La serie de televisión “Wild Wild West” (1965-1969) fue una de las mejores de entre la multitud de ficciones audiovisuales que se subieron al carro del cine de espías de los años 60 tras el enorme éxito de las películas de James Bond. Esta serie, en concreto, dejó huella al atreverse a combinar los tropos del cine de espías con los del western televisivo de la época, como “La Ley del Revolver” (1955-1975), “Maverick” (1957-1962), “Cuero Crudo” (1959-1966) o Bonanza (1959-1973). La serie tenía un humor irónico y contenido que mezclaba la acción propia de las historias del Oeste con supervillanos excéntricos e inventos anacrónicos.
Avancemos
treinta años. Desde comienzos de los años 90 y prácticamente hasta l
a actualidad,
Hollywood ha encontrado en la televisión clásica un filón del que tirar en
forma de versiones en pantalla grande de personajes e historias muy queridas
para muchos espectadores que acuden a verlas o bien arrastrados por la
nostalgia o por la fama del producto original. Así, se estrenaron films como “Rústicos
en Dinerolandia” (1993), “El Fugitivo” (1993), “Los Picapiedra” (1994), “La
Tribu de los Brady” (1995), “Flipper” (1996), “Maverick” (1996), “Misión
Imposible” (1996), “Las Desventuras de Beaver” (1997), “El Santo” (1997), “Los
Vengadores” (1998), “Perdidos en el Espacio” (1998) o “Mi Marciano Favorito”
(1999). La lista continúa hasta la actualidad, pero en esta ocasión nos
detendremos en 1999, año en el que llega a las pantallas la versión cinematográfica
de la serie que comentaba al principio.
Corre el año
1869, y Jim West (Will Smith), un agente federal, se encuentra persiguiendo a
"Bloodbath
" McGrath (Ted Levine), un ex general confederado empeñado
en continuar la ya finalizada Guerra Civil. Impulsivo, hombre de acción e
infalible tirador, West coincide en una de sus acciones con Artemus Gordon
(Kevin Kline), otro agente federal que no puede ser más distinto a él: meticuloso,
maestro del disfraz, reacio a las armas y genial inventor.
Irónicamente, el
presidente Ulysses S. Grant (Kevin Kline) les asigna a ambos la misión de detener
a un secuestrador de destacados científicos que amena
za con dar un golpe de
estado y apoderarse del país. A bordo del tren especialmente acondicionado que
les cede el presidente, a West y Gordon se les une Rita Escobar (Salma Hayek),
hija de uno de los científicos desaparecidos. Juntos deberán superar sus
diferencias y encontrar la manera de combinar sus respectivos talentos y
personalidades para derrotar al villano, Arliss Loveless (Kenneth Brannagh), un
genio sureño desquiciado y mutilado que ha fabricado un inmenso artilugio
arácnido movido a vapor con el que pretende obligar al presidente Grant a
firmar un tratado que devuelva los estados del sur a sus dueños originales.
“Wild Wild West”
está dirigida por Barry Sonnenfeld, quien, tras ejercer de responsable de fotografía
en películas
como “Arizona Baby” (1987), “Cuando Harry encontró a Sally” (1989)
y “Misery” (1990), debutó en la realización casi por casualidad (necesitaban a
la persona disponible más cercana tras la renuncia del director anterior) con
“La Familia Addams” (1991). El buen resultado obtenido lo confirmó en el puesto
para la secuela. Su buena racha continuó con “Cómo Conquistar Hollywood” (1995),
gracias a la excelente actuación de John Travolta y a un guion sólido basado en
una novela de Elmore Leonard; y, sobre todo, “Men in Black” (1997), que se
convirtió en la tercera
película más taquillera de su año, obtuvo el beneplácito de la crítica e inició
una franquicia multimillonaria.
Pero “Wild Wild
West” no fue sólo un paso atrás, sino un auténtico torpedo a la línea de
flotación de la carrera de Sonnenfeld. Había quedado claro que su
fuerte era la
comedia comercial. Se sentía cómodo con la ironía mordaz de las películas de la
Familia Addams y el ingenio del mafioso Chilli Palmer en “Cómo Conquistar
Hollywood”. Pero, al ascender a la categoría de superproducción con “Men in
Black”, ya pudo apreciarse que Sonnenfeld no terminaba de encontrar su ritmo,
alternando la incómoda inexpresividad y la farsa estridente. “Wild Wild West” y
su posterior fracaso con la comedia “nuclear” “El Gran Lío” (2002) encapsulan
en su máxima expresión todos sus defectos.
“Wild Wil
d West”,
más que una película, parece una suerte de frankenstein construido a base de
una lista de requisitos comerciales del estudio: una nueva versión
cinematográfica de una recordada serie de televisión de los años 60; acción a
gran escala; efectos especiales; actores de gran tirón, en especial el ya
inmensamente popular Will Smith soltando sus características socarronerías;
erotismo a base de actrices atractivas en sugerentes vestuarios y bromas burdas;
mucho humor; una promoción conjunta con Burger King; y una banda sonora de rap
a cargo del propio Will Smith. En fin, un gran caramelo de vivos colores que,
al desenvolverlo, resulta tener menos sabor que una lechuga de plástico.
La película no
se toma en serio a sí misma, lo cual no es necesariamente un problema. Pero sí
lo es que pretenda ser más inteligente y graciosa de lo que en realidad es. Los
guionistas (hasta seis acreditados, lo cual ya es mala señal) y, sobre todo, el
productor Jon Peters, creyeron que lo único que necesitaban para ganar la
partida era introducir elementos steampunk en el género de policías colegas y ambientar
la acción en el Oeste. Si la serie original, como he apuntado, nació de la
popularidad de las películas de James Bond que por entonces protagonizaba Sean
Connery, esta versión cinematográfica sería el equivalente a las de Roger
Moore. La elegante sofisticación de la propuesta original ha sido sustituida
por un exceso presupuestario, una cursilería ridícula y una actitud por parte
de los actores que demuestra que no se lo están tomando en serio.
Tamp
oco es que
la serie de los 60 se tomara en serio a sí misma, pero la diferencia es que
esta traslación al formato de pantalla grande es tan autocomplaciente que
termina convirtiéndose en un ruidoso circo de escenas ridículas que no tienen
la gracia que pretenden: Jim West haciendo “puenting” bajo un tren en marcha; gags
con mesas de billar giratorias; West enfrentándose a unos pistoleros tras
atravesar desnudo un depósito de agua en cuyo interior había estado haciendo el
amor; una persecución con collares metálicos magnetizados…. Hay un gag
demasiado alargado con West y Gordon probándose unos pechos falsos mientras sus
comentarios son malinterpretados por un tercero que cree que son homosexuales. Lo
mismo ocurre con una escena en la que los dos agentes cometen repetidos lapsus
freudianos sobre pechos y traseros tras ver a Rita en ropa interior. En el
clímax, cuando West, disfrazado de odalisca, rescata a Gordon de un pelotón de
fusilamiento, uno se queda boquiabierto ante lo increíblemente poco graciosa
que es la escena teniendo en cuenta el dinero que invirtieron en ella y el
reconocido talento cómico de los dos actores implicados.
Siendo
honestos, la falta de seriedad y compromiso consigo misma de “Wild Wild West”
debería haber sido evidente antes incluso de entrar en el cine y ver que el
personaje de James We
st era encarnado por una superestrella negra. Dejando de
lado que estoy absolutamente conforme con que la igualdad racial hubiera
llegado a un punto en el que un actor afroamericano pudiera encabezar una
superproducción de este calibre, su elección para dar vida al protagonista
desafía absurdamente cualquier tipo de credibilidad histórica. La trama,
ambientada en 1869, se sitúa tan solo cuatro años después del final de la
Guerra Civil estadounidense y cuatro años tras la formación del Ku Klux Klan.
Si bien es cierto que ya existían congresistas negros en aquella época, el
casting de la película parece ignorar flagrantemente la posición social que los
afroamericanos tenían en ese momento. Hay un intento de abordar el tema cuando
West intenta convencer a una turba sureña de que no lo ahorquen ensalzando las
virtudes de ser unos paletos; pero tratar de convertir un tema tan serio en una
broma tan mala entra de lleno en lo ofensivo.
Pero es que,
además, la película tiene momentos terriblemente mal dirigidos. Por ejemplo, ya
bastante avanzada la trama, mientras los héroe
s se apresuran para detener a
Loveless, que viaja a bordo de su vehículo arácnido del tamaño de un edificio,
éste se aproxima al lugar donde pretende obligar al presidente Grant a disolver
los Estados Unidos: la ceremonia con la que se conmemoró la unión de las dos
mitades del Ferrocarril Transcontinental. Grant tiene que clavar simbólicamente
el último clavo en la vía, pero cada vez que lo coloca en el agujero, se cae.
Cuando se hace evidente que el problema son unas vibraciones, Grant se da la
vuelta, el plano se abre y todos los presentes se quedan atónitos al ver la
pata de la araña gigante de Loveless, la causante de las vibraciones, dando un
rotundo pisotón.
Esto sería una
buena forma de generar tensión, salvo por un detalle. La multitud reunida para
observar a Grant está colo
cada frente a él, lo cual significa que todos miran
en la dirección desde donde se acerca la araña. Además, cuando vemos una toma
del engendro acercándose, observamos que se desplaza por un terreno
completamente llano en un día despejado. Es imposible que todos los presentes,
incluidos los soldados encargados de evitar que nadie ataque al presidente -quien,
como ya nos ha informado la película, ha estado recibiendo amenazas de muerte-
no hayan visto el gigantesco y ruidoso vehículo aproximándose hacia ellos.
Cualquier
película de fantasía o ciencia ficción debe tener cierto grado de realismo; de
lo contrario, nada de lo que ocurre en ella tiene peso ni valor. Por poner otro
ejemplo: en un momento dado, West recibe un disparo a quemarropa con una
pistola, lo que provoca que caiga desde lo alto de la araña mecánica ha
sta el
suelo. Sobrevive al disparo porque lleva un chaleco antibalas, pero la caída
debería haberle fracturado la espalda. Esto podría considerarse, simplemente,
una de esas cosas que pasan tan a menudo en las películas de acción; pero es
que, más tarde, en el clímax, se enzarza en una pelea a cuatro bandas con un
grupo de matones de Loveless, dando a entender que volver a sufrir la misma
caída sería letal. ¿Pero por qué? No lo mató la primera vez, y entonces no
estaba preparado para el golpe. ¿Por qué no se limita a saltar cuando las cosas
se le ponen difíciles, se sacude el polvo y vuelve a subir? “Wild Wild West” no
solo carece de fundamento en nuestra realidad, sino que ni siquiera lo tiene en
la suya.
Todo esto no
sería tan malo si la estupidez fuera divertida o interesante, pero la película
es in
creíblemente aburrida. El único punto a favor que puedo encontrar es la
inventiva tras algunos de los anacrónicos artilugios steampunk: sierras
voladoras, bicicletas cohete, máquinas aéreas inspiradas por Da Vinci, tanques,
auriculares de gramófono, mangas con pistolas… y, por supuesto, la gran araña,
que fue una idea e imposición del productor Jon Peters (Barry Sonnenfeld
admitiría más tarde que la araña fue uno de los errores que arruinaron la
película. Al hacerla tan masiva, cambió drásticamente el tono, pasando de ser
una comedia de aventuras steampunk a una película de desastres a gran escala
que no encajaba con el resto del metraje).
En cuanto al reparto, Will Smith interpreta su personaje con el tipo humor socarrón y natural que lo convirtió en una estrella en tiempo record. Kevin Kline, un actor carismático de reconocido talento, parece inusualmente contenido en un papel que queda muy a la sombra del de Smith. Kenneth Branagh, por su parte, siempre ha mostrado una cierta tendencia hacia la exageración interpretativa y, como villano, la película le brinda la oportunidad de dar rienda suelta sin pudor alguno a esa inclinación por la sobreactuación. De hecho, bien podría decirse que roba el protagonismo cada vez que comparte escena con cualquier otro actor. En cuanto a Salma Hayek, una de las actrices más sexys del momento, es capaz de transmitir una pasión y un fuego genuinos cuando se le da la oportunidad, pero la película la desaprovecha en un papel que no es más que un superficial adorno femenino.
En fin, que cualquiera que vea la película no tendrá ningún problema para entender que se convirtió en el ejemplo perfecto del riesgo que corre un estudio al permitir que un director tenga presupuesto ilimitado sin un guion sólido que lo respalde. ¿Resultado? Catástrofe en todos los órdenes. Con un coste de producción de unos 170 millones de dólares (sin contar la publicidad, que fue masiva), fue una de las películas más caras jamás hechas hasta ese momento. Y sólo consiguió recaudar unos decepcionantes 222 millones de dólares a nivel mundial. Si bien esta cifra parecería respetable para una película promedio, teniendo en cuenta el calibre de esta, fue un resultado pésimo porque, después de que los cines cobraran su porcentaje, el estudio apenas pudo cubrir sus costes operativos y de marketing, quedándose lejos de obtener beneficios.
Y, naturalmente, la crítica encontró todos los motivos para entrar a degüello. De forma unánime, se valoró que, a pesar del despliegue técnico y el plantel actoral, la película carecía de alma, propósito, humor o siquiera capacidad para entretener. El impacto negativo fue tal que fue "galardonada" con cinco Premios Razzies en el año 2000, incluyendo Peor Película, Peor Director y Peor Guion.
En fin, un desperdicio de dinero y talento técnico e interpretativo en una confusa mezcla de western, steampunk y comedia slapstick que, para colmo, tocó temas históricos sensibles para el público norteamericano con una notable falta de gusto.

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