domingo, 13 de septiembre de 2026

2025- LA LARGA MARCHA – Francis Lawrence




El concepto de los Juegos de la Muerte ha sido popularizado en el cine en películas como “La Víctima Número Diez” (1965), “Punishment Park” (1971), “El Precio del Peligro” (1983), “Battle Royal” (2000) y “Serie 7” (2001), entre otras. Por tanto, el tema no era completamente nuevo cuando King, bajo el seudónimo de Richard Bachman, utilizó la misma idea para “El Fugitivo” (1982) y, antes aún, “La Larga Marcha” (1979), una de sus primeras novelas. Empezó a escribirla en la década de 1960 (hay quien la interpreta como una alegoría de la guerra de Vietnam: jóvenes reclutados por un sistema militar implacable y condenados a morir) y se convirtió en su sexta obra publicada, aunque, como he dicho, bajo el seudónimo con el que firmó otras cuatro novelas.

 

Aunque denota cierta inmadurez, “La Larga Marcha” siempre me ha parecido una de las novelas más absorbentes y perturbadoras de King. No puede extrañar que enseguida hubiera quien pensara en llevarla a la pantalla. Sin embargo, durante más de cuatro décadas, fue considerado un proyecto prácticamente imposible por dos razones: su tono nihilista y la dificultad de mantener el interés del espectador en una premisa a priori tan monótona como la de un grupo de jóvenes caminando sin poder detenerse bajo pena de muerte. 

 

Poco después de su publicación y tras el éxito de otras adaptaciones de King, George A. Romero, que era amigo personal del escritor, barajó la posibilidad de llevar la novela al cine en 1988. Sin embargo, el proyecto no pasó de las primeras fases de planificación debido a la complejidad logística y al tono desolador que requeriría la historia en un momento en que el cine comercial de terror y ciencia ficción cultivaba otros estilos.

 

El siguiente en intentarlo fue Frank Darabont, que había conseguido adaptar con gran éxito y fidelidad otras obras de King como “Cadena Perpetua” (1994), “La Milla Verde” (1999) y “La Niebla” (2007). Se hizo con los derechos cinematográficos de “La Larga Marcha” en 2007 pero, a pesar de sus repetidas declaraciones de interés en rodar la película, ésta quedó atrapada en el limbo del desarrollo durante años hasta que los derechos expiraron sin que el director consiguiera luz verde para financiar un largometraje que, sobre el papel, se antojaba demasiado arriesgado para los grandes estudios por su crudeza psicológica y dudoso potencial comercial.

 

En 2013, Paul Hough estrena “La Carrera Humana”, una especie de variante de serie B más explosiva de “La Larga Marcha”. Al igual que los jóvenes de la novela de King, aquí tenemos a un grupo heterogéneo de 80 personas de Los Ángeles que incluye ancianos, niños, personas sin hogar y ciudadanos con discapacidad, que, de repente, se encuentran impelidos a caminar sin detenerse en una ruta establecida. Cualquier infracción, provocará el estallido de sus cabezas mediante un mecanismo desconocido. Los secuestradores resultan ser entidades extraterrestres que utilizan esta competición letal como un torneo galáctico a gran escala.

 

En los años posteriores, los derechos pasaron de mano en mano hasta que, hacia 2023, el proyecto se reactivó apoyado por el sello New Line Cinema y con el director noruego André Øvredal (“Troll Hunter”, “La Autopsia de Jane Doe”) al frente. Aunque hubo avances en el guion y el diseño de producción, este intento tampoco cuajó y el testigo cambió de manos una vez más, alimentando el aura de maldición que ya rodeaba a la novela. El “maleficio” se rompió cuando New Line / Lionsgate depositó su confianza en Francis Lawrence, que ya se había especializado en el género de la ciencia ficción con la postapocalíptica “Soy Leyenda” (2007) y las secuelas de la saga distópica “Los Juegos del Hambre” (2013-2023). En esta ocasión, contó con un guion firmado por JT Mollner, escritor con un currículo casi inexistente. Esta versión, por fin, logró superar las barreras de producción y se estrenó comercialmente en septiembre de 2025.

 

En un futuro indeterminado pero no lejano, Estados Unidos ha colapsado económicamente. Los jóvenes encuentran esperanza en el evento anual de La Larga Marcha, presidida por El Comandante (Mark Hamill). Los concursantes, voluntarios elegidos por sorteo, cada uno representando un estado, deben caminar sin detenerse a descansar ni dormir. Cualquiera que se detenga, reduzca la velocidad a menos de cinco kilómetros por hora o intente abandonar la carretera, tras recibir tres avisos será abatido a tiros por los soldados que los siguen de cerca. El ganador, el último superviviente, podrá pedir cualquier cosa que desee.

 

Raymond Garraty (Cooper Hoffman, el hijo del desaparecido Philip Seymour Hoffman, con quien guarda cierto parecido) es uno de los cincuenta muchachos seleccionados por la lotería. Se inscribe en la marcha y entabla amistad con varios de los otros jóvenes participantes. Pero, a medida que pasan el tiempo y los kilómetros, la marcha se vuelve más y más angustiosa conforme el agotamiento físico y mental o las lesiones van diezmando a los participantes. En un estado cada vez más penoso, Raymond y su nuevo amigo, Peter McVries (David Jonsson) intentan darse fuerzas mutuamente, sabiendo que sólo uno podrá sobrevivir. Las condiciones extremas sacan a la luz la verdadera personalidad de los muchachos y los motivos por los que se presentaron voluntarios al matadero.

 

La película efectúa varios cambios respecto a la novela. Por ejemplo, el número de concursantes se reduce de cien a unos más manejables cincuenta, mientras que la velocidad de la marcha disminuye de 6 a 5 km/h. La desviación más importante llega al final, donde se cambia al ganador y el premio que exige. Dado que los muchachos no salen de la carretera y tampoco se dedican a hablar de política entre ellos, el futuro se esboza de forma minimalista y sutil.

 

Ciertamente, hay algunos elementos que resultan poco creíbles. Si la Marcha es un evento tan significativo y simbólico, ¿por qué no vemos cámaras de televisión cubriéndolo? Podría esperarse la presencia continua de equipos de rodaje siguiendo toda la ruta, así como muchos más espectadores en los arcenes y ciudades. Otro aspecto que desafía la suspensión de la incredulidad del espectador son algunos de los síntomas físicos que experimentarían los concursantes en una ordalía semejante. Las suelas de los zapatos de Garraty se desprenden, y continúa caminando descalzo durante otros cien kilómetros sin que sus pies queden hechos papilla. Es más, nadie parece sufrir de ampollas en ningún momento. Otra cosa que el libro sí transmitía mucho mejor y que en la película apenas se representa, es lo que les pasa a las personas que han permanecido despiertas durante días: alucinaciones, falta de coherencia mental, problemas de coordinación, cambios de humor, ojeras... En esta película, a lo sumo, aparte de algún personaje que desconecta de la realidad, el reparto sólo parece experimentar agotamiento físico.

 

Tengo sentimientos encontrados sobre Francis Lawrence como director. “Constantine” (2005), “Soy Leyenda” y “El País de los Sueños” (2022) son adaptaciones cinematográficas que maltratan con saña a las respectivas obras que adaptan. Por otro lado, algunas de sus secuelas de “Los Juegos del Hambre” resultaron tener un mayor trasfondo político del que esperaba. El misterio era qué camino tomaría en “La Larga Marcha” y, sorprendentemente, la respuesta se inclina mucho más hacia lo segundo. Parece ser que cuando Lawrence no tiene encima la presión de hacer una película de gran presupuesto (casi toda la trama transcurre al aire libre en desoladas carreteras rurales y con un puñado de actores) y tiene un mayor interés en el material, puede hacerlo bastante mejor de lo habitual en él.

 

Algunos fans se mostraron reticentes cuando se enteraron de que la dirección iba a recaer en Lawrence, temiendo que suavizara la oscuridad de la novela. Sin embargo, el director utiliza aquí una serie de imágenes y recursos muy diferentes de los que usó para “Los Juegos del Hambre”, recreando la historia de King que precedió no sólo a la mencionada saga sino a muchas otras ficciones audiovisuales, como “El Juego del Calamar” (2021-2025). No solo no suaviza ni moderniza la novela, sino que realmente parece algo que Frank Darabont podría haber hecho si hubiera superado los problemas de producción cuando tuvo los derechos.

 

Una de las condiciones que puso Stephen King y que casi hizo que la productora Lionsgate se echara atrás, fue dejar estipulado por contrato algo que nunca antes habían acordado con un guionista: que fuera una película brutal y clasificada para mayores de 18 años. Y Lawrence se encarga de que su deseo se vea cumplido, sin regodearse en la violencia, pero tampoco sin esconderla. Al mantener el tono atroz y sin censura, transmitió la verdadera angustia de una caminata donde detenerse significa morir, respetando el dolor físico y mental y la desesperanza que definen la novela. La primera vez que disparan a un caminante, vemos en un perturbador primer plano los sesos del muchacho esparcidos por la carretera. Después, la cámara tiende a mantenerse a distancia, y solo algunas muertes vuelven a ocupar el centro de la escena. Lawrence logra un equilibrio entre mostrar el horror de la situación y evitar caer en el sensacionalismo.

 

“La Larga Marcha” tiene un tono sobrio y contenido. A diferencia de otras distopías más chillonas, este futuro lo adivinamos desolador no porque veamos miseria, estallidos de violencia o caos, sino por su fotografía desaturada, la premisa sobre la que se apoya la historia, su desarrollo y planos significativos que muestran lo que los chicos ven mientras caminan y que apunta a una América vagamente definida pero sin duda deprimida (aunque fue grabada en la provincia canadiense de Manitoba): cadáveres de ganado en descomposición, un gato sin ojos, maquinaria agrícola averiada, incendios por doquier, un cuervo crucificado en una cerca, niños pequeños en bicicleta esperando ansiosamente una ejecución….

 

Pero lo que es una virtud, también puede ser un problema para ciertos espectadores dado que lo que hay en pantalla no es otra cosa que personajes caminando y hablando. Esto impone ciertas limitaciones dramáticas a la historia y un ritmo lento extraído del de la propia novela: caminar, hablar, flaquear, ver morir a un compañero y seguir adelante. Esa monotonía asfixiante es, paradójicamente, su mayor acierto temático. La atmósfera, conforme vemos caer asesinados a los chicos y contemplar el desgaste físico y psicológico de los cada vez menos supervivientes, va espesándose hasta convertirse en claustrofóbica y asfixiante. La película, además, fue rodada de forma secuencial, con los actores caminando durante cientos de kilómetros, por lo que se puede apreciar, casi en tiempo real, cómo se forjan las amistades y se impone el agotamiento.

 

Cuando los chicos se reúnen al principio, se conocen y comienzan a caminar, son individuos con una vida, un pasado y una familia. Aún están en plena pubertad y, en su mayoría, conservan la ilusión juvenil de ser inmortales. Su corteza prefrontal no está completamente desarrollada. Cada uno cree que será el vencedor y, por supuesto, sus mentes pasan por alto lo que eso realmente significa y lo que tendrán que hacer para que se haga realidad. Sin embargo, al final del primer día, todos se han convertido ya en bloques de carne embrutecidos que arrastran los pies, apenas capaces de pensar o hablar. A medida que se adaptan, tienen que profundizar en su interior para volver a ser personas.

 

Con las salvedades antes indicadas, la película explora con acierto la realidad física de este siniestro concurso: agotamiento, quemaduras solares, lluvia, calor… Los muchachos no pueden parar para orinar, defecar (la diarrea se convierte en un verdadero problema para algunos), o vomitar dado que en el momento en que lo hacen, suenan los avisos de los soldados que les acompañan. Se muestran las muchas maneras en que la Marcha tritura a los chicos, pero sin que resulte demasiado desagradable para el público. A los participantes se les proporciona agua ilimitada y "comida" en forma de pasta nutritiva, que deben racionar a lo largo del día. Pueden llevar sombreros y objetos personales. Pero una vez que empieza la marcha, o caminas, sin importar si tienes ampollas, calambres, dedos rotos o tobillos torcidos, o te disparan. A veces en la cabeza, como a un caballo de carreras herido, a veces en el estómago, como escarmiento para los demás. Algunos de los chicos se vienen abajo; otros se disocian.

 

Me atrevería a decir que “La Larga Marcha” es una de las mejores adaptaciones, en cuanto a fidelidad, de las obras de Stephen King. Es más un estudio de personajes que la exploración de una distopía, y está menos obsesionada con la violencia de lo que su premisa podría sugerir. Tiene reminiscencias de “Cuenta Conmigo” (1986, una película de época en la que dos chicos forjan un vínculo durante una excursión) y un gran parecido con “Cadena Perpetua” por el floreciente “bromance” entre Ray Garraty y Pete McVries. Los muchachos se preguntan si vale la pena entablar amistades en la Marcha sabiendo que están condenadas al fracaso. ¿Pueden encontrar unos días de felicidad y compañerismo en medio de una situación tan terrible? La respuesta es que sí. Son lazos profundos, reales y transformadores que, por desgracia, esta sociedad sólo les permite establecer bajo estas circunstancias.

 

Las interpretaciones son uno de los puntos fuertes de “La Larga Marcha”. Hoffman dota a Garraty de una desesperación silenciosa, mientras que Jonsson hace que McVries transmita una amargura y nobleza peculiares. Garrett Wareing ofrece una sólida actuación como el enfermo Stebbins, y Hamill disfruta visiblemente interpretando al sádico Comandante con una intensidad que roza la parodia. En sus breves intervenciones, Judy Greer y Josh Hamilton aportan una fugaz humanidad como los afligidos padres de Garraty.

 

Desgraciadamente, al final, la película, como los concursantes, se tambalea y da de bruces contra el suelo. (ATENCIÓN: SPOILERS). Cuando sólo quedan tres muchachos, empieza a infiltrarse un sentimentalismo que no recuerdo presente en la novela, con Peter instando a Garraty a elegir el amor. Peter, quedando el último en pie, cumple el deseo de su ya difunto amigo Garraty y pide un fusil, apunta contra el Comandante y le dispara sin que ninguno de los soldados que tan sueltos con el gatillo habían estado los cuatro días anteriores, muevan una pestaña. No sólo no le abaten al instante, sino que Peter se marcha aparentemente libre aunque –suponemos- traumatizado para siempre por la experiencia. Por otra parte, es difícil creer que todo el sistema dependa de una sola persona, por lo que el asesinato del Comandante probablemente no conlleve cambio alguno en la sociedad.  

 

“La Larga Marcha” no es una película para todo el mundo. Rechaza el mero entretenimiento escapista o la convencional catarsis final hollywoodiense. Lejos de ofrecer una aventura heroica o un triunfo de la esperanza, la historia somete al espectador a un desgaste psicológico progresivo que refleja el de los personajes y que no viene aliviado por ocasionales insertos cómicos o estallidos de acción. Bajo el seudónimo de Richard Bachman, el Stephen King desatado de los 70 exploró sus miedos más oscuros sin las concesiones comerciales que a menudo exigían las obras firmadas con su nombre principal. Novelas como “Rabia”, “El Fugitivo” o “La Larga Marcha” destilaban pesimismo, falta de fe en el sistema y ausencia total de redención. Que una gran productora decidiese abrazar ese nihilismo existencial sin suavizar el trasfondo político y la inevitabilidad de la tragedia es poco común en el cine actual.

 

Un retrato crudo, en fin, sobre la dignidad humana cuando ya no queda absolutamente nada que perder, que hipnotiza al espectador de la misma manera que los caminantes no pueden apartar la vista de los talones del compañero que tienen delante.

 

 


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