viernes, 12 de junio de 2026

1952- ME SIENTO REJUVENECER – Howard Hawks

 



El anhelo por el rejuvenecimiento y la eterna juventud ha sido uno de los sueños más antiguos y persistentes de la humanidad, reflejado en mitos, religiones y, por supuesto, la ficción. ¿A quién no le gustaría recuperar la juventud y el vigor, la vitalidad y la apariencia física que conlleva? Ello nos permitiría triunfar, aunque fuera temporalmente, sobre el declive físico y cognitivo que acompaña al envejecimiento y precede a la muerte. Tendríamos más tiempo para lograr todo lo que deseamos en términos de conocimiento, experiencia y realización personal. Y si, además, conservamos la sabiduría y madurez mental que nos han dado los años de vida, ¿qué más se puede pedir? En resumen, que ese sueño es una extensión del instinto natural de supervivencia, el deseo de permanecer en el mundo y seguir siendo relevante.

 

El cine de género abunda en científicos locos que desafían los límites de la ciencia y la ética buscando obsesivamente fórmulas de rejuvenecimiento. En las películas de aventuras, tenemos a los exploradores que corren mil y un peligros en territorios inexplorados tratando de hallar la legendaria Fuente de la Eterna Juventud. En el cine fantástico, los personajes se sirven de hechizos, rituales o pactos arcanos para lograr el rejuvenecimiento. En cuanto al terror, criaturas o individuos siniestros se aprovechan de otros, absorbiendo su fuerza vital o extrayendo los elementos orgánicos necesarios para crear su fórmula. Y en la CF, claro, tenemos a los científicos, tronados o no, que juguetean con matraces y tubos de ensayo para dar con la mezcla ideal de elementos que les devuelvan la juventud o les conviertan en ricos y famosos.

 

En la ficción, rara vez el proceso de adquisición de la juventud tiene éxito duradero o carece de consecuencias. Con frecuencia implica un alto costo moral y físico, o requiere el sacrificio de extraer la esencia de otras personas vivas para mantener el efecto. Cuando la empresa fracasa, el resultado suele ser catastrófico: la persona involucrada pierde abruptamente el beneficio obtenido, sin lograr retener la juventud y padeciendo de golpe el peso de su edad real o incluso experimentando un envejecimiento acelerado y fulminante.

 

Por supuesto, el tema puede ser tratado con humor, recurriendo al disparate y al absurdo pero sin dejar de plantear cuestiones interesantes, como el valor del tiempo y la memoria. Ahí tenemos a nuestro ilustre dramaturgo Enrique Jardiel Poncela, que en 1936 estrenó su muy divertida obra “Cuatro Corazones con Freno y Marcha Atrás”. Otra propuesta en un tono similar –aunque en mi opinión inferior a la comedia española- es la que ofrece Howard Hawks en “Me Siento Rejuvenecer.

 

El científico Barnaby Fulton (Cary Grant) se esfuerza por encontrar una fórmula que revierta el proceso de envejecimiento. Está felizmente casado con la comprensiva Edwina (Ginger Rogers), quien tolera con buen humor el temperamento ausente de su marido. Trabajando con monos en el laboratorio de una compañía farmacéutica propiedad del industrial Oliver Oxley (Charles Coburn), la última fórmula de Barnaby no da resultado, hasta que uno de los chimpancés escapa de la jaula y mezcla al azar los ingredientes adecuados, creando una poderosa pócima rejuvenecedora. El mono, sin pensarlo dos veces, vierte la mezcla en el tanque de agua de boca que hay en el laboratorio (de ahí el título original de la película, “Monkey Business”).

 

Barnaby es el primero en ingerir involuntariamente la fórmula y, durante unas horas, modifica su comportamiento y actúa como un adolescente, embarcándose en una alocada aventura con la voluptuosa secretaria de Oxley, Lois (Marilyn Monroe). Mientras el empresario fantasea con las riquezas que semejante invención le va a granjear, Edwina tiene su turno de rejuvenecimiento pero, en este caso, su periodo como adolescente pone a prueba su matrimonio con Barnaby al revivir recuerdos de su antiguo novio y actual abogado de la pareja, Hank Entwhistle (Hugh Marlowe).

 

Howard Hawks está considerado como uno de los grandes directores norteamericanos. Dirigió 41 films, muchos de ellos clásicos y adscritos a todo tipo de géneros, desde el cine negro (“Scarface, el Terror del Hampa”, 1932) a la comedia (“La Fiera de mi Niña”, 1938; “Luna Nueva”, 1940), pasando por el bélico (“Sargento York”, 1941) y el western (“Río Rojo”, 1948; “Río Bravo”, 1959). Sus sellos característicos eran los diálogos afilados y el choque de sexos. Y precisamente eso es lo que encontramos en “Me Siento Rejuvenecer”, película para la cual Hawks reunió un reparto estelar: Cary Grant en la cima de su estrellato (básicamente repitiendo su papel en “La Fiera de mi Niña”); la bailarina-actriz Ginger Rogers, famosa por sus películas con Fred Astaire; y una entonces relativamente desconocida Marilyn Monroe en un papel secundario como la ingenua secretaria de Grant.

 

“Me Siento Rejuvenecer” llegó al principio de la carrera de Monroe, justo antes de obtener un gran éxito con “Niebla en el Alma” (1952), y es el tipo de papel que ella luego rechazaría durante su etapa de gloria, a saber, la de rubia cómicamente torpe y falsamente ingenua con frases como “El señor Oxley se ha estado quejando de mi puntuación, así que me aseguro de llegar antes de las 9”. (Le fue mucho mejor cuando, al año siguiente, Hawks la eligió para el musical “Los Caballeros las Prefieren Rubias”, donde ofreció una de sus actuaciones más memorables).

 

La década de 1950 estuvo marcada por el auge de la clase media estadounidense. La publicidad comercial alcanzó su máximo esplendor y comenzó a dirigirse al consumidor de clase media, convirtiendo el ideal de la familia nuclear en la aspiración de la sociedad. Sin embargo, bajo esa fachada, se alzaban voces de descontento ante el conformismo y la rigidez del estilo de vida que se pretendía imponer. Las mujeres quedaban relegadas a un segundo plano social, profesional e incluso familiar; los niños debían obedecer ciegamente; las máximas aspiraciones consistían en tener acceso a una bonita vivienda, unos electrodomésticos modernos y los círculos sociales más exclusivos; y los ciudadanos que no tuvieran la piel blanca eran prácticamente excluidos de cualquier ficción. Este descontento se manifestó abiertamente unos años después a través de los escritos de gente como Jack Kerouac y el surgimiento de la Generación Beat, antes de desembocar en el espíritu rebelde del movimiento hippie.

 

En aparente contraste con esta vida controlada, surgieron en este periodo varias películas que celebraban el abandono de la seriedad y ensalzaban la frivolidad. En la clásica “El Invisible Harvey” (1950), se nos decía que los locos disfrutaban de la vida mucho más que los cuerdos; y otros films como “De Ilusión también se Vive” (1947) o “La Suerte de los Irlandeses (1948), defendían la legitimidad de las creencias excéntricas tanto como la importancia de tomarse la vida en serio. En esta misma línea, “Me Siento Rejuvenecer” también aboga por dejar de lado la solemnidad y abrazar el regreso a la adolescencia.

 

Las escenas iniciales están dominadas por la monotonía y grisura del distraído Barnaby (quien pasa gran parte de la película con gruesas gafas de culo de botella) y su dedicación al trabajo, mientras que su esposa Edwina ve continuamente frustrados sus intentos de llevar una vida social junto a él. El resto de la película está repleto de escenas diseñadas para que el matrimonio se libere de esas ataduras: bajo los efectos de la poción, el antes aburrido científico de repente hace cosas tan temerarias como cortarse el pelo a cepillo, comprarse una chaqueta deportiva y conducir imprudentemente un descapotable (su miopía es corregida por la fórmula) pasando la tarde con la secretaria de su jefe en lugar de trabajar. Tras beber del mismo agua, Edwina le mete al jefe de su marido un pez en los pantalones y arrastra a su marido a una noche de baile frenético.

 

Reuniendo otra vez a Hawks y Grant, “Me Siento Rejuvenecer” trató de recrear el ambiente, ritmo, dinámica y humor de “La Fiera de Mi Niña”, sustituyendo al leopardo por un mono y conservando al científico torpe y los conflictos y enredos de pareja. Sin embargo, el guion de Ben Hecht, Charles Lederer e I.A.L. Diamond, carece de la chispa de su antecesora y tampoco la dirección está a la misma altura. Hay algunos momentos cómicos que funcionan bien, pero también demasiadas situaciones bochornosamente incómodas cuando unos actores ya talluditos (Grant tenía 48 años y Rogers 41) se comportan como niños de cinco años de una forma forzadamente exagerada.

 

La primera parte de la película está razonablemente bien resuelta, sobre todo gracias al carisma de Grant y la verosimilitud de Rogers como esposa cariñosa que comprende la genialidad de su marido. Pero en el último tercio, el argumento tropieza estrepitosamente al intentar dar un giro de tuerca tras otro a la farsa. El enredo alcanza su punto álgido de absurdo y vergüenza ajena durante el clímax, cuando Barnaby se pinta la cara de guerrero y se une a un grupo de niños que juegan a vaqueros e indios, convenciéndolos para que aten y le “arranquen” la cabellera a su rival amoroso, Hank Entwhistle. Hay otras escenas igualmente disparatadas, aunque no muy divertidas vistas hoy en día, como la del mono descontrolado en la sala de juntas; o cuando Edwina confunde incomprensiblemente a un bebé con Barnaby.

 

“Me Siento Rejuvenecer” y, especialmente, “Un Sabio en las Nubes” (1961), de Disney, fueron las películas responsables de suavizar la figura del “mad doctor”. Durante las décadas de 1930 y 1940, el científico era visto como un profanador de la divinidad, una figura severa, cuando no siniestra, cuyos experimentos siempre estaban condenados al fracaso. Esto cambió repentinamente en la década de 1950, cuando el personaje se convirtió en un excéntrico entrañable y sus despistes en objeto de comedia. Se diría que la película de Hawks sirvió de modelo a la de Disney: el mismo triángulo amoroso entre el científico que ignora a su esposa y su antiguo amor que intenta reconquistarla, el mismo descubrimiento de una sustancia que desata un torbellino de caos y situaciones cómicas…. Claro que lo que faltaba en la versión edulcorada de Disney era el carisma de Grant y la encantadora presencia de Marilyn Monroe.

 

 

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