El ambiente cultural de principios de la década de los 60 en Estados Unidos y el Reino Unido no tuvo el mismo efecto liberador sobre el cine de ciencia ficción que sí había ejercido sobre la ciencia ficción literaria, que entonces empezó a dar forma a lo que enseguida se conocería como "Nueva Ola". Probablemente esto se debió a que los costos mucho más elevados de producir una película implican que la producción cultural esté más supeditada a los intereses corporativos, dejando menos espacio para lo explícitamente contracultural. Así, las películas de CF más comerciales de la época tendían a reflejar las preocupaciones políticas de la Guerra Fría, la Crisis de los Misiles de Cuba y el temor constante a la guerra nuclear, como “La Hora Final” (1959), “Punto Límite” o “Teléfono Rojo, ¿Volamos Hacia Moscú?” (1964).
Pero el
director Roger Corman trabajaba fuera del sistema de
los grandes estudios y,
paradójicamente, los menores presupuestos que manejaba le otorgaban mayor
libertad temática y de enfoque. Podríamos decir que operaba en un ecosistema de
guerrilla cultural. En los grandes estudios, cada dólar invertido implicaba a
un comité de ejecutivos revisando el guion. En la American International
Pictures, “hogar” profesional de Corman, solo les importaba que el póster fuera
llamativo y que la película se terminara en la fecha prevista y por el dinero
asignado.
Así,
mientras que “La Hora Final” o “Teléfono Rojo” trataban sobre la supervivencia
de la especie o el apocalipsis nuclear, Corman, en cambio, presentó en “El
Hombre con Rayos X en los Ojos”, considerada una de sus mejores películas, un
elemento de nihilismo y ambigüedad impensable en el cine comercial
contemporáneo. Aquí, la ciencia no es una herramienta para ganar la guerra o destruir
el mundo, sino una maldición personal que conduce a la locura y la
automutilación. Es una visión puramente existencialista, muy cercana a los
temas y sensibilidad de la revista británica “New Worlds”, abanderada de la
“Nueva Ola”.
Corman
era el director y productor estrella de American International Pictures, la
productora en la que había estado trabajando desde su misma fundación en 1954,
siempre en películas de muy bajo presupuesto. Cansado de esas limitaciones, convenció
a la AIP de que el nombre de Edgar Allan Poe tenía suficiente prestigio para
atraer al público y que, por tanto, sería buena idea realizar una serie de
adaptaciones de sus novelas y cuentos más famo
sos. El resultado fueron ocho
películas dirigidas por él entre 1960 y 1964, todas (excepto una)
protagonizadas por Vincent Price.
Tras “La Caída de la Casa Usher” (1960), “El Pozo y el Péndulo” (1961), “La Obsesión” (1962), “Historias de Terror” (1962) y “El Cuervo” (1963), Corman había acumulado el suficiente prestigio como para exigir mayor libertad creativa en su siguiente proyecto, el que ahora nos ocupa. Eso sí, los 300.000 dólares y el calendario de 15 días de rodaje, no sacaron a “El Hombre con Rayos X en los Ojos” de la división de la serie B, aunque los resultados superaron lo que solía ser habitual.
El Dr. James
Xavier (Ray Milland) le cuenta a su
amigo y colega, el doctor Brandt (Harold
Stone) que está realizando una investigación para que los ojos humanos puedan ver
mucho más allá del espectro visible. La doctora Diane Fairfax (Diana van der
Vlis), que dirige la fundación que asigna fondos a la investigación de Xavier,
le dice que van a recortar su financiación, un anuncio que empuja al científico
a administrarse el fármaco a sí mismo para proporcionar una prueba instantánea
de su eficacia. A pesar de ello, la junta le recorta los fondos igualmente.
Poco
después, Xavier "ve" que el cirujano jefe del hospital donde trabaja
,
el Dr. Benson (John Hoyt), diagnostica erróneamente el problema cardíaco de una
paciente y durante la operación, Xavier le corta la mano a aquél para impedirle
continuar encargándose él mismo de la intervención. Aunque sus poderes de
visión consiguen que la joven sobreviva, ese acto impulsivo lo convierte en un
paria profesional.
Durante
una reunión con Brandt y Fairfax para hablar de los pasos a seguir con sus
experimentos y presa de un arranque de dese
speración, Xavier empuja
accidentalmente a aquél por una ventana. Fugitivo por asesinato y marginado, huye
y adopta la identidad de un adivino en un espectáculo de feria. Luego, bajo la
tutela de un charlatán explotador, se hace pasar por curandero antes de,
amenazado con ser expuesta su fachada, volver a ser un fugitivo y, en compañía
de Diane, dirigirse a Las Vegas con la intención de ganar una fortuna en las
mesas de juego.
Roger
Corman trabajó aquí con un guion de Ray Russell, qu
ien había firmado también otras
dos películas dirigidas por Corman, “El Barón Mr. Sardonicus” (1961) y “La
Obsesión”, y que aquí firma una historia plenamente adscrita al subgénero de
científicos locos que estuvo de moda durante los años 30 y 40. De hecho, el
guion de Russell es uno de los más retorcidos y personales de todas las
películas de “mad doctors”, las cuales suelen respetar la fórmula del mito de
Ícaro, en el sentido de que su búsqueda de conocimiento prohibido, aunque
exitosas, desata catástrofes y desastres.
Pocos
films de científicos locos reflejan ese mito con tanta convicción y ambición como
el que ahora comentamos puesto que su protagonista, fruto de la droga que él
mismo ha diseñado, logra ver nada más y nada menos que el c
entro mismo del Universo,
afirmando que un ojo gigante lo observa todo, un concepto que, con la habitual
austeridad de Corman, la película solo se digna a describir en lugar de
mostrar. Igualmente exagerado es el clímax, con Xavier entrando tambaleándose
en la carpa de un predicador evangélico y tomándose al pie de la letra la frase
del Evangelio de San Mateo que dice “Si tu ojo derecho es para ti ocasión de
pecado, sácatelo y tíralo” (Mateo 5.29). Ninguna película de mad doctors se
había hecho eco tan conscientemente de la atronadora solemnidad de las Sagradas
Escrituras.
El
tópico del científico bienintencionado que perpetra aberraciones en nombre de
una causa noble, es tan antiguo como Frankenstein y se ha utilizado
innu
merables veces. La moraleja habitual de estas historias es que la ciencia
mal entendida o practicada con irresponsabilidad, es sumamente peligrosa.
Corman creía que la Guerra Fría había convertido al científico malvado en la
figura dominante, pero aquí opta por presentar a los diferentes doctores bajo
una luz positiva, como gente profesional y sensata, mientras que Xavier sigue
el patrón tradicional del Doctor Jekyll y Mr.Hyde: la droga que inventó para
mejorar al hombre, termina por convertirle en un monstruo.
La
película discurre de forma algo irregular. Durante los primeros veinte minutos,
la trama, los diálogos y la premisa amenazan con provocar en el espectador más
exasperación que maravilla, co
mo cuando el insensato científico protagonista
decide administrarse por los ojos su suero experimental tras haber contemplado
como un mono moría a consecuencia del mismo. ¿Qué puede salir mal? Todo, claro.
Cuando mata accidentalmente a su colega y se convierte en fugitivo de la
justicia, no queda claro qué pretende: ¿ganar tiempo para curarse? ¿Seguir
investigando para aumentar el alcance del poder que tanto le está complicando
la vida?
Afortunadamente,
es cuando Xavier se da a la fuga que la película cobra ritmo y vida. En un giro
bastante inusual por sofisticado en un producto destinad
o a autocines, la
historia salta de lo filosófico (¿debería un hombre usar su poder especial para
el bien o para su propio beneficio?) a lo metafísico. Xavier, según asegura,
puede ver la vasta oscuridad del universo. Sabemos que no se trata simplemente
del espacio exterior, porque, en el desenlace, le cuenta al predicador que se
siente rodeado por la oscuridad de las almas de los hombres. Y, desde luego,
almas oscuras no escasean en este guion que aprovecha para hacer algo de
crítica social: el intrigante Crane (Don Rickles), que solo piensa en el lucro
y mujeres desnudas; el otro feriante que dice que usaría un poder tal para hacer
daño a quienes no estén de acuerdo con él; el cirujano jefe, más preocupado por
su estatus y jerarquía que por la vida de su paciente; la junta del hosp
ital,
que antepone el dinero a los milagros científicos; el joven engreído que
abandonó a su novia; las multitudes de Las Vegas recogiendo el dinero que tira
Xavier al huir…
El final es un notable ejemplo de horror cósmico. La visión de Xavier es ahora tan poderosa que puede ver lo que habita más allá de nuestro universo, en las grandes tinieblas, y más allá de esas tinieblas, algo todavía más aterrador: una luz inmensa e ineludible. ¿Es la mirada de Dios o del Abismo? ¿O algo completamente distinto? En cualquier caso, el ojo del vacío infinito ha traspasado al propio Xavier y lo ha hecho pedazos. Ha sufrido el mismo destino que los protagonistas de las historias de Lovecraft, en las que quienes alcanzan un conocimiento prohibido enloquecen, sufren sin cesar o mueren (o todo ello consecutivamente).
Consciente
de que su público objetivo, los jóvenes que acudían a los
autocines y cines de
barrio, no necesariamente se identificarían con la noble ambición de Xavier de
usar la visión ampliada para el bien de la humanidad, Corman insertó dos
escenas algo chirriantes con el tono del resto de la película pero que podían
comprender mejor los espectadores menos altruistas o sofisticados. En la
primera, el protagonista asiste a una fiesta con muchas mujeres atractivas cuyos
cuerpos puede ver a través de su ropa. Obviamente, no se muestran más que
rodillas y hombros desnudos, pero la implicación está clara. La segunda es esa
desviación codiciosa que le lleva a hacer trampas en el casino.
Inicialmente,
Corman quiso usar a un músico de jazz como protagonista, convirtiendo la
historia en una alegoría de la creciente cultura de las drogas, que defendía
que sustancias como el LSD podí
an proporcionar revelaciones trascendentales. En
1963, los experimentos con dietilamida de ácido lisérgico en entornos
académicos y clínicos (como los de Timothy Leary en Harvard) empezaban a filtrarse
a la conciencia pública y Corman captó ese interés por la expansión de la
conciencia, decidiendo entonces transformar al protagonista en un médico, lo
cual le permitió ampliar la historia aportando la credibilidad y profundidad
filosófica necesarias. También relacionado con el tema de las drogas es la
adicción de Xavier a sus poderes, lo que le lleva a consumir cada vez más suero
hasta que finalmente se vuelve loco.
El último
tercio de la película marca una ruptura narrativa y estética fun
damental porque
es el momento en el que el espectador deja de ser un observador externo para
sumergirse de lleno en la percepción subjetiva, cada vez más fragmentada y
alucinógena, del Dr. Xavier. Esta inmersión visual fue posible gracias al
Spectorama, un ingenioso sistema óptico diseñado por el director de fotografía
Floyd Crosby. Éste no era un técnico cualquiera sino un veterano de la industria
con un pedigrí impecable. Había ganado el Óscar por la fotografía de “Tabú”
(1931), la obra maestra de F.W. Murnau, y un Globo de Oro por “Solo Ante el
Peligro” (1952). Su colaboración con Corman fue simbiótica: el uno aportaba el
rigor técnico de la "vieja escuela" y una elegancia visual que
elevaba las película
s por encima de sus magros presupuestos de serie B,
mientras que el otro le permitía experimentar con técnicas vanguardistas. Este
fue el caso del Spectorama, que separaba los componentes cromáticos de la
imagen de forma similar a un prisma, creando halos de color, superposiciones
vibrantes y una distorsión de los bordes que sugería una visión "más allá"
del espectro visible y ofrecía una abstracción lírica. Las imágenes fractales y
cromáticas del Spectorama prefiguraron los efectos psicodélicos que Corman
perfeccionaría años después en “El Viaje” (1967). Lo que en 1963 trató de pasar
por una "visión de rayos X", cuatro años después se convertiría en la
representación cinematográfica definitiva del viaje de LSD.
Hay
momentos, sin embargo, en los que Corman demuestra tener recursos té
cnicos más
allá de los efectos especiales, como cuando Xavier despierta de su primera toma
de las gotas y vemos a sus amigos en perspectiva subjetiva antes de que la
cámara se aleje para revelar que aquél todavía lleva los ojos vendados. Hay
diálogos también muy sugerentes, como cuando el protagonista recorre la ciudad
describiendo lo que ve: "una ciudad
recién nacida, colgando como esqueletos de metal, letreros sin soporte".
E
n
cuanto al reparto, desde luego destaca Ray Milland. Uno podría preguntarse qué
hace en una producción tan modesta quien fue estrella de Hollywood con un Oscar
en su haber por “Días sin Huella” (1945). A finales de los 50, Milland ya
superaba los 50 años. En el Hollywood de esa época, si no eras Cary Grant o
Clark Gable, pasar esa frontera significaba que los papeles de "galán
protagonista" dejaban de llegar. Los grandes estudios (como Paramount,
donde él había sido una de sus estrellas) estaban cambiando y ya no mantenían a
los actores bajo contrato fijo.
A
mediados de los 50, Milland se cansó de actuar en papeles que no le interesaban
y dio el salto a la dirección con películas como “Un Hombre Solo” (1955) o
“Lisboa” (1956); y, luego, a la televisión, con su propio programa “The Ray
Mi
lland Show”, que duró un par de temporadas. Este giro profesional hizo que la
industria del cine lo viera más como un veterano de la pequeña pantalla que
como un actor de actualidad con el que se pudiera contar para producciones
importantes. A esto se añadió un accidente de caza en el que casi pierde la
mano y a raíz del cual sufrió complicaciones varias de salud, incluida la
pérdida de cabello (lo que le obligó a llevar peluquín, como en la película que
ahora nos ocupa). Su transición de “galán” a “actor de carácter” se había
completado.
Cuand
o
Roger Corman lo llamó para protagonizar “La Obsesión” (1962), Milland aceptó y
descubrió entonces que en la serie B de la AIP podía interpretar personajes
atormentados, complejos y oscuros, mucho más interesantes que los papeles
secundarios como padre o abuelo que le ofrecían los grandes estudios. Su
profesionalismo era tal que Corman siempre dijo que era un placer trabajar con
él porque nunca se quejaba de los bajos presupuestos.
A
diferencia de otros actores de la época que habrían optado por el histrionism
o
al descubrir en su interior "poderes sobrenaturales", Milland aporta
una sobriedad británica y un naturalismo clínico. En la primera mitad de la
trama, interpreta al Dr. Xavier como un hombre de ciencia pragmático y
contenido, utilizando especialmente su extraordinaria voz para transmitir una
autoridad que va ir rápidamente desintegrándose. Uno de los mayores retos para
un actor es reaccionar ante algo que el espectador no ve… como tampoco el
propio intérprete, dado que eran efectos insertados en postproducción, como las
imágenes a través de la piel o las paredes. Sus ojos se convierten en el centro
de la narrativa porque, a medida que avanza la trama, su mirada se vuelve más
distante, como si estuviera dejando de pertenecer al mundo físico de los demás
personajes para habitar en solitario un plano puramente visual.
Milla
nd
interpreta el dolor no como sufrimiento físico, sino como una sobrecarga
sensorial. Se tomaba el papel tan en serio que, entre tomas, se negaba a
quitarse las lentillas especiales para así mantener la sensación de desorientación
y aislamiento que padecía el personaje, una dedicación que sin duda la ayudó a
transmitir la fatiga de un hombre que ya no puede cerrar los ojos porque,
incluso cerrados, "ve" la luz del universo. Lo que siente es un
profundo agotamiento existencial.
En el
acto final, cuando el protagonista se refugia en la carpa del predicador, el
actor eleva su instensidad a un nivel casi shakespeariano, ayudado por el
aterrador impacto que causan las lentillas negras (y que le provocaron bastante
dolor duran
te el rodaje). La forma en que pronuncia su frase sobre ver "el
corazón del universo" y "el ojo que nos mira" no suena a locura
propia de serie B cutre, sino a una epifanía religiosa genuina y traumática. No
deja de ser irónico que, tras ganar un Óscar por interpretar a un alcohólico en
“Días sin Huella”, Milland encarnara años después a un hombre que no puede
dejar de ver, dos personajes marcados por la obsesión autodestructiva.
Co
n el paso del tiempo, “El Hombre con Rayos X en los Ojos” ha ido ganando un modesto estatus
de culto entre los aficionados al género. A pesar de sus pobres valores de
producción, guión algo torpe y efectos especiales por debajo de los conceptos
que pretenden evocar, es una película de terror psicológico interesante incluso
para quienes no sean particularmente amantes del género ya que no sólo plantea
la agonía de no poder aislarse de lo incognoscible (lo único peor que dormir
con la luz apagada es dormir con ella siempre encendida), sino que también
plantea interrogantes sobre la adicción, la responsabilidad y nuestra capacidad
para asimilar un conocimiento para el que nuestro cerebro no está adaptado. Aunque
no sea un clásico de primer nivel, sí ejemplifica el vibrante estilo de
dirección de Corman y su respeto por el material intelectualmente sofisticado.

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