El concepto de los Juegos de la Muerte ha sido popularizado en el cine en películas como “La Víctima Número Diez” (1965), “Punishment Park” (1971), “El Precio del Peligro” (1983), “Battle Royal” (2000) y “Serie 7” (2001), entre otras. Por tanto, el tema no era completamente nuevo cuando King, bajo el seudónimo de Richard Bachman, utilizó la misma idea para “El Fugitivo” (1982) y, antes aún, “La Larga Marcha” (1979), una de sus primeras novelas. Empezó a escribirla en la década de 1960 (hay quien la interpreta como una alegoría de la guerra de Vietnam: jóvenes reclutados por un sistema militar implacable y condenados a morir) y se convirtió en su sexta obra publicada, aunque, como he dicho, bajo el seudónimo con el que firmó otras cuatro novelas.
Aunque
denota cierta inmadurez, “La Larga Marcha” siempre me ha parecido una de las
novelas más absorbentes y perturbadoras de King. No puede extrañar que
enseguida hubiera quien pensara en llevarla a la pantalla. Sin embargo, durante
más de cuatro décadas, fue considerado un proyecto prácticamente imposible por
dos razones: su tono nihilista y la dificultad de mantener el interés del
espectador en una premisa a priori tan monótona como la de un grupo de jóvenes
caminando sin poder detenerse bajo pena de muerte.
Poco después de su publicación y tras el éxito de otras adaptaciones de King, George A. Romero, que era amigo personal del escritor, barajó la posibilidad de llevar la novela al cine en 1988. Sin embargo, el proyecto no pasó de las primeras fases de planificación debido a la complejidad logística y al tono desolador que requeriría la historia en un momento en que el cine comercial de terror y ciencia ficción cultivaba otros estilos.
E
l siguiente
en intentarlo fue Frank Darabont, que había conseguido adaptar con gran éxito y
fidelidad otras obras de King como “Cadena Perpetua” (1994), “La Milla Verde” (1999)
y “La Niebla” (2007). Se hizo con los derechos cinematográficos de “La Larga Marcha”
en 2007 pero, a pesar de sus repetidas declaraciones de interés en rodar la
película, ésta quedó atrapada en el limbo del desarrollo durante años hasta que
los derechos expiraron sin que el director consiguiera luz verde para financiar
un largometraje que, sobre el papel, se antojaba demasiado arriesgado para los
grandes estudios por su crudeza psicológica y dudoso potencial comercial.
En 2013,
Paul Hough estrena “La Carrera Humana”, una especie de variante de serie B más
explosiva de “La Larga Marcha”. Al igual que los jóvenes de la novela de King,
aquí tenemos a un grupo heterogéneo de 80 personas de Los Ángeles que incluye
ancianos, niños, personas sin hogar y ciudadanos con discapacidad, que, de
repente, se encuentran impelidos a caminar sin detenerse en una ruta
establecida. Cualquier infracción, provocará el estallido de sus cabezas
mediante un mecanismo desconocido. Los secuestradores resultan ser entidades
extraterrestres que utilizan esta competición letal como un torneo galáctico a
gran escala.
En los años posteriores, los derechos pasaron de mano en mano hasta que, hacia 2023, el proyecto se reactivó apoyado por el sello New Line Cinema y con el director noruego André Øvredal (“Troll Hunter”, “La Autopsia de Jane Doe”) al frente. Aunque hubo avances en el guion y el diseño de producción, este intento tampoco cuajó y el testigo cambió de manos una vez más, alimentando el aura de maldición que ya rodeaba a la novela. El “maleficio” se rompió cuando New Line / Lionsgate depositó su confianza en Francis Lawrence, que ya se había especializado en el género de la ciencia ficción con la postapocalíptica “Soy Leyenda” (2007) y las secuelas de la saga distópica “Los Juegos del Hambre” (2013-2023). En esta ocasión, contó con un guion firmado por JT Mollner, escritor con un currículo casi inexistente. Esta versión, por fin, logró superar las barreras de producción y se estrenó comercialmente en septiembre de 2025.
En un futuro
indeterminado pero no lejano, Estados Unidos ha colapsado econ
ómicamente. Los
jóvenes encuentran esperanza en el evento anual de La Larga Marcha, presidida
por El Comandante (Mark Hamill). Los concursantes, voluntarios elegidos por
sorteo, cada uno representando un estado, deben caminar sin detenerse a
descansar ni dormir. Cualquiera que se detenga, reduzca la velocidad a menos de
cinco kilómetros por hora o intente abandonar la carretera, tras recibir tres
avisos será abatido a tiros por los soldados que los siguen de cerca. El
ganador, el último superviviente, podrá pedir cualquier cosa que desee.
Raymond
Garraty (Cooper Hoffman, el hijo del desaparecido Philip Seymour Hoffman, con
quien guarda cierto parecido) es uno de los cincuenta muchachos se
leccionados
por la lotería. Se inscribe en la marcha y entabla amistad con varios de los
otros jóvenes participantes. Pero, a medida que pasan el tiempo y los
kilómetros, la marcha se vuelve más y más angustiosa conforme el agotamiento
físico y mental o las lesiones van diezmando a los participantes. En un estado
cada vez más penoso, Raymond y su nuevo amigo, Peter McVries (David Jonsson)
intentan darse fuerzas mutuamente, sabiendo que sólo uno podrá sobrevivir. Las
condiciones extremas sacan a la luz la verdadera personalidad de los muchachos
y los motivos por los que se presentaron voluntarios al matadero.
La pe
lícula efectúa
varios cambios respecto a la novela. Por ejemplo, el número de concursantes se
reduce de cien a unos más manejables cincuenta, mientras que la velocidad de la
marcha disminuye de 6 a 5 km/h. La desviación más importante llega al final, donde
se cambia al ganador y el premio que exige. Dado que los muchachos no salen de
la carretera y tampoco se dedican a hablar de política entre ellos, el futuro
se esboza de forma minimalista y sutil.
Ciertamente,
hay algunos elementos que resultan poco creíbles. Si la Marcha es un evento tan
significativo y simbólico, ¿por qué no vemos cámara
s de televisión cubriéndolo?
Podría esperarse la presencia continua de equipos de rodaje siguiendo toda la
ruta, así como muchos más espectadores en los arcenes y ciudades. Otro aspecto que
desafía la suspensión de la incredulidad del espectador son algunos de los
síntomas físicos que experimentarían los concursantes en una ordalía semejante.
Las suelas de los zapatos de Garraty se desprenden, y continúa caminando
descalzo durante otros cien kilómetros sin que sus pies queden hechos papilla.
Es más, nadie parece sufrir de ampollas en ningún momento. Otra cosa que el
libro sí transmitía mucho mejor y que en la película apenas se representa, es
lo que les pasa a las personas que han permanecido despiertas durante días: alucinaciones,
falta de coherencia mental, problemas de coordinación, cambios de humor, ojeras...
En esta película, a lo sumo, aparte de algún personaje que desconecta de la
realidad, el reparto sólo parece experimentar agotamiento físico.
Tengo
sentimientos encontrados sobre Francis Lawrence como director. “Constantine”
(2005), “Soy Leyenda” y “E
l País de los Sueños” (2022) son adaptaciones
cinematográficas que maltratan con saña a las respectivas obras que adaptan. Por
otro lado, algunas de sus secuelas de “Los Juegos del Hambre” resultaron tener
un mayor trasfondo político del que esperaba. El misterio era qué camino
tomaría en “La Larga Marcha” y, sorprendentemente, la respuesta se inclina
mucho más hacia lo segundo. Parece ser que cuando Lawrence no tiene encima la
presión de hacer una película de gran presupuesto (casi toda la trama transcurre
al aire libre en desoladas carreteras rurales y con un puñado de actores) y
tiene un mayor interés en el material, puede hacerlo bastante mejor de lo
habitual en él.
Algunos fans
se mostraron reticentes cuando se enteraron de
que la dirección iba a recaer en
Lawrence, temiendo que suavizara la oscuridad de la novela. Sin embargo, el
director utiliza aquí una serie de imágenes y recursos muy diferentes de los
que usó para “Los Juegos del Hambre”, recreando la historia de King que
precedió no sólo a la mencionada saga sino a muchas otras ficciones
audiovisuales, como “El Juego del Calamar” (2021-2025). No solo no suaviza ni
moderniza la novela, sino que realmente parece algo que Frank Darabont podría
haber hecho si hubiera superado los problemas de producción cuando tuvo los
derechos.
Una de las
condiciones que puso Stephen King y que casi hizo que la productora Lionsgate
se echara atrás, fue dejar estipulado por contrato algo que nunca antes habían
acordado con un gu
ionista: que fuera una película brutal y clasificada para
mayores de 18 años. Y Lawrence se encarga de que su deseo se vea cumplido, sin
regodearse en la violencia, pero tampoco sin esconderla. Al mantener el tono atroz
y sin censura, transmitió la verdadera angustia de una caminata donde detenerse
significa morir, respetando el dolor físico y mental y la desesperanza que
definen la novela. La primera vez que disparan a un caminante, vemos en un
perturbador primer plano los sesos del muchacho esparcidos por la carretera.
Después, la cámara tiende a mantenerse a distancia, y solo algunas muertes
vuelven a ocupar el centro de la escena. Lawrence logra un equilibrio entre
mostrar el horror de la situación y evitar caer en el sensacionalismo.
“La Larga
Marcha” tiene un tono sobrio y contenido. A diferencia de otras distopías más
chillonas, este futuro lo adivinamos desolador no porque veamos miseria,
estallidos de violencia o caos, sino por su fotografía desaturad
a, la premisa
sobre la que se apoya la historia, su desarrollo y planos significativos que
muestran lo que los chicos ven mientras caminan y que apunta a una América
vagamente definida pero sin duda deprimida (aunque fue grabada en la provincia
canadiense de Manitoba): cadáveres de ganado en descomposición, un gato sin
ojos, maquinaria agrícola averiada, incendios por doquier, un cuervo
crucificado en una cerca, niños pequeños en bicicleta esperando ansiosamente
una ejecución….
Pero lo que
es una virtud, también puede ser un problema para ciertos espectadores dado que
lo que hay en pantalla no es otra cosa que personajes caminando y hablando.
Esto impon
e ciertas limitaciones dramáticas a la historia y un ritmo lento
extraído del de la propia novela: caminar, hablar, flaquear, ver morir a un
compañero y seguir adelante. Esa monotonía asfixiante es, paradójicamente, su
mayor acierto temático. La atmósfera, conforme vemos caer asesinados a los chicos
y contemplar el desgaste físico y psicológico de los cada vez menos
supervivientes, va espesándose hasta convertirse en claustrofóbica y asfixiante.
La película, además, fue rodada de forma secuencial, con los actores caminando durante
cientos de kilómetros, por lo que se puede apreciar, casi en tiempo real, cómo
se forjan las amistades y se impone el agotamiento.
Cuando los
chicos se reúnen al principio, se conocen y comienzan a caminar, son individuos
con una vida, un pasado y una familia. Aún están
en plena pubertad y, en su
mayoría, conservan la ilusión juvenil de ser inmortales. Su corteza prefrontal
no está completamente desarrollada. Cada uno cree que será el vencedor y, por
supuesto, sus mentes pasan por alto lo que eso realmente significa y lo que
tendrán que hacer para que se haga realidad. Sin embargo, al final del primer
día, todos se han convertido ya en bloques de carne embrutecidos que arrastran
los pies, apenas capaces de pensar o hablar. A medida que se adaptan, tienen
que profundizar en su interior para volver a ser personas.
Con las
salvedades antes indicadas, la película explora con acierto la realidad física
de este siniestro concurso: agotamiento, quemaduras solares, lluvia, calor… Los
muchachos no pueden parar para orinar, defecar (la diarrea se convierte en un
verdadero problema para algunos), o vomitar dado que en el momento en que lo
hacen, suenan los avisos de los soldados que les acompañan. Se muestran las
muchas maneras en que la Marcha tritura a los chicos, pero sin que resulte
demasiado desagradable para el público. A los participantes se les proporciona agua
ilimitada y "comida" en forma de pasta nutritiva, que deben racionar
a lo largo del día. Pueden llevar sombreros y objetos personales. Pero una vez
que empieza la marcha, o caminas, sin importar si tienes ampollas, calambres,
dedos rotos o tobillos torcidos, o te disparan. A veces en la cabeza, como a un
caballo de carreras herido, a veces en el estómago, como escarmiento para los
demás. Algunos de los chicos se vienen abajo; otros se disocian.
Me atrevería
a decir que “La Larga Marcha” es una de las mejores adaptaciones, en cuanto a
fidelidad, de las obras de Stephen King. Es más un estudio de personajes que la
exploración de una distopía, y está menos obsesionada con la violencia de lo
que su premisa podría sugerir. Tiene reminiscencias de “Cuenta Conmigo” (1986,
una película de época en la que dos chicos forjan un vínculo durante una
excursión) y un gran parecido con “Cadena Perpetua” por el floreciente “bromance”
entre Ray Garraty y Pete McVries. Los muchachos se preguntan si vale la pena
entablar amistades en la Marcha sabiendo que están condenadas al fracaso.
¿Pueden encontrar unos días de felicidad y compañerismo en medio de una
situación tan terrible? La respuesta es que sí. Son lazos profundos, reales y
transformadores que, por desgracia, esta sociedad sólo les permite establecer
bajo estas circunstancias.
Las
interpreta
ciones son uno de los puntos fuertes de “La Larga Marcha”. Hoffman
dota a Garraty de una desesperación silenciosa, mientras que Jonsson hace que
McVries transmita una amargura y nobleza peculiares. Garrett Wareing ofrece una
sólida actuación como el enfermo Stebbins, y Hamill disfruta visiblemente
interpretando al sádico Comandante con una intensidad que roza la parodia. En
sus breves intervenciones, Judy Greer y Josh Hamilton aportan una fugaz
humanidad como los afligidos padres de Garraty.
Desgraciadamente,
al final, la película, como los concursantes, se tambalea y da de bruces contra
el suelo. (ATENCIÓN: SPOILERS). Cuando sólo quedan tres muchachos, empieza a
infiltrarse un sentimentalismo que no recuerdo presente en la novela, con Peter
instando a Garraty a elegir el amor. Peter, quedando el último en pie, cumple
el deseo de su ya difunto amigo Garraty y pide un fusil, apunta contra el
Comandante y le dispara sin que ninguno de los soldados que tan sueltos con el
gatillo habían estado los cuatro días anteriores, muevan una pestaña. No sólo
no le abaten al instante, sino que Peter se marcha aparentemente libre aunque
–suponemos- traumatizado para siempre por la experiencia. Por otra parte, es
difícil creer que todo el sistema dependa de una sola persona, por lo que el
asesinato del Comandante probablemente no conlleve cambio alguno en la
sociedad.
“La Larga
Marcha” no es una película para todo el mundo. Rechaza el mero e
ntretenimiento
escapista o la convencional catarsis final hollywoodiense. Lejos de ofrecer una
aventura heroica o un triunfo de la esperanza, la historia somete al espectador
a un desgaste psicológico progresivo que refleja el de los personajes y que no
viene aliviado por ocasionales insertos cómicos o estallidos de acción. Bajo el
seudónimo de Richard Bachman, el Stephen King desatado de los 70 exploró sus
miedos más oscuros sin las concesiones comerciales que a menudo exigían las
obras firmadas con su nombre principal. Novelas como “Rabia”, “El Fugitivo” o
“La Larga Marcha” destilaban pesimismo, falta de fe en el sistema y ausencia
total de redención. Que una gran productora decidiese abrazar ese nihilismo existencial
sin suavizar el trasfondo político y la inevitabilidad de la tragedia es poco
común en el cine actual.
Un retrato crudo, en fin, sobre la dignidad humana cuando ya no queda absolutamente nada que perder, que hipnotiza al espectador de la misma manera que los caminantes no pueden apartar la vista de los talones del compañero que tienen delante.

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