martes, 17 de marzo de 2026

2021- OXÍGENO – Alexandre Aja




El director francés Alexandre Aja fue haciéndose un nombre en el cine de géneo ya desde su segundo film, el sangriento “Alta Tensión” (2003), con el que dio el pistoletazo de salida al movimiento conocido como “Nuevo Extremismo Francés”. Los norteamericanos no tardaron en fijarse en él y lo contrataron para el remake de “Las Colinas Tienen Ojos” (2006), uno de las pocas actualizaciones interesantes de las varias que se hicieron por entonces con viejos títulos de terror. A partir de ahí, ha trabajado dentro de Hollywood como director y productor, centrándose, sobre todo, en el cine terrorífico con títulos como “Reflejos” (2008), “Piraña 3D” (2010), “Cuernos” (2013), “La Resurrección de Louis Drax” (2016) o “Infierno Bajo el Agua” (2019). En julio de 2020, justo cuando Francia salía de su primer confinamiento estricto a causa de la pandemia de Covid-19, Aja comenzó el rodaje de la que quizá es su mejor película hasta la fecha.

 

“Oxígeno”, un guion de debut de Christie LeBlanc (quien no ha vuelto a hacer nada desde entonces) y que recordaba a “Buried” (2010), estuvo años circulando por los despachos de Hollywood sin que ningún estudio se decidiera a rodarlo y, de hecho, apareció en la Black List de 2016 (la lista de los mejores guiones no producidos en esa industria). Originalmente, el proyecto se titulaba “O2” y tuvo nombres muy conocidos asociados al papel protagonista, como Anne Hathaway o Noomi Rapace. Finalmente, fue Netflix la que decidió probar suerte. En ese momento buscaba contenido internacional y el guion era perfecto para la época de la pandemia: un solo personaje, un solo escenario y un rodaje que permitía cumplir protocolos sanitarios estrictos. Con este rodaje, Aja demostró que podía hacer milagros con presupuestos ajustados y espacios cerrados.

 

Una mujer (Melanie Laurent) despierta en una cápsula criogénica, conectada a varias sondas y monitores. No recuerda quién es ni por qué está allí. M.I.L.O., la IA que la atiende, se refiere a ella solo como Ómicron 267. Intenta salir, pero no tiene los códigos de acceso del administrador necesarios para tal acción. Lo que sí puede es acceder a internet y hacer llamadas telefónicas. De esta manera, logra identificarse por su ADN como Elizabeth Hansen, una reputada científica especializada en criogenia. A continuación y a través de M.I.L.O., contacta con la policía para que localicen al fabricante y obtengan los códigos de acceso. Y no tiene mucho tiempo porque, por la misma avería indeterminada que la ha despertado de su estado de criogenización, las reservas de oxígeno están descendiendo rápidamente y en menos de una hora habrá muerto. ¿Está en un hospital? ¿Quizá bajo tierra? ¿Qué pasará si intenta escapar? ¿Cuánto tiempo lleva allí? ¿Lo que invade su mente son recuerdos o delirios?

 

Existe un buen montón de películas que han utilizado la criogenia con diversos fines, pero pocas en las que esta tecnología/procedimiento sea un elemento central de la trama. “Oxígeno” es una de ellas. Además de la mencionada “Buried”, podríamos considerar como su más directo referente o inspiración al film “Air” (2015), protagonizado por Norman Reedus y Djimon Hounsou como cuidadores criogenizados que despiertan y tienen 90 minutos de aire antes de regresar a sus cápsulas. Allí descubren que una de ellas está rota y deben decidir quién vive y quién muere. De la misma forma, en “Oxígeno”, Alexandre Aja crea una tensión palpable con la cuenta regresiva de las reservas de oxígeno.

 

Aunque adiviné la mitad del enigma central transcurrida media hora de los 100 minutos de metraje, he de admitir que el guion conduce la historia por caminos distintos a los que yo había imaginado, expandiéndola como un rompecabezas conceptual –o un laberinto, escena con la que comienza la película- en el que la protagonista recibe una serie de impactantes revelaciones acerca de su identidad y lo que está sucediendo. No quiero contar demasiado de los giros que da la película so pena de arruinar la sorpresa a quien esto lea.

 

No conviene dejarse engañar por el hecho de que la película trate de una mujer atrapada en un mismo lugar durante hora y media. El ambiente claustrofóbico y unos giros bien colocados mantienen el suspense y la angustia desde el arranque hasta el final. El director consigue que el espectador se meta en la piel de Liz, la acompañe en su ordalía y se involucre en su búsqueda de escape. Con cada iniciativa que acomete o pequeña información que deduce, se revela una nueva capa de misterio. Otro detalle interesante es lo poco fiable que es la narrativa. Todo se construye sobre sucesivas revelaciones que pueden o no ser falsas… o ciertas solo en parte. El espectador se ve obligado a cuestionar todo lo que ocurre o se dice hasta que, finalmente, se aclara la verdad sobre la situación de Elizabeth.

 

Los esfuerzos de la protagonista por escapar de la cápsula se intercalan con los que hace por recuperar sus recuerdos, lo que da lugar a breves flashbacks oníricos. En su mente, vislumbra de forma vaga y fragmentada una carrera profesional, un marido, una familia… Aja logra un excelente equilibrio entre estas escenas y las que transcurren dentro del cerrado espacio de la vaina criogénica. En el momento en que la película se torna demasiado inquietante o claustrofóbica, se introduce un alivio en forma de destello del pasado, antes de regresar al asfixiante presente. El muy reducido espacio obligó al equipo de cámara a esforzarse para evitar que la película resultara aburrida. Y lo consiguieron, porque, sin salir del limitado cubículo –básicamente un ataúd tecnológico- lograron narrar el drama de forma muy intensa sin caer en la repetición de planos. La fotografía, el montaje y la música también juegan un papel fundamental en la diferenciación de los dos tiempos, pasado o presente, cambiando la tonalidad cromática, introduciendo cortes más rápidos y melodías mas o menos grandilocuentes.

 

Ahora bien, ninguno de todos estos elementos funcionaría sin la excelente interpretación de Laurent. Obviamente, todo el peso de la película descansa sobre ella. Con la excepción de breves planos mudos de su marido (Malik Zidi) y las voces de M.I.L.O. y un inspector de policía, el rostro de la actriz francesa ocupa la totalidad del metraje, en el curso del cual y con la sola ayuda de su voz y sus ojos, atraviesa un amplio espectro de emociones que transmite con absoluta convicción. Alternando entre la confusión, la determinación y el terror en cuestión de segundos, se empatiza a la perfección con ella cuando, por ejemplo, corta la comunicación con las personas que podrían ayudarla o cuando se debate contra la máquina que la aprisiona, resistiéndose a mecanismos automáticos que intentan sedarla o administrarle una eutanasia compasiva. Y, para colmo, sólo tiene un par de voces con las que interactuar y una posición, tumbada boca arriba, en la que permanecer durante toda la película.

 

Puede que “Oxígeno” no sea la propuesta más original posible, pero sí cuenta una historia cautivadora y entretenida de una manera visualmente eficaz. Si se busca un buen thriller, contenido y sin pretensiones, esta es una excelente opción. Aunque sea la película menos extrema que haya dirigido Alexandre Aja hasta la fecha, demuestra con ella su gran talento como director.

 

 


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