domingo, 22 de marzo de 2026

1994- ALGUIEN MUEVE LOS HILOS – Stuart Orme

 

Robert A. Heinlein (1907-1988) es uno de los grandes maestros de la ciencia ficción literaria y está considerado por muchos como uno de los mejores escritores del género. En el curso de su extensa carrera de cinco décadas, publicó numerosos clásicos, entre los que se incluyen “Los Hijos de Matusalén” (1958), “Tropas del Espacio” (1959), “Forastero en Tierra Extraña” (1961), “Ruta de Gloria” (1963), “La Luna es una Cruel Amante” (1966) o “Tiempo para Amar” (1973).

 

Fue, también, una figura muy controvertida entre los aficionados a la ciencia ficción debido a su ideología política, a mitad de camino entre el libertarismo radical y las posturas de derechas. Por ejemplo y entre otras cosas, defendió vehementemente la caza de brujas anticomunista del senador McCarthy, la ampliación de la capacidad nuclear y la intervención en Vietnam. Muchas de sus obras a partir de la década de 1970, adoptaron un tono próximo al de un sermón, utilizándolas como vehículo para su personal filosofía social.

 

Por otro lado, Heinlein fue un ferviente defensor de la liberación sexual, abogando y practicando, por ejemplo, el nudismo, el matrimonio abierto o el intercambio de parejas. También creó roles importantes para las mujeres en la ciencia ficción en una época en la que tradicionalmente desempeñaban un papel más sumiso. Su legado en el género, sin embargo, fue principalmente el de haber impulsado un cambio de paradigma con respecto a la space opera de la década de los 30, optando en cambio por centrarse en los aspectos sociales del género y su enfoque realista.

 

Pese figurar en el olimpo de la ciencia ficción, no son tantas las adaptaciones al formato audiovisual que se han hecho de sus novelas y cuentos. Él mismo coguionizó “Con Destino a la Luna” (1950, basado en su novela juvenil “Cohete Galileo” (1947)) y “Project Moon Base” (1953). La miniserie animada “Red Planet” (1994) adaptó su novela “Rebelión en el Espacio” (1949). Por supuesto, la más famosa traslación –aunque ni mucho menos la más fiel- fue la que hizo Paul Verhoeven de “Tropas del Espacio” (1997) a partir de la novela homónima (1959). La hipnótica “Predestinación” (2014) estaba basada en el cuento “Todos Vosotros Zombis” (1959). Y el anime “Puerta al Verano” (2021) adaptaba la novela del mismo nombre (1956).

 

En cuanto al caso que nos ocupa, “Amos de Titeres” (1951), aunque no tan conocida como las que acabo de mencionar, sí puede considerársela un clásico en cuanto que novela pionera del subgénero de Invasiones Silenciosas que, sobre todo en el cine, florecería pocos años después con títulos como “Invasores de Marte” (1953), “Llegó del Más Allá” (1953), “La Invasión de los Ladrones de Cuerpos” (1956) o “Me Casé con un Monstruo del Espacio Exterior” (1958). Muchas de estas películas se han interpretado, con razón o sin ella, como alegorías del peligro de la infiltración comunista en la sociedad norteamericana. Pero mientras que en la pantalla el mensaje solía ser ambiguo, Heinlein tuvo menos remilgos en dejarlo claro sobre el papel porque en su novela se afirmaba que los parásitos se habían apoderado de los países comunistas mucho antes de llegar a Estados Unidos.

 

“Amos de Títeres” recibió su primera adaptación al cine en 1958, en una película de bajo presupuesto titulada “Las Sanguijuelas Humanas”, aunque en su momento no se acreditó a Heinlein como autor de la historia original, “omisión” que le llevó a interponer una demanda por plagio. Hubieron de pasar veinte años hasta que alguien se propusiese transformar la novela en una película más digna. Y ese alguien fue el productor Michael Engelberg, amigo cercano del por entonces presidente de Disney, Michael Eisner. Desde mediados de los 80 y durante años, Engelberg trató de convencer al estudio para que le aprobara el presupuesto bajo el sello de Hollywood Pictures, la división para público adulto de Disney.

 

El guion inicial lo firmaron Ted Elliott y Terry Rossio, quienes años más tarde estarían tras éxitos como “Aladín” (1998), “Godzilla” (1998), “La Máscara del Zorro” (1998), “Shrek” (2001) o la saga de Piratas del Caribe (para ser justos, también tuvieron tropiezos como “Pequeños Guerreros”, 1998; “El Planeta del Tesoro”, 2002; o “El Llanero Solitario”, 2013). El dúo quería respetar la ambientación futurista y el mensaje politico de la novela. Ésta transcurría en el año 2007, en un mundo resurgido de las ruinas de una devastadora guerra nuclear. Las pistolas de rayos y los coches voladores eran elementos cotidianos y los matrimonios, contratos con una duración predeterminada. Los humanos habían colonizado Venus y, anticipándose a “Tropas del Espacio”, enviado fuera de la Tierra una parte de su inmenso poderío militar. Las babosas invasoras provenían de la sexta luna de Saturno.

 

Sin embargo, el estudio presionó –imagino que para ahorrar costes- para que la historia se ambientara en el presente y se limitara a ser un thriller de acción. A tal fin, contrataron para reescribir el guion y encontrar un punto medio a David S.Goyer (cuya lista de éxitos y fracasos es demasiado amplia para citarla entera, pero entre los que podemos citar están la saga de Blade, 1998-2004; la trilogía de Batman de Nolan, 2005-2012; “Dark City”, 1998; “El Hombre de Acero”, 2013; “Batman vs Superman”, 2016 o “Terminator: Destino Oscuro”, 2019). Goyer eliminó gran parte del contenido más polémico o extraño de la novela de Heinlein, como el subtexto político o el nudismo obligatorio que se impone para así detectar fácilmente a los parásitos. Siguieron todavía más reescrituras, cada una forzada por la disconformidad de algún ejecutivo, distanciándose más y más de la idea, tono y espíritu originales de Heinlein.

 

Como director, se contrató al británico Stuart Orme, que se había bregado haciendo vídeos musicales para estrellas famosas antes de dar el salto a la televisión de su país, donde dirigió telefilms y episodios de series. “Alguien Mueve los Hilos” fue su primera y única “aventura” americana. A decir de él mismo, no fue una experiencia satisfactoria y, de toda su carrera, ésta fue la película con la que se sintió más decepcionado, pensando que nunca alcanzó el verdadero potencial que ofrecía la historia. Este fracaso lo atribuyó, en primer lugar, a las constantes reescrituras y exigencias de los ejecutivos de Disney, que lo dejaron atrapado entre visiones contradictorias, resultando en una estructura dramática apresurada y poco cohesionada. Y, en segundo lugar, a la falta de presupuesto fruto de la poca confianza que el estudio sentía hacia el proyecto. Los fondos asignados eran claramente insuficientes para hacer justicia a la escala de la invasión alienígena descrita por Heinlein y esto obligó a tomar decisiones creativas que, según él, hicieron que la película pareciera un "refrito" genérico de otros films anteriores.  

 

Sam Nivens (Eric Thal), un agente de la Oficina de Inteligencia Científica (OSI), se une a su padre Andrew (Donald Sutherland) y la xenobióloga Mary Sefton (Julie Warner) en una investigación en la pequeña población de Ambrose, Iowa. Allí, una emisora local de televisión informó de un avistamiento ovni solo para desmentirlo después diciendo que había sido una broma organizada por tres críos. Sin embargo, cuando los investigadores llegan al lugar, pronto se dan cuenta de que allí sucede algo extraño y que, efectivamente, se ha producido un aterrizaje en el claro de un bosque. Cuando visitan al director de la emisora de televisión, éste les amenaza con un arma y, al enfrentarse a él, descubren que lleva adherida a su espalda una repugnante criatura.

 

El ser, una especie de manta raya gelatinosa, es trasladado a los laboratorios de la OSI, donde determinan que se trata de un parásito alienígena compuesto en un 60% de tejido nervioso que, utilizando un aguijón y unos tentáculos, se funde con el sistema nervioso del humano huésped, tomando absoluto control de su cuerpo y mente. Cuando se siente amenazado, dispara en su huésped una descarga de adrenalina que aumenta sus capacidades físicas a niveles casi sobrehumanos. A continuación, los científicos y militares descubren que esas criaturas se han apoderado de la capital del estado, Des Moines, amenazando con extenderse a un ritmo exponencial por todo el país y, en tan solo unas semanas, el mundo entero. En una carrera contrarreloj, el grupo lucha por encontrar una forma de detener esa invasión silenciosa.

 

Curiosamente, la película se rodó poco después de que se publicara una versión restaurada y sin censura de la novela en 1990, lo que renovó el interés por el material. Por otra parte, esta adaptación se estrenó aprovechando una suerte de revival de películas sobre extraterrestres que suplantan cuerpos, surgida en la década de 1990 a raíz del éxito de la serie "Expediente X" (1993-2002). Así, durante un tiempo, fueron apareciendo remakes de películas clásicas sobre el tema, como “Secuestradores de Cuerpos” (1993), una versión actualizada y dirigida por Abel Ferrara de “La Invasión de los Ladrones de Cuerpos”; la miniserie de televisión “Los Invasores” (1995); “Llegó del Más Allá 2” (1995); la nueva versión de “El Pueblo de los Malditos” (1995), de John Carpenter (1995); o el telefilm “Instinto Alienígena” (1998). A eso habría que añadir otras películas con nuevas historias, como “¡Han Llegado!” (1995) y Polymorph (1996); y miniseries como “Los Tommyknockers” (1993), “Invasión” (1996), “The Uninvited” (1997) o “Invasión América” (1998), antes de que el subgénero fuera parodiado en “The Faculty” (1998).

 

Sin embargo, “Alguien Mueve los Hilos” no pudo o no supo aprovechar ese ambiente favorable y, cuando se estrenó, tanto el público como la crítica lo consideraron una mera sucesión de clichés aun cuando había sido Heinlein quien había inventado la premisa original cuarenta años antes. Si a esto sumamos que el departamento de marketing no encontró la forma de posicionar adecuadamente la película, no puede extrañar que todo acabara en un fracaso financiero, recaudando apenas la mitad de los 15 millones de dólares que costó.

 

“Alguien Mueve los Hilos” funciona mejor en momentos puntuales que como estructura dramática conjunta. Ya lo apuntaba antes el director: uno de sus principales problemas es que todo está contado de forma apresurada y sin el desarrollo adecuado. En los primeros diez minutos, por ejemplo, vemos el aterrizaje del ovni y las primeras posesiones, la llegada del equipo de investigación y su descubrimiento de lo que ha ocurrido (basándose en que uno de los “poseídos” no mira el escote de la científica, como haría cualquier hombre humano), luchan contra un parásito y escapan del pueblo ya invadido por los alienígenas. Por contraste, “La Invasión de los Ladrones de Cuerpos” había dedicado sus 80 minutos de metraje a contar todo lo anterior. Por otra parte, los personajes parecen haberse visto esta última película y todas las demás del subgénero hasta la fecha porque inmediatamente se figuran lo que está sucediendo y están preparados para combatirlo. La rapidez con la que todo progresa es no solo confusa sino inverosímil habida cuenta de la complejidad y escala de la amenaza. Por ejemplo, el presidente de Estados Unidos aparece solo muy brevemente y, tras ser informado de la situación, desaparece de la trama, dejando toda la responsabilidad en manos de la OSI.

 

La película remonta en interés en la secuencia en la que los agentes persiguen al parásito por el edificio de la Oficina. A partir de ahí, hay algunos momentos concretos que funcionan muy bien, como aquel en el que el mono poseído escribe un mensaje burlón para Sam, o cuando el parásito alienígena posee a éste y amenaza con detener su corazón, burlándose de Mary con las fantasias que su huésped tiene sobre ella.

 

Sin embargo, los rápidos giros argumentales terminan por resultar confusos, si no agotadores. Parece que todos los personajes principales acaban parasitados en un momento u otro en lo que se asemeja a un juego de sillas en lugar de replicar la atmósfera de paranoia, amenaza y misterio construida años atrás por “Invasores de Marte” o “La Invasión de los Ladrones de Cuerpos”. También hay lagunas argumentales: el parásito acaba matando a todos a quienes se adhiere, excepto a los protagonistas. Y al principio, cuando Sam se libra de la posesión, parece sufrir una crisis producto de una especie de síndrome de abstinencia, pero cuando lo mismo les ocurre a Mary y Andrew, ambos recuperan la lucidez en cuestión de minutos y sin efectos secundarios visibles. La pelea entre padre e hijo en el climax, a bordo de un helicóptero fuera de control sobre Des Moines, parece un añadido forzado y un desenlace muy flojo que impide que la historia termine con el debido impacto dramático.

 

Como apuntaba antes, el guion, ya fuera por imposición del estudio o por imposibilidades presupuestarias, dejó fuera muchos de los elementos presentes en la novela de Heinlein que podrían haberla elevado por encima del thriller convencional: la ambientación futurista, la amenaza a punta de pistola a congresistas para demostrar que no están parasitados, las ejecuciones sumarias de sospechosos de infección, la aprobación de una legislación que exige la casi desnudez en todo el país para demostrar que se está libre de parásitos, la escala de la invasión, la alegoría política, la tecnología de cambio de apariencia, el papel de los militares y una subtrama sobre el envío de monos infectados con virus a Missouri para erradicar la amenaza.

 

En esencia, “Alguien Mueve los Hilos” opta por descartar cualquier atisbo de sofisticación argumental y poner un mayor énfasis en la sexualidad y la violencia, utilizar efectos visuales que desasosieguen al espectador (los parásitos están particularmente bien conseguidos) y la presencia de un actor famoso que no sólo sirva como reclamo en el cartel promocional, sino que conecte directamente en la mente del aficionado con otra película en la que participó, esta verdaderamente icónica dentro del subgénero de Invasiones Silenciosas: “La Invasión de los Ultracuerpos” (1978). La presencia de Sutherland, aunque no disponga de un personaje del que pueda sacarse nada demasiado sustancioso, aporta la distinción, carisma y presencia de las que adolece el resto del reparto aun cuando en este figuran veteranos del cine de CF como David Keith (“La Cosa”) o Yaphet Kotto (“Alien”).  

 

Al final, “Alguien Mueve los Hilos” es una película más rutinaria que ingeniosa y más entretenida al principio, estancándose hacia la mitad de la trama en una serie de maniobras militares y operaciones de comando ejecutadas sin demasiada emoción. Es cierto que la elección de ambientarla predominantemente en el Medio Oeste norteamericano, aunque probablemente obedeciendo a razones presupuestarias, le confirió cierta cualidad atemporal que le ha permitido envejecer con más dignidad que otras propuestas contemporáneas, pero, en conjunto, más parece un episodio alargado de “Expediente X” que una producción cinematográfica que aspire a narrar una invasión alienígena a gran escala. Pero, sobre todo, dista mucho de transmitir la sensación de terror, amenaza y paranoia tanto de la novela de Heinlein como de otras cintas del subgénero pasadas, contemporáneas y futuras.

 

 

 

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