La primera década del siglo XX fue la época en la que el cine maduró, pasando de ser una simple novedad para el entretenimiento de masas a un medio narrativo de pleno derecho.
Tras la
invención de los visores de mirilla (1892) y las primeras proyecciones
públicas
(1895), el interés por las imágenes en movimiento disminuyó paulatinamente. Las
películas pasaron a ser una atracción secundaria y la mayoría de la gente no
las consideraba ya útiles para mucho más. Incluso los pioneros hermanos Lumière
abandonaron el negocio en 1905. Durante la guerra greco-turca y la
hispano-estadounidense, los noticiarios se convirtieron en la salvación de los
exhibidores de cine, pero la falta de verdaderas agencias de noticias
dificultaba a los productores de cine la obtención, a diario, de imágenes
interesantes en tiempos de paz. Además, al no contar con sonido, costaba más conectar
con el público.
Sin embargo,
hubo quienes creyeron en el poder artístico y narrativo del cine. Los
proyeccionistas, cuyo trabajo consistía en editar los breves fragmentos que les
entregaban, eran conscientes de que la forma en que se montaban las bobinas
podía tener un gran impacto en la percepción de las películas por parte del
público. Estos primeros montadores fueron quienes, a menudo, intentaban crear
arcos dramáticos,
yuxtaposiciones e incluso historias coherentes usando el
material disponible, y se dieron cuenta de que, si podían controlar tanto el
proceso de filmación como el de edición, podrían llevar a la pantalla historias
más largas y elaboradas.
Al mismo
tiempo, el cine de ficción comenzaba a abrirse camino, especialmente en
Francia, con pioneros como Alice Guy Blaché, Ferdinand Zecca y, sobre todo,
Georges Méliès, quien trabajaba como cineasta y exhibidor en su Teatro
Robert-Houdin. Fue uno de los primeros en crear una película con varias
escenas, con el estreno de “Cenicienta” en 1899, que obtuvo reconocimiento
internacional. Ésta, junto con otras películas como “Juana de Arco” (1900) y “Barba
Azul” (1901), inspiró a varios cineastas d
e todo el mundo para crear películas
narrativas similares. El hito definitivo fue la legendaria epopeya de 12
minutos de Méliès, “Viaje a la Luna” (1902), basada libremente en las obras de
Julio Verne y H.G. Wells y que se convertiría en su película más exitosa y
conocida de su carrera. La cinta se filmó en sus estudios Star Film, a las
afueras de París, con decorados y escenografía cuidadosamente pintados,
elementos móviles y toda la pompa y solemnidad propias de las populares obras de
fantasía de la tradición teatral francesa. A esto se sumaron los innovadores
efectos visuales que diseñó el propio Méliès y que incluían técnicas de
animación por fotogramas, perspectiva forzada, dobles exposiciones o
transiciones.
El enorme
éxito de la película inspiró a Méliès a retomar en varias ocasiones los Viajes
Extraordin
arios de Julio Verne, y sus películas sentaron las bases de la
ciencia ficción cinematográfica, antes incluso de que se acuñara el término. Si
bien Méliès se inspiró en su famoso compatriota novelista, fallecido en 1905,
su concepción de la ciencia ficción seguía arraigada en la literatura
protocientífica. Retrataba sus viajes fantásticos no como una posibilidad
alcanzable, como Verne, sino como cuentos de hadas. Así, podría decirse que sus
películas aún conservaban la tradición de la “Historia Verdadera” de Luciano de
Samosata, de alrededor del año 200 a. C. Su representación, a la vez caprichosa
y satírica, de la vida en la Luna, en los cielos y bajo el mar, guarda mayor
relación con escritores de los siglos XVI y XVII como Cyrano de Bergerac,
Francis Godwin y Jonathan Swift que con sus contemporáneos Julio Verne y H.G.
Wells. La atmósfera onírica que él y otros cineastas, como Gaston Velle y Edwin
S. Porter, utilizaban para representar encuentros con entidades sobrenaturales
y alienígenas, remite al “Somnium” (1608) de Johannes Kepler. En este sentido,
la mayor parte de la ciencia ficción cinematográfica de principios del siglo XX
seguía anclada en nociones del XVII porque surgieron de la tradición de los
cuentos de hadas.
Méliès
realizó sus películas para su propia compañía independiente, Star
Film, y sus
rivales franceses, en particular el gigante Pathé, intentaron replicar su éxito
con sus propias cintas fantásticas y de ciencia ficción. Bajo la dirección de
Ferdinand Zecca, directores como Gaston Velle y el catalán Segundo de Chomón se
unieron a Pathé para emular las películas de Méliès con cierto éxito aunque
nunca dejaron de ser meras imitaciones. Sin embargo, fue cuando Segundo de
Chomón se liberó de las ataduras de la imitación que demostró estar a la altura
de Georges Méliès en locura creativa y destreza técnica. Tanto Velle como Chomón
tenían tendencias surrealistas que trasladaban a sus febriles y abstractas
películas, repletas de los colores característicos de Pathé, efectos especiales
y decorados de gran belleza.
Pero Chomón
también traspasó los límites de los trucos técnicos que Méliès había establecido,
especialm
ente en lo que respecta a la animación stop-motion y la pixilación (técnica
de animación de stop-motion en la que se utilizan personas reales como si
fueran muñecos o marionetas), tal y como se aprecia en “El Hotel Eléctrico”
(1908), así como en el uso de pantallas y fondos negros, como cuando adaptó la
novela de H.G. Wells, “El Hombre Invisible”, en su película de 1909, “El Ladrón
Invisible”. Chomón fue, además, uno de los pocos que se atrevió a abordar temas
de ciencia ficción moderna, en lugar de los tópicos de los cuentos clásicos de
hadas. Si bien su impacto no fue tan grande como el de Méliès, ya es hora de
que se le reconozca como un importante pionero con una voz distintiva y única
dentro de la ciencia ficción en vez de reducirlo a "el Georges Méliès
español", como suele ocurrir.
Otro
cineasta inspirado por Méliès y que, probablemente, también inspiró a éste de
forma recíproca, fue Walter R. Booth, quien trabajó a menudo junto al innovador
Robert W. Paul. Booth representó para Gran Bretaña lo que Méliès
para Francia.
Le interesaban los carruajes de caballos, los automóviles, los dirigibles, la
electricidad y todo lo nuevo y moderno, a menudo incorporándolo en sus películas.
Booth era un buen cineasta de efectos especiales, pero quizás su interés se
debía más a su sed personal de velocidad y predilección por los personajes
temerarios y audaces. Poseía un humor macabro y retorcido, como se aprecia en
"Un Bebé Sobreincubado" (1901), y le encantaba que sus personajes
fueran atropellados por cualquier cosa en movimiento, como en "El
motorista" (1906). Booth salpicó toda la década con películas de ciencia
ficción y culminó con una trilogía aérea a principios de la década siguiente.
Otros pocos
cineastas hicieron sus propias incursiones en la ciencia ficción, como el neozelandés
Franklyn Barrett
, quien realizó la primera película sobre una visita de Marte a
nuestro mundo (“Un Mensaje de Marte”, 1903), o Edwin S. Porter. Este último fue
uno de los proyeccionistas antes mencionados que comenzaron a realizar sus
propias películas y pronto comprendieron el poder del montaje. Porter no solo
fue uno de los pioneros del cine de trucos y efectos especiales en el Reino
Unido, junto con figuras como J. Stuart Blackton y William K-L Dickson, sino
que también uno de los pioneros del cine narrativo y, junto con Wallace
McCutcheon, prácticamente estableció el modelo del western moderno.
Aunque
Porter no fue una figura importante para el cine de ciencia ficción en sí,
su
popularización de la narrativa de múltiples escenas con “Asalto y Robo al Tren”
(1903) tuvo un enorme impacto en el cine en general, al igual que su estilo de
rodaje realista y, sobre todo, su montaje. Si bien directores como el británico
James Williamson y Georges Méliès ya habían experimentado con el montaje
superpuesto -es decir, mostrar el mismo momento dos veces desde diferentes
ángulos-, Porter fue el primero en “rebobinar” una escena completa para mostrar
qué les sucedía a los personajes que habían quedado “abandonados” cuando la
historia se dividía en varias tramas. Aunque esta técnica habría resultado poco
intuitiva para la mayoría de los cineastas, Porter confiaba en que los
espectadores se darían cuenta de que la narración retrocedía en el tiempo hasta
un punto anterior, acompañando a diferentes personajes al siguiente lugar y
momento. Este fue, más o menos, el comienzo del lenguaje cinematográfico
moderno, un lenguaje que evolucionaría a tal velocidad en los años venideros
que ni siquiera el propio Porter podría seguirle el ritmo.
“Asalto y
Robo al Tren” duraba solo 14 minutos, aproximadamente la misma duración que las
película
s que Georges Méliès realizaba en 1903. Pero otros cineastas
experimentaban con películas aún más largas. En Francia, Ferdinand Zecca y
Lucien Nonguet realizaron un film de 44 minutos, “La Vida y la Pasión de Jesucristo”
(1903), mientras que Siegmund Lubin rodó una versión estadounidense titulada “La
Pasión de Cristo”, de casi una hora de duración. Ambas películas se estrenaron
en 1903 y podrían considerarse los primeros largometrajes, aunque en realidad
se plantearon como una serie de breves cuadros, cada uno con una historia
bíblica distinta y decorados individuales, editados juntos para formar una
película más larga. En cuanto al estilo, seguían el modelo teatral popularizado
por Méliès, rodándose en gran parte en estudio con decorados pintados y
utilería plana bidimensional que ni siquiera pretendía parecer real.
Pero el
cambio estaba a la vuelta de la esquina. En Australia, la primera pelí
cula que
podríamos calificar como tal, “The Story of the Kelly Gang”, se estrenó en
1906. Si bien no es exactamente una obra maestra del cine, destaca por ser la
primera en durar más de una hora y no seguir la tradición de los cuadros
escénicos, sustituyéndolos en gran medida por fotografía realista al aire
libre.
Italia
comenzó a popularizar producciones cada vez más largas y filmadas de forma
realista, como las adaptaciones de Shakespeare de Mario Caserini, comenzando
con “Otelo” en 1906. Uno de los puntos de inflexión llegó con “Los Últimos Días
de Pompeya” (1908) de Arturo Ambrosio. Aunque aún conservaba algo del estilo
teatral, este film de 16 minutos de duración, adopta un tono mucho más serio y
se esfuerza por retratar la caída
de la famosa ciudad romana de la manera más
realista posible. Fue un gran éxito que originó una oleada de epopeyas
históricas italianas y películas de romanos, que culminaron con “Quo Vadis”
(1913) y “Cabiria” (1914), las cuales consolidaron, por fin, el formato de largometraje,
transformando así por completo la industria cinematográfica. Esta transición fue
tan revolucionaria como la adopción del cine sonoro quince años después, y puso
fin a las carreras de la mayoría de los pioneros del cine, incluidos Méliès,
Porter, Velle y Booth (Chomón sobrevivió y continuó como director de fotografía
y creador de efectos especiales).
Si bien la
mayoría de las primeras películas de ciencia ficción tenían un aire de cuento
de hadas y no se inspiraban en fuentes literarias contemporáneas, la
realidad
de los primeros años del siglo XX sí se filtró en ellas. El arranque del siglo
pasado fue una época de enorme optimismo tecnológico. No solo por la innovación
del cine, sino por la popularización del automóvil, el nacimiento de la
aviación y el inicio de la electrificación de la sociedad. Coches, trenes,
cohetes lunares, submarinos y dirigibles dominaban las películas de ciencia
ficción (curiosamente, no había aviones, a pesar de la hazaña de los hermanos
Wright en 1903). Muchos cineastas exploraron las maravillas de la electricidad
y utilizaron la técnica de cámara lenta para mostrar personajes electrificados
que se desplazaban por la pantalla. Los primeros electrodomésticos llegaron al
mercado durante esta década, como, entre otros muchos, la plancha eléctrica, la
aspiradora o la tostadora; al mismo tiempo que se instalaba tendido eléctrico en
espacios públicos, fábricas e incluso hogares particulares.
Fue también
una época de relativa paz y optimismo generalizado respecto al futuro. Tanto la
Segunda Guerra de los Bóers como la Guerra Hispano-Filipina terminaron en 1902,
y la guerra ruso-japonesa d
e 1904-1905 no preocupó, en general, a europeos y
estadounidenses. Sin embargo, sí se palpaba un malestar social a medida que el
movimiento obrero, el socialismo incipiente y el anarquismo cobraban fuerza,
junto con el movimiento sufragista, algo que se puede apreciar en las películas
de la época. Muchas de ellas narraban las peripecias de vagabundos y personajes
de la clase trabajadora, y no pocos cineastas, especialmente en Europa, apuntaron
sus sátiras hacia la clase alta y el establishment (lo cual no quitaba que los
agitadores socialistas y las sufragistas no recibieran su parte de críticas).
Hacia
finales de la década, el creciente desasosiego social y la profunda división de
clases dieron lugar a algunas películas de tono más sombrío, como “La Guerra
Aérea del Futuro” (1909), de Walter R. Booth. Pero también la industria cine
matográfica generó sus propios
problemas entre 1907 y 1909, cuando se adoptó un sistema mucho más rígido de
control de derechos de autor, aumentó la rivalidad territorial y se
endurecieron las regulaciones. Empresas como Edison en Estados Unidos y Pathé
en Europa terminaron controlando gran parte de la producción y distribución de
películas. Las compañías independientes estadounidenses se vieron especialmente
afectadas cuando Edison y otras empresas formaron un consorcio con el objetivo
de contrarrestar el dominio del cine francés en el mercado estadounidense (en
1907, las películas francesas representaban el 60% de todas las proyectadas en
cines de Estados Unidos). Pero el monopolio de Edison no solo afectó a los
actores extranjeros en Estados Unidos, sino también a los cineastas pequeños e
independientes, muchos de los cuales abandonaron la esfera de influencia de
Edison en la costa este y se trasladaron al oeste, dando así origen a
Hollywood.
En 1909 se
establecieron estándares internacionales para un nuevo sistema en el que los
dis
tribuidores compraban las películas según su duración. Esto se debía, en
parte, a que los nickelodeones y los cines recién inaugurados querían renovar
su cartelera casi a diario, ya que el público deseaba ver películas y
noticiarios con regularidad. Si bien el problema no era tan grave en Europa,
seguía existiendo una demanda de cintas más largas y en mayor cantidad.
Directores como Méliès, que dirigían una pequeña compañía independiente pero
aun así producían las películas más caras de la industria, estaban condenados
al fracaso. El fordismo irrumpió en la industria cinematográfica, y ahora se
esperaba que las productoras rodaran varias películas por semana, a menudo sin
prestar mucha atención a la calidad. Y cuanto más largas, mejor… hasta cierto
punto, claro, porque el consorcio cinematográfico estadounidense seguía sin
permitir los largometrajes, ya que los consideraban demasiado costosos de
producir y no esperaban que fueran del agrado del público, para gran disgusto
de jóvenes directores como Cecil B. DeMille y D.W. Griffith.
En la década
siguiente el panorama volvería a cambiar, en gran parte gracias a los
mencionados precursores italianos. Y con la ruptura del mono
polio de Edison en
1913 y el comienzo de la Primera Guerra Mundial, ni el mundo ni el cine
volverían a ser los mismos. En cierto modo, finalizó una era del cine cuando
Georges Méliès estrenó su primer y único intento serio de epopeya histórica en
1908, “La civilisation à travers les âges” (“La Humanidad a través de los Tiempos”).
Si bien el cine al estilo de cuento de hadas mantuvo cierta vigencia hasta
alrededor de 1911 o 1912, se puede decir que la época de los grandes pioneros
prácticamente llegó a su fin con la década de 1910, cuando tomaron el relevo
nuevos héroes y villanos.

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