jueves, 28 de junio de 2018

1944- TIEMPO LÍMITE – Cleve Cartmill


Como sucede con todos los ámbitos de la creatividad humana, la ciencia ficción también cuenta con su propio repertorio de anécdotas y capítulos curiosos…como es el que a continuación expongo.



Las guerras del futuro –incluyendo la nuclear- habían sido descritas por la ciencia ficción desde tiempos bastante tempranos. El propio H.G.Wells escribió dos novelas importantes en este ámbito como fueron “La Guerra en el Aire” (1908) y “La Liberación Mundial” (1914). Así, no es de extrañar que cuando el fantasma de la guerra empezó a planear otra vez sobre Europa a finales de los años treinta, muchos escritores empezaran a imaginar escenarios bélicos. Y, por supuesto, la principal revista del género, “Astounding Science Fiction”, se hizo eco de ese negro sentimiento.

Por ejemplo, en el número de octubre de 1939 apareció en sus páginas un cuento titulado “El Aniquilador de Judson”, en el que se afirmaba que “el cerebro de los científicos había construido el siglo XX; su moral lo hará pedazos”. La trama contaba cómo se evitaba una invasión aérea de Inglaterra transportando la flota enemiga a otra época mediante una máquina del tiempo. Pero éste no es un tópico cuento de malvados nazis contra nobles ingleses, porque cuando el británico protagonista llega al mundo del futuro descubre, como los aviadores alemanes que le habían precedido, que independientemente de quién resultara ganador en la guerra, el mundo había quedado reducido a escombros. El autor –que también era inglés-, John Beynon Harris explicó: “Me di
cuenta de que no había necesidad de utilizar el viejo tópico del científico loco, cuando los supuestamente cuerdos científicos ya son bastante eficientes en la tarea de destruir el mundo ante nuestros ojos”. Un breve artículo en aquel mismo número especulaba acerca de una central nuclear, apuntando que esa energía también podía emplearse para la guerra, liberando “un poder tan terrible que podrían destruirse ciudades enteras”.

Al entrar Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial a finales de 1941, John W.Campbell, editor de la legendaria cabecera, perdió a sus escritores estrella a favor del esfuerzo bélico. Heinlein, Asimov y L.Sprague de Camp fueron movilizados y enviados a centros de investigación militar. Así que el editor hubo de confiar el grueso de sus relatos sobre ingenios atómicos a escritores pulp de segunda fila. Y fue entonces cuando, inesperadamente, su revista cayó bajo el radar del departamento de contrainteligencia del FBI.

En 1943, uno de aquellos escritores, Cleve Cartmill, le propuso a Cambpell una historia sobre
una bomba imaginaria de enorme poder destructivo. Al editor le gustó la idea y, habiendo él mismo en su juventud estudiado Física en el Instituto Tecnológico de Massachussetts (MIT) antes de dedicarse de lleno a la literatura popular, pudo proporcionarle material sobre la fisión y el uranio 235. Así, en el número de marzo de 1944, aparecía en las páginas de “Astounding” el relato “Tiempo Límite” (traducción de “Deadline”), un cuento en verdad muy poco destacable sobre un agente secreto trabajando tras las líneas enemigas persiguiendo a un malvado científico que lanzaba frases horribles como “¡Mis caprichos son obedecidos como órdenes de hierro!”. El héroe recibe instrucciones para sabotear un proyecto basado en el isótopo de Uranio 235, “aislado en cantidad suficiente” para fabricar una bomba. El único problema consiste en controlar la reacción en cadena “incomparablemente violenta”.

“Dos hemisferios de hierro fundido, sujetos sobre segmentos anaranjados de aleación de cadmio. Y el fusible, veo que está dentro, es una pequeña lata de cadmio en un soporte de berilio y un
pequeño explosivo lo suficientemente potente como para romper las paredes de cadmio. Entonces, corrígeme si me equivoco, el óxido de uranio en polvo se introduce en la cavidad central. El radio dispara neutrones a esta masa, y el U-235 toma el control desde allí. ¿Es así?”

El caso es que quizá por una mezcla de suerte e intuición, Cartmill se aproximó bastante a la descripción de lo que efectivamente era una bomba atómica, el ingenio en el que el gobierno americano estaba enfrascado en el conocido como Proyecto Manhattan, en Los Álamos, Nuevo México. Los científicos adscritos al Proyecto leyeron el cuento y se quedaron sorprendidos de lo mucho que el autor se había acercado a lo que ellos estaban tratando de
lograr. De acuerdo con Edward Teller, entonces parte de aquel grupo de científicos de élite, sus desenfadadas conversaciones llamaron la atención de un agente de seguridad que tomó debida nota. Naturalmente y cumpliendo con su deber, algún militar pensó que esas similitudes podrían ser producto de una brecha de seguridad en el personal científico o militar. Era el tipo de material que entraba de lleno en las atribuciones de la Oficina de Censura en relación a la investigación atómica. El FBI, responsable de la contrainteligencia en territorio estadounidense, se puso manos a la obra e hizo una visita a las oficinas de la editorial.

A partir de aquí, las versiones difieren. Campbell, por supuesto, estuvo encantado de servir de blanco de las sospechas del gobierno. Aquello le dio argumentos para defender el valor predictivo de la CF (algo por otra parte muy cuestionable con la perspectiva que da el tiempo) frente a quienes la calificaban de mera fantasía, la calidad de su propia revista y su labor como editor de la misma. Con el paso de los años, fue engordando la historia cuya versión viene a ser que las autoridades quisieron obligarlo a no publicar más cuentos “atómicos” ante lo que él respondió que si de repente esas historias dejaban de aparecer en la revista, miles de lectores deducirían que tales investigaciones estaban en curso.

Recientes documentos han diluido un tanto la mitología que Campbell edificó alrededor de esta anécdota. Parece ser que el FBI sólo encontró vagas conexiones entre Campbell y los
Laboratorios Bell –además de investigar también a Heinlein y Asimov- , pero no encontraron pistas que les indujeran a creer que podía existir algún tipo de “topo” en el mismísimo Proyecto Manhattan que estuviera proporcionando a la revista información “sensible”. Así que, a pesar de la propuesta de un oficial de contrainteligencia de Oak Ridge para interceptar el correo de “Astounding” –lo que hubiera supuesto la muerte efectiva de la publicación-, al final Campbell fue considerado como una simple “amenaza” menor y todo se limitó a una mera advertencia. Lo que prudentemente no compartió el editor con los agentes del FBI fueron las sospechas que él mismo albergaba. Una parte relevante de las ventas de la revista se realizaban mediante suscripción, esto es, con envío de la misma al domicilio de los compradores. Cuando un número relevante de suscriptores comunicaron su cambio de dirección postal a la zona de Los Álamos, Campbell se imaginó que el gobierno americano tenía allí algún tipo de proyecto

En cualquier caso, los funcionarios entendieron que Cartmill no conocía la existencia del Proyecto Manhattan y que había imaginado su ficción tan solo extrapolando a partir de información científica disponible en el dominio público (además de que el cuento no incluía detalles demasiado específicos). Y es que es un error pensar que antes de Hiroshima todo el conocimiento sobre la energía atómica y la fisión nuclear era secreta, que nadie antes había dado con la idea de un arma nuclear. Esta creencia se ha generado por la continua repetición de lo secreto que era el Proyecto Manhattan. La realidad fue, como siempre, más complicada e interesante. La fisión nuclear se había descubierto en 1939; meses más tarde empezó a debatirse públicamente sobre las reacciones en cadena y a comienzos de los cuarenta la energía atómica era ya materia corriente tanto en los ensayos y artículos científicos como en los relatos de los autores de CF. Además de los ejemplos que he indicado más arriba de H.G.Wells, el propio John W.Campbell había publicado un artículo en 1941 en la revista “PIC” con el provocativo título “Es el Polvo de la Muerte el Arma Secreta de América?” y en el que se abordaba la guerra radioactiva.

Resulta curioso que algunos lectores no demostraran tanto entusiasmo por la plausibilidad
científica del cuento de Cartmill. Uno de ellos escribió una carta a la revista en la que lo calificaba como “fantasía mediocre”. Poco más de un año más tarde, el 6 de agosto de 1945, en una populosa ciudad de Japón llamada Hiroshima, lo que muchos hasta ese momento pensaban que no era más que una extravagante ficción se hizo trágica realidad. A partir de entonces, el optimismo que tantos escritores de ciencia ficción habían sentido acerca de las posibilidades de la energía atómica tanto en lo que se refiere a viajar al espacio como en la vida cotidiana en la Tierra, quedó equilibrado y luego ampliamente superado por el pesimismo de otros autores que la veían como el primer paso hacia el apocalipsis. La CF no tardaría en incluir en muchos de sus relatos la creciente industrialización de la ciencia, el ascenso del espionaje industrial, el celo paranoico con el que los gobiernos guardaban los nuevos descubrimientos o los laboratorios supersecretos.






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