Resulta curioso, aunque no edificante, observar cómo una franquicia cinematográfica sobrevive no solo a su premisa original, sino también a su mismo propósito. Es el caso de “Jurassic World: El Renacer”, la séptima entrega de la saga de dinosaurios más famosa de la pantalla. Intentando orquestar un "nuevo comienzo", acaba aferrándose desesperadamente a los restos fosilizados de sus glorias pasadas.
“Parque Jurásico” (1993), de Steven Spielberg, adaptación
de la novela homónima
de Michael Crichton (1990), fue en su momento un éxito monumental,
convirtiéndose en la película más taquillera de su año y generando un auténtico
fenómeno social gracias a una inteligente y masiva campaña de marketing. A
continuación, el director realizó una secuela mucho menos destacada con “El Mundo Perdido” (1997), cediendo luego su puesto a Joe Johnston para una
continuación más, “Jurassic Park III” (2001). La saga permaneció en el limbo
durante catorce años antes de ser resucitada con nuevos rostros en “Jurassic World” (2015), que se convirtió en otro bombazo financiero. Los dinosaurios
habían vuelto a triunfar y Universal Studios no perdió la ocasión de reactivar
la franquicia encadenando secuela tras secuela: “Jurassic World”: El Reino Caído”(2018), “Jurassic World: Dominion” (2022) y la que ahora nos ocupa, “Jurassic
World: El Renacer”.
H
an pasado varios años desde los eventos narrados en la
película anterior, “Dominion”, y el cambio climático ha tornado gran parte de
la Tierra inhabitable para los dinosaurios que años atrás se dispersaron por el
mundo en “El Reino Caído”. Ahora, los supervivientes se concentran en las
regiones ecuatoriales, las únicas donde pueden vivir, habiendo sido declaradas zonas
restringidas.
La mercenaria Zora Bennett (Scarlett Johansson) es
reclutada por el ejecutivo farmacéutico Martin Krebs (Rupert Friend), de
ParkerGenix, para una misi
ón en una de esas zonas: recuperar muestras
biológicas de tres especies diferentes de grandes dinosaurios. Con ellas,
podrán elaborar lucrativas curas para las enfermedades cardíacas. También se
unen a la misión el paleontólogo Henry Loomis (Jonathan Bailey), deseoso de ver
algo más que los huesos del museo en el que trabaja; y un antiguo camarada de
Zora, el capitán de navío Duncan Kincaid (Mahershala Ali), que aporta a su vez un
equipo especializado en rescates.
En ruta hacia el área elegida, se desvían para recoger a la
familia Delgado (Reuben, sus dos hijas, Teresa e Isabella, y el novio de la
primera, Xavier), que estaba de vacaciones en un barco cu
ando éste fue atacado
por un mosasaurio. Un grupo de esas criaturas dañan la embarcación de Duncan,
obligándolos a embarrancar en Isla Saint-Hubert, donde se localiza un
laboratorio abandonado en el que se hicieron experimentos genéticos con
dinosaurios. Los dos grupos por separado, la familia Delgado y el equipo de
mercenarios, intentan sobrevivir en la inhóspita naturaleza, obtener las
muestras y llegar al helipuerto a tiempo para que el helicóptero de rescate los
evacúe, todo ello mientras se enfrentan a la amenaza de dinosaurios mutantes
que escaparon del laboratorio o fueron dejados en libertad por los científicos.
El director contratado para esta iteración jurásica fue el
británico Gareth Edward
s, un autodidacta de los efectos visuales que debutó con
la película “Monsters” (2010), una cinta que causó tan buena impresión que le
mereció la oferta de dirigir la nueva versión norteamericana de “Godzilla”
(2014), seguida de la precuela de Star Wars “Rogue One” (2016) y, más
recientemente y sin salir de la CF, “The Creator” (2023). Muchísimo más
currículo tiene el guionista, David Koepp, entre cuyos créditos encontramos,
por ejemplo, “Parque Jurásico”, “Atrapado por su Pasado” (1993), “The Shadow”
(1994), “Misión Imposible” (1996), “El Mundo Perdido”, “Snake Eyes” (1998), “El
Último Escalón” (1999), “La Habitación del Pánico” (2002), “Spiderman” (2002),
“La Guerra de los Mundos” (2005), “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de
Cristal” (2008), “Ángeles y Demonios” (2009), “Jack Ryan: Operación Sombra”
(2014), “Inferno” (2016), “La Momia” (2017) o “Indiana Jones y el Dial del
Destino” (2023).
A pesar de cont
ar con esos dos nombres de peso como
principales responsables de esta nueva entrega de la saga, tengo que decir que
no albergaba grandes expectativas respecto a “El Renacer”. Las películas de
Jurassic World han repetido la fórmula básica de la saga con una previsibilidad
tan formulista que era imposible albergar la esperanza de ver otra cosa que
gente corriendo por una isla para evitar ser devorados por dinosaurios
hambrientos y/o cabreados.
Dicho esto, si bien “El Renacer” no se aleja demasiado de
la fórmula básica de las secuelas y resulta en todo momento predecible, al
menos resulta ser u
na propuesta más entretenida de lo que esperaba. Para
empezar, el planteamiento inicial le da un giro a la historia. Las películas de
Jurassic World habían oscilado entre ambientaciones en nuevos parques
temáticos, diferentes islas y otros tantos multimillonarios con sus zoos/laboratorios
privados, añadiendo en cierto momento la cuestión de si los dinosaurios podrían
o deberían integrarse en el mundo moderno. Cada nueva secuela parecía descartar
cualquier novedad introducida en la entrega anterior. La zona ecuatorial como
único hábitat posible es una idea interesante, aunque no esté muy bien
explicada: ¿es un área legalmente protegida o simplemente un lugar peligroso al
que se desaconseja viajar? Lo que cabría esperar en la realidad sería que
muchas empresas de dudosa ética o legalidad ofrecieran expediciones para cazar
dinosaurios o visitas turísticas clandestinas.
Ahora bien, más allá de ese nuevo contexto global, todo
está cocinado con la misma receta que en todas y cada una de las entregas
anteriores: el entorno cerrado en el que un grupo de incautos/desafortunados
van siendo diezmados por lagartos de enormes fauces; la estructura de
vide
ojuego (tres fases, en cada una de las cuales el equipo debe rastrear otros
tantos dinosaurios diferentes, terrestre, marino y aéreo); el ejecutivo de una
traicionera corporación, sin escrúpulos y despiadado, dispuesto a todo con tal
de llevarse su botín; la cínica y quemada mercenaria a la que parece que solo
le importa el dinero pero que finalmente encuentra su conciencia perdida y hace
lo correcto; los niños y adolescentes que no hacen más que causar problemas; un
equipo de especialistas que parecen tener pintada una diana en la espalda; el
científico torpón… De hecho, con una aventura que incluye mercenarios y dos
niños, “El Renacer” se asemeja sobre todo a una versión “mejorada” de “El Mundo
Perdido” que, como he mencionado, fue escrita por el mismo Koepp.
Hay, también, problemas de estructura. Tanto la familia
Delgado como los m
ercenarios terminan naufragando en la isla, pero, como he
apuntado, lo hacen por separado y cada grupo tendrá que afrontar sus propias
pruebas de supervivencia. El problema es que las dos historias se desconectan
rápidamente, casi como si se tratara de dos películas distintas. Los mercenarios
siguen con su misión de conseguir sangre de dinosaurio, mientras que la familia
simplemente intenta sobrevivir mientras llega a las instalaciones científicas
abandonadas. Cada grupo menciona al otro sólo de forma tangencial y sus
respectivas historias únicamente sirven para ir encadenando la siguiente escena
de acción.
Y claro, c
omo en el resto de entregas de la nueva etapa de
la saga, esta tenía que sacarse de la chistera una nueva aberración zoológica: el
Distortus rex, una especie de tiranosaurio mutado, con una cabeza bulbosa,
extremidades adicionales y un inconfundible aire de criatura trágicamente
maltratada por una malvada corporación. Es menos un superdepredador que un xenomorfo
disfrazado de dinosaurio, y si bien su diseño es impactante, también es un
ejemplo perfecto de la inclinación de la franquicia por complicar en exceso a
los monstruos hasta el punto de rozar lo absurdo.
El guion trata de añadir, sin demasiado éxito, algo de
sustrato
dramático a los personajes, ya sea en la reprobación inicial que
Reuben Delgado (Manuel Garcia-Rulfo) exhibe hacia el holgazán novio de su hija,
o los traumas que arrastran Zora y Duncan producto de sus peculiares trabajos. Al
principio de la película, hay algunas escenas donde los personajes hablan de sí
mismos y los problemas que les atormentan. Desafortunadamente, eso es todo lo
que hacen: hablar sobre ello y de una forma que se siente forzada y fuera de
lugar, como si fueran reshoots ordenados por algún ejecutivo del estudio al
comprobar en una proyección de prueba que todos esos personajes carecían de
trasfondo alguno.
Scarlett Johansson interpreta a la mercenaria más amable,
bondadosa, serena y
con principios éticos más sólidos que puedas imaginar. Es
como si el deseo de la actriz de interpretar un personaje esencialmente humanitario
termina por distorsionarlo y transmitir un mensaje confuso: Zora no parece ser
alguien que, tras aceptar sin remilgos una cantidad fabulosa de dinero por
liderar una misión ilegal a sueldo de una compañía claramente turbia, de
repente exhiba imperativos morales tan fuertes.
Por otra parte, Mahershala Ali tiene en todo momento una
expresión y unas reacciones que en absoluto casan con quien, también, es
supuestamente un mercenario endurecido en mil batallas. El untuoso ejecutivo
farmacéutico interpretado por Rupert Friend es un villa
no tan de manual que,
desde su primera escena, ya puedes visualizarlo devorado por el dinosaurio más
horrendo del catálogo de la película. El resto de los personajes son igualmente
sosos y desdibujados. Gran parte de los diálogos son puro cliché de la franquicia,
como esas frases pronunciadas con solemnidad: "No son monstruos, solo son animales" antes de proceder a
acribillarlos a tiros. Y aunque la película intenta introducir cierta
ambigüedad moral (el dilema sobre la distribución abierta y gratuita de la cura
extraída del ADN), no puede evitarse en todo momento la molesta sensación de estar
pisando terreno muy trillado.
Si los personajes son estereotipados, anodinos o mal
construidos, al menos participan en una historia de supervivencia que, aunque
poco original, sí es sorprendentemente r
azonable. Como ya había demostrado en
“Monstruos” y “The Creator”, lo que realmente le interesa a Gareth Edwards y
para lo que tiene auténtico talento es construir mundos imaginarios que parecen
rebosar de vida incluso fuera de plano. Todas las demás películas de la saga
jurásica están llenas de dinosaurios de lo más variado que no parecen desempeñar
más papel que el de preámbulos o excusas para escenas de acción. En “El
Renacer” se tiene la sensación de haber sido arrojado a un mundo inmersivo
poblado de enormes leviatanes. Una de las mejores escenas es aquella en la que
Teresa
Delgado (Luna Blaise) camina sigilosamente junto a un T-Rex dormido: ofrece
una imagen tan espectacular como, a su manera, cotidiana y esperable en un
lugar así. En otra escena, el grupo atraviesa un campo donde pastan una manada
de titanosaurios con sus colas increíblemente largas y ondulantes. Asombrados,
contemplan a una pareja de ellos en pleno ritual de cortejo, un momento que
evoca la sensación de maravilla que Spielberg transmitió al público cuando sus
personajes se encontraron con los dinosaurios por primera vez.
El entretenimiento qu
e pueda brindar la película no
proviene, por tanto, de la originalidad de su trama ni del carisma de sus
personajes, sino de escenas como las antedichas u otras más artificiosas, como
aquélla en la que Zora trata de dispararle al mosasaurio colgando boca abajo de
la proa del barco, todo antes de que se estrelle contra las rocas y llegue a la
costa; la de los pterodáctilos invadiendo la gasolinera del laboratorio; el
descenso en rápel para invadir el nido del quetzalcoatlus; o el clímax en torno
al helipuerto y la pequeña balsa perseguida por el torpe Distortus Rex.
Pero la nostalgia tiene sus límites, y “El Renacer” lucha desesperadamente
por conciliar su deseo de revivir la magia de 1993 con la necesidad de superar
las apuestas cada vez más absurdas de la franquicia. Por cada momento de
auténtico sus
pense, hay dos escenas que parecen haber sido ensambladas por una
IA a la que se le alimentó con toda la serie y se le ordenó generar un montaje
con los mejores momentos.
Algunos críticos calificaron a “El Renacer” como la mejor entrega de la saga desde “Parque Jurásico”, aunque sospecho que, más que un elogio a la película es un agravio a sus antecesoras. En sus mejores momentos, ofrece una superproducción bien hecha con destellos ocasionales de la magia con la que antaño arrancó la franquicia; una atracción de parque temático bien engrasada, divertida, rápida, ruidosa y de final predecible. En sus peores momentos, es otro recordatorio de que quizás estas criaturas deberían haber permanecido extintas en el cine durante algunos años más, al menos hasta que alguien diera con una forma de revivirlos sin recurrir a clichés ya demasiado sobados.
Una propuesta,
en fin, que toma prestados todos sus
elementos de la película original y sus secuelas y los inserta en una historia
sencilla que va al grano. Sin embargo, carece de la rica caracterización y las
emociones que en su momento hicieron de “Parque Jurásico” algo especial. Puede
disfrutarse en el momento –unos inmensos dinosaurios mutantes provocando una
carnicería siempre tendrán su encanto-, pero se olvida antes siquiera de que se
enciendan las luces de la sala.
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