domingo, 10 de junio de 2018

2002- S1M0NE – Andrew Niccol


En el corazón del método científico está la observación empírica, observación de las evidencias y consecuencias de un determinado fenómeno. En 1965, Gordon E.Moore, confundador del gigante de la electrónica Intel, demostró su capacidad en este sentido cuando escribió para la revista “Electronics” que el número de transistores por pulgada que contenía un circuito integrado se había doblado cada año desde que éste se inventó y que esa tendencia continuaría en el futuro previsible. Esta curva de crecimiento exponencial en la densidad de datos que podía manejar un circuito se ha ido efectivamente manteniendo durante décadas desde entonces. Tan buena fue su predicción que ese fenómeno tecnológico ha recibido el nombre de Ley de Moore, una regla que luego se invocaría para otros desarrollos en el terreno de la informática como la velocidad de computación y transmisión de datos o la capacidad de las redes.



La Ley de Moore acabó definiendo los esfuerzos tecnológicos de toda una era entre el último tercio del siglo XX y comienzos del XXI. En lo que fue un triunfo de la ilusión sobre la extrapolación científica fundada, toda la industria informática la consideró como un punto de referencia infalible y, claro está, los autores de CF hicieron lo mismo. Escritores y ensayistas como Raymond Kurzweil, Vernor Vinge o Bruce Sterling la utilizaron para lanzar hipótesis referentes a la singularidad tecnológica. Ésta consistiría en la creación de una inteligencia artificial y superior a la humana. Aunque normalmente es un concepto asociado a la inteligencia artificial, existen también otras tecnologías que podrían llevar al mismo resultado, como interfaces directas al cerebro o la ingeniería genética.

Fue precisamente el músico, informático, escritor e inventor Raymond Kurzweil quien, además de ser conocido por su extenso trabajo en esta área de la ciencia, creó un alter-ego virtual, una estrella del rock llamada Ramona, capaz de interpretar canciones y actuar en un entorno de realidad virtual. Este desarrollo fue precisamente el que inspiró la película que ahora me ocupa, “S1m0ne”.

El controvertido y muy personal director de cine Viktor Taransky (Al Pacino) ve descarrilar su gran proyecto, la película de arte y ensayo “Sunrise Sunset”, cuando su primera actriz, Nicola Anders (Wynona Ryder), abandona enfadada porque el coprotagonista tiene una
caravana más grande que la suya. La carrera cinematográfica de Viktor parece acabada pero entonces es abordado por uno de sus mayores fans, el genio de la informática Hank Aleno (Elias Koteas), quien le informa de que está aquejado de una enfermedad terminal pero que desea compartir con él una creación en la que ha trabajado. Considerándole un simple chiflado, Viktor no le hace caso pero cuando aquél muere, le hace llegar como parte de su testamento un programa de ordenador: un simulador informático de interpretación.

Entusiasmado y dispuesto a burlarse de todo el mundo mientras completa su “Sunrise Sunset”, Viktor crea una actriz virtual, Simone (de SIMulation ONe”, interpretada por Rachel Roberts), bella, sofisticada y carismática, a la que da vida el propio Taransky trasladando y filtrando con
el programa de Aleno sus propias palabras y gestualidad. No solamente la película causa una inmensa sensación sino que Simone se convierte en un fenómeno de masas de la noche a la mañana…aunque el público ignora que no existe en realidad y que sólo es un ser virtual. Viktor crea para los medios de comunicación la ficción de que Simone es de carácter tímido y celoso de su intimidad, justificando así que no aparezca públicamente o interactúe con sus compañeros de reparto (se supone que sus escenas las graba por separado y luego se integran en la película durante el montaje). Sin embargo, conforme la fama de Simone se diversifica a terrenos como la música pop o la publicidad e incluso llega a ganar un Oscar, Viktor empieza a sufrir una gran presión por parte del público y los medios para que la muestre en carne y hueso al mundo.

Cinco años antes de “S1m0ne”, el neocelandés Andrew Niccol hizo un impresionante debut en
el cine de CF con la excelente distopía “Gattaca” (1997), la cual escribió y dirigió. Posteriormente volvió a tocar el tema del control y la manipulación del individuo y las masas con su guión para “El Show de Truman” (1998), dirigido por Peter Weir, acerca de un hombre que poco a poco toma conciencia de que toda su vida es un gran fraude destinado a servir de entretenimiento televisivo. Ambos guiones demostraron que Niccol era un autor con buen ojo para el cine que no teme abordar temas y conceptos complejos. “S1m0ne” fue su segundo film como director.

En la película, Niccol presenta con tono satírico lo que podría haber sido el siguiente paso de Hollywood en su fascinación por los efectos especiales de acuerdo con la Ley de Moore: desde los simulacros de escenas de acción a los entornos imposibles para llegar a los personajes no humanoides. ¿Por qué no podía terminar esa progresión en un actor enteramente virtual? Al fin y al cabo era una idea que contaba con algún precedente en el Hollywood del momento: los anuncios de Pepsi habían “resucitado” a famosos del pasado para interpretar dúos con estrellas del presente; en 1999, el infame Jar Jar Binx de “La Amenaza Fantasma” había compartido un considerable metraje al lado de los protagonistas
humanos de la película; aquel mismo año 2002, “El Señor de los Anillos: Las Dos Torres” presentó a un impresionante Gollum generado por ordenador (a partir, eso sí, de la interpretación física de Andy Serkis); y no mucho después llegó “Polar Express” (2004), totalmente realizada por animación con captura de movimientos. Ya en el terreno del cine de CF, la idea de modelos/actrices virtuales aparecía ya en “Looker” (1981), dirigida por Michael Crichton, una cinta de la que “S1m0ne” bien podría considerarse una especie de remake en tono de comedia (un enfoque que era el que había pretendido Crichton originalmente para su cinta).

En este caso, el departamento de marketing llegó incluso a intentar que el público creyera que la actriz que interpretaba a “Simone”, la debutante Rachel Roberts, era en realidad una
creación virtual. El estudio mantuvo su identidad en secreto durante la producción y no la acreditó en el tráiler inicial para mantener la ilusión de que podría ser un personaje creado por ordenador. Yendo aún más lejos y tras ver el resultado de “Final Fantasy: La Fuerza Interior” (2001), película enteramente digital con una calidad realista espectacular, los productores de “S1m0ne” se plantearon seriamente crear una actriz totalmente virtual, pero al encontrarse con una fuerte oposición por parte del Sindicato de Actores, que temía la sustitución progresiva pero completa de actores reales por modelos informáticos, rebajaron sus ambiciones y se limitaron a resaltar digitalmente la belleza de Roberts.

A pesar de los interesantes temas que aborda, “S1m0ne” no termina de funcionar. Más allá de detalles simpáticos pero irrelevantes (como que en los nombres de los actores en los títulos de crédito las letras íes y oes se reemplacen por los binarios 1 y 0; o que aquí y allá algunos personajes se bauticen como elementos de hardware informático), su trama, personajes y tono no tienen la intensidad y carisma de sus anteriores “Gattaca” o “El Show de Truman”. Lo que encontramos aquí es más bien un enredo cómico construido a base de giros cada vez más implausibles que siguen a Al Pacino en sus progresivamente más apurados esfuerzos por ocultar su monumental engaño. Y el problema es que ese enredo se sustenta sobre una serie de premisas muy difíciles de asumir: que Taransky no sólo sería capaz de crear en solitario una película con una actriz virtual interactuando con personas de carne y hueso, sino que además lo hace sólo con un PC escondido en un estudio de rodaje; y, todavía más absurdo, que también consigue hacer que Simone intervenga en entrevistas televisivas en tiempo real e incluso celebre multitudinarios conciertos musicales utilizando hologramas, sin ayuda de ningún experto y sin que nadie se de cuenta del ardid. A diferencia de “Gattaca” o “El Show de Truman”, “S1m0ne” es una película que no puede considerarse ni remotamente realista, ni siquiera verosímil. La tecnología y las situaciones que plantea entran en el terreno de lo fantástico.

Es también un film en el que Niccol parece indeciso acerca de qué rumbo tomar: si convertirlo en una comedia o tomarse en serio la idea de la actriz virtual. El resultado es que “S1m0ne” no acaba siendo ninguna de ambas cosas. La dirección está tan cuidada como en “Gattaca”, con una impecable iluminación, colores pastel en tonos azules, verdes y amarillo sepia, cuidados decorados y atractivos planos de Taransky silueteado contra grandes ventanales
con vistas a la bahía que parecen inspirados por Michael Mann. Todo esto le da a la película un aire elegante, sofisticado, intelectual incluso. Pero en términos de comedia, esta aproximación visual no parece lo más adecuado. El humor requiere algo más alocado y chillón y menos calculado y tenue. Una escena como aquella en la que Taransky conduce por la autopista junto al coche de su exmujer Elaine (Catherine Keener) con un maniquí en el lugar del copiloto mientras él se esconde en el asiento de atrás y habla a través de un modulador de voz instalado en el teléfono del coche, es algo que pide a gritos un tratamiento más extravagante propio de la comedia mainstream. Es una escena en la que uno puede imaginar perfectamente al Jim Carrey más desatado –de hecho, el personaje de Taransky parece más adecuado para alguien con la vena de Danny DeVito.

Lo que tenemos, por tanto, es una cinta frenética pero no del todo divertida. En la última parte, Niccol ofrece algunas escenas verdaderamente cómicas en las que Taransky, hastiado y
desesperado por librarse de su creación, trata de arruinar la imagen pública de Simone: haciéndola participar en un film de arte y ensayo titulado “Yo soy una Cerda” o presentándola en televisión fumando, vestida como Courtney Love y lanzando todo tipo de burradas políticamente incorrectas. Pero esto llega demasiado tarde en la película. Con dos horas de metraje, “S1m0ne” es excesivamente larga (al menos, el remate evita el “happy ending”, optando por un final en el fondo muy amargo). Debería haber sido más corta, más compacta y más ligera en su tono cómico.

Aunque como comedia no consigue los resultados esperados, “S1m0ne” sí contiene el potencial para servir de sátira corrosiva del mundo de Hollywood, del divismo de los actores, la estupidez de los productores, la credulidad del público, la superficialidad de los medios de comunicación… Así, tenemos la escena de apertura, en la que vemos a Taransky con un cuenco de caramelos, separando los de color rojo de acuerdo a los extravagantes caprichos de su estrella principal (una exigencia inspirada en una real del grupo de rock Van Halen) y luego habiendo de soportar una bronca indignada de ésta por tener una caravana ligerísimamente más pequeña que la de su compañera de reparto. La secuencia termina con Taransky profiriendo un ácido discurso contra la indulgencia de los ejecutivos hacia las estupideces y divismos de los actores y añorando los días en que éstos se hallaban atados –y sometidos- por contrato a los estudios. Niccol propina una auténtica bofetada al desproporcionado ego de los grandes actores y la política de los estudios que los acogen.

El problema es que luego esa acidez se diluye hasta el punto de convertirse en casi la antítesis. En lugar de una comedia satírica, hay pasajes que funcionan como un himno a la adulación de
las estrellas, como si Niccol se hubiera visto irresistiblemente atraído por el glamour de las viejas glorias al estilo de Joan Crawford, Marilyn Monroe, Sofía Loren o Audrey Hepburn y quisiera rendirles un nostálgico homenaje sirviéndose de la virtual Simone. Sí, todavía hay pasajes irónicos y sarcásticos sobre la estupidez en la que puede derivar el culto a las estrellas cinematográficas o musicales, pero ya sin la fuerza y convicción de la mencionada escena inicial. Niccol pierde así la oportunidad de hacer de esta historia una crítica despiadada a Hollywood y sus falsedades, pasando la mayor parte del metraje enamorado de la belleza virtual que ha creado (Literalmente. Acabaría casándose con la bella exmodelo canadiense Roberts e incluyéndola en sus siguientes películas).

Una película, en fin, que desaprovechó su potencial y que no llegó a encontrar su auténtico
tono. No es un film terrible y, a pesar de su excesiva longitud, implausibilidad y algunas escenas en las que baja el ritmo y Taransky cae en la autocompasión y las meditaciones melancólicas, resulta moderadamente entretenida. Probablemente lo mejor sea abordarla como una fábula fantástica y utilizarla para debatir sobre cuestiones por otra parte muy profundas, como la creatividad, la responsabilidad del autor, el poder corruptor de la fama, el miedo al fracaso y las consecuencias de obtener el éxito, la manipulación y manipulabilidad de los medios de comunicación o la volatilidad de un público carente de espíritu crítico y su obsesión desesperada por proyectarse en ciertos famosos.


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