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lunes, 15 de agosto de 2011

1986-CHANCES - Horacio Altuna


Un consejo: si estás deprimido, no leas este comic. Porque siendo como es una excelente historia de CF, es también una obra que llena de desazón. Y es que si las historias anteriores de Horacio Altuna relacionadas con este género dejaban cierto espacio para la ternura ("El Último Recreo") o el humor ("Ficcionario"), en los seis capítulos en que se divide "Chances" no hay resquicio alguno para la esperanza o el alivio.

En gran medida, la ciudad distópica que nos presenta Altuna es la misma que ya vimos en "Ficcionario": estrictamente dividida en barrios según las clases sociales. En la zona A, los más acomodados, rodeados por un sólido perímetro de seguridad y protegidos por una policía que no es más que un ejército privado a su servicio. Aunque no se nos muestra su barrio, sí se nos dan pistas que nos indican su calidad de vida, su desprecio por los menos favorecidos y su distanciamiento físico y emocional de éstos. En la zona B viven -mejor dicho, malviven- todos los demás. Es un entorno urbano opresivo, superpoblado, invadido por la basura, los charcos de agua sucia, las ratas y la degeneración material y moral.

Los ricos disponen de centros médicos en los que desarrollan y custodian clones de sí mismos, a la espera de necesitar sus órganos cuando llegue el momento del inevitable deterioro de los propios. Uno de esos clones condenados a morir jóvenes, Riff, escapa de la clínica cuando va a ser "utilizado" por su padre genético. Su objetivo inicial es encontrar a un tal Marcos, un supuesto revolucionario que anima en sus panfletos clandestinos a la revolución y la lucha contra el régimen. No tarda Riff en encontrar a su idealizado héroe, sólo para descubrir que es un intelectual cobarde que no se atreve a llevar a cabo lo que tan incendiariamente proclama a escondidas.

Riff inicia entonces su particular viaje a los infiernos por las zonas más oscuras e inquietantes de la megaurbe. Habiendo pasado sus 18 años de vida en un laboratorio, ignora la realidad de lo que va a encontrar. A través de sus ojos, de los personajes que encuentra, de las situaciones que experimenta, descubrimos una sociedad desesperanzada, degenerada y violenta.
Mientras huye de la policía que lo busca para devolverlo al centro de clonación, Riff conocerá a otros personajes que, de modos diferentes, tratan de sobrevivir empozoñándose lo menos posible: Lobo conserva un rincón de honestidad que le impulsará a tender una mano a Riff y guiarlo en sus primeros pasos por ese difícil mundo; Malena, la prostituta que bajo su cinismo esconde aún sentimientos y que inicia al clon en el sexo (“entre el sexo por amor y el sexo por dinero…siempre el sexo por dinero sale más barato”), “El cura”, un chocante beato que llama “Dios” a su perro y ha optado por vivir entre los pobres, tratando de mantener una débil chispa de caridad combinada con rebeldía (“contra el poder hay que ir por libre, no entregarse, es la manera de resistir y joderlo”).

Pero esos breves encuentros no son suficientes para compensar la marea de sordidez, decadencia, cruel conformismo y corrupción física y moral que parece inundarlo todo. Las imágenes que van desfilando ante los ojos de Riff son estremecedoras: un adolescente que se suicida en un fotomatón mientras los viandantes contemplan las fotos disparadas por la cámara, unos gamberros acosando sexualmente a una jovencita acompañada de su madre, violaciones en grupo, drogadictos que se chutan en plena calle, pederastas, desguaces de coches convertidos en residencias habituales de familias deshauciadas, snuff movies con jovencitas, tráfico de
cadáveres,... ¿Cómo sobrevivir aquí, no ya física, sino mentalmente? Está el pobre anciano que esconde una baratija como si fuera una obra de arte, aferrándose a la belleza que ve en ella y creándose la ilusión de ser especial, diferente a la chusma que lo rodea, hasta el punto de que prefiere morir a perderla; o el padre que se vuelca totalmente en su hijo, un adicto terminal, por quien roba y se deja matar intentando conseguir heroína.

¿Es la vivencia de Riff un viaje iniciático? Puede que sí, pero también es un viaje terminal. A
diferencia de lo que suele ser norma en este tipo de relatos, el protagonista, en su aventura, no aprenderá a sobrevivir, no mejorará como persona, no encontrará una meta y superará todos los obstáculos para alcanzarla. Al contrario, aterrorizado por lo que ve, incapaz de hallar algo a lo que aferrarse para salvar su humanidad -o siquiera continuar viviendo-, el único escape que encuentra, sin trabajo, sin dinero, solo y bombardeado por un panorama desolador donde impera la ley del más fuerte, el más insensible y el más corrupto, será la drogadicción y la violencia asociada a ella. Al final, ni eso será suficiente, y preferirá entregarse a la policía para su inevitable destino. Sus primeros pasos en la vida real son también los últimos.
La brutalidad de la zona marginal, la zona B, tiene una refinada imagen especular en la zona A: los fríos médicos encargados de asesinar a los clones para extraerles los órganos charlan sobre apartamentos en la playa al tiempo que utilizan un lenguaje distanciado respecto al horrible oficio que están desempeñando: “espécimen clonado “Riff” desvitalizado. Procedan a desidentificación”. Ellos, en sus impolutas batas blancas, o el estirado comisario de policía que detiene a Riff, hablan de trabajo honesto, de sacrificio, de cristianismo, de honestidad… mientras golpean y asesinan sin piedad, remordimiento ni duda alguna.

Resulta lamentable que en todas las historias de la CF, en las que se detallan todo tipo de obras
literarias, películas o series de televisión, se omita invariablemente el ámbito del comic cuando éste ha dado abundantes pruebas de ser un medio ideal para desarrollar historias de este género. "Chances" es un buen ejemplo de ello. La desasosegante belleza de sus páginas no tendría en absoluto la misma fuerza si quisiéramos trasladarlo a palabras y frases. Los dibujos entran directamente en contacto con la parte emocional de nuestro cerebro sin necesidad de un proceso intelectual previo. Y, al mismo tiempo, su traducción a la imagen real propia del cine, convertiría sus viñetas en escenas demasiado escabrosas como para poder recrearse estéticamente en ellas. En cambio, el talento de Altuna consigue mantener el difícil equilibrio entre la armonía que desprende un dibujo bien perfilado, una página diestramente compuesta y una narración fluida por un lado; y la brutalidad del tema que en ellas se trata por el otro.
Como todo buen maestro del comic, Altuna sabe que no es necesario abusar del texto cuando la imagen puede hacer el mismo papel con más eficacia. Así, Riff habla poco y no hay globos de pensamiento que nos revelen lo que pasa por su mente. No hace falta. Sus ojos son los nuestros y sus pensamientos los ponemos nosotros. Las secuencias mudas son tan elocuentes que cualquier texto añadido no podría mejorarlas.

Como en "Ficcionario", sus viñetas están repletas de detalles, pero a diferencia de aquél, aquí la aplicación del color ayuda a diluir el duro contraste de blanco y negro, de sombras y luz.

La inclemencia y desesperanza que emanan de "Chances" (publicado originalmente en Francia por la editorial Dargaud y disponible actualmente en España a través de una edición de Norma Comics) no le impidió ser reconocida como una de las mejores obras de aquel año, recibiendo el prestigioso Premio Yellow Kid del Salon de Lucca al mejor Autor Internacional.

Han pasado nada menos que 25 años desde su publicación y "Chances" no ha perdido un ápice de actualidad. Hoy se puede leer y disfrutar con la misma intensidad que cuando fue dibujada; sólo los clásicos pueden presumir de ello. Es, sin duda, una de las obras más logradas de su autor y, al mismo tiempo, una de las más duras y despiadadas visiones del futuro que puedan leerse en la CF.

martes, 7 de junio de 2011

1983-FICCIONARIO - Horacio Altuna


Horacio Altuna se estableció en España en 1982, fijando su residencia en Sitges. Es entonces cuando el dibujante argentino se convierte también en guionista. Por una parte, continuar la colaboración con su socio creativo habitual desde hacía años, Carlos Trillo ("El Último Recreo"), que se había quedado en Argentina, resultaba complicada en una época en la que no existía internet; ambos autores acostumbraban a discutir y construir sus guiones juntos y esto ya no era posible. A ello se añadía su deseo de dar un paso adelante profesionalmente ilustrando sus propias historias.

Altuna consiguió un hueco en la editorial Toutain, referencia fundamental en la edición de comics en España en los años ochenta, en un momento en que muchos de los autores "de plantilla" de esa casa se marcharon para fundar otra publicación. Eso le brindó una magnífica oportunidad al dibujante que, no obstante, hubo de plegarse a las exigencias del editor, que le pedía historias de ciencia ficción, género por el que Altuna no sentía excesivo cariño, moviéndose con mayor soltura en el ámbito de las historias de corte social. Así que en su primera obra como autor completo, "Ficcionario" (publicada en capítulos en la revista "1984"), lo que hizo fue fusionar ambos territorios.

El protagonista, Beto Benedetti, es un inmigrante, un pobre infeliz al que las difíciles circunstancias en las que se desarrolla la vida del futuro vapulean sin que él pueda hacer demasiado por defenderse. El pesadillesco mundo venidero con que nos golpea "Ficcionario" es urbano, despiadado, sin valores morales y profundamente segregado. Siguiendo las desventuras de Beto nos toparemos con algunos de los personajes y lugares que habitan este nada deseable porvenir: androides biológicos destinados a proporcionar servicios sexuales, empresarios aficionados a las snuff movies, robots programados para “suicidarse” cuando muere su dueño, brutales agentes de policía al servicio de la élite, refugios nucleares, hombres experimentales que huyen de los científicos que trastean con ellos, barrios marginales, centros de salud sólo preocupados por mantener la eficiencia laboral del individuo, controles obligatorios a domicilio de tensión sexual e irritabilidad, una burocracia delirante e ineficiente que propicia el tráfico clandestino de nuevas identidades, empresas privadas de eutanasia que ofrecen muerte feliz a cambio de los órganos...
El abarrotamiento gráfico con que llena Altuna sus viñetas transmite la idea de un futuro agobiante, congestionado, sucio, asfixiante que poco tiene que ver con las distopias asépticas y rígidamente controladas de "Un Mundo Feliz", "1984" o "La Fuga de Logan". Las calles de la ciudad están siempre invadidas por una multitud andrajosa, decadente y abandonada a su suerte. La gente se droga o practica el sexo en plena calle ante la mirada indiferente de una policía paramilitar que intimida más que protege. La división social se ha institucionalizado, con zonas estrechamente vigiladas y con acceso restringido en las que viven los más adinerados, mientras los demás se apiñan en una urbe hostil donde todo vale, desde los abusos administrativos hasta los asesinatos oficiales, desde la pedofilia hasta la censura. Y lo peor es que la gente está tan embrutecida que cualquier rastro de coherencia ética parece haber desaparecido. Es más admisible una violación en público que la lectura de un libro "subversivo" en la intimidad.

Y, con lo desesperanzadoras que pueden resultar las peripecias de Beto, peor aún son las
pequeñas escenas que Altuna va diseminando por los rincones de sus viñetas y que completan el desolador panorama de ese mundo. En el capítulo "Love Story" -título deliberadamente equívoco que contrasta con el horripilante contenido de la historia-, la alarma de ataque nuclear empuja al pánico a la gente, muchos sin tarjeta de acceso a los refugios. Benedetti corre tratando de salvar la vida, contemplando a su alrededor la extrema brutalidad en la que caen las desesperadas gentes. Es una historia sobrecogedora porque lo que nos muestra, aunque mirado a través de una lente amplificadora y deformante, lo reconocemos como potencial y acorde a la naturaleza humana.

Esa cascada exacerbada de pesimismo queda mitigada por dos bienvenidos desahogos. Por una
parte, los momentos de humor que Altuna reparte aquí y allá en las historias. Por otra, la propia personalidad del protagonista, quien conserva su dignidad y su visión clara de las cosas -quizá por tratarse de un inmigrante venido de otro ambiente-. Dentro de sus modestas posibilidades trata de oponerse al sistema con pequeñas rebeliones que, aunque no cambiarán nada, sí le permiten recordar que, a pesar de todo, sigue siendo humano. Beto Benedetti es quizá la manera que Altuna tiene de redimir a nuestra raza: aunque todo se derrumbe a nuestro alrededor, aunque todos los males de nuestra civilización se acentúen hasta niveles insoportables, siempre habrá alguien que conservará todo lo que de bueno tiene el Hombre. Y no se tratará de un héroe, un conquistador, un líder inspirador que arrastrará tras de sí a las masas, sino de alguien corriente, ordinario, con defectos y vicios, pero cuyo espíritu siempre conservará un rincón que nadie podrá corromper.
El dibujo está a la altura de un artista del calibre de Altuna, destacando en esta obra, como hemos mencionado más arriba, la minuciosidad y el detallismo con que rellena sus viñetas. Los espacios tanto amplios como íntimos, las caracterizaciones y el tratamiento de la luz (apreciado mejor en la versión en blanco y negro disponible actualmente que en la original a color) son excelentes. Si se quiere buscar algún defecto -en caso de que se quiera ver así- es la introducción a mi juicio un tanto forzada y omnipresente, del sexo, probablemente aprovechando el especial talento del dibujante para plasmar mujeres hermosas, a mitad de camino entre la ninfa virginal y la sensualidad más pecaminosa.


Se trata pues de un comic intenso y penetrante, que se puede abordar en dos niveles: el de la simple aventura (en este caso peripecias urbanas en un mundo distópico) o el de la descarnada crítica social. Un cómic que puede resultar incómodo, sí, pero que sin duda nos hará reflexionar.

viernes, 13 de mayo de 2011

1983-EL ÚLTIMO RECREO - Carlos Trillo y Horacio Altuna



En abril de 1982, el historietista de origen argentino Horacio Altuna deja su país para establecerse en España. Hastiado de la situación política de Argentina y con un sólido bagaje artístico a sus espaldas, no tuvo problema en encontrar acomodo en la editorial Toutain, uno de los pilares de la edición del cómic en España en aquellos años. Su primer trabajo para esa casa fue "El último recreo", serializado entre 1983 y 1984 en la revista especializada en ciencia-ficción "1984".

Se trata de una colaboración con el guionista también argentino Carlos Trillo, con quien Altuna había trabajado ya en varias ocasiones a lo largo de los siete años anteriores y cuyo grado de compenetración siempre había dado como resultado unas obras sobresalientes (aunque ajenas al género de la ciencia-ficción, por lo que no tienen cabida aquí). Trillo planteaba la historia y escribía todos los textos, mientras que la narración gráfica propiamente dicha corría a cargo de Altuna.

La obra de ambos autores se había caracterizado por dos rasgos principales: por una parte, la inquietud social; por otra y relacionada con la anterior, un marcado pesimismo, una visión desencantada de la naturaleza humana, tanto individual como colectiva. Ambos elementos alcanzan su punto álgido en "El último recreo", una especie de "El Señor de las Moscas" futurista, de lectura tan incómoda como apasionante.

Todos los seres humanos adultos han desaparecido a causa de la explosión de una bomba peculiar, un perverso artefacto que acaba con todos aquellos en edad de mantener relaciones sexuales. Los niños, de repente, se encuentran solos, con toda la ciudad -y el mundo que se extiende más allá- para ellos. Pero lejos de convertirse en un patio de recreo, un sueño infantil de abundancia, juego y libertad, han de enfrentarse a un mundo de pesadilla, desesperanzador, agresivo y letal. Los servicios básicos, sin nadie que los atienda, desaparecen; los cadáveres de niños y adolescentes, cuyo despertar hormonal les ha acabado haciendo víctimas de la bomba, se acumulan por las calles; la comida se agota; ratas y perros se adueñan de la ciudad... y en el caos creciente, acecha el enemigo más peligroso: los propios niños. La lucha por la supervivencia o el puro miedo les lleva a agruparse en grupos homogéneos que atacan o se defienden según el temperamento de sus miembros.

Porque, en realidad, lo de la bomba es lo de menos. No es sino un punto de partida, una excusa
perfecta (tan utilizada en la década de los ochenta, asediada por el miedo al holocausto nuclear) para situarnos en un escenario en el que, a través de doce relatos cortos semiindependientes, se estudia la naturaleza humana a través de una serie de niños de diferentes edades. Su condición de niños no impide que nos veamos reflejados en ellos: el egoísmo, los prejuicios, el temor a lo desconocido, la confusión, el abuso de la fuerza, el materialismo, la desintegración de sueños e ilusiones, el nacimiento de la tiranía como producto del miedo y la demagogia... nos son desgraciadamente familiares. Esos pequeños preadultos demuestran ser no sólo herederos espirituales de sus padres, con los mismos vicios y virtudes, sino continuadores de la locura que llevó a la autodestrucción de aquéllos. Si el entorno en el que deben sobrevivir es violento y desolador, es porque ellos mismos, pese a su corta edad, lo han perpetuado así haciéndose herederos de un legado maldito.

De lo dicho hasta ahora, podría parecer que estamos ante un comic oscuro y pesimista. Desde luego, dureza no le falta. Pero Trillo deja un lugar para la esperanza. Los niños, a pesar de verse obligados a crecer con rapidez, conservan algo de su inocencia, de su candidez. Hay personajes cuya entereza y espíritu noble redimen hasta cierto punto a los demás y el final abierto permite alumbrar una esperanza para aquellos que así lo prefieran creer: la fuerza de la vida se enfrenta a la amenaza de la muerte, pero el ganador de tal conflicto no llegamos a conocerlo.

Es un relato lleno de imágenes y momentos de gran fuerza emocional: los juguetes abandonados en la carretera como símbolo de la desaparición de la inocencia; la muerte -literal- de los niños al alcanzar la madurez; el niño abrumado por su entorno que destruye el libro del Rey Arturo que está leyendo ante su incapacidad de asumir que incluso en la fantasía los relatos pueden terminar tan mal como en la realidad; el hijo del policía que, acosado y maltratado, apela al espíritu de su padre encarnado en una pistola…
"El último recreo" es también la demostración gráfica de por qué Horacio Altuna es considerado uno de los grandes de la historieta, tanto en su vertiente de medio narrativo como en el dibujo propiamente dicho. Su elaborada integración del texto dentro de la página, convierte a los bocadillos de diálogo en parte de la estructura narrativa. Su precisa planificación permite que en las pocas páginas que ocupa cada episodio se cuente no solo una historia, sino que se transmitan con detalle intensas sensaciones y sentimientos gracias a la utilización de viñetas mudas y miradas, un meditado uso de la iluminación como elemento creador de atmósferas y un dominio extraordinario de la anatomía humana que Altuna maneja con su característica sensualidad y una expresividad rica y variada.
Altuna, con un magnífico uso del claroscuro, sabe reflejar el deterioro de la ciudad, que de patio de juegos libertario va transformándose en un escenario asfixiante y malsano. Su talento gráfico destaca también en la plasmación de la simbología que salpica el relato: la podredumbre de la ciudad, opresiva, desolada y cargada de los restos de una civilización muerta en contraste con el mundo rural, amplio y regido por la naturaleza, en el que los niños deberán tratar de reconstruir una sociedad; la aceptación de la realidad y el sacrificio de la niñez, simbolizado magistralmente en el capítulo "Cosas que quedan en el camino"; la carnalidad emergente de los personajes contrapuesta a la inocencia y al miedo a crecer y a experimentar el fatal despertar sexual-...

"El último recreo" es, pues, un tebeo postapocalíptico. Pero a diferencia de lo que suele encontrarse en los relatos de esta temática, carece de grandeza épica, de vastos paisajes de destrucción y espectáculo catastrofista. Por el contrario, es una mirada cercana y conmovedora a lo pequeño, lo humano, a la siempre imprecisa frontera entre la niñez y la madurez, lo racional y adulto frente a lo ilógico e infantil; a la humanidad que define nuestro comportamiento y al comportamiento que define nuestra humanidad.