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lunes, 10 de octubre de 2016
1984- RUNAWAY, BRIGADA ESPECIAL – Michael Crichton
A finales de 1984, se estrenaron dos películas sobre robots asesinos. En octubre llegó la primera: “Terminator”, el título que lanzó la carrera de James Cameron y cimentó la de Arnold Schwarzenegger. La segunda fue “Runaway, Brigada Especial” que, a priori, partía como favorita. Estaba protagonizada por dos rostros muy conocidos como eran los de Tom Selleck y Gene Simmons (el bajista de “Kiss”), y escrita y dirigida por Michael Crichton, quien ya había firmado novelas y películas de gran éxito. Pues bien, “Runaway” acabó recaudando apenas 7 millones de dólares en taquilla, menos del 10% de lo que obtuvo “Terminator” (que, además, se rodó con un presupuesto mucho menor). Las críticas fueron muy regulares e incluso el propio Crichton no se mostró demasiado entusiasmado: en una entrevista para el Washington Post un mes después del estreno afirmó: “Me aburren los efectos especiales”.
Con la perspectiva que dan los treinta años que han pasado desde su aparición, no es difícil ver dónde patinó “Runaway”. “Terminator “cogió una idea aparentemente muy tonta (un robot asesino y culturista del futuro que persigue a una camarera) y se atrevió a desarrollarla con seriedad, resultando una película de persecuciones algo tosca pero plena de suspense. Por su parte, “Runaway” eligió un concepto plausible –que los robots domésticos pudieran experimentar fallos peligrosos- para lastrarlo a continuación con clichés y exageraciones. No es que sea una ruina total de película y en general puede hasta resultar entretenida, pero está claro que bajo todos sus defectos hay una historia mucho más interesante pugnando por salir a la superficie… sin conseguirlo.
lunes, 19 de octubre de 2015
1990- PARQUE JURÁSICO – Michael Crichton
¿Por qué nos fascinan tanto los dinosaurios? Hay algo en ellos que nos toca de forma muy profunda, algo que comienza desde nuestra misma infancia. ¿Quién no ha tenido un hijo o un sobrino capaz de memorizar los nombres en latín de decenas de dinosaurios? Basta ir a un museo de ciencias naturales para ver cómo los chiquillos abren sus bocas asombrados ante la visión de los vacíos esqueletos de un Tiranosaurio o un Tricerapto ¿Qué es lo que pasa por la cabeza de esos niños? ¿Qué pasaba por la nuestra cuando éramos como ellos? ¿Por qué los dinosaurios estimulan la imaginación de todo el mundo, independientemente de su edad, su origen social o su cultura? Nadie lo sabe.
viernes, 3 de enero de 2014
1987- ESFERA - Michael Crichton
En muchas de las obras de Michael Crichton es palpable la tensión entre sus dos facetas: la del escritor de ciencia ficción y la del autor de best sellers de fácil digestión para el gran público. Crichton fue un brillante estudiante de medicina en Harvard, donde se graduó con honores, aunque, desencantado por el ambiente hospitalario, más interesado en las intrigas de poder que en el cuidado de los pacientes, nunca aspiró a obtener una licencia profesional para ejercer y prefirió dedicarse a escribir. Sin embargo, de aquellos primeros años le quedó un interés por la ciencia que ya no le abandonaría hasta su prematura muerte en 2008.
martes, 21 de febrero de 2012
2008-LA AMENAZA DE ANDRÓMEDA

Hace ya años, Ridley Scott afirmó solemnemente que la ciencia-ficción estaba muerta. Pero bastante antes de que el cineasta contradijera sus palabras con sus actos y comenzara a preparar “Prometeus”, en 2004 comenzaron a circular rumores sobre su implicación como productor -junto a su hermano Tony-, en un proyecto televisivo de gran envergadura que ofrecería una nueva versión de una historia ya de sobra conocida por los aficionados del género: “La Amenaza de Andrómeda”. Cuatro años después, dividida en dos entregas, los telespectadores pudimos asistir una vez más a la más clásica de las historias de virus alienígenas.
Un satélite se estrella una noche en las afueras de Piedmont, Utah. Dos adolescentes que se encontraban en las cercanías transportan en su furgoneta el artefacto hasta el pequeño pueblo. Cuando los militares llegan para recuperar su juguete, se encuentran con que todos los habitantes han sufrido una muerte horrible. Se ha desatado una epidemia.
Inmediatamente se establece una zona de cuarentena y se pone en marcha el protocolo Wildfire, diseñado por el doctor Jeremy Stone (Benjamin Bratt) para caso de alertas biológicas. Él mismo y otros cuatro epidemiólogos son recluidos en un laboratorio de alta tecnología junto a los dos únicos supervivientes del pueblo, un viejo alcohólico y un bebé, con el fin de averiguar qué es ese virus (bautizado Andrómeda) y cómo puede combatirse. Por su parte, el periodista Jack Nash descubre que los militares están tratando de ocultar algo y él mismo se convierte en presa de siniestros elementos del gobierno que quieren silenciar cualquier filtración a toda costa.Andrómeda escapa de la zona de cuarentena utilizando animales como vectores de propagación. Mientras el peligro se extiende, los científicos de Wildfire llegan a conclusiones sorprendentes sobre el origen espacial del virus…
“La Amenaza de Andrómeda” (1969) fue el quinto libro de Michael Crichton pero el primero que publicó firmando con su propio nombre. También se convirtió en la primera de sus novelas en recibir adaptación cinematográfica en una cinta dirigida por Robert Wise en 1971. Ya analizamos con cierto detalle ambas obras en este blog, por lo que me remito a sus respectivas entradas.
La adaptación televisiva que en esta ocasión comento fue producida, como he dicho al principio, por los hermanos Scott y dirigida por Mikael Salomon, responsable de la fotografía en “The Abyss” (1989), realizador de varias películas menores y consolidado director para la pequeña pantalla de series y miniseries como “Terremoto en Nueva York”, “Alias” o “Hermanos de Sangre”
Lo primero que hay que decir es que resulta dudoso que Michael Crichton reconociera su novela
en esta reciente versión. Quizá fue por eso por lo que decidió aparecer en los créditos como J.Michael Crichton, como si esa letra extra le proporcionara una especie de anonimato. La película de 1971 era muy fiel al texto literario, realizando sólo cambios menores (como el que uno de los científicos fuera una mujer). Se trataba básicamente de una historia de médicos-detectives trabajando contra reloj para hallar una cura contra un virus llegado del espacio. En esta nueva miniserie, ese núcleo original se ha engordado con tantos elementos que lo único que queda de la historia inicial son las escenas de apertura y la idea muy general de un letal virus ajeno a la biología terrestre. En primer lugar tenemos una conspiración militar (aunque nunca se dice en qué consiste exactamente) con testigos molestos asesinados y fascistoides agentes del gobierno cometiendo en la sombra todo tipo de tropelías; en segundo lugar, una epidemia que se extiende (en el libro sólo existía un foco, quedando rápidamente contenida en el laboratorio Wildfire) infectándolo todo: los animales, el agua, la vegetación y mutando con imposible rapidez mientras avanza hacia California. Más extraño aún, el virus no se limita a matar a los humanos, sino que los vuelve maniacos homicidas o los impulsa a horribles suicidios. Para colmo, se sugiere que el ser es inteligente y, como si de un gran órgano se tratara, capaz de transmitir información a distancia a todos sus dispersos componentes. El guionista ha creado un supervirus tan fenomenal que la victoria final sobre él resulta difícil de creer.Y en tercer lugar, el que quizá sea el añadido más chirriante a la historia: la explicación de la
naturaleza y origen de Andrómeda. Para Michael Crichton, Andrómeda no era más que un virus capturado por un satélite orbital. Ni más, ni menos. No hacía falta complicar el argumento para tejer una historia tan apasionante como inquietante. Ahora, sin embargo, se introducen atropelladamente toda una serie de conceptos de física avanzada que no hacen más que confundir al espectador no avezado: agujeros de gusano, viajes temporales, nanotecnología, mensajes del futuro en código ASCII ocultos a nivel molecular… El guionista Robert Schenkkan no se dejó nada en el tintero.
Naturalmente, los tiempos han cambiado desde que se publicó la novela original. Entonces, los militares aún pasaban por ser los buenos, los únicos capaces de defendernos de las invasiones procedentes del espacio exterior. Hoy, varias guerras y escándalos más tarde, se mira al estamento militar y político con desconfianza y sospecha, acusándolos, en el mejor de los casos, de opacidad y defensa de oscuros intereses. Esa perspectiva está muy presente en la miniserie (su desasosegante final lo deja bien claro), así como otros elementos propios del signo de los tiempos si bien no se les llega a otorgar el relieve necesario: el miedo al terrorismo, las agresiones medioambientales (el asalto de los ecoterroristas y el destino final de los respiraderos submarinos nunca llega a solucionarse satisfactoriamente) o los periodistas “empotrados” en el ejército.
Es verdad que había aspectos que era necesario actualizar respecto a la propuesta original. Al fin y al cabo, cuando Michael Crichton escribió su libro en 1969, el Centro para el Control de Enfermedades de Estados Unidos acababa de construir su primer laboratorio de biocontención. Y aunque la novela sigue manteniendo intacto su emocionante pulso (razón por la que se sigue reeditando una y otra vez), la película de 1971 no ha envejecido tan bien. Ésta se rodó de tal forma que los científicos parecían ellos mismos gérmenes en el interior de enormes y asépticas instalaciones. La fascinación que entonces despertaba ese planteamiento visual y conceptual se ha disuelto ante los continuos avances científicos. Los ordenadores que aparecían en aquella película, por ejemplo, con sus lucecitas parpadeantes y primitivas pantallas, hoy no hacen más que provocarnos una sonrisa y un fugaz pensamiento acerca de lo ingenuos que fueron los guionistas de entonces.Por otro lado, la lentitud y frialdad documental que exhibía la cinta de Robert Wise no
conseguiría conectar hoy con un público más emocional y amante de un ritmo narrativo más rápido. En este sentido, probablemente, los hermanos Scott comprendieron que el telespectador de hoy no soportaría dos horas de escenas en las que un grupo de científicos anónimos discuten tests, resultados o teorías biológicas, habiendo de esperar a que llegaran los minutos finales para ver algo de acción. El problema es que además de añadir más capas y tejer una trama más compleja, esta miniserie parece haberse tomado una dosis doble de esteroides.
Mientras que la novela y la película eran, como he apuntado, historias de detectives/científicos, ese aspecto queda aquí minimizado y reemplazado por la mecánica narrativa propia del thriller de acción más trepidante. Hay asesinatos, suicidios, un bombardero que se estrella haciendo detonar un artefacto nuclear, pájaros que atacan a la gente… La última parte consiste sobre todo en una larga persecución campo a través en la que el periodista Jack Nash (Eric McCormack) huye de los asesinos enviados por el ejército; y el clímax final, aunque mantiene la estructura original (el científico trepando por el pozo de ventilación mientras se escucha la cuenta atrás de la explosión nuclear) se adorna con más gente, más efectos visuales y la muerte de varios protagonistas. Hay más capas, sí; pero no mejor resueltas. Es ahora cuando podemos apreciar mejor la sencillez –que no simplicidad- del relato original.Las irregularidades del guión tratan de compensarse hasta cierto punto con la inclusión de
llamativos chismes tecnológicos –aunque sin duda dentro de unos años contemplaremos con condescendencia estos mismos ingenios “futuristas”: papel electrónico, pantallas de ordenador tridimensionales, transferencia instantánea de datos en dispositivos multimedia… El que los efectos visuales se conviertan en un personaje tan llamativo como los interpretados por los actores no augura nada bueno respecto a la capacidad de supervivencia de esta miniserie.El paso del tiempo también se hace patente en otro aspecto en el que la miniserie difiere
profundamente de sus antecesoras: el tratamiento de los personajes. En la novela de Crichton y la película de Wise, los científicos eran individuos anónimos y anodinos que se comportaban casi como autómatas. No eran más que instrumentos al servicio del avance de la historia y transmisores de información al lector/espectador. Ahora, para empezar, los cinco hombres originales han sido sustituidos por tres varones y dos mujeres de razas diversas (hay una doctora negra y un científico asiático), lo cual, en principio, no es ni malo ni bueno. El problema es que el intento de crear un lazo de empatía entre los personajes y el espectador se hace a base de tópicos que nunca llegan a tomar auténtica forma o siquiera resolverse.
El doctor Stone tiene el típico hijo adolescente gruñón y rebelde; además, resulta que tuvo un lío romántico con otra de las doctoras del grupo cuando ésta era estudiante y él profesor, asuntillo del que aún quedan cabos sueltos. El virólogo exiliado Tsi Chou (Daniel Dae Kim) carga con un complejo de culpa por sus antiguos experimentos para el gobierno chino. El periodista Jack Nash es un adicto en rehabilitación. Y el antipático y protofascista científico militar Bill Keene (Ricky Schroder) resulta ser gay. Dado que de él depende en última instancia la supervivencia del proyecto –tiene la llave de desactivación del ingenio nuclear que puede destruir el laboratorio-, se produce, como él dice, el irónico resultado de que el desenlace depende precisamente del tipo de persona menos apreciado por el ejército. Pero todos esos dramas personales que el guionista nos sugería que iban a jugar un papel más o menos relevante en la trama, quedan totalmente olvidados en cuanto comienza la acción de verdad, lo que hace que pierdan totalmente el sentido y que el esfuerzo por crear personajes con los que poder identificarse no haya servido para gran cosa.
Con todo, es una miniserie técnicamente bien hecha y con suspense –el respaldo de los hermanos Scott tenía que servir de algo-, mantiene el interés durante tres horas –lo que ya es mucho decir- y aunque sin duda tiene defectos, muchas de las críticas negativas (como he apuntado) provienen en realidad de su cotejo con una obra literaria o una película anterior. Quién no haya leído o visto ninguna de aquéllas, será quien tenga más posibilidades de sentarse y disfrutar de la historia, ajeno a cualquier comparación desfavorable.
sábado, 14 de enero de 2012
1971- LA AMENAZA DE ANDRÓMEDA – Robert Wise

El estreno de “2001: Una Odisea del Espacio” (1968) supuso un enorme impulso para la CF cinematográfica. De género relegado a la serie B pasó a prometedora fuente de éxitos de taquilla. Resulta curioso, no obstante, que el camino que siguieron los realizadores norteamericanos a partir de aquella distara mucho del que podría esperarse. La película de Kubrick se estrenó cuando la carrera espacial se aproximaba a su clímax con la llegada del hombre a la Luna en 1969. Sin embargo, los films de ciencia-ficción que se realizarían en los años siguientes, en lugar de celebrar la apertura de la frontera espacial, se confinarían en la Tierra, mirando con desconfianza no sólo al espacio sino al futuro que nos esperaba aquí abajo, plagado de problemas insolubles. ¿Por qué? La brillante meta espacial que John F.Kennedy había vislumbrado con acierto en su famoso discurso de 1961 había quedado oscurecida por una América dividida, atemorizada por asesinatos políticos, revueltas juveniles, la guerra de Vietnam, la cultura de las drogas y el despertar de la conciencia ecológica.
“El Planeta de los Simios” (1968), “THX 1138” (1971), “El último hombre vivo” (1971), “Naves Silenciosas” (1971), “Soylent Green” (1973), “Zardoz” (1974), “La Fuga de Logan” (1976)…eran filmes empapados de pesimismo en forma de tecnología fuera de control, superpoblación, ruina ecológica, guerras atómicas… El temor a la tecnología, que había cristalizado en el tópico del “científico loco” en las películas de los años treinta y los films de monstruos mutados en los cincuenta, volvía en los setenta para pronosticar el declive y caída de la civilización humana.
En este contexto se inscribe “La amenaza de Andrómeda”, basada en el primer best-seller de
Michael Crichton, escritor por cuya bibliografía discurre una dicotomía no infrecuente en muchos escritores de CF: por un lado, el amor a la tecnología y la ciencia que forman la base de sus libros; por otro, un alarmismo un tanto sensacionalista que nos avisa de que hemos creado sistemas tan complejos que si escapan a nuestro control acabarán destruyéndonos. Esta historia nos cuenta la llegada de un microorganismo del espacio que amenaza con exterminar la raza humana, dándole la vuelta a la premisa de “La Guerra de los Mundos“ de H.G.Wells.
Algunos años antes de que dé comienzo la línea narrativa principal de la película, el doctor y premio Nobel Jeremy Stone convenció al gobierno norteamericano para organizar el Proyecto Wildfire, un conjunto de procedimientos e instalaciones para el caso de que el país hubiera de hacer frente a una epidemia. En abril de 1971, un pequeño satélite se estrella cerca del pueblo de Piedmont, en Nuevo México. Casi instantáneamente algo mata a toda la población coagulándoles la sangre en las venas. Todos, excepto dos: un bebe y un viejo borracho.El proyecto Wildfire se pone en marcha y el pequeño grupo de científicos encargados de descubrir la causa de las muertes se reúne en un gran y futurista laboratorio subterráneo en el desierto de Nevada. No tardan en encontrar que el asesino es un virus llegado del espacio exterior con el satélite. Su forma cristalina le permite absorber energía, crecer y mutar. Si sigue su tasa de crecimiento, todo el mundo se halla en peligro.
Robert Wise fue el encargado de dirigir esta cinta, un realizador de la vieja escuela, un profesional discreto que había construido su carrera paso a paso hasta convertirse en uno de los directores más competentes del gremio, condición que fue refrendada por dos Oscar al mejor director. Uno de sus primeros trabajos fue como montador de “Ciudadano Kane”, de Orson Welles, pero no tardó en pasarse a la dirección, realizando toda una serie de sólidas películas en las que su interés en conseguir una narrativa clara y el respeto al material original se anteponía a los experimentos formales propios de egos más hinchados. Fruto de su buen hacer fueron éxitos internacionales del calibre de “West Side Story” (1961) o “Sonrisas y Lágrimas” (1965).Pero junto a esos coloristas musicales, Wise fue responsable de un puñado de clásicos de la ciencia-ficción, género que en los cincuenta no era precisamente uno de los preferidos de los estudios. De ellos, “Ultimátum a la Tierra” (1951) es un hito del género, una película valiente y con mensaje que ha perdurado como uno de los clásicos de la CF. Pasarían bastantes años antes de que se le presentara la oportunidad de regresar al futuro de ficción gracias a esta película
De acuerdo a su estilo, Wise se mantuvo fiel al libro de Crichton, una intrigante historia de detectives/científicos a la búsqueda del origen de un virus y la forma de acabar con él. Se prestó una atención especial a la autenticidad y realismo, para lo que Wise adoptó un estilo documental un tanto plano y aburrido (toda la acción física del film se concentra en los últimos veinte minutos), alternando entre escenas en las oficinas gubernamentales y el laboratorio de investigación, utilizando vocabulario propio de los biólogos y médicos, tratando de asegurarse de que los pormenores científicos son correctos y mostrando el auténtico proceso –o lo más próximo
a ello que permite el cine- que siguen ese tipo de investigaciones. Esa atención al detalle llevó a Wise a dedicar 300.000 de los 6.5 millones de dólares con que contaba de presupuesto a la construcción del laboratorio subterráneo. No hay muchas películas que no subestimen al espectador y no incurran en burdas simplificaciones, omisiones o exageraciones sensacionalistas. “La Amenaza de Andrómeda” es una de ellas.Pero claro, ello fue a costa de dejar de lado los personajes. Éstos carecen de todo interés o empatía entre ellos y su personalidad desaparece tras los monitores, las probetas, los brazos robotizados, las impresoras vomitando informes y avisos y los larguísimos procedimientos de seguridad e higienización. Wise introdujo una variación respecto al libro al convertir a uno de los investigadores en mujer –Ruth Leavitt, interpretado por la actriz Kate Reid-, ajustándose a los nuevos tiempos en los que la mujer tomaba un papel más participativo en multitud de ámbitos, entre ellos el científico. A diferencia de otras pélículas en las que sí aparecían científicos femeninos (recordemos a Raquel Welch en “Viaje Alucinante” (1966), Kate Reid no despierta atractivo sexual ni romántico alguno. Es, simplemente, un miembro más del equipo.
Wise y Crichton, director y escritor, compartían la misma desconfianza hacia la competencia de las autoridades en caso de contacto con una amenaza alienígena. En el caso del primero, “Últimatum a la Tierra” subrayaba el desconcierto de la clase política y militar; en cuanto a Crichton, como ya comentamos, muchos de sus libros giran alrededor de la incapacidad del ser humano para comprender plenamente y mucho menos controlar la propia tecnología que desarrolla. Ese temor se manifiesta en esta película en forma de siniestra ironía: un laboratorio de última generación es puesto en peligro por causa de algo tan insignificante como una tira de papel celo atrapado en la impresora y casi destruido por sus propios sistemas de seguridad: el artefacto nuclear que volará todo el complejo no puede desactivarse ya que, no habiéndose finalizado totalmente su construcción, aún no están instalados todos los dispositivos de apagado.Mientras que “Ultimatum a la Tierra” se movía dentro de los parámetros cinematográficos convencionales de una producción de Hollywood, “La Amenaza de Andrómeda”, desafía esas convenciones de múltiples maneras: la ausencia de música de fondo (como “Planeta Prohibido” antes que ella, su banda sonora estaba compuesta por sonidos electrónicos obra de Gil Gellé), actores poco conocidos y ausencia de subargumento romántico. El ritmo de la película es irregular y los personajes parecen ausentes, como desconectados de la narrativa principal. Fuera deliberado o no, lo cierto es que ello contribuyó a aumentar la sensación opresiva de amenaza por parte de un ser alienígena al que no se puede ver.
Sin embargo, el espectador puede encontrar hoy la película aburrida e irregular. El problema es
que “Andrómeda” comienza como una historia de detectives biológicos. ¿Conseguirán desentrañar los secretos del mortal virus alienígena antes de que crezca tanto que sea imposible contenerlo y se propague por todo el planeta? Sin embargo, al menos un tercio de la película no se centra en esa cuestión, sino en el colorista proceso de descontaminación. Además, a diferencia de una historia convencional de detectives, no hay pistas que nos puedan indicar la solución del enigma. Peor aún, los investigadores ni siquiera resuelven el problema, sino que lo hace el propio virus sin ayuda alguna (muta a una forma inofensiva para los humanos), lo que provoca un anticlímax decepcionante. En lugar de llevar la propuesta inicial hasta sus últimas consecuencias, se abandona por otra totalmente diferente en el último momento: ¿podrán escapar los científicos del laboratorio subterráneo antes de que se autodestruya?.
Lo anterior suena bastante mal, pero la película consigue mantener el tipo gracias a la coherencia y unidad que le proporciona su aspecto visual. El comienzo es aterrador: los espacios abiertos y luminosos del desierto consiguen transmitir una sensación de ansiedad y amenaza cercana a través del aniquilado pueblo de Piedmont, con sus cadáveres esparcidos por las calles y los investigadores embutidos en unos inquietantes trajes con escafandra. A continuación, y progresivamente a medida que los personajes se introducen en los diferentes niveles del laboratorio Wildfire, se pasa a un ambiente futurista, cerrado y estéril, al que también recurrieron otros films de los setenta (“2001”, “THX 11338”, “La Fuga de Logan”…). El futuro es un lugar en el que la tecnología ha alcanzado un punto de perfección aséptica. La presencia de los humanos parece estropear, infectar podríamos decir, esta especie de utopía científica. Aunque “La Amenaza de Andrómeda” no transcurre en un futuro muy lejano, participa de esos diseños blancos y rectilíneos y esa iluminación que apaga los detalles, como si el hombre hubiera perdido parte de su humanidad, recluido en un mundo frío y mecánico en el que incluso las voces han perdido su naturalidad.
Por cierto, que relacionados con el apartado técnico hay dos nombres que son leyenda dentro del mundo de los efectos especiales en el cine de CF. Uno de ellos es Douglas Trumbull, creador de algunas de las escenas más bellas del género en films del peso de “2001: Una Odisea del Espacio”, “Encuentros en la Tercera Fase” o “Blade Runner”. Trumbull y el experto en ordenadores James Shout se convirtieron en pioneros de la animación digital al desarrollar para “Andrómeda” las imágenes en las que el virus se desarrolla y crece. Como ayudante de Trumbull figura en los créditos John Dykstra, quien unos años después crearía la mítica cámara de control dirigido Dykstraflex, que aplicó a las inolvidables escenas de “Star Wars”.La película ha perdido validez en sus detalles científicos, pero aún resulta interesante ver cómo los humanos libran su desesperada batalla contra el invasor microscópico. En su momento “La Amenaza de Andrómeda” fue un gran éxito, una de las películas de CF más taquilleras de la época pre-“Star Wars” (1977) y, aunque no fue la primera película de epidemias (recordemos la magnífica “Pánico en las calles” (1950) de Elia Kazan) sí fue pionera en enfocar el tema desde un punto de vista más científico. En esta corriente se inscribiría también “Estallido” (1993) y, más recientemente, “Contagio” (2011).
sábado, 24 de diciembre de 2011
1973-ALMAS DE METAL - Michael Crichton
El placer derivado de la suspensión de realidad o autoengaño no es exclusivo de la CF, sino intrínseco a la ficción en general y común a todas las artes. Incluso la más utilitaria y apegada a la realidad de estas, la arquitectura, cuenta como su mayor logro la creación de entornos sagrados cuyo objetivo es transmitir la ilusión de los paraísos celestiales. Por no hablar del éxito de sus hijos bastardos, combinación de arquitectura e ingeniería: los parques temáticos, todos ellos modelados a partir de Disneyland, pequeñas aldeas de Potemkin diseñadas para engañar a los clientes previo pago de una entrada. No es coincidencia que tres de los éxitos de uno de los escritores más populares del siglo XX, Michael Crichton, transcurran en torno al concepto de parque temático: “Parque Jurásico”, “El Mundo Perdido” y “Almas de metal” (“Westworld”).Los parques temáticos tienen un punto en común con la ciencia-ficción: evocar en quien los disfruta un fuerte deseo de visitar el mundo reflejado en ellos y experimentar sus emociones. Es por ello por lo que “Almas de Metal” está considerado un clásico del cine de CF: no es gracias a su rígida dirección o la profundidad intelectual del guión, sino por ser el primero en plantear una reflexión posmoderna sobre ese deseo.
Por mil dólares al día, el futurista parque temático Delos ofrece a sus visitantes la oportunidad de interpretar un papel en versiones idealizadas del Imperio Romano, la Edad Media y el Lejano Oeste. Pistoleros, prostitutas, caballeros, princesas, plebeyos… son sofisticados robots programados para interactuar con las fantasías del cliente. Dos veraneantes de Chicago (James Brolin y Richard Benjamin) se proponen disfrutar de semejante chollo. Se les dice que como los robots están construidos siguiendo las Leyes de la Robótica de Asimov (nunca dañar a un humano o permitir que por inacción éste resulte dañado) pueden hacer lo que quieran con ellos (disparar a los residentes mecánicos de la ciudad, acostarse con ellos…), consejo que no tardan en seguir.
Sin embargo, las cosas no tardan en torcerse y un fallo mecánico vuelve locos violentos a todos los robots. Uno de ellos, un pistolero (Yul Brynner), la toma con los dos protagonistas, matando a uno y emprendiendo una incansable persecución del otro por todo el parque. Aunque el robot es finalmente acorralado e incinerado, la victoria suena a hueca ante la visión de los muertos que yacen por las calles.
Ciertamente, la idea del parque de atracciones de alta tecnología que pierde los papeles y
amenaza a los humanos ya aparecía en un episodio de “Star Trek” de 1966. Pero “Almas de Metal” perfeccionó aquel concepto pasándolo por el tamiz de la CF de Crichton, una CF que ha estado dominada por el tema de la tecnología fuera de control, complejos sistemas mecánicos o informáticos que causan más problemas de los que resuelven debido a accidentes imprevistos o errores humanos. Ese tema se hallaba presente en “La Amenaza de Andrómeda” (1969), de la que ya hablamos en una entrada anterior. En otro de sus libros, “El Hombre Terminal” (1974), los intentos de serenar la inestable mente de un epiléptico violento mediante injertos electrónicos en su cerebro acaban convirtiéndolo en un adicto a las descargas eléctricas controladas y enloqueciéndolo aún más; “Parque Jurásico” (1993) nos cuenta la historia de otro parque temático que falla, liberando a los dinosaurios recreados genéticamente que guarda en su interior. El propio poster de “Almas de Metal” rezaba: “Bienvenidos a Westworld, donde nada puede salir mal”, un eslogan que resume perfectamente el recelo de Crichton hacia la confianza ciega en la tecnología, su temor de que, traspasando los límites de la ciencia, el hombre cree un monstruo (representado en esta película por el robot pistolero) del que resulte difícil deshacerse.
“Almas de Metal” supuso el debut como director de Michael Crichton, un graduado en medicina por Harvard que había escrito un libro de enorme éxito, “La Amenaza de Andrómeda” (1969), de la cual se hizo una película (1971) que también consiguió buenos resultados. Fue por entonces cuando Crichton visitó Disneyland y su más flamante novedad: la atracción “Piratas del Caribe”, un entorno que recreaba el mundo de los piratas haciendo uso de perfeccionados animatrones. Inspirado por aquello y aprovechando su recién adquirida popularidad, el escritor consiguió financiación para escribir y dirigir “Almas de Metal”, película que, a pesar de contar con un presupuesto comedido, acabó convirtiéndose en uno de los films de CF más exitosos de la época anterior a “Star Wars” (1977).Teniendo en cuenta que “Almas de Metal” fue su primera película como director (había ejercido
tal función un año antes, pero se trataba de un telefilm, “Pursuit”, historia adaptada de un libro suyo, “Binario”, un thriller sobre bioterrorismo), Crichton hace un trabajo decente aunque algo acartonado. Tiene aciertos como la terrorífica persecución final; o la alternancia en el montaje entre las escenas en el “Lejano Oeste”, llenas de color, movimiento y vida, y las que nos muestran el centro de control, frías e impersonales, subrayando así el carácter artificial de la ilusión. Y, desde luego, hay que atribuirle al menos parte del mérito de conseguir que la película luzca visualmente mejor de lo que su magro presupuesto (1,25 millones de dólares) podría hacer suponer. Se consiguieron reducir costes rodándola en los decorados que la MGM tenía ya construidos en su estudio y echando mano de viejos trucos ópticos. Aun así, fue la primera película que utilizó gráficos por ordenador en dos dimensiones.
El principal agujero en el guión es la ausencia de explicación acerca del problema de los robots: ¿por qué se vuelven locos? ¿por qué les da por matar humanos? ¿Cómo anulan el sistema de seguridad de sus armas? Sólo se da una vaga noción de que las máquinas se han convertido en algo demasiado complejo y que no les caemos simpáticos. Tampoco es convincente el que los técnicos sólo sean capaces de detectar a los androides porque sus manos no están del todo bien conseguidas; si han logrado fabricar robots tan perfectos que uno puede tener sexo con ellos, resulta inverosímil que algo comparativamente tan sencillo como las manos no les salga bien.Brynner está extraordinario en su papel de desalmado asesino robótico, una máquina que no parará hasta que alguien la destruya. No sólo acertó Crichton en escoger al calvo actor de torva mirada para el papel, sino que deliberadamente lo vistió con el mismo atuendo que lució encarnando al personaje de Chris, en otro inmortal del cine, “Los Siete Magníficos” (1960).

En este sentido, el androide interpretado por Brynner precede a otros robots matahombres más conocidos, como “Terminator” (1984) o incluso a asesinos psicópatas como el Michael Myers de “Halloween” (John Carpenter reconoció que el pistolero “Brynner” fue una inspiración directa). Hoy, la idea del robot asesino imparable, silencioso, mortal y muy parecido a nosotros, se ha utilizado tanto que no nos impresiona. Pero el “Pistolero” Brynner no sólo fue el primero de tan ilustre lista, sino que sigue contándose entre los mejores: amenazador, impasible, sin pizca de humor y sin frasecitas ingeniosas preparadas para el momento oportuno. En las décadas que siguieron, el cine de CF nos presentaría robots más rápidos, más fuertes, más letales… Pero el Pistolero sigue siendo, probablemente, el más robótico e inhumano de todos.
En 1976 se estrenó una secuela, “Future World”, dirigida por Richard T.Heffron. En ella, Delos vuelve a abrir sus puertas tras haber invertido una fortuna en mejorar la seguridad. Dos visitantes vuelven a encontrarse en problemas, esta vez un par de reporteros (Peter Fonda y Blythe Danner) invitados a visitar el lugar y escribir sobre él. El demente propietario del parque, como si fuera un maléfico Walt Disney, pretende sustituir a los líderes mundiales por androides bajo su control. Yul Brynner haría aquí su última aparición, de nuevo como Pistolero pero en una secuencia onírica. En el escaso haber de esta rutinaria película se encuentra el haber sido la primera que utilizó efectos digitales en tres dimensiones.
Hubo también una serie televisiva, “Beyond Westworld” (1980), en la que un científico megalómano, Simon Quaid, envía a los poderosos robots que diseñó para el parque temático de Delos como peones y vanguardia de la sociedad perfectamente programada que pretende alcanzar a la fuerza. A las máquinas se enfrentarán los agentes especiales John Moore y Pam Williams (Connie Selleca), a sueldo de la corporación propietaria de Delos. Con ayuda de un genio en computadoras, el Profesor Oppenheimer, deberán descubrir y neutralizar cualquier amenaza robótica. Que sólo se rodasen cinco episodios –de los que la CBS emitió tres- ya habla por sí solo.
La influencia de “Almas de Metal” aún perdura y el tema del parque temático poblado por androides volvería a utilizarse en films como “Welcome to Blood City” (1977) o “El Extraño” (1998) –ambas auténticos bodrios-. Asimismo, durante los últimos diez años, ha estado circulando el rumor de que uno u otro director preparaba un remake. “Almas de Metal” no lo necesita. Como película no es totalmente satisfactoria y el tiempo no ha sido tan amable con ella como debiera (especialmente en lo que se refiere a la estética: los peinados setenteros son chirriantes), pero aún se deja ver y es de justicia reconocer que en su momento fue innovadora y original. Como buen parque temático, Delos no pretende mostrarnos reproducciones históricamente precisas de mundos y momentos históricos, sino construcciones idealizadas que sirvan de marco para que los adultos proyecten sus fantasías más violentas –sexuales o no-. ¿Y no es eso lo que, en definitiva, hace el cine?
sábado, 19 de noviembre de 2011
1969 - LA AMENAZA DE ANDRÓMEDA - Michael Crichton

Me encantan las historias de ciencia-ficción, pero algunas veces, la realidad es incluso más extraña. En los últimos años puede que no hayamos sido testigos de una odisea espacial, pero han sucedido cosas que podrían haberse considerado sin problemas como CF, por ejemplo, el SARS, la gripe aviar y otras pandemias víricas. Los estallidos de virus letales han sido desde hace mucho tiempo un tema predilecto de la CF y aunque por ahora no han convertido a la gente en zombis, no son difíciles de imaginar escenas de desesperadas investigaciones a la búsqueda de una cura, hombres enfundados en atemorizantes trajes amarillos de plástico, terror, caos y cadáveres alineados en polideportivos.
Uno de los mejores relatos de CF sobre el tema es “La Amenaza de Andrómeda”, el libro que lanzó a la fama a Michael Crichton, su primer best seller. Escribió el borrador mientras era estudiante de medicina en Harvard, inspirado por una conversación con uno de sus profesores sobre el concepto de vida basada en formas cristalinas.
Un satélite cae en un pequeño pueblo de Piedmont, Arizona, matando a todos sus habitantes. Bueno, no a todos. El equipo de rescate se encuentra con un bebé que no para de llorar y un anciano alcoholizado. Ellos serán la clave para encontrar una cura a lo que resulta ser un virus del espacio exterior bautizado como Andrómeda.
El suceso pone en marcha un protocolo de emergencia que recluta a un puñado de científicos punteros en diversas disciplinas médicas y biológicas y los encierra en un laboratorio subterráneo ultrasecreto, el Wildfire, equipado con el más moderno instrumental para lidiar con las amenazas biológicas extraterrestres, una contingencia que nunca se esperó que llegara a ocurrir. Los investigadores inician una carrera contra reloj en su búsqueda de una cura antes de que el virus se extienda. Además, el propio laboratorio resulta ser una trampa mortal cuando las cosas toman un curso inesperado…El libro, pleno de suspense y con una sólida orientación científica, ha sido siempre acogido favorablemente no sólo por los aficionados a la CF dura, sino por los propios científicos. El escenario que plantea la novela (un microbio extraterrestre que mata a casi todos sus huéspedes hasta que muta a una forma que le permite sobrevivir fuera de los humanos), aunque improbablemente rápido en su desarrollo, refleja de hecho el curso natural de las epidemias: los virus tienden a evolucionar hacia formas menos agresivas que mantengan vivos a sus hu
éspedes más tiempo.Por otro lado, para muchos científicos la novela –no lo olvidemos, publicada el mismo año que se efectuó la llegada del hombre a la Luna- constituyó una advertencia acerca del peligro de contaminación proveniente del espacio exterior. Aún hoy no son pocos investigadores los que se han mostrado contrarios a traer a la Tierra muestras recogidas en Marte por el peligro de que, como ellos mismos mencionan, se cree una situación “Amenaza de Andrómeda”, poniendo en peligro la biosfera terrestre con una contaminación microbiana. La NASA siempre ha declarado que no encontraron muestras de vida en el planeta rojo, pero al menos dos astrobiológos incluidos en el proyecto Viking opinaban lo contrario…
Desde la publicación de “La Amenaza de Andrómeda” hasta hoy, Michael Crichton ha sido considerado, desde un punto de vista comercial, el escritor de CF con más éxito del último tercio del siglo XX. En buena medida esto se debe a que no ha sido clasificado como escritor de CF y, por tanto, excluido de los prejuicios vigente contra el género. Sus bestsellers nos han contado epidemias víricas del espacio exterior, tribus perdidas en escondidos rincones africanos, control mental electrónico, robots enloquecidos, naves estelares estrelladas en el fondo del océano y dinosaurios recreados genéticamente, todos ellos temas clásicos del género. Pero, de alguna manera, no parece CF cuando Crichton los aborda. ¿Por qué?Porque la acción no transcurre en naves espaciales u otros planetas, sino en un presente –o
futuro inmediato- muy plausible, modificado sólo en aquel aspecto que el libro trata. Además, la novedad que nos ofrece es algo de lo que su público ya está convencido a medias. Cuando se estrenó la película “Parque Jurásico”, todos los medios de comunicación se apresuraron a afirmar que la ciencia estaba a punto de conseguir resucitar dinosaurios, porque Crichton y la maquinaria de marketing que le respaldaba sabían muy bien que contar un simple embuste no sería suficiente. La gente quiere creer en esas ficciones; de algún modo, piensa que son plausibles, y eso es lo que diferencia la ciencia ficción de la fantasía. Michael Crichton lo sabía muy bien y construyó su fama en base a ello.
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