miércoles, 29 de junio de 2011

1921-R.U.R. - Karel Capek


Durante siglos el hombre de ficción ha fabricado criaturas de lo más diverso, desde la estatua de Pigmalión al Golem pasando por Pinocho. Pero nunca había existido preocupación alguna por diferenciar entre seres mágicos o científicos. Sin embargo, con el auge de la ciencia y la tecnología, la fantasía se fue separando cada vez más del romance científico. Eran necesarios nombres nuevos para los hijos del nuevo género. Los seres mecánicos, con partes móviles y construidos por el hombre habían sido conocidos siempre como autómatas. Pero en 1921, un escritor checo dio al mundo una nueva palabra, robot, que fue inmediata y universalmente adoptada para designar una máquina electromecánica que puede ejecutar una determinada tarea, sola o siguiendo instrucciones. Y dicha palabra y la imagen que lo acompaña nacieron en una obra de CF: “R.U.R”.

Efectivamente, la reputación internacional de Karel Capek como escritor de CF descansa en esta obra de teatro que aquí comentamos, pero también en “La Fábrica del Absoluto” (1922), “Krakatit” (1924) y “La Guerra de las Salamandras” (1936). No obstante, sus intereses fueron mucho más amplios y su fama de mejor escritor checo de su generación se apoya en una bibliografía que abarca desde el drama alegórico “De la vida de los insectos” (1921) hasta la trilogía de novelas filosóficas “Hordubal” (1933), “Meteor” (1934) y “Una Vida Ordinaria” (1934), pasando por su peculiar ficción policiaca recogida en “Cuentos de Dos Bolsillos” (1929), el ensayo biográfico “El presidente Masaryk cuenta su historia” (1934) o una extensa lista de ensayos periodísticos todavía sin traducir y recopilar.

Con todo, su nombre aparece en las enciclopedias de CF por una sola razón: ser la persona que acuñó la palabra “robot”. Y ello ocurrió en esta obra. R.U.R. (Rosumovi Umelí Roboti) (Robots Artificiales Rossum), traducido a menudo como “Robots Universales Rossum” para conservar el acrónimo del título, es un drama teatral que tiene lugar en una fábrica situada en una isla del Pacífico Sur y que manufactura humanoides sintéticos. Fue el hermano de Karel, Joseph, quien sugirió la palabra "robot" (robota es el término checo para "trabajador” o “siervo”) para designar a las criaturas fabricadas por Rossum, aunque no se tratara de seres metálicos, sino de carne humana, una especie de androides creados a partir de un caldo orgánico quizá más parecido a lo que hoy llamaríamos clones. Por su parte, el nombre de la compañía, "Rossum" es también un juego de palabras con el término checo "rozum", que significa "razón" o "intelecto". Así, Rossum "intelecto" fabrica robots, “obreros-esclavos”, una relación binaria equivalente a mente/cuerpo o amo/sirviente

Los robots se fabrican para liberar a la humanidad de la esclavitud del trabajo manual, pero se han acabado convirtiendo ellos mismos en una clase oprimida. La obra comienza con la idealista Helena Glory presionando al director de la fábrica, Harry Domin, para que libere a los robots. Éste cree que no tienen alma, aunque la obra nunca pone en duda la chispa de humanidad que anida en ellos, por mucho que sean seres (o "máquinas") de carácter huraño y reservado. Su rebelión contra la esclavitud es inevitable: arrasan el escenario, matando a todos los humanos de la Tierra excepto a Alquist, el único humano que todavía trabajaba con sus manos y que se oponía a lo que en la fábrica se estaba haciendo.

Pero sin la ayuda de los hombres, los robots no pueden reproducirse. La obra termina con una esperanzadora nota de carácter religioso: dos robots modificados, Primus y Helena, rebautizados por un envejecido Alquist como Adán y Eva, son enviados al mundo exterior para reproducirse sin el estigma del pecado original y con un nuevo sentimiento creciendo en ellos: el amor.

Obviamente, Capek estaba mucho menos interesado en describir y profundizar en el concepto de
hombres mecánicos que en el de trabajadores deshumanizados, interés que no sólo aparece en “R.U.R”, sino en toda su carrera, desde “Sistema” (1908) hasta “La guerra de las salamandras”. En “Sistema”, un burgués fumador de puros presume de que ha resuelto el problema de las revueltas proletarias seleccionando a sus trabajadores de entre los más pobres, los peor educados y los incompetentes mentales –en resumen, lo más bajo de la estructura social- para luego despojarles de cualquier estímulo y, de esta manera, sofocar sus ideas y deseos; el resultado, tal como el individuo lo describe, son trabajadores tan fiables como una máquina. Y, aunque los trabajadores de “La guerra de las salamandras” son una especie de salamandras inteligentes, representan al comienzo del libro una raza de nativos explotados, para acabar convertidas en una superorganización proletaria a la que sistemáticamente se le ha negado la entrada en la sociedad para la que trabajan. Tanto “R.U.R.” como las obras arriba reseñadas son historias sobre la división de clases más que sobre humanos artificiales. En los tres casos, el desenlace es el mismo: los trabajadores se alzan contra sus amos y –de formas distintas- consiguen la dignidad y la autoestima que se les había negado.

Los robots de Kapec son una visión pesadillesca del proletariado visto a través de los ojos de la clase media en un momento histórico en el que la revolución bolchevique triunfaba en Rusia. Siendo la mano de obra más barata posible, Capek subraya que los productos de la corporación Rossum son más eficientes, más baratos y menos problemáticos que los obreros humanos al habérseles privado de emoción y alma. Permiten a las clases privilegiadas disfrutar de un estilo de vida magnífico hasta que los esclavos se rebelan. Las simpatías de Capek oscilan entre la indignación por la explotación a la que son sometidos los robots en nombre de los beneficios de los accionistas o el prestigio personal de su creador, y el miedo al día del apocalipsis en el que la clase media será arrollada por aquellos a los que aplasta. El artificio de sustituir a los trabajadores humanos por robots artificiales le permitió a Capek hacer una alegoría moral sobre un sistema industrial que trataba a la gente como si fueran máquinas, sembrando de este modo la semilla de la violencia y el caos.

Se habían escrito ya muchas novelas en las que se afirmaba que la clase trabajadora era gente “como nosotros”: Emile Zola en “Germinal”, George Bernard Shaw en “Pigmalion”, John Steinbeck en “Las uvas de la ira”… Lo que diferencia a “R.U.R” del resto, es que se permite sugerir el horror –material y ético- que supondría insistir en un sistema que acabará poniendo a las clases menos preparadas al frente de la sociedad.

Pero hay otras lecturas, normalmente vinculadas al momento histórico en que se reinterpretó la obra. En los años veinte “R.U.R” se contempló como una recreación de las revueltas bolcheviques; en los años treinta y cuarenta, como un aviso sobre el fascismo. Y siempre ha sido una moraleja sobre los peligros de jugar con una tecnología sobre la que no se tiene un adecuado control –científico y ético- y de crear una raza inferior de esclavos. Al final, se trata no de la moral con que imbuimos a nuestras creaciones, sino de la moral con que nos dotamos nosotros mismos.

Tanto si nos centramos en toda la carrera de Capek como si lo hacemos únicamente en su CF, podemos afirmar que fue “R.U.R.” lo que le dio su reputación internacional. Tras una primera producción estrenada en el Teatro Nacional de Praga en enero de 1921, la obra fue rápidamente traducida a varias lenguas y se convirtió en un éxito en Nueva York (1922) y Londres (1923), en donde G.K.Chesterton y George Bernard Shaw participaron en un debate público acerca de su significado y relevancia.

El propio Capek –al que nunca gustó la puesta en escena de su libreto- subrayó que los
comentaristas y críticos parecían obsesionados con los robots a expensas de los humanos. Una parte importante del éxito cosechado por la obra se debió al espectáculo que sobre el escenario suponían una serie de individuos interpretando a robots uniformados, sin expresión, con grandes números en sus pechos, desfilando al paso para anunciar, al final del segundo acto, el final de la Edad del Hombre y el comienzo de la Edad de las Máquinas. Aquella declaración era, de alguna forma, un símbolo de los cambios que tenían lugar en la sociedad contemporánea y entre los que la Primera Guerra Mundial y la línea de montaje en cadena inventada por Henry Ford no eran los menores.

El atractivo concepto del robot se sobrepuso al drama propiamente dicho, del mismo modo que el apocalipsis del acto central tendía a oscurecer tanto el tono cómico de la apertura, en la que los cinco directores de la Corporación Rossum se enamoraban en el acto y simultáneamente de la encantadora Helena Glory, como el hermoso final, donde el último hombre vivo sobre la Tierra contempla el despertar en los robots del sentimiento de amor.

Hoy, cualquier aficionado mediano a la CF, conoce “Terminator”, “Matrix”, “Blade Runner” o “Galáctica” (serie esta última en la que, siguiendo de cerca los pasos de R.U.R. cuenta la historia de robots esclavos que se levantan contra los humanos y los exterminan, pero que son incapaces de reproducirse entre ellos). Pues bien, la idea subyacente en todas esas obras –la revuelta de los robots, de las máquinas, contra el hombre- y en muchas, muchísimas más, tiene su origen en “R.U.R”. Y esto es, en definitiva, lo que lo convierte en un clásico del género: no sólo ha conservado para el lector de hoy su energía y su ingenio, sino que su actualidad es patente: cuando algún día consigamos crear una verdadera inteligencia artificial, ¿la consideraremos nuestra esclava o nuestro igual?

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