En la Ciencia Ficción, los viajes en el Tiempo suelen ir asociados a algún artilugio icónico. Desde el clásico trineo victoriano de H.G. Wells en “La Máquina del Tiempo” (1895) hasta el legendario DeLorean de “Regreso al Futuro” (1985) o la icónica cabina telefónica de “Doctor Who” (1963-), el género nos ha acostumbrado a que el desplazamiento temporal requiera siempre de un artefacto.
Sin embargo, “Time Trap” rompe por completo con esta
convención por
que en su historia no hay máquinas sofisticadas ni inventos
extravagantes; el motor del viaje es una anomalía espaciotemporal oculta en las
profundidades de un misterioso sistema de cuevas. Este enfoque no es solo un
cambio estético, sino un recurso narrativo porque, al prescindir de un vehículo,
los protagonistas quedan atrapados sin ser conscientes de la distorsión
temporal que sufren. De este modo, el descubrimiento de la anomalía se
convierte en un suspense compartido con el espectador, intensificando el factor
sorpresa desde el primer momento.
La trama comienza cuando un arqueólogo, el profesor Hopper
(Andrew Wilson) está exp
lorando una apartada zona rural de Texas en un intento
de descubrir lo que les ocurrió a una pareja de hippies que desaparecieron en
los años 60 mientras buscaban la Fuente de la Juventud. Puede resultar una
premisa de partida un tanto extraña, hasta que se descubre la conexión personal
que tiene el científico con ellos. Tras introducirse en una cueva semioculta en
el suelo, él también desaparece.
Cuando se enteran de que su profesor se ha ido de excursión
sin ellos, d
os de sus estudiantes de doctorado, Taylor (Reiley McClendon) y
Jackie (Brianne Howey), deciden cargar una camioneta con equipo de espeleología
y emprender una búsqueda independiente en la misma zona. Por una serie de
circunstancias, se ven obligados a llevar consigo a la amiga de Taylor, Cara
(Cassidy Gifford), y dos preadolescentes: Veeves (Olivia Draguicevich) y su irritante
amigo Furby (Max Wright).
(ATENCIÓN: SPOILERS) Cuando el grupo descubre los restos de
una furgoneta oxidada, que claramente pertenecía a los hippies desaparecidos,
siguen una cuerda atada a ella que los conduce hasta una cueva en unos riscos
cercanos. Dejando a Furby atrás con un walkie-talkie -no queda claro qué
esperaban que hiciera el niño si las cosas se ponían feas-, el resto baja al
sistema de cavernas, donde enseguida se topan con problemas cuando las cuerdas
que usan para descender se rompen repentina e inexplicablemente, como si algo o
alguien las hubiera cortado. Los dos especialistas en espeleología, Taylor y
Jackie, se han lesionado y la situación empeora todavía más cuando al cabo de
unos minutos encuentran el cuerpo destrozado del pobre Furby en el fondo de un
pozo rocoso.
Es el descubrimiento de la cámara portátil de su fallecido
compañero lo que empieza a proporcionarles pistas sobre la naturaleza de la
cueva, porque, aunque parece que el grupo solo ha pasado unos treinta minutos en
las cuevas, las imágenes que grabó Furby muestran que llevaba días en el
exterior esperando su regreso. Es Taylor quien finalmente comprende el
problema: la luz que parpadea en la parte superior del pozo de la cueva es la
rápida sucesión del amanecer y el ocaso. Esto significa que el tiempo dentro de
la cueva transcurre mucho más lentamente que fuera de ella. Cuando Cara se
juega la vida ascendiendo sin ayuda por el pozo con la esperanza de pedir
ayuda, descubre que los bosques que habían dejado atrás hacía poco han
desaparecido, reemplazados por un arrasado paisaje postapocalíptico.
Existe la ilusión en la industria cinematográfica actual
que asocia el impacto visual y conceptual con la cuantía del presupuesto
invertido. Sin embargo, de tanto en tanto, surge una obra modesta que cuestiona
este falso dogma. Dirigida por Mark Dennis (que también es el guionista) y Ben
Foster y estrenada inicialmente en el Festival Internacional de Cine de Seattle
de 2017, “Time Trap” es el claro ejemplo de cómo una idea intrigante puede
llevarse a la pantalla con recursos limitados, siendo una película que
inicialmente parece mucho más sencilla de lo que resulta siendo al final.
La trama arranca con una premisa clásica y reconocible que
evoca inmediatamente las aventuras juveniles ochenteras al estilo de “Los
Goonies” (1985), una referencia que los propios personajes mencionan de forma
metanarrativa. No obstante, esta atmósfera de comedia adolescente se disuelve
rápidamente para mutar en algo mucho más oscuro y claustrofóbico. Al descender
a las profundidades, el tono recuerda a “The Descent” (2005), pero con un
perturbador giro apoyado en tropos de la CF. El aislamiento, la oscuridad y la
evidente presencia de otros seres en los corredores, van construyendo una
tensión creciente.
La utilización del Tiempo como mecanismo de suspense
constituye, probablemente, la idea más eficaz de la película. Nada tiene que
ver esta propuesta con la de, por ejemplo, “Regreso al Futuro”: mientras que la
cinta ochentera las reglas temporales generan situaciones cómicas, paradojas y
conflictos personales, en “Time Trap”, dan lugar a desorientación, aislamiento
y terror. El reloj deja de ser un instrumento para medir la aventura y pasa a
convertirse en uno de los antagonistas. Y es aquí donde la película encuentra
su verdadera personalidad. En lugar de utilizar los viajes temporales como un
mecanismo destinado fundamentalmente a construir paradojas, “Time Trap” los
convierte en una amenaza física. La película no está interesada en la clásica
paradoja del abuelo ni en construir una compleja explicación matemática sobre
las consecuencias de modificar el pasado. Su pregunta fundamental es mucho más
inmediata: ¿qué ocurre cuando el tiempo deja de comportarse de la manera que
damos por sentada?
La diferencia es importante. En “Time Trap”, haciendo honor
a su título, el Tiempo no es un rompecabezas intelectual sino, literalmente, una
trampa. Cada minuto que los protagonistas pasan en las cavernas puede equivaler
a períodos mucho mayores en el exterior. Por ello, el suspense no procede
únicamente de los peligros que encuentran dentro de la cueva, sino de la
conciencia creciente de que el mundo que conocen puede estar desapareciendo
mientras ellos permanecen allí. ¿Qué hacer después de descubrir que han pasado
milenios mientras uno esta atrapado en una cueva? ¿Podría la leyenda de la
Fuente de la Juventud basarse en el desplazamiento temporal? ¿Serán amigables
los otros incautos que, como ellos, han quedado retenidos en esas cavernas,
tanto del pasado remoto como del futuro lejano?
Y es que esta anomalía espaciotemporal vinculada a la
gravedad y a una supuesta reinterpretación de la legendaria Fuente de la Juventud,
da pie a conceptos y encuentros alucinantes que recuerdan a la literatura épica
de Olaf Stapledon (como “Primera y Última Humanidad”, 1930), ya que dentro de
la cueva convergen vagabundos de distintas épocas, desde conquistadores
españoles y cavernícolas a pioneros del Oeste y exploradores espaciales del
futuro. Naturalmente, “Time Trap” no desarrolla esa idea con la profundidad
filosófica de Stapledon. Su objetivo principal sigue siendo entretener. Pero
precisamente ahí reside una de sus características más curiosas: bajo una
fachada de aventura juvenil y película de monstruos encontramos una concepción
sorprendentemente ambiciosa del tiempo y de la escala de la existencia humana.
Con una bienvenida duración de solo noventa minutos, la
narrativa avanza a un ritmo muy dinámico, transmitiendo una genuina sensación de
pavor a medida que los protagonistas y el espectador descubren la trampa en la
que han caído. Sin embargo, esta concisión es también uno de sus peores
obstáculos. Porque el problema de la película no es la falta de ideas, sino lo
contrario: hay tantas que algunas apenas reciben tiempo para desarrollarse. La
existencia de una anomalía temporal permite introducir seres provenientes de
periodos separados miles de años entre sí, posibles extraterrestres y un mundo
exterior completamente transformado. Todo ello apunta hacia un trasfondo
considerablemente más complejo de lo que el metraje permite desarrollar. Algunos
espectadores lo pueden considerar estimulante puesto que les obliga a imaginar
qué está sucediendo; otros pueden interpretar las lagunas como problemas de
coherencia. Puede defenderse simultáneamente que los directores aciertan al no
explicar cada detalle y confiar en que el espectador complete parte de la
información por sí mismo; y que la lógica temporal no resiste demasiado bien un
examen minucioso.
El diseño de producción, disponiendo de un presupuesto
estimado de apenas un millón de dólares, resulta encomiable. El uso de efectos
visuales prácticos, un maquillaje convincente y soluciones ingeniosas (como convertir
un jacuzzi en un estanque de sanación o aprovechar al máximo formaciones
rocosas naturales) demuestra que la imaginación puede compensar la falta de las
fortunas que manejan los grandes estudios de Hollywood. Por otra parte, las
limitaciones inherentes a rodar casi el 90% del metraje en el mismo entorno
rocoso pueden generar en el espectador atento una ligera sensación de repetición
visual.
Como toda película de serie B, nos encontramos aquí con
aspectos manifiestamente mejorables. El reparto, compuesto por rostros jóvenes
y solventes sin pretensiones de alfombra roja, se limita a cumplir encarnando
un grupo ligeramente disfuncional, aunque los diálogos estén poco elaborados y
algún que otro personaje caiga en el arquetipo. El concepto es más memorable
que quienes lo protagonizan. Resulta fácil recordar la cueva, la anomalía
temporal, las diferentes épocas y el sorprendente mundo exterior; bastante más
difícil es recordar la evolución emocional de cada miembro del grupo. La
película utiliza a los personajes principalmente como exploradores a través de
los cuales descubrir las reglas del universo. Pero incluso esta
limitación tiene una explicación estructural: “Time Trap” no pretende en ningún
momento ser un drama de personajes. Su motor es la curiosidad: ¿qué hay más abajo?,
¿por qué funciona así el Tiempo?, ¿quién ha estado allí antes?, ¿cuánto tiempo
ha pasado realmente? Cada respuesta genera una nueva pregunta. La película está
construida alrededor de ese mecanismo de revelación.
El mayor problema, sin embargo –y dependiendo del
espectador, claro- reside en su resolución. Tras construir un suspense
claustrofóbico y plantear reflexiones profundas sobre la inmensidad del Tiempo
y la evolución humana, la película opta por un cierre abrupto y con un tono
optimista que roza el artificio de los episodios piloto de series televisivas
de los 90. No han sido pocos los que hemos considerado que este final socava la
aterradora magnitud de lo ocurrido en las profundidades; en cambio, para otros,
funciona perfectamente como un alivio necesario tras un viaje tan intenso.
Al tratarse de una película de bajo presupuesto sin el
respaldo publicitario de un gran estudio de Hollywood, el recorrido comercial
de “Time Trap” ha sido, siendo amables, muy discreto. Tuvo un estreno muy limitado
en salas de Estados Unidos a finales de 2018 de la mano de la distribuidora
Paladin, por lo que sus cifras de recaudación en cines fueron casi
insignificantes o ni siquiera se registraron de forma oficial en los grandes
listados de taquilla comercial. En realidad, la auténtica vida de la película y
la forma en que logró amortizar su minúsculo presupuesto y encontrar a su
público se produjo en el mercado doméstico, en concreto, las plataformas de Netflix
y Amazon Prime Video. Fue ese formato de distribución digital directo el que la
salvó del anonimato absoluto, permitiéndole construir una base de seguidores de
culto a base del boca oído.
“Time Trap” es un ejemplo perfecto de película de serie B competente que nos recuerda que el cine de género vive de la audacia creativa. Sin nombres estelares en el reparto o equipo técnico, ni efectos digitales apabullantes, Dennis y Foster construyen un puzzle temporal que funciona perfectamente como entretenimiento ligero jugando con las expectativas del público. Es una propuesta imperfecta, sí, pero rebosante de imaginación y que merece ser rescatada del olvido.

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