sábado, 23 de mayo de 2026

2019- PARA TODA LA HUMANIDAD (4)


(Viene de la entrada anterior

 

Otra subtrama interesante es la de Ellen (Jodie Balfour) y Larry Wilson (Nate Corddry), cuyo ascenso hasta la Casa Blanca fue posible porque ambos ocultaron que su matrimonio heterosexual era una farsa. En una época todavía profundamente homófoba, la orientación homosexual de ambos les habría impedido no ya desarrollar una carrera política, sino siquiera conservar sus respectivos trabajos en el sector aeroespacial. El suspense en este arco se apoya en la revelación pública de un desliz de Larry, que pone en peligro no ya los puestos de ambos sino la propia autonomía financiera de la NASA, que ciertos sectores del gobierno quieren recortar.

 

Aquí encontramos otro de los puntos de conexión entre nuestra realidad y la ficción de la serie en lo referido a la ley “Don't Ask, Don't Tell" (“No Preguntes, No Digas”), aprobada por el gobierno del presidente Bill Clinton como una solución de compromiso que en su momento fue muy polémica y que informó la política oficial del ejército de los Estados Unidos respecto a la homosexualidad de sus miembros desde 1993 hasta 2011. Antes de aquel año, la homosexualidad estaba completamente prohibida en el ejército estadounidense y los aspirantes eran interrogados directamente sobre ello. Durante su campaña presidencial de 1992, Clinton prometió levantar esa restricción por completo. Sin embargo, al asumir el cargo, se topó con una feroz oposición del Pentágono, de gran parte del Congreso y de los sectores más conservadores del gobierno y la sociedad. Como el presidente no tenía en ese momento el apoyo político suficiente para legalizar el servicio militar abierto a las personas del colectivo LGTB, se llegó a esta ley de consenso: mientras los soldados mantuvieran para sí su vida privada, se les permitiría servir.  

 

Este "pacto de silencio" implicaba a las dos partes. Por un lado, los mandos militares tenían estrictamente prohibido investigar la orientación sexual de los soldados o hacerles preguntas al respecto durante el reclutamiento o el servicio. Por otra, los soldados no debían revelar su orientación sexual, hablar de sus parejas o tener conductas que los "delataran". La trampa, claro, era que si un soldado declaraba abiertamente su homosexualidad o si se descubría que mantenía una relación tal, la ley obligaba a su expulsión inmediata y deshonrosa del ejército.

 

Pues bien, aquí es Ellen Wilson la que, acorralada y obligada por las circunstancias, impulsa esta ley, lo que, dada su propia condición de lesbiana en el armario, eleva el drama y refleja el coste humano del pragmatismo político y la ambición. Tras dos primeras temporadas marcadas por sacrificios dolorosos y desenlaces emocionalmente demoledores para Ellen –quien en la segunda temporada tuvo que renunciar a su verdadero amor, Pam (Meghan Leathers), en favor de su carrera-, ahora llega la necesaria catarsis: decide dar un paso al frente, romper con las mentiras y hacer una declaración pública en la que revela la verdad provocando la esperable conmoción en todo el planeta.

 

Sin embargo, debido al ritmo frenético de la recta final de la temporada y, sobre todo, a los acontecimientos que estaban teniendo lugar en Marte, la serie apenas tuvo tiempo para procesar el impacto de su confesión, así que los espectadores se quedaron sin poder asistir al inmediato terremoto político, las reacciones de la opinión pública y el predecible proceso de destitución al que se enfrentaría.

 

Puede que el arco de Ellen parezca desconectado de todo el aspecto espacial de la serie, pero no es así. Su presidencia es el resultado del espacio, sus problemas políticos derivan del espacio y las decisiones que toma desde Washington cambian el rumbo de la historia en Marte. Su arco no está aislado de lo que ocurre en Marte, la Luna o la NASA; es el reflejo político de la misma conquista espacial.

 

Para empezar, Ellen no llega a la presidencia por el camino tradicional de los políticos, sino gracias a la popularidad que amasó siendo una heroína espacial. Su liderazgo en misiones críticas en las temporadas anteriores y su estatus como exdirectora de la NASA son los únicos motivos por los que el Partido Republicano la ve como la candidata perfecta para batir a Bill Clinton. Pero es que, además, durante su mandato, la misión a Marte no es un simple programa científico de fondo, sino el eje central de su agenda geopolítica. Cuando la empresa privada Helios entra en escena amenazando con adelantar a los Estados Unidos y a la Unión Soviética, Ellen se ve obligada a tomar decisiones bastante radicales para que la NASA no pierda la carrera.

 

Otra conexión, esta más sutil pero no por ello menos importante, es la crisis de las energías limpias en la Tierra. En esta línea temporal, la economía mundial ha hecho una transición hacia los reactores de fusión alimentados por Helio-3 extraído directamente de la Luna. Esto aboca a Ellen a un conflicto político de primer orden puesto que el éxito del programa espacial ha destruido la industria de los combustibles fósiles en la Tierra, dejando a miles de trabajadores del carbón y del petróleo sin empleo. Los disturbios y las protestas contra su gobierno nacen, literalmente, de los recursos que se traen del espacio.

 

Además y como he apuntado más arriba, en este punto, la NASA ya no es una simple agencia gubernamental de investigación; se ha convertido en el motor económico, tecnológico y energético del planeta, operando con una autonomía casi total. Esta independencia técnica y financiera despierta recelos y profundas envidias entre la clase política de Washington. Para los senadores y congresistas, la NASA es un "Estado dentro del Estado", un titán incontrolable que maneja presupuestos astronómicos sin someterse al juego de favores de la política tradicional. Esta tensión pone a Ellen Wilson en una encrucijada, convirtiéndola en el blanco de brutales presiones por parte de su propio partido

 

El nexo directo entre Ellen y el espacio se recupera en los episodios finales. La catástrofe minera en Marte y la posterior lucha por la supervivencia de los astronautas se convierten en una crisis que la Casa Blanca tiene que gestionar en tiempo real. Así que, al mismo tiempo que lidia con el escándalo de la orientación sexual de su marido Larry y la presión del Congreso, Ellen tiene que estar autorizando desvíos de recursos y misiones de rescate a millones de kilómetros de distancia.

 

Por tanto, sí, el arco de Ellen, aunque ella no esté físicamente en el espacio, está directamente relacionado con lo que ocurre allí.

 

Y, por fin, llegamos al segmento principal de la temporada, que es también el más complejo y el que más personajes involucra: el viaje a Marte. Lo que sobre el papel había empezado como una simple ecuación de astrodinámica y una competición entre dos potencias en la que la que primero despegara sería la ganadora, fue complicandose en progresión geométrica a base de giros y sorpresas cuando pasa a ser una carrera entre tres facciones (la NASA, la Unión Soviética y Helios) en un cambiante tablero de ajedrez geopolítico y emocional.

 

Obviamente, es en este arco donde se concentran las escenas de acción y los efectos especiales de primer nivel, empezando por el incidente en el hotel Polaris, el agónico rescate de la nave rusa en plena carrera hacia Marte, el desastre minero y el claustrofóbico salvamento en el túnel marciano. Cada uno de estos puntos de inflexión puso de manifiesto que los guonistas sabían cuándo apretar el acelerador sin descuidar la coherencia general.

 

Hay un momento en esta subtrama que define el alma de la serie. Cuando el equipo de técnicos de la NASA se enfrenta a la crisis del rescate de los astronautas sepultados por una avalancha, el fundador de Helios, Dev Ayesa (Edi Gathegi), pronuncia la frase: “Estos son problemas de ingeniería, amigos, y nosotros somos ingenieros”. Ese instante captura la esencia de la ciencia ficción dura y es imposible no recordar aquella magnífica secuencia de “Apolo 13” (1995) en la que un grupo de técnicos de la NASA debe encontrar la forma de encajar un filtro cuadrado en un agujero redondo usando solo cinta americana y cartón; o la ingeniería de supervivencia de “El Marciano” (2015). Es la resolución creativa de problemas en su máxima expresión: la inteligencia humana y la ciencia como las herramientas definitivas contra el espacio hostil.

 

Otro acierto de esta temporada fue vertebrar el peso de la exploración espacial en torno a dos personajes veteranos y contrapuestos: Ed Baldwin (Joel Kinnaman) y Dani Poole (Krys Marshall). Ed, tras ser retirado por la NASA del puesto de comandante de la misión a Marte, abandona la agencia y ficha por Helios para desempeñar el mismo rol. Por edad y temperamento, es un astronauta de la vieja escuela: impulsivo, competitivo, testarudo, guiado por el ego y motivado por el deseo de compensar su fracaso en ser el primer hombre sobre la Luna.

 

Ed siempre ha sido un personaje ambiguo con el que resulta difícil empatizar.  En las dos primeras temporadas, a menudo rozaba el cliché del astronauta insoportablemente arrogante, y a Joel Kinnaman parecía costarle dotarlo de los matices necesarios para conectar con el espectador a nivel emocional. El arranque de la tercera temporada sigue la misma línea, mostrándonos su peor versión: desagradable y distante con su nueva esposa durante la visita al hotel espacial; e infantil, egoísta y destructivo al enterarse de que podría perder el liderazgo de la misión a Marte, llegando a lanzarle un comentario mezquino e imperdonable a Dani debido a su frustración.

 

Sin embargo, en la segunda mitad de la temporada consigue remontar ese handicap gracias a que los guionistas y el actor encontraron por fin el tono adecuado para él. El clímax de su evolución llega con la gran ironía que ha venido marcando su destino: quedarse a las puertas de ser el primer hombre en pisar Marte. Resulta paradójico que el mismo Ed, que en la primera temporada criticaba duramente a la NASA por su exceso de prudencia y falta de audacia, decida aquí abortar su propio amartizaje. Aunque el guion intentó justificarlo con su repentina preocupación paternalista hacia el problemático Danny Stevens –un giro algo forzado y fuera de lugar para alguien tan competitivo como Ed-, el resultado final funciona porque al renunciar a la gloria personal en pos de la seguridad de su tripulación, completa un viaje de redención y, por fin, se gana el respeto del espectador.

 

En cuanto a Dani, sigue siendo la misma mujer íntegra, pragmática, heroica y moralmente sólida de las temporadas anteriores, solo que aquí va a ocupar el centro del escenario. El personaje viene reforzado por el trabajo actoral de Krys Marshall, que nunca cae en la trampa de construir una heroína bidimensional o una "santa" de manual. En todo momento parece alguien creíble, fuerte y, al mismo tiempo, sensible, lo que hace que el espectador se posicione incondicionalmente a su favor.

 

Tras la marcha de Ed Baldwin hacia Helios, la NASA debe elegir al comandante de la misión Sojourner 1 a Marte y Margo selecciona a Dani basándose estrictamente en sus méritos y su templanza, por encima de las presiones políticas. Cuando Ed, herido en su orgullo, la hace de menos y sugiere de forma mezquina que solo la han elegido por una cuestión de diversidad e imagen pública, Dani responde con una dignidad y una firmeza aplastantes. No se achanta ante los privilegios ni el berrinche de su viejo amigo, demostrando que está más que preparada para el puesto.

 

En plena carrera hacia el Planeta Rojo, la nave soviética sufre una avería en los motores que la deja a la deriva y condena a muerte a su tripulación. Ed, al mando de la nave de Helios, está dispuesto a intervenir, pero Dev Ayesa, el CEO de la empresa, le arrebata el control remotamente y sigue trayectoria hacia Marte para no perder ventaja en la carrera (un insulto a su mando que, obviamente, Ed no se toma nada bien). Por el contrario, Dani no lo duda un segundo y prioriza las vidas humanas sobre la gloria geopolítica. Toma la arriesgada decisión de desviar la Sojourner 1 para realizar una maniobra de acoplamiento y rescate al límite. Su liderazgo bajo una presión extrema salva a los cosmonautas rusos, aunque ello le cueste perder la delantera en la carrera y un par de vidas de sus propios hombres.

 

Una vez en la órbita de Marte, la NASA y los soviéticos (ahora compartiendo la nave americana tras el rescate) preparan el descenso. El comandante ruso, Grigory Kuznetsov (Lev Gorn), intenta forzar las cosas para ser el primer hombre en pisar el planeta. En una de las escenas más memorables de la temporada, Dani y Kuznetsov bajan literalmente a la vez por la rampa de la cápsula de aterrizaje, forcejeando y tropezando en un momento que mezcla la comedia física con la tensión geopolítica. Al final, ambos caen juntos sobre el polvo marciano, dando la impresión de que se han abrazado y convirtiendo lo que iba a ser una victoria nacionalista en un aterrizaje conjunto e histórico.

 

Con tres facciones atrapadas en Marte y los recursos escaseando, Dani se convierte de facto en la líder de la base conjunta, bautizada Happy Valley. Su paciencia y capacidad de mediación se ponen a prueba constantemente, especialmente cuando tiene que lidiar con el secretismo de los soviéticos y los arranques de Ed. Dani destaca aquí por su inteligencia emocional y pragmatismo, logrando que científicos y militares de naciones enemigas colaboren para racionar el agua y mantener la cordura en un entorno hostil. También es de los pocos que nota la alarmante inestabilidad psicológica de Danny Stevens. A pesar de los repetidos errores del joven, Danielle intenta protegerlo y guiarlo por el respeto que le profesaba a sus padres pero cuando se averigua que fueron sus negligencias las que provocaron el colapso de la excavación en busca de agua, causando varias muertes y dejándolos incomunicados, Dani toma las decisiones difíciles propias de un verdadero comandante (aunque no entiendo el sentido de aislar a Danny en la nave coreana a la que le condena al final de la temporada. Se merece un castigo, por supuesto, pero obligarlo a vivir solo durante meses en un entorno hostil y sin que en ese momento suponga un peligro inminente –porque parece haberse recuperado de su adicción- me parece excesivo, logísticamente absurdo y difícil de justificar en la Tierra).

 

Otro personaje central integrado en la tripulación “marciana” es Kelly Baldwin (Cynthy Wu), la hija adoptiva de Ed y Karen, que ya había sido presentada en la temporada anterior. Al incorporarla a la misión como bióloga principal del equipo de la NASA, los guionistas la sacaron de la periferia de los dramas familiares para situarla en el epicentro de la trama principal. Su arco se apoya en dos pilares emocionales. Por una parte, la relación con su padre. Ed le ofreció unirse a Helios y viajar con él a Marte, pero ella se negó porque es una defensora convencida de que la investigación científica debe ser patrimonio de la Humanidad y no quedar en manos de una empresa privada. Ambos están, por tanto, separados por sus ideas y físicamente por formar parte de tripulaciones competidoras, aunque también unidos por el amor filial. A través de sus conversaciones por videoconferencia y su posterior reencuentro en el suelo marciano, la serie explora el peso del legado familiar, el duelo no superado de Ed por la pérdida de Shane y el choque inevitable entre la testarudez de Ed y la independencia de Kelly. Cynthy Wu y Joel Kinnaman tienen la química necesaria para dotar de verosimilitud a esta compleja interrelación.

 

El otro pilar sobre el que descansa la evolución del personaje es la relación que inicia con el cosmonauta ruso Alexei Poletov (Pawel Szajda) y a raíz del cual ella acaba embarazada. Este sí es un giro difícil de digerir: que una científica de élite, sometida a una disciplina militar y a los rigores de una misión espacial extrema, sea tan imprudente como para mantener relaciones sexuales sin protección. En fin, ese “desliz” se convierte en el gran catalizador de la segunda mitad de la temporada. El primer embarazo en suelo extraterrestre no es un simple recurso de culebrón porque se utiliza para introducir un nuevo abanico de complicaciones que elevan la apuesta dramática. Para empezar, obliga al médico de la base y a los equipos de las tres facciones en liza a colaborar contrarreloj para garantizar la supervivencia de la madre y el feto en un entorno con gravedad reducida y recursos mínimos (por cierto, que el vuelo en solitario de Kelly por el espacio en el episodio final recuerda a la gesta similar de Mark Whatney al final de la adaptación cinematográfica de “El Marciano” –aunque en el libro no sucedía tal cosa-).

 

A quien desgraciadamente se ve mucho menos en esta temporada es a la inigualable Molly Cobb (Sonya Walger), una ausencia que, sin embargo, es coherente con el devenir de su propia historia. Tras los catastróficos eventos de la segunda temporada –donde, recordemos, su exposición a la radiación solar para salvar a un compañero la condenó a una ceguera progresiva-, el personaje se encontraba, lógicamente, alejada de la primera línea de vuelo, pero no por ello del centro de toma de decisiones en el Centro Espacial Johnson gracias a su puesto como Directora de Astronautas.

 

El problema es que su personalidad estaba destinada a chocar frontalmente con 
la de su superiora jerárquica, Margo. Tener que decidir quién iba a comandar la misión de Marte las lleva a la colisión final entre ambas, representantes de las dos filosofías opuestas que habían definido a la NASA desde sus inicios: el instinto indomable del piloto frente a la fría burocracia científica. La insubordinación de Molly al nombrar unilateralmente y sin autorización a Ed Baldwin, provoca su fulminante despido, cerrando con un portazo su etapa en los despachos de la agencia.

 

Sin embargo, el destino le reservaba a Molly un último regreso y un final magnífico en el último episodio de la temporada, cuando recurren a ella para guiar a Ed en la peligrosa misión que le espera pilotando la cápsula que devolverá a la embarazada Kelly a la Helios. Cuando el atentado terrorista destroza el Centro Espacial Johnson, en medio del caos resultante, el humo impenetrable, los escombros y la oscuridad total, la ceguera de Molly deja de ser una limitación para convertirse en su mayor poder. Mientras los demás quedan cegados por el shock, el pánico y el polvo, ella se mueve con seguridad guiada por su memoria espacial, su oído, instinto y valentía. Su decisión de no evacuar y regresar una y otra vez al edificio en ruinas para guiar a los supervivientes hacia el exterior resume a la perfección la esencia del personaje. Molly comenzó siendo una piloto egoísta que solo buscaba la gloria personal, y terminó convertida en una heroína desinteresada que dio su vida por los demás. Que la serie decidiera no mostrar su fallecimiento explícitamente sino mediante un sobrio titular de periódico en el epílogo final, constituyó un cierre redondo para el viaje de una mujer que, hasta su último aliento, se negó a ser una víctima y prefirió morir salvando vidas en el lugar que ella ayudó a construir.

 

Si Molly es un personaje entrañable, lo contrario puede decirse de Jimmy Stevens (David Chandler). Si su hermano mayor Danny, como hemos visto, se hace profundamente odioso en esta temporada, lo que hace Jimmy lo sitúa al borde de la villanía cuando los guionistas lo utilizan como símbolo del coste humano de la era espacial.

 

Al inicio de la temporada, vive asfixiado por la talla heroica de sus fallecidos padres, Gordo y Tracy Stevens. Mientras que el mundo (y la NASA) idolatra a sus padres casi como mártires religiosos, Jimmy alberga un resentimiento sordo porque, para él, la agencia no es sino una corporación sin sentimientos que le robó a sus padres para alimentar su maquinaria de propaganda y relaciones públicas. Su hermano, Danny, intentó encajar en el sistema convirtiéndose en astronauta, pero Jimmy opta por el aislamiento y el rechazo, integrándose en círculos antisistema.

 

Buscando alguien que pueda comprenderle, se junta con un grupo de activistas y teóricos de la conspiración en el que milita una chica por la que se siente atraído, Sunny (Taylor Dearden). Como él, sus miembros o bien se han quedado sin empleo debido a los antes mencionados avances tecnológicos propiciados por la NASA, o bien son conspiranoicos o convencidos de que el programa espacial desperdicia billones de dólares que podrían invertirse en aliviar los problemas de la Tierra. Es en su compañía donde cae en un peligroso proceso de manipulación y adoctrinamiento. Por ejemplo, le convencen de que que fue la NASA la que saboteó las instalaciones en las que murieron sus padres, o que los dejó morir a propósito.

 

El grupo extremista utiliza la vulnerabilidad de Jimmy y, sobre todo, su apellido, ya que éste le da acceso al Centro Espacial Johnson. Ayuda al grupo a robar la estatua de bronce de sus padres que se levanta en la entrada del edificio. Lo que para Jimmy no es más que un acto simbólico de rebeldía, para sus “amigos” es una prueba de que él está entregado a la causa y que puede infiltrarse en las instalaciones. Y así, en el episodio doble que cierra la temporada, Jimmy se da cuenta demasiado tarde de que lo que él creía que iba a ser un acto de sabotaje relativamente menor, va a ser, en realidad, un atentado brutal mediante una furgoneta cargada de explosivos en el aparcamiento del edificio.

 

Al comprender que está a punto de ocurrir una masacre, las dudas y confusión de Jimmy desaparecen e intenta avisar a la seguridad del centro, pero los terroristas lo reducen y lo dejan atado dentro del vehículo. Karen, a la que ha conseguido avisar por teléfono, lo rescata pero la furgoneta estalla, provocando un colapso masivo del edificio que le cuesta la vida a decenas de personas. Esto es otra clara conexión con nuestra realidad, donde Timothy McVeigh y Terry Nichols cometieron en 1995 un atentado similar contra el edificio federal Alfred P.Murrah en Oklahoma City.

 

El arco de Jimmy termina de la forma más amarga posible: rodeado del caos, la muerte y la destrucción que él mismo ayudó a sembrar, descubre a una moribunda Karen, a la que coge de la mano hasta su aliento final. Buscando justicia para sus padres, termina convirtiéndose en cómplice del peor atentado terrorista de la historia espacial. Su apellido, antes sinónimo de heroísmo, queda manchado para siempre por la infamia.

 

La adición al reparto de Edi Gathegi como Dev Ayesa, fundador de Helios, introduce un importante cambio de paradigma en la serie: la llegada del capitalismo tecnológico a la carrera espacial. Se trata de un empresario tecnócrata inspirado claramente en figuras reales como Elon Musk, Jeff Bezos, Steve Jobs o Peter Thiel. Lo que lo hace tan interesante y ambiguo es que sus motivaciones nacen de una fe ciega en la innovación privada frente a la estatal, a la cual percibe como un lento monstruo burócrata de estructuras y dinámicas rancias. El espectador, que lleva siguiendo los esfuerzos del personal de la NASA desde hace dos temporadas, desea que sus hombres y mujeres triunfen, pero ha de reconocer simultáneamente que los argumentos de Ayesa no carecen de fundamento.

 

Sin embargo, su arrogancia y fuerte temperamento son el reverso de su carisma y genialidad. Cuando la utopía asamblearia y corporativa de Helios empieza a fracturarse bajo la presión de la crisis en Marte, la prepotencia de Dev se transforma en vulnerabilidad, lo que propicia que el espectador, que en otros momentos lo había interpretado como un tiburón empresarial despiadado, empatice con la soledad del visionario que ve cómo su sueño le es arrebatado y corrompido.

 

Y hablando de villanos, hasta ahora, uno de los grandes aciertos de “For All Mankind” había sido su capacidad para esquivar los clichés de la Guerra Fría, evitando retratar a los soviéticos como los antagonistas malvados de las películas de los 80. Sin embargo, esta temporada rompe esa tendencia ante la necesidad dramática de añadir un factor de peligro adicional a un entorno ya de por sí letal como es el marciano. Al endurecer la representación de la URSS, la serie dinamita los puentes de confianza que se habían construido entre las dos potencias en las dos temporadas anteriores.

 

En primer lugar, la introducción de los agentes de la KGB que escoltan a un muy enfermo Serguei a Estados Unidos, aclara que ya no estamos ante científicos o cosmonautas motivados por el avance científico o el orgullo patriótico, sino ante el aparato represivo del Estado soviético en su versión más implacable y paranoica, dispuesto a sabotear cualquier atisbo de cooperación internacional. Pero aún peor por el riesgo que supone es el choque entre Poole y Kuznetsov. Que éste último responda con frialdad y desdén tras haber sido salvado junto a su tripulación por los astronautas de la NASA no solo busca indignar al espectador e indisponerle contra él, sino subrayar una cruda realidad de la serie: en esta carrera espacial alternativa, la ideología y las órdenes de Moscú a menudo pesan más que el honor, la gratitud o el compañerismo básico entre astronautas. A millones de kilómetros de la Tierra, el enemigo no es solo la falta de oxígeno o la presión atmosférica, sino los viejos rencores geopolíticos que la humanidad parece incapaz de dejar atrás, sin importar el planeta en el que se encuentre.

 

El apartado visual da un salto adelante muy considerable en esta temporada, planteando tres filosofías de ingeniería espacial completamente distintas que reflejan la personalidad y tecnología de cada competidor por Marte. La ingeniería de aluminio blanco y uniforme de los años 70 ha dado paso a visiones muy diferentes. La NASA apuesta por lo estilizado, funcional y limpio. La Sojourner 1 sorprende a todo el mundo cuando, en el momento en que parecía haber perdido todas las opciones por llegar primera al Planeta Rojo, despliega su “arma secreta”: unas imponentes velas solares, una gigantesca y elegante estructura de kilómetros cuadrados de material reflectante ultrafino que brilla intensamente al capturar los fotones del Sol (y el impulso extra de los láseres basados en la Tierra)

 

Esa combinación de física de vanguardia y belleza casi poética, contrasta con el brutalismo de la soviética Mars 94, una mole enorme, tosca y pesada, pintada en tonos apagados y propulsada por un peligroso motor nuclear que escupe un visible rastro de plasma. Por su parte, la Fénix de Helios representa el lujo corporativo y el vanguardismo de Silicon Valley. Es, de hecho, un hotel de cinco estrellas (el antiguo Polaris de Karen y Sam) reconvertido en nave espacial: fría geometría comercial, acabados pulidos, grandes ventanales, gravedad artificial mediante rotación y un diseño modular que destila capitalismo y confort.

 

Gran parte de la tercera temporada de “For All Mankind” conserva las mejores cualidades de la serie, equilibrando el desarrollo de los personajes con escenas espaciales grandiosas, aterradoras y extraordinariamente dramáticas, encontrando siempre tiempo y lugar para los diálogos. Los buenos momentos lo son mucho, y por eso los tropiezos, como el irregular arco de algunos personajes -léase los vástagos Stevens- se notan más.

 

Uno de los mayores handicaps de la serie llegado este punto de su trayectoria, es la dependencia de los “antiguos” personajes. Teniendo en cuenta el ritmo de sus saltos temporales, el margen para mantener a los veteranos en la cuarta temporada es ya mínimo. Al llegar al final de la tercera, los personajes fundacionales, como Ed Baldwin o Danielle Poole, ya rozan la sesentena o la setentena. Exprimir su presencia en el espacio en una cuarta temporada empieza a desafiar la suspensión de la incredulidad, obligando a los guionistas a abusar todavía más del maquillaje de envejecimiento y a forzar tramas donde ancianos siguen liderando misiones de riesgo. La serie corre el riesgo de encallarse en la nostalgia en lugar de mirar hacia el futuro tecnológico que ella misma propone.

 

Por tanto, los creadores tenían la perentoria necesidad de introducir una nueva hornada de personajes con el carisma suficiente para que el espectador empatice con ellos y desee seguirlos en el futuro. En este sentido, Kelly Baldwin se ha consolidado como un pilar fundamental. Cynthy Wu realiza un trabajo fantástico al dotarla de un equilibrio perfecto entre aplomo y optimismo juvenil, superando con creces las expectativas que apuntó en la segunda temporada y convirtiéndola en un personaje muy disfrutable. Asimismo, la introducción de nuevas y jóvenes promesas en el cuerpo de astronautas de la NASA abre vías interesantes de cara al futuro.

 

Pero, a pesar de esos brotes verdes, la serie llega al final de este ciclo sin haber asentado una base lo suficientemente sólida y cohesionada como para garantizar el relevo generacional de cara a la cuarta temporada. Mientras que en la primera, el grupo de astronautas terminaba compartiendo una camaradería muy especial, formando algo así como una familia, la tercera los ha dispersado tanto entre la NASA, Helios y los soviéticos, que no existe un núcleo duro cohesionado para el futuro. Al fragmentar la narrativa, el espectador siente que el alma de la serie se marcha con los veteranos. Si la cuarta temporada quería funcionar, no iba a bastar con tener buenos personajes individuales; necesitaba fundar una nueva "familia" espacial que al espectador le importe tanto como la que impulsó el programa Apollo.

 

(Continúa en la siguiente entrada) 


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