jueves, 2 de febrero de 2023

1949- REBELIÓN EN EL ESPACIO – Robert A. Heinlein (1)

 

“Rebelión en el Espacio” fue la tercera novela juvenil que Heinlein escribió para la editorial Scribner´s. La primera, “Cohete Galileo” (1947) no se había distanciado demasiado de la fórmula ya bien conocida desde hacía tiempo (la utilizada, por ejemplo, en las aventuras de Tom Swift a comienzos del siglo XX) para este tipo de relatos destinados a un público más joven: un grupo de muchachos entusiastas que, ayudados por un científico adulto, construyen un cohete con el que viajar a la Luna. En la segunda novela, “Cadete del Espacio” (1948), Heinlein volcó algunas de sus propias experiencias como cadete en la Academia Naval.

 

La tercera supuso ya un desvío respecto a las precedentes y, en muchos aspectos, sentó las bases para otras historias que escribiría Heinlein en los años venideros tanto para jóvenes como para adultos. Las aventuras que corren los protagonistas de “Rebelión en el Espacio” tienen como trasfondo un escenario sociopolítico inspirado en el de la Revolución Américana del siglo XVIII contra la metrópoli británica. Y, como puede detectarse en varias de las novelas juveniles del autor, se transmite un profundo pesimismo hacia la especie humana, lo que no deja de resultar chocante habida cuenta del público al que iba dirigido. Así, tenemos un gobierno colonial que se desliza hacia la tiranía y una Tierra agobiada por la superpoblación y desesperada por librarse de tantos habitantes como sea posible enviándolos como colonos a otros planetas, cometiendo en el proceso abusos, desestabilización social y guerra. No es de extrañar que a menudo Heinlein entrara en conflicto con su editor y que acabara abandonando este tipo de literatura por muy rentable que le resultase desde el punto de vista financiero.

 

“Rebelión en el Espacio” se ambienta en un Marte perteneciente a otra época, uno que los escritores de CF imaginaban enfriándose y perdiendo su atmósfera, habitado por una especie moribunda que tiempo atrás excavó larguísimos canales en un intento de distribuir la menguante agua por toda la superficie. La escasa flora y fauna están adaptadas a la fina atmósfera y las temperaturas extremas. El agua de los canales se congela y funde al ritmo de las estaciones y los asentamientos humanos o bien están localizados en el ecuador o bien migran de norte a sur y viceversa para evitar el terrible invierno de los hemisferios. Los colonos no han encontrado ninguna resistencia por parte de los escasos marcianos supervivientes y están construyendo plantas atmosféricas para que, en las generaciones venideras, el planeta disponga de unas condiciones más habitables y pueda acomodar más población de la Tierra.

 

Hoy, esa visión del planeta rojo ha quedado completamente obsoleta, pero ello no la hace menos interesante ni menos apta como decorado para una aventura.

 

Al comienzo de la historia, dos amigos adolescentes, Jim Marlowe y Frank Sutton, abandonan su hogar en una colonia del hemisferio sur, para asistir como alumnos a un internado en la ciudad de Lowell, en el ecuador. Los muchachos están habituados a la dura vida marciana, que incluye vestir en el exterior trajes presurizados y, que, en un toque muy propio de Heinlein, cada uno personaliza, por ejemplo, pintando el casco, para facilitar el reconocimiento mutuo (de hecho, una de las primeras señales de represión consistirá en la prohibición adoptar ese rasgo individualista). También portan armas con las que defenderse de los peligrosos depredadores que merodean por los alrededores. Jim lleva consigo a la academia un animalillo al que rescató de una de esas fieras y al que bautiza como Willis. Se trata de una criatura de forma esférica y patas retráctiles que tiene la curiosa habilidad de recordar y reproducir todo lo que escucha, imitando a la perfección las voces.

 

Así, Jim se despide de su familia, que incluye además de a su padre, uno de los líderes de la colonia, a su madre, su irritante hermana menor Phyllis y su hermano pequeño Oliver. Una familia tradicional en su composición, costumbres y roles que constituye uno de los elementos recurrentes en las novelas juveniles de Heinlein. Otro será una figura también muy de su gusto: el cascarrabias y casi anciano doctor MacRae, cuyas ingeniosas frases y feroz individualismo son un reflejo de las propias opiniones del escritor.

 

Durante un descanso en el viaje por el canal hacia Lowell, Jim y Frank exploran una ciudad marciana, encontrándose con uno de sus misteriosos habitantes, Gekko, y compartiendo agua con él, una ceremonia de cuya importancia para los marcianos no son conscientes. Tras llegar a la academia, los chicos se encuentran con que el veterano y apreciado director del centro ha sido sustituido por un puntilloso e inflexible cretino, el señor Howe, obsesionado por imponer nuevas reglas a cada cual más estricta. Una de ellas es la prohibición de mascotas, lo que conlleva la confiscación automática de Willis y su encierro en una oficina. Howe se pone en contacto con el administrador colonial corrupto, el señor Beecher, y los dos deciden vender al “animalito” a un zoo terrestre a cambio de una fortuna.

 

Pero la conversación es registrada por Willis y, tras ser rescatado por Jim y Frank, reproducida junto a la descripción de una conspiración terrible. Beecher pretende impedir la migración anual de la colonia de origen de los chicos, que todos los años se traslada del hemisferio sur al más templado norte para evitar los rigores del invierno marciano. El administrador, ignorante o indiferente a que esa decisión pueda costar muchas vidas, quiere habilitar la región de invernada en el hemisferio norte para acomodar a nuevos colonos y ganar así más dinero.

 

Con el invierno a la vuelta de la esquina, los chicos deciden escapar de la academia y regresar a su colonia para informar de lo que han descubierto. Los canales han empezado a congelarse y optan por patinar sobre el hielo para tratar de esquivar a sus perseguidores, enviados por Beecher para que no revelen lo que saben. Este arduo periplo es una de las partes más interesantes del libro y es descrito de forma muy evocadora por Heinlein. Frank enferma debido a una avería en su traje y los marcianos los rescatan, demostrando que son mucho más extraños y poderosos de lo que los humanos habían imaginado.

 

Cuando, con ayuda de Gekko y otros marcianos, llegan a la colonia y dan cuenta de la conspiración, el padre de Jim y el doctor MacRae organizan a sus vecinos para tomar las riendas de su propio destino y rebelarse contra las autoridades de Lowell. Con sus propios medios, se trasladan por el canal hasta esa ciudad, donde deberán afrontar un choque armado con una milicia organizada por Beecher que no duda en asesinar a sangre fría. Esta explosión de violencia sacará a los marcianos de su autoimpuesto aislamiento, con consecuencias impredecibles.  

 

Heinlein, aunque escribió en estas novelas sobre muchachos, no tuvo hijos propios y eso no es baladí porque tener descendencia cambia la experiencia y expectativas que previamente se tenía sobre ello. Por tanto, para dar forma a sus protagonistas, recurrió a sus recuerdos de juventud, lo que quizá explica que en estos libros no cayera en el paternalismo ni infantilizara forzadamente las tramas o las situaciones. De hecho, veía a sus jóvenes héroes como muchachos claramente en el camino de convertirse en los hombres competentes y sabios que a él tanto le gustaba incluir en sus novelas para adultos.

 

Tomadas en su conjunto, estas novelas a menudo tienen protagonistas juveniles con un pie en la madurez. En algunas ocasiones, se trata claramente de historias de tránsito al mundo adulto, como “Between Planets” (1951) o “Túnel en el Espacio” (1955). Pero incluso cuando versan sobre otra cosa, suelen comenzar con un muchacho de alrededor de diecisiete años que está pensando en ir a la universidad o empezar a trabajar. Los amigos de “Cohete Galileo” invertían su dinero para la universidad en construir la nave del título; Kip, de “Consigue un Traje Espacial: Viajarás” (1958) se acaba de graduar del instituto; “Tropas del Espacio” también empieza con la finalización de los estudios por parte del protagonista; y Jim, de “Rebelión en el Espacio” deja su hogar para seguir educándose en la academia de Marte.

 

Posiblemente, el lector objetivo de estas novelas fuera más joven que los protagonistas de las mismas, quizá chicos de entre once y quince años, que no estaban aún con un pie en el mundo adulto pero que ya lo tenían a la vista. Estos protagonistas no son adultos con preocupaciones propias de esa condición sino chicos con los que los lectores de alrededor de esa edad podían identificarse y anhelar los privilegios de libertad y autodeterminación que los personajes ya conquistaban en el curso de sus peripecias, ya fuera estudiar lejos de casa, viajar o sacarse la licencia de piloto de cohetes.

 

Uno de los rasgos más obvios que anclaban a estos personajes en el mundo de los niños que los leían era su completa ausencia de sexualidad. Incluso en “Between Planets” y “Starman Jones” (1953), donde hay un asomo de romance, todo se queda en ese punto, un asomo. Hasta en “Tropas del Espacio”, originalmente pensada para formar parte de esa serie juvenil y donde se abordan temas adultos y se plantean situaciones muy duras, Heinlein no va más allá de “las chicas huelen bien”. Lo más habitual era que las jovencitas brillaran por su ausencia y que el sexo fuera visto con desagrado por los masculinos protagonistas, como sucedía abiertamente en “Cadete del Espacio”. Todos estos libros habitan en un universo en el que el sexo es sólo una molestia transitoria que tuvo lugar en el pasado con el fin de producir la presente generación, y que volverá a manifestarse en un neblinoso futuro para asegurar la siguiente; algo, en definitiva, sobre lo que es mejor no pensar demasiado.

 

No es que esto obedeciera a una ideología particularmente reaccionaria de Heinlein. De hecho, el escritor, como sabían sus íntimos y se encargó de dejar bien claro en muchos de sus libros, era muy liberal al respecto. Sencillamente, estos libros aparecieron en una época que en la que, en el ámbito de la literatura juvenil, no existían figuras intermedias entre la infancia, la adolescencia y la madurez. Un estadio sustituía al siguiente y no interesaba describir cómo la forma de interpretar las relaciones, especialmente con el sexo opuesto, iba cambiando paulatinamente a lo largo de ese segmento vital. Y no es sólo el sexo y las relaciones románticas lo que faltan en estas novelas. Hay muchos compañeros de aventuras pero no amistades verdaderamente íntimas. Existen mentores y padres, pero, con algunas excepciones, los lazos más afectuosos son los que establecen los chicos con sus mascotas alienígenas, como John Thomas y Lummox en “La Bestia Estelar” (1954) o Jim y Willis en la novela que ahora nos ocupa.

 

En su ficción para jóvenes, Heinlein y sus contemporáneos escribían con un ojo puesto en temas muy similares a los de la ficción adulta: el trabajo y el deber, la tecnología en evolución y las nuevas oportunidades que brindaban los avances científicos y tecnológicos. Esta aproximación podía responder a dos razones. En primer lugar, el mundo de la adolescencia estaba mucho más próximo al de la madurez de lo que lo está hoy día. Los lectores de estas novelas o bien ya ganaban su propio dinero en trabajos eventuales compaginados con sus estudios o lo iban a hacer muy pronto. En la actualidad, un joven de quince años todavía tiene por delante una década antes de poder acceder al mercado de trabajo profesional. Y, en segundo lugar, Heinlein deseaba presentar a los jóvenes los mismos valores que él ya defendía en sus novelas para adultos, sintiendo la responsabilidad de aportar su grano de arena en la formación de sus lectores más jóvenes. Le apasionaba, en definitiva, lo mismo que a éstos: las brillantes promesas que aguardaban en el futuro.

 

Evidentemente, a cualquier muchacho le gusta soñar con aventuras y a ninguno con trabajar de ocho a tres, pero estas novelas juveniles de Heinlein hacían hincapié en el mundo laboral. En “Between Planets”, Dan se pasa meses lavando platos en un restaurante chino de Venus; en “Consigue un Traje Espacial: Viajarás”, Kip trabaja duro en una cafetería; Max, en “Starman Jones”, se gana las lentejas en una granja y luego encargándose de animales en una nave; los gemelos de “La Hora de las Estrellas” (1956) se involucran en un proyecto de viaje espacial a largo plazo como alternativa a un trabajo de lavar cristalería; la ambición de ganar dinero de Castor y Pollux alimenta la mitad de la trama de “Los Stone” (1952). Todos estos ejemplos son de trabajos temporales o a jornada partida, los típicos que realizaban los jóvenes en la época en la que Heinlein tenía esa misma edad. Las únicas excepciones serían Matt, de “Cadete Espacial”, y Juan Rico, de “Tropas del Espacio”, que siguen carreras militares; y Thorby, de “Ciudadano de la Galaxia” (1957), que pasa de mendigo a comerciante, cadete y hombre de negocios.

 

Una de las características más comunes de la literatura juvenil de aventuras son los padres ausentes. Los niños son enviados fuera del país para recuperarse de alguna dolencia, o los progenitores deben viajar a algún otro continente y dejan a sus vástagos con parientes; o, como imaginó C.S.Lewis en su famoso ciclo de Narnia, han de ser evacuados a una región alejada. Es una forma que tiene el escritor de facilitarse las cosas, quitando de en medio a los padres para dejar libertad a los muchachos y que así se puedan meterse en líos-aventuras, dejando que aquéllos reaparezcan sólo para redondear un final feliz que devuelve a los protagonistas a su estatus de dependientes.

 

Pues bien, Heinlein no sigue esa pauta en absoluto. Sus protagonistas juveniles suelen estar integrados en familias bien avenidas en las que sus miembros confían los unos en los otros, tal y como sucede en “Rebelión en el Espacio”. La familia de “Los Stones” sería otro buen ejemplo. A veces, los padres están presentes, pero mantienen cierta distancia, como en “La Hora de las Estrellas” o “Consigue un Traje Espacial”. En “El Granjero de las Estrellas” (1950), Bill cuida de su padre viudo hasta que emigran a Ganímedes y forman una familia con la adición de una madrastra y una hermana. Max, de “Starman Jones” y Thorby de “Ciudadano de la Galaxia” son huérfanos pero, a diferencia de otros muchachos de la misma condición en la literatura juvenil, sí tienen un contexto familiar: Max tiene una madrastra y su nuevo marido; Thorby a Leda y su padre. Incluso Dan, de “Between Planets”, que ha estado tanto tiempo estudiando en la Tierra que apenas recuerda a sus padres, tiene conexiones emocionales –aunque sea con un aligenígena-.

 

Así que, aunque los jóvenes héroes de Heinlein a menudo se rebelaban (contra las autoridades, contra sistemas injustos, contra individuos concretos), no lo hacían contra sus padres. El único ejemplo sería el de Johnnie Rico en “Tropas del Espacio”, donde éste se alista como acto de rebeldía y autoafirmación contra los valores de sus padres. Y ello sólo como antesala a otra inversión del tópico por parte de Heinlein, dado que al final de esa novela el padre sigue los pasos del hijo.

 

Y luego están los adultos que desempeñan el papel de mentores sin guardar relación de parentesco con los protagonistas. Hay un buen montón de ellos en estas novelas, desde profesores y sargentos a ingenieros pasando por farmacéuticos o funcionarios. En el caso de “Rebelión en el Espacio” ese rol lo ocupa el doctor MacRae. Son figuras que ayudan pero no ordenan, aconsejan con su sabiduría pero no imponen ni actúan de forma paternalista. 

 

(Finaliza en la siguiente entrada)

 


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