viernes, 31 de diciembre de 2010

1898- LA CONQUISTA DE MARTE POR EDISON - Garrett P.Serviss


Antes incluso de que H.G.Wells viajara a Norteamérica en 1906, el "skyline" de Nueva York ya simbolizaba para él un crecimiento inagotable y enérgico, “algo inevitable e inhumano”. Tras un día recorriendo sus calles, observó: “Lo importante es el aspecto mecánico, ese algo inintencionado que acelera a toda esa gente, haciéndoles colgar de arneses, impulsándolos por los huecos de ascensor y derramándolos en los ferrys”. En su segundo día en Nueva York, llegaron al este las noticias del terremoto y el gran incendio de San Francisco. Wells, que había destruido tranquilamente Londres en su obra “La Guerra de los Mundos”, se sintió impresionado por la indiferencia americana ante tal desastre y el pragmático esmero que se puso en la reconstrucción de la ciudad, otra muestra de esa “fuerza sobrehumana” que impulsaba a América.

Wells escribía con un espíritu típicamente europeo. Desde mediados del siglo XIX, aquéllos que habían visitado Norteamérica habían subrayado la inhumanidad de esa nación. Más tarde, en aquel mismo siglo, su esencia mecanicista ocupó el centro de las discusiones acerca de la modernidad. La insistencia repetitiva de Wells sobre el desalmado papel de las máquinas en la vida cotidiana de Estados Unidos sólo anticipaba la intensificación del discurso que traería consigo el siglo XX, con las teorías de Frederick Taylor sobre la gestión científica de los negocios y las prácticas industriales de Henry Ford. Aquel mismo perfil neoyorquino inspiró a Fritz Lang su visión de la tiranía mecánica de su película "Metrópolis"; en “Primeros y Últimos Hombres”, una obra de referencia en la CF escrita por Olaf Stapledon a comienzos de siglo, se presenta una nueva edad oscura como resultado de la creencia americana en su destino manifiesto, según el cual “Dios ha nombrado a los americanos para que mecanicen el Universo”.

Causa y consecuencia de todo esto fue que la figura del ingeniero o inventor mecánico fue elevado al nivel de héroe cultural. El pragmatismo de la ingeniería opuesto a la teorización abstracta prendió en el imaginario colectivo norteamericano. La revista "Scientific American" publicaba en 1850 que “los hombres de los talleres han puesto el mundo patas arriba con sus invenciones, mientras que los sabios de Oxford y Cambridge sólo han añadido algunos teoremas nuevos a los Principios de Newton”. Este antiintelectualismo se encarnaría luego en personajes reales como Thomas Alva Edison, Alexander Graham Bell y Henry Ford, todos ellos idealizados como muchachos humildes que habían comenzado trabajando con sus propias manos, no con sus mentes, y que, pese a todo, intuyeron el camino que les llevó hacia los inventos que les harían ricos y transformarían la vida cultural norteamericana.

Estos mitos fueron sin duda parte de la inspiración que llevó a un espectacular incremento en el número de ingenieros a partir de 1880. Estos técnicos eran parte fundamental del discurso político sobre eficiencia nacional a través de la innovación tecnológica, ya viniera de presidentes como Herber Hoover (en su tiempo magnate de la minería y portavoz del Instituto Americano de Ingenieros de Minas) o quedara concretado en enormes proyectos de ingeniería como los llevados a cabo por Franklin D.Roosevelt. Este paradigma de la ingeniería es la base de la ciencia ficción americana en los años que precedieron al fin de la Segunda Guerra Mundial.

Thomas Alva Edison fue un genio práctico y un hombre seguro de sí mismo, un personaje que tenía entre el pueblo la reputación de ser un inventor con una capacidad ilimitada, una leyenda en su propio tiempo. Alcanzó fama mundial en 1878 gracias a su fonógrafo y en los siguientes 50 años su genio se hizo patente tanto en sus inventos como en la descarada autopromoción. Menlo Park, su hogar y taller, se convirtió en un destino turístico. Iluminado desde 1879 por las bombillas inventadas por él mismo, se fletaban trenes para visitar el lugar (más tarde, Henry Ford desmontó el complejo y lo trasladó a su Museo Industrial). En las entrevistas con la prensa, Edison hablaba con soltura desde los problemas de la extracción mineral a su confianza en que la prueba científica de la existencia de Dios estaba al alcance de la mano.

Fue el origen del mito del artesano socialmente aislado, sin formación científica, sordo y
empujado a una producción interminable de nuevos inventos. A los 65 años todavía trabajaba 18 horas al día, afirmando con desdén que “el cuerpo es sólo la pieza de una máquina". Un elemento esencial en este mito fue la imagen del inventor solitario como víctima inocente de los barones industriales y especuladores capitalistas. El resentimiento social hacia la compra en la última década del siglo XIX de General Electric por parte de J.P.Morgan convirtió a Edison en una figura popular en una era de problemas laborales y actitud antimonopolio. De hecho, el propio Edison fue un pionero de la industrialización, construyendo fábricas, experimentando con cadenas de montaje y utilizando directivos interpuestos para controlar y supervisar la investigación y desarrollo. Ahogó a la fuerza las huelgas de sus empleados y protegió de forma implacable sus derechos de patente en los tribunales. Consideraba su apellido “Edison” como una marca y lo extendió a inventos con los que tenía poco que ver. Protegió esa marca hasta el punto de obligar a su hijo alcohólico a cambiarse de apellido. El mito Edison, por tanto, contiene una contradicción: el inventor-artesano fue en realidad el responsable de una modernidad mecanizada que destruyó para siempre al propio inventor-artesano.

Todavía en vida de Edison, Mathias Villiers de L´Isle-Adam escribió: “el entusiasmo por Edison tanto en su propio país como en ultramar le ha dotado de una mística especial en muchas mentes”. Entre sus 1.300 patentes figuraban el telégrafo, el fonógrafo, la bombilla incandescente, la pila, un modelo de cinematógrafo... Dio igual que en sus últimos años sus fracasos fueran tan sonados como sus éxitos (como la batalla, finalmente perdida, que mantuvo contra Nikola Tesla, sobre transmisión de electricidad a distancia); la CF encontró en él una figura arquetípica, la del inventor hecho a sí mismo y con un cerebro de inagotables recursos, que dio lugar a todo un subgénero cuya trayectoria se prolongaría varias décadas: la Edisonada.

A finales del siglo XIX, la Edisonada ya era un género conocido aunque no recibiera ese nombre. “Un Yanki en la corte del rey Arturo”, como ya vimos, presentaba a su protagonista, Hank Morgan, como alguien muy próximo a la figura de Edison, y su apocalíptico final nos recuerda las vagas afirmaciones del inventor americano acerca de que, si fuera necesario, podría fabricar super-armas.

Pero el mejor y más puro ejemplo de edisonada fue "Edison´s Conquest of Mars, de Garrett P. Serviss, publicada en forma de serial en el New York Evening Journal. Pretendía ser secuela y contestación a "La Guerra de los Mundos" de H.G.Wells, que se había serializado en Norteamérica en la revista "Cosmopolitan" a finales de 1897. Ya vimos en la entrada anterior cómo Wells subrayaba inquietantemente que para los seres avanzados, el Hombre debe ser tan inferior como lo son para nosotros los lémures o los monos. Este sermón sobre la superación del ser humano expresaba las ambigüedades del imperialismo británico a finales del siglo XIX, que se hallaba en una fase expansiva al tiempo que atenazado por las ansiedades de un posible “ocaso” o “degeneración”. "La Guerra de los Mundos", pues, era una especie de fantasía sobre la “contracolonización “.

Por el contrario, la narración de Serviss, publicada sólo unas semanas antes de la conquista de Cuba por las fuerzas norteamericanas, hablaba de una nueva política expansionista y lo hacía en el patriotero lenguaje de la prensa amarilla que le dio cabida en su primera edición. En lugar de la pasividad de la obra de Wells, Serviss da la respuesta activa y nada ambigua de América a la invasión marciana, encarnada en la figura de Edison. El libro detalla “el contragolpe vengador que la Tierra devuelve a su despiadado enemigo en los cielos”.

Tras el primer ataque de los marcianos, muchas ciudades han quedado reducidas a escombros y
la población del mundo sufre una “profunda depresión mental y moral”. El pánico hace otra vez presa de la Humanidad cuando los astrónomos sospechan que hay una segunda invasión marciana en marcha. El único “rayo de esperanza” para la humanidad descansa en “unos pocos hombres intrépidos, entre los cuales destacan Lord Kelvin, el gran sabio inglés; Herr Röentgen, descubridor de los famosos rayos X; y especialmente Thomas A.Edison, el genio americano de la ciencia”. Es el talento mecánico de este último lo que le permite elevarse por encima de la ciencia abstracta y liderar el contraataque humano: aprende a dominar los principios del vuelo interplanetario y diseña un arma desintegradora que aniquilará las ciudades marcianas.

Las habilidades técnicas se unen al nuevo liderazgo global de Norteamérica. Los líderes del mundo –la reina Victoria, el Emperador Guillermo, el Zar y el Emperador de China- viajan a Washington para asistir a la demostración de los inventos de Edison y compiten –con una vanidad estúpida propia de extranjeros- por financiar el proyecto. “Recuerdo bien” comenta el narrador, “cómo mi corazón se conmovió con esta impresionante exhibición de influencia sin límites que mi país había pasado a tener sobre todos los pueblos del mundo, y me giré para contemplar al hombre a cuyo genio debíamos este auge de la Tierra. Pero Edison, como tiene por costumbre, parecía totalmente ajeno a tal hecho”. El inventor dirige todo el entramado fabril que ha de producir las máquinas necesarias (desde el telégrafo aéreo a los trajes presurizados pasando por el desintegrador, ingenios de ingravidez o la puerta automática) y, al contrario que el Edison real y su incapacidad crónica para crear los inventos que había prometido, consigue fabricar toda una flota de naves espaciales en el tiempo acordado.

Serviss, que era autor de varios textos sobre astronomía, concibe el Sistema Solar como una serie de posibles colonias: los diamantes de la Luna y el oro de un asteroide ocupado por los marcianos deben ser tomados y asegurados para uso americano. Una vez que termina el aplastamiento de las defensas marcianas, el texto abandona el exhibicionismo mecánico para
convertirse en un melodrama que –como sucedía en los relatos de jóvenes inventores- se centraba en asuntos raciales. Los decadentes emperadores marcianos se relajan con la música que toca una mujer humana, descendiente de los antiguos arios, usados por los marcianos durante siglos como mano de obra esclava. La núbil belleza aria es rescatada y vengada por el coronel Smith, perfecto militar norteamericano. Su abrazo final permite a Serviss cerrar el libro: “Y así se unieron para el futuro el primer brote de la raza aria, que había estado perdida pero no destruida, con el último descendiente de una gran familia”. Edison y el entorno marciano desaparecen casi totalmente en estos últimos capítulos (los alienígenas que no son masacrados son colonizados), pero es la maestría tecnológica del primero la que permite la gran reunificación de la raza blanca –una fantasía propuesta en aquellos años por imperialistas como Cecil Rhodes-, no bajo dirección británica, sino americana. Esta última parte de la novela de Serviss es un claro anticipo de la literatura pulp y, concretamente, de las aventuras de John Carter de Marte, escritas por Edgar Rice Burroughs a partir de 1912.

El creciente mercado para la literatura de masas sufría a menudo ataques acusándola de influencia corruptora. Los argumentos basados en chicos muy trabajadores que se convertían en inventores heroicos respondían a la necesidad de los editores de crear un personaje de altas miras morales y acorde con una América cada vez más tecnológica. Como ejemplo del desarrollo de estas ficciones ya comentamos en una entrada anterior, “El hombre de vapor de las praderas”, de Edward S.Ellis.

Mejor que ninguna otra forma literaria, la Edisonada respondía a la necesidad de América de una nueva mitología que se ajustara a los nuevos tiempos. La idea de que ciencia y tecnología podían, literalmente, cambiar el futuro fue el mensaje lanzado en las Ferias Mundiales de Filadelfia (1876), Chicago (1893), Buffalo (1901) y San Luis (1904). En sus pabellones dedicados a la electricidad, la fabricación o el transporte, estas exposiciones anunciaban de forma dramática al público americano que la tecnología podía cambiar el futuro, que los teléfonos, las máquinas de
escribir, la energía eléctrica, las máquinas,... podían transformar no sólo la industria, sino el hogar. En la Exposición Mundial de Chicago en 1893, la electricidad centró de forma especial la atención: los extensos terrenos de la muestra fueron iluminados por la corriente alterna de Tesla –enemigo declarado de Edison-, demostrando así lo que se podía conseguir con los nuevos inventos. Levantada en buena medida a partir de ideas tomadas de estas exposiciones internacionales, las atracciones del parque de Coney Island presentaban al público las primeras aplicaciones mecánicas en el terreno del ocio. Y estas llamativas concentraciones tecnológicas venían acompañadas por artículos en conocidas revistas, desde "Scientific American" (que dedicaba regularmente artículos a detallar el funcionamiento de esas atracciones de Coney Island) a "Ladies Home Journal".

En semejante entorno dominado por lo tecnológico, los inventores e ingenieros se convirtieron en
los símbolos del progreso y la eficiencia materiales. Se hicieron figuras conocidas tanto en revistas para niños ("St.Nicholas") como para adultos ("Collier´s", "Saturday Evening Post"). Los chicos soñaban con convertirse en ingenieros. Al fin y al cabo el propio Edison había carecido de una educación especializada. De acuerdo con esta idea, el joven inventor no sólo respondía al espíritu de los tiempos, sino que resultaba especialmente atractivo para el público en general: cualquiera podía ser ingeniero.

El mito del inventor-científico que trabajaba solo no tardaría en evaporarse en un mundo real cada vez más dominado por el crecimiento de las grandes corporaciones industriales (al mismo tiempo que las Edisonadas celebraban los logros individuales de investigadores solitarios, el propio Edison se convertía en cabeza de un gran grupo industrial relacionado con Eastman Kodak y General Electric), pero proporcionó uno de los iconos más sólidos y exitosos de la Ciencia Ficción.

martes, 21 de diciembre de 2010

1898-LA GUERRA DE LOS MUNDOS - H.G.Wells


A finales del siglo XIX, el inconsciente colectivo de Inglaterra seguía acosado por las pesadillas de invasión de ejércitos extranjeros que había iniciado la novela "La Batalla de Dorking" en 1873. H.G. Wells se apoyó en el esquema general típico de este subgénero, pero su aproximación fue enormemente novedosa, puesto que el enemigo invasor no sólo venía de muy lejos sino que además resultaba prácticamente invencible.

Parece ser que el tema de la novela fue idea del hermano de Wells, Frank, que se preguntó qué pasaría si en el apacible escenario de la comarca meridional británica de Surrey cayeran habitantes de otros planetas. H.G.Wells construyó un poderoso relato en el que la inminente extinción de los seres humanos se convierte en una posibilidad muy real, una historia tan poderosamente escrita, tan actual todavía en la cultura contemporánea (la película de Steven Spielberg en 2005 adaptando el libro es la última de una serie muy larga) que tendemos a olvidar lo numerosos que fueron el resto de libros de “guerras futuras” –y de los cuales hemos comentado algunos en este blog- en el último tercio del siglo XIX.


Como era normal en aquellas historias, la narración se centra en un inglés ordinario que se ve de pronto empujado hacia lo extraordinario. Lo que comienza con un acontecimiento aparentemente poco relevante, la caída de un meteoro en una idílica comunidad rural del sur de Londres, va cobrando impulso hasta convertirse en una catástrofe nacional. Cilindros procedentes de Marte se estrellan contra el suelo inglés. En su interior, unos grotescos marcianos construyen rápidamente mortíferos ingenios con los que empiezan a exterminar o capturar a los humanos en su avance hacia la capital. La infantería y la artillería son inútiles contra el rayo calorífico de los marcianos, un invento que parecía fantástico hasta la invención del láser. Tampoco se puede hacer nada contra el Humo Negro que arrasa toda vida en un claro antecedente de los horrores de la guerra química que caerían sobre las trincheras europeas unos años después. Londres, evacuado por sus aterrorizados ciudadanos, pasa a estar dominado por los trípodes gigantes tripulados por los extraterrestres con forma de pulpo.

Sin embargo, esta novela (inicialmente serializada en Pearson´s Magazine) tiene un final bastante menos pesimista que sus obras anteriores, “La Isla del Dr.Moreau”, “La Máquina del Tiempo” o "El Hombre Invisible". Apoyado en un razonamiento biológico consistente, Wells se las arregla para que los marcianos sean finalmente derrotados... aunque no por los humanos, sino por los microorganismos terrestres. La conclusión de la novela apunta a que la letal competición entre la Tierra y Marte en su lucha por la supremacía galáctica no ha hecho más que comenzar. Al mismo tiempo, la victoria sobre los marcianos da nuevo impulso a los ideales de un mundo unido bajo un único Estado, paradigma que quedará incorporado a una etapa posterior de la carrera de Wells, con obras como “The World Set Free” (1914), o “The Shape of Things to Come” (1933).

También en esta novela asoma la preocupación del escritor por los temas sociales, que ya hemos
comentado en entradas anteriores. En esta ocasión, "La Guerra de los Mundos" juega con ideas de dominación imperialista con base biológica, estableciendo una crítica al colonialismo europeo: los marcianos, insensibles al sufrimiento de los terrestres, explotan y adecuan el territorio conquistado de acuerdo a sus propias necesidades. La humanidad está ahora recibiendo el tratamiento que a menudo reserva a las plagas y las alimañas. El subgénero de la invasión extranjera pretendía llevar a los victorianos hacia un rearme, una defensa sólida del centro imperial; en las manos de Wells, el tema se convierte en una manera de recortar las pretensiones británicas: los amos imperiales, la poderosa Inglaterra, no son nada comparados con los evolucionados adversarios, cuya biología y tecnología son muy superiores. No hay auténtica satisfacción en la derrota de los marcianos, porque es una simple bacteria lo que los doblega, no el poder de la nación. Gran Bretaña es representada como un conjunto de multitudes aterradas y abocadas en su pánico a un rápido descenso a la decadencia y la bestialidad.

Muchos críticos afirman, por tanto, que la invasión de los marcianos y sus horrores mecánicos son los símbolos que Wells eligió para explorar temas como la violencia inherente a la construcción de imperios o el encuentro con pueblos y culturas extrañas. Otros autores han explorado esta obvia interpretación yendo más allá, hacia las complejidades del materialismo cultural, pero lo más probable es que el propio autor jamás llegase a tales elaboraciones. En palabras de Brian Aldiss, la novela de Wells “mostraba a las potencias imperialistas europeas del momento qué se sentía al estar en el otro extremo de una invasión armada con tecnología superior”. Esto no quiere decir que el escritor creyera que todos los hombres o civilizaciones fueran iguales. Al comienzo del libro escribe: “Debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente (…) razas humanas inferiores. Los tasmanos, a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia (…) ¿Somos tan grandes apóstoles de misericordia que tengamos derecho a quejarnos porque los marcianos combatieran con ese mismo espíritu?”. Al tiempo que la violencia colonialista, el otro núcleo conceptual que sintetiza la trama es "la seguridad ficticia y la fatua vanidad” de una humanidad autosatisfecha que vive en la errónea creencia de que nada ni nadie alterará su desarrollo y sus altos principios morales.

Por otra parte, el obsesionarse con el mensaje político de la novela puede llevar a pasar por alto
la pericia de Wells al captar los pequeños detalles de su drama imaginario. A lo largo de todo el relato, desarrolla un gran control y expresividad en su estilo. Pocos escritores de cualquier género pueden igualar la desolada belleza que evoca un Londres evacuado por la amenaza marciana y cubierto por esa especie de musgo rojo que los invasores han traído de su mundo y con el que están terraformando la Tierra; o las horribles escenas de multitudes presas del pánico, abandonando Londres al mismo tiempo que su débil barniz de civilización y humanidad; o el claustrofóbico encierro del narrador en un sótano junto a un cada vez más enloquecido vicario. Eso sí, falta en estas novelas toda profundización en el elemento humano, los personajes son meros vehículos para hacernos llegar la acción; carecen de personalidad, sentimientos elaborados, pasado o expectativas de futuro más allá de lo inmediato. Estos personajes son dos (el relato está construido siguiendo una estructura dual, reflejada en el propio título): un filósofo y un estudiante de medicina, ambos hermanos, que viven de diferente manera la invasión extraterrestre, dando lugar a dos bloques o partes -un tanto desequilibradas- dentro de la novela.

“La Guerra de los Mundos” es clave dentro de la CF por ser la primera en presentar no sólo unos alienígenas plausibles desde el punto de vista biológico, sino en imaginar un buen motivo para que abandonaran su planeta y trataran de colonizar el nuestro. Los marcianos de Wells fueron pensados de acuerdo con la ortodoxia científica del momento. Se creía que Marte era un planeta mucho más viejo que la Tierra, un planeta moribundo cuyos habitantes habían tenido más tiempo que nosotros para evolucionar. Wells nos dice que “eran cabezas, sólo cabezas. No tenían entrañas”. No digieren comida, sino que introducen sangre directamente en sus propios sistemas circulatorios, ahorrándose el trabajoso proceso digestivo y la necesidad de buena parte de nuestros órganos; su vida está gobernada por un racionalismo cruel y todopoderoso.

Wells jamás fue un escritor de estilo depurado. Sencillamente, no le interesaba. Para él, eran las ideas, no los personajes o la belleza formal, lo que realmente importaba dentro de la historia. Fue precisamente gracias a su fuerza imaginativa, su penetración narrativa y sus evocadoras imágenes, que sus obras han permanecido más vivas en el imaginario colectivo occidental que otras literariamente más conseguidas.

lunes, 6 de diciembre de 2010

1897-ANTE LA BANDERA - Julio Verne


El tema de la ciencia aplicada al armamento es una cuestión que Verne trató en varios de sus libros: el submarino Nautilus en "Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino", los vehículos de Robur, las armas de destrucción masiva en "Los 500 millones de la Begún"… El escritor galo vuelve aquí sobre la misma idea, aunque enfocándola desde una óptica excesivamente patriotera.

Thomas Roch es un inventor lunático de origen francés que afirma haber desarrollado un arma, el Fulgurador, cuyo potencial destructivo es terrorífico (Verne lo describe como una especie de misil de gran capacidad explosiva). Acude a diversos gobiernos para venderles su artefacto, pero ninguna cantidad parece suficiente para satisfacer su creciente ego habida cuenta de que no existe prototipo y que todo lo que el inventor pone sobre la mesa es su palabra. En un estado mental cada vez más deteriorado, el científico francés es internado en un sanatorio por el gobierno norteamericano, donde se le asigna un cuidador cuya misión es la de prestar atención a sus delirios y tratar de averiguar el secreto del arma antes de que quede totalmente sumergido en la locura. Este cuidador es en realidad un ingeniero francés, Simón Hart, que se hace pasar por enfermero norteamericano con el fin de sonsacar al demente Roch y utilizar el secreto en beneficio de su propio país.


Ambos, enfermo y enfermero, son secuestrados por Ker Karraje, un pirata de origen malayo y cuidada educación, tan carente de escrúpulos como sobrado de ambición. Karraje, que ha reunido una banda de malhechores del más variado origen, se hace pasar por un noble europeo de refinados modales que surca la costa norteamericana a bordo de una goleta. Sin embargo, en su auténtica identidad, utiliza un submarino para abordar barcos, asesinar a las tripulaciones y hacerse con el botín. Sabedor de que Roch esconde el secreto de una poderosa arma, decide secuestrarlo para hacerse con ella y conseguir aún más poder.

Roch y Hart son llevados a un islote rocoso de las islas Bermudas cuyo interior es una enorme caverna hueca accesible sólo con el submarino, que los piratas han acondicionado como su base. Allí, Karraje alimenta el ego y la vanidad de Roch y éste se pone manos a la obra, terminando el mortífero artefacto. Hart consigue hacer llegar un mensaje al exterior dentro de una botella. Avisados del peligro, varios países reúnen una flota internacional y acuden a la isla justo cuando Roch termina de poner operativo el Fulgurador.

Esta narración de Verne no se encuentra entre las mejores de su carrera; ciertamente tiene
pulso y hay momentos interesantes, pero abunda en detalles inverosímiles por no decir absurdos (por ejemplo, Hart, que se supone es un espía, lleva un diario en el que anota todo tipo de información comprometedora) y el final horriblemente panfletario, patriotero e increíble deja mal sabor de boca. No es tampoco nuevo aquí el que sus personajes carezcan de profundidad: ni los ingenieros protagonistas ni el pirata consiguen conectar con el lector, que siempre los ve como figuras bastante planas que se limitan a cumplir con su papel incluso aunque el autor recurre a la narración en primera persona para tratar de introducirnos en la mente y emociones del personaje principal. El problema es que ahí dentro tampoco hay nada que resulte muy interesante o revelador. Simon Hart es una reencarnación del Marcel Bruckmann de "Los Quinientos Millones de la Begún": el francés valiente, inteligente, patriota y noble que lo arriesga todo por su país; en definitiva, un héroe plano, aburrido y sin matices.

Ni siquiera el villano Karraje tiene el carisma y misterio de un capitán Nemo o un Robur por mucho que disponga de un vehículo submarino -invento que había dejado de ser una novedad en el momento de publicación del libro- y una tripulación internacional de fervientes seguidores. No es más que un simple delincuente que encarga sus armas a fábricas y astilleros (al contrario que los personajes citados, cuyas fantásticas máquinas eran producto de sus geniales inteligencias, ya fueran sumergibles o máquinas voladoras) y cuyo objetivo es el simple robo (mientras que las motivaciones de Nemo o Robur eran más complejas en el caso de uno y más fanáticas en el caso del otro). Descendientes suyos serían varios de los villanos de las películas de James Bond, con su acumulación de tecnología, sus ínfulas de conquistadores del mundo y sus guaridas secretas.

Parece ser que para el personaje del inventor loco, Thomas Roch, Verne se inspiró en el químico Eugène Turpin, inventor de un explosivo, la melinita. Éste había tratado de vender su descubrimiento al gobierno francés en 1885, sin conseguirlo (finalmente, la venta se llevaría a cabo y su invención se utilizaría ampliamente en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial). Sin embargo, Turpin nunca se volvió loco ni traicionó a su país vendiendo el secreto a otra potencia. Tan claro era el paralelismo que Turpin, irritado, demandó a Verne. Éste contrató como abogado a Raymond Poincaré -quien mas adelante llegaría a ser presidente de la República- y ganó el caso aun cuando los biógrafos del escritor encontraron en su correspondencia evidencias de que, efectivamente, Turpin sirvió de modelo para su personaje; personaje que también guarda semejanzas con Alfred Nobel, inventor de la dinamita y que después de hacer fortuna con la misma se horrorizó al ver el uso bélico que se hacía de ella.

Resulta interesante la transformación que experimentan en esta última etapa de la carrera de Verne sus héroes, quizá influido por el desarrollo de la CF más populista que triunfaba en Estados Unidos y sobre el que ya comentamos algo en una entrada anterior. Los sabios y hombres de ciencia tan queridos por Verne, símbolo de la cultura y el conocimiento enciclopédico y protagonistas de muchos de sus mejores libros (recordemos al entrañable Paganel de "Los Hijos del Capitán Grant", el profesor Aronnax de "Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino" o el irascible Lidenbrock de "Viaje al Centro de la Tierra", por nombrar sólo algunos) son sustituidos por ingenieros (encarnados aquí por Hart), que a finales del siglo XIX eran ya considerados como los héroes responsables del avance tecnológico y figuras a los que todos los niños y jóvenes aspiraban a emular.

El tema de Verne cobra en estos turbulentos días -en realidad lo ha venido haciendo desde la Segunda Guerra Mundial- una especial actualidad: el tráfico de armas, la preocupación por la posibilidad de que alguien pueda construir armamento de una potencia devastadora y la caza y captura por parte de los países -a través de medios pacíficos o no- de genios científicos que puedan diseñar esas superarmas. La figura del científico que, de grado o por la fuerza, trabaja en un artefacto ambicionado por los gobiernos de uno y otro signo resuena en la Historia con nombres célebres, como Werner Von Braun -responsable del éxito del programa de misiles norteamericano tras la Segunda Guerra Mundial- u hombres de ciencia desconocidos -como los físicos que en los ochenta participaron en el programa nuclear iraquí o que hoy se ocupan de los planes atómicos de Irán o Corea-, buscados por unos bandos y por otros.

La última guerra del Golfo nos ha familiarizado con la historia de una alianza de países que, como en la novela de Verne, decide unir fuerzas y superar sus diferencias en beneficio de un objetivo
común: destruir a aquél que se encuentra en posesión de un arma con la que puede amenazar los intereses de aquéllos. Por otra parte, la elección del archipiélago de las Bermudas como escondite del pirata y lugar alrededor del cual se producen misteriosas desapariciones de navíos -hundidos por el ingenio submarino del criminal Karraje- también resulta chocante (aunque hoy es bien sabido que esas islas jamás han registrado un índice de naufragios particularmente elevado, no siendo su leyenda más que un mito contemporáneo). La elección de Verne de esta localización vino motivada no porque en aquel momento estuviera relacionada con algún tipo de leyenda negra, sino por tratarse de un archipiélago cercano al continente americano -y a las posibles víctimas que surcaban la ruta Atlántica- cuyo tormentoso clima lo hacía ideal para la historia que deseaba contar.

¿Era Verne un visionario, un profeta, un genio iluminado capaz de traspasar la niebla del futuro? En mi opinión nada de eso es cierto. Verne no se ocupó tanto de los problemas del futuro como de los de su presente. Él, como nosotros, vivió en una sociedad tecnológica y muchas de las cuestiones que preocupaban entonces siguen vigentes en mayor o menor grado. Sencillamente, y no es poco mérito, parte de su ficción ha encontrado un eco en la realidad contemporánea.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Invasiones Alienígenas (2)


A medida que las tensiones de la Guerra Fría iban relajándose, el género de la invasión alienígena fue siendo sustituido en las preferencias de lectores y escritores por otras temáticas. Las obras que quedaron hacían hincapié en lo extraño de la condición alienígena, insistiendo al mismo tiempo en que la comunicación entre especies podría ser posible. Estas líneas argumentales se utilizaron en muchos trabajos de los siguientes años: “La Nube Negra” (1957) de Fred Hoyle, “The Wanderer” (1964) de Fritz Leiber; “Alas Nocturnas” (1969) de Robert Silverberg; “The Bywolder” (1971) de Poul Anderson; “Trillones” (1971), de Nicholas Fisk; “Los propios dioses” (1972) de Isaac Asimov; “Cita con Rama” (1973) de Arthur C.Clarke; “And Having Writ…” (1978) de Donald R.Bensen o “Visitantes Milagrosos” (1978) de Ian Watson.

A estas alturas, la historia al estilo “La Guerra de los Mundos” se había quedado totalmente desfasada y sólo se utilizaba en forma de sátiras sarcásticas, como “Los Genocidas” (1965), de Thomas M.Disch. En ella, la figura de los malvados invasores alienígenas se utiliza en un tono muy alejado de los trabajos paranoicos de los cincuenta. La novela de Disch es más una advertencia contra la arrogancia humana que una afirmación de la posibilidad de que existan siniestras fuerzas alienígenas acechándonos desde otro planeta (o país). Aquí, los extraterrestres eligen a la Tierra como el emplazamiento perfecto para cultivar las enormes plantas que consumen como alimento: siembran el planeta con la cosecha y luego se dedican a erradicar las plagas que podrían interferir con su crecimiento, incluyendo los seres humanos (que se comparan con los gusanos de una manzana).

"La Amenaza de Andrómeda" (1969), de Michael Crichton, se puede interpretar como una
versión más tenebrosa y verosímil de "Los Genocidas": los invasores alienígenas son pequeños cristales microbianos atrapados accidentalmente por un satélite norteamericano en órbita. Cuando el aparato se estrella, la plaga alienígena amenaza con extenderse por toda la Tierra, extinguiendo la humanidad. Al final, el planeta y la raza humana se salvan gracias a una mutación del propio organismo en una forma no dañina para los humanos, pero la proximidad de la catástrofe sirve como aviso de los peligros potenciales de contaminación proveniente del espacio exterior. "La Amenaza de Andrómeda" fue llevada al cine en una película dirigida por Robert Wise en 1971, y supuso el inicio de la fama de Crichton como autor multimedia.

"Y mañana serán clones" (1977), de John Varley nos presenta no una invasión alienígena, sino el panorama resultante tras la misma: los atacantes (que parecen existir sobre todo en otra dimensión) controlan la Tierra, mientras que la humanidad ha tenido que exiliarse, hallándose esparcida por el resto del Sistema Solar. Por otra parte, un segundo grupo de alienígenas ha pasado los últimos 400 años emitiendo información de alta tecnología hacia el Sistema Solar (aparentemente desde el sistema estelar 70 Ophiuchi). La mayor parte de todos esos datos son indescifrables, pero lo que se ha podido decodificar se convierte en la base de los avances tecnológicos humanos, que incluyen hábitats espaciales, clonación, descarga digital de conciencia y viaje interestelar.

Al final, se descubre que la información no viene de 70 Ophiuchi, sino de una raza de navegantes
estelares conocidos como "Comerciantes", que han establedido una estación transmisora a sólo medio año luz del Sistema Solar. A cambio de toda esa información que han ido entregando a lo largo de siglos, los Comerciantes exigen una retribución en forma de conocimiento detallado sobre la raza humana con la intención de asimilarla a su propia civilización. También revelan a los humanos, muchos de los cuales sueñan con reconquistar la Tierra, que los invasores alienígenas (que en realidad se hicieron con el planeta no para ellos mismos, sino para liberar a los delfines y ballenas, a los que consideraban mucho más inteligentes que los humanos) son seres demasiado sofisticados y avanzados tecnológicamente como para que se les pueda expulsar. La mejor esperanza para la Humanidad es internarse en la galaxia para buscar un futuro en otro sistema estelar. El libro finaliza con el comienzo de tal proyecto.

En los sesenta y setenta, las historias de alienígenas hostiles tuvieron que convivir con ejercicios
más sentimentales que cualquier otra cosa vista hasta entonces: “Encuentros en la Tercera Fase” (1977), “E.T.” (1982), “Starman” (1984, con una serie de TV derivada desde 1986-87) o “Cocoon” (1985). Todos estos bondadosos extraterrestres no tienen nada que ver con las perversas criaturas de formas grotescas que habían acechado al público desde las pantallas cinematográficas en los años cincuenta. Estas películas cargadas de buenas intenciones -que aprovechaban también para criticar aspectos concretos de la sociedad humana- coexistieron con comedias como “El hermano de otro planeta” (1984), “Las chicas de la Tierra son fáciles” (1988) o “Estos terrícolas están locos” (1990).

Sin embargo, el tratamiento de los alienígenas y las culturas extraterrestres en la América de los ochenta no fue, en general particularmente generosa. Durante esa década, la retórica antisoviética de la administración Reagan a menudo recordaba la paranoia de los cincuenta, por lo que no es sorprendente que el cine diera a luz films películas como “Alien” (1979), “Predator” (1987), “Están vivos” (1988) o “Species” (1995).

En el ámbito de la literatura, "Ruido de pasos" (1985), de Larry Niven y Jerry Pournelle, fue una de las novelas de invasión con más éxito de los ochenta. Es también una obra muy representativa
de su tiempo en el sentido de que parece imaginada, al menos en parte, como un apoyo al desarrollo de programas armamentísticos de alta tecnología, incluyendo la Iniciativa de Defensa Estratégica ("Guerra de las Galaxias"). Utilizando un formato que recuerda al de las películas de catástrofes, "Ruido de pasos" presenta el relato detallado de un combate entre una nave terrestre y otra extraterrestre y el impacto que ese enfrentamiento tiene en varios personajes. En la novela, una enorme nave alienígena se aproxima a la Tierra exigiendo su rendición incondicional. Los aliens, conocidos como fithp, se parecen mucho a crías de elefante excepto en que tienen dos trompas, cada una de ellas terminada en tentáculos parecidos a dedos. En una especie de alegoría anticomunista que recuerda a los años cincuenta, los fithp son una especie gregaria que actúa en grupo y cuyos miembros son incapaces de actuar individualmente. Así, la comunicación entre ellos y los individualistas terrestres se torna imposible. También parecen menos inteligentes que los humanos y más incapaces de enfrentarse a situaciones anómalas.

Al final, los fithp son derrotados cuando los Estados Unidos, siguiendo el consejo de varios escritores de CF, diseña un plan para construir una gran nave de motor nuclear capaz de transportar armamento pesado y enfrentarse directamente a la nave nodriza de los alienígenas. El proyecto triunfa y los humanos acabarán obligando a los fithp a colaborar con ellos en el desarrollo de un motor interestelar que nos permitirá dar el salto a las estrellas.

"La Forja de Dios" (1987), de Greg Bear, emplea también el formato de catástrofe para explorar
los motivos de la invasión alienígena, aunque el tono vagamente liberal de la novela se puede interpretar como una especie de respuesta deliberada al conservadurismo de Niven y Pournelle. En esta ocasión, una misteriosa fuerza extraterrestre de devoradores de planetas desmantela literalmente la Tierra para utilizarla como fuente de materias primas mientras los terrestres aguardan impotentes el inevitable fin. En un tono de sátira político/religiosa hacia la administración Reagan (que aún se haría más válida en el mandato de Bush), la respuesta de nuestro planeta a la crisis por parte del presidente americano William Crockerman es no hacer nada, interpretando el ataque como la ira de Dios y la inminente destrucción del planeta como el Apocalípsis bíblico. Afortunadamente, una segunda fuerza de extraterrestres benévolos rescata a un grupo selecto de humanos (así como diversos objetos y máquinas), llevándolos a una especie de Arcas de Noé espaciales y dando pie a una secuela, "Anvil of Stars" (1992) en la que los hombres supervivientes buscarán venganza contra los devoradores de planetas.

En cierto modo, la película "Abyss" (1989), dirigida por James Cameron, cierra el período de Guerra Fría que en el cine de CF se había iniciado con "Ultimátum a la Tierra". En esta ocasión, una especie de alienígenas muy avanzados se han establecido en las profundidades abisales del océano. Utilizan sus sofisticadas maquinarias para generar enormes olas que amenazan con arrasar los superpoblados litorales de los continentes a menos que los bloques Occidental y Oriental comiencen a buscar una salida negociada a su carrera armamentística.

Las invasiones alienígenas de los ochenta tuvieron su broche final con la trilogía de Xenogénesis de Octavia Butler: "Amanecer” (1987), "Ritos de madurez”" (1987) e "Imago" (1989). Este ambicioso y complejo ciclo, diseñado como una crítica a las agresivas políticas de Reagan, trata temas como el racismo, la lucha de género, el militarismo o el colonialismo. En esta obra, los aliens Oankali llegan a la Tierra tras un conflicto nuclear devastador que ha exterminado la civilización humana. Utilizan su avanzada biotecnología para recuperar la raza humana, eso sí convertida en seres híbridos cuyo destino será abandonar el planeta y convertirse, como los Oankali, en comerciantes genéticos estelares.

Una de las obras de CF más importantes de los ochenta no fue un libro o una película, sino una miniserie televisiva de cuatro horas, "V" (1983), creada por Kenneth Johnson y seguida de una
secuela de seis horas, "V: Batalla Final" (1984). La "V" original supuso uno de los hitos televisivos de la década y una de las más atractivas narraciones sobre invasiones alienígenas que la televisión hubiera ofrecido hasta ese momento. En "V", un compendio de tópicos del subgénero, una serie de enormes platillos volantes aparece repentinamente sobre las principales ciudades del planeta. Los alienígenas, que parecen ser exactamente iguales a los humanos, se declaran amistosos y anuncian que han venido a la Tierra para resolver los graves problemas ecológicos que afectan a su planeta gracias a un producto que esperan fabricar en la Tierra utilizando nuestros residuos urbanos. A cambio ofrecen conocimientos tecnológicos que resolverán nuestros propios problemas. Todo resulta ser falso, claro: los extraterrestres (cuya verdadera apariencia física es reptiliana) han venido a la Tierra para hacerse con el agua y, lo que es peor, humanos para utilizarlos como soldados en sus guerras de conquista o, simplemente, como alimento. La resistencia consigue organizarse y repeler con éxito la invasión.

Otras series de TV que por aquellos años intentaron actualizar el tema de la amenaza alienígena
fueron “La Guerra de los Mundos” (1988-90), “Alien Nation” (1989-90) y, sobre todo, "Expediente X", la más importante de los noventa en lo referente a este subgénero y, probablemente, de toda la historia de la televisión. A lo largo de nueve temporadas (1993-2002) este thriller de conspiraciones paranoides presentaba todo un catálogo de nuevos conceptos de alta tecnología en el tema de la presencia alienígena, actuando y viviendo en la Tierra en connivencia con agencias gubernamentales norteamericanas. La serie se apoyaba en sobados mitos de la cultura popular contemporánea, como las abducciones de “conejillos de indias” humanos por parte de extraterrestres que viajan en OVNIS o el marciano de Roswell, Nuevo México, pero los televidentes disfrutaban también con la tensión sexual entre los protagonistas o con los toques cómicos que relajaban el tono dramático general de las historias.

Otra serie de televisión que en los años noventa se centró en el tema de la invasión al
ienígena fue "Space: Above and Beyond" (“Espacio: Guerra Estelar”, 1995-1996), creada por dos de los productores de "Expediente X". Se trataba básicamente de un drama bélico en el que fuerzas terrestres se enfrentaban contra los Chigs, una especie extraterrestre decidida a conquistar el planeta. También merecen la pena destacarse la miniserie de la BBC "Invasion Earth: The World War Has Begun" (1998) y la interesante y original "La Tierra: Conflicto Final" (1997-2002), creada por Gene Roddenberry (quien en los sesenta había alumbrado la legendaria "Star Trek") y que a lo largo de cinco temporadas nos mostraba los conflictos que surgen al verse humanos y extraterrestres obligados a compartir el mismo planeta.

Cada vez es más difícil, en una época en la que las invasiones y encuentros alienígenas se han narrado tantas veces y de tantas formas posibles, ya sea en libros o películas, encontrar algo que inspire sorpresa, maravilla o perplejidad. Pero se han hecho loables intentos en películas como “Repo Man” (1984) y libros como “La invasión divina” (1981) de Philip K.Dick, la trilogía de Damon Knight finalizada con “Un mundo razonable” (1991) o “Sarah Canary” (1991) de Karen Joy Fowler.

Resulta curioso cómo han sido los escritores británicos los que más han destacado en las
incursiones literarias que se han hecho en este subgénero en los últimos tiempos. La obra más notable ha sido la trilogía "Aleutiana" de Gwyneth Jones, que comprende "White Queen" (1991), "North Wind" (1996) y "Phoenix Cafe" (1998). Esta trilogía parte de la teoría postestructuralista para desarrolar un desafío posmodernista a las nociones ilustadas del Yo y el Otro. Ofrece también una profunda comprensión de la historia del colonialismo, del que la trilogía constituye una alegoría. Estas obras presentan también unos alienígenas ciertamente originales. En lugar del tópico habitual de extraterrestres bien informados que saben dónde está la Tierra, que está habitada y que tienen una misión bien definida, los aliens que describe Jones se encuentran con nuestro planeta por pura casualidad, ni siquiera sabían que existía ni mucho menos que estuviera habitado. Es más, no se trata de una expedición oficial, sino una tripulación de aventureros independientes. Descritos por Jones en un ensayo sobre su obra como "una tripulación de aventureros irresponsables y soñadores", han estado vagabundeando por la galaxia a la búsqueda de beneficios, pero tras su llegada a la Tierra se verán atrapados por el laberinto político humano, provocando una confusión y preocupación importantes al abandonar la Tierra tras una estancia de 300 años.

En realidad, los alienígenas de Jones se parecen mucho a los humanos (y, de hecho, algunos puede incluso pasar por ellos), pero eso sólo sirve para complicar aún más el contacto entre las dos especies. Por ejemplo, la semejanza entre ambos hace que cada uno juzgue e interprete al otro en función de su propia cultura y convenciones, provocando confusión e incomunicación, una situación que a menudo encuentra reflejo en la desorientación del lector, quien se halla en una posición equivalente a la de los humanos del libro: tratando de saber y comprender a los Aleutianos a base de juntar retazos de información desperdigados por las novelas. Al final de la trilogía, los personajes humanos y su cultura parecen tan extraños y alienígenas como los aleutianos. De hecho, a medida que la narración progresa, la frontera entre unos y otros va haciéndose más y más borrosa.

Los alienígenas de "Sacrifice of Fools" (1996), de Ian McDonald, son en buena medida equivalentes a los Aleutianos de Jones y nos presenta un panorama cultural crecientemente confuso a medida que los aliens coexisten con los terrestres. En "Evolution´s Shore" (1995) y "Kirinya" (1998), McDonald renueva el subgénero de la invasión alienígena con su idea de "paquetes biológicos" extraterrestres que aterrizan en la Tierra y comienzan a trasladarse por el terreno transformando todo en su camino con una especie de avanzada nanotecnología. Esta transformación incluye a los seres humanos, que se encuentran empujados a un nuevo salto evolutivo gracias a los efectos de esa tecnología alienígena.

Otros ejemplos cercanos de novela de invasión británica es "Empire of Bones" (2002), de Liz Williams, que propone la idea de que los humanos descendemos de írRas, una especie de viajeros interestelares cuya misión en el universo es colonizar mundos, extendiendo al mismo tiempo la variedad evolutiva de su ya diversa especie. En la novela, los irRas regresan a la Tierra tras un largo período de ausencia para descubrir que sus planes evolutivos en este planeta han sufrido graves alteraciones respecto a lo planeado. "Empire of Bones" tiene lugar en la India, lo que enriquece la historia con su exploración de la intersección entre la medicina, la enfermedad y el colonialismo.

También de interés es "The Mount" (2002), de la escritora feminista norteamericana Carol Emshwiller, una fábula alegórica en la que una raza alienígena de piernas débiles, los Hoots, han colonizado la Tierra, utilizando a los esclavizados humanos como monturas sobre las que desplazarse. Los Hoots proclaman con orgullo la generosidad con la que gobiernan a sus súbditos humanos y señalan lo bien que están desde que ellos se hicieron cargo de su "bienestar". No sólo recuerda este discurso la retórica paternalista del colonialismo occidental, sino en muchos aspectos la forma en que las clases menos favorecidas viven el capitalismo.

Novelas como "The Mount" y "Empire of Bones" demuestran que ya entrado el siglo XXI, la narrativa de invasiones alienígenas continúa gozando de buena salud como medio efectivo de crítica social y política.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Invasiones Alienígenas (1)


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Las historias relacionadas con la invasión de la Tierra por parte de fuerzas alienígenas provenientes del espacio exterior es uno de los temas más antiguos y básicos de la Ciencia Ficción. Esta perturbación de la vida cotidiana de la humanidad -o su equivalente del futuro- puede tener lugar a gran escala en historias como “La Guerra de los Mundos” (1898) de H.G.Wells, pero más a menudo se trata de un asunto puramente doméstico en el que la presencia alienígena es geográfica y temporalmente limitada.

Visitantes de otros mundos o del lejano futuro a menudo son utilizados por el escritor como instrumentos narrativos: observadores imparciales que juzgan los pecados y manías de nuestra sociedad. Ejemplos tempranos de esta modalidad incluyen los venusianos alados de W.S.Lach-Szyma en “Bajo Otras Condiciones” (1892) y el antropólogo viajero temporal de Grant Allen en “Los Bárbaros Británicos" (1895). Otros visitantes más exóticos de Gran Bretaña (donde estas historias eran muy populares), cuyas observaciones colocan la existencia humana en un contexto más amplio, aparecían en “The Clockwork Man” (1923) de E.V.Odle, “Hombre Orgulloso" (1934) de Murray Constantine, “Saurus” (1938) de Eden Phillpotts y “Las Llamas” (1947) de Olaf Stapledon.

La pionera historia de H.G. Wells sentó buena parte de las convenciones del subgénero y se convirtió en el modelo a seguir por muchas novelas posteriores, si bien no fue sino el último eslabón de una larga serie de oscuras fantasías en las que Inglaterra sufría una invasión extranjera. El punto de partida de esa corriente fue “La Batalla de Dorking” (1871) de George Chesney, un folletín propagandístico que apoyaba la reforma del ejército y el rearme y que continuó en otros trabajos como “La Invasion de 1910" (1906) de William Le Queux o “Cuando Vino Guillermo" (1913) de H.H.Munro. En "La Guerra de los Mundos", Wells añadió un toque especial a la ya conocida fórmula imaginando una invasión a mayor escala y por una especie tecnológicamente mucho más avanzada, algo parecido a lo que los ingleses habían supuesto para los tasmanos antes de ser exterminados completamente por los primeros. Pero también demostró el potencial narrativo de este tipo de historias como metáforas de fenómenos sociales y económicos muy reales.

"La Guerra de los Mundos" se escribió cuando la expansión colonial británica se hallaba en su apogeo, a menudo interfiriendo o destruyendo culturas enteras. Así, la novela de Wells propone a los ingleses que se pongan en el lugar de los colonizados y vean lo que ocurre. Sin embargo, la mayor parte de los relatos que siguieron a la obra de Wells volvieron a recurrir a ficciones en las que se ponía a los lectores occidentales en la posición del colonizador. Un buen ejemplo de ello sería "Edison´s Conquest of Mars" (1898), de Garret Serviss, en la que se retomaba el hilo dejado por Wells: tras la invasión marciana, la Tierra decide lanzar un ataque preventivo contra el planeta rojo; las fuerzas terrestres estarán lideradas por el genial inventor Thomas Edison.

Los Estados Unidos eran menos proclives a estas paranoias de invasión, aunque las historias que Philip Francis Nowland escribió y dibujó para "Buck Rogers" (1928-1929) estaban situadas en una América del futuro conquistada por invasores asiáticos. Los escritores de CF que publicaban en las revistas pulp estaban mucho más interesados en invasores más exóticos.

No todas las historias eran extravagantes melodramas sobre conflictos entre especies. “Viejo Amigo” (1934) de Raymond Z.Gallun desafió los tópicos del género mientras que elaboraciones más sutiles de los mismos aparecían en “El Monstruo de Metal” (1920) de A.Merritt, “La Inteligencia Alienígena” (1929) de Jack Williamson o “El Horror de Arrhenius" (1931) de P.Schuyler Miller. Tampoco todo eran invasiones provenientes del espacio exterior; los ejércitos enemigos podían proceder de otras dimensiones, otros tiempos o incluso de microcosmos atómicos. Entre los invasores más extraños de la CF se cuentan “Los ondulantes” (1945) de Fredric Brown, una raza de seres eléctricos que secuestran las ondas electromagnéticas de la Tierra.

Cuando no llegaban con pistolas láser o cañones, los visitantes alienígenas de la era de las revistas pulp a menudo traían regalos –aunque a veces éstos eran engañosos- y, ocasionalmente, mensajes importantes. “Adios al Amo” (1940), de Harry Bates, perdió buena parte de su sentido cuando recibió versión cinematográfica con el título “Ultimátum a la Tierra” (1951), pero a cambio ésta sirvió de mensajera del peligro nuclear. Aquel año 1951 también vio la primera versión de “La Cosa”, basada en un relato de John W.Campbell, “¿Quién va ahí?” (1938).

Esos dos filmes fueron los pioneros de toda una serie de películas que avisaban sobre los peligros de la era nuclear y la Guerra Fría, a menudo hasta el punto de caer en la paranoia. Por citar sólo algunos: “Invasores de Marte” (1953), “La bestia de tiempos remotos” (1953), “Vinieron del Espacio” (1953), “La Guerra de los Mundos” (1954), “Godzilla” (1954), “La Humanidad en Peligro” (1954), “La Bestia de un Millón de Ojos" (1955), “Conquistaron el Mundo” (1956), “Monstruo sin rostro” (1957) y “Me Casé con un Monstruo del Espacio Exterior" (1958).

Otras películas no fueron más que intentos de capitalizar el éxito de las películas de invasiones extraterrestres haciendo cintas de bajísimo presupuesto, como "Plan 9 del Espacio Exterior" (1959), de Ed Wood, considerada como la peor película jamás hecha. Este tipo de películas de serie B han venido sirviendo en los últimos años como fuente de inspiración nostálgica para obras como "Mars Attacks!" (1995) de Tim Burton o "Men in Black" (1997). El estreno por aquella misma época de "Independence Day" (1996) de Roland Emmerich fue otra demostración de la viabilidad que a mediados de los noventa seguían teniendo las películas de invasiones extraterrestres.

La televisión británica se apuntó a la moda con seriales como las tres aventuras del Dr.Quatermass (1953, 1955 y 1958-59), “El Terror de Trollenberg” (1956-57) y “A de Andrómeda" (1961). Curiosamente, la televisión norteamericana puso menos énfasis en los invasores extraterrestres y sólo merecen la pena destacarse series como “Más allá del límite" (1963-65) o “Los Invasores" (1967-68), en la que unos aliens que se hacían pasar por humanos le complicaban la vida a David Vincent (Roy Thinnes). Desde aquellos años de la Guerra Fría, las historias de invasores alienígenas no han perdido popularidad, tomando multitud de direcciones y demostrando una gran flexibilidad a la hora de tratar complejos temas sociales y políticos.

En la literatura de los años cincuenta, "Amos de Títeres" (1951), de Robert A.Heinlein fue la primera de muchas novelas que, como en el cine, sustituían de forma nada sutil la amenaza del comunismo por invasiones alienígenas. En la novela de Heinlein, una especie de babosas parásitas procedentes de Titán (una luna de Saturno), aterrizan en Iowa y comienzan a adherirse a las espaldas de los humanos, controlando sus mentes. Usando estas marionetas humanas a voluntad, los alienígenas pronto se embarcan en un programa de conquista mundial. Buena parte del libro es mera propaganda anticomunista, en la que los gusanos pasan por ser quintacolumnistas rojos. De hecho, Heinlein se aseguró de que esta asociación quedara bien clara. Incluso se ocupó de dedicar unas líneas a los simpatizantes de los comunistas, subrayando que la única cosa más desagradable que una mente humana atrapada por una babosa es la idea de humanos que trabajaban voluntariamente en complicidad con las babosas, incluso sin tener un parásito adherido.

Al final, los valerosos americanos, siempre tan llenos de recursos, consiguen derrotar a las babosas utilizando guerra bacteriológica, un arma tan polémica en los cincuenta como en la actualidad y que sin embargo Heinlein defiende aquí con convicción. De hecho, uno de los mensajes clave del libro es que no sólo tenemos que estar siempre vigilantes, sino dispuestos a utilizar cuantos medios sean necesarios para derrotar a nuestros enemigos. Cuando el protagonista informa de la aparente destrucción total de todos los alienígenas en la Tierra, también avisa de que puede quedar alguno acechando en algún rincón del Tercer Mundo, como el Amazonas. Entretanto, los norteamericanos se preparan para lanzar un asalto genocida contra el mismísimo Titán. El libro finaliza con el protagonista acompañando a la misión y exclamando: "Amos de títeres, los hombres libres van para mataros! ¡Muerte y destrucción!"

Una de las historias de invasiones alienígenas más conocidas de la década de los cincuenta fue "La Invasión de los Ladrones de Cuerpos", de Jack Finney, serializada en la revista Collier´s en 1954 y publicada como novela en 1955 con el título acortado "Los Ladrones de Cuerpos". Aquí, lo que llega del espacio a la pequeña ciudad californiana de Mill Valley son unas vainas con la capacidad de convertirse en réplicas exactas de cualquier humano con el que entren en contacto. Los vecinos de Mill Valley son progresivamente reemplazados por los replicantes alienígenas hasta que el único que queda para enfrentarse con la amenaza antes de que se extienda por todo el país es el doctor Miles Bennell. Afortunadamente, consigue dar tanta guerra que las vainas deciden abandonar la Tierra y buscar otro planeta que resulte más sencillo de colonizar.

La novela de Finney fue la base para la película de 1956 "La invasión de los ladrones de cuerpos", que sigue más o menos el argumento del libro aunque incorpora un final menos optimista: Bennell consigue alertar a las autoridades de fuera de la ciudad, pero las vainas ya se han extendido más allá de los limites urbanos y queda sin saber si podrán ser detenidas. La noción de invasores silenciosos que toman el control de las mentes de americanos nor
males, convirtiéndolos a una ideología alienígena, está en la misma onda que el miedo a la subversión comunista en la Guerra Fría. De hecho, el film es considerado hoy como un icono cultural del clima de paranoia anticomunista que imperaba entonces. Ciertamente, los replicantes, que parecían totalmente normales pero no sentían ninguna emoción y carecían de individualidad, se ajustaban a los estereotipos sobre los comunistas. Así, los argumentos que los extraterrestres utilizan para intentar seducir a Bennell, diciéndole que la vida será mucho más agradable si se deja llevar por la corriente y aprende a vivir sin emociones, es un eco de los supuestos cantos de sirena del utopianismo comunista.

Estirando los razonamientos, también podríamos optar por interpretar la paranoia del film como una sutil crítica a la histeria anticomunista: la película sugeriría que la posibilidad de que los comunistas se hicieran con el control de América era tan pequeña como que vainas del espacio exterior llegaran a la Tierra, crecieran hasta convertirse en réplicas perfectas de seres humanos y los reemplazaran. Por otra parte, los responsables de la película (así como el autor de la novela original) negaron repetidamente ninguna intención alegórica. Simplemente deseaban hacer una historia de suspense sobre invasores alienígenas. Sea como fuere, la película sigue siendo hoy un clásico de la década de los cincuenta y es gracias a ella que se recuerda todavía la novela de Finney

Entre la legión de films de invasiones extraterrestres de los cincuenta, quiero volver a una mencionada por la importancia que tiene dentro del género: "Ultimatum a la Tierra" (1951), dirigida por Robert Wise y que, lejos de alimentar la histeria anticomunista de la época, es un canto a la paz y comprensión mundiales y un aviso de que la carrera armamentística de la Guerra Fría podría llevar a un desastre planetario. Aquí, el mesiánico Klaatu (Michael Renny), acompañado por su imponente robot Gort, llega a la Tierra en son de paz, pero es recibido con temor y violencia. Sin embargo, consigue sobrevivir para lanzar un mensaje de advertencia: la civilización humana será destruida por una fuerza robótica intergaláctica si extiende su violencia más allá de la Tierra. Este rechazo a la carrera armamentística fue una apuesta valiente en un momento en el que la propia Hollywood se hallaba bajo el asedio de los cazacomunistas de Washington. El éxito del film demostró que la ciencia ficción, al considerarla el público en general disociada de la realidad contemporánea, puede servir fácilmente como plataforma para una crítica social y política que resultaría demasiado polémica expresada a través de un género más convencional.

Alienígenas benignos como los de “Ultimátum a la Tierra” o “El hombre del planeta X” (1951) estaban en la pantalla completamente superados en número por sus contrapartidas malvadas, pero en la literatura no eran tan omnipresentes. De hecho, muchos autores comenzaron a arrepentirse de la xenofobia implícita en buena parte de la literatura pulp. “El fin de la infancia” (1953) de Arthur C.Clarke es una de las mejores historias de “invasión” en las que se condenaban los prejuicios antialienígenas. En ella, los aliens son fundamentalmente benévolos: utilizando tanto una tecnología avanzada como el puro engaño, un contigente de extraterrestres conocidos como Superseñores establece su dominio sobre la Tierra, imponiendo leyes destinadas a impedir que la raza humana destruya lo que queda del planeta. Una de esas reglas, por ejemplo, prohibe la crueldad a los animales. Otra establece la creación de un solo Estado Mundial que deja el concepto de nación obsoleto. El gobierno de los Superseñores, liderados por el Supervisor Karellen, conduce a una era de paz y prosperidad sin precedentes. Pero no son pocos los que encuentran esta existencia utópica aburrida y carente de desafíos. El arte y la creatividad se apagan aplastadas por la supremacía de la televisión. Y, mientras tanto, los Superseñores permanecen escondidos, misteriosos. Durante más de medio siglo nadie los ha visto y cuando por fin se revelan ante la humanidad, resultan tener la apariencia de demonios (lo que viene a demostrar que los mitos y las "memorias raciales" no son sino un eco del futuro).

Finalmente, se descubre que los Superseñores han venido a la Tierra siguiendo instrucciones de sus amos, una especie de Supermente, fusión de la conciencia colectiva de multitud de especies y dotada de
grandes poderes psíquicos. A pesar de que dominan una tecnología muy avanzada, los Superseñores no poseen esas habilidades mentales y, como resultado, se encuentran en un callejón sin salida evolutivo. Su misión en la galaxia es simplemente ayudar a las razas (como la humanidad) que sí tienen ese potencial a sobrevivir hasta que l
a evolución saque a relucir sus habilidades mentales. Al final, tiene lugar el salto evolutivo y casi todos los niños humanos menores de diez años del planeta despiertan sus poderes psíquicos.

Los Superseñores continúan supervisando la vida del resto de la humanidad (aquellos que no tienen capacidades mentales) aunque, sin un futuro a la vista, muchos se suicidan, solos o en masa. Los "nuevos niños", mientras tanto, se trasladan a una zona separada. Los humanos "normales" acaban muriendo. Excepto uno, Jan Rodricks, un estudiante de ingeniería que había pasado ochenta años viajando a bordo de una nave de los Superseñores hasta el mundo hogar de éstos para contemplar sus maravillas. Cuando regresa a la Tierra y debido a la relatividad temporal, él sólo ha envejecido cuatro meses, pero ya no quedan hombres como él sobre el planeta. Mientras los niños se preparan para unirse a la Supermente, los Superseñores evacúan la Tierra, dejando a Jan atrás para que les retransmita la completa disolución de nuestro planeta.

Otros libros que siguen una línea similar de extraterrestres benignos y bienintencionados son “Los cristales soñadores” (1950) de Theodore Sturgeon y “A Mirror For Observers” (1954) de Edgar Pangborn.

(Continuará...)

lunes, 25 de octubre de 2010

1897- EL HOMBRE INVISIBLE – H.G.Wells


Tercera novela de CF de H.G.Wells tras “La máquina del tiempo” y “La isla del Dr.Moreau”, “El hombre invisible” sigue la línea de las anteriores, mezclando la aventura con un nada disimulado subtexto moral. “La máquina del tiempo” hablaba de la responsabilidad de la sociedad actual con el futuro de la humanidad; “La isla del Dr.Moreau” sobre la ética de la experimentación y el peligro y consecuencias del distanciamiento del científico respecto al objeto de su estudio; “El hombre invisible”, por su parte, nos presenta el riesgo del poder derivado de la ciencia cuando no existen salvaguardas éticas.

La historia es sencilla, breve y lineal: Griffin, un científico antisocial y crecientemente psicótico, inventa un método para hacerse invisible, pero es incapaz de revertir el proceso. Se retira a Iping, un pequeño pueblo inglés de Sussex, envuelto en vendajes y cubierto de gruesos ropajes para ocultar su grotesca condición. Alquila una habitación en una posada y trata de continuar con sus investigaciones. Pero los habitantes del pueblecito están comprensiblemente nerviosos y sospechan de él, especialmente después de que se produzcan una serie de robos y otros extraños acontecimientos. Enfurecido y desesperado, el Hombre Invisible revela su personalidad megalomaniaza, ataca a los aldeanos y decide dar inicio a un Reinado del Terror.

La invisibilidad no era en absoluto un tema nuevo. Ha estado presente en la mitología clásica (como en la leyenda de Perseo), la filosofía (en “La República” de Platón, donde el pastor Giges encuentra un anillo que le permite satisfacer todas sus ansias de poder, claro antecedente no solo del mensaje moral de Wells sino de otras obras universales como “El Señor de los Anillos) o incluso la literatura de ciencia ficción (recordemos la reseña de “El hombre sin cuerpo” publicada en este mismo blog). El mérito de Wells fue el de abordar la cuestión no desde el terreno de la pura fantasía, sino como resultado de un deliberado experimento cuyos pormenores científicos explica Griffin a su colega, el doctor Kemp.

Por otra parte y como consideración más particular, “El Hombre Invisible” es un libro que trata sobre la visión, un tema que interesaba sobremanera a Wells –recordemos en este sentido algunos de sus relatos cortos que revisamos en una entrada anterior-. No es una coincidencia que el propio Hombre Invisible sea un científico. La invisibilidad, sugiere el relato, priva al hombre de la interacción con otros seres humanos y, por tanto, de la responsabilidad social, con consecuencias perversas. Algunos analistas sitúan la novela en una rama de la doctrina penal del siglo XIX asociada con el pensador inglés Jeremy Bentham (1748-1832), quien diseñó la prisión ideal, el “panopticon”, que colocaba a todos los internos bajo el ojo de un guardián estratégicamente situado. El filósofo francés Michel Foucault (1926-1984) tomó las ideas de Bentham como la expresión de la lógica cultural del siglo XIX: la autoridad depende de la vista. Si lo privas de vigilancia, el hombre, ahora invisible, se convierte inmediatamente en una amenaza social.

Como comentamos al principio, la obra contiene un fuerte sentido moral: nada se gana sin perder algo a cambio. Griffin, el científico con talento, descubre un procedimiento maravilloso, pero a cambio pierde la razón. La moraleja está en cierto modo conectada con la de “La Isla del Doctor Moreau”: la inteligencia y cordura del hombre es frágil y siempre ha de luchar contra impulsos violentos más primitivos.

En contraste con los personajes típicos de los relatos de aventuras de Julio Verne, siempre en movimiento y viajando por el mundo, los de Wells son individuos complejos que experimentan la aventura de forma pasiva: no se aventuran más lejos de su casa de lo que sea estrictamente necesario, son a menudo complacientes y poco amigos de la adrenalina. En otras palabras, para Wells el planteamiento era el inverso del de Julio Verne: para éste, los protagonistas se lanzaban al mundo en busca de lo asombroso, de la aventura; para aquél, como vimos en muchos de sus relatos cortos, es el mundo cotidiano el que se ve asaltado por lo maravilloso. En este sentido, Wells tenía la capacidad de retratar personajes convencionales pertenecientes a la clase media-baja y, de hecho, aquellas de sus creaciones que no se ajustan al arquetipo de ingleses bondadosos y aburridos, a menudo son caracterizados como peligrosos, incluso diabólicos: el Dr.Moreau es un ejemplo. El Hombre Invisible otro.

El mundo cotidiano que describe Wells se define en función de una serie de personajes de extracción social humilde que añaden a la novela un tinte de comedia costumbrista. Algunos de estos coloristas individuos del Sussex rural aportan notas cómicas y paródicas: el matrimonio propietario de la posada, el vagabundo borrachín que Griffin obliga a servirle y que al final de la novela se convierte en guardián inconsciente de los secretos de la invisibilidad, los viandantes que observan con asombro los fenómenos que ocurren a su alrededor… son personajes codiciosos, supersticiosos, chismosos e ignorantes que exasperan al Hombre Invisible con sus mundanas preocupaciones. Sin embargo, será a manos de ellos que Griffin perderá la ropa, el dinero, sus valiosas notas e incluso la vida. Con todo, Wells parece tomar partido por los aldeanos, considerándolos como medida de lo normal, mientras que el Hombre Invisible se presenta como una figura siniestra que, con su secretismo y obsesión por la intimidad, quiebra la pacífica existencia de la comunidad aldeana.

La novela sirve, por tanto, como vehículo para mostrar el contraste entre dos mundos: el rural donde da comienzo la historia y el urbano, representado por Londres, en el que transcurre la parte en la que Griffin cuenta cómo se volvió invisible. Siguiendo una línea común entre los poetas románticos y los novelistas victorianos de la época, Wells yuxtapone la vida en el campo, orientada hacia la comunidad y la tradición, con el cosmopolitismo anónimo y sin raíces de la metrópolis moderna. Mientras que en Iping el Hombre Invisible aterroriza a la población campando a sus anchas, robando y agrediendo, en Londres se encuentra empujado de un lugar a otro, en continuo peligro de ser pisoteado, zarandeado y atropellado por peatones, carruajes y animales y donde no encuentra refugio al hallarse todas las casas cerradas.

Efectivamente, en la parte del libro que transcurre en Londres, la invisibilidad de Griffin simboliza la debilidad y vulnerabilidad del hombre moderno frente al torbellino de la sociedad de masas. A diferencia de lo que luego se podría ver en las adaptaciones cinematográficas del relato, Wells subraya desde el comienzo las desventajas de la invisibilidad. Griffin alberga unas expectativas acerca de esos "poderes" que no sólo no se cumplen, sino que se ha de enfrentar a múltiples problemas inesperados que van de lo humillante a lo peligroso.

El “Hombre Invisible” (junto a “La Guerra de los Mundos”, que comentaremos en una próxima entrada) sería el último de los libros de Wells que conservaría plena validez cultural hasta nuestros días, esto es, la última de sus novelas que puede ser reconocida por cualquier lector aunque no sea aficionado al género; y también la última en ser adaptada a multitud de idiomas y formatos. Aunque Wells aun escribiría muchísimas obras, entre ellas algunas de gran calado, la posteridad ha sido mucho más selectiva que sus contemporáneos. En parte, esto se debió a que el mismo Wells comenzó, con el cambio de siglo, a plantearse su vocación de una forma diferente: de escritor de ficciones futuristas pasó a cultivar cierto perfil de profeta que ha aguantado peor el paso del tiempo.

Entre tanto, “El Hombre Invisible”, como todos los mejores libros de Wells, mezcla lo político, lo cultural, lo formal y lo especulativo en un todo perfectamente equilibrado que le ha ganado un puesto entre los iconos culturales del siglo XX, dando lugar a innumerables imitaciones literarias, adaptaciones cinematográficas e incluso un par de series de televisión. Fue además un nuevo e ilustre eslabón en la lista de “científicos locos” comenzada por Victor Frankenstein, el arquetipo de sabio aislado de sus colegas, enfrascado en un ambicioso proyecto y en cuya consecución perderá su humanidad, desencadenando fuerzas que ni puede entender ni controlar.

viernes, 15 de octubre de 2010

1868- EL HOMBRE DE VAPOR DE LAS PRADERAS – Edward Ellis


La literatura norteamericana del siglo XIX rebosaba de historias que bien podrían ser calificadas de ciencia ficción o romance científico. No hubo escritor de ficción americano de cierta relevancia en aquellos años que de alguna forma no abordara el género, aunque fuera mediante algún tipo de romance utópico: Herman Melville, Edgar Allan Poe, Nigel Hawthorne, Washington Irving o escritores de “best-sellers” del momento como Edward Bellamy o Mark Twain.

Pero los que más influencia ejercieron sobre la CF americana moderna fueron aquellos autores excluidos del canon, escritores que producían a mansalva novelitas baratas y revistas juveniles. De hecho, esas novelas baratas fueron la forma literaria dominante en Estados Unidos desde la Guerra de Secesión hasta la Primera Guerra Mundial, con una circulación de cientos de millones de ejemplares. Y es una de las fórmulas que más se utilizaban en aquellas novelitas, la historia de invenciones, la que representa perfectamente “The Steam Man of The Prairies”, escrita en 1868 por Edward Ellis. Sus sucesoras serían las series de aventuras de jóvenes inventores y científicos como Frank Reade, Frank Reade Jr., Jack Wright, Frank Edison, Electric Bob o Tom Swift. Tras su estela aparecerían los pulps, la cuna de la CF contemporánea.

Estrictamente hablando, existieron otras fórmulas dentro de la CF, como la de las guerras futuras, o las historias de razas y mundos perdidos; también personalidades individuales como H.G.Wells o Edgar Rice Burroughs que influyeron a cientos de escritores; o revistas como The Strand, Pearson´s Magazine, McClure´s Magazine, Argosy o All-Story Magazine, en cuyas páginas dieron cabida a la proto ciencia-ficción desde finales del siglo XIX hasta la segunda década del XX. Pero fueron las historias de inventores desarrolladas en las novelitas (“dime novels”) las que cosecharon un gran éxito de público.

En buena medida, estas novelas bebían de la fascinación de Julio Verne por los inventos fabulosos. Al centrarse en jóvenes genios que inventaban lo que fuera necesario para ganar una apuesta o competición, detener el mal, masacrar indios o hacer fama y fortuna, estas narraciones codificaron las directrices de lo que se iba a convertir en uno de los más populares subgéneros de la CF: la edisonada, término acuñado por John Clute en su Enciclopedia de la Ciencia Ficción como: “cualquier historia que presenta un joven inventor, masculino y estadounidense, que usa su ingenio para salir de un aprieto y, al mismo tiempo, evitar la derrota y corrupción de sus amigos y la nación por parte de enemigos extranjeros”.

Mientras la frontera americana del Oeste se iba desintegrando, las novelitas (que tenían 32 páginas y costaban cinco o seis centavos) celebraban las sangrientas aventuras de los héroes del Far West, pero también jugaron un interesante papel en la transición que experimentó la conciencia colectiva norteamericana de una visión romántica del mundo en la que pioneros y cowboys figuraban héroes míticos, al mundo moderno dominado por la tecnología, en la que ingenieros e inventores usurpaban a pistoleros y exploradores. Este momento crepuscular, de cambio, quedó plasmado en una serie de novelas que comenzó con la que ahora nos ocupa “The Steam Man of the Prairies”. Posiblemente basada en la invención de un motor de vapor rotatorio de dos cilindros llamado el Hombre de Vapor de Newark (Newark Steam Man), el de Ellis era una especie de robot impulsado a vapor, con forma humanoide y que podía correr a 120 km/h tirando de un carro en el que montaba su inventor, Johnny Brainerd (su apellido era un juego de palabras: “brain”, cerebro y “nerd”, idiota). El joven inventor y sus amigos viajan con su criatura artificial desde San Luis hasta la frontera del Oeste, donde demuestra ser extremadamente útil en la caza de búfalos y el terrorismo contra los indios, todo en interés de la minería del oro.

En 1876, año en el que se celebró la Exposición de Filadelfia y Custer y su Séptimo de Caballería eran masacrados en Little Big Horn, la novela de Ellis fue reeditada con un nuevo título: “The Huge Hunter or The Steam Man of the Prairies”, cosechando otra vez tal éxito que un editor rival lanzó su propia versión, escrita por Harry Enton. En ésta, el joven inventor se llamaba Frank Reade y la acción tenía lugar en Nueva York, pero el ingenio robótico a vapor era prácticamente el mismo. Ni siquiera el título se escapaba a la copia descarada: “The Steam Man of the Plains. Fue el comienzo de un éxito colosal.

Tras tres secuelas, el escritor Luis Senarens, el “Julio Verne americano” (escribió entre 1.500 y 2.000 novelitas durante su prolífica carrera) se hizo cargo de la serie al tiempo que el protagonista Frank Reade le pasaba los bártulos a su hijo, Frank Reade Jr., que viviría 179 aventuras más. Generosa en las dosis de aventura y escasa en rigor científico, la ficción de Senarens anticipa claramente el género de la CF y su trabajo fue sin duda conocido por muchos de los escritores que luego darían forma a la ciencia ficción en las revistas pulp. Algunas de las invenciones e ideas que Senarens describía en sus series estaban sin duda copiadas de las novelas de Verne, pero éste no sólo no se molestó por ello, sino que incluso le envió una carta alabando su trabajo.

Senarens siguió creando personajes y series con la misma fórmula de joven inventor, como “Jack Wright”. Otras editoriales publicaban sus propias versiones (“Tom Edison Jr.”, “Electric Bob”). A medida que se agotaban las invenciones de aeronaves eléctricas o submarinos y era necesario buscar localizaciones más exóticas, se añadían a la receta la aventura geográfica y lógica evolución: las razas y mundos perdidos. Así que las novelitas baratas acabaron transitando por escenarios y temas que luego se repetirían abundantemente en los pulps y las primeras obras de CF propiamente dicha.

Este tipo de literatura popular y juvenil mantuvo su tirón hasta finales del siglo XIX, cuando los esfuerzos por censurarlas las hicieron menos rentables. Aunque aceptaron la influencia de Julio Verne y H.Rider Haggard, acabaron constituyendo una burbuja aislada del resto de corrientes que tomaban forma por aquellos años dentro de la CF. Y aunque sus historias fueron efímeras, su influencia en la evolución posterior del género no se ha valorado lo suficiente. Sirva esta corta entrada para reivindicarlas dentro de la historia de la CF.