viernes, 19 de junio de 2026

1999- WILD WILD WEST – Barry Sonnenfeld

La serie de televisión “Wild Wild West” (1965-1969) fue una de las mejores de entre la multitud de ficciones audiovisuales que se subieron al carro del cine de espías de los años 60 tras el enorme éxito de las películas de James Bond. Esta serie, en concreto, dejó huella al atreverse a combinar los tropos del cine de espías con los del western televisivo de la época, como “La Ley del Revolver” (1955-1975), “Maverick” (1957-1962), “Cuero Crudo” (1959-1966) o Bonanza (1959-1973). La serie tenía un humor irónico y contenido que mezclaba la acción propia de las historias del Oeste con supervillanos excéntricos e inventos anacrónicos.

 

Avancemos treinta años. Desde comienzos de los años 90 y prácticamente hasta la actualidad, Hollywood ha encontrado en la televisión clásica un filón del que tirar en forma de versiones en pantalla grande de personajes e historias muy queridas para muchos espectadores que acuden a verlas o bien arrastrados por la nostalgia o por la fama del producto original. Así, se estrenaron films como “Rústicos en Dinerolandia” (1993), “El Fugitivo” (1993), “Los Picapiedra” (1994), “La Tribu de los Brady” (1995), “Flipper” (1996), “Maverick” (1996), “Misión Imposible” (1996), “Las Desventuras de Beaver” (1997), “El Santo” (1997), “Los Vengadores” (1998), “Perdidos en el Espacio” (1998) o “Mi Marciano Favorito” (1999). La lista continúa hasta la actualidad, pero en esta ocasión nos detendremos en 1999, año en el que llega a las pantallas la versión cinematográfica de la serie que comentaba al principio.

 

Corre el año 1869, y Jim West (Will Smith), un agente federal, se encuentra persiguiendo a "Bloodbath" McGrath (Ted Levine), un ex general confederado empeñado en continuar la ya finalizada Guerra Civil. Impulsivo, hombre de acción e infalible tirador, West coincide en una de sus acciones con Artemus Gordon (Kevin Kline), otro agente federal que no puede ser más distinto a él: meticuloso, maestro del disfraz, reacio a las armas y genial inventor.

 

Irónicamente, el presidente Ulysses S. Grant (Kevin Kline) les asigna a ambos la misión de detener a un secuestrador de destacados científicos que amenaza con dar un golpe de estado y apoderarse del país. A bordo del tren especialmente acondicionado que les cede el presidente, a West y Gordon se les une Rita Escobar (Salma Hayek), hija de uno de los científicos desaparecidos. Juntos deberán superar sus diferencias y encontrar la manera de combinar sus respectivos talentos y personalidades para derrotar al villano, Arliss Loveless (Kenneth Brannagh), un genio sureño desquiciado y mutilado que ha fabricado un inmenso artilugio arácnido movido a vapor con el que pretende obligar al presidente Grant a firmar un tratado que devuelva los estados del sur a sus dueños originales.

 

“Wild Wild West” está dirigida por Barry Sonnenfeld, quien, tras ejercer de responsable de fotografía en películas como “Arizona Baby” (1987), “Cuando Harry encontró a Sally” (1989) y “Misery” (1990), debutó en la realización casi por casualidad (necesitaban a la persona disponible más cercana tras la renuncia del director anterior) con “La Familia Addams” (1991). El buen resultado obtenido lo confirmó en el puesto para la secuela. Su buena racha continuó con “Cómo Conquistar Hollywood” (1995), gracias a la excelente actuación de John Travolta y a un guion sólido basado en una novela de Elmore Leonard; y, sobre todo, “Men in Black” (1997), que se convirtió en la tercera película más taquillera de su año, obtuvo el beneplácito de la crítica e inició una franquicia multimillonaria.

 

Pero “Wild Wild West” no fue sólo un paso atrás, sino un auténtico torpedo a la línea de flotación de la carrera de Sonnenfeld. Había quedado claro que su fuerte era la comedia comercial. Se sentía cómodo con la ironía mordaz de las películas de la Familia Addams y el ingenio del mafioso Chilli Palmer en “Cómo Conquistar Hollywood”. Pero, al ascender a la categoría de superproducción con “Men in Black”, ya pudo apreciarse que Sonnenfeld no terminaba de encontrar su ritmo, alternando la incómoda inexpresividad y la farsa estridente. “Wild Wild West” y su posterior fracaso con la comedia “nuclear” “El Gran Lío” (2002) encapsulan en su máxima expresión todos sus defectos.

 

“Wild Wild West”, más que una película, parece una suerte de frankenstein construido a base de una lista de requisitos comerciales del estudio: una nueva versión cinematográfica de una recordada serie de televisión de los años 60; acción a gran escala; efectos especiales; actores de gran tirón, en especial el ya inmensamente popular Will Smith soltando sus características socarronerías; erotismo a base de actrices atractivas en sugerentes vestuarios y bromas burdas; mucho humor; una promoción conjunta con Burger King; y una banda sonora de rap a cargo del propio Will Smith. En fin, un gran caramelo de vivos colores que, al desenvolverlo, resulta tener menos sabor que una lechuga de plástico.

 

La película no se toma en serio a sí misma, lo cual no es necesariamente un problema. Pero sí lo es que pretenda ser más inteligente y graciosa de lo que en realidad es. Los guionistas (hasta seis acreditados, lo cual ya es mala señal) y, sobre todo, el productor Jon Peters, creyeron que lo único que necesitaban para ganar la partida era introducir elementos steampunk en el género de policías colegas y ambientar la acción en el Oeste. Si la serie original, como he apuntado, nació de la popularidad de las películas de James Bond que por entonces protagonizaba Sean Connery, esta versión cinematográfica sería el equivalente a las de Roger Moore. La elegante sofisticación de la propuesta original ha sido sustituida por un exceso presupuestario, una cursilería ridícula y una actitud por parte de los actores que demuestra que no se lo están tomando en serio.

 

Tampoco es que la serie de los 60 se tomara en serio a sí misma, pero la diferencia es que esta traslación al formato de pantalla grande es tan autocomplaciente que termina convirtiéndose en un ruidoso circo de escenas ridículas que no tienen la gracia que pretenden: Jim West haciendo “puenting” bajo un tren en marcha; gags con mesas de billar giratorias; West enfrentándose a unos pistoleros tras atravesar desnudo un depósito de agua en cuyo interior había estado haciendo el amor; una persecución con collares metálicos magnetizados…. Hay un gag demasiado alargado con West y Gordon probándose unos pechos falsos mientras sus comentarios son malinterpretados por un tercero que cree que son homosexuales. Lo mismo ocurre con una escena en la que los dos agentes cometen repetidos lapsus freudianos sobre pechos y traseros tras ver a Rita en ropa interior. En el clímax, cuando West, disfrazado de odalisca, rescata a Gordon de un pelotón de fusilamiento, uno se queda boquiabierto ante lo increíblemente poco graciosa que es la escena teniendo en cuenta el dinero que invirtieron en ella y el reconocido talento cómico de los dos actores implicados.

 

Siendo honestos, la falta de seriedad y compromiso consigo misma de “Wild Wild West” debería haber sido evidente antes incluso de entrar en el cine y ver que el personaje de James West era encarnado por una superestrella negra. Dejando de lado que estoy absolutamente conforme con que la igualdad racial hubiera llegado a un punto en el que un actor afroamericano pudiera encabezar una superproducción de este calibre, su elección para dar vida al protagonista desafía absurdamente cualquier tipo de credibilidad histórica. La trama, ambientada en 1869, se sitúa tan solo cuatro años después del final de la Guerra Civil estadounidense y cuatro años tras la formación del Ku Klux Klan. Si bien es cierto que ya existían congresistas negros en aquella época, el casting de la película parece ignorar flagrantemente la posición social que los afroamericanos tenían en ese momento. Hay un intento de abordar el tema cuando West intenta convencer a una turba sureña de que no lo ahorquen ensalzando las virtudes de ser unos paletos; pero tratar de convertir un tema tan serio en una broma tan mala entra de lleno en lo ofensivo.

 

Pero es que, además, la película tiene momentos terriblemente mal dirigidos. Por ejemplo, ya bastante avanzada la trama, mientras los héroes se apresuran para detener a Loveless, que viaja a bordo de su vehículo arácnido del tamaño de un edificio, éste se aproxima al lugar donde pretende obligar al presidente Grant a disolver los Estados Unidos: la ceremonia con la que se conmemoró la unión de las dos mitades del Ferrocarril Transcontinental. Grant tiene que clavar simbólicamente el último clavo en la vía, pero cada vez que lo coloca en el agujero, se cae. Cuando se hace evidente que el problema son unas vibraciones, Grant se da la vuelta, el plano se abre y todos los presentes se quedan atónitos al ver la pata de la araña gigante de Loveless, la causante de las vibraciones, dando un rotundo pisotón.

 

Esto sería una buena forma de generar tensión, salvo por un detalle. La multitud reunida para observar a Grant está colocada frente a él, lo cual significa que todos miran en la dirección desde donde se acerca la araña. Además, cuando vemos una toma del engendro acercándose, observamos que se desplaza por un terreno completamente llano en un día despejado. Es imposible que todos los presentes, incluidos los soldados encargados de evitar que nadie ataque al presidente -quien, como ya nos ha informado la película, ha estado recibiendo amenazas de muerte- no hayan visto el gigantesco y ruidoso vehículo aproximándose hacia ellos.

 

Cualquier película de fantasía o ciencia ficción debe tener cierto grado de realismo; de lo contrario, nada de lo que ocurre en ella tiene peso ni valor. Por poner otro ejemplo: en un momento dado, West recibe un disparo a quemarropa con una pistola, lo que provoca que caiga desde lo alto de la araña mecánica hasta el suelo. Sobrevive al disparo porque lleva un chaleco antibalas, pero la caída debería haberle fracturado la espalda. Esto podría considerarse, simplemente, una de esas cosas que pasan tan a menudo en las películas de acción; pero es que, más tarde, en el clímax, se enzarza en una pelea a cuatro bandas con un grupo de matones de Loveless, dando a entender que volver a sufrir la misma caída sería letal. ¿Pero por qué? No lo mató la primera vez, y entonces no estaba preparado para el golpe. ¿Por qué no se limita a saltar cuando las cosas se le ponen difíciles, se sacude el polvo y vuelve a subir? “Wild Wild West” no solo carece de fundamento en nuestra realidad, sino que ni siquiera lo tiene en la suya.

 

Todo esto no sería tan malo si la estupidez fuera divertida o interesante, pero la película es increíblemente aburrida. El único punto a favor que puedo encontrar es la inventiva tras algunos de los anacrónicos artilugios steampunk: sierras voladoras, bicicletas cohete, máquinas aéreas inspiradas por Da Vinci, tanques, auriculares de gramófono, mangas con pistolas… y, por supuesto, la gran araña, que fue una idea e imposición del productor Jon Peters (Barry Sonnenfeld admitiría más tarde que la araña fue uno de los errores que arruinaron la película. Al hacerla tan masiva, cambió drásticamente el tono, pasando de ser una comedia de aventuras steampunk a una película de desastres a gran escala que no encajaba con el resto del metraje).

 

En cuanto al reparto, Will Smith interpreta su personaje con el tipo humor socarrón y natural que lo convirtió en una estrella en tiempo record. Kevin Kline, un actor carismático de reconocido talento, parece inusualmente contenido en un papel que queda muy a la sombra del de Smith. Kenneth Branagh, por su parte, siempre ha mostrado una cierta tendencia hacia la exageración interpretativa y, como villano, la película le brinda la oportunidad de dar rienda suelta sin pudor alguno a esa inclinación por la sobreactuación. De hecho, bien podría decirse que roba el protagonismo cada vez que comparte escena con cualquier otro actor. En cuanto a Salma Hayek, una de las actrices más sexys del momento, es capaz de transmitir una pasión y un fuego genuinos cuando se le da la oportunidad, pero la película la desaprovecha en un papel que no es más que un superficial adorno femenino.

 

En fin, que cualquiera que vea la película no tendrá ningún problema para entender que se convirtió en el ejemplo perfecto del riesgo que corre un estudio al permitir que un director tenga presupuesto ilimitado sin un guion sólido que lo respalde. ¿Resultado? Catástrofe en todos los órdenes. Con un coste de producción de unos 170 millones de dólares (sin contar la publicidad, que fue masiva), fue una de las películas más caras jamás hechas hasta ese momento. Y sólo consiguió recaudar unos decepcionantes 222 millones de dólares a nivel mundial. Si bien esta cifra parecería respetable para una película promedio, teniendo en cuenta el calibre de esta, fue un resultado pésimo porque, después de que los cines cobraran su porcentaje, el estudio apenas pudo cubrir sus costes operativos y de marketing, quedándose lejos de obtener beneficios. 

 

Y, naturalmente, la crítica encontró todos los motivos para entrar a degüello. De forma unánime, se valoró que, a pesar del despliegue técnico y el plantel actoral, la película carecía de alma, propósito, humor o siquiera capacidad para entretener. El impacto negativo fue tal que fue "galardonada" con cinco Premios Razzies en el año 2000, incluyendo Peor Película, Peor Director y Peor Guion. 

 

En fin, un desperdicio de dinero y talento técnico e interpretativo en una confusa mezcla de western, steampunk y comedia slapstick que, para colmo, tocó temas históricos sensibles para el público norteamericano con una notable falta de gusto.

 

 


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