miércoles, 29 de enero de 2020

1965- DUNE – Frank Herbert (1)


La Ciencia Ficción norteamericana alcanzó un punto muerto a comienzos de los años sesenta del pasado siglo, y sólo una revuelta total consiguió sacarla del sopor: la Nueva Ola. Esta ruptura conceptual y estilística con la tradición, sin embargo, no tuvo su origen en la escena americana sino en la británica y ello aun cuando fue en aquélla donde los principales conflictos de la época (liberalización en las universidades, el movimiento de los derechos civiles, el feminista, la oposición a la Guerra de Vietnam o y las sucesivas oleadas culturales, por ejemplo) se produjeron con mayor violencia y crudeza.


Como las nuevas generaciones de jóvenes, las mentes más inquietas y rebeldes de la CF también tenían un Antiguo Régimen osificado contra el que revolverse: la revista “Astounding Science Fiction”, que había cambiado su nombre por el de “Analog” en 1960, dirigida por un cada vez más intolerante John W.Campbell, quien escribía editoriales tan escorados a la derecha que más parecían autoparodias. En 1970, cuando la oposición de los campus universitarios a la intervención norteamericana en Vietnam alcanzó su cénit y culminó con la muerte de cuatro estudiantes de la Kent State University bajo el fuego de la Guardia Nacional, Campbell escribió un editorial afirmando que el castigo era apropiado y que los alborotadores deberían esperar encontrarse con fuerza letal. La Guerra de Vietnam dividió también a la comunidad de autores de CF hasta el punto de que, en 1968, la revista “Galaxy” publicó dos manifiestos: uno firmado por escritores a favor del conflicto y otro por los que se oponían al mismo.

La contracultura llegó también a la CF, pero aquí el panorama se confunde un tanto. Las novelas de culto en los campus universitarios durante los sesenta fueron “Forastero en Tierra Extraña” (1961), de Robert Heinlein; “El Señor de los Anillos” (a través de una versión no autorizada por Tolkien publicada por Ace Books en 1965); y “Dune”, de Frank Herbert.

El libro de Heinlein introdujo la CF en el ámbito de la literatura generalista, siendo la primera obra del género publicada en tapa dura que llegó a las listas de más vendidos. Sin embargo, ofrecía una versión de la CF que exageraba los elementos de mesianismo, libertarismo y exploración retrógrada de la sexualidad que siempre había estado presente –aunque en menor grado- en la obra del autor. La fantasía de Tolkien fue interpretada como una alegoría anti-industrial que exaltaba las virtudes tradicionales, apelaba a la conciencia ecológica que empezaban a crear científicos como Rachel Carson o el médico e investigador Paul Ehrlich, y alimentaba el interés contracultural por la vida comunal y la política medioambiental.

“Dune” fue también recibida calurosamente en los mismos círculos. Al fin y al cabo, presentaba con –aparente- rigor un delicado equilibrio ecológico en un planeta desértico y un imperio galáctico que había decidido prescindir de los ordenadores y las máquinas complejas por miedo a que tomaran el control. La novela comenzó siendo un éxito sobre todo en las universidades. No es de extrañar. Al fin y al cabo, manipulaba con habilidad el arquetipo del adolescente labrándose un futuro por un mundo fascinante y triunfando gracias a una mezcla de valor, genialidad y poderes psíquicos y la ayuda de una
droga psicodélica que potenciaba los poderes de la mente. Ganar tanto los premios Nébula como Hugo le valió la atención de la literatura generalista y, poco a poco, se consolidó como una novela importante que era leída por todo tipo de público. Tanto es así que hoy sigue estando considerada como una de las mejores obras del género y se ha transformado en un fenómeno multimedia que ha trascendido la generación en cuyo seno nació.

Resulta llamativo que de los muchos nuevos escritores americanos que dejaron su huella en la CF de mediados de los sesenta, Herbert fuera uno de los pocos que no quedaron asimilados por el mencionado movimiento de la Nueva Ola, optando por producir historias más tradicionales que han soportado mucho mejor el paso del tiempo que las obras adscritas a aquella corriente. “Dune” es un producto intermedio entre una aventura épica, un romance planetario y una space opera, aunque la forma en que su autor adopta una estructura pseudomedieval para el Imperio galáctico, repleto de ducados y castillos, remite a épicas fantásticas anteriores. Sin embargo y más allá de la habilidad con la que supo mezclar elementos de diferentes subgéneros, lo que situó a “Dune” por encima de otras obras semejantes fue su ambición intelectual, su alcance y la meticulosidad y verosimilitud con que se describía el mundo en el que transcurría la acción principal.

Pero vayamos por partes.

Nacido y criado en la Costa Oeste de Estados Unidos, Frank Herbert escribió casi una treintena de novelas y más de 40 historias cortas pero su reputación descansa exclusivamente en una sola obra, “Dune”, un libro que sigue siendo más de medio siglo después de su publicación original uno de los títulos más influyentes y queridos de la CF literaria y pilar de una monumental saga multimedia.

Hubo pocos indicios en la carrera inicial de Herbert de que alguna vez llegaría a alcanzar semejante éxito. Llevaba vendiendo historias a revistas pulp desde mediados de los años cuarenta y publicó su primer cuento de CF en 1952. Pero esas colaboraciones para cabeceras como “Astounding” o “Amazing” no eran más que un complemento al grueso de sus ingresos, que obtenía ejerciendo de periodista. Su primera novela, “Bajo Presión” (serializada entre 1955 y 56 y publicada luego como libro bajo el título “El Dragón en el Mar”) es un tecnothriller eficaz pero no sobresaliente ambientado a bordo de un submarino nuclear en un futuro cercano. Tampoco este intento le supuso el suficiente prestigio como para dedicarse a escribir sólo ficción.

A finales de los años cincuenta, Herbert viajó a las Dunas de Oregón, una franja costera de 65
km que alberga el mayor número de esas formaciones en territorio estadounidense, para escribir un artículo sobre la práctica del Departamento de Agricultura de plantar hierbas para estabilizar la zona e impedir que las dunas se tragaran la tierra circundante. Aunque Herbert nunca completó el artículo (titulado “Detuvieron las Arenas Móviles”), sí quedó fascinado por la idea y reunió una importante cantidad de información sobre temas ecológicos además de despertar un interés que le acompañaría el resto de su vida en esa materia.

Tras mucha investigación al respecto, completó un boceto para una historia corta titulada “Planeta de la Especia”, pero abandonó el proyecto cuando éste siguió creciendo y creciendo. Finalmente, dividida en dos partes, la vendió a “Analog” (sucesora de “Astounding Science Fiction”) que las serializó entre diciembre de 1963 y mayo de 1964 –“Mundo de Dune”-; y entre enero y mayo de 1965 –“Profeta de Dune”-, acompañadas por evocadoras ilustraciones de John Schoenherr.

Sobre esa base, Herbert amplió el escrito hasta la novela que hoy conocemos como “Dune” y la
envió a más de veinte editoriales sin que ninguna la aceptara. El libro tenía un estilo literario sofisticado aunque accesible y respetaba la inteligencia de los lectores (algo que por entonces no se daba por sentado en una obra de CF), pero los editores la rechazaban argumentando que no comprendían lo que el autor quería allí contar. Por fin, Chilton Books, que quería entrar en el mercado de la ficción (se dedicaban sobre todo a manuales mecánicos para automóviles), la aceptó. Decir que fue una decisión acertada es quedarse corto habida cuenta del fenómeno en el que se ha convertido esta obra.

La dedicatoria que abre el libro recuerda que la historia hunde sus raíces en el mundo real: “A
la gente cuyo trabajo va más allá del campo de las ideas y penetra en la “realidad material”. A los ecólogos de las tierras áridas, dondequiera que estén, en cualquier época en la que trabajen, dedico esta tentativa de extrapolación con humildad y admiración”.

El decorado de fondo es el de un imperio galáctico que, en un futuro muy lejano, se mantiene gracias a una tecnología de viaje más rápido que la luz que necesita de una sustancia única, la llamada “especia” o “Melange”, cuyas reservas sólo han sido encontradas en un planeta, Arrakis, también conocido como Dune. La Melange se sintetiza gracias a la intervención de los Gusanos de Arena, gigantescos monstruos que, además, guardan celosamente los depósitos subterráneos de la misma, lo que hace de su extracción una actividad tremendamente peligrosa. La Melange es adictiva y no sólo permite a los navegantes de la Cofradía Espacial alcanzar el estado cognitivo preciso para encontrar las vías seguras por entre los pliegues espaciotemporales, sino que alarga la longevidad de quien la toma.

Por todo ello, Arrakis es un planeta estratégico en el funcionamiento del Imperio. La gestión de
sus recursos es una tarea inmensamente delicada y sometida a grandes presiones por parte de los diferentes jugadores de la política imperial. Pero también es un planeta desértico sin prácticamente agua en el que los humanos llevan una vida precaria, siempre al borde de la muerte. En este sentido, lo que quizá resulta más interesante de la novela es la detallada forma en que Herbert explica la ecología del planeta. “Dune” es un ejemplo perfecto de construcción de mundos, imaginativo y a una escala nunca antes vista en el género. A lo largo de la narración, los diferentes aspectos de Arrakis son descritos con absoluto realismo y coherencia, como si se tratara de un lugar auténtico y más peligroso e inhóspito que cualquier entorno que pueda encontrarse en la Tierra.

Los humanos nativos de Dune, conocidos como Fremen, viven perfectamente adaptados al
medioambiente hostil. Las duras condiciones les obligan a llevar una vida nómada y nocturna. Se organizan en tribus, cosechan la especia y reciclan mediante trajes especiales todos los fluidos corporales, desde el sudor al aliento pasando por la orina. Tan escasa es el agua en el planeta que aprovechan la que queda en los cadáveres. Además de la deshidratación, los principales peligros de Arrakis son las colosales tormentas de arena y los gusanos que acuden atraídos por el sonido.

Hasta la aparición de “Dune”, la ciencia ficción y en particular las space opera, se habían servido de los planetas como meros decorados, lugares que conquistar o por los que luchar, poblándolos de escenarios propios de la novela de aventuras en los que los personajes podían interaccionar. Herbert quiso darle a Arrakis un papel auténticamente protagonista, convertirlo en un lugar verosímil de un exotismo hostil al tiempo que cautivador.

Es imposible negar el poder de las imágenes y conceptos que el autor pone en juego en el planeta Arrakis, su medio ambiente, su fauna alienígena, su clima, sus formaciones rocosas y cavernas… son elementos inolvidables que a menudo le han ganado al escritor múltiples alabanzas por su capacidad para construir un mundo sólido y verosímil.
No obstante sus fascinantes ideas y escenarios, este aspecto del libro tiene sus fallos, como por ejemplo la ausencia de cualquier forma de oxigenar la atmósfera planetaria. Los desiertos de Dune funcionan mejor como metáfora y marco lo suficientemente vacío de los rasgos geográficos convencionales (el mapa del planeta es una página en blanco salpicada por líneas y puntos que delimitan accidentes geográficos aislados) como para desplegar sobre él una atractiva síntesis de Arabia y el Islam pasada por el tamiz de los convencionalismos occidentales.

Además de la descripción de un mundo, de un sistema de castas nobles y de un Imperio
galáctico, “Dune” es también y sobre todo la historia de Paul Atreides, el joven noble y heredero de su dinastía que llega junto a los miembros de su Casa a Arrakis para encargarse de gestionar la producción de melange. Sin embargo, los Harkonnen, enemigos acérrimos de su familia, conspiran para recuperar lo que había sido su feudo y, como parte de una intriga política más amplia que incluye al propio Emperador, atacan a los Atreides, asesinan o capturan a sus representantes más destacados y se hacen con el control del planeta y, con él, de la melange.

El objetivo inicial de Paul, un adolescente de 15 años, es tan solo el de sobrevivir, pero sus habilidades, carisma y coraje no tardan en ganarle el puesto de líder y mesías de los Fremen –que han vivido oprimidos bajo el yugo de los Harkonnen- bajo el nombre de Muad´Dib. No sólo eso. Siendo el resultado de un programa secreto de eugenesia llevado a cabo durante muchas generaciones por la Hermandad mística de las Bene Gesserit, Paul acaba transformándose en contacto con la especia en el Kwisatz Haderach, una suerte de superhombre con poderes proféticos.

Ya he dicho que “El Señor de los Anillos” apareció en Estados Unidos por las mismas fechas que “Dune” y ambas obras ofrecían una historia épica ambientada en un mundo imaginario meticulosamente construido que ofrecía no sólo escapismo sino también paralelismos con los problemas y preocupaciones que afrontamos en la realidad. La saga de Tolkien abordaba el tradicional conflicto entre el Bien y el Mal, especialmente en lo que se refiere al poder de la Tentación; y se centraba en un héroe de orígenes humildes que, cuando es necesario, sabe alcanzar talla heroica gracias a la nobleza de su espíritu, su perseverancia y la ayuda de sus amigos. En “Dune”, por el contrario, el héroe protagonista es de noble cuna, perdiéndolo todo menos la vida y adquiriendo a cambio una comprensión íntima de lo que es verdaderamente importante cuando la sed de venganza queda atemperada por su conexión con el mundo que ha descubierto y su deseo de preservarlo del saqueo de los corruptos y los codiciosos.

Ha habido quien ha visto en Paul Atreides un reflejo de T.E.Lawrence, “Lawrence de Arabia”, el agente británico que se hizo legendario luchando en el desierto junto a los árabes durante la Primera Guerra Mundial. Es posible que la autobiografía
de Lawrence –pomposamente titulada “Los Siete Pilares de la Sabiduría”, 1926- y las espectaculares vistas del desierto jordano que pudieron verse en la película que inspiró (“Lawrence de Arabia”, 1962) influenciaran a Herbert hasta cierto punto. Pero mientras que el auténtico Lawrence era un individuo egoísta que engañó a sus camaradas de armas y fabricó su propia leyenda, Paul Atreides es un auténtico líder, leal a sus hombres y al que le cuesta bastante tiempo sentirse seguro en el papel que aquéllos le han otorgado. 


(Finaliza en la siguiente entrada)

2 comentarios:

  1. "Matadero 5", de Kurt Vonnegut, también fue una de esas novelas que circularon en la contracultura antibelicista de los años 60. En "C" también hemos escrito, esta misma semana, sobre "Dune". ¡Qué casualidad!

    Dejo el enlace por si fuera de interés: http://www.ccyberdark.net/

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