El escritor estadounidense Jack Finney no fue el primero que imaginó formas de vida extraterrestres que invaden silenciosamente nuestra sociedad controlando a sus miembros o mimetizando sus formas y asumiendo sus identidades. La idea ya la había expuesto, por ejemplo, Robert A Heinlein en “Amos de Títeres” (1953), el mismo año en que llegaron a los cines “Invasores de Marte” y “Llegó del Más Allá". Y todavía antes que ellos, John W.Campbell escribió “¿Quién Anda Ahí?” (1937), relato fundamental y pionero de la paranoia biológica en la ciencia ficción. Lo que sí presentó por primera vez Finney en “Los Ladrones de Cuerpos”, fue el inquietante concepto de seres pseudohumanoides gestados en vainas.
Antes de publicar novelas, Finney trabajaba en una de
las agencias de publicidad más prestigiosas de Nueva York: Batten, Barton,
Durstine & Osborn (BBDO). Ese periodo fue crucial para su formación porque le
permitió estudiar y comprender la p
sicología del consumidor, la importancia de
la apariencia externa y, de forma más amplia, la cultura del consumismo.
Sus primeros relatos aparecieron en revistas de gran tirada como “Collier's” y “The Saturday Evening Post”, publicaciones de prestigio y formatos más elegantes que las revistas pulp, de las que se diferenciaban también por ofrecer un contenido más heterogéneo y generalista. Su primer gran éxito editorial fue una novela de atraco perfecto, “The Five Against the House” (1954), sobre un grupo de estudiantes de derecho que planean robar un casino en Reno por puro desafío intelectual. Gustó tanto que se adaptó al cine casi de inmediato (como “5 Contra la Banca”, 1955).
En
1955, contando 43 años, decidió probar con la
ciencia ficción sociológica, utilizando sus conocimientos de la vida y
costumbres suburbanas de Estados Unidos en una historia cuyo terror emanaba no
del caos, sino del orden. Se trataba de “Los Ladrones de Cuerpos”, serializada
en los números de noviembre y diciembre de 1954 de “Collier's”, gozando de
edición en libro al año siguiente. Vendió los derechos de adaptación al cine
por 7.500 dólares, una cifra (equivalente a unos 88.000 dólares actuales) que
le permitió dejar su trabajo en el mundo de la publicidad y dedicarse
exclusivamente a escribir. Un año después, efectivamente, “Los Ladrones de
Cuerpos” fue llevada al cine como “La Invasión de los Ladrones de Cuerpos”,
todo un clásico del cine de CF y primera de las diversas traslaciones al
formato audiovisual que ha tenido ese relato.
A diferencia de la primera película (y la versión
serializada en “Collie
rs”), ambientada en el ficticio pueblo californiano de
Santa Mira, Finney sitúa la acción de la versión definitiva en libro en un
lugar real que conocía bien por haber residido allí toda su vida, Mill Valley, emplazada
en el condado de Marin, California, aproximadamente a unos siete kilómetros al
norte de San Francisco tras atravesar el Golden Gate. El marco temporal, eso
sí, pretende ser un futurista otoño de 1976.
El doctor Miles Bennell, un médico de familia divorciado de 28 años, toma conciencia de un extraño fenómeno cuando diversos vecinos acuden a su consulta quejándose de que algún familiar cercano no es quien aparenta. Uno de esos afectados es Wilma, prima de su antigua novia, Becky Driscoll, que asegura que el tio Ira no es él mismo, por mucho que parezca, hable y actúe como tal. Miles los deriva a un colega suyo psiquiatra pero no pasa mucho tiempo hasta que sus amigos, el matrimonio compuesto por Jack y Theodora Belicec, le llevan a su casa para mostrarle una extraña vaina que han encontrado en el sótano y en cuyo interior hay un cuerpo a medio formar.
C
omo un cáncer silencioso, estas vainas han estado
replicando sistemáticamente durante meses a todos los vecinos que se
encontraban en sus cercanías, mientras éstos dormían. Una vez completada la
duplicación, los cuerpos de los individuos originales quedaban reducidos a una
especie de polvo grisáceo. El cuarteto protagonista no puede confiar en nadie y
con las comunicaciones con el exterior cortadas y un nuevo cargamento de vainas
preparado para ser transportado a otras ciudades, sólo es cuestión de tiempo
que Miles y sus amigos sean atrapados.
La novela tiene suspense y está escrita con una energía
cruda que se manifiesta en el interés del autor por aportarle a la narración el
máximo realismo posible, empezando por la mencionada localización o detalles
como que el 28 de octubre de 1976 sea jueves –que lo sería, efectivamente-.
Miles pronuncia frases como “Tenemos que pensar
de verdad, Becky. Esto no es una película y yo no soy un héroe del cine”, o
nos c
uenta que ella “retorció las manos
nerviosamente, un gesto que la gente está siempre leyendo en los libros, pero
raramente ve en la vida real”. De hecho, ya en el párrafo inicial, Miles
admite ante el lector: “Debo avisar que
esta historia que está comenzando, tendrá muchos interrogantes y preguntas sin
respuesta. No estará perfectamente rematado al final, con todo resuelto y
satisfactoriamente explicado”, lo que transmite una sensación de honestidad
desde el principio.
El narrador y protagonista es un personaje menos
acartonado que los que solían poblar las historias de CF de la época.
Identifica y comprende sus propios sentimientos, reconociendo las emociones
negativas y su necesidad de compañía. Al principio de la novela, se siente solo
y deprimido, pero cuando aparece Becky para pedirle ayuda, ésta le inspira
alegría y entusiasmo. No busca una relación seria con ella, tan solo pasarlo
bien –sin que esto implique engañarla o aprovecharse de sus sentimientos- y no
le avergüenza admitirlo. Además, como médico, es notablemente sensible a la
extraña dolencia de Wilma. En lugar de descartarla como una mujer histérica, se
toma en serio su relato de un dobl
e de su tío y la trata con un respeto y
empatía difíciles de encontrar en los medicos modernos.
Esto no significa que la novela sea un ejemplo de igualdad de género. Por mucho que Finney nos diga que la acción transcurre en los años 70 del pasado siglo, “Los Ladrones de Cuerpos” es un libro completamente anclado en la época en la que se escribió. Cada página transmite el sabor de los años 50, con los hombres conduciendo viejos Ford, fumando un cigarrillo tras otro e intentando mantener la entereza mientras cuidan de sus esposas, que se comportan como damiselas en apuros y experimentan arrebatos emocionales. Los hombres conducen y se sientan, fumando puros, tomando una copa y discutiendo qué hacer a continuación, mientras las mujeres les preparan comida antes de tomarse un tranquilizante y echarse a dormir para olvidarse de las tensiones del día.
Sien
do justos, hay que admitir que Finney intenta que
las dos mujeres principales, Becky y Theodora, tengan un papel en la trama más
activo de lo que solía ser la norma. Así, por ejemplo, aunque es Jack quien
habla casi siempre por su esposa, Theodora aporta una aguda explicación
metafórica del proceso de transformación de las vainas. Becky, por su parte,
tiene voz propia y ofrece un acertado análisis de cómo la representación de
género en el cine moldea el comportamiento en el mundo real, diseñando a partir
de ahí un plan que vuelve los prejuicios de los alienígenas en su contra.
Inteligente y valiente, impulsa a Miles a que ambos entren en acción y se
arriesguen cuando éste preferiría esconderse. También se siente cómoda con su
sexualidad, como lo demuestra que pernocte en casa de Miles sin reparar en las
apariencias y la reputación, virtudes muy apreciadas en comunidades pequeñas.
La subtrama romántica resulta poco convincente pero la
invasión sí está desarroll
ada con acierto. Empezando por la elección de
ambientar la trama en un pueblo. En una gran metrópoli como Nueva York, lo normal
es no tener contacto con los vecinos, pero en una localidad más reducida, todos
se conocen bien. El impacto emocional no reside en ver a un extraño convertido
en alienígena, sino al cartero que te saluda cada mañana o al médico de la
familia actuando de forma sutilmente distinta. Además, en un entorno dominado
por la rutina y los cambios espaciados y lentos, cualquier pequeña alteración
en el comportamiento de un vecino se siente como una preocupante señal de
alarma. La sensación de alienación que experimenta Miles la describe el autor
de esta manera:
“Había crecido
allí. Desde la infancia, conocía cada calle, cada casa, los caminos, la mayoría
de los patios, todas las colinas, campos y carreteras en kilómetros alrededor.
Y ahora descubría que no conocía nada. Sin que hubiera ninguna
alteración perceptible, lo
que estaba viendo allá fuera, a través de los ojos
y, más que eso, con la mente, era algo enteramente extraño. El círculo de luz
en el pavimento, los familiares porches, la masa oscura de casas y el resto de
la ciudad además… era amenazadora. Todas aquellas cosas y rostros familiares eran
ahora amenazadores. La ciudad había cambiado o estaba cambiando en algo
terrible… y lo que estaba detrás de mí, también quería atraparme. De eso estaba
seguro”.
Y, por último, un pueblo como el de la novela es un ecosistema cerrado que se convierte en una trampa para los protagonistas. Por una parte, a los invasores no les cuesta demasiado bloquear las carreteras y controlar las llamadas telefónicas (recordemos que entonces todas pasaban por centralitas operadas por un ser humano), dejando a los aún no transformados completamente aislados. Aún peor, dado que las autoridades y las fuerzas del orden locales son escasas, en el momento en que son sustituidas, los protagonistas quedan desprotegidos.
Miles y sus amigos descubren la conspiración
paulatinamente, lo que contri
buye a ir aumentando el suspense. Primero detectan
un caso que no parece más que producto de la histeria femenina; después
aparecen más personas que denuncian el mismo fenómeno de alteración. Inicialmente,
Miles trata de diagnosticar a sus pacientes con histeria colectiva o psicosis.
La psicología se usa aquí como una herramienta de negación para no aceptar una
realidad aterradora. En cualquier caso, la ciencia se convierte temporalmente
en un placebo para Miles y sus allegados. Hasta que un nuevo giro –el
descubrimiento de la vaina en la casa de los Belicec-, reaviva el misterio y en
cuestión de horas, la terrible realidad se impone. Los protagonistas no pueden
salir del pueblo –en realidad sí lo hacen, pero, inexplicablemente, regresan
sólo para quedar ya definitivamente atrapados- y son perseguidos por los
vecinos convertidos. Además, gran parte de la acción transcurre por la noche, en
sótanos inquietantes iluminados por una solitaria bombilla o una tenue
linterna, carreteras desiertas donde cualquier cosa podría aguardar en la
oscuridad, habitaciones cerradas en las que dejarse vencer por el sueño podría
significar no despertar nunca más. Finney lleva hábilmente al lector de la
evidencia a
bsolutamente impactante contemplada de primera mano por la noche a
la tímida incertidumbre de las explicaciones aparentemente plausibles que se
dan por la mañana.
Buena parte del poder de la historia tiene que ver con lo personal que es la tragedia para las personas involucradas. Al fin y al cabo, la gente que aprecian y conocen de toda la vida ha desaparecido, siendo sustituidos por criaturas sin emociones. El pueblo que aman y en el que han crecido se ha convertido en una claustrofóbica prisión. Sólo tienen dos opciones: tratar de huir y empezar una nueva vida sabiendo que será imposible convencer a las autoridades de que algo tan fantástico está ocurriendo, o quedarse y luchar para impedir que las vainas se dispersen por toda la nación.
La mayoría de los familiarizados con la historia, lo
estarán probablemente
a través de la película de Don Siegel que, en gran
medida, es fiel a la novela, pero ésta añade muchos detalles que en el film
quedan sin aclarar. Por ejemplo, Finney revela, a través de uno de los
habitantes duplicados, el origen de las vainas, su viaje de miles de años por
el espacio, su propósito, futuro previsible, mecanismo de replicación y qué
ocurre con los cuerpos originales. Hay, sin embargo, dos aspectos en los que la
película supera al libro de Finney. Primero, la terrorífica secuencia en la que
Becky es duplicada no se encuentra en la novela. Y, segundo, Finney opta por
terminar con una nota optimista, mientras que la película da a entender que la
invasión es imparable.
A menudo se han analizado tanto la novela como su
primera adaptación cinematográfica a través del filtro de la Guerra Fría y la
paranoia anticomunista. Los replicantes vendrían a ser trasuntos de los “rojos”
que se infiltraban en la sociedad norteamericana, seres insidiosos y sin
emociones. Sin embargo, Finney mantuvo
siempre que su libro no fue una alegoría
política, una afirmación que compartió también el director Don Siegel respecto
a su película. Resulta tentador lanzarse a hacer un sesudo estudio que conecte
la novela con el caldeado ambiente geopolítico contemporáneo, pero, en mi
opinión, hay que respetar lo que dice el propio autor. Y éste declaró que su
propósito fue el de retratar al consumidor medio estadounidense de los años 50,
un individuo conformista y obnubilado, dispuesto a cualquier cosa con tal de
integrarse en la sociedad, incluyendo la renuncia a su propia individualidad. Y
de esto, como ya dije al principio, algo sabía Finney gracias a sus años de
trabajo en el campo de la publicidad.
Quizá sea el ángulo psicológico lo que ha permitido a
la novela convertirse en un clásico. De hecho, es una representación literaria
perfecta del Síndrome de Capgras, un trastorno neuropsiquiátrico real en el que
el paciente cree que una persona cercana (esposo, padre, amigo) ha sido
reemplazada por un impostor idéntico. Finney juega
con esta patología: ¿y si el
loco no es el que cree que su madre es una impostora, sino todos los demás que
no se dan cuenta?
Las "vainas" ofrecen una vida sin ambición, sin dolor, sin amor y sin conflictos. Esto puede resultar atractivo para algunos individuos que se encuentren en un estado mental particularmente sensible, pero para el resto tal oferta no puede sino resultar terrorífica, un estado en el que el individuo sigue funcionando biológicamente pero su "yo" emocional ha muerto. La psicología individual desaparece para dar paso a una consciencia colectiva. El terror deriva, precisamente, de la idea de ser absorbido por una masa gris en la que nadie destaca y nadie es especial. La paz mental absoluta a cambio de la identidad. Los sustitutos funcionan como una especie de unidad, de mente colmena.
En e
ste sentido, la novela es a la vez hija y reflejo
de cierto estado mental colectivo de la sociedad norteamericana, influido por
la doctrina del inconsciente freudiano. Circulando en el ámbito académico desde
principios del siglo XX, las ideas de Freud experimentaron una gran difusión
gracias el éxodo masivo de psiquiatras afines a ellas de Europa a Estados Unidos
durante la década de 1930, concentrándose sobre todo en Nueva York y Los
Ángeles. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, esas doctrinas se
dispersaron a los cuatro vientos gracias a los libros editados desde el centro
literario de, país, Nueva York y las películas producidas en la capital del
entretenimiento, Hollywood.
El estadounidense de a pie fue literalmente
bombardeado por estas doctrinas que le eran ajenas. Como Finney sugiere
metafóricamente, descendieron sobre él desde el espacio exterior. Personas que
antes se consideraban normales ahora eran patologizadas como
"enfermas". Fue la época de la enfermedad
mental: humor enfermizo,
novelas enfermizas, películas enfermizas… todo era enfermizo y todos estaban
enfermos. Nadie era normal. Antes de la explosión del psicoanálisis en EE. UU.,
un hombre callado era simplemente "reservado". Después,
"esquizoide" o "reprimido".
Finney captó y reflejó ese ambiente en “Los Ladrones de Cuerpos”, donde todo el mundo que el protagonista creía conocer parecen ser otros. Exteriormente, eran los mismos pero, de alguna manera difícil de explicar, también parecían diferentes. Y, de hecho, sus valores, creencias, ideas y moral, lo eran. Para el estadounidense medio, el psicoanálisis fue una invasión ideológica que le obligó a desconfiar de su propia normalidad. Si todos están "enfermos" o tienen un trauma oculto, nadie es quien dice ser. La paranoia de la novela refleja el miedo a que la ciencia moderna hubiera "vaciado" el alma humana para sustituirla por un conjunto de patologías y procesos químicos.
En
la doctrina freudiana, el individuo no es dueño de
su propia “casa”; existe en su interior una fuerza extraña e invisible (el
inconsciente) que dicta sus actos. Las vainas de Finney vendrían a ser la
representación física de ese "otro" que vive dentro de nosotros. Al
igual que el psicoanálisis sugería que bajo nuestra fachada civilizada latían
impulsos desconocidos, las vainas sugieren que bajo el vecino amable hay una
entidad biológica fría y funcional.
Los alienígenas de Finney no son agresivos ni crueles sino simplemente indiferentes. No pretenden agredir físicamente a Miles y Becky, sino tan sólo confinarlos y esperar a que el cansancio los venza, puesto que es durante el sueño cuando se produce el fenómeno de duplicación. Psicológicamente, el sueño es nuestro momento de mayor vulnerabilidad y regeneración. Por el contrario, en la novela, el sueño es el momento del contagio. Si cierras los ojos, dejas de ser "tú" para convertirte en "ello". Esto obliga a los protagonistas a forzarse un insomnio que degrada su salud mental. El miedo a quedarse dormido es el miedo a perder el control sobre la propia mente.
Con todo, lo que a Miles le desconcierta de los
extraterrestres es lo que los p
uede hacer deseables para ciertos lectores
inmersos en cierto tipo de vida. Y es que los sustitutos cuestionan
abiertamente el tópico estadounidense de que siempre debemos esforzarnos y ser
competitivos; y que las emociones intensas son normales. Tal vez, como sugiere
Mannie, el psiquiatra y amigo de Miles, podríamos disfrutar más de la vida si simplemente
nos moderáramos un poco: “Ambición,
esperanza… ¿que hay de bueno en tales cosas? ¿Va a echar de menos la tensión y
preocupaciones que acompañan tales emociones? No es tan malo como imagina,
Miles. Estoy hablando en serio. Es pacífico, tranquilo. Y la comida aún tiene
sabor, aún es agradable leer un libro”.
La autoestima de mucha gente se apoya en la posesion
de objetos materiales y su exhibición para proyectar una determinada imagen
pública. En cambio, los extraterrestres practican la austeridad, comprando lo
mínimo indispensable y evitando el desperdicio, un comportamiento digno de
emular y no criticar, tal y como hace Miles. Consecuentemente y a diferencia de
la clase media –que aparenta tener un p
resupuesto infinito para acometer
reformas domésticas-, los alienígenas tampoco invierten tiempo ni dinero en el
mantenimiento de las casas ni en cuidar los jardines, lo que va dando al pueblo
un aspecto cada vez más degradado.
Finney tenía un estilo sencillo y directo que evitaba los pasajes descriptivos y los tecnicismos científicos. Con todo, demuestra que también era capaz de encajar alguna frase evocadora en el momento preciso como “toda la pesadillesca escena estaba bañada por una luz demencial del color de la espuma de una herida"; e incluso algún toque de humor autoprofético cuando Miles lleva a Becky al cine a ver “una buena película, sobre una mujer que encuentra un medio de visitar el pasado”, lo que anticipa la novela “Ahora y Siempre”, que el propio Finney escribiría en 1970.
“Los Ladrones de Cuerpos”, aunque literariamente poco
destacable (el ritmo e
s algo irregular en su parte central, la prosa es plana,
el romance no funciona y el final es abrupto y poco convincente), resultó ser
muy influyente gracias a su cautivadora premisa y la atmósfera de paranoia,
terror y claustrofobia que logra construir. De hecho, muy a menudo se la ha
calificado como la novela definitiva del subgénero de “Invasiones Silenciosas”.
A diferencia de las “catástrofes acogedoras” que presentaron algunos autores
británicos de la misma época –sobre todo John Wyndham, con “El Día de los Trífidos” (1951) o “Los Cuclillos de Midwich” (1957)-, la novela de Finney es
un estudio oscuro y desolador sobre la pérdida de la individualidad y la
insensibilización en la sociedad moderna. No solo se erigió como la creación
más emblemática de su autor, sino que se filtró en el ADN cultural de los
Estados Unidos, definiendo los miedos y la mentalidad de toda una época

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