sábado, 28 de marzo de 2026

1963- EL HOMBRE CON RAYOS X EN LOS OJOS – Roger Corman



El ambiente cultural de principios de la década de los 60 en Estados Unidos y el Reino Unido no tuvo el mismo efecto liberador sobre el cine de ciencia ficción que sí había ejercido sobre la ciencia ficción literaria, que entonces empezó a dar forma a lo que enseguida se conocería como "Nueva Ola". Probablemente esto se debió a que los costos mucho más elevados de producir una película implican que la producción cultural esté más supeditada a los intereses corporativos, dejando menos espacio para lo explícitamente contracultural. Así, las películas de CF más comerciales de la época tendían a reflejar las preocupaciones políticas de la Guerra Fría, la Crisis de los Misiles de Cuba y el temor constante a la guerra nuclear, como “La Hora Final” (1959), “Punto Límite” o “Teléfono Rojo, ¿Volamos Hacia Moscú?” (1964).

 

Pero el director Roger Corman trabajaba fuera del sistema de los grandes estudios y, paradójicamente, los menores presupuestos que manejaba le otorgaban mayor libertad temática y de enfoque. Podríamos decir que operaba en un ecosistema de guerrilla cultural. En los grandes estudios, cada dólar invertido implicaba a un comité de ejecutivos revisando el guion. En la American International Pictures, “hogar” profesional de Corman, solo les importaba que el póster fuera llamativo y que la película se terminara en la fecha prevista y por el dinero asignado.

 

Así, mientras que “La Hora Final” o “Teléfono Rojo” trataban sobre la supervivencia de la especie o el apocalipsis nuclear, Corman, en cambio, presentó en “El Hombre con Rayos X en los Ojos”, considerada una de sus mejores películas, un elemento de nihilismo y ambigüedad impensable en el cine comercial contemporáneo. Aquí, la ciencia no es una herramienta para ganar la guerra o destruir el mundo, sino una maldición personal que conduce a la locura y la automutilación. Es una visión puramente existencialista, muy cercana a los temas y sensibilidad de la revista británica “New Worlds”, abanderada de la “Nueva Ola”.

 

Corman era el director y productor estrella de American International Pictures, la productora en la que había estado trabajando desde su misma fundación en 1954, siempre en películas de muy bajo presupuesto. Cansado de esas limitaciones, convenció a la AIP de que el nombre de Edgar Allan Poe tenía suficiente prestigio para atraer al público y que, por tanto, sería buena idea realizar una serie de adaptaciones de sus novelas y cuentos más famosos. El resultado fueron ocho películas dirigidas por él entre 1960 y 1964, todas (excepto una) protagonizadas por Vincent Price.

 

Tras “La Caída de la Casa Usher” (1960), “El Pozo y el Péndulo” (1961), “La Obsesión” (1962), “Historias de Terror” (1962) y “El Cuervo” (1963), Corman había acumulado el suficiente prestigio como para exigir mayor libertad creativa en su siguiente proyecto, el que ahora nos ocupa. Eso sí, los 300.000 dólares y el calendario de 15 días de rodaje, no sacaron a “El Hombre con Rayos X en los Ojos” de la división de la serie B, aunque los resultados superaron lo que solía ser habitual.

 

El Dr. James Xavier (Ray Milland) le cuenta a su amigo y colega, el doctor Brandt (Harold Stone) que está realizando una investigación para que los ojos humanos puedan ver mucho más allá del espectro visible. La doctora Diane Fairfax (Diana van der Vlis), que dirige la fundación que asigna fondos a la investigación de Xavier, le dice que van a recortar su financiación, un anuncio que empuja al científico a administrarse el fármaco a sí mismo para proporcionar una prueba instantánea de su eficacia. A pesar de ello, la junta le recorta los fondos igualmente.

 

Poco después, Xavier "ve" que el cirujano jefe del hospital donde trabaja, el Dr. Benson (John Hoyt), diagnostica erróneamente el problema cardíaco de una paciente y durante la operación, Xavier le corta la mano a aquél para impedirle continuar encargándose él mismo de la intervención. Aunque sus poderes de visión consiguen que la joven sobreviva, ese acto impulsivo lo convierte en un paria profesional.

 

Durante una reunión con Brandt y Fairfax para hablar de los pasos a seguir con sus experimentos y presa de un arranque de desesperación, Xavier empuja accidentalmente a aquél por una ventana. Fugitivo por asesinato y marginado, huye y adopta la identidad de un adivino en un espectáculo de feria. Luego, bajo la tutela de un charlatán explotador, se hace pasar por curandero antes de, amenazado con ser expuesta su fachada, volver a ser un fugitivo y, en compañía de Diane, dirigirse a Las Vegas con la intención de ganar una fortuna en las mesas de juego.

 

Roger Corman trabajó aquí con un guion de Ray Russell, quien había firmado también otras dos películas dirigidas por Corman, “El Barón Mr. Sardonicus” (1961) y “La Obsesión”, y que aquí firma una historia plenamente adscrita al subgénero de científicos locos que estuvo de moda durante los años 30 y 40. De hecho, el guion de Russell es uno de los más retorcidos y personales de todas las películas de “mad doctors”, las cuales suelen respetar la fórmula del mito de Ícaro, en el sentido de que su búsqueda de conocimiento prohibido, aunque exitosas, desata catástrofes y desastres.

 

Pocos films de científicos locos reflejan ese mito con tanta convicción y ambición como el que ahora comentamos puesto que su protagonista, fruto de la droga que él mismo ha diseñado, logra ver nada más y nada menos que el centro mismo del Universo, afirmando que un ojo gigante lo observa todo, un concepto que, con la habitual austeridad de Corman, la película solo se digna a describir en lugar de mostrar. Igualmente exagerado es el clímax, con Xavier entrando tambaleándose en la carpa de un predicador evangélico y tomándose al pie de la letra la frase del Evangelio de San Mateo que dice “Si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, sácatelo y tíralo” (Mateo 5.29). Ninguna película de mad doctors se había hecho eco tan conscientemente de la atronadora solemnidad de las Sagradas Escrituras.

 

El tópico del científico bienintencionado que perpetra aberraciones en nombre de una causa noble, es tan antiguo como Frankenstein y se ha utilizado innumerables veces. La moraleja habitual de estas historias es que la ciencia mal entendida o practicada con irresponsabilidad, es sumamente peligrosa. Corman creía que la Guerra Fría había convertido al científico malvado en la figura dominante, pero aquí opta por presentar a los diferentes doctores bajo una luz positiva, como gente profesional y sensata, mientras que Xavier sigue el patrón tradicional del Doctor Jekyll y Mr.Hyde: la droga que inventó para mejorar al hombre, termina por convertirle en un monstruo.

 

La película discurre de forma algo irregular. Durante los primeros veinte minutos, la trama, los diálogos y la premisa amenazan con provocar en el espectador más exasperación que maravilla, como cuando el insensato científico protagonista decide administrarse por los ojos su suero experimental tras haber contemplado como un mono moría a consecuencia del mismo. ¿Qué puede salir mal? Todo, claro. Cuando mata accidentalmente a su colega y se convierte en fugitivo de la justicia, no queda claro qué pretende: ¿ganar tiempo para curarse? ¿Seguir investigando para aumentar el alcance del poder que tanto le está complicando la vida?

 

Afortunadamente, es cuando Xavier se da a la fuga que la película cobra ritmo y vida. En un giro bastante inusual por sofisticado en un producto destinado a autocines, la historia salta de lo filosófico (¿debería un hombre usar su poder especial para el bien o para su propio beneficio?) a lo metafísico. Xavier, según asegura, puede ver la vasta oscuridad del universo. Sabemos que no se trata simplemente del espacio exterior, porque, en el desenlace, le cuenta al predicador que se siente rodeado por la oscuridad de las almas de los hombres. Y, desde luego, almas oscuras no escasean en este guion que aprovecha para hacer algo de crítica social: el intrigante Crane (Don Rickles), que solo piensa en el lucro y mujeres desnudas; el otro feriante que dice que usaría un poder tal para hacer daño a quienes no estén de acuerdo con él; el cirujano jefe, más preocupado por su estatus y jerarquía que por la vida de su paciente; la junta del hospital, que antepone el dinero a los milagros científicos; el joven engreído que abandonó a su novia; las multitudes de Las Vegas recogiendo el dinero que tira Xavier al huir…

 

El final es un notable ejemplo de horror cósmico. La visión de Xavier es ahora tan poderosa que puede ver lo que habita más allá de nuestro universo, en las grandes tinieblas, y más allá de esas tinieblas, algo todavía más aterrador: una luz inmensa e ineludible. ¿Es la mirada de Dios o del Abismo? ¿O algo completamente distinto? En cualquier caso, el ojo del vacío infinito ha traspasado al propio Xavier y lo ha hecho pedazos. Ha sufrido el mismo destino que los protagonistas de las historias de Lovecraft, en las que quienes alcanzan un conocimiento prohibido enloquecen, sufren sin cesar o mueren (o todo ello consecutivamente).

 

Consciente de que su público objetivo, los jóvenes que acudían a los autocines y cines de barrio, no necesariamente se identificarían con la noble ambición de Xavier de usar la visión ampliada para el bien de la humanidad, Corman insertó dos escenas algo chirriantes con el tono del resto de la película pero que podían comprender mejor los espectadores menos altruistas o sofisticados. En la primera, el protagonista asiste a una fiesta con muchas mujeres atractivas cuyos cuerpos puede ver a través de su ropa. Obviamente, no se muestran más que rodillas y hombros desnudos, pero la implicación está clara. La segunda es esa desviación codiciosa que le lleva a hacer trampas en el casino.

 

Inicialmente, Corman quiso usar a un músico de jazz como protagonista, convirtiendo la historia en una alegoría de la creciente cultura de las drogas, que defendía que sustancias como el LSD podían proporcionar revelaciones trascendentales. En 1963, los experimentos con dietilamida de ácido lisérgico en entornos académicos y clínicos (como los de Timothy Leary en Harvard) empezaban a filtrarse a la conciencia pública y Corman captó ese interés por la expansión de la conciencia, decidiendo entonces transformar al protagonista en un médico, lo cual le permitió ampliar la historia aportando la credibilidad y profundidad filosófica necesarias. También relacionado con el tema de las drogas es la adicción de Xavier a sus poderes, lo que le lleva a consumir cada vez más suero hasta que finalmente se vuelve loco.

 

El último tercio de la película marca una ruptura narrativa y estética fundamental porque es el momento en el que el espectador deja de ser un observador externo para sumergirse de lleno en la percepción subjetiva, cada vez más fragmentada y alucinógena, del Dr. Xavier. Esta inmersión visual fue posible gracias al Spectorama, un ingenioso sistema óptico diseñado por el director de fotografía Floyd Crosby. Éste no era un técnico cualquiera sino un veterano de la industria con un pedigrí impecable. Había ganado el Óscar por la fotografía de “Tabú” (1931), la obra maestra de F.W. Murnau, y un Globo de Oro por “Solo Ante el Peligro” (1952). Su colaboración con Corman fue simbiótica: el uno aportaba el rigor técnico de la "vieja escuela" y una elegancia visual que elevaba las películas por encima de sus magros presupuestos de serie B, mientras que el otro le permitía experimentar con técnicas vanguardistas. Este fue el caso del Spectorama, que separaba los componentes cromáticos de la imagen de forma similar a un prisma, creando halos de color, superposiciones vibrantes y una distorsión de los bordes que sugería una visión "más allá" del espectro visible y ofrecía una abstracción lírica. Las imágenes fractales y cromáticas del Spectorama prefiguraron los efectos psicodélicos que Corman perfeccionaría años después en “El Viaje” (1967). Lo que en 1963 trató de pasar por una "visión de rayos X", cuatro años después se convertiría en la representación cinematográfica definitiva del viaje de LSD.

 

Hay momentos, sin embargo, en los que Corman demuestra tener recursos técnicos más allá de los efectos especiales, como cuando Xavier despierta de su primera toma de las gotas y vemos a sus amigos en perspectiva subjetiva antes de que la cámara se aleje para revelar que aquél todavía lleva los ojos vendados. Hay diálogos también muy sugerentes, como cuando el protagonista recorre la ciudad describiendo lo que ve: "una ciudad recién nacida, colgando como esqueletos de metal, letreros sin soporte".

 

En cuanto al reparto, desde luego destaca Ray Milland. Uno podría preguntarse qué hace en una producción tan modesta quien fue estrella de Hollywood con un Oscar en su haber por “Días sin Huella” (1945). A finales de los 50, Milland ya superaba los 50 años. En el Hollywood de esa época, si no eras Cary Grant o Clark Gable, pasar esa frontera significaba que los papeles de "galán protagonista" dejaban de llegar. Los grandes estudios (como Paramount, donde él había sido una de sus estrellas) estaban cambiando y ya no mantenían a los actores bajo contrato fijo.

 

A mediados de los 50, Milland se cansó de actuar en papeles que no le interesaban y dio el salto a la dirección con películas como “Un Hombre Solo” (1955) o “Lisboa” (1956); y, luego, a la televisión, con su propio programa “The Ray Milland Show”, que duró un par de temporadas. Este giro profesional hizo que la industria del cine lo viera más como un veterano de la pequeña pantalla que como un actor de actualidad con el que se pudiera contar para producciones importantes. A esto se añadió un accidente de caza en el que casi pierde la mano y a raíz del cual sufrió complicaciones varias de salud, incluida la pérdida de cabello (lo que le obligó a llevar peluquín, como en la película que ahora nos ocupa). Su transición de “galán” a “actor de carácter” se había completado.

 

Cuando Roger Corman lo llamó para protagonizar “La Obsesión” (1962), Milland aceptó y descubrió entonces que en la serie B de la AIP podía interpretar personajes atormentados, complejos y oscuros, mucho más interesantes que los papeles secundarios como padre o abuelo que le ofrecían los grandes estudios. Su profesionalismo era tal que Corman siempre dijo que era un placer trabajar con él porque nunca se quejaba de los bajos presupuestos.

 

A diferencia de otros actores de la época que habrían optado por el histrionismo al descubrir en su interior "poderes sobrenaturales", Milland aporta una sobriedad británica y un naturalismo clínico. En la primera mitad de la trama, interpreta al Dr. Xavier como un hombre de ciencia pragmático y contenido, utilizando especialmente su extraordinaria voz para transmitir una autoridad que va ir rápidamente desintegrándose. Uno de los mayores retos para un actor es reaccionar ante algo que el espectador no ve… como tampoco el propio intérprete, dado que eran efectos insertados en postproducción, como las imágenes a través de la piel o las paredes. Sus ojos se convierten en el centro de la narrativa porque, a medida que avanza la trama, su mirada se vuelve más distante, como si estuviera dejando de pertenecer al mundo físico de los demás personajes para habitar en solitario un plano puramente visual.

 

Milland interpreta el dolor no como sufrimiento físico, sino como una sobrecarga sensorial. Se tomaba el papel tan en serio que, entre tomas, se negaba a quitarse las lentillas especiales para así mantener la sensación de desorientación y aislamiento que padecía el personaje, una dedicación que sin duda la ayudó a transmitir la fatiga de un hombre que ya no puede cerrar los ojos porque, incluso cerrados, "ve" la luz del universo. Lo que siente es un profundo agotamiento existencial.

 

En el acto final, cuando el protagonista se refugia en la carpa del predicador, el actor eleva su instensidad a un nivel casi shakespeariano, ayudado por el aterrador impacto que causan las lentillas negras (y que le provocaron bastante dolor durante el rodaje). La forma en que pronuncia su frase sobre ver "el corazón del universo" y "el ojo que nos mira" no suena a locura propia de serie B cutre, sino a una epifanía religiosa genuina y traumática. No deja de ser irónico que, tras ganar un Óscar por interpretar a un alcohólico en “Días sin Huella”, Milland encarnara años después a un hombre que no puede dejar de ver, dos personajes marcados por la obsesión autodestructiva.

 

Con el paso del tiempo, “El Hombre con Rayos X en los Ojos” ha ido ganando un modesto estatus de culto entre los aficionados al género. A pesar de sus pobres valores de producción, guión algo torpe y efectos especiales por debajo de los conceptos que pretenden evocar, es una película de terror psicológico interesante incluso para quienes no sean particularmente amantes del género ya que no sólo plantea la agonía de no poder aislarse de lo incognoscible (lo único peor que dormir con la luz apagada es dormir con ella siempre encendida), sino que también plantea interrogantes sobre la adicción, la responsabilidad y nuestra capacidad para asimilar un conocimiento para el que nuestro cerebro no está adaptado. Aunque no sea un clásico de primer nivel, sí ejemplifica el vibrante estilo de dirección de Corman y su respeto por el material intelectualmente sofisticado.

 

 

 

 

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