El director francés Alexandre Aja fue haciéndose un nombre en el cine de géneo ya desde su segundo film, el sangriento “Alta Tensión” (2003), con el que dio el pistoletazo de salida al movimiento conocido como “Nuevo Extremismo Francés”. Los norteamericanos no tardaron en fijarse en él y lo contrataron para el remake de “Las Colinas Tienen Ojos” (2006), uno de las pocas actualizaciones interesantes de las varias que se hicieron por entonces con viejos títulos de terror. A partir de ahí, ha trabajado dentro de Hollywood como director y productor, centrándose, sobre todo, en el cine terrorífico con títulos como “Reflejos” (2008), “Piraña 3D” (2010), “Cuernos” (2013), “La Resurrección de Louis Drax” (2016) o “Infierno Bajo el Agua” (2019). En julio de 2020, justo cuando Francia salía de su primer confinamiento estricto a causa de la pandemia de Covid-19, Aja comenzó el rodaje de la que quizá es su mejor película hasta la fecha.
“Oxígeno”, un guion de debut de Christie LeBlanc (quien no
ha vuelto a hac
er nada desde entonces) y que recordaba a “Buried” (2010), estuvo
años circulando por los despachos de Hollywood sin que ningún estudio se
decidiera a rodarlo y, de hecho, apareció en la Black List de 2016 (la lista de
los mejores guiones no producidos en esa industria). Originalmente, el proyecto
se titulaba “O2” y tuvo nombres muy conocidos asociados al papel protagonista,
como Anne Hathaway o Noomi Rapace. Finalmente, fue Netflix la que decidió
probar suerte. En ese momento buscaba contenido internacional y el guion era
perfecto para la época de la pandemia: un solo personaje, un solo escenario y
un rodaje que permitía cumplir protocolos sanitarios estrictos. Con este
rodaje, Aja demostró que podía hacer milagros con presupuestos ajustados y
espacios cerrados.
Una mujer (Melanie Laurent) despierta en una cápsula
criogénica, conectada a varias sondas y monitores. No recuerda quién es ni por
qué está allí. M.I.L.O., la IA que la atiende, se refiere a ella solo como
Ómicron 267. Intenta salir, pero no tiene los códigos de acceso del
administrador necesarios para tal acción. Lo que sí puede es acceder a internet
y hacer llamadas telefónicas. De esta manera, log
ra identificarse por su ADN
como Elizabeth Hansen, una reputada científica especializada en criogenia. A
continuación y a través de M.I.L.O., contacta con la policía para que localicen
al fabricante y obtengan los códigos de acceso. Y no tiene mucho tiempo porque,
por la misma avería indeterminada que la ha despertado de su estado de
criogenización, las reservas de oxígeno están descendiendo rápidamente y en menos
de una hora habrá muerto. ¿Está en un hospital? ¿Quizá bajo tierra? ¿Qué pasará
si intenta escapar? ¿Cuánto tiempo lleva allí? ¿Lo que invade su mente son
recuerdos o delirios?
Existe un buen montón de películas que han utilizado la
criogenia con diversos fines, pero pocas en las que esta
tecnología/procedimiento sea un elemento c
entral de la trama. “Oxígeno” es una
de ellas. Además de la mencionada “Buried”, podríamos considerar como su más
directo referente o inspiración al film “Air” (2015), protagonizado por Norman
Reedus y Djimon Hounsou como cuidadores criogenizados que despiertan y tienen
90 minutos de aire antes de regresar a sus cápsulas. Allí descubren que una de
ellas está rota y deben decidir quién vive y quién muere. De la misma forma, en
“Oxígeno”, Alexandre Aja crea una tensión palpable con la cuenta regresiva de
las reservas de oxígeno.
Aunque adiviné la mitad del enigma central transcurrida
media hora de los 100 minutos de metraje, he de admitir que el guion conduc
e la
historia por caminos distintos a los que yo había imaginado, expandiéndola como
un rompecabezas conceptual –o un laberinto, escena con la que comienza la
película- en el que la protagonista recibe una serie de impactantes revelaciones
acerca de su identidad y lo que está sucediendo. No quiero contar demasiado de
los giros que da la película so pena de arruinar la sorpresa a quien esto lea.
No conviene dejarse engañar por el hecho de que la película
trate de una mujer atrapada en un mismo lugar durante hora y media. El ambiente
claustrofóbico y unos giros bien colocados mantienen el suspense y la angustia
desde e
l arranque hasta el final. El director consigue que el espectador se
meta en la piel de Liz, la acompañe en su ordalía y se involucre en su búsqueda
de escape. Con cada iniciativa que acomete o pequeña información que deduce, se
revela una nueva capa de misterio. Otro detalle interesante es lo poco fiable
que es la narrativa. Todo se construye sobre sucesivas revelaciones que pueden
o no ser falsas… o ciertas solo en parte. El espectador se ve obligado a
cuestionar todo lo que ocurre o se dice hasta que, finalmente, se aclara la
verdad sobre la situación de Elizabeth.
Los esfuerzos de la protagonista por escapar de la cápsula se intercalan con los que hace por recuperar sus recuerdos, lo que da lugar a breves flashbacks oníricos. En su mente, vislumbra de forma vaga y fragmentada una carrera profesional, un marido, una familia… Aja logra un excelente equilibrio entre estas escenas y las que transcurren dentro del cerrado espacio de la vaina criogénica. En el momento en que la película se torna demasiado inquietante o claustrofóbica, se introduce un alivio en forma de destello del pasado, antes de regresar al asfixiante presente. El muy reducido espacio obligó al equipo de cámara a esforzarse para evitar que la película resultara aburrida. Y lo consiguieron, porque, sin salir del limitado cubículo –básicamente un ataúd tecnológico- lograron narrar el drama de forma muy intensa sin caer en la repetición de planos. La fotografía, el montaje y la música también juegan un papel fundamental en la diferenciación de los dos tiempos, pasado o presente, cambiando la tonalidad cromática, introduciendo cortes más rápidos y melodías mas o menos grandilocuentes.
Ahora bien, ninguno de todos estos elementos funcionaría sin
la excelente interpretación de Laurent. Obviamente, todo el peso de la película
descansa sobre ella. Con la excepción de breves planos mudos de su marido (Malik
Zidi) y las voces de M.I.L.O. y un inspector de policía, el rostro de la actriz
francesa ocupa la totalidad del metraje, en el curso del cual y con la sola
ayuda de su voz y sus ojos, atraviesa un amplio espectro de emociones que
transmite con absoluta convicción. Alternando entre la confusión, la
determinación y el terror en cuestión de segundos, se empatiza a la perfección
con ella cuando, por ejemplo, corta la comunicación con las personas que
podrían ayudarla o cuando se debate contra la máquina que la aprisiona,
resistiéndose a mecanismos automáticos que intentan sedarla o administrarle una
eutanasia compasiva. Y, para colmo, sólo tiene un par de voces con las que
interactuar y una posición, tumbada boca arriba, en la que permanecer durante toda
la película.
Puede que “Oxígeno” no sea la propuesta más original posible, pero sí cuenta una historia cautivadora y entretenida de una manera visualmente eficaz. Si se busca un buen thriller, contenido y sin pretensiones, esta es una excelente opción. Aunque sea la película menos extrema que haya dirigido Alexandre Aja hasta la fecha, demuestra con ella su gran talento como director.

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