domingo, 25 de noviembre de 2018

1970- COLOSSUS: EL PROYECTO PROHIBIDO – Joseph Sargent


Las películas de los años setenta tenían auténtico pavor a que la capacidad de los ordenadores les permitieran suplantarnos en la vida cotidiana, imaginando escenarios de pesadilla en los que el hombre perdía el libre albedrío y cedía su lugar a máquinas frías y sin sentimientos. Naturalmente, parte de ese temor era una derivada de la propia Guerra Fría dado que el avance en informática era un componente en la estrategia de desarrollo de los arsenales de ambas superpotencias. Según muchos militares y estrategas, un acto humano podría sumir en el holocausto nuclear a millones de personas, ya fuera por error involuntario o llevado por una personalidad paranoide; por tanto, cuanto más dependiera el sistema de defensa y ataque de los ordenadores, mejor. Naturalmente, ese argumento era cuestionado por la ciencia ficción en su vertiente más ludita: ¿Acaso podíamos confiar totalmente en que las máquinas no cometieran errores? En “Colossus: El Proyecto Prohibido” se explora precisamente eso: las consecuencias de delegar la responsabilidad sobre nuestro destino a una máquina diseñada por técnicos que, imbuidos de soberbia, piensan que nada puede fallar.



La película comienza cuando el profesor Charles Forbin (Eric Braeden) activa su creación, la supercomputadora Colossus, diseñada para supervisar y controlar todas las instalaciones militares norteamericanas, especialmente las de lanzamiento de misiles atómicos. Una vez puesto en marcha, Colossus funciona de manera autónoma y queda sellado en el interior de un bunker impenetrable excavado en las profundidades de las Montañas Rocosas. En caso de ataque contra Estados Unidos, el ordenador evaluaría la situación y tomaría la mejor decisión posible. El factor humano y el consiguiente riesgo de equivocaciones o villanías se han eliminado. Pero lo que parece ser una idea revolucionaria que garantizará la seguridad nacional, tal y como anuncia en rueda de prensa el ufano presidente norteamericano, no tarda en convertirse en una pesadilla.

Poco después de ser activado, Colossus detecta la existencia de un homólogo fabricado por los
rusos con el mismo fin, Guardián. El ordenador americano exige una línea de comunicación con el soviético, algo a lo que se accede aun cuando el trasvase de datos entre ambas máquinas no tarda en hacerse tan complejo que ninguno de los científicos puede entenderlo. Cuando, alarmados, el presidente americano y el premier soviético ordenan cortar el nexo entre los ordenadores, éstos disparan misiles nucleares a poblaciones propias como advertencia: si no se atienden sus demandas, desatarán un holocausto nuclear con el armamento que controlan. Su intención es crear un nuevo orden, una utopía impuesta a los humanos, a los que consideran incapaces de regir sus destinos.

Mientras Colossus se empeña en convencernos de que la libertad no es más que una ilusión, se
entabla la predecible batalla entre Hombre y Máquina cuando los primeros intentan recuperar las riendas de la situación superando en astucia a la segunda: tratan de cortar el enlace entre las computadoras, reemplazar las cabezas nucleares por ingenios inofensivos, coordinarse con los rusos…todo parece inútil cuando Colossus bloquea iniciativa tras iniciativa y toma a continuación medidas para evitar que vuelvan a producirse esas maniobras.

Esta película tuvo sus orígenes como proyecto para televisión pero los ejecutivos de Universal,
pensando que la historia tenía suficiente potencial como para ascenderla de categoría y estrenarla en los cines. “The Forbin Project”, como fue titulada inicialmente, se rodó en Technicolor y Panavisión y su sustrato intelectual, la relevancia de su tema, la falta de acción y efectos visuales, llevaron al estudio a publicitarla como una película “de autor”, probablemente queriendo aprovecharse de la estela de la aún reciente “2001: Una Odisea del Espacio” (1968).

Pero sus esperanzas acabaron en fracaso. Para empezar, su distribución inicial fue deficiente por lo que nunca tuvo la oportunidad de encontrar el público que buscaba. Pero es que,
además, llegó demasiado tarde a las pantallas. La novela en que se basa el guión fue escrita por Dennis Feltham Jones en 1966 (con dos secuelas, “The Fall of Colossus” (1974) y “Colossus and the Crab” (1977), ninguna de ellas llevada al cine), pero para cuando se produjo su adaptación cinematográfica poco de lo que se contaba allí resultaba ya nuevo. Años atrás, “Teléfono Rojo, ¿Volamos Hacia Moscú?” (1965) y “Punto Límite” (1964) ya habían planteado desesperanzadores escenarios apocalípticos. Luego llegó otra vez Stanley Kubrick y la mencionada “2001: Una Odisea del Espacio”; tras Hal 9000, los ordenadores locos ya no resultaron novedosos –los fans de “Star Trek”, además, ya habían visto unos cuantos en la serie original-. El caso es que el decepcionante estreno llevó a Universal Pictures a retirar la película, retitularla y volver a distribuirla un año después, sin tampoco obtener resultados destacables.

“Colossus” fue una de las muchas películas luditas de los setenta que abordaron el tema de las máquinas y sistemas tecnológicos aparentemente perfectos que terminan o bien cobrando inteligencia y decidiendo que pueden gestionar el mundo mejor que nosotros mismos, o bien, mucho más verosímil, funcionando mal y provocando los más variados desastres. Otros títulos de la época en esta línea fueron “La Amenaza de Andrómeda” (1971), “Almas de Metal” (1973), “Estrella Oscura” (1974) o “Engendro Mecánico” (1977).

La historia es hija de su tiempo –recordemos, fue escrita en los sesenta- no sólo porque refleja la etapa más “caliente” de la Guerra Fría, sino por la ingenuidad, ignorancia y consecuente temor que aún rodeaba todo lo relacionado con los ordenadores. No es que en los tiempos actuales falten las obras en las que las inteligencias artificiales se convierten en enemigas de la Humanidad (desde Skynet a Matrix pasando por el TecnoNúcleo de “Hyperion”), pero difícilmente hoy, una época en la que los ordenadores están
totalmente integrados en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana, los guionistas plantearían una premisa tan inverosímil. Para empezar, no sólo Forbin inventa un sistema que no puede desconectarse de forma alguna sino que la encierra en un bunker hermético, y ello sin que se haya probado antes. Y, con todo y con eso, lo que resulta más difícil de creer es que los militares se muestren totalmente satisfechos cediendo su control y gestión del inmenso sistema de defensa estadounidense a una máquina sobre la que no se ha hecho test alguno. Aunque en cualquier realidad sensata Forbin sería el villano de la historia por su manifiesta incompetencia y frialdad, aquí se le retrata como un héroe.

La película plantea algunas cuestiones dignas de reflexión y que van más allá del mero
subgénero de “ordenadores locos y/o malvados”. Por ejemplo: ¿Acaso Colossus no se limita a cumplir su programación? Al fin y al cabo, fue diseñado para impedir la guerra… y lo hace, tomando las medidas necesarias para ello aunque sean despiadadas. Parafraseando al general Turgidson en “Teléfono Rojo, ¿Volamos Hacia Moscú?” refiriéndose a la tripulación del bombardero que se negaba a obedecer órdenes y que iba a desatar el holocausto nuclear, al menos Colossus demuestra tener iniciativa. ¿Está realmente el ordenador fuera de control? De hecho, el propio Forbin afirma que Colossus es incapaz de pensamiento independiente. A diferencia de HAL, que asesina a sus compañeros humanos para salvaguardar su autoconciencia, Colossus se limita a hacer aquello para lo que se le fabricó, protegiéndose a sí mismo sólo con el fin de impedir que pueda completar su misión. Forbin se da cuenta de que ha sido su actitud ante la vida y las relaciones humanas, dominada por la lógica y la supresión de las emociones, lo que ha llevado a la pesadilla tecnológica que es Colossus, una máquina absolutamente inhumana que no se diferencia tanto de su creador.

Resulta significativo que las frías amenazas de Colossus sigan sonando hoy tan inquietantes como entonces a pesar de su tono melodramático “a la Bond”: “Os traigo la paz. Puede ser la paz de la abundancia y la satisfacción, o la paz de la muerte insepulta. La elección es vuestra. Obedecedme y vivid. Desobedeced y morid”. Lo más escalofriante es que esas palabras, de una u otra forma, han sido las mismas que han pronunciado o pensado multitud de tiranos no tan lejanos en el tiempo. (ATENCIÓN: SPOILER): El pesimista final corresponde también al espíritu de la época en lo que se refiere a la ciencia ficción: la máquina sale victoriosa y los planes de los humanos contra
ella son descubiertos y neutralizados. “Punto Límite” o “Teléfono Rojo” daban miedo porque presentaban como factible el fin del mundo; Colossus lo da porque nos cuenta cómo podría desaparecer la libertad tal y como la conocemos. El desafiante discurso final de Forbin manifestando su determinación a continuar luchando, no resulta muy convincente. ¿O alguien duda de que si Colossus realmente trae paz y prosperidad al mundo, muchos se pondrían de su parte? Tal y como el ordenador le dice a Forbin: “Con el tiempo, me veréis no sólo con admiración y respeto, sino con amor”. (FIN SPOILER)

Aunque la película no es visualmente brillante (buena parte de ella transcurre en la sala del
ordenador), carece de buenas interpretaciones y resulta frustrantemente lenta (entre otras cosas porque su historia bien podría haberse contado en un episodio de “La Dimensión Desconocida” sin necesidad de rellenarla artificialmente para completar un metraje de 90 minutos. La subtrama romántica, por ejemplo, es artificial, fría e innecesaria), también es cierto que como modesta cinta de serie B con poco presupuesto, es una de las más eficaces. El director, Joseph Sargent, era un profesional que –como el guionista, James Bridges- venía de cubrir una larga trayectoria en la televisión (recordemos que el origen de la película estaba en ese formato) y que, en lo que se refiere al ámbito de la ciencia ficción, se había encargado de episodios de “Star Trek” o “Los Invasores”. Su realización para esta película es concisa y ajustada, recordando un tanto al mucho más brillante John Frankenheimer, director especialista en thrillers políticos de la Guerra Fría. Destaca sobre todo la interacción entre el ordenador y su creador, especialmente la escena en la que Forbin explica a Colossus la necesidad humana de tener intimidad todas las noches para mantener relaciones sexuales con su “amante” (en realidad, una colega científica con la que poder intercambiar información de cara a conspirar contra el ordenador escapando a sus omnipresentes ojos y oídos). Otra escena, esta escalofriante, es cuando el homólogo soviético de Forbin es ejecutado ante sus ojos por sus propios compatriotas ante la amenaza de Colossus-Guardian de lanzar misiles contra territorio ruso.

“Colossus: El Proyecto Prohibido” es, en resumen y tanto para lo bueno como para lo malo, una película modesta muy enraizada en su tiempo, tanto en lo que se refiere a su planteamiento como a su estética. Con todo, no son pocos los que la reivindican como clásico menor y muy disfrutable. Estoy de acuerdo, sobre todo porque, como “Teléfono Rojo”, incluye ideas y situaciones que trascienden su época. Cambian las modas, la tecnología y los gobiernos, pero, dada nuestra capacidad para crearnos problemas, algunas cosas siempre permanecen igual.



1 comentario:

  1. Esta peli es mejor que la mayoría de las pelis que has reseñado por aquí últimamente. No hace falta pero tiene sus bondades.

    ResponderEliminar