¿Existe la vida después de la muerte? Es una pregunta que muchos escritores se han planteado desde que el hombre tiene capacidad para pensar. Si bien la respuesta puede ser afirmativa para quienes crean en la existencia de una vida más allá de la actual, cómo sea ésta depende completamente de su fe. Nos gusta consolarnos pensando que en el más allá existe un sistema en virtud del cual los buenos son recompensados y los malos castigados. Otras religiones sostienen que esta vida ya es un infierno, y que, si pasamos a un siguiente nivel tras morir, éste será un lugar mejor; pero si no hemos aprendido las lecciones necesarias, nos reencarnaremos para vivir otra vida diferente en este plano. Para otros, la idea no está tan estructurada. Pueden desear que haya un final feliz, pero sin tener claro cuál es.
Y, dado que la humanidad lleva tanto tiempo reflexionando sobre la
vida despué
s de la muerte, es inevitable que existan abundantes obras
literarias sobre el tema. Muchas son de carácter filosófico, otras tantas de
corte religioso y también las hay, por supuesto, de ficción, todas tratando de explicarnos
qué hay más allá de la vida que conocemos. La Ciencia Ficción no ha sido ajena
a ese interés, proponiendo todo tipo de historias que explican la
“transcendencia” bien utilizando argumentos casi sobrenaturales, apelando quizá
a algún tipo de poder más allá de nuestro entendimiento; bien científica, como
en el caso de la transferencia digital del “alma-mente” a un entorno virtual.
Pero ¿y si todos estamos equivocados? ¿Y si, incluso quienes no creen en la vida después de la muerte, descubren que sí la hay? ¿Y si existe, pero no se parece en nada a lo que todas las culturas de la Historia han imaginado? ¿Y si esa vida fuera algo mucho más que la simple dicha eterna que prometen tantos sistemas de creencias? ¿Y si siguiéramos siendo tan humanos -es decir, tan imperfectos, débiles y frágiles psicológicamente- como lo fuimos en vida? Ese enfoque es el que nos ofrece “A Vuestros Cuerpos Dispersos”, de Philip José Farmer.
En la segund
a mitad de la década de los sesenta, Farmer revolucionó la
literatura de aventuras con su tetralogía original de “World of Tiers” ("El
Mundo de los Niveles"), una saga que no fue solo un producto destinado al
mero escapismo sino un sofisticado ejercicio de construcción de mundos que
entrelazaba la acción desenfrenada con una reflexión intelectual sobre la
naturaleza de la realidad y el poder.
En ell
a se presentaba una cosmogonía de universos alternativos creados
por los Señores, seres humanos decadentes que utilizaban una tecnología tan
avanzada que resultaba indistinguible de la magia para diseñar sus propios
cosmos privados. El paso entre estos niveles se realizaba mediante
"puertas" interdimensionales, un recurso que permitía a Farmer rendir
homenaje al espíritu de las revistas pulp de los años 20, recreando selvas
imposibles y civilizaciones exóticas que remitían directamente a las aventuras
salidas de la imaginación de Edgar Rice Burroughs. Pero mientras que su John
Carter era un sujeto pasivo, transportado a Marte por un misticismo que
aceptaba sin cuestionar, el héroe de Farmer, el inmortal Paul Janus Finnegan,
alias Kickaha, poseía una mentalidad moderna y analítica y no se limitaba a
sobrevivir a los peligros, sino que su motivación principal era el deseo de
desentrañar la mecánica detrás de los mundos por los que viajaba; quería
comprender quiénes eran los "Señores", cómo funcionaba su tecnología
y cuál era el propósito oculto tras la arquitectura de esos universos.
Esta misma fórmula, una variación intelectual de la de Burroughs, la utilizarí
a
Farmer otra vez en la novela que ahora nos ocupa y que ganó el Premio Hugo en
1972.
La historia del legendario explorador victoriano Richard Francis Burton no termina con su último suspiro en Trieste en 1890. Al contrario, su muerte es solo el prólogo de un enigma cósmico. Tras un instante de oscuridad, despierta en un limbo aterrador en el que flota desnudo rodeado de interminables hileras de cuerpos humanos en suspensión, algunos todavía en proceso de formación. Su instinto de supervivencia provoca un caos en esa "fábrica de humanos", atrayendo la atención de unos vigilantes en naves voladoras que lo dejan inconsciente antes de que pueda comprender la magnitud de lo que ve.
Cuando vuelve a abrir los ojos, el escenario ha cambiado
drásticamente. Se encuentra en las riberas de un río que parece no tener fin. A
su alrededor, la Humanidad al completo —desde el primer homínido hasta el
último hom
bre del siglo XXI, todos con una edad superior a los cinco años— ha
sido devuelta a la vida, más de 36.000 millones de seres. Independientemente de
la edad a la que murieran y el estado físico o mental en que se encontraran en
ese momento, todos han recuperado una juventud perfecta (aproximadamente 25
años), están desprovistos de vello corporal y completamente desnudos. Cada
individuo despierta con un cilindro metálico personal, su única pertenencia en
este nuevo y desconcertante hogar.
Pronto queda claro que este mundo no es un paraíso místico, sino una megaestructura tecnológica. El planeta es un laberinto de valles encajonados por montañas infranqueables, diseñado para que un único río serpentee por toda su superficie.
La supervivencia de los “recién nacidos” depende de unas "setas
de pi
edra" gigantescas distribuidas a intervalos regulares a lo largo de
la ribera y cerca de las montañas que la flanquean. Al colocar los cilindros
metálicos sobre ellas, un mecanismo avanzado de conversión de energía en
materia los provee de comida, tabaco, alcohol y ropa básica. Sin embargo, la
escasez de metales en el suelo impide cualquier desarrollo tecnológico rápido,
condenando a la humanidad a una nueva y eterna Edad de Piedra.
Fiel a su espíritu inquieto y recuperada su capacidad de liderazgo, Burton forma una alianza con un grupo variopinto que incluye a Alice Liddell, la mujer que inspiró la Alicia de Lewis Carroll; Kazz, un Neandertal dotado de una fuerza y nobleza primordiales; una niña gala; Peter Frigate, un escritor del siglo XX (y posible alter ego del propio Farmer); y Monat, un extraterrestre cuya llegada a la Tierra desencadenó, irónicamente, el fin de nuestra especie.
L
a mayoría de los humanos, satisfechos con que sus necesidades básicas
queden cubiertas, se contentan simplemente con volver a vivir. Otros, sin
embargo, ven la situación como una oportunidad para hacerse con el poder y la
riqueza que tuvieron en la vida anterior o de la que nunca disfrutaron pero
siempre ambicionaron. Así, las diferentes comunidades caen rápidamente en los
viejos vicios, creando estados esclavistas o enzarzándose en sangrientas luchas
de poder tribal.
Sin embargo, Richard Burton solo quiere saber qué está pasando y le
atormenta una pregunta: ¿por qué solo él recuerda haber despertado antes de
tiempo en la cámara de los cuerpos flotantes? Molesto por la sensación de estar
siendo manipulado, negándose a ser un peón en un tablero ajeno y recuperado su
espíritu explorador, construye un catamarán y, junto a sus camaradas, se lanza
a navegar Río arriba con la esperanza de descubrir el origen del mismo y
encontrar por el camino algunas respuestas. Durante meses y luego años,
recorren la vía de agua, conta
ctando a veces con sociedades pacíficas y otras
con hostiles, extraídas de diferentes momentos de la Historia humana.
Tras ser hechos prisioneros y luego escapar de las garras de un estado totalitario liderado por el infame Hermann Göring, Kazz hace notar a Burton que sus sentidos hiperdesarrollados han detectado individuos que portan una marca invisible para el resto: los Agentes o "Éticos", observadores infiltrados que vigilan este experimento social. Burton comprende que él supone un cabo suelto en un plan maestro y que estos constructores lo buscan para eliminar sus recuerdos. Llega a la conclusión de que la única forma de resolver el enigma de su existencia es encontrar el nacimiento del Río por el drástico procedimiento de enfrentarse a la muerte una y otra vez, algo que en este mundo solo implica reaparecer en otra zona del planeta.
En primer lugar, hay que decir que, aunque la premisa de partida de
Farmer parezca original, n
o lo es tanto. Su creador fue alguien que consiguió
algo tan inusual como que un subgénero literario llevara su apellido. John
Kendrick Bangs (1862-1922) fue un humorista y editor estadounidense que en 1895
publicó “A House-Boat on the Styx (“Una Casa Flotante en el Estigia”). En la
embarcación del título, las almas de los muertos no padecen tormentos eternos,
sino que se han organizado en un club exclusivo para caballeros en cuyos
salones charlan William Shakespeare y Francis Bacon sobre quién escribió
realmente sus obras, o Noé quejándose de que en su arca no cabían los
dinosaurios. El mítico barquero del Hades, temiendo que la Casa Flotante le
quite el negocio de transportar almas, termina aceptando el empleo de conserje
y administrador. Bangs utiliza a figuras como Napoleón, Julio César, Confucio o
Mozart para burlarse de las pretensiones humanas. El conflicto no es el clásico
del Bien contra el Mal, sino las rencillas sociales y los debates filosóficos
de salón. La apacible existencia de esas almas masculinas queda perturbada
cuando cuando las mujeres famosas de la Historia exigen entrar en el club, lo
que genera un debate sobre el "sufragio" en el más allá.
En 1952, Farmer recogió esa idea, que conforma la base de lo que se ha
ven
ido en llamar Fantasía Bangsiana (un escenario en el más allá poblado por figuras
históricas), y la pasó por el tamiz de la CF en “I Owe for the Flesh” (“Debo la
Carne”), una novela de 150.000 palabras destinada a un concurso literario. Ganó
el primer premio (4.000 dólares, una fortuna por entonces), pero la editorial, Shasta
Publishers, quebró y entró en disputas legales. El editor, Melvin Korshak, cogió
el dinero para pagar deudas de la editorial en lugar de dárselo a Farmer y el
manuscrito original quedó "atrapado" en el litigio, considerándose perdido
durante décadas.
En aquella novela, todos los seres humanos que han vivido en la Tierra
despiertan a la vez en las orillas de un río interminable en un planeta
desconocido. Todos tienen cuerpos de 25 años, están sanos y no tienen vello
corporal. No hay dioses, sino una tecnología incomprensible y el protagonista
es un tal Peter Jairos Frigate (cuyas iniciales son las del propio Philip José
Farmer). La humanidad debe convivir (desde neandertales hasta humanos del siglo
XX) mientras buscan a los "Éticos", los creadores de ese mundo. El
to
no era mucho más denso y filosófico y se exploraba de forma más cruda la
resurrección física y la "deuda" que los humanos tenían con sus
misteriosos benefactores.
Farmer no p
udo publicar la historia original, pero no estaba dispuesto
a prescindir de una buena idea así que, años después, la recicló cambiando al
protagonista original por Richard Burton y dividiendo la trama global en
segmentos más cortos. El resultado fue "A Vuestros Cuerpos Dispersos".
En cuanto al manuscrito original, a principios de los 80, alguien encontró en
un garaje una copia mecanografiada de una versión no pulida. Farmer la revisó y
finalmente la publicó en 1983 bajo el título "River of Eternity". Por
cierto, que Farmer llegó a vengarse literariamente del editor que le robó el
dinero, convirtiéndolo en un personaje que sufre bastante en los libros de
Mundo del Río
Cuando empiezo a leer un libro, doy por sentado que el autor sabe hacia
dónde va a llevar la historia y que tiene razonablemente perfilados a todos los
personajes que pronuncian más de dos frases a lo largo de la novela, pero sobre
todo al protagonista o protagonistas y a cualquier otro personaje secundario
que pueda aparecer. No me importa que la historia divague o si algunos
secundarios no alcanzan su máximo potencial, siempre y cuando la trama avance y
los principales no resulten demasiado desagradables. Por desgracia, esos son
problemas con los que sí carga “A Vuestros Cuerpos Dispersos”.
Uno de los puntos más débiles de la obra es el tratamiento de su elenco. Al recurrir a figuras históricas de gran calado, Farmer parece conformarse con retratarlos mediante un boceto esquemático y superficial. Los personajes son planos y poco memorables, más allá del breve reconocimiento de su época histórica o su contraparte en la vida real.
Si
r Richard Francis Burton fue una de las figuras más fascinantes del
siglo XIX, alguien extraordinario incluso para los estándares de nuestra época
y, si hubiera vivido en el siglo XXI, probablemente hubiera sido tan célebre
como lo fue en vida. Asumo que, en la ficción, es imposible recrear con
exactitud la personalidad de cualquier figura histórica, pero sí espero que su
caracterización tenga la misma profundidad y complejidad que la de cualquier
otro personaje bien escrito. Y esto es especialmente cierto en el caso de gente
tan supuestamente excéntrica como lo fue Burton, porque su personalidad
extravagante y poco convencional hace que resulte fácil convertirlo en una
caricatura. El problema es que Farmer no consigue salir airoso del desafío. Su
caracterización de Burton es, francamente, bastante aburrida. Lo cual, a su
vez, resulta decepcionante habida cuenta de lo interesante que fue la vida de
ese explorador y erudito. Hay algo en su retrato que se siente superficial,
como si Farmer se hubiera basado en información popular simplificada y un breve
artículo de enciclopedia, improvisando el resto a partir de ahí.
En este mismo sentido, resulta algo frustrante que, de entre toda la
historia d
e la Humanidad, el héroe y narrador sea un erudito explorador
victoriano y el principal villano, un nazi. Creo que, incluso en 1971, ya debía
de estar un poco manido usar a los nazis como encarnación de la maldad y la
culpabilidad humanas. En favor del autor hay que admitir, con todo, que
consigue superar esa reducción inicial y suscitar con Göring un interesante
debate sobre la identidad y la culpabilidad.
Soy consciente de que las novelas de ciencia ficción deben analizarse adoptando la perspectiva de la época en que fueron escritas En este caso estamos hablando de los años 70, un momento en el que muchos escritores ya habían adoptado las nuevas sensibilidades hacia el tema de género, por no hablar del surgimiento de escritoras como Joanna Russ, Ursula K. Leguin o James Tiptree Jr. (Alice Sheldon). Pero Farmer parece inmune a las nuevas tendencias y no puede sustraerse a enfocar la narración desde el punto de vista de un hombre de los años 50, conservador en espíritu pero frustrado por no poder unirse a la emergente liberación sexual.
Así,
el héroe y narrador equisciente, Burton, manifiesta suficientes
actitudes y opiniones propias del típico caballero victoriano de ficción como
para llegar a resultar irritante, particularmente en lo referente a su sexismo.
Da la impresión de que Burton clasifica a cada mujer que conoce como mojigata,
prostituta o molesta, y deja bien claro que tiene poco interés en ellas más
allá del sexo. Sus incesantes referencias de Burton a los pechos o la belleza
de cada mujer con la que se cruza, así como sus continuas muestras de
intolerancia, pueden ser una representación realista de la actitud reinante hacia
las mujeres en el siglo XIX, pero eso no lo hace menos cargante.
En un mundo en el que todos están desnudos, cada mujer y sólo las
mujeres, son descritas por su figura, siendo ese su único valor en la historia.
“Loghu tenía un trasero bellamente
redondeado, sus posaderas eran como dos huevos”. “Ella era un producto de su sociedad. Como todas las mujeres, era lo que
los hombres habían hecho de ella”. O este otro fragmento: “Aún cuando hubiera sido una prostituta,
tenía derecho a ser tratada como un ser humano. Especialmente dado que afirmaba
que
era el hambre lo que la había llevado a la prostitución, aunque se mostrase
algo escéptico al respecto”. Además, y esto no tiene que ver con la
caracterización del personaje, la mayoría de las mujeres que aparecen por la
trama tienen poca relevancia, limitándose mayormente a ser compañeras sexuales
de los exploradores masculinos o víctimas de violaciones por parte de agresores
externos al grupo protagonista.
Buena parte del impacto e interés de “A Vuestros Cuerpos Dispersos” reside en la evocación de su inmensidad, presentándonos un mundo alienígena donde un río con una longitud de 40 millones de kilómetros (más o menos la distancia de la Tierra a Venus), se enrosca sobre sí mismo como las entrañas de un gigante. A lo largo de sus orillas, habitan, medran y mueren una y otra vez los treinta y seis mil millones de personas que han existido desde el alba de los tiempos. Es una idea de una escala asombrosa en la cual el autor imbrica una maravillosa metáfora con la que refleja nuestra propia existencia aquí en la Tierra: al igual que Burton, queremos saber qué sucede, por qué y qué hay al final del Río-Vida.
En
Mundo del Río conviven un sinfín de culturas humanas extraídas de
toda la corriente histórica. Con tantas perspectivas y filosofías de vida
distintas, y tantas figuras históricas reales en las que inspirarse, la premisa
tiene un enorme potencial… que la novela no aprovecha. Para empezar, las
diferentes culturas no parecen demasiado diferenciadas. Por ejemplo, un hombre
de Neandertal es sorprendentemente similar en ideas, inteligencia y
temperamento a un caballero victoriano. Podría haber sido una historia mucho
más interesante no sólo si Farmer hubiera explorado las profundas diferencias
de las cosmovisiones creadas por culturas tan separadas geográfica y
temporalmente sino si hubiera insertado menos subtextos racistas.
Lo que sí hace la historia es ofrecer una mirada muy cínica de la
inclinación humana hacia el conflicto. En un mundo donde todos se encuentran en
absoluta igualdad de condiciones y en el que no existen el dolor, la enfermedad
ni la escasez de comida, la gente comienza c
asi de inmediato a establecer jerarquías.
A pesar de que las “setas” suministran regular y personalizadamente alimento,
bebida, diferentes adminículos e incluso drogas, muchos recurren rápidamente a
la fuerza para establecer desigualdades de riqueza y poder. Es una visión de la
Humanidad tan pesimista como realista. Puede que el defecto esencial de nuestra
especie no sea el pensamiento jerárquico, pero es innegable que muchas personas
persiguen el poder por el poder mismo, no para controlar recursos limitados.
Por otra parte, la escritura de Farmer es frustrantemente desordenada. No siempre resulta fácil de seguir porque prescinde de una lógica básica, como si no pudiera ponerse en el lugar del lector. Tiende a saltar de una fase a otra sin una adecuada comprensión del flujo del tiempo y la acción. Los personajes entran y salen de la narración de una forma tan desorganizada que no queda claro quién está dónde ni cuándo, hacen súbitas declaraciones sin justificación alguna y suposiciones sobre los demás sin base sólida.
E
n fin, que, si bien el concepto inicial de Farmer es muy interesante,
su ejecución deja mucho que desear. Ya desde el inicio queda claro que
posiblemente todo sea una especie de gran experimento orquestado por, quizá,
una civilización alienígena. Así que lo único que le queda al lector es la
expectativa de descubrir quién está detrás de ese colosal montaje y a qué
propósito obedece. Sin embargo, llegar a ese punto utiliza las tres cuartas
partes del libro, produciéndose las revelaciones en el último cuarto, cuando el
interés de la aventura ha decaído bastante a raíz de la salida de escena de
todos los secundarios. Y esas revelaciones, encima, son completamente
insuficientes, porque plantean todavía más misterios que obligan a leer la
siguiente novela para saber qué sucede después.
Y es que, desafortunadamente, Farmer quedó tan seducido por el mundo
que había creado que decidió prolongar la aventura más de lo recomendable,
cayendo en el síndrome de las secuelas. En los años siguientes pu
blicó “El
Fabuloso Barco Fluvial” (1971), “El Oscuro Designio” (1977), “El Laberinto Mágico”
(1980) y “Dioses del Mundo del Río” (1983) además de un par de antologías de cuentos
ambientados en ese entorno. No es que fuera un viaje tedioso el de Burton hasta
que, finalmente, descubrió qué tramaban los humanos con poderes divinos que
habían construido ese planeta. Corrió muchas aventuras y se presentaron nuevos
personajes, como Mark Twain, Jack London o Tom Mix. Pero ninguno de esos libros
llegó a ser tan memorable como el primero. A excepción de la primera secuela,
que cuenta cómo el impacto de un meteorito ferroso permite a la humanidad
reconstruir una infraestructura industrial -rompiendo así la limitación de
recursos del planeta-, el resto de la pentalogía padece de un agotamiento
creativo evidente. El interés de la premisa descrita en el primer libro sólo
podía diluirse al estirarse tanto y las secuelas caen en un bucle de
iteraciones sobre las reglas ya establecidas, alargando la trama sin añadir
capas de significado real hasta desembocar en un final que carece de la
dignidad que el escenario merecía. En lugar de expandir el horizonte filosófico
sugerido al inicio, la saga se pierde en una a
nticlimática resolución que
apenas profundiza en lo que el lector ya intuía desde el principio.
Sin duda, lo mejor de “A Vuestros Cuerpos Dispersos” y aquello por lo que los aficionados pensaron que era merecedora del Hugo, es su excelente premisa y el misterio que de ella se desprende, los cuales no vienen apoyados por un desarrollo a la misma altura, adoptando un tono de aventura pulp que no encuentra momento ni manera de profundizar en los interesantes temas que Farmer plantea solo superficialmente. En último término, será cada lector quien deberá decidir si sus fortalezas compensan o no las debilidades apuntadas. Personalmente creo que, a pesar de las críticas que he vertido sobre la novela y que su final deje abiertos más misterios de los que había al comienzo, ofrece una aventura entretenida que, aunque sólo sea por su concepto inicial y la sensación de asombro que inspira, amerita una lectura.

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