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martes, 23 de agosto de 2011

1910-EL SECRETO DE WILHELM STORITZ - Julio Verne


Llegó la hora de despedirse de Julio Verne, invitado regular de este blog y del que aquí mismo podéis encontrar bastantes comentarios de aquellos de sus libros que incluyen elementos de CF.

Por desgracia, de la última de sus novelas que pueden catalogarse de CF no podemos hacer una reseña laudatoria. Verne empezó a escribir esta obra en 1901, tras la publicación en Francia de "El hombre invisible" de H.G.Wells, cuyo tema recuperó para esta historia, finalizada en 1904, un año antes de su muerte. Sin embargo, no sería publicada hasta 1910, primero por entregas en “Le Journal” y luego en volumen por Hetzel.

La historia es narrada por Henri Vidal, un ingeniero que viaja de París a la ciudad ficticia de Ragz, situada en Hungría, a orillas del Danubio, donde su hermano va a casarse con Myra Roderich, hija de un respetado médico local. La familia Roderich había rechazado la petición de mano del alemán Wilhelm Storitz, hijo de un famoso científico del que se decía tenía poderes sobrenaturales. Storitz recurre a uno de los inventos de su padre, una poción de invisibilidad, con la intención de vengarse por la afrenta a su orgullo y provocar el caos en la ciudad que, según él, le ha humillado.

La novela de Verne no ha envejecido bien. No hay más que compararla con "El hombre invisible" de Wells para darse cuenta de que uno fue un escritor del siglo XIX, mientras que el otro lo fue del XX. Tanto en esta novela como en la de Wells, el "hombre invisible" es un personaje trastornado y con serios desequilibrios, que siembra el caos a su alrededor intentando imponer su voluntad, destruyéndose a sí mismo en el proceso. Ahora bien, mientras que Wells adoptó el punto de vista de un cronista externo, Verne utiliza a Henri Vidal como narrador, pretendiendo introducir así un mayor grado de tensión psicológica al aproximarnos a su miedo, su rabia y confusión ante los acontecimientos que se suceden a su alrededor y sobre los que no tiene control alguno. Por desgracia, el recargado estilo de la prosa, su cursilería y sentimentalismo en demasiados pasajes y una obsesión por el detalle innecesario, ralentizan la acción, espacian en demasía las escenas inquietantes y lo anclan en una tradición folletinesca algo rancia que para entonces ya había sido superada por otros escritores del género.

Por el contrario, Wells optó por una aproximación más distanciada que nos permitía escuchar de la propia boca de Griffith (el hombre invisible) sus argumentos, proyectos y locuras. Al Storitz verniano, en cambio, no tenemos oportunidad de oírle -y, por tanto, simpatizar en mayor o menor medida con él- más allá de sus exclamaciones vengativas en sus fugaces intervenciones. Wells, además, construyó unos personajes secundarios más humanos, menos afectados que los de Verne, destacando también el novelista británico las graves desventajas que conllevaba la invisibilidad en el ámbito cotidiano.

Naturalmente, la novela de Verne arrastra los tics sociales y políticos de la época en la que se escribió: las mujeres se desmayan ante cualquier imprevisto o sobresalto y deben guardar cama hasta que se recuperan; los alemanes se muestran desde una óptica negativa (el villano es de esa nacionalidad), actitud que el escritor compartía con muchos de sus compatriotas, mientras que los húngaros, aunque proclives a la superstición y lo sobrenatural, son más amigables...

Hay que decir también que las modificaciones introducidas por Michel Verne no mejoraron el manuscrito original, más bien lo contrario. En primer lugar, trasladó la acción desde el siglo XIX al XVIII; cambió el narrador (originalmente era el hermano de la novia), recortó los matices del villano limitándose a plasmarlo como un monstruo incapaz de redención alguna; y modificó el final para convertirlo en uno donde todos son felices y comen perdices (aunque también es justo decir que diluyó el odio que su padre sentía hacia los prusianos, más patente en el original). Decididamente, debería impedirse que los parientes bienintencionados retoquen y publiquen manuscritos que debieran haberse quedado en el estante de "inconclusos e inéditos".

El “romance científico” que tan bien ejemplificó Verne fue el primer paso verdadero en el camino
que llevaba a la consolidación de las ideas y temas característicos de la CF, la primera versión del género con una forma reconocible. El término “romance científico” no comenzó a utilizarse hasta treinta años después de que Verne publicara “Viaje al centro de laTierra” (1864), su primera novela de CF, pero se consideró adecuado incluir al escritor francés en este epígrafe. Si “Viaje al centro de la Tierra” marcó el comienzo de la CF como género definido, trabajos posteriores del escritor, como “De la Tierra a la Luna” (1865), “Veinte mil leguas de viaje submarino” (1865) y tantos otros que hemos ido revisando aquí, marcaron su crecimiento gracias a nuevas ideas y escenarios imaginativos que respondían a una lógica y coherencia internas. Verne no se limitó a crear tierras o aparatos fantásticos; quería saber de dónde provenían.

Fue pues su insistencia en el realismo lo que, retrospectivamente, hizo de Verne uno de los padres de la CF. Es también importante que, siendo traducidos y leídos en todo el mundo, sus relatos atraían a multitud de personas que abrían sus libros buscando aventuras; y las encontraban, pero en ellas hallaban también una curiosidad y una fascinación por lo científico que les contagiaba un nuevo sentido de la maravilla. La magia de los mundos de la fantasía había sido superada por la fascinación por la especulación arraigada en lo real. Gracias Julio.

miércoles, 27 de julio de 2011

1908-LA CAZA DEL METEORO - Julio Verne


Julio Verne falleció en 1905. Su hijo Michel, con quien tan difícil relación había mantenido, se había convertido en su ayudante y colaborador en los últimos años de su vida y, tras la muerte de su padre, se apresuró a consignar ante notario los títulos de las siete novelas que aquél había dejado escritas –de esta forma, no podrían acusarle en años posteriores de publicar obra de su padre bajo nombre propio. Ahora bien, el problema es que aquellas novelas no eran tales, sino borradores en diferente estado de elaboración que habían de ser extensamente revisados y ampliados. Uno de ellos fue “La caza del meteoro”, escrita en 1901, replanteada por Julio Verne poco antes de su muerte y considerablemente modificada y editada por su hijo.

La historia nos cuenta cómo un par de astrónomos aficionados, Dean Forsyth y Sydney Hudelson, residentes en una pequeña ciudad del este norteamericano, descubren un nuevo meteoro. Amigos hasta ese momento, se desata entonces una fanática y absurda rivalidad por adjudicarse el primer avistamiento oficial. Ese enfrentamiento, cada vez más hostil, tiene sus consecuencias en las familias de ambos, con la cancelación de los planes de boda entre la hija de uno y la sobrina de otro.

Mientras tanto, se descubre que el meteoro en cuestión, cuya trayectoria le condena a una perpetua órbita alrededor de la Tierra, está hecho de oro. Un despistado, tan brillante como lunático sabio francés, Zephyrin Xirdal, construye una pequeña máquina que, dirigida hacia el bólido, lo va atrayendo hacia la Tierra. Cuando se descubre que semejante masa de oro va a acabar estrellándose en Groenlandia, se desata una frenética carrera por parte de las potencias mundiales para asegurarse sus “derechos” sobre ella.

Se apunta brevemente el cataclismo que la introducción de semejante cantidad de oro puede provocar en el sistema económico mundial, pero no se llega a profundizar en ello. Las intrigas políticas y los enfrentamientos derivados de la súbita aparición de un millón de toneladas de metal precioso hubieran sido sin duda mucho más interesantes que el anticlimático final trazado por Michel Verne, quien, además aumentó el peso de la historia romántica –bastante sosa y previsible, por otra parte.

Resulta algo decepcionante el aspecto científico y técnico del libro, aspecto éste al que, como hemos visto en bastantes entradas en este mismo blog, prestaba gran atención Julio Verne. Su hijo, en cambio, introduce unas confusas e implausibles explicaciones acerca del funcionamiento de la máquina de Xidral –personaje creado por Michel Verne- y no acierta en absoluto a imaginar los efectos físicos del impacto de semejante masa sobre la Tierra (los espectadores se hallan a unos cuantos cientos de metros cuando esto ocurre y salen indemnes).

La obra de Verne decayó notablemente en los últimos años de su vida. Siempre fue un escritor
tremendamente prolífico, pero esa característica vino en no pocas ocasiones condicionada por las dificultades económicas. Además, tuvo problemas familiares y de salud, y todo ello se reflejó en la calidad de sus historias. Historias que se apoyaban en la originalidad de la idea o en la introducción de un novedoso artefacto de avanzada tecnología. El desarrollo de esa idea y la construcción de personajes eran, en cambio, su punto débil. En esta novela, como era típico en el estilo del autor, los personajes se definen menos por sus hechos y diálogos que por párrafos descriptivos insertos justo después de la presentación de aquellos. Son personajes por lo demás bastante planos y algunos de ellos, como los estirados Seth Stanford y su esposa Arcadia, cuyo matrimonio abre y cierra la narración (sí, se casan dos veces), son totalmente prescindibles en la historia principal y su contacto con los protagonistas es superfluo e irrelevante. Incluso los dos astrónomos, sobre los que se centra toda la primera parte del libro, pierden protagonismo hacia la mitad de la narración para traspasarlo de forma difusa al propio meteoro y el jaleo que organiza.

La disputa científica entre Hudelson y Forsyth acerca del descubrimiento del meteorito –inspirada en contiendas intelectuales del siglo XIX, como la que enfrentó a los paleontólogos americanos Otoniel Marsh y Edward Cope- se apoya siempre en la mera exposición de hechos, no en los diálogos, lo que provoca un distanciamiento entre lector y personajes. El excéntrico genio Zephyrin Xirdal es demasiado errático, incluso en su egocentrismo, como para causar simpatía alguna. Aunque Verne había demostrado ser capaz de crear personajes tan memorables como Nemo o Phinneas Fogg, en realidad sus novelas no destacan por la fuerza de aquéllos, sino, como hemos apuntado, por lo atractivo de la idea científica o tecnológica en la que se apoya la narración, ya sea un cohete a la Luna, un submarino o un artefacto volador. En este caso, aunque el concepto de un meteorito de oro es atractivo y hasta novedoso, también es inverosímil, y el mediocre desarrollo y pobre desenlace son insuficientes para compensar tal error.

Quienes quieran defender la narración pueden recurrir al argumento de que los Verne no pretendían tanto plantear una historia científicamente rigurosa como satirizar determinados comportamientos individuales y colectivos: la avaricia, la obsesión banal y la soberbia. Pero, a mi juicio, tampoco este aspecto es suficiente para salvar el libro, porque esa pretendida burla resulta forzada, moralista e incompleta. Quizá el borrador que cayó en manos de Michel estaba demasiado fragmentado; o quizá –y eso me parece más probable- Verne padre nunca fue un buen satírico.

Como curiosidad cito un par de detalles del libro que apuntan a que la historia transcurre en un
futuro, detalles ambos de carácter político. Por una parte, se menciona que la bandera norteamericana tiene 51 estrellas (aunque por aquel entonces sólo había 46 estados en la Unión, Verne no menciona cuáles son los cinco suplementarios). Por otra parte, en la novela, Groenlandia es una nación soberana, si bien no se nos dice cómo ha conseguido su independencia (en 1908 seguía siendo una colonia danesa; aún hoy sigue dependiendo en no poca medida del gobierno de Dinamarca).

Todos los escritores, incluso los mejores, tienen sus tropiezos literarios. Éste es uno de ellos. No era la primera vez que Verne tenía mejores ideas que habilidad para desarrollarlas y aquí tal defecto se ve intensificado por la intervención de un Verne hijo menos dotado que su padre. No todo el trabajo inconcluso de los autores debería ser publicado tras sus muertes. Al fin y al cabo, no todo el mundo puede ser Tolkien.

lunes, 6 de diciembre de 2010

1897-ANTE LA BANDERA - Julio Verne


El tema de la ciencia aplicada al armamento es una cuestión que Verne trató en varios de sus libros: el submarino Nautilus en "Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino", los vehículos de Robur, las armas de destrucción masiva en "Los 500 millones de la Begún"… El escritor galo vuelve aquí sobre la misma idea, aunque enfocándola desde una óptica excesivamente patriotera.

Thomas Roch es un inventor lunático de origen francés que afirma haber desarrollado un arma, el Fulgurador, cuyo potencial destructivo es terrorífico (Verne lo describe como una especie de misil de gran capacidad explosiva). Acude a diversos gobiernos para venderles su artefacto, pero ninguna cantidad parece suficiente para satisfacer su creciente ego habida cuenta de que no existe prototipo y que todo lo que el inventor pone sobre la mesa es su palabra. En un estado mental cada vez más deteriorado, el científico francés es internado en un sanatorio por el gobierno norteamericano, donde se le asigna un cuidador cuya misión es la de prestar atención a sus delirios y tratar de averiguar el secreto del arma antes de que quede totalmente sumergido en la locura. Este cuidador es en realidad un ingeniero francés, Simón Hart, que se hace pasar por enfermero norteamericano con el fin de sonsacar al demente Roch y utilizar el secreto en beneficio de su propio país.


Ambos, enfermo y enfermero, son secuestrados por Ker Karraje, un pirata de origen malayo y cuidada educación, tan carente de escrúpulos como sobrado de ambición. Karraje, que ha reunido una banda de malhechores del más variado origen, se hace pasar por un noble europeo de refinados modales que surca la costa norteamericana a bordo de una goleta. Sin embargo, en su auténtica identidad, utiliza un submarino para abordar barcos, asesinar a las tripulaciones y hacerse con el botín. Sabedor de que Roch esconde el secreto de una poderosa arma, decide secuestrarlo para hacerse con ella y conseguir aún más poder.

Roch y Hart son llevados a un islote rocoso de las islas Bermudas cuyo interior es una enorme caverna hueca accesible sólo con el submarino, que los piratas han acondicionado como su base. Allí, Karraje alimenta el ego y la vanidad de Roch y éste se pone manos a la obra, terminando el mortífero artefacto. Hart consigue hacer llegar un mensaje al exterior dentro de una botella. Avisados del peligro, varios países reúnen una flota internacional y acuden a la isla justo cuando Roch termina de poner operativo el Fulgurador.

Esta narración de Verne no se encuentra entre las mejores de su carrera; ciertamente tiene
pulso y hay momentos interesantes, pero abunda en detalles inverosímiles por no decir absurdos (por ejemplo, Hart, que se supone es un espía, lleva un diario en el que anota todo tipo de información comprometedora) y el final horriblemente panfletario, patriotero e increíble deja mal sabor de boca. No es tampoco nuevo aquí el que sus personajes carezcan de profundidad: ni los ingenieros protagonistas ni el pirata consiguen conectar con el lector, que siempre los ve como figuras bastante planas que se limitan a cumplir con su papel incluso aunque el autor recurre a la narración en primera persona para tratar de introducirnos en la mente y emociones del personaje principal. El problema es que ahí dentro tampoco hay nada que resulte muy interesante o revelador. Simon Hart es una reencarnación del Marcel Bruckmann de "Los Quinientos Millones de la Begún": el francés valiente, inteligente, patriota y noble que lo arriesga todo por su país; en definitiva, un héroe plano, aburrido y sin matices.

Ni siquiera el villano Karraje tiene el carisma y misterio de un capitán Nemo o un Robur por mucho que disponga de un vehículo submarino -invento que había dejado de ser una novedad en el momento de publicación del libro- y una tripulación internacional de fervientes seguidores. No es más que un simple delincuente que encarga sus armas a fábricas y astilleros (al contrario que los personajes citados, cuyas fantásticas máquinas eran producto de sus geniales inteligencias, ya fueran sumergibles o máquinas voladoras) y cuyo objetivo es el simple robo (mientras que las motivaciones de Nemo o Robur eran más complejas en el caso de uno y más fanáticas en el caso del otro). Descendientes suyos serían varios de los villanos de las películas de James Bond, con su acumulación de tecnología, sus ínfulas de conquistadores del mundo y sus guaridas secretas.

Parece ser que para el personaje del inventor loco, Thomas Roch, Verne se inspiró en el químico Eugène Turpin, inventor de un explosivo, la melinita. Éste había tratado de vender su descubrimiento al gobierno francés en 1885, sin conseguirlo (finalmente, la venta se llevaría a cabo y su invención se utilizaría ampliamente en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial). Sin embargo, Turpin nunca se volvió loco ni traicionó a su país vendiendo el secreto a otra potencia. Tan claro era el paralelismo que Turpin, irritado, demandó a Verne. Éste contrató como abogado a Raymond Poincaré -quien mas adelante llegaría a ser presidente de la República- y ganó el caso aun cuando los biógrafos del escritor encontraron en su correspondencia evidencias de que, efectivamente, Turpin sirvió de modelo para su personaje; personaje que también guarda semejanzas con Alfred Nobel, inventor de la dinamita y que después de hacer fortuna con la misma se horrorizó al ver el uso bélico que se hacía de ella.

Resulta interesante la transformación que experimentan en esta última etapa de la carrera de Verne sus héroes, quizá influido por el desarrollo de la CF más populista que triunfaba en Estados Unidos y sobre el que ya comentamos algo en una entrada anterior. Los sabios y hombres de ciencia tan queridos por Verne, símbolo de la cultura y el conocimiento enciclopédico y protagonistas de muchos de sus mejores libros (recordemos al entrañable Paganel de "Los Hijos del Capitán Grant", el profesor Aronnax de "Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino" o el irascible Lidenbrock de "Viaje al Centro de la Tierra", por nombrar sólo algunos) son sustituidos por ingenieros (encarnados aquí por Hart), que a finales del siglo XIX eran ya considerados como los héroes responsables del avance tecnológico y figuras a los que todos los niños y jóvenes aspiraban a emular.

El tema de Verne cobra en estos turbulentos días -en realidad lo ha venido haciendo desde la Segunda Guerra Mundial- una especial actualidad: el tráfico de armas, la preocupación por la posibilidad de que alguien pueda construir armamento de una potencia devastadora y la caza y captura por parte de los países -a través de medios pacíficos o no- de genios científicos que puedan diseñar esas superarmas. La figura del científico que, de grado o por la fuerza, trabaja en un artefacto ambicionado por los gobiernos de uno y otro signo resuena en la Historia con nombres célebres, como Werner Von Braun -responsable del éxito del programa de misiles norteamericano tras la Segunda Guerra Mundial- u hombres de ciencia desconocidos -como los físicos que en los ochenta participaron en el programa nuclear iraquí o que hoy se ocupan de los planes atómicos de Irán o Corea-, buscados por unos bandos y por otros.

La última guerra del Golfo nos ha familiarizado con la historia de una alianza de países que, como en la novela de Verne, decide unir fuerzas y superar sus diferencias en beneficio de un objetivo
común: destruir a aquél que se encuentra en posesión de un arma con la que puede amenazar los intereses de aquéllos. Por otra parte, la elección del archipiélago de las Bermudas como escondite del pirata y lugar alrededor del cual se producen misteriosas desapariciones de navíos -hundidos por el ingenio submarino del criminal Karraje- también resulta chocante (aunque hoy es bien sabido que esas islas jamás han registrado un índice de naufragios particularmente elevado, no siendo su leyenda más que un mito contemporáneo). La elección de Verne de esta localización vino motivada no porque en aquel momento estuviera relacionada con algún tipo de leyenda negra, sino por tratarse de un archipiélago cercano al continente americano -y a las posibles víctimas que surcaban la ruta Atlántica- cuyo tormentoso clima lo hacía ideal para la historia que deseaba contar.

¿Era Verne un visionario, un profeta, un genio iluminado capaz de traspasar la niebla del futuro? En mi opinión nada de eso es cierto. Verne no se ocupó tanto de los problemas del futuro como de los de su presente. Él, como nosotros, vivió en una sociedad tecnológica y muchas de las cuestiones que preocupaban entonces siguen vigentes en mayor o menor grado. Sencillamente, y no es poco mérito, parte de su ficción ha encontrado un eco en la realidad contemporánea.

viernes, 23 de julio de 2010

1895-LA ISLA A HÉLICE - Julio Verne


A finales del siglo XIX, la época dorada de Verne ya había quedado atrás. Sus mejores novelas hacía tiempo que habían sido publicadas y el género del "romance científico" había continuado evolucionando y ramificándose en formas más atrevidas que las ensayadas por el escritor francés. Sin embargo, aún le quedaban cosas que contar…

El mar había sido durante los dos últimos siglos escenario de aventuras sin fin. Desde Defoe hasta Salgari, de Stevenson a Poe, innumerables escritores utilizaron los océanos de todo el globo, conocidos y desconocidos, como parte de sus narraciones de aventuras, dramas e incluso misterios. Los viajes por mar eran tan emocionantes entonces para los lectores como hoy lo son los vuelos interplanetarios para nosotros. Verne no fue una excepción y la acción de muchas de sus novelas tenía lugar en el mar: "Los hijos del capitán Grant", "Un capitán de quince años", "El Chancellor" o "Una ciudad flotante" son sólo algunos ejemplos de relatos de aventuras marítimas escritas por Julio Verne.

Pero a finales del siglo XIX, el arte de la navegación, con la introducción del vapor y la hélice, había perdido parte del romanticismo y el riesgo que desde siempre había envuelto la vida en el mar. El siguiente paso era el dominio del aire y en ese desafío, ya lo hemos visto en otras entradas, se centraron muchos escritores de CF. Verne volvió al mar en este libro usando otra de sus ideas de superingeniería. Lo que ocurre es que, en este caso, la "excusa" tecnológica que pone en marcha el drama es más interesante que el drama en sí.

Un cuarteto francés de músicos de cuerda, en ruta desde San Francisco hasta San Diego, es secuestrado y llevado a Standard Island, una gigantesca isla artificial de 35 kilómetros cuadrados que surca las aguas del océano Pacífico viajando de archipiélago en archipiélago. Sus millonarios habitantes quieren a los músicos para que toquen "a bordo" de las fiestas que dan en lo que parece ser un paraíso artificial maravilloso. Pero claro, no hay paraíso sin serpiente. Los habitantes de la isla, por muy ricos que sean, se hallan divididos en dos facciones violentamente enfrentadas, la de babor y la de estribor, lideradas por las familias más ricas de cada bando. Por supuesto, en un recurso ya muy gastado entonces, hay una pareja de enamorados cuyo matrimonio queda imposibilitado por el hecho de que cada uno de ellos pertenece a una facción distinta. La incapacidad de los antagonistas para llegar a un acuerdo acabará por destruir la isla, que queda reducida a un montón de pedazos arrastrados sin rumbo por las corrientes oceánicas.

Ya hemos comentado abundantemente cómo el conservador Verne albergaba sentimientos encontrados respecto a los avances tecnológicos. En la última etapa de su carrera, se acentuó la desconfianza hacia los posibles perjuicios derivados de la tecnología así como el tono pesimista y de denuncia: las vilezas propias de la ignorancia y la superstición en “El Castillo de los Cárpatos” (1892), las intolerables condiciones de vida en los orfanatos en "P´tit-Bonhomme" (1893), la inminente extinción de las ballenas en “La Esfinge de los Hielos” (1897), el daño medioambiental de la industria petrolera en “El testamento de un excéntrico” (1899) o la matanza de elefantes por el marfil de sus colmillos en “La ciudad aérea” (1901) son sólo algunos ejemplos.

En el caso de "La Isla a hélice", lo que comienza pareciendo un edén modelado a base de benigna tecnología (control del clima, teatrófonos, aire acondicionado, casas de aluminio con paredes transparentes, poderosas dínamos que controlan todo...) acaba por no ser más que un podrido nido de clasismo, ociosidad, banalidad y rencillas estúpidas. Es un reducto sólo para millonarios americanos (Estados Unidos ha absorbido en ese momento a México, Canadá, América Central y las naciones caribeñas) que se abandonan a decadentes fiestas en la ciudad que ocupa el centro de la isla, Miliard City, donde son atendidos por criados ciegos.

Es una pena que Verne no atine a levantar una historia decente sobre unas ideas por lo demás tan interesantes. Hay poca acción, varios de los elementos clave -como la sosa historia de amor- están demasiado usados y la crítica social (en la que también se denuncia la perniciosa influencia de los misioneros religiosos en las culturas del Pacífico) no viene acompañada de un desarrollo narrativo sólido. Hubiera sido más interesante, como el escritor hizo en otras obras, contarnos la génesis y desarrollo del colosal proyecto. Otros autores del género han sabido coger los mismos ingredientes y construir relatos excelentes. En este sentido, recomiendo especialmente los seis volúmenes de “Golden City” (1999, por Pecqueur y Malfin) o el episodio “Un cobaya para la eternidad” (1981) de la serie de cómic "Jeremiah", de Hermann.

Como último apunte en favor de la capacidad profética de Verne y por mucho que sus ideas pudieran parecer despropósitos fantásticos en su momento, comentaré que sobre los tableros de dibujo se ha llegado a plantear recientemente una propuesta de características similares: un navío/isla tan grande que tiene su propio tren para comunicar sus diferentes secciones, un puerto privado para yates y una laguna interior con una isla en medio. La empresa naviera francesa que construyó el Queen Mary II elaboró planes para construir esta isla artificial casi tan grande como el Vaticano, capaz de acomodar a 10.000 personas y llevarlas de un destino turístico a otro sin necesidad de recalar en puerto alguno.

Hasta ahora nadie ha expresado su interés -o capacidad financiera- para construir y gestionar semejante leviatán (cuyo coste, probablemente, sólo lo haría apto para millonarios), pero de hacerse realidad algún día, sería un justo homenaje que lo bautizaran "Julio Verne".
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sábado, 3 de abril de 2010

1889-UN DIA DE UN PERIODISTA AMERICANO EN EL AÑO 2889- Julio Verne


“Los hombres de este siglo XXIX viven en medio de una magia continua, sin parecer darse cuenta de ello. Abrumados de maravillas, permanecen fríos ante aquellas que el progreso les aporta cada día. Todo les parece natural”. Cualquiera diría que Verne no hablaba del lejano futuro. Estas palabras, que abren el relato que ahora nos ocupa, son perfectamente aplicables a nuestros días; y, probablemente, también a los suyos.

Es esta una pequeña joya de la bibliografía del famoso escritor que no ha merecido tanta atención como otras de sus novelas, quizá debido a las dudas que existen sobre su autoría. Da lo mismo, es un cuento sorprendente aun cuando no haya aquí mucho argumento. Su escasa longitud no lo permite. Se nos cuenta un día en la atareada vida de Francis Bennett, editor jefe del principal periódico de la capital de Norteamérica, Centrópolis. Pero sus escasas diez páginas y tan débil marco narrativo están bien aprovechados: en tan corto espacio, Verne introduce las noticias en directo, la predicción meteorológica, la publicidad en las nubes, la videoconferencia, tubos neumáticos que cruzan los océanos transportando pasajeros a 1.500 km/h, envío de alimentos preparados a domicilio, supertelescopios, megalópolis de diez millones de personas, transplantes de órganos, guerras con proyectiles de largo alcance cargados con virus o gases tóxicos, control de la natalidad en China, calculadoras, técnicas criogénicas, aerocoches, la fotografía a color (¡inventada por los japoneses!), energía solar y geotérmica,l a anexión de Gran Bretaña y Canadá por los Estados Unidos y de China e India por Rusia, vestidores mecanizados que lavan, afeitan y visten a sus usuarios, comunicación interplanetaria, teleperiodismo, enormes generadores que proporcionan una inacabable energía…

Es este un relato crepuscular de Verne, cuya autoría ha estado siempre en entredicho. Y es que se trata de un trabajo muy poco corriente. Verne escribió sólo un puñado de relatos cortos, ninguna de sus obras tuvo su primera publicación en lengua inglesa y, en contraste con el tono más conservador de la mayoría de sus novelas, aquí deja volar su imaginación con una libertad inaudita para una persona de avanzada edad.

Hay estudiosos que ven aquí influencias de otros relatos en los que se avanzaban las maravillas del futuro, como el ya comentado en este blog “El siglo XX: Cuento de un parisiense en el pasado mañana” (1882) de Albert Robida. Sea como fuere, lo cierto es que James Gordon Bennett Jr., editor del New York Herald (patrocinador de Henry Morton Stanley en su búsqueda africana del doctor Livingstone), había encargado a Verne en 1885 una historia sobre la vida del futuro en América. Verne no podía negarse a la petición del responsable de un periódico que él mismo había citado en muchas de sus novelas, y así la historia apareció publicada por primera vez, en inglés, en febrero de 1889 en la revista estadounidense The Forum.

El relato, con bastantes modificaciones, se tradujo al francés al año siguiente. Y es en esos cambios donde se apoyan los críticos para atribuir la autoría primera no a Verne, sino a su hijo Michel. Según esta versión, Verne utilizó un texto de su hijo que fue el que apareció en primer lugar en la revista norteamericana, y luego lo modificó y mejoró para su edición en francés en algunos periódicos galos, si bien nunca quiso incluirlo dentro de sus “Viajes Extraordinarios”.

Finalmente, tras la muerte de su padre en 1905, Michel decidió publicarlo “oficialmente” dentro de una antología de cuentos diversos titulada “Ayer y Mañana”. El hallazgo en la Biblioteca Nacional de una carta de Verne dirigida a su editor, confirma que el texto original era de su hijo y que se repartieron los honorarios cobrados por el mismo.

Julio Verne animó a su hijo a escribir y publicar sus propios relatos bajo su ilustre nombre. Supuso un alivio tras años de soportar todo tipo de problemas con su rebelde vástago: continuas bancarrotas, turbulentas relaciones sentimentales, dificultades legales… Verne acabó reconociendo que a Michel le gustaba escribir y que tenía cierto talento para ello, por lo que probablemente lo apoyó en su carrera literaria con la esperanza de que se convirtiera en una persona responsable y obtuviera cierta estabilidad en la vida. Además, el fraude orquestado por ambos se podía llevar adelante con un mínimo de complicaciones: sencillamente, Michel firmaba sus manuscritos como “M.Jules Verne”, donde la “M” podía ser (y a veces lo era) interpretada por los editores como “Monsieur Jules Verne”.

Es más, durante los últimos años de su vida, de 1895 a 1905, la vista de Julio Verne se deterioró con rapidez. Y fue Michel quien asumió las funciones de escriba y secretario para sacar adelante varias novelas. No es de extrañar pues que, tras la muerte de su padre, Michel decidiera completar –y en algunos casos, ampliar considerablemente- muchos de los manuscritos inconclusos de Verne padre. La polémica sobre qué atribuir a quién en muchas de las últimas obras de la bibliografía del gran escritor continúa.

Muchas de las predicciones para el año 2889 ya se han hecho realidad. Y no sólo en lo que se refiere a tecnología: el concepto distópico de un hombre que ha conseguido amasar una gran riqueza y poder se ha encarnado en personalidades como William R.Hearst, Bill Gates o Rupert Murdoch. Por supuesto que también cometió errores y algunas de esas visiones no han llegado a materializarse. Pero démosle tiempo: aún quedan casi nueve siglos para el año 2889…

viernes, 2 de abril de 2010

1889-EL SECRETO DE MASTON - Julio Verne


En esta ocasión, Julio Verne recupera la institución presentada en otra de sus novelas más famosas, el Gun Club de Baltimore, patrocinador de la construcción del cohete de “De la Tierra a la Luna” (1865). A la cabeza del mismo se encuentra su miembro más insigne, Impey Barbicane, quien fuera uno de los “astronautas” de Verne en la mencionada novela. Es su miembro más pintoresco, sin embargo, J.T. Maston, científico y matemático de carácter apasionado, el que realiza los cálculos del proyecto que pretenden acometer, un plan infinitamente más osado que el del viaje a nuestro satélite: cambiar el clima del planeta.

Y como el club se especializa en cañones, ¿qué mejor manera de hacerlo que usando uno? Apoyando un gigantesco ingenio de 27 metros de diámetro y 600 m de profundidad en un punto cuidadosamente elegido de la Tierra –el monte Kilimanjaro-, el retroceso provocado por el disparo de un proyectil de 180.000 toneladas desviará unos grados el eje de rotación del planeta. Al recibir la radiación solar de forma más uniforme, se alterarán las pautas climáticas y toda la Tierra pasará a disfrutar de una temperatura templada.

El objetivo no es en absoluto filantrópico. El Gun Club se ha dedicado a comprar en secreto grandes extensiones de terreno improductivo en las regiones boreales con vistas a explotar sus riquezas minerales y potencial agrícola una vez el nuevo clima del planeta haya fundido el hielo de los polos. El plan fracasa debido a un error en los cálculos de Maston que hace que la potencia del cañón no alcance los niveles previstos y nada cambie en la Tierra, cubriendo de ridículo a los impulsores del enloquecido plan geofísico.

Es esta una obra menor de Julio Verne. Sus grandes novelas, aquellas por las que es aún querido y recordado, ya habían sido escritas hacía bastantes años. En estos época, Verne, acosado por problemas familiares y económicos, entraba ya en la etapa final de su carrera. Ello se deja notar en el estilo y la acentuación de los puntos débiles que a estas alturas ya hemos comentado suficiente en otras obras y sobre los que no merece la pena extenderse más: la intriga es mínima, el desenlace previsible, los minuciosos datos geográficos entorpecen la narración y los personajes no están bien perfilados. Sin embargo, a la hora de examinar esta época de precursores del género, conviene hacer una mención de este libro al contener algunos elementos muy interesantes que no cobrarían su verdadera relevancia hasta muchos años después.

El término “terraformar”, hoy muy extendido, fue inventado en el ámbito de la literatura de CF. Fue Jack Williamson, uno de los escritores clásicos del género, quien lo utilizó por primera vez en 1942 y hace referencia a la transformación del clima y la ecología de un planeta hasta que sus condiciones se aproximen lo suficiente a las de la Tierra como para que los seres humanos puedan vivir allí sin protección. Con esta obra, Verne precedió en muchos años a Williamson en la idea central, si bien aquí la “terraformación” tiene lugar en la propia Tierra y no, como suele ser habitual, en otro planeta.

La cuestión del cambio climático es de candente actualidad. Y aquí Verne (que se apoyaba en unos cálculos del ingeniero francés Albert Badoureau; la edición original incluía un capítulo suplementario con cálculos y cifras firmado por el propio Badoureau y desaparecido en las siguientes ediciones) jugaba con esa misma idea, si bien él lo imagina no como un subproducto no deseado del sistema industrial, sino como un acto deliberado de un grupo de individuos que hoy podríamos asimilar a una multinacional.

Sin embargo, el escritor no alaba el proyecto del Gun Club como hazaña científica y tecnológica sin precedentes. La idea de manipular la Tierra, de convertirla en una gran máquina que se pueda alterar para conseguir prestigio, poder y beneficios económicos, se encuentra con una gran oposición en la propia novela. Se auguran cambios desastrosos que provocarían más perjuicios que beneficios: la fusión de los polos elevaría el nivel del agua y la desaparición de ese peso sobre una porción concreta del planeta desencadenaría movimientos compensatorios en otros territorios: elevaciones de países enteros, hundimiento de líneas costeras… El clamor popular, avivado por los competidores del Gun Club en la adquisición de las tierras del polo, hace intervenir al gobierno para desbaratar el plan.

Aunque con cierta inocencia en su planteamiento y consecuencias, una vez más, como ya hizo en otras novelas comentadas en este mismo blog, Verne deja patente su desconfianza hacia el uso que el hombre puede hacer de la ciencia, en este caso persiguiendo intereses económicos. Y, de nuevo, nos quedamos con las ganas de que el escritor hubiera rematado la novela con un final diferente. ¿Cómo hubiera tratado Verne un cambio tan apocalíptico en las condiciones del planeta? Probablemente, sus ideas al respecto –como había sucedido antes con “Hector Servadac” no habrían gustado a su editor Hetzel, cuya muerte tres años antes había afectado profundamente a Verne.

Y hablando de la relación entre Hetzel y Verne, las restricciones a las que el primero sometía al segundo estaban motivadas por el interés del editor en serializar las novelas del escritor en las revistas educativas para jóvenes que publicaba. Esta táctica inhibió la influencia de Verne, tanto en su propio país como en el extranjero. Aunque los libros de Verne eran apreciados tanto por adultos como por jóvenes, los trabajos de otros escritores “vernianos” –que surgieron con cierta profusión en Francia, Gran Bretaña y Alemania- eran a menudo calificados de “juveniles”. Los más prolíficos discípulos del gran escritor en su país fueron Pierre d´Ivoi y Gustave le Rouge; los más inventivos de entre los ingleses fueron George C.Wallis y Francis Henry Atkins (quien publicaba en las revistas para jóvenes bajo los seudónimos Frank Aubrey y Fenton Ash); en Alemania destacaron Robert Kraft y F.W.Mader.

La introducción de la ficción verniana en Estados Unidos siguió inicialmente un camino similar, pero siempre tuvo un sesgo cultural acusado. Las historias sobre jóvenes inventores llegaron a constituir categoría aparte entre las novelitas baratas junto a los westerns y las historias de detectives. La obra “The Steam Man of The Prairies” (1868), de Edward S.Ellis era, de hecho, un híbrido entre el western y las ficciones sobre inventores. Se daban cita aquí dos referentes culturales norteamericanos: el mito del Oeste, la frontera; y la actitud favorable al desarrollo tecnológico. Dos géneros que retuvieron su afinidad espiritual durante un siglo aunque la frontera acabó situándose muy lejos, en el espacio.

Tan poderoso fue el mito del Oeste como el lugar donde había que buscar el futuro, que la ficción verniana americana pronto comenzó a superar las ambiciones de sus colegas europeos. Escritores como Frank R.Stockton y su “The Great War Syndicate” (1889) y “The Great Stone of Sardis” (1898); y Garrrett P.Serviss en “The Moon Metal” (1900) y “A Columbus of Space” (1909) ayudaron a construir el camino para que se desarrollara la ciencia ficción netamente americana. Pero de ello hablaremos en otra ocasión…

“El secreto de Maston” ha sido publicado en España bajo diversos títulos (el original en francés era “Sans dessus dessous”): “Sin arriba ni abajo” o “En completo desorden” y aún se puede localizar en librerías de viejo o a través de Iberlibro.com la edición de Orbis.

viernes, 12 de marzo de 2010

1886 / 1904 - ROBUR EL CONQUISTADOR - DUEÑO DEL MUNDO - Julio Verne


El hombre siempre ha soñado con volar. Ícaro, símbolo temprano de ese anhelo, forma parte de nuestro legado cultural. Escritores, artistas e inventores como Leonardo da Vinci mantuvieron vivo el sueño hasta que a finales del siglo XVIII los hermanos Montgolfier elevaron sus primeros globos, primero con animales a bordo y, después, en octubre de 1783, con pasajeros humanos. Se había abierto un nuevo camino no solo para los sueños, sino para la ciencia y la tecnología.

Julio Verne había explorado, tal y como hemos visto en entradas anteriores, diversos aspectos de la ciencia de la época, algunas veces ajustándose a lo que en su momento ya existía ("Cinco semanas en globo", "La ciudad flotante"); imaginando artefactos e ingenios que eran evoluciones perfeccionadas de inventos aún en una fase primitiva, como el submarino "Nautilus" de "Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino"; o, en menos ocasiones, desarrollando conceptos netamente futuristas, como en su serie de la Luna. En “Robur el Conquistador”, el escritor galo aborda el tema de la navegación aérea, que por entonces comenzaba a cobrar ímpetu, si bien los avances efectivos eran aún escasos.

Como de costumbre, un misterio abre esta novela. Por todo el planeta, misteriosos sonidos, vagas luces provenientes del cielo y banderas que aparecen clavadas en lugares inaccesibles desconciertan a los habitantes de ambos hemisferios. Ningún observatorio parece ser capaz de confirmar o explicar el fenómeno. Se nos presenta a continuación un club muy peculiar, creado a semejanza del Baltimore Gun Club que Verne había ideado para "De la Tierra a la Luna": el Instituto Weldon de Filadelfia, un nido de lunáticos, apasionados defensores de los globos y dirigibles aerostáticos cuyo objetivo autoimpuesto es encontrar la manera de idear un método para maniobrarlos con eficiencia. Durante uno de sus debates, aparece un extraño personaje que dice llamarse Robur y que de forma insultante se burla de sus teorías defendiendo que el único medio de volar es con máquinas más pesadas que el aire. Los ánimos se soliviantan y Robur desaparece misteriosamente cuando los miembros del instituto se disponían a agredirle.

Aquella misma noche, el presidente y secretario del Instituto Weldon y el criado negro del primero, son secuestrados y llevados a lo que resulta ser una nave voladora, el Albatros. Básicamente se trataba de una especie de navío con hélices en sus mástiles en lugar de velas y que, como ocurre en un helicóptero, mantienen al aparato en el aire. Dos hélices, una a proa y otra a popa actúan como propulsores. La energía eléctrica necesaria para mover los motores provenía de unas pilas eléctricas de composición química desconocida. La nave, además, es invulnerable gracias a que su fuselaje está construido de papel comprimido y tratado para resistir cualquier ataque.

El ingenio resulta ser propiedad de Robur, quien lo maneja con ayuda de media docena de silenciosos y anónimos tripulantes. Ha llevado a cabo el secuestro de los dos sabios -que eran acérrimos enemigos entre sí hasta que se encuentran unidos en su papel de víctimas- con el supuesto propósito de demostrar la genialidad de su invención. A tal fin, durante tres semanas, recorre los cielos de todo el mundo, desde Norteamérica hasta Asia, desde Europa hasta África, llegando incluso al Polo Sur. El presidente y secretario, hartos de su cautividad y frustrados por ver sus teorías superadas por las de Robur, le exigen que les ponga en libertad. Ante la negativa de éste, urden un plan para destruir el Albatros.

"Robur el Conquistador" no es una novela brillante o novedosa, al menos en lo que se refiere a su estructura y desarrollo. Verne seguía aquí un esquema que había probado su éxito en novelas anteriores pero cuyos elementos eran ya de sobra conocidos. Las líneas generales son demasiado parecidas -por no decir iguales- a las de "Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino": el misterioso fenómeno que resulta ser una máquina avanzada, el secuestro de los protagonistas, el enigmático capitán de oscuro pasado, el largo viaje alrededor del mundo, ... Pero a diferencia de aquella, aquí no encontramos emoción, drama, personajes cautivadores o momentos inolvidables (me remito a la entrada en la que comentaba esa novela). Robur, el trasunto de Nemo, carece de personalidad alguna. Van pasando las páginas y lo único que sucede es que el Albatros viaja de un sitio a otro sin detenerse en ninguna parte y, por tanto, sin dejar que sus pasajeros interactúen con los paisajes que van contemplando desde el aire. Hacia el final, cuando estalla una tormenta y el aparato volador se encuentra atrapado en un peligroso ciclón, las cosas se animan algo más. El desenlace, aunque inverosímil, tiene también algo más de gracia pero, por lo demás, el conjunto es bastante soso.

Los defectos de Verne, ya comentados en otras ocasiones, siguen ahí: su manía de llenar páginas con fechas y nombres que no aportan nada a la narración; o su racismo, aquí representado por Frycollin, el criado negro. Como en obras anteriores, podemos entender que Verne no hacía sino reflejar unos prejuicios comunes en la época, pero hoy resultan ofensivos a nuestra sensibilidad. La obra tiene todos los visos de tratarse de un encargo solventado deprisa y con pocas ganas.

Si el libro tiene tantos defectos, ¿por qué entonces dedicarle un espacio en esta selección de obras de CF? Pues porque aunque el desarrollo es desacertado, el tema sí es novedoso. Verne fue, también aquí, un pionero en plantearse de manera seria el asunto de la navegación aérea. Hemos visto en entradas anteriores ("Hans Pfaal") el uso de globos para volar e incluso alcanzar otros cuerpos celestes, pero la visión de Verne supuso una novedad al plantear un debate interesante aunque hoy ya superado: los defensores de aparatos más ligeros que el aire -globos aerostáticos y dirigibles- dirigidos por hélices y timones; y aquellos que, como Robur, abogaban por la utilización de máquinas más pesadas que el aire impulsadas por motores. El escritor no contempló en esa pugna (aunque sí los menciona con poco convencimiento) los inventores que trataban de desarrollar aquellos ridículos aparatos que querían imitar el vuelo de las aves.

Aún faltaban casi veinte años para que los hermanos Wright hicieran volar por primera vez un avión y Verne llegaría a vivir aquel suceso trascendental. Pero en 1886, todavía quedaban por realizar muchos experimentos y no estaba claro qué camino seguiría la ingeniería. El Albatros -o cualquier cosa que se le pareciera-, sin embargo, nunca llegaría a construirse. Verne no acertó en esta ocasión con el ingenio que acabaría ganando la carrera: el avión. Lo más cercano que jamás existió al Albatros son los grandes helicópteros de transporte. La máquina de Robur era un trasunto de "Nautilus" volador, una plataforma movida por hélices que muchos ilustradores plasmarían en sus fantasías futuristas -el animador japonés Hayao Miyazaki, por ejemplo, ha utilizado en varias de sus películas artefactos inspirados en esos diseños- nunca saldría de los tableros de dibujo.

Hay otras curiosidades relacionadas con esta novela. Por ejemplo, que Verne la integrara en la misma corriente temporal que "Los Quinientos Millones de la Begún", a cuyos acontecimientos hace referencia en las primeras páginas. Por otro lado, el escritor francés nunca fue muy preciso a la hora de situar cronológicamente sus novelas pero, con excepción de la entonces inédita "París en el siglo XXI", siempre quedó claro que la acción transcurría en el presente (el suyo, claro). Aquí, sin embargo, Verne hace referencia a la Torre Eiffel como un edificio construido en el pasado. No la llama por ese nombre, claro, puesto que esa denominación la recibiría algún tiempo después de finalizada, pero menciona la gran torre metálica de 300 metros de altura que había sido construida para la Exposición Universal de 1889. Como esta novela se publicó en 1886, en el momento de escribirla, Verne conocía únicamente el proyecto y había visto el comienzo de los trabajos, pero no sólo dio la construccion por terminada, sino que asumió que se convertiría en el edificio más representativo de la ciudad.

Y aún hay una derivación curiosa más. Como hemos dicho, el libro se abría con misteriosos avistamientos acompañados de sonidos y luces. Pues bien, en 1896, empezaron a producirse en Estados Unidos informes de barcos voladores o, mejor, dirigibles. Aunque el fenómeno se dio sobre todo en Norteamérica, hubo también otros avistamientos en diferentes países por la misma época. Más de 1.500 periódicos en Estados Unidos dieron cuenta de sucesos similares. Cincuenta años más tarde, cuando las novelas y películas de ciencia ficción formaban ya parte de la cultura popular, nació el fenómeno OVNI. A finales del XIX, no se soñaba aún con extraterrestres, claro, pero las fantasías humanas eran las mismas. En lugar de platillos volantes, veían misteriosas aeronaves. Quinientos años antes habían sido vírgenes, santos o demonios.

Algunos afirmaron haber visto a sus ocupantes o incluso haber entablado contacto con ellos: aunque humanos, su comportamiento, maneras y vestidos eran extraños. Tres testigos de Texas informaron que los cinco tripulantes les habían dicho ser descendientes de las tribus perdidas de Israel y que habían aprendido inglés de una expedición que en 1553 había intentado llegar al Polo Norte. Huelga decir que, en un momento dado, esas fantasías fueron sustituidas por otras y que las conclusiones a las que llegaron los investigadores -tanto los que indagaron sobre la cuestión en el momento como los historiadores que la revisaron a posteriori- apuntaban a confusiones en el avistamiento de planetas, estrellas o formaciones nubosas, bromas o simples estafas. Los últimos informes se produjeron en Inglaterra en 1913.

Años más tarde, poco antes de morir, Verne continuó la aventura de Robur en "El Amo del Mundo" (1904) sobre premisas similares. De nuevo un misterio: luces y sonidos en lo alto de una montaña de los Apalaches, un vehículo que recorre las carreteras a tanta velocidad que no se le puede ver y que amenaza a peatones y carruajes, barco avistado en las aguas costeras del Atlántico que se mueve a gran velocidad evitando cualquier aproximación por parte de militares o civiles, un esquivo ingenio submarino localizado en un lago encerrado entre montañas... El inspector Strock, miembro de una rama especial de la policía y narrador de la aventura, recibe el encargo de solucionar el enigma.

Esta secuela, como era habitual en Verne, reconfigura la concepción original: Robur regresa, pero ya como criminal más que como una especie de Nemo benevolente aunque equivocado. Su Albatros es reemplazado por otra nave llamada L´Epouvante (Terror), un aparato más pequeño pero más poderoso, que combina las capacidades de un autómovil, un barco, un submarino y un avión -ahora ya con alas, no con hélices, como el Albatros-, desarrollando en cualquier medio una velocidad vertiginosa. El libro cuenta básicamente los intentos de las autoridades por derribar y atrapar al escurridizo Robur.

Cuando los hermanos Wright hicieron volar la primera máquina más pesada que el aire en Kitty Hawk, en 1903, se habían inventado ya miles de extraños aparatos voladores. Habían pasado 18 años desde la primera publicación de "Robur el Conquistador" y ahora Verne se adaptaba a los tiempos con un nuevo ingenio polivalente que, como el Albatros, nunca llegaría a existir más que en la imaginación de los escritores y dibujantes de CF. La ingeniería se decidió por el campo de la superespecialización: coches, barcos, aviones y submarinos se fueron diseñando cada vez más eficientemente para que ejecutaran sus respectivas tareas, pero sin pretender que realizaran proezas en otros medios distintos a los que les eran propios. Además, leído hoy, resulta gracioso comprobar cuán erróneas eran algunas ideas de la época, como que un vehículo que se moviera a 300 km/ resultaría invisible para el ojo humano, o que la velocidad reduciría el peso. Por lo demás, se trata de un libro más corto, más ligero y más entretenido que "Robur el Conquistador". Aunque los personajes carecen igualmente de profundidad y propósito, la intriga de las pesquisas que llevan hasta Robur le dan más dinamismo a la narración.

En los años que siguieron, hasta que la aviación alcanzó su "mayoría de edad" durante la Primera Guerra Mundial, las visiones de aparatos aéreos continuaron apareciendo en los relatos de CF. Sin embargo, esas ensoñaciones se empeñaban en cerrar los ojos ante las cada vez más claras leyes físicas que regían la aeronáutica: eran grandes aparatos, de dimensiones colosales, herederos de una época anterior. Los escritores de CF no supieron ver que lo que iba a cambiar el mundo no era el tamaño de los ingenios aéreos, sino la velocidad que alcanzarían. El mundo no iba a tardar en convertirse en un sitio más pequeño.

sábado, 26 de diciembre de 2009

1879-LOS QUINIENTOS MILLONES DE LA BEGUN - Julio Verne


Durante décadas, los estudiosos de Julio Verne han mantenido una dura y enconada controversia contra la idea popular de que el escritor fue el "Padre de la Ciencia Ficción" además de un profeta del futuro. Han insistido en que las malas traducciones, el cine de Hollywood e incluso los parques de Disney han reducido la figura e ideas del autor de los Viajes Extraordinarios a esquemas simplistas y desprovistos de contexto. Y también se han quejado, con razón, de la imagen de Verne como campeón del positivismo científico y el progreso, aun cuando al menos la mitad de sus novelas son o bien opuestas a la ciencia o bien escépticas respecto a los beneficios que el progreso tecnológico puede aportar a un mundo profundamente imperfecto.

Estos mismos estudiosos afirmaron durante mucho tiempo que el cambio en la visión de Verne tuvo lugar a mediados de la década de los ochenta del siglo XIX tras una serie de tragedias familiares y bastante después de haber escrito sus trabajos más famosos. En la actualidad, tras el descubrimiento y publicación de "París en el siglo XX", escrito al comienzo de su carrera literaria, todos estos expertos tendrán que replantearse sus argumentos y, probablemente, otorgar mucho más peso a la influencia del editor Pierre Hetzel en los temas y estilo de Verne.

“Los Quinientos Millones de la Begún” (o "Los quinientos millones de la princesa india", como también se le ha titulado en algunas versiones) es uno de esos trabajos "oscuros" de Verne, muy alejado del triunfalismo científico


Al principio del llbro, el Dr.Sarrasin recibe una extraordinaria noticia: por una carambola genealógica, resulta ser heredero de una inmensa fortuna dejada por una princesa india (la Begún del título). Individuo apacible, de mentalidad científica y con aspiraciones filantrópicas, decide invertir el dinero en un colosal proyecto: la fundación de una nueva ciudad, France-Ville, diseñada con criterios científicos y en la que se erradicarán todos los males que aquejaban a las ciudades de entonces –y a muchas de ahora-: suciedad, falta de higiene, pobreza... Será "una ciudad del bienestar y la salud", tal y como proclama entusiasmado ante sus colegas científicos.

En cuanto la noticia se hace pública, otro pariente perdido, Schultze, un químico alemán, sale a la luz y reclama su parte de la herencia que, en último término, ha de dividirse entre ambos a partes iguales. Verne solventa en dos párrafos el perfecto retrato del alemán: un individuo tiránico y despiadado que, al sernos presentado, se halla escribiendo un artículo para una revista científica, titulado: "¿Por qué todos los franceses presentan diferentes grados de degeneración hereditaria?"

El proyecto que trama Schultze con el dinero recibido es producto de sus ideas de supremacía racial sobre el resto de la humanidad y sobre los latinos en particular: la "ley del progreso decretaba la anulación de la raza latina, su sometimiento a la raza sajona y, por consiguiente, su desaparición total de la superficie del globo". El resultado es Stahlstadt, una ciudad fortificada de hierro y acero consagrada a la construcción de armamento -en un intencionado paralelismo con Alfred Krupp, el magnate alemán del acero-. Ambas ciudades, Stahlstadt y France-Ville se sitúan en las entonces lejanas y poco exploradas regiones de Oregón, aún no absorbidas a Estados Unidos.

Marcel Bruckmann, un joven alsaciano, íntimo amigo del Dr.Sarrasin, consciente de la amenaza que supone Schultze, decide llevar a cabo una peligrosa operación de espionaje, haciéndose pasar por suizo -lo que explica su acento alemán- e infiltrándose en la ciudad de acero para averigüar los planes del científico. Empezando desde los trabajos más básicos y ascendiendo en el escalafón por méritos propios, Marcel va pasando por los altos hornos, las minas de hulla y el departamento de diseño hasta llegar al círculo interno de la ciudad, donde, horrorizado, descubrirá cuál es el secreto que amenaza a France-Ville y, después, al resto del mundo: un colosal cañón preparado para disparar obuses cargados de ácido carbónico, capaces de aniquilar por asfixia y congelación a miles de personas. Como declara orgulloso Schultze: "con mi sistema no hay heridos, sólo muertos". Marcel deberá, en un tiempo límite, evitar la inminente catástrofe que segará la vida de miles de personas.

Como se supo tiempo después, la historia estaba basada en el manuscrito de Pascal Grousset, un revolucionario corso exiliado en Estados Unidos que había luchado en la Comuna de París. Incapaz de publicar en Francia debido al veto que recaía sobre él, le vendió a Hetzel la obra y éste se la pasó a Verne para que la puliera y elaborara una historia sobre ella. Hasta hoy sigue sin estar claro qué elementos son atribuibles a cada cual.

Al margen de estas curiosidades editoriales, el libro es muy interesante por varias razones. En primer lugar, como hijo de su tiempo. En 1870, se declara la guerra franco-prusiana –en aquel año Verne había publicado “Veinte mil leguas de viaje submarino” y “Alrededor de la Luna”-. Menos de dos meses después, el general Mac Mahon es derrotado en Sedán y Napoleón III capturado. Se acaba el Imperio y se inicia una resistencia “nacional” por iniciativa de los republicanos Fabre y Gambetta, con la proclamación de la Tercera República. Pero la milicia nacional republicana no tiene fuerzas ante la máquina de guerra prusiana y, con los ejércitos germanos ya en Versalles, Francia capitula en enero de 1871, perdiendo las provincias de Alsacia y Lorena.


La humillación nacional que sufrió Francia fue profunda y duradera. El propio Verne fue movilizado en la Guardia Nacional, ocupándose de la defensa costera, con escasísimos medios y municiones. Con el fin del conflicto, el escritor pasa dificultades económicas, puesto que su editor anda escaso de liquidez. Este libro de Verne es, en buena medida, una especie de revancha literaria y como tal hay que leerlo. Hasta entonces, Verne no había demostrado una animadversión particular hacia los alemanes y, de hecho, los protagonistas de "Viaje al Centro de la Tierra" eran de esa nacionalidad. En esta novela, sin embargo, el retrato de los alemanes, simbolizados por Schultze, es el de una nación militarista y fanática.



Aun cuando hoy muchos comentaristas lo interpreten a la luz de la muy posterior Segunda Guerra Mundial como una especie de proto Hitler y un aviso de los horrores que vendrían cuatro décadas después, en su origen no fue más que una representación deformada de la opinión francesa del momento, un tópico ciertamente forzado (el alemán no hace más que comer salchichas y sauercraut y beber cerveza aunque su negocio de venta de armamento le haya convertido en el hombre más rico del mundo) pero, a efectos narrativos, eficaz. No nos extrañará, a tenor de lo dicho, que el libro gozara de una tardía popularidad en Israel en los años cincuenta, (si bien la versión hebrea se preocupó de eliminar algunas referencias antisemitas que Verne había dejado caer en la novela).


Otro ejemplo de la relación del libro con la guerra de 1870 lo constituye el protagonista, el valiente alsaciano Marcel, quien ha mantenido intactas sus lealtades hacia Francia por mucho que su tierra haya caído bajo dominio germano. Por otra parte, el tercer protagonista de la historia, Octavio, hijo natural del doctor Sarrasin, es un trasunto del propio hijo de Verne, Michel. Octavio es un joven de débil personalidad cuyo único sostén para no caer en la vida muelle es el ejemplo de su amigo Marcel. Cuando éste desaparece para infiltrarse en Stahlstadt, cae en la degradación utilizando la fortuna de su padre para relacionarse con círculos sociales poco recomendables, gastar fortunas en el juego, ropa y fiestas y, en fin, sumergirse en una existencia absurda y sin sentido. En la novela, Verne quiso redimir al personaje, haciendo que tomara conciencia de la decadencia en la que estaba sumido y haciéndole volver con su familia y su amigo Marcel. En la vida real, el escritor no tendría la misma suerte.


Verne mantuvo una muy difícil relación con su hijo Michel. La mala conducta de éste hizo que su padre lo internara sin éxito en una clínica psiquiátrica, llevándolo luego a un reformatorio. Cuando cumplió 18 años, los disgustos continuaron. Le pidió a su padre la emancipación para casarse con una cupletista, de la que no tardará en separarse, tras haber secuestrado a una menor. Verne lo echa de casa, pero corre con sus gastos para evitar males mayores. En años sucesivos, ya después de publicada esta novela, Michel continuaría cargando a su padre con los déficits de sus ruinosas aventuras empresariales.

En un solo libro, Verne planteó los dos extremos tan queridos y desarrollados en años posteriores por la ciencia ficción: la utopía y la distopia. Stahlstadt, como hemos indicado, es una mole de metal amurallada y dividida en sectores, una especie de ciudad industrial completamente dedicada a la fabricación de bienes de equipo y armamento, un sistema regido con fría eficiencia germánica donde los obreros se reconocen por un número y en el que la vegetación se halla totalmente ausente -a excepción de una selva tropical que aprovecha el calor de los hornos de fundición y de la que se beneficia tan solo el líder-. Es un micromundo hostil, deshumanizado, donde la gente trabaja en condiciones durísimas, ejemplificadas en el libro por la desgraciada muerte del pequeño amigo de Marcel, Carl, un niño que literalmente vive en los corredores de las minas y cuyo único amigo es un caballo ciego que hace años que no ha visto la luz del sol. Todo el complejo está dominado por el Bloque Central y, en mitad del mismo, su centro neurálgico: la altísima Torre del Toro, donde vive y manda Schultze.


Opuesta a la pesadilla de Stahlstadt, Verne imagina la ciudad perfecta, France-Ville, donde el gobierno no está centralizado en nadie en particular, como ocurre en Stahlstadt, sino que las decisiones se toman de manera asamblearia, con lo que la continuidad de gobierno está asegurada –un aspecto este fundamental en el desarrollo de la novela-. Todo el mundo está sano y vive feliz en una ciudad que no parece tener ningún problema gracias a su perfecta planificación material y humana. Maravilloso… ¿o no?




Ciento treinta años después de que se escribiera la novela, las disposiciones de Verne para la construcción de la ciudad ideal nos parecen bien poco apetecibles. Por ejemplo, la ciudad en su estadio inicial es edificada por un ejército de trabajadores chinos, a los que Verne no considera candidatos recomendables para su proyecto: “El producto de los trabajos era depositado todas las semanas (...) en el Gran Banco de San Francisco, y todo chino que lo cobrase estaba obligado a regresar a su país. Precaución indispensable para deshacerse de una población amarilla que no habría dejado de modificar de una manera bastante molesta las características de la nueva ciudad”.

Ésta es una de las razones por las que el trabajo de Julio Verne se edita en la actualidad mayormente en forma de “adaptaciones” censuradas y mutiladas. Los originales contienen multitud de pasajes racistas y sexistas que ofenderían al lector moderno. La creencia de que los habitantes de cada nación tenían una serie de características particulares que los hacían más o menos aptos para la evolución y la supervivencia, era algo común en los años de Verne, como lo era la actitud hacia las mujeres. En la novela, la hija del doctor Sarrasin se lamenta de lo terrible que es ser mujer porque no hay nada que ella pueda hacer para ayudar en la defensa de France-Ville contra los planes de Schultze.

Las normas de construcción que rigen en esta comunidad utópica dan como resultado algo muy parecido a un barrio residencial edificado en retícula, con calles designadas por un número y con árboles flanqueando las vías. Todas las viviendas son unifamiliares y disponen de un jardín. Hasta aquí, no nos parece algo extraño. Realmente Verne supo ver más allá de su propia época e incluso en nuestros días algunos ayuntamientos tienen normativas mucho más estrictas en cuanto a apariencia y cuidado de las viviendas particulares se refiere, regulando las alturas, los colores y el estado en el que se deben mantener los jardines.

Sin embargo, otras normas que teóricamente iban destinadas a crear una ciudad ideal, no dejan de ser, a los ojos contemporáneos, agobiantes y coartadoras de libertad: "quedan terminantemente proscritos dos peligrosos elementos de enfermedades, verdaderos nidos de miasmas y laboratorios de venenos: las alfombras y los papeles pintados. El entarimado (...) evitará que se oculten los restos de una limpieza dudosa". Lo cierto es que tanta norma obsesiva por la limpieza raya en la ridiculez y podríamos incluso llegar a pensar que Verne estaba escribiendo una sátira: se prohíben los edredones y se regulan los muebles que debe tener el dormitorio; los humos de las chimeneas se depuran en hornos especiales para evitar la contaminación ambiental. Esa rigidez se extiende incluso a los espacios públicos: "cualquier comerciante que venda un huevo podrido (...) es tratado como lo que es: un envenenador".

Por otra parte, "para obtener el derecho de residencia (...), es necesario poseer buenas referencias y hallarse apto para ejercer una profesión útil o liberal en la industria, en las ciencias o en las artes (...). No se toleran las existencias ociosas". "No hay para que decir que los niños son obligados desde la edad de los cuatro años a seguir los ejercicios intelectuales y físicos que puedan contribuir a desarrollar sus facultades (...) se les habitúa a todos a una pulcritud tan escrupulosa que una simple mancha en sus vestidos la consideran un verdadero deshonor". Suena tiránico.

A Verne siempre le interesó el urbanismo y la planificación de la vida en las ciudades y tendría oportunidad de poner en práctica, al menos parcialmente, algunas de sus ideas años más tarde. En 1888 le proponen y acepta una candidatura de concejal para el ayuntamiento de Amiens, en la lista del partido radical socialista, que a pesar de su nombre era bastante moderado, y resulta elegido. Su labor pública estaría a la altura de su obra, ocupándose de asuntos artísticos y culturales.

Si dejamos a un lado “París en el siglo XXI”, el lado oscuro de la ciencia había ya aparecido en relatos anteriores del escritor, como “El experimento del Dr.Ox” (1874), en el que un investigador transforma un tranquilo pueblo en un hirviente caldero de emociones bombeando oxígeno puro en los hogares y edificios públicos. Todos los sentimientos se intensifican, los metabolismos se aceleran. Ante la Bandera (1896) vuelve a tocar la amenaza del aspirante a conquistador provisto de armas de destrucción masiva. Robur el Conquistador (1886) pretende dominar el mundo con su artefacto combinación de fortaleza volante, tanque y submarino; “La Misión Barsac” (1919) –completada por Michel Verne tras la muerte de su padre- nos lleva hasta una ciudad-fortaleza en África, desde donde un genio del mal usa sus inventos para desencadenar un caos mundial.


En resumen, “Los quinientos millones de la Begún”, no se cuenta entre lo más granado de la obra de Julio Verne. El propio escritor consideraba imposible la tecnología que Grousset había imaginado en su manuscrito pero, sometiéndose obedientemente a las órdenes de Hetzel, no lo cambió. Pero se trata de un libro importante que, leído con las referencias adecuadas, nos cuenta cosas sobre Verne, sobre su vida y su visión de la tecnología, sus ideas y las de sus contemporáneos en la Europa del siglo XIX. Se trata, en suma, de una fábula política con moraleja, parte distopia, parte tratado social de estilo dickensiano.