ¿Y si siguiéramos siendo tan humanos -es decir, tan imperfectos, débiles y frágiles psicológicamente- como lo fuimos en vida? Ese enfoque es el que nos ofrece “A Vuestros Cuerpos Dispersos”, de Philip José Farmer.

 

En la segunda mitad de la década de los sesenta, Farmer revolucionó la literatura de aventuras con su tetralogía original de “World of Tiers” ("El Mundo de los Niveles"), una saga que no fue solo un producto destinado al mero escapismo sino un sofisticado ejercicio de construcción de mundos que entrelazaba la acción desenfrenada con una reflexión intelectual sobre la naturaleza de la realidad y el poder.

 

En ella se presentaba una cosmogonía de universos alternativos creados por los Señores, seres humanos decadentes que utilizaban una tecnología tan avanzada que resultaba indistinguible de la magia para diseñar sus propios cosmos privados. El paso entre estos niveles se realizaba mediante "puertas" interdimensionales, un recurso que permitía a Farmer rendir homenaje al espíritu de las revistas pulp de los años 20, recreando selvas imposibles y civilizaciones exóticas que remitían directamente a las aventuras salidas de la imaginación de Edgar Rice Burroughs. Pero mientras que su John Carter era un sujeto pasivo, transportado a Marte por un misticismo que aceptaba sin cuestionar, el héroe de Farmer, el inmortal Paul Janus Finnegan, alias Kickaha, poseía una mentalidad moderna y analítica y no se limitaba a sobrevivir a los peligros, sino que su motivación principal era el deseo de desentrañar la mecánica detrás de los mundos por los que viajaba; quería comprender quiénes eran los "Señores", cómo funcionaba su tecnología y cuál era el propósito oculto tras la arquitectura de esos universos.

 

Esta misma fórmula, una variación intelectual de la de Burroughs, la utilizaría Farmer otra vez en la novela que ahora nos ocupa y que ganó el Premio Hugo en 1972.

 

La historia del legendario explorador victoriano Richard Francis Burton no termina con su último suspiro en Trieste en 1890. Al contrario, su muerte es solo el prólogo de un enigma cósmico. Tras un instante de oscuridad, despierta en un limbo aterrador en el que flota desnudo rodeado de interminables hileras de cuerpos humanos en suspensión, algunos todavía en proceso de formación. Su instinto de supervivencia provoca un caos en esa "fábrica de humanos", atrayendo la atención de unos vigilantes en naves voladoras que lo dejan inconsciente antes de que pueda comprender la magnitud de lo que ve.

 

Cuando vuelve a abrir los ojos, el escenario ha cambiado drásticamente. Se encuentra en las riberas de un río que parece no tener fin. A su alrededor, la Humanidad al completo —desde el primer homínido hasta el último hombre del siglo XXI, todos con una edad superior a los cinco años— ha sido devuelta a la vida, más de 36.000 millones de seres. Independientemente de la edad a la que murieran y el estado físico o mental en que se encontraran en ese momento, todos han recuperado una juventud perfecta (aproximadamente 25 años), están desprovistos de vello corporal y completamente desnudos. Cada individuo despierta con un cilindro metálico personal, su única pertenencia en este nuevo y desconcertante hogar.

 

Pronto queda claro que este mundo no es un paraíso místico, sino una megaestructura tecnológica. El planeta es un laberinto de valles encajonados por montañas infranqueables, diseñado para que un único río serpentee por toda su superficie.

 

La supervivencia de los “recién nacidos” depende de unas "setas de piedra" gigantescas distribuidas a intervalos regulares a lo largo de la ribera y cerca de las montañas que la flanquean. Al colocar los cilindros metálicos sobre ellas, un mecanismo avanzado de conversión de energía en materia los provee de comida, tabaco, alcohol y ropa básica. Sin embargo, la escasez de metales en el suelo impide cualquier desarrollo tecnológico rápido, condenando a la humanidad a una nueva y eterna Edad de Piedra.

 

Fiel a su espíritu inquieto y recuperada su capacidad de liderazgo, Burton forma una alianza con un grupo variopinto que incluye a Alice Liddell, la mujer que inspiró la Alicia de Lewis Carroll; Kazz, un Neandertal dotado de una fuerza y nobleza primordiales; una niña gala; Peter Frigate, un escritor del siglo XX (y posible alter ego del propio Farmer); y Monat, un extraterrestre cuya llegada a la Tierra desencadenó, irónicamente, el fin de nuestra especie.

 

La mayoría de los humanos, satisfechos con que sus necesidades básicas queden cubiertas, se contentan simplemente con volver a vivir. Otros, sin embargo, ven la situación como una oportunidad para hacerse con el poder y la riqueza que tuvieron en la vida anterior o de la que nunca disfrutaron pero siempre ambicionaron. Así, las diferentes comunidades caen rápidamente en los viejos vicios, creando estados esclavistas o enzarzándose en sangrientas luchas de poder tribal.

 

Sin embargo, Richard Burton solo quiere saber qué está pasando y le atormenta una pregunta: ¿por qué solo él recuerda haber despertado antes de tiempo en la cámara de los cuerpos flotantes? Molesto por la sensación de estar siendo manipulado, negándose a ser un peón en un tablero ajeno y recuperado su espíritu explorador, construye un catamarán y, junto a sus camaradas, se lanza a navegar Río arriba con la esperanza de descubrir el origen del mismo y encontrar por el camino algunas respuestas. Durante meses y luego años, recorren la vía de agua, contactando a veces con sociedades pacíficas y otras con hostiles, extraídas de diferentes momentos de la Historia humana.

 

Tras ser hechos prisioneros y luego escapar de las garras de un estado totalitario liderado por el infame Hermann Göring, Kazz hace notar a Burton que sus sentidos hiperdesarrollados han detectado individuos que portan una marca invisible para el resto: los Agentes o "Éticos", observadores infiltrados que vigilan este experimento social. Burton comprende que él supone un cabo suelto en un plan maestro y que estos constructores lo buscan para eliminar sus recuerdos. Llega a la conclusión de que la única forma de resolver el enigma de su existencia es encontrar el nacimiento del Río por el drástico procedimiento de enfrentarse a la muerte una y otra vez, algo que en este mundo solo implica reaparecer en otra zona del planeta.

 

En primer lugar, hay que decir que, aunque la premisa de partida de Farmer parezca original, no lo es tanto. Su creador fue alguien que consiguió algo tan inusual como que un subgénero literario llevara su apellido. John Kendrick Bangs (1862-1922) fue un humorista y editor estadounidense que en 1895 publicó “A House-Boat on the Styx (“Una Casa Flotante en el Estigia”). En la embarcación del título, las almas de los muertos no padecen tormentos eternos, sino que se han organizado en un club exclusivo para caballeros en cuyos salones charlan William Shakespeare y Francis Bacon sobre quién escribió realmente sus obras, o Noé quejándose de que en su arca no cabían los dinosaurios. El mítico barquero del Hades, temiendo que la Casa Flotante le quite el negocio de transportar almas, termina aceptando el empleo de conserje y administrador. Bangs utiliza a figuras como Napoleón, Julio César, Confucio o Mozart para burlarse de las pretensiones humanas. El conflicto no es el clásico del Bien contra el Mal, sino las rencillas sociales y los debates filosóficos de salón. La apacible existencia de esas almas masculinas queda perturbada cuando cuando las mujeres famosas de la Historia exigen entrar en el club, lo que genera un debate sobre el "sufragio" en el más allá.

 

En 1952, Farmer recogió esa idea, que conforma la base de lo que se ha venido en llamar Fantasía Bangsiana (un escenario en el más allá poblado por figuras históricas), y la pasó por el tamiz de la CF en “I Owe for the Flesh” (“Debo la Carne”), una novela de 150.000 palabras destinada a un concurso literario. Ganó el primer premio (4.000 dólares, una fortuna por entonces), pero la editorial, Shasta Publishers, quebró y entró en disputas legales. El editor, Melvin Korshak, cogió el dinero para pagar deudas de la editorial en lugar de dárselo a Farmer y el manuscrito original quedó "atrapado" en el litigio, considerándose perdido durante décadas.

 

En aquella novela, todos los seres humanos que han vivido en la Tierra despiertan a la vez en las orillas de un río interminable en un planeta desconocido. Todos tienen cuerpos de 25 años, están sanos y no tienen vello corporal. No hay dioses, sino una tecnología incomprensible y el protagonista es un tal Peter Jairos Frigate (cuyas iniciales son las del propio Philip José Farmer). La humanidad debe convivir (desde neandertales hasta humanos del siglo XX) mientras buscan a los "Éticos", los creadores de ese mundo. El to
no era mucho más denso y filosófico y se exploraba de forma más cruda la resurrección física y la "deuda" que los humanos tenían con sus misteriosos benefactores.

 

Farmer no pudo publicar la historia original, pero no estaba dispuesto a prescindir de una buena idea así que, años después, la recicló cambiando al protagonista original por Richard Burton y dividiendo la trama global en segmentos más cortos. El resultado fue "A Vuestros Cuerpos Dispersos". En cuanto al manuscrito original, a principios de los 80, alguien encontró en un garaje una copia mecanografiada de una versión no pulida. Farmer la revisó y finalmente la publicó en 1983 bajo el título "River of Eternity". Por cierto, que Farmer llegó a vengarse literariamente del editor que le robó el dinero, convirtiéndolo en un personaje que sufre bastante en los libros de Mundo del Río

 

Cuando empiezo a leer un libro, doy por sentado que el autor sabe hacia dónde va a llevar la historia y que tiene razonablemente perfilados a todos los personajes que pronuncian más de dos frases a lo largo de la novela, pero sobre todo al protagonista o protagonistas y a cualquier otro personaje secundario que pueda aparecer. No me importa que la historia divague o si algunos secundarios no alcanzan su máximo potencial, siempre y cuando la trama avance y los principales no resulten demasiado desagradables. Por desgracia, esos son problemas con los que sí carga “A Vuestros Cuerpos Dispersos”.

 

Uno de los puntos más débiles de la obra es el tratamiento de su elenco. Al recurrir a figuras históricas de gran calado, Farmer parece conformarse con retratarlos mediante un boceto esquemático y superficial. Los personajes son planos y poco memorables, más allá del breve reconocimiento de su época histórica o su contraparte en la vida real.

 

Sir Richard Francis Burton fue una de las figuras más fascinantes del siglo XIX, alguien extraordinario incluso para los estándares de nuestra época y, si hubiera vivido en el siglo XXI, probablemente hubiera sido tan célebre como lo fue en vida. Asumo que, en la ficción, es imposible recrear con exactitud la personalidad de cualquier figura histórica, pero sí espero que su caracterización tenga la misma profundidad y complejidad que la de cualquier otro personaje bien escrito. Y esto es especialmente cierto en el caso de gente tan supuestamente excéntrica como lo fue Burton, porque su personalidad extravagante y poco convencional hace que resulte fácil convertirlo en una caricatura. El problema es que Farmer no consigue salir airoso del desafío. Su caracterización de Burton es, francamente, bastante aburrida. Lo cual, a su vez, resulta decepcionante habida cuenta de lo interesante que fue la vida de ese explorador y erudito. Hay algo en su retrato que se siente superficial, como si Farmer se hubiera basado en información popular simplificada y un breve artículo de enciclopedia, improvisando el resto a partir de ahí.

 

En este mismo sentido, resulta algo frustrante que, de entre toda la historia de la Humanidad, el héroe y narrador sea un erudito explorador victoriano y el principal villano, un nazi. Creo que, incluso en 1971, ya debía de estar un poco manido usar a los nazis como encarnación de la maldad y la culpabilidad humanas. En favor del autor hay que admitir, con todo, que consigue superar esa reducción inicial y suscitar con Göring un interesante debate sobre la identidad y la culpabilidad.

 

Soy consciente de que las novelas de ciencia ficción deben analizarse adoptando la perspectiva de la época en que fueron escritas En este caso estamos hablando de los años 70, un momento en el que muchos escritores ya habían adoptado las nuevas sensibilidades hacia el tema de género, por no hablar del surgimiento de escritoras como Joanna Russ, Ursula K. Leguin o James Tiptree Jr. (Alice Sheldon). Pero Farmer parece inmune a las nuevas tendencias y no puede sustraerse a enfocar la narración desde el punto de vista de un hombre de los años 50, conservador en espíritu pero frustrado por no poder unirse a la emergente liberación sexual.

 

Así, el héroe y narrador equisciente, Burton, manifiesta suficientes actitudes y opiniones propias del típico caballero victoriano de ficción como para llegar a resultar irritante, particularmente en lo referente a su sexismo. Da la impresión de que Burton clasifica a cada mujer que conoce como mojigata, prostituta o molesta, y deja bien claro que tiene poco interés en ellas más allá del sexo. Sus incesantes referencias de Burton a los pechos o la belleza de cada mujer con la que se cruza, así como sus continuas muestras de intolerancia, pueden ser una representación realista de la actitud reinante hacia las mujeres en el siglo XIX, pero eso no lo hace menos cargante.

 

 

En un mundo en el que todos están desnudos, cada mujer y sólo las mujeres, son descritas por su figura, siendo ese su único valor en la historia. “Loghu tenía un trasero bellamente redondeado, sus posaderas eran como dos huevos”. “Ella era un producto de su sociedad. Como todas las mujeres, era lo que los hombres habían hecho de ella”. O este otro fragmento: “Aún cuando hubiera sido una prostituta, tenía derecho a ser tratada como un ser humano. Especialmente dado que afirmaba que era el hambre lo que la había llevado a la prostitución, aunque se mostrase algo escéptico al respecto”. Además, y esto no tiene que ver con la caracterización del personaje, la mayoría de las mujeres que aparecen por la trama tienen poca relevancia, limitándose mayormente a ser compañeras sexuales de los exploradores masculinos o víctimas de violaciones por parte de agresores externos al grupo protagonista.

 

Buena parte del impacto e interés de “A Vuestros Cuerpos Dispersos” reside en la evocación de su inmensidad, presentándonos un mundo alienígena donde un río con una longitud de 40 millones de kilómetros (más o menos la distancia de la Tierra a Venus), se enrosca sobre sí mismo como las entrañas de un gigante. A lo largo de sus orillas, habitan, medran y mueren una y otra vez los treinta y seis mil millones de personas que han existido desde el alba de los tiempos. Es una idea de una escala asombrosa en la cual el autor imbrica una maravillosa metáfora con la que refleja nuestra propia existencia aquí en la Tierra: al igual que Burton, queremos saber qué sucede, por qué y qué hay al final del Río-Vida.

 

En Mundo del Río conviven un sinfín de culturas humanas extraídas de toda la corriente histórica. Con tantas perspectivas y filosofías de vida distintas, y tantas figuras históricas reales en las que inspirarse, la premisa tiene un enorme potencial… que la novela no aprovecha. Para empezar, las diferentes culturas no parecen demasiado diferenciadas. Por ejemplo, un hombre de Neandertal es sorprendentemente similar en ideas, inteligencia y temperamento a un caballero victoriano. Podría haber sido una historia mucho más interesante no sólo si Farmer hubiera explorado las profundas diferencias de las cosmovisiones creadas por culturas tan separadas geográfica y temporalmente sino si hubiera insertado menos subtextos racistas.

 

Lo que sí hace la historia es ofrecer una mirada muy cínica de la inclinación humana hacia el conflicto. En un mundo donde todos se encuentran en absoluta igualdad de condiciones y en el que no existen el dolor, la enfermedad ni la escasez de comida, la gente comienza casi de inmediato a establecer jerarquías. A pesar de que las “setas” suministran regular y personalizadamente alimento, bebida, diferentes adminículos e incluso drogas, muchos recurren rápidamente a la fuerza para establecer desigualdades de riqueza y poder. Es una visión de la Humanidad tan pesimista como realista. Puede que el defecto esencial de nuestra especie no sea el pensamiento jerárquico, pero es innegable que muchas personas persiguen el poder por el poder mismo, no para controlar recursos limitados.

 

Por otra parte, la escritura de Farmer es frustrantemente desordenada. No siempre resulta fácil de seguir porque prescinde de una lógica básica, como si no pudiera ponerse en el lugar del lector. Tiende a saltar de una fase a otra sin una adecuada comprensión del flujo del tiempo y la acción. Los personajes entran y salen de la narración de una forma tan desorganizada que no queda claro quién está dónde ni cuándo, hacen súbitas declaraciones sin justificación alguna y suposiciones sobre los demás sin base sólida.

 

En fin, que, si bien el concepto inicial de Farmer es muy interesante, su ejecución deja mucho que desear. Ya desde el inicio queda claro que posiblemente todo sea una especie de gran experimento orquestado por, quizá, una civilización alienígena. Así que lo único que le queda al lector es la expectativa de descubrir quién está detrás de ese colosal montaje y a qué propósito obedece. Sin embargo, llegar a ese punto utiliza las tres cuartas partes del libro, produciéndose las revelaciones en el último cuarto, cuando el interés de la aventura ha decaído bastante a raíz de la salida de escena de todos los secundarios. Y esas revelaciones, encima, son completamente insuficientes, porque plantean todavía más misterios que obligan a leer la siguiente novela para saber qué sucede después.

 

Y es que, desafortunadamente, Farmer quedó tan seducido por el mundo que había creado que decidió prolongar la aventura más de lo recomendable, cayendo en el síndrome de las secuelas. En los años siguientes publicó “El Fabuloso Barco Fluvial” (1971), “El Oscuro Designio” (1977), “El Laberinto Mágico” (1980) y “Dioses del Mundo del Río” (1983) además de un par de antologías de cuentos ambientados en ese entorno. No es que fuera un viaje tedioso el de Burton hasta que, finalmente, descubrió qué tramaban los humanos con poderes divinos que habían construido ese planeta. Corrió muchas aventuras y se presentaron nuevos personajes, como Mark Twain, Jack London o Tom Mix. Pero ninguno de esos libros llegó a ser tan memorable como el primero. A excepción de la primera secuela, que cuenta cómo el impacto de un meteorito ferroso permite a la humanidad reconstruir una infraestructura industrial -rompiendo así la limitación de recursos del planeta-, el resto de la pentalogía padece de un agotamiento creativo evidente. El interés de la premisa descrita en el primer libro sólo podía diluirse al estirarse tanto y las secuelas caen en un bucle de iteraciones sobre las reglas ya establecidas, alargando la trama sin añadir capas de significado real hasta desembocar en un final que carece de la dignidad que el escenario merecía. En lugar de expandir el horizonte filosófico sugerido al inicio, la saga se pierde en una anticlimática resolución que apenas profundiza en lo que el lector ya intuía desde el principio.

 

Sin duda, lo mejor de “A Vuestros Cuerpos Dispersos” y aquello por lo que los aficionados pensaron que era merecedora del Hugo, es su excelente premisa y el misterio que de ella se desprende, los cuales no vienen apoyados por un desarrollo a la misma altura, adoptando un tono de aventura pulp que no encuentra momento ni manera de profundizar en los interesantes temas que Farmer plantea solo superficialmente. En último término, será cada lector quien deberá decidir si sus fortalezas compensan o no las debilidades apuntadas. Personalmente creo que, a pesar de las críticas que he vertido sobre la novela y que su final deje abiertos más misterios de los que había al comienzo, ofrece una aventura entretenida que, aunque sólo sea por su concepto inicial y la sensación de asombro que inspira, amerita una lectura.  

 


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