Poul Anderson fue uno de los autores más destacados y prolíficos de su generación, que supo mantener siempre un nivel de calidad que, como mínimo, era competente y, en ocasiones, sobresaliente. Su carrera se extendió durante más de sesenta años, desde la década de 1940 hasta principios de la de 2000, periodo en el que escribió tanto ficción como no ficción. Publicó en una gran variedad de géneros, incluyendo fantasía, ciencia ficción, novelas históricas y misterio. A lo largo de este tiempo, escribió docenas de novelas y cientos de relatos cortos.
Para cuando
falleció en 2001, contaba con más de 70 novelas y numerosos relatos cortos en
su haber. La “Encyclopedia of Science Fiction”, en su tono a menudo áspero y
riguroso, lo califica como "el escritor de ciencia ficción más prolífico
de su generación con una calidad consistente". Además, fue reconocido con
prácticamente todos los galardones del género, habiendo ganado siete premios
Hugo y tres Nébula.
A pesar de estos logros, en los 25 años transcurridos desde su fallecimiento, casi toda su obra ha dejado de publicarse. Como ocurre con muchos de los grandes autores de ciencia ficción del siglo XX, Anderson corre ahora el grave peligro de caer en el olvido. Y es una auténtica lástima por no hablar de una injusticia, porque en su bibliografía podemos encontrar joyas en prácticamente todos los subgéneros, desde la ópera espacial a los escenarios postapocalípticos, de la CF dura a los viajes en el tiempo. Y de estos últimos es de lo que vamos a hablar a continuación.
Poul Anderson tuvo dos grandes pasiones, ambas nacidas tanto de una necesidad técnica de coherencia como de un profundo respeto por la realidad: la Ciencia y la Historia.
Anderson se
graduó en Física y esta base de conocimientos influyó muchísimo en su
literatura. Para él, la ciencia ficción no era “solo” aventura, sino un
ejercicio de es
peculación intelectual en el que debían respetarse las leyes
físicas y biológicas. Este enfoque le permitió escribir tanto ficción como no
ficción, abordando géneros que exigían un alto nivel de competencia técnica,
como la ciencia ficción "dura" y la fantasía construida sobre bases
lógicas.
Si la ciencia le proporcionaba la estructura, la Historia le ofrecía un laboratorio en el que estudiar la psicología y sociología humanas. Su predilección era claramente por la Edad Media y las sagas nórdicas, pero supo dar vida también a otros periodos históricos con una autenticidad poco habitual en la CF, porque lo que perseguía no era la nostalgia, sino el entendimiento. Quería comprender las fuerzas que moldean el cambio social y cómo los individuos responden a las crisis de su época. En fin, que, para él, la Ciencia y la Historia eran los dos motores de la civilización: la primera nos explica cómo funciona el mundo y la segunda qué hemos hecho con él.
De la
combinación de ambos intereses nacieron una serie de cuatro cuentos con un
protagonista común, Manse Everard, y que se publicaron, entre 1955 y 1960,
en
la prestigiosa revista “The Magazine of Fantasy and Science Fiction”, uno de
los pilares de la llamada "Edad de Oro" y la posterior "Edad de
Plata" del género. Posteriormente, fueron recopilados en un volumen
titulado “Guardianes del Tiempo” (1960), que, lejos de quedarse en obra
autoconclusiva, pasó a ser el arranque de una de las sagas más influyentes del
subgénero de viajes en el tiempo.
El cuento inaugural, “Patrulla del Tiempo” (1955), nos narra el reclutamiento y adiestramiento para la organización del título, de Manse Everard, un ingeniero militar de treinta años que, en 1954, responde a un anuncio publicado en la prensa. Intrigado por el secretismo, se somete a una exhaustiva batería de pruebas antes de que los convocantes le revelen el verdadero propósito de esa organización: vigilar la estabilidad de la corriente temporal.
La Patru
lla del
Tiempo no se organiza como un ejército tradicional o un cuerpo de policía
burocrático similar a los de nuestra propia época. Al abarcar todas las épocas
de la Tierra, su estructura es sutil, descentralizada y opera bajo un absoluto
secretismo. En lo más alto de la jerarquía y a millones de años en el futuro,
se encuentran los fundadores y beneficiarios últimos de la Patrulla: los
Danelianos, una raza post-humana que representa la cúspide evolutiva de nuestra
especie. Irónicamente, su único propósito al crear la organización no fue (es o
será) el altruismo, sino la pura supervivencia: como el viaje en el tiempo fue
inventado en el año 19.352 d.C., el pasado se volvió maleable. Si algún viajero
incauto o terrorista alterara un evento histórico crucial, la línea temporal
cambiaría y los Danelianos podrían dejar de existir. Para evitarlo, utilizan la
Patrulla, aunque apenas tienen contacto directo con los agentes humanos de los
que se sirven.
Dado que los
Danelianos operan en una esfera incomprensible, la ge
stión diaria de la
organización recae en el Mando Medio, compuesto por humanos avanzados de un
futuro más cercano. Ellos coordinan las oficinas principales, analizan las
fluctuaciones temporales y emiten las misiones. A los agentes de la Patrulla se
les prohíbe taxativamente viajar al futuro profundo para visitar la
civilización daneliana.
La Patrulla no engendra a sus propios agentes, sino que los recluta a todo lo largo y ancho de la Historia humana. Buscan a hombres y mujeres con trasfondo militar, veteranos de guerra o especialistas con un perfil psicológico muy específico: personas capaces de soportar el aislamiento cultural y el tremendo peso moral de su misión. Es el caso del protagonista, Manse Everard, veterano del ejército estadounidense de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, puede tener como compañeros a un legionario romano o a un guerrero del medievo.
Una ve
z
reclutados, los candidatos son enviados a una base de entrenamiento situada un
millón de años en el pasado, en pleno periodo Oligoceno. Se eligió esta época
prehistórica porque está totalmente libre de observadores humanos y cualquier
perturbación allí es irrelevante para la Historia. En esta academia aprenden
disciplinas como Cronofísica, esto es, las paradojas y la teoría del tiempo
(que Anderson describe como una "malla de bandas elásticas", difícil
de romper, pero peligrosa si se fuerza); Idiomas y Antropología para
mimetizarse perfectamente en cualquier siglo; Combate y Tecnología.
Tras graduarse, los agentes regresan a vivir a su época natal para mantener la fachada, y actúan desde allí. Algunos quedan asignados de forma permanente a un sector o época concretas que conocen al dedillo. Viven allí como "infiltrados" de por vida, vigilando que no aparezcan anacronismos o tecnologías sospechosas. Otros, como Manse Everard, son la “elite”, los solucionadores de problemas con total libertad para requisar cronociclos, viajar a cualquier época y actuar bajo su propio criterio sin dar explicaciones al Mando Medio, interviniendo de urgencia cuando se detecta una alteración grave en el continuo temporal.
Lo más duro que
la organización exige a sus miembros es la directriz de no intervención
humanitaria. Los agentes tienen prohibido alterar la historia p
ara hacer lo que
consideren correcto. Si viajan a la Edad Media o a la Segunda Guerra Mundial,
deberán presenciar, sin intervenir, masacres, pestes y torturas. El fin de la
Patrulla no es lograr una línea temporal "justa" o "perfecta",
sino mantener intacta la Historia tal y como ocurrió, porque saben que el más
mínimo cambio compasivo podría borrar del futuro el nacimiento de millones de
personas.
El primer
encargo que le encomiendan a Everard en su propia época es, simplemente, leer:
revisar cualquier documento a la búsqueda de posibles pistas que indiquen
alguna alteración o incoherencia en la línea temporal. En un texto de la
Inglaterra victoriana, descubre la noticia de una caja hallada en un túmulo
datado al final del Imperio Romano, una caja aparentemente maldita dado que
mató a su descubridor, un noble y arqueólogo aficionado. Esto apunta a la
posible intervención de un viajero temporal rebelde, así que él y un compañero
recién graduado viajan hasta el puesto de la Patrulla a finales del siglo XIX
para, conseguido el vestuario y dinero pertinente, investi
gar más a fondo. Las
pesquisas les conducen a conocer –aunque no se le nombra- a Sherlock Holmes (Poul
Anderson fue un gran devoto de ese personaje y miembro de la sociedad literaria
Baker Street Irregulars. Además, escribió ensayos eruditos sobre el detective y
pastiches literarios protagonizados por el mismo).
Pero para descubrir cómo la caja ha llegado hasta el túmulo, ambos viajeros deberán desplazarse todavía más atrás, hasta el siglo V d.C., cuando los britanos y jutos se disputan los restos de un Imperio Romano ya desvanecido. Su objetivo será un individuo originario del futuro lejano que se está haciendo pasar por mago y que actúa de consejero de un rey con ambiciones de unificar el territorio (referencia clara al Rey Arturo, figura por la que Anderson tuvo un interés profundo y recurrente).
Este cuento
inaugural sienta las bases y el contexto para el resto de entregas de la saga. A
diferencia de otros autores de la época que usaban el viaje en el tie
mpo como
un simple vehículo para la aventura, este relato se centra en la verosimilitud
histórica de la Inglaterra antigua, tratando el entorno como un personaje más
que debe ser respetado y no alterado. Anderson no retrata en ningún momento una
sociedad idealizada, sino que subraya repetidamente la suciedad, pobreza,
insalubridad, mal olor e incomodidad en la que vivía aquella gente.
Se establece
también el carácter del propio Everard. La Patrulla busca individuos como él, con
una capacidad innata para la adaptabilidad y que no sientan la tentación de
"mejorar" el pasado, sino de preservarlo tal y como ocurrió, con
todas sus tragedias incluidas. Ello, no obstante, no implica en el caso de
Everard el absoluto distanciamiento emocional y el frío cinismo, puesto que se
las arregla para, arriesgándose a un duro castigo por parte de sus superiores,
ayudar a su compañero a formar una familia mediante una microalteración en el
Londres de 1944, castigado por las V2 alemanas. Que haya sido capaz de
solucionar satisfactoriamente el dilema ético en el que
debe decidir qué
elementos son "históricamente necesarios" y cuáles son
"impurezas" que deben ser eliminadas, no sólo le confirma en su
puesto, sino que le vale un ascenso: “Tu
personalidad se ajusta mejor a la condición de No Asignado... cualquier época,
cualquier lugar, dondequiera y cuando se te necesite. Creo que te gustará”.
Curiosamente, este cuento fundacional, publicado en 1955, coincidió con el año en que Isaac Asimov editó en la editorial Doubleday su famosa novela “El Fin de la Eternidad”. En plena década de los 50, con la Guerra Fría en su apogeo y un miedo general a un cataclismo nuclear, la literatura de anticipación estaba obsesionada con el control, la vigilancia y las realidades alternativas. Aunque ambas obras compartían la premisa de una organización policial encargada de proteger el pasado para evitar alteraciones que modificaran el devenir de la humanidad, el enfoque de Poul Anderson fue muy distinto al determinismo sociológico de Asimov.
Y es que ya
desde este primer cuento, Anderson se aleja deliberada y justificad
amente de
las tesis propuestas posteriormente por Robert A.Heinlein en otro de los
relatos canónicos del subgénero de viajes en el tiempo, “Todos Vosotros Zombis”
(1959), cuando a Everard se le enseña que: “No
podría ser usted su propia madre, por ejemplo, por razones puramente de
genética. Si retrocediese y se casase con su propio padre, los hijos serían
otros, ninguno de ellos usted, porque cada uno de ellos sólo tendría la mitad
de sus cromosomas”.
No es la única
paradoja que Anderson se quita elegantemente de en medio: “En el caso de un hombre perdido, no se obligaba a otro a buscarle si,
en algún registro cualquiera, había un informe en que se afirmaba haberlo hecho
ya. Pero, ¿cómo, sino insistiendo en la búsqueda, se tenían probabilidades de
hallarlo? Era posible retroceder, y así cambiar los hechos de tal modo que
acabasen por encontrarle; pero, en ese caso, el informe que se archivaba
recogía “siempre” sólo el éxito, y únicamente los interesados conocían la
primitiva verdad. To
do podía resultar tan confuso que no era sorprendente el
que la Patrulla fuese minuciosa hasta en los pequeños detalles que no influían
en la estructura general del hecho”.
Con todo esto, Anderson quiere dejarnos claro que su foco de interés no va a estar en las paradojas temporales y cómo burlarlas (aunque sí las hay, como en el caso de “La Única Partida en esta Ciudad”). En cambio, sobre lo que se va a centrar, salpicado con grandes dosis de aventura, es en la Historia y las posibles realidades paralelas a que puedan dar lugar ciertas disrupciones, ya se hayan materializado (como en “Delenda Est”) o corran el peligro de hacerlo destruyendo nuestra propia realidad (“La Única Partida en la Ciudad”).
Así, en “El
Valor de ser un Rey” (1959), no se trata, en principio, de impedir
los desmanes
de un infractor temporal, sino de una misión de rescate. Mason recibe en su
casa la inesperada visita de Cynthia, esposa de Keith, un compañero y buen
amigo suyo en la Patrulla. Presa de una gran ansiedad, le dice que Keith ha
desaparecido en una misión en la Persia del siglo 542 a. C, durante el reinado
de Ciro II el Grande, el fundador del Imperio Aqueménida. A diferencia de
Mason, Keith era un arqueólogo cuyas misiones no consistían en evitar desastres
o enmendar posibles paradojas, sino en documentar el pasado para que el trabajo
de los agentes No Asignados sea más sencillo. La Patrulla no ha dado con él
pese a haber enviado agentes; ni siquiera han encontrado el vehículo temporal.
Y dado que todavía sigue enamorado de Cynthia, Mason accede a su súplica de
tratar de dar con él.
Una vez más, Anderson describe el pasado sin pizca de ese idealismo con que tantas veces el cine de Hollywood ha representado a las antiguas y poderosas civilizaciones. Valga este pasaje para ilustrarlo:
“Manse Everard entró en Pasargada como a una
primavera de esperanza. Aunque no era como si cualquier época real se mereciese
esa metáfora. Cabalgó millas. Los campesinos se
inclinaban con hoces, cargando quejumbrosos carros de bueyes, y el
polvo saltaba de los campos a sus ojos. Niños andrajosos se chupaban el pulgar
en el exterior de chozas de barro sin ventanas y lo miraban. Un pollo chilló
de un lado a otro por el camino hasta que el mensajero real al galope que le
había asustado estuvo muy lejos y el pollo muerto. Un escuadrón de lanceros
llevaba un uniforme muy pintoresco, pantalones anchos y corazas con
incrustaciones, cascos con puntas o flechas, capotes a rayas alegres; pero los
hombres estaban sucios, sudorosos e intercambiaban chistes verdes. Tras los
muros de adobe, los aristócratas vivían en grandes casas con hermosos jardines,
pero una economía como aquella no podía soportar demasiadas mansiones.
Pasargada era en un noventa por ciento
una ciudad oriental de calles retorcidas y sucias entre casuchas sin
rostro, trapos grasientos para el pelo y togas sombrías, mercaderes gritando en
los bazares, mendigos mostrando sus llagas, comercian
tes guiando reatas
de camellos viejos y burros demasiado cargados, perros atacando montones de
menudillos, música de taberna como un gato en una lavadora, hombres que
agitaban los brazos como molinos y gritaban maldiciones... ¿cómo empezó aquel
mito del Este inescrutable?”.
Haciéndose pasar por griego y portador de siempre bienvenidas noticias sobre lo que ocurre en otras partes del mundo, consigue infiltrarse en la corte de Ciro con la esperanza de obtener noticias de su amigo desaparecido. Pero lo que se va encontrar es algo que le va a poner en un auténtico brete, viéndose en la necesidad de navegar entre las complejidades políticas y culturales de la Persia antigua sin alterar el curso de la historia.
Una de las
razones por las que este cuento es tan sólido es que dos de los personajes,
Keith y Cynthia, se sienten como reales. Anderson demuestra haber reflexionado
lo suf
iciente sobre su situación como para no hacer que la reunión de los dos
amantes separados por el tiempo sea un final absolutamente feliz. Y es que
Keith no está tan seguro de querer volver. Para Cynthia, solo había pasado una
semana desde que desapareció sin dejar rastro; pero, para él, en el momento en
que Manse lo encuentra, han transcurrido años. En ese intervalo, se ha
acostumbrado a un tipo de vida muy diferente de lo que será regresar a un
diminuto apartamento en la congestionada Manhattan. Y en el pasado no solo
tiene un harén, sino una esposa a la que ama y respeta: “Cassandane. Ha sido mi mujer aquí durante, ¡Dios mío!, catorce años, me
ha dado tres hijos, me ha cuidado durante dos enfermedades y en un montón de
accesos de desesperación, y una vez, con los medos a nuestras puertas, sacó a
las mujeres de Pasargada en nuestro apoyo, ¡y los vencimos!”.
Esa
ambivalencia que siente en su interior, hace de Keith quizá el mejor y más
trágico personaje de todos estos cuentos. Cuando, por fin, se reúne con
Cynthia, lo hace con un regusto agridulce que dista mucho de parecerse a la
felicidad: “El hábito de ceder a una
mujer, e incluso el de pedirle opinión, era cosa que tenía que reaprender. Y no
sería fácil. Ella levantó su húmeda faz al encuentro del beso. ¿Era aquella
como él la imaginaba? No podía recordar, no podía. En todo el tiempo de su
separación sólo había recordado que era pequeña y rubia. Había vivido con ella
pocos meses. Cassandane le había llamado aquella misma mañana su estrella
matutina, le había dado tres hijos y había hecho siempre cuanto él quiso
durante catorce años.
—¡Oh, Keith! ¡Bienvenido a casa! —dijo la voz aguda y breve de ella.
«¡A casa! ¡Dios!», pensó”.
Por
otra parte,
el cuento incluye muy interesantes observaciones sobre el curso de la Historia
y la forma que tenemos de entenderla desde el lugar que ocupamos en la misma: “Deja de engañarte a ti mismo! Tenemos
prejuicios contra los persas porque fueron alguna vez enemigos de los griegos,
y ocurrió que obtuvimos de éstos los rasgos más notables de nuestra cultura.
Pero los persas son, por lo menos, tan importantes como ellos. Has visto que es
así. Claro que son bastante brutales, según tus ideas; toda esta época lo fue,
incluso los griegos. Y no son demócratas, pero no se les puede reprochar el no
haber hecho una invención europea que cae enteramente fuera de sus horizontes
mentales.
“Persia fue el primer país conquistador que hizo un esfuerzo para respetar y atraerse a los pueblos que dominaba; el primero que obedeció sus propias leyes; que pacificó el suficiente territorio para abrir contactos con el lejano Oriente; que creó una religión mundialmente viable, el mazdeísmo, no limitada a una cierta raza o localidad. Quizá no sepas que gran parte de la creencia y rito cristianos es de origen mitraico, pero así es. Y eso sin hablar del judaísmo, que tú, Ciro, estás llamado a salvar, ¿recuerdas? Conquistarás Babilonia y permitirás que regresen a su patria aquellos judíos que hayan conservado su identidad; sin ti, habrían sido absorbidos y hubieran desaparecido, como ya ocurrió con las otras diez tribus. Aun cuando ahora sea decadente, el Imperio persa será una matriz de la civilización”.
(Continúa en la siguiente entrada)

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