miércoles, 20 de junio de 2018

1989- LOS CANTOS DE HYPERION - Dan Simmons (2)


(Viene de la entrada anterior)

La cuarta historia, “El Río Leteo Sabe Amargo”, es la más conmovedora de las seis. Aunque está narrada por el erudito judío Sol Weintraub, en realidad trata tanto de él como de su hija, Rachel, una joven arqueóloga que se internó en las Tumbas del Tiempo treinta años atrás y que a causa de las mareas entrópicas contrajo una extraña enfermedad, la dolencia de Merlín: A partir de ese momento, Rachel ha ido viviendo “al revés”, esto es, rejuveneciendo día a día y perdiendo los recuerdos de la jornada anterior. En el momento en que transcurre la acción principal, a Rachel la separan ya sólo unos días de su muerte/nacimiento y Sol tiene la esperanza de que el encuentro con el Alcaudón revierta la situación.



Aunque este pasaje tiene elementos de auténtico terror psicológico, su núcleo es eminentemente trágico: los desvelos y traumas de dos padres devotos por encontrar una solución al mal de su hija y cuidarla a lo largo del doloroso proceso de regresión físico y mental. De todos los relatos, este es el más intenso emocionalmente y el que, como se revela en el segundo volumen, da sentido al peregrinaje y sacrificios del resto de los personajes. Además, le brinda la oportunidad a Simmons de poner en boca de Sol una serie de reflexiones filosóficas acerca del papel del sacrificio dentro de la religión, estableciendo un paralelismo entre él, Rachel y el Alcaudón con el bíblico Abraham, su hijo Isaac y Dios.

El quinto relato, “El Largo Adiós”, contado en primera persona por una detective privado, Brawne Lamia, entra de lleno en el terreno policiaco y ciberpunk: ambiente de género negro con investigador incluido, una oscura conspiración, inteligencias artificiales y ciberviajes (resulta difícil no ver también paralelismos con las novelas del robot R.Daneel Olivaw de Asimov). Hay pasajes que hacen deliberada y clara referencia a la entonces todavía reciente explosión del ciberpunk: “Flotaba en un plano de datos grises azulado, recorría autopistas de
información color amarillo cromo, atravesaba grandes ciudades de reluciente
almacenamiento de datos, rojos rascacielos envueltos en hielo de seguridad negro, entidades simples como cuentas personales o archivos empresariales que ardían como refinerías en llamas en la noche. Encima de todo, como suspendido en un espacio distorsionado, colgaba el peso gigantesco de las IAs, sus comunicaciones más simples palpitaban como relámpagos violentos en los infinitos horizontes
”. Hay en este planeta incluso una referencia a un tal “Cowboy Gibson”, el único hacker que consiguió infiltrarse en el Tecnonúcleo…

Es aquí donde empieza a introducirse la importancia –fundamental, como se verá en el segundo volumen del ciclo- de este Tecnonúcleo, el conjunto de inteligencias artificiales que siglos atrás alcanzaron la independencia de sus creadores humanos para conformar todo un cibermundo desde el que supervisan las actividades de sus antiguos creadores y asesoran al gobierno de la Hegemonía, hasta el punto de que ésta depende ahora totalmente de aquél. Sin embargo, y como descubre Lamia, en su seno anidan graves fracturas ideológicas respecto a la relación que deben guardar con los humanos. Una de las facciones, de hecho, está a favor de aniquilarlos, lo que pondrá en
marcha una serie de acontecimientos. Igualmente importante para la trama general del ciclo es el encuentro de la protagonista con un cíbrido, la reconstrucción orgánica por parte del Tecnonúcleo de un personaje relevante del pasado de la Tierra, en concreto el poeta romántico John Keats (quien, a semejanza del personaje Martin Silenus, fue autor de dos poemas épicos inacabados: “Hyperión” (1818) y “La Caída de Hyperión: un sueño” (1819)).

El relato final, “Recordando a Siri” fue en realidad el germen de “Hyperion” dado que apareció en 1983 como relato corto en “Asimov´s SF Magazine”. Este pasaje, narrado por el Cónsul, cuenta la rebelión del paradisiaco mundo de Alianza-Maui (una especie de exótica Polinesia) contra la implantación de un teleyector orbital por parte de la Hegemonía. Se trata de una historia que aúna el romance, la venganza y la ácida crítica al colonialismo tecnológico y cultural y el sacrificio del ecosistema a favor del turismo y la industria. Aunque no resulta tan intenso como los anteriores, cumple la función de empezar a atar cabos y llamar la atención del lector respecto a elementos en apariencia aleatorios presentados en las narraciones anteriores.

Al término de estos cuentos, los seis peregrinos supervivientes se hallan ya próximos a las Tumbas del Tiempo, preparados espiritualmente para las respectivas epifanías que todos esperan. La novela se detiene en este punto, dejando al lector algo desconcertado al encontrarse, tras un buen puñado de páginas, con que sólo se le ha presentado un extenso prólogo, una puesta en escena de los personajes y sus pasados. Para descubrir no sólo el destino de los peregrinos sino la compleja red de intereses, conspiraciones y traiciones que los rodea, el lector debe abordar el segundo libro del ciclo, “La Caída de Hyperion”.

Pero “Hyperion” es mucho más que una mera introducción. No sólo es un ejercicio de estilo literario en la forma de cuentos muy distintos en fondo y forma, sino que en ellos se apuntan temas profundos, como el origen y propósito de la inteligencia y la vida, la galaxia, los universos alternativos, la creación literaria, el límite –o ausencia del mismo- del amor, la búsqueda de la espiritualidad y la redención, el colonialismo, el estancamiento social y tecnológico al que puede llevar la estabilidad política, los peligros de
depender de una tecnología avanzada que apenas se comprende, la relación entre el creador y su creación, el valor del sacrificio, el precio del progreso sobre el mundo natural…

El universo que crea Simmons no sólo tiene una enorme originalidad y complejidad y está repleto de personajes, mundos y ambientes sino que ha envejecido muy bien gracias a detalles como, por ejemplo, que todo el mundo disponga de implantes cerebrales que les permite conectar con la Esfera de Datos de sus respectivos planetas, una especie de internet; una idea perfectamente válida hoy día, un cuarto de siglo después de su publicación.

Pero es que, además, el autor acierta en la forma en que nos va presentando todas esas facetas, en moderadas dosis insertas en cada relato, tocadas brevemente en diálogos o medidas explicaciones que poco a poco van aclarando qué lugar ocupa cada pieza del rompecabezas –o eso es lo que parece durante buena parte de este ciclo-. Cada uno de los cuentos de los peregrinos funciona perfectamente como un relato mayormente autocontenido o novela corta y aunque hay pasajes bastante desagradables (como la descripción del Árbol de las Espinas, en el que miles de víctimas agonizan eternamente), éstos se equilibran con otros repletos de ternura y humanidad. Hay en todos ellos, como he apuntado,
un rico sustrato intelectual manifestado en forma de intertextualidad literaria: la ciencia ficción, el género negro, la literatura clásica inglesa (John Keats, “Beowulf”, “Romeo y Julieta”…); y también con la religión, sobre todo el Tanaj hebreo y el Nuevo Testamento católico. No hay un relato necesariamente mejor o peor que el resto: cada lector encontrará aquél que más sintonice con su sensibilidad.

“Hyperion” cuya diversidad narrativa sirve también a otro propósito: reflejar un universo de viajes instantáneos y, por tanto, de choques igualmente instantáneos entre culturas radicalmente diferentes. El argumento subraya los tiempos fracturados de diversas culturas planetarias y cómo el viaje interestelar tanto ordinario como a través de los teleyectores hace que la gente experimente la vida y la longevidad de diferente forma. La space opera de los años treinta del pasado siglo tendía a presentar el encuentro de la modernidad (representada
básicamente por el modo de vida y valores americanos) con culturas extraterrestres emplazadas en un mismo eje temporal muy simple que las dividía entre “primitivas” y “avanzadas”. Esto permitía a los autores explorar temas relacionados con la raza y comparar diferentes civilizaciones. En cambio, la Nueva Space Opera a la que pertenece “Hyperion” destrona al hombre occidental de lo alto de la jerarquía evolutiva e imperial y va saltando, dentro de la misma civilización humana, la Red de Mundos, entre distintos momentos de desarrollo social y tecnológico abandonando la confortable linealidad evolutiva de anteriores obras.

Así, la novela oscila de tribus primitivas a monjes medievalizantes, de templarios ecologistas a futurismo ciberpunk o batallas espaciales. El misterio que ocupa el corazón de la trama, las Tumbas del Tiempo, posee su propia temporalidad, moviéndose hacia atrás en el flujo del tiempo e intersectando el presente del planeta Hyperion. Y aun así, Simmons consigue aprovecharse del caos temporal que él mismo ha organizado (si es que se puede decir así) para remedar el irregular desarrollo de la Tierra del siglo XX. Los palestinos siguen exiliados: “Cada palestino de la Red de Mundos y de otras partes llevaba el recuerdo cultural de un siglo de luchas coronado por un mes de triunfo nacionalista antes de que la Jihad Nuclear de 2038 lo arrasara todo. Luego vino la segunda Diáspora, que esta vez duró cinco siglos y terminó en mundos estériles y desiertos
como Marte. El sueño quedó sepultado con la muerte de Vieja Tierra”. Sol Weintraub, un trasunto del Judío Errante, se traslada de un planeta que reproduce el campus universitario de una ciudad del Medio Oeste americano al mundo de Hebrón, el nuevo asentamiento de los judíos más ortodoxos. Y sobre todos ellos y sus “pequeñas” sociedades anárquicas, se alza el orden en la forma de la Hegemonía, una especie de abstracta figura imperial que aparece retratada como una maquinaria burocrática que devora mediante la globalización las diferencias culturales. De alguna forma, nos dice Simmons, la Globalización equivale en último término a Imperio, se perciba así o no.

“Hyperion”, hoy ya todo un clásico, tiene todo lo que un fan de la CF podría desear: personajes
bien caracterizados lastrados por sus complejos y obsesiones, pero capaces de despertar una reacción en el lector; mundos y entornos de lo más variados que ofrecen tanta belleza como peligro; poderes e inteligencias cósmicos enfrentados en una guerra total de la que depende el futuro de la civilización; un ser enigmático y ambiguo que tanto puede ser el heraldo del apocalipsis como de la salvación; poderes en la sombra que conspiran para alcanzar sus oscuros fines; batallas espaciales; ataques a planetas; templarios ecologistas o ideas tan maravillosas y a mitad de camino entre el misticismo y la tecnología futurista como las naves arbóreas, los cíbridos, las alfombras voladoras o casas que utilizan teleyectores para tener habitaciones en planetas diferentes con distintas gravedades.…Como en toda buena épica, se alternan la aventura, el amor en sus diversas vertientes (romántico, sexual, filial, de amistad..), el misterio, el terror, la espiritualidad, el humor y la tragedia, la traición y el engaño… Y más allá del marco básico de space opera, “Hyperion “es una novela compleja, intelectual e intensa que explora ideas metafísicas de altos vuelos.

Un año después de la publicación de “Hyperion” llegaría su continuación, también titulada como uno de los poemas inconclusos de Keats: “La Caída de Hyperion”, galardonada en esta ocasión con los premios Locus y British SF. Si la primera novela resultaba difícil de resumir, esta segunda lo es aún más no tanto por su complejidad –que también- por cuanto contar demasiado de la misma supondría desvelar datos incluso de la primera parte a quienes todavía no hayan empezado a leer el ciclo. Si “Hyperion” se centraba sobre todo en la narración de las pasadas peripecias de unos personajes previamente a reunirse para la peregrinación a las Tumbas del Tiempo, ahora se abre el foco para contarnos las intrigas y movimientos políticos y militares que tienen lugar en los centros de poder de la Hegemonía ante la invasión masiva de la Red de Mundos por parte de los Exter, empezando por Hyperion. Paralelamente, va conociéndose el destino de cada uno de los peregrinos a las Tumbas del Tiempo y sus respectivos encuentros con el Alcaudón.

En general, como he dicho, “La Caída de Hyperion” presta mayor atención al rico universo que
en el primer libro quedaba restringido a la periferia de los testimonios de los protagonistas. Simmons introduce ahora nuevos personajes y puntos de vista, desde generales a presidentas galácticas pasando por nuevos cíbridos e inteligencias artificiales, aportando todavía mayor profundidad al universo que planteó en la primera parte. Conforme el conflicto entre la Hegemonía y los Exter va alcanzando mayores dimensiones y la destrucción se extiende por la Red de Planetas, se añaden capas adicionales de intriga, misterio y traición antes de que quede claro para todos los intervinientes que lo que daban por supuesto era erróneo y que lo que se halla en juego en el árido planeta Hyperion es nada menos que la libertad y supervivencia de la especie humana.

Aún estando muy bien escrito y ofreciendo una trama enrevesada y plena de personajes interesantes, probablemente “La Caída de Hyperion” no sea un libro que sorprenda tanto ni suscite opiniones tan encontradas como su antecesor. Es, sencillamente, una novela más convencional que encaja en el subgénero de space opera mucho mejor que “Hyperion”. Encontramos aquí temas y elementos clásicos del subgénero como los
viajes interestelares, inteligencias artificiales, tecnologías muy futuristas, colonización y terraformación de planetas y, por supuesto, un choque de civilizaciones galácticas. También la estructura narrativa es más convencional que la de “Hyperion”, aunque Simmons continúa dándole a los diversos personajes distintas voces. No hay una multiplicidad de narraciones y estilos sino un solo relato que va saltando de personaje a personaje. El ritmo es rápido, hay abundante acción, múltiples giros y revelaciones y un tono épico que alcanza su máxima expresión en las batallas espaciales y la destrucción de planetas.

Volvemos a encontrar aquí los mismos temas que en el volumen anterior, algunos de ellos más profundamente desarrollados y otros nuevos igualmente interesantes. Está el tema del hombre contra la máquina y lo que podría suceder cuando una inteligencia artificial toma conciencia de sí misma y empieza a tomar decisiones por su cuenta. Encontramos también la dicotomía entre el estancamiento y el cambio: la Red de Mundos ha permanecido tecnológica y socialmente
estable durante mucho tiempo; de hecho, ha sido reacia a cambiar, mientras que los Exters no sólo han comprendido e internalizado la inevitabilidad de la evolución sino que ésta es la única forma de avanzar. Unida a los peligros de la aversión al cambio se halla la dependencia de la tecnología, particularmente de una cuyo funcionamiento no se entiende bien y que puede acarrear desastrosas consecuencias.

Otra de las ideas principales en este segundo volumen es el del Punto Omega, un término acuñado en el siglo XX –en nuestra propia realidad- por el jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin para describir el punto más alto de la evolución de la consciencia, considerándolo como el fin último de la misma y que en Hyperion toma la forma de una inteligencia artificial superevolucionada tan poderosa que puede proyectarse hacia atrás en el tiempo. ¿Sería un ser semejante indistinguible de un Dios “real”? De no ser así, ¿qué consecuencias tendría ello para las religiones basadas en un Dios sobrenatural situado en el origen de las cosas y no al final? La religión está presente en otros momentos de la novela en los conceptos de pecado, redención, castigo y sacrificio. Sol Weintraub, uno de los peregrinos, está sumido en un debate teológico interior sobre si la obediencia y el sacrificio son actos exigibles por Dios; como judío que es,
apoya su discurso sobre la historia de Abraham y la orden que recibió de Dios para sacrificar a su hijo Isaac. Weintraub cree que la especie humana ha madurado ya lo suficiente como para no estar obligada a la obediencia ciega. En sus conversaciones oníricas con un ser al que toma por Dios, se atreve a expresar con valentía sus pensamientos: “No habrá más ofrendas, ni de hijos ni de padres. No habrá más sacrificios. Ha pasado el tiempo de la obediencia y la expiación. ¡Eso es todo! Ahora, déjanos en paz o únete a nosotros como un padre en vez de como un receptor de sacrificios. ¡Es la elección de Abraham!”.

También aquí Simmons recurre al uso extensivo de la poesía. Y no me refiero solamente a la inclusión de poemas –que las hay- sino a utilizar poetas “reales” como personajes importantes de la trama. Está, claro, Martin Silenus, protagonista de su propia narración en el primer volumen y del que ya hablé más arriba. Pero el más importante en “La Caída de Hyperion” es Joseph Severn, un sosias de John Keats. En realidad, es un cíbrido creado por el Tecnonúcleo, una inteligencia artificial construida en base a los “recuerdos” de Keats e inserta en un cuerpo genéticamente idéntico al de aquél. Y como me ocurría en el primer volumen, vuelvo a
encontrar forzada la introducción de las múltiples referencias a ese poeta y su vida –se llega a recrear paso a paso sus últimos días en la Roma de principios del siglo XIX. Parece un capricho personal de Simmons que ocupa demasiadas páginas sin añadir nada verdaderamente importante a la historia. Ya en la última parte del libro, Silenus dice “Aprendí que los poetas no son Dios, pero si hay un Dios o algo parecido, es un poeta. Y un poeta frustrado”; una frase que parece ilustrar perfectamente el problema: Simmons aspira a ser un filósofo-poeta sin conseguirlo.

Junto al poco acertado abuso del subtexto poético encontramos otros puntos débiles: algunos giros argumentales son demasiado rebuscados y no resulta fácil seguir todas las revelaciones y sus consecuencias. Las subtramas de los peregrinos empiezan en un clímax y avanzan en una excesivamente larga deriva hacia su conclusión, llegando en ocasiones a resultar un tanto estáticas. Algunas de las partes de la narración rayan lo increíble incluso para la space opera, como cuando Severn sueña con lo que los peregrinos están viviendo a años luz
de distancia. Por mucha justificación que se quiera aportar apoyándose en el Tecnonúcleo, el fenómeno sigue pareciendo más magia que ciencia sin que a ninguno de los personajes conocedores del mismo parezca sorprenderles demasiado.

Con todo ello y aunque no llega a la calidad del primer volumen de la serie, “La Caída de Hyperion” es una lectura recomendable para aquellos que disfrutaron de aquél: resuelve las cuestiones dejadas inconclusas en el volumen anterior, mantiene un estilo narrativo culto pero accesible y ofrece en la construcción de su universo pasajes y conceptos verdaderamente maravillosos, emocionantes y plenos de misterio.

En cualquier caso, las dos primeras novelas del ciclo, aunque registren evidentes diferencias en cuanto a estructura y tono, pueden considerarse una lectura conjunta obligada debido a lo íntimamente que están imbricadas: la segunda no tiene sentido sin la primera y la conclusión de ésta sólo se alcanza en aquélla. Cada una tiene sus méritos pero es la combinación de ambas la que alcanza la categoría de obra señera de la CF.

Hay que decir también que son muchos los lectores que no tienen inconveniente en leer solo la
primera parte y que consideran el resto de libros del ciclo una continuación algo aguada y sin tanta originalidad. Según este punto de vista, lo que importa no es tanto el destino final de los peregrinos como el viaje que les ha llevado hasta ese punto, esto es, sus respectivos relatos, y el universo que se entrevé a través de ellos.

En resumen, las novecientas páginas y medio millón de palabras de estas dos novelas que componen el primer ciclo de la tetralogía de Hyperion son de lectura imprescindible para cualquier aficionado a la CF que se precie siempre y cuando, como decía más arriba, cuente con cierto bagaje como lector. Es una lectura que requiere cierto esfuerzo pero que a cambio ofrece momentos intensos, originales y apasionantes y un universo rico, absorbente y vibrante, rebosante de sentido de lo maravilloso. Simmons no menosprecia al lector y le hace trabajar para unir todas las piezas, seguir las peripecias de los muchos personajes, localizar las referencias metaliterarias tanto de la CF como más allá de ella y reflexionar sobre las cuestiones filosóficas que inserta en el argumento.


(Sigue en una próxima entrada)

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