jueves, 25 de junio de 2026

1991- LA PATRULLA DEL TIEMPO - Poul Anderson (y 3)




(Viene de la entrada anterior)

  

“El Pesar de Odín el Godo” es toda una lección de historia de los pueblos godos que se asentaron en Europa en el siglo IV d.C, atrapados en sus migraciones entre los hunos y el decadente pero todavía poderoso Imperio Romano. En esta ocasión, el protagonista no es Manse Everard –que sí interviene, aunque de una manera muy secundaria-, sino Carl Farness, un agente de la Patrulla del Tiempo cuya labor es la de investigar la Historia, en su caso, el origen de los poemas épicos germanos de la Edad Media. Rastreando las versiones de uno de ellos, viaja al mencionado siglo para estudiar de cerca la cultura de los godos. Ésta atraviesa un momento crucial, amenazada tanto por los conflictos internos entre las diferentes tribus, la amenaza existencial que suponen los hunos y la indecisión respecto a si seguir avanzando hacia territorios próximos a los dominios romanos.

 

Sin embargo, a diferencia de otros agentes más distantes, Farness es un historiador con gran interés por la vida cotidiana de los pueblos que estudia, lo que hace que se involucre y sumerja mucho más en su cultura, conviviendo con ellos durante largos periodos de tiempo, aprendiendo su lengua y costumbres y participando en sus desplazamientos. Tanto, de hecho, que se casa con Jorith y tiene hijos con ella (aunque mantiene otra esposa, Laurie, en la década de los 30 del siglo XX). Con el paso de los años (que para él son estancias intermitentes debido a los viajes temporales), Farness desarrolla una relación personal con los godos. Los ve, no como piezas de un proceso histórico abstracto, sino como individuos reales con aspiraciones, miedos y vínculos familiares. Esta cercanía emocional comienza a generarle un conflicto interno, porque su deber como patrullero exige neutralidad, pero su experiencia humana lo empuja hacia la empatía, especialmente con sus descendientes, a los que se empeña en guiar intentando que eviten el fatal destino que apuntan los poemas a los que él tendrá acceso siglos después.

 

Mientras tanto, desde el punto de vista de los godos, las apariciones intermitentes de este extraño visitante empiezan a adquirir un carácter inexplicable. Nunca envejece, va vestido con una capa, un bastón y un sombrero que le oscurece el rostro, tiene conocimientos de lugares extraños y realiza algunos actos que no pueden explicar los contemporáneos. Aunque intenta pasar desapercibido, acaba siendo tomado por la forma humana del dios Wodan, el antecesor del Odín vikingo, y su figura pasa a ser recordada de forma fragmentaria, reinterpretada y deformada por la tradición oral.

 

Paralelamente, el relato muestra el contraste entre el “presente” de la Patrulla del Tiempo y el pasado que Farness explora. En el futuro institucional de la Patrulla, su comportamiento empieza a ser problemático, no porque rompa reglas de forma directa, sino porque su implicación emocional con sus hijos, nietos y bisnietos compromete la objetividad necesaria para su trabajo. Manse Everard se ve obligado a recordarle el riesgo de los bucles temporales: incluso cuando uno intenta no intervenir, la mera observación prolongada ya altera la percepción de los acontecimientos. Las pequeña
s interacciones, los gestos y las palabras acaban filtrándose en la memoria colectiva de formas imprevisibles. Así que Carl se ve obligado a interrumpir ese bucle llevando a cabo una acción terrible pero coherente con la historia conocida.

 

El título, “La Tristeza de Odín el Godo”, alude precisamente a ese desenlace, pero también a la comprensión por parte de Carl de que se ha convertido en parte de un mito que él mismo no puede controlar ni reconocer como propio. Desde su perspectiva humana, es consciente de la distorsión entre lo que fue y lo que se contará después. Esa conciencia y la traición que siente ha cometido contra su propia familia, le genera una profunda melancolía.

 

Además de retomar el conflicto moral constante al que se enfrentan los agentes de la Patrulla (el deseo de observar la Historia tal cual es frente a la tentación de vivir una vida propia en el pasado, o bien cambiar éste para evitar tragedias futuras), Anderson reflexiona en este cuento sobre el origen de los mitos y cómo éstos surgen de eventos anodinos a los que, con el tiempo, las dinámicas propias del folclore, la transmisión oral y la mezcla con otras culturas se acaban otorgando dimensiones míticas. El autor no presenta a un "Odín" mitológico, sino a un hombre muy real que, a través de su superioridad tecnológica y estratégica, es obligado a ocupar el vacío del dios y, en el proceso, se convierte en una abstracción divina a través de la interpretación de una cultura que no posee el marco científico para explicar sus conocimientos.

 

Por otra parte, “La Tristeza de Odín el Godo” es, quizá, la historia más compleja de la serie hasta ese momento en función de su sofisticación temática y técnica. El elenco de personajes es muy amplio y las relaciones entre ellos, dignas de fantasía épica moderna; el protagonista va saltando a diferentes épocas y, con él, el lector va asistiendo tanto al devenir de sus descendientes como a la evolución histórica de la cultura goda en el turbulento escenario de Europa oriental; la prosa es más densa y atmosférica que en los cuentos anteriores, capturando la brutalidad de la época; y, por supuesto, Anderson ofrece un sobresaliente estudio sobre este periodo de las grandes migraciones bárbaras, retratando la inestabilidad social, las estructuras de lealtad tribal y la transición entre las creencias paganas ancestrales y la influencia periférica del cristianismo. También, como es costumbre en él, evita la idealización y muestra la crudeza de la vida en el siglo IV, sin edulcorar la violencia ni la precariedad de la época. En muchos sentidos, el cuento, más que ciencia ficción, parece una novela histórica o un ensayo antropológico.

 

En 1984, se agruparon en un solo tomo las siete historias de la Patrulla editadas hasta la fecha bajo el título “Annals of the Time Patrol”.

 

La pasión de Anderson por jugar de manera inteligente con el devenir histórico, así como su fascinación por el concepto del destino (muy arraigado en su herencia cultural escandinava), lo llevó a retomar las aventuras de su patrullero predilecto en su etapa de madurez como escritor. Fruto de ello nació la novela corta “Estrella de Mar”, que, junto a “El Año del Rescate” (1991), cerraron por el momento el ciclo temporal de la serie.

 

“Estrella de Mar”, la narración más extensa de la Patrulla, traslada a Manse Everard a pleno conflicto entre las tribus bárbaras que ocupaban parte de Europa en el siglo I d.C. y de éstas con el Imperio Romano, que, tras una guerra civil había erigido como líder a Vespasiano. Una investigadora de la Patrulla, la holandesa Janne Floris, ha descubierto dos versiones de la obra “Historias” del historiador romano Tácito, en la que narra un periodo de caos civil, guerras y luchas por el trono que marcaron una etapa de inseguridad brutal en Roma. La existencia de esas dos versiones, que describen devenires históricos diferentes, apunta a una posible inestabilidad en el nexo temporal que podría amenazar la corriente principal cuya protección tiene asignada la Patrulla.

 

Ambos agentes viajarán a diferentes periodos de ese siglo, recorriendo los márgenes del Imperio Romano en concreto, la región de Batavia (los Países Bajos actuales), donde las legiones están tratando de sofocar una rebelión confederada de tribus liderada por un antiguo soldado romano, Civilis, conocido entre los suyos como Burhmund el Bátavo. Janne y Manse se verán involucrados en las maniobras políticas de los agresores y tardarán un tiempo en comprender que la figura clave en la posible creación de una nueva corriente temporal es una mujer llamada Veleda, profetisa y sacerdotisa enormemente influyente que encarna la conexión entre lo espiritual y lo político en la sociedad bátava. Para los pueblos germánicos, este tipo de figuras no solo eran líderes espirituales, sino también estrategas que legitimaban las decisiones de guerra y las alianzas.

 

Veleda está a punto de diseminar un nuevo culto unificador que permitirá a los germanos unirse a su alrededor y soportar los embates del cristianismo. Esto cambiaría por completo la Historia y Manse y Janne deberán investigar quién es realmente esta enigmática mujer y por qué y cómo ha llegado a ser lo que es. Para ello, se verán obligados a interactuar con ella de una forma poco ortodoxa para así asegurarse de que el curso de los acontecimientos será el ya conocido. Esta dinámica les creará a los agentes un dilema ético entre el respeto por la dignidad e independencia de los personajes del pasado y la frialdad táctica necesaria con que deben actuar para preservar la línea temporal.

 

Tal y como se revela al final de la novela, Veleda es un personaje fascinante y trágico. Posee una inteligencia sagaz y una percepción de la realidad notable. Su lucha no es solo contra Roma, sino por mantener la identidad de su pueblo frente a una asimilación que ella intuye inevitable. Pero, fatalmente y víctima de un engaño, su guerra no sólo no servirá para nada, sino que conllevará la muerte de su ser más querido y leal…

 

Uno de los puntos más interesantes de “Estrella de Mar” es su estructura. Y es que la historia se cuenta en un orden cronológicamente inverso respecto a la vida de Veleda. A medida que Everard y Janne viajan atrás en el tiempo, se van descubriendo los orígenes de las motivaciones de este personaje. Además de obligar al lector a mantener la atención, este recurso subraya un tema clave de Anderson: la Historia no es un bloque sólido, sino una acumulación de causas y efectos que a menudo no somos capaces de ver y conectar.

 

Una vez más, Anderson nos ofrece un auténtico tratado histórico y etnográfico sobre las tribus germánicas, sus creencias, las relaciones entre ellas y su forma de vivir y entender el mundo. Y, también, como es común en esta serie, encontramos una crítica implícita al etnocentrismo al desafiar la percepción de que los pueblos tribales eran simplemente unos "bárbaros" incultos frente a la sofisticación romana. En el texto encontramos abundantes ejemplos de su inteligencia, estructuras sociales complejas y su "humanidad" frente a la maquinaria imperial romana, que es retratada no solo como una civilización superior, sino como una fuerza destructiva y burocrática.

 

El relato juega asimismo con la idea de que los mitos son en muchas ocasiones –si no siempre- hechos o eventos transformados con el paso del tiempo y el salto entre culturas. En este caso y tal y como explica brillantemente Anderson al final, la diosa a la que adoraban Veleda y sus seguidores acaba diluyéndose en la marea de la Historia, pero no desaparece del todo y algunos de sus rasgos se incorporarán a otras religiones, incluida la cristiana en la figura de la Virgen María.

 

“El Año del Rescate” (1988) es una de las entregas más complejas de la saga puesto que implica seis épocas distintas (1987, 1533, 1610, 2937 a.C., 1885, 1435) entre las cuales se mueven otros tantos personajes. La acción comienza durante la conquista española de Perú, donde un agente de la Patrulla, Steve Tamberly, se ha infiltrado como fraile franciscano en el tercer viaje de Pizarro, la expedición definitiva de conquista que culminó con la captura del Inca Atahualpa en Cajamarca en 1532 y la toma del Cusco un año después. Su misión, como fray Esteban Tanaquil, es, por las noches, tomar copias holográficas de las principales piezas que se están recibiendo como parte del rescate de Atahualpa y así conservar al menos un registro de las mismas antes de que su oro se funda.

 

Una de esas noches, sin embargo, cuando está siendo acompañado por uno de los oficiales de Pizarro, Luis Ildefonso Castelar y Moreno, aparecen de la nada en la cámara del tesoro los Exaltacionistas (que ya habían hecho de las suyas en “Marfil y Monas y Pavos Reales”), liderados por Merau Varagan y con la intención de robar el inmenso rescate ya acumulado. Sin embargo, Castelar reacciona y, sobreponiéndose a la sorpresa, consigue montar en uno de los cronociclos y llevarse consigo a Tamberly hasta el pasado, mucho antes del surgimiento de las civilizaciones precolombinas. Allí, antes de abandonarlo en esas épocas pretéritas, obliga al agente a revelarle la existencia de la Patrulla y enseñarle el manejo del vehículo. Con esos conocimientos, avanza en el tiempo para secuestrar a Wanda, la sobrina de Tamberly, en 1987, una joven bióloga californiana que se encuentra en Islas Galápagos para una estancia de verano.

 

Lo que quiere de ella es información y orientación para, en esa época, hacerse con armas de fuego que luego transportará a su propio siglo: “Al final, dirigiendo las tropas del emperador para llevarlas a la victoria. Atacar a los turcos. Arrancar la sedición luterana en el norte de la que he oído hablar. Enseñar humildad a franceses e ingleses. La cruzada final. Primero, garantizaré la conquista del Nuevo Mundo y mi propio poder en él. No es que desee la fama más que otros. Pero Dios me ha nombrado”.

 

Así que Manse Everard, a petición de la preocupada esposa de Tamberly (que fue un estudiante de antropología de la década de los 80 en el siglo XX), la cual nació y vive en la Inglaterra victoriana, deberá encontrar al valiente español e impedirle que lleve a cabo su plan. No sólo eso: tendrá que rescatar a Wanda y encontrar en la infinitud del tiempo y el espacio a su tío.

 

Anderson vuelve aquí sobre los temas sobre los que ya había transitado en otros de sus cuentos para la serie, aunque con un enfoque algo diferente. Empezando por la falacia del “progreso histórico”. A través de la interacción entre personajes de épocas tan dispares (el conquistador español del XVI, el agente del futuro, la estudiante de los años 80), explora cómo las distintas culturas perciben el "progreso".

 

Y en relación al oficial español, Anderson vuelve a recordarnos varias veces a lo largo del relato que nuestros ancestros eran tan ingeniosos e inteligentes como nosotros, aunque no dispusieran del corpus de conocimientos científicos y la tecnología que forman la base de la sociedad moderna. Es más, en algunos aspectos y debido al difícil mundo en el que se desenvolvían, podían ser más adaptables y tener mejores posibilidades de supervivencia: “Tamberly pensó, con el cerebro todavía atontado, que los exaltacionistas habían cometido el error común de subestimar a un hombre de una época pasada. Aquél ignoraba casi todo lo que ellos sabían, pero en inteligencia era su igual. Sobre ella pesaba una ferocidad producida por siglos de guerra; no un conflicto impersonal de alta tecnología sino el combate medieval en el que mirabas a los ojos a tus enemigos y los matabas con tus propias manos”. O también: “Cualquier caballero pasaba toda su vida dedicado a actividades físicas; en comparación un campeón olímpico parecería fofo”. Y en otro pasaje:

 

“Era asombrosa la rapidez con la que asimilaba nuevos conceptos. Nada de la teoría. El mismo Tamberly no tenía más que una atisbo de la teoría, que pertenecía a una ciencia milenios por delante de la suya. La idea de que el espacio y el tiempo estuviesen unidos anonadó a Castelar, hasta que la descartó con un juramento y siguió con las cuestiones prácticas. Pero acabó comprendiendo que la máquina podía volar; podía flotar; podía ir instantáneamente a donde su piloto le indicase.  

Quizá su aceptación fuese natural. Los hombres educados del siglo XVI creían en milagros; era un dogma cristiano, judío y musulmán. También vivían en un mundo de nuevos descubrimientos, ideas e inventos revolucionarios. Los españoles, en especial, estaban sumergidos en cuentos de caballería y encantamientos... lo estarían, hasta que Cervantes hiciese burla de ellos. Ningún científico le había dicho a Castelar que el viaje al pasado era físicamente imposible, ningún filósofo le había señalado las razones por las que era lógicamente absurdo. Se enfrentaba a los simples hechos”.

 

Y claro, volvemos a tener aquí el constante dilema ético de cuánta intervención es aceptable por parte de los agentes de la Patrulla, en este caso planteando una crisis en la que un personaje del pasado accede a una poderosa herramienta que no comprende, pero que sabe manipular para beneficio propio y que utiliza con el pragmatismo despiadado de su época en lugar de la frialdad analítica con la que la Patrulla afronta su misión.

 

Hasta aquí los relatos y novelas cortas que recopiló Nova Ediciones bajo el título “La Patrulla del Tiempo”, en el año 2000. Existe un cuento más de la serie que no aparece en esa compilación, “Death and the Knight”, novela corta, que Anderson escribió en 1995 para la antología “Tales of the Knights Templar” y que, como no he leído, no entro a comentar.

 

Los cuentos distan de ser perfectos. Aunque Anderson propone muy interesantes reflexiones sobre historia militar o política, no hay realmente un sentido de la maravilla dado que los agentes temporales se desplazan en una especie de motocicletas poco atractivas y se toman su tarea como algo relativamente cotidiano. Los personajes son, en general, poco más que un nombre y una circunstancia e incluso el protagonista troncal carece de matices, limitándose a ser un héroe capaz tanto de pensar como de actuar y que asume con gallardía y bien poca angustia la colosal tarea de preservar el destino de civilizaciones y eras futuras.

 

Uno de los principales méritos de Anderson para esta serie consiste en evitar el cliché de la "Postal Histórica", alejándose de periodos o eventos históricos ya muy sobados, como la Segunda Guerra Mundial, el hundimiento del Titanic o la Guerra Civil Norteamericana, lo que evita que el lector se distraiga y/o aburra con información que ya conoce de memoria. No muchos autores no específicamente centrados en el género histórico hubieran sido capaces de ambientar sus cuentos y novelas en la Persia de Ciro, las eras geológicas prehumanas, la América del siglo XIII, la Tiro cartaginesa, el turbulento siglo I en las fronteras del Imperio Romano o el Imperio Inca de Atahualpa en el siglo XVI. Sólo alguien con auténtica pasión por la Historia, como Anderson, podría disponer de, o bien la sapiencia o bien el impulso para documentarse extensamente para lo que en su origen no fueron más que cuentos destinados a una revista pulp.

 

Habida cuenta de sus defectos, ¿por qué la serie de “La Patrulla del Tiempo” sigue siendo hoy, más de setenta años después de su comienzo, una obra de lectura recomendada? En primer lugar, el estilo de Anderson ha envejecido mucho mejor que el de sus contemporáneos: es sencillo sin resultar simplón, todavía deudor de la época pulp pero sin los más obvios tics de la prosa de entonces. En segundo lugar, son historias que oscilan entre lo meramente entretenido y lo brillante. Y, sobre todo y para los amantes de la Historia, ofrece una apasionante perspectiva de la misma, preguntándose por qué somos lo que somos y cómo podríamos haber sido si ciertos eventos hubiera transcurrido de forma diferente.

 

El de Anderson es un enfoque humanista en el sentido de que lo que le interesa es la dinámica social, política e histórica y no la tecnología, que interpreta como un mero subproducto de lo anterior. Como suele ser habitual en todas las historias de viajes en el tiempo, lo importante no es aquí el invento o la tecnología que permite tal desplazamiento. Nunca lo ha sido, ni siquiera en el relato más famoso del subgénero, “La Máquina del Tiempo” (1895). Lo relevante no es el mecanismo sino la visión a la que éste da acceso, ya sea el futuro o el pasado. Y precisamente esa independencia de la tecnología es otro factor para que este libro no haya perdido vigencia en absoluto.

 

“La Patrulla del Tiempo” es, en fin, un clásico indiscutible de la ciencia ficción y una obra imprescindible para los aficionados a los textos sobre viajes en el Tiempo.

 


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