A Richard Stanley le destituyeron como director de su primera película de estudio, “La Isla del Dr. Moreau” a los tres días de comenzar el rodaje. Aunque esto debería haber sido un día devastador para la mayoría de los cineastas, él ya estaba acostumbrado a que le quitaran el control de sus proyectos.
El
primero de ellos, un cortometraje de quince minutos titulado “Rites of Pa
ssage”
(1983), le fue confiscado y posteriormente remontado por el profesor de un taller
de cine al que estaba asistiendo mientras cursaba la secundaria en su Sudáfrica
natal. Su primer largometraje, una mezcla nihilista de CF y terror titulada “Hardware:
Programado para Matar”, sufrió numerosos recortes a manos de la Junta Británica
de Clasificación de Películas, y terminó siendo objeto de proceso judicial que
falló a favor de Stanley, quien también había escrito el guion (basándose en
otra película amateur que había hecho antes de salir de Sudáfrica en 1984, a
los dieciocho años), cogiendo prestada la trama de un cómic de la revista “2000
AD” titulado "SHOK!", escrito por Steve MacManus y dibujado por Kevin
O'Neill.
Sea
como fuere, “Hardware” funcionó bien en taquilla, recaudando bastante más del
millón y medio de dólares que costó realizarla (irónicamente, ese éxito fue
origen de continuos problemas legales
sobre sus derechos de distribución, que,
durante años dificultaron su lanzamiento en formatos domésticos como el DVD) y
ello le facilitó la dirección de un segundo film, también de terror, “El
Demonio del Desierto” (1992), con el que, aquí sí, sufrió un severo tropezón no
achacable directamente a él. Su productora, Palace Pictures, quebró a mitad de
rodaje, dejando a Stanley, sus actores y su equipo varados en mitad del
desierto de Namibia y sin fondos para terminar la película.
El distribuidor norteamericano, Polygram, comprensiblemente nervioso, realizó una aportación de emergencia de 40.000 libras con las que terminar la producción creyendo que así iba a tener entre sus manos una película de asesinos en serie convencional que pudiera aprovecharse del reciente éxito de “El Silencio de los Corderos” (1991). Pero he aquí que lo que se encontraron fue un film de terror místico que no les convenció absolutamente nada. Recortaron treinta minutos y eliminaron del montaje final casi todo lo que Stanley había aportado y que le daba una personalidad única.
A pesar
de estos contratiempos, Stanley seguía teniendo la suerte de c
ara y pronto
estuvo en disposición de entrar en Hollywood en lo que esperaba que fuera su
siguiente proyecto, “La Isla del Doctr Moreau”. Stanley, (bisnieto, por cierto,
del célebre explorador sir Henry Morton Stanley), había sido desde su juventud
un gran admirador de la novela de H.G.Wells. Publicada por primera vez en 1896,
cuenta la historia de Edward Prendick, náufrago en una isla desconocida y
supuestamente deshabitada, en la que descubre horribles criaturas híbridas de
humanos y diversos animales, obra de un científico renegado llamado Moreau.
Utilizando un recurso habitual en la época, Wells presentaba la historia como
una narración en primera persona encontrada por el sobrino del protagonista
entre sus papeles personales. Como ya he hablado de la novela en la entrada
correspondiente, a ella me remito.
Al
recordar aquel periodo de su vida, Stanley mencionaría que este libro fue uno
de los que, siendo un niño, encontró en la biblioteca de su padre. Lo cogió y
preguntó sobre él, pero los adultos le aconsejaron que no lo leyera porque era aterrador.
Así que, desde muy pronto, sintió interés por descubrirlo. Por o
tra parte, consideraba
que ninguna de las adaptaciones cinematográficas anteriores – ni “La Isla de las Almas Perdidas”, 1933; ni lade 1977- habían hecho justicia a la fábula de Wells, la cual en su día fue
causa de polémica por considerarla blasfema algunos sectores bienpensantes. Así
que, ni corto ni perezoso, se propuso escribir un guion respetuoso con la
novela, colaborando para ello con Michael Herr, que había escrito “La Chaqueta
Metálica”.
El guion de producción, atribuido a Stanley y Herr con revisiones de Walon Green (“Grupo Salvaje”, 1969), se narra mediante flashbacks desde el punto de vista de Edward Prendick, un abogado de derechos humanos que naufraga y se convierte en el primero en descubrir el horrible secreto de los experimentos de Moreau. Actualizando el relato centenario, Stanley tomó una idea de la novela “El Señor de las Moscas” (1954), ambientando la historia en un futuro cercano en el que un intercambio nuclear limitado ha provocado el caos en el resto del mundo, de modo que, cuando Prendick llega a la isla, existe la duda de si ha sobrevivido algo de la civilización humana. Así las cosas, las Bestias de Moreau, quizá el siguiente paso en la evolución de las especies, podrían ser el origen de una nueva civilización que reemplazara a la nuestra.
De
hecho, los experimentos con animales de Moreau, en la versión d
e Stanley, son sólo
los primeros pasos de un proyecto a más largo plazo que tiene que ver con
mejoras genéticas integrales en los seres humanos con el fin de liberarnos de
los últimos vestigios de comportamiento animal, ya sea violento o sexual. Moreau
conseguía acercar a sus creaciones a la verdadera humanidad, pero, a menos que
sus instintos se controlaran, bien químicamente o bien aplicando dolor, éstos
regresaban y se imponían. El guion, no obstante, apostaba por que los instintos
más primarios no podrían eliminarse, sino solo reconducirse; por ejemplo,
transformando el impulso sexual en éxtasis religioso, o la violencia en coraje
y obsesión por el deber. Como si fuera un alumno aventajado de Mengele, Moreau
planeaba instaurar, lo quisiéramos o no, un sistema eugenésico mediante el cual
sustituirnos por otras especies inteligentes y, a sus ojos, más perfectas.
Stanley
introdujo también una trama secundaria ausente en la novela: una tórrida
aventura sexual-se
ntimental entre Prendick y Aissa, la “hija felina” de Moreau,
que transmitía una extraña y enigmática belleza. Bastante antes del romance
entre el astronauta interpretado por Mark Wahlberg y la simia Helena Bonham-Carter
en “El Planeta de los Simios” (2001) de Tim Burton, Stanley imaginaba ya aquí
una relación inquietante y perturbadora que continuaba incluso cuando Aissa
comenzaba a revertir a su forma felina, recuperando bigotes, garras, pelaje y
un par de senos adicionales. Trágicamente, Aissa se convierte en víctima de la
rebelión de las Bestias, lo que lleva a Prendick a darse cuenta de que debe
abandonar la isla a toda costa.
En ese
guion, al igual que en la novela de Wells, Prendick finalmente empr
ende su
camino de regreso al mundo de los hombres, el cual resulta estar recuperándose
de un intercambio nuclear limitado (entre, al parecer, India y Pakistán) que
amenazó con engullir al mundo en un conflicto global devastador. Pasa tres años
en un sanatorio psiquiátrico antes de convencer a los médicos, y quizás a sí
mismo, de que los hechos que presenció fueron meras alucinaciones inducidas por
el delirio del tiempo que pasó en el mar. Y, sin embargo, mientras camina por
las calles de su Nueva York natal, el espectador contempla el mundo a través de
sus ojos: Hombres Ciervo y Gente Ganado pasan junto a él, con miradas perdidas,
encorvados y apagados, murmurando para sí mismos; mujeres merodean y aullan
tras él y manadas danzantes de Niños Mono aulladores se deslizan entre un
atasco de tráfico provocado por perros motoristas y agresivos policías de
tráfico porcinos tratando de mantener el orden. Prendick se gira, viendo su propio
reflejo en un escaparate y contemplando lo que parece un perro pastor de mirada
melancólica que ha perdido su rebaño.
Terminando
sus memorias, presentadas como una voz en off, Prendick, se ve finalmente
obligado a admitir que sus experiencias en la isla del Dr. Moreau fueron
reales, y amartilla una pistola cargada con la que pretende acabar con su vida
y, por tanto, con sus pesadillas. Pero su perro tiene otras ideas y le suplica
que lo saque a pasear. Prendick baja el arma, coge la correa del animalito y
encuentra una razón para vivir un día más.
Para
ayudar a dar vida al guion, Stanley le encargó al artista br
itánico Graham
Humphreys, quien había ilustrado carteles y carátulas de vídeo para “Hardware”
y “Demonio del Desierto”, que creara una serie de ilustraciones conceptuales con
escenas clave de la película. El veterano productor Edward Pressman (“El Cuervo”
“Juez Dredd”), fue uno de los que Stanley eligió para mostrarle su proyecto.
Ambos sintonizaron y Pressman accedió a llevarlo adelante.
Contando
con un productor influyente a bordo, el guion no tardó en atraer una ecléctica
colección
de talentos. El primero en firmar fue el legendario actor Marlon
Brando, cuya producción cinematográfica desde su apogeo en los años 50 y 60
había sido, siendo amables, errática. De hecho, en los veinte años anteriores,
sólo había destacado en pequeños pero relevantes papeles para “Superman” (1978)
y “Apocalypse Now” (1979). Stanley admitía que era difícil saber por qué aceptó
la entrada del actor en el proyecto, aunque, probablemente, algo tuvo que ver
que Pressman depositara un millón de dólares en la producción, lo que le daba
prerrogativas especiales a la hora de tomar decisiones de casting. Sin embargo,
el director también apuntaría a que había otras cosas turbias ocurriendo entre
bambalinas y cuya importancia en la elección de Brando no pudo cuantificar, como
que éste, en ese momento, estuviera experimenando varias crisis personales
relacionadas con su hija Cheyenne y un asesinato en su domicilio.
Val
Kilmer, otro actor problemático, recién salido del éxito de “Batm
an Forever”
(1995) y crecido por el reconocimiento de la crítica por su trabajo en “Tombstone”
(1993), se hizo con el papel de Prendick, ansioso por la oportunidad de
trabajar con Brando, su ídolo. Completando el reparto estaban la estrella de “Doctor
en Alaska”, Rob Morrow, como Montgomery; Fairuza Balk (“Cosas que Hacer en
Denver Cuando Estás Muerto”) como Aissa; Ron Perlman (“La Ciudad de los Niños Perdidos)
como el Decidor de la Ley; y William Hootkins, a quien Stanley ya había
contratado para “Hardware”, como Kiril.
Apenas
unas semanas antes de que el rodaje diera comienzo en el estado australiano de
Queensland, empezaron los
problemas. Val Kilmer convocó a Stanley a una reunión
en Tokio para explicarle que, debido a una inminente batalla legal por el
divorcio de su esposa, Joanne Whalley-Kilmer, iba a tener que reducir su
compromiso con la película casi a la mitad. Ante el peligro de perder a un
nombre importante del elenco y que le echaran a él la culpa, Stanley optó por que
intercambiara personaje con el de Rob Morrow, que tenía menos tiempo en
pantalla. Aunque Kilmer accedió a esta solución de compromiso, se negó a acudir
a los ensayos, algo que, comprensiblemente, no fue del agrado del resto del
reparto.
El
problema se vio agravado por la apresurada programación del rodaje, que no dejó
tiempo ni para una lectura conjunta del guion. Stanley rec
uerda que el
calendario era tan apretado que no había tiempo disponible para ello. Brando no
llegó hasta comenzado el rodaje, por lo que la gente no pudo conocerlo hasta la
escena en concreto que le tocara hacer. La primera vez que Stanley vio a
Fairuza Balk tras varios meses fue en medio de un huracán en una playa en Cape
Tribulation y sólo para empezar a rodar rápidamente una escena. Peor aún, el
tercer día de rodaje, cuando por fin apareció Kilmer, quedó claro no sólo que
no se había aprendido sus frases, sino que ni siquiera sabía de qué escena se
trataba. Según un actor presente en el set, Kilmer recitó las frases escritas para
otros personajes en otras escenas.
El
productor ejecutivo Tim Zimmerman lo recuerda de manera diferente, sugiriendo
que no fue Kilmer, sino otro actor, presumiblemente Morrow, con quien Kilmer
compartía la mayoría de sus escenas, quie
n propició la caída de Stanley.
Zimmerman declaró a la revista “Fangoria” que Kilmer pensaba que Morrow
sobreactuaba continuamente y que el director no hacía nada para meterlo en
cintura. Le dijo que era el peor actor que había visto jamás y que hiciera algo
de una vez al respecto… a lo que Stanley reaccionó ordenando que se hicieran planos
más cortos de Morrow. El director opinaba que el actor había hecho lo que se
esperaba de él: había leído la novela de Wells y estaba preparado para
esforzarse bastante. Pero las prisas con las que se inició el rodaje y el caos
resultante, le impidieron centrarse y lograr una buena interpretación.
Las
condiciones meteorológicas fueron un problema adicional, con vientos
huracanados de una media de 60 a 70 km/h. Estaban confinados en u
n carguero
chirriante que no les daba flexibilidad para mover la cámara. Nadie más en el
elenco sabía qué estaba pasando y todos se sentían atrapados en una situación
indeseable. Lo único que pudieron hacer fue colocar varias cámaras y ver qué
sucedía. Por supuesto, se grabó sin ensayar y todos acabaron tropezando unos
con otros y Kilmer diciendo lo que se le pasaba por la cabeza. Nadie sabía cómo
responder y todos estaban confundidos. Este material de factura tosca fue el
que enviaron a Los Ángeles, donde los ejecutivos, tras revisarlo, empezaron a preguntarse
qué demonios estaba pasando allí. ¿Por qué no seguían el guion? En el cuarto
día de rodaje, Stanley recibió un mensaje comunicándole que había sido relevado
oficialmente de sus funciones.
Por su
parte, Stanley tenía la sensación de que Kilmer lo había puesto a prueba, un
comportamiento habitual en él. Durante los primeros días de cualquier rodaje,
siempre presionaba al director de turno para hacer valer su opinión. El actor,
como ya he apuntado, ya arrastraba la reputación de ser "difícil", tras
haberse enfrentado al director de “Tombstone”, George P. Cosmatos, mientras que
Joel Schumacher, director de “Batman Forever”, lo calificó de "infantil e
imposible". Stanley comentaría que había escuchado pocos comentarios de “Heat”
o “The Doors”, pero que no creía que nadie en el estudio hubiera sido capaz de
despedir en tan poco tiempo a Michael Mann u Oliver Stone. La culpa de su cese,
por tanto, la achacó exclusivamente a Kilmer. A posteriori, el responsable de
la productora New Line, Michael De Luca, pareció estar de acuerdo al admitir
que fue culpa suya no haber puesto a Kilmer bajo las órdenes de un director más
fuerte.
Poco
después de que Stanley dejara la producción, Rob Morrow tam
bién se marchó, quizá
viendo ya claramente que esa producción estaba condenada. Los primeros días
fueron una pesadilla en la que nada salía bien. También era evidente que Kilmer
iba a imponerse y que nadie en el equipo podría o querría contradecirlo. En
valor de taquilla, Rob Morrow seguía siendo un peso ligero, algo que también
podía decirse de Fairuza Balk y el propio director.
Tras la
partida de Stanley y Morrow, New Line necesitaba no solo encontrar un director
de reemplaz
o, sino también un nuevo protagonista. Para ocupar la vacante,
recurrieron al veterano cineasta John Frankenheimer (“El Mensajero del Miedo”,
“Siete Días de Mayo”), quien accedió a incorporarse al rodaje con tan poco
preaviso, algo que había hecho ya –con muy buenos resultados- en “El Hombre de
Alcatraz” (1962) y “El Tren” (1964). Eso sí, lo hizo a condición de que se le
permitiera alterar la historia. En cualquier caso, lo cierto es que el proyecto
no le entusiasmaba demasiado. Lo que realmente le atraía era la idea de trabajar
con Marlon Brando y el convencimiento de que, en ese momento de su carrera, le
podía beneficiar participar en una película a priori muy comercial.
El
personaje de Prendick lo asumió el actor británico David Thewlis, cuyo
sorprendente papel en “Indefenso” (1993), de Mike Leigh, le había llevado a
otros de mayor perfil en películas de presupuestos más generosos, como “Dragonheart”
(1996). La ironía es que Thewlis fue uno de los actores de la lista de Richard
Stanley desde el principio, pero los ejecutivos de la productora lo vetaron
inicialmente porque no querían que el protagonista fuera británico.
Lo
primero que hizo Frankenheimer fue supervisar una reescritura completa del
guion. De hecho, él mismo aseguraría más tarde que la película que terminó
haciendo se parecía muy poco a la del guion original. Dijo que el libreto de
Stanley carecía de s
entido, que era como una especie de homenaje a las
películas de terror italianas de los años 70 y que tenía poco que ver con la
novela de Wells. Frankenheimer afirmó haber estudiado al escritor británico en
sus años de universidad y amar profundamente la obra, por lo que quería volver
a ella para mantener su esencia.
Sin
embargo, lo cierto es que el guion de rodaje de Frankenheimer, revisado por Ron
Hutchinson, apenas guarda un leve parecido con la novela de Wells. La palabra
que aparece con más frecuencia en este borrador es "Omitir"; es, de
hecho, la primera palabra del guion. Stanley dice que cambiaron todo lo que era
bueno, empezando por el personaje principal. Originalmente éste tenía el mismo
nombre que el protagonista de la novela de Wells, lo cual no era cualquier cosa
porque todas las adaptaciones siempre pensaron que era un nombre muy tonto con
el que se podían hacer juegos de palabras estúpidos (como “prawn-dick”, “polla
de gamba”). Tan pronto como se fue Stanley, lo cambiaron a Edward Douglas, que
les sonaba más varonil.
Frankenheimer
también cambió la profesión de Prendick, eliminando la referencia a su trabajo
como abo
gado de derechos humanos para las Naciones Unidas, una idea que Stanley
había introducido pensando que alguien dedicado a defender los derechos civiles
de los pueblos oprimidos sería el idóneo para tratar con Moreau y los dilemas
morales derivados de sus experimentos. En su guion, después de la muerte del
científico, Prendick sería, irónicamente, elegido para el papel de Legislador,
viéndose obligado a resolver la situación del Pueblo Bestia. En el borrador
original, la historia sería una especie de sátira sobre Yugoslavia o Somalia,
donde el hombre de la ONU lo hacía extremadamente mal y lo único que conseguía
era empeorar la situación de quienes intentaba proteger.
En
cuanto la producción se reanudó, ahora con Frankhenheimer a l
as riendas, Kilmer
también chocó con él. Poco después de terminar el rodaje, el director
declararía en una entrevista que no le gustaba Kilmer ni su ética de trabajo y
que no quería volver a estar asociado con él. Fairuza Balk salió en defensa de
su colega, diciendo que nunca hizo las cosas de las que se le acusaban. Thewlis
también afirmó haber encontrado a Kilmer fácil de tratar, añadiendo incluso que
le agradaba mucho, si bien era consciente de que la gente a veces podía hacerse
una idea equivocada sobre él. Según Thewlis, Kilmer sí quería ejercer control
sobre la producción, pero también es cierto que aportó algunas buenas ideas.
Con todo, admitió que el rodaje fue una experiencia terrible por las prisas y
el caos reinante.
Kilmer,
por su parte, dice que su reputación de "difícil" nació de su
insistencia en el perfeccionismo. Comentó
que no le interesaba ser objeto de
chismes y que, si a la gente le resultaba difícil trabajar con él, lo sentía
mucho, pero solo estaba interesado en que el resultado final fuera el mejor,
que el público obtuviera aquello por lo que pagó. Asumia que esa reputación era
parte del precio a pagar por ser una celebridad, y que no había nada que se
pudiera hacer al respecto, excepto esperar a que pasara la tormenta, ya que su
trabajo era ofrecer la mejor interpretación como actor, algo por lo que siempre
se esforzaba.
Si
Kilmer creía que se había convertido en una especie de chivo e
xpiatorio para la
prensa especializada, Stanley se encontró en una situación similar respecto a los
productores, que lo hicieron víctima de una serie de rumores malintencionados,
por ejemplo, que pensaba reventar el set en cuanto volviera a Queensland. El
director sugiere que esto pudo haber sido el resultado de una broma casual pero
imprudente que le hizo a un miembro del equipo antes de marcharse. A partir de
ese momento, empezó a recibir extrañas llamadas telefónicas de los abogados de New
Line, repentinamente asustados de que pudiera atacar al reparto o dañar los
decorados.
Obviamente,
Stanley
no era alguien cuya personalidad o estado mental lo inclinaran a
semejantes actos de violencia, pero, aún así, mientras estaba en Sydney, empezó
a recibir groseras llamadas de Estados Unidos a las tres o cuatro de la mañana
(hora norteamericana). Empezaron a propagarse otras historias igualmente
difamatorias, incluyendo una que le contaron a Brando –cuando aún no había
llegado a Australia-: que Stanley se había vuelto loco en el set, agredido a un
miembro del equipo y golpeado a su novia, Kate. Por supuesto, la respuesta
inmediata de Brando fue llamar a la supuesta víctima para preguntar si era
cierto. Ella respondió negándolo, por lo que él supo, incluso antes de llegar, que
todos le estaban mintiendo.
Al
sentir que se había convertido en el chivo expiatorio para los innumerables
problemas que estaba experimentando la producción, Stanley, com
prensiblemente,
creyó necesario aclarar las cosas, en particular con Brando, por quien tenía el
más profundo respeto. Aunque ya había recibido la carta de cese y se había
marchado pacíficamente del rodaje, Stanley se sentía atormentado por la gran
cantidad de desinformación que empezó a circular, así que dio media vuelta y regresó
a Queensland. Todos le habían advertido encarecidamente de que, si se acercaba
al set, lo demandarían por intentar interrumpir el rodaje, por lo que vio claro
que tendría que hacerlo de incógnito. Según declaró en alguna entrevista,
pensaba que la productora incluso había situado a personal vigilando los
aeropuertos para comprobar si llegaba en alguno de los vuelos, y guardias de
seguridad en coches sin distintivos rondando por los lugares a los que pensaban
que iría. Una actriz informó de que, en la entrada de su casa, había un guardia
de seguridad esperando en un coche con las luces apagadas porque había recibido
información confidencial de que él iba a aparecer por allí.
Stanley
esquivó la seguridad establecida por New Line y, finalmente, encontró a Brando,
quien, para entonces, había tenido sus propios enfrentamientos con el
caprichoso Kilmer. Enojado por el m
al comportamiento de su coprotagonista, en
particular por sus frecuentes ausencias, Brando había ordenado que su caravana
fuera trasladada lejos de la de Kilmer y, según “Entertainment Weekly”, le
había dicho a su colega: "Tu
problema es que confundes el tamaño de tu talento con el tamaño de tu cheque".
Por eso no sorprende que Stanley encontrara a Brando comprensivo con su difícil
situación. Le presentó su caso, asegurándole que nunca habría dañado a nadie y
que cualquier historia sobre él amenazando o agrediendo a Kilmer no eran más
que fantasías.
Una vez
que Stanley se sintió satisfecho por haber limpiado su nombre frente a Brando, decidió
tomarse un descanso de la agonía que había sufrido y viajó con su novia a una
región de la misma zona cubierta por una selva tropical. Al
lí vivieron durante
un tiempo a base de cocos, mangos cogidos de los árboles, sol y agua fresca, adoptaron
un par de cachorros de dingo, vivieron como nativos, se olvidaron del mundo y
se negaron a recibir noticias del exterior.
Un par de semanas después, río abajo, se encontraron acampados a un grupo de sus antiguos miembros del equipo de rodaje, también que habían sido despedidos por Frankenheimer. Entre ellos estaba Lewis, quien podía “presumir” de haber sido despedido dos veces de la misma producción. Había empezado como carpintero construyendo la casa de Moreau, pero lo cesaron por “pensar demasiado”. Luego lo recuperaron como conductor, pero, según dijo, lo pillaron ayudando a Fairuza Balk a huir de la pesadilla en la que se encontraba atrapada. Por desgracia, no llegaron más allá de Sydney, donde los detuvieron, enviaron a la actriz de vuelta a Queensland y despidieron, esta vez definitivamente, a Lewis.
Así fue
como, con la ayuda de esos otros “exiliados de Moreau”, cada uno albergando su
particular rencor con
tra el rodaje, se fraguó un plan para infiltrarse en el
set. El actor William Hootkins había logrado apropiarse, bajo el pretexto de
una broma en el hotel, de uno de los disfraces de hombre-bestia. Se decidió que
Stanley intentaría colarse en la producción como un extra haciendo de uno de
los personajes “animales”. Con el disfraz puesto, Stanley no tendría que
reportarse a maquillaje o vestuario y, naturalmente, estaba lo suficientemente
familiarizado con la película como para saber qué tenía que hacer para mantener
el engaño. Aunque en declaraciones posteriores, prefirió no dar detalles
específicos sobre esta “incursión”, otro de los implicados en la “misión” sí
confirmó que pasó desapercibido, poniendo una cabeza de bulldog y sentándose en
el coche hasta que llamaban a los extras, momento en el que se unía a ellos sin
que nadie se diera cuenta.
Ese
espionaje le dio a Stanley la oportunidad de observar de cerca el tra
bajo de
Frankenheimer, encontrando el enfoque del veterano director muy diferente al
suyo. Comenta sucintamente que todo el mundo estaba desesperado; cuando
preguntaban si Brando o Kilmer acudirían ese día, la respuesta era un "no
sé". Había tanta desunión dentro del equipo que un montón de los
australianos que formaban parte del mismo y algunos de los ayudantes de
director, sabían que Stanley rondaba por allí, pero lo mantuvieron en secreto
para los americanos. Una noche, le vieron hablando con Ron Perlman, que, como
he dicho, interpretaba al Decidor de la Ley. Éste se encontraba muy irritado
porque, según comentó, durante las tres temporadas que pasó interpretando a la
Bestia en la serie de televisión “La Bella y la Bestia”, sólo una vez tuvo que
ponerse el maquillaje para luego no rodar, mientras que en “Doctor Moreau” sólo
participaba una de cada cinco veces que le maquillaban. Y así durante semanas.
La
noche que tuvo lugar aquella conversación, empezó a circular el rumor de que
Val Kilmer había decidido
no presentarse en el set…otra vez, así que el rodaje
previsto para al cabo de un rato tuvo que cancelarse. Cada vez que al divo le
daba una rabieta, había que parar toda la producción. Para Stanley, esto era
escandaloso, sobre todo teniendo en cuenta que ello afectaba a un reparto de
actores tan buenos como Marlon Brando o David Thewlis pasando por Temuera
Robinson, Marco Hofschneider o el propio Ron Perlman. Y, sin embargo, contando
con ese elenco, Frankenheimer no fue capaz de rodar nada esa noche. En ese
momento, Ron, que estaba tratando de memorizar sus frases, exclamó, “Dios, ¿para qué molestarse entonces en
aprender esto?” e hizo el gesto de romper el guion y tirarlo al suelo. Ese
arranque de frustración atrajo la atención de la gente y fue la última vez que
Stanley se dejó ver ante los rumores, ahora ya con fundamento, de que merodeaba
por el rodaje.
Cuando
las noticias de los problemas que estaba padeciendo la producción llegaron a
Estados Unidos y Gran Bretaña, Stanley tomó la difícil decisión de no a
cudir a
la prensa con su historia. En aquel momento, había llegado a un acuerdo legal con
New Line en virtud del cual, si alguien le preguntaba por qué había abandonado
el rodaje, se limitaría a encogerse de hombros y apelar a las consabidas "diferencias
creativas". Stanley mantuvo su parte del acuerdo, pero cuando Mike De Luca,
de New Line empezó a responder a ese tipo de preguntas diciendo que deberían
haber contratado a un director más fuerte o más coherente, sintió la tentación
de dar un paso adelante y decir la verdad. Con todo, seguía sintiendo que, en
el fondo, él era el culpable de toda la situación. Al fin y al cabo, su trabajo
consistía en mantenerlo todo bajo control. Sin embargo, ¿cómo podría haberlo
hecho sin el respaldo del elenco y el estudio?
“Culpo al sistema. La teoría del “autor”
siempre ha sido, en gran parte, una exageración, pero me la impusieron a la
fuerza durante mi infancia y me generó muchas ideas erróneas sobre el poder del
individuo. En "Dr. Moreau", la productora siempre tuvo mucho más
control que yo. En cuanto superas cierto presupuesto, estás a merced de ellos.
En igual medida que cualquier otro factor (el mal tiempo, la epidemia de gripe,
el accidente de coche que tuve la mañana del primer día, Val y todo lo demás),
creo que el principal responsable fue el presupuesto. Cuando superó los 35
millones de dólares, mi posición empezó a ser insostenible porque, a menos que
seas Steven Spielberg o James Cameron, no te van a decir "sí". Te van
a decir: "Tiene que ser así, chico: el campo de marihuana a la altura de
la cintura tiene que desaparecer, el sexo con animales tiene que desaparecer,
no puedes hacer que la protagonista femenina sea cocinada y comida".
Stanley creía que habría sido más prudente intentar recaudar fondos para una versión de menor presupuesto, "pero siempre me vi limitado por las ochenta criaturas, la ambientación tropical, etcétera". Sin embargo, cree que se podría haber ahorrado mucho dinero en maquillaje y efectos especiales. "Por desgracia, al final todos salímos corriendo con fajos de billetes bajo el brazo, ¡incluido yo mismo!".
Preguntado
por la razón del fracaso de su versión, el director contestó que era demasiado
complejo como para reducirlo a un solo factor. "L
as verdaderas razones son tan subterráneas que no tiene sentido
intentar sacarlas todas a la luz. Era un presupuesto de 75 millones, y las
decisiones salían directamente de la sala de juntas de New Line; tenía que ver
con Time Warner o con quien fuera. ¿Quién tomaba realmente las decisiones?
Nunca lo sabremos. No tenía nada que ver con que yo, Val Kilmer o Brando
estuviéramos locos. La mayoría de estas personas no estaban presentes o no
tenían nada que ver con eso en ese momento. La idea de que el reparto estuviera
loco o la maldición de Brando se usaban como cortina de humo por los poderes
corporativos para salir del paso sin que nadie en concreto tuviera que cargar
con la culpa. La verdad era mucho más enrevesada de lo que cualquiera de
nosotros imaginaba. Hasta Val se dio cuenta de que lo habían utilizado. Incluso
antes de que terminara el rodaje, hubo un momento en que me dio un fuerte
abrazo y dijo que se había dado cuenta de que ambos habíamos sido usados. Su
reputación también quedó destrozada. Después, prácticamente todos los
ejecutivos de New Line perdieron sus trabajos, así que realmente ya no importa.
“Lo q
ue hace que todo se convierta en
una verdadera tragedia es que Val no tuvo la intención de hacer lo que hizo. Si
alguien dice: “Oh, quitaremos de su vista todo lo que le molesta, señor”,
entonces uno automáticamente se comporta así. No se le puede culpar por ser un
poco imbécil”.
En otras palabras, según Stanley, Kilmer se limitaba a hacer lo que cientos de
estrellas antes que él: ejercer su derecho a comportarse como un divo arrogante
y egocéntrico. “Creo que solo intentaba
demostrar quién mandaba, exhibir el poder que tenía y hacer que el reparto
pasara por un par de obstáculos para que se comportaran bien en el futuro. De
lo que no se dio cuenta fue de que, al deshacerse de mí, también le dio a la
compañía la oportunidad de convertir la película en lo que realmente querían
hacer”. A esto, no obstante, replica David Thewlis: “La gente no sabía realmente qué tipo de película quería hacer Stanley.
Era una mezcla tal de estilos…. El guion original era más bien una parodia, y
luego creo que se convirtió en una película de acción y terror”.
"La versión de Frankenheimer fue una suavizada, modificada y, básicamente, diluida", dice Stanley. "El personaje de Thewlis pasó a ser claramente el bueno, sin cualidades negativas, y Moreau es más un villano de manual de lo que se pretendía tanto en la novela de Wells como en mi borrador. Además, irónicamente, se han eliminado los momentos más desagradables, de modo que, aunque ahora hay villanos más evidentes, se ha perdido todo lo verdaderamente desagradable que ocurría en el guion, incluyendo las muertes explícitas de casi todo el reparto”. El director cesado también lamentó la supresión o marginación de elementos clave, “cosas que formaban parte de la novela de Wells y que, en mi opinión, son algunas de las más importantes de la historia”. Según su propia confesión, Frankenheimer estaba mucho más interesado en el potencial metafórico y la analogía al adaptar ese material precisamente en una época en la que la manipulación genética estaba cada vez más extendida. “Creo que lo que hicimos fue una fábula moral que plantea la pregunta: ¿Qué sale mal cuando se deja que los científicos actúen sin control?”
Pero quienes
tuvieron la oportunidad de presenciar la actuación de Brando bien podrían
haberse preguntado qué sucede cuando se deja a lo
s actores sin control, ya que
la veterana leyenda del cine parecía estar empeñado en sabotear el rodaje, exigiendo
interpretar escenas enteras con el tipo de maquillaje que usan los actores japoneses
de teatro kabuki, o llevando un cubo de hielo en la cabeza. "Después de comenzar el rodaje",
dijo una fuente cercana a la producción, "Brando quedó fascinado con Nelson de la Rosa, ese actor enano que
interpretaba al "hombre bestia" más pequeño, Majai. Brando tuvo la
idea de los pianos gemelos, los trajes a juego, etc., todo el asunto del
"mini-yo" que luego se parodió en la segunda película de "Austin
Powers". Según la misma fuente, Brando exigió que las escenas que
compartía con Fairuza Balk se reescribieran para sustituirla por La Rosa,
marginando al personaje de la actriz y por extensión, eliminando el potencial
romance entre Aisaa y Edward Douglas.
Se ha
sugerido que, en las últimas actuaciones que hizo en su carrera, Brando imponía
siempre sus extravagante
s ideas al director y guionista haciendo gala de una
arrogancia y desprecio desmedidos. El resultado es que, cuando participaba en
una mala película, la empeoraba. David Thewlis recordaba la mentalidad de
Brando por aquel entonces: “Marlon
describió la película en un momento dado como "intentar resolver un
crucigrama mientras se cae por el hueco de un ascensor". Luego matizó:
"Se puede hacer, solo requiere mucha concentración". Estaba bastante
en lo cierto”.
Tras meses de una campaña mediática que puso a prueba ese dicho de que toda publicidad es buena publicidad, "La Isla del Doctor Moreau" finalmente se estrenó en Estados Unidos el 23 de agosto de 1996, cien años después de la publicación de la novela original. "La película final que John realizó, con todos los cambios, las improvisaciones y demás, sigue siendo muy convincente y coherente gracias a los temas subyacentes", declaró el productor Edward R. Pressman a "Fangoria". La crítica no estuvo de acuerdo. "Variety" la describió como "una vergüenza para todos los implicados". A pesar de las críticas generalmente negativas, su fin de semana de estreno, con 9 millones de dólares, no fue un desastre absoluto, aunque su recaudación mundial (42 millones) se quedó muy lejos de recuperar el presupuesto estimado de 75 millones.
Tras el fiasco, Stanley abandonó la industria cinematográfica, viajando por el mundo, "viviendo del dinero de New Line", y rodando dos documentales para televisión: "The Secret Glory", sobre la búsqueda del Santo Grial por parte de los nazis; y, para la BBC, "The White Darkness", una exploración de las prácticas vudú en Haití. Sin embargo, en 2006, descubrió una creciente comunidad de fans online basada en "Hardware" y "El Demonio del Desierto”, así como en la promesa de lo que "la Isla del Doctor Moreau" podría haber sido. Una web finlandesa publicó su guion original y después el propio director hizo lo propio con otros libretos firmados por él. El número de visitas le animó a hacer, a finales de 2006, una edición en DVD, supervisada por él, de “El Demonio del Desierto”. En 2019, se encargó de adaptar otro clásico del género, “Colour Out of Space”, de H.P.Lovecraft, de la cual hablé en otra entrada.
Stanley aseguró que se propuso rehacer "La Isla del Doctor Moreau" como una "película de terror gótico/vudú épica y espectacular, a gran escala". En manos de Frankenheimer, en cambio, la película terminó pareciéndose más al resultado de uno de los horribles experimentos de Moreau: una criatura caótica y medio demente a cuyo sufrimiento sería mejor mejor poner fin en vez de soltarla al mundo. "Hardware" fue como un niño nacido con fórceps, con el cuello ligeramente aplastado durante el parto, de tal modo que termina deformado o con daño cerebral", dijo apesadumbrado Stanley. "Supongo que “Dr. Moreau” fue más bien un desastre total, como si hubiera salido directamente del útero a la trituradora".
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