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La evolución de “For All Mankind” entre su segunda y tercera temporada marcó un punto de inflexión en el sentido de que colocó la Historia Alternativa en un segundo plano respecto a la aventura espacial. Ambientada en los años 80, la trama de la segunda temporada había narrado cómo la Guerra Fría se trasladaba a la Luna con el envío de armamento a las bases de soviéticos y americanos. El pulso geopolítico mantuvo el suspense hasta el magnífico episodio final, considerado como uno de los mejores cierres de temporada de la televisión reciente gracias al emotivo sacrificio de Gordo y Tracy Stevens para salvar la base lunar Jamestown.
Si
la primera tanda de episodios había sido considerada por muchos
como un drama correcto
pero de ritmo demasiado lento, la segunda (emitida a principios de 2021) consiguió
convencer a los críticos, que casi unánimemente la acogieron favorablemente. Consiguió
nominaciones de peso, como en los Critics Choice Awards y los TCA Awards
(Asociación de Críticos de Televisión) a la Mejor Serie de Drama, consolidando
el estatus de Apple TV+ como productora de prestigio.
La
renovación para una tercera temporada era cosa hecha y se anunc
ió oficialmente a
finales de 2020 (antes incluso del estreno de la segunda), rodándose a lo largo
de 2021 (durante el COVID) y estrenándose en junio de 2022, un momento en el
que Apple TV+ ya no era la plataforma nueva y desconocida de 2019. Venía de
ganar el Óscar a Mejor Película con “CODA: Los Sonidos del Silencio” y obtener
un éxito masivo con “Ted Lasso”. Apple estaba, por tanto, en condiciones de
inyectar presupuestos notablemente más generosos en los efectos visuales de la
serie para plasmar la nueva frontera espacial: Marte.
La
tercera temporada trajo consigo el distanciamiento de uno de sus responsables,
Ron
ald D.Moore, dejando el puesto de showrunner en manos de sus co-creadores,
Ben Nedivi y Matt Wolpert. Este cambio
de rol se debió a que, a principios de 2021, Moore firmó un contrato de
exclusividad muy lucrativo y de larga duración con 20th Television (propiedad
de Disney) para desarrollar nuevos proyectos, lo que le obligó a delegar el
mando directo de sus series en curso. Su desvinculación, sin embargo, no fue
completa. Se mantuvo como productor ejecutivo y siguió participando en las
discusiones en las que los guionistas definían los grandes arcos dramáticos de
la temporada, como la decisión de que fueran tres los participantes en la
carrera a Marte o los arcos que seguirían los personajes principales.
El
plano final de la segunda temporada había mostrado, dando un salto temporal de
más de una década hacia el futuro, a humanos llegando a la superficie de Marte
en 1996. Y es que ese es el núcleo de los diez episodios de que consta este
bloque, a saber, los esfuerzos que entre los años 1994 y 1996 de ese futuro
alternativo, realizan los gobiernos americano y ruso y una empresa tecnológica estadounidense
(Helios) por poner al primer ser humano en la superficie del planeta rojo.
Centrar
esta tercera temporada en la carrera a Marte y lo que sucede inmediatamente
después de llegar allí fue el paso lógico tras haber conquistado la Lun
a. En
este año, la historia equilibra adecuadamente la ciencia ficción realista con
lo que debe ser una emocionante aventura televisiva. Por ejemplo, no se
especifican cuántos meses les cuesta a los astronautas/cosmonautas cubrir la
distancia Tierra-Marte. No hay nada que contradiga la idea de que han
transcurrido semanas entre ciertas escenas, que es lo que ocurriría en la
realidad. Pero, al mismo tiempo, la serie está editada de tal manera que
mantiene el ritmo sin tener que desperdiciar varios episodios narrando el largo
periodo que les costó alcanzar su objetivo. Se revela el ganador de la carrera al
final del quinto episodio –o eso es lo que parece-, lo que todavía deja cinco
más para desarrollar otros dramas y finaliza con otro capítulo impactante de
gran suspense que, además, no aporta pistas sobre el rumbo que tomará la serie
en una cuarta temporada.
A
medida que la historia de “For All Mankind” va avanzando en el tiempo, el
efecto mariposa de su premisa inicial se agudiza. La serie se cimienta sobre un
punto de diverge
ncia claro (la llegada del cosmonauta Alexei Leonov a la Luna
en 1969), y cuanto más nos alejamos del mismo, más se acelera la bifurcación
entre ambas líneas temporales. Al situar la tercera temporada en la década de
1990, los guionistas ya no solo juegan a modificar la carrera espacial que nos
es familiar, sino a rediseñar por completo el mapa geopolítico, económico y
social del planeta. Para mediados de esa década, el espectador ya no reconoce
el mundo de los informativos de su propia juventud: la Unión Soviética no se ha
desmoronado; la crisis climática se ha mitigado drásticamente gracias al uso
comercial del Helio-3 lunar y la fusión nuclear, tecnologías que, a su vez, han
provocado una crisis laboral y social mayúscula y una desafección hacia el
programa espacia; y la tecnología de consumo (como los videoteléfonos portátiles
o un internet primitivo) ha avanzado casi veinte años respecto a nuestra
cronología.
A
pesar de que la realidad alternativa a estas alturas ya sigue su propio camino,
la serie utiliza una estrategia brillante para no perder al espectador: el
anclaje histórico intermitente. Los creadores, Matt Wolpert y Ben Nedivi,
introducen constantemente figuras y dinámicas de nuestro pasado real, pero
alterándola
s para adaptarlas a las nuevas reglas del juego. El ejemplo más
evidente de este equilibrio se da en las elecciones presidenciales
estadounidenses de 1992, en las que Bill Clinton sigue siendo el candidato del
Partido Demócrata, respetando su carisma y su peso político real en ese cambio
de década. Pero en lugar de enfrentarse a George W. Bush (quien en la serie ya
cumplió mandato tras suceder a Ronald Reagan), Clinton compite contra la exastronauta
republicana Ellen Wilson. Conservar estos lazos entre el pasado real y el
ficticio sirve, como veremos, para explorar, a través de un prisma nuevo, temas
sociales de la época como la homofobia institucionalizada o la ley militar del
"Don't Ask, Don't Tell", demostrando que, aunque la tecnología y los
presidentes cambien, las luchas sociales de esos años 90 alternativos siguen
siendo el reflejo deformado de nuestro propio pasado.
Respeto
y entiendo por qué los creadores de la serie quisieron mantener involucrado en
el centro de la historia al elenco principal. Los espectadores cogen cariño a
los personajes y prescindir de ellos implicaría segar el lazo emocional de una
parte del público con la serie. El problema es
que en este punto de la historia
alternativa, han pasado ya tres décadas desde los eventos de la primera
temporada. Ed y Karen Baldwin deberían rondar los 70 años, y sin embargo, ahí
están, con un aspecto juvenil y listos para embarcarse en misiones plurianuales
a las profundidades del sistema solar. En el plano administrativo, es plausible
que quienes ostentaban el poder en la década de 1970 aún conservaran sus
puestos bien entrados los 90. Pero, ¿astronautas? ¿Astronautas viajando a
Marte? ¿Veteranos de la Guerra de Corea a mediados de los 90 con la musculatura
de un boxeador y apenas unas arrugas?
Por
eso, los actores que fueron presentados con veinticinco años men
os en la
primera temporada, llevan ahora un maquillaje que intenta envejecerlos con
éxito variable. Desde luego, esto puede resultar algo desconcertante y no del
todo convincente pero, en lo que a mí respecta, es un problema superficial que
sólo exige una suspensión de la incredulidad bastante rutinaria para poder ver
de nuevo en pantalla a personajes con los que ya se está familiarizado.
La
serie comienza en el hotel espacial Polaris, propiedad de Karen (Shantel
VanSanten) y Sam Cleveland (Jeff Hephner), quienes han amasado una fortuna con
su nuevo negocio de turismo espacial. En la s
egunda temporada, los guionistas habían
tenido problemas a la hora de manejar al personaje de Karen. Su infidelidad con
Danny Stevens (Casey W. Johnson), el hijo de sus amigos -y amigo de su propio
hijo fallecido-, me pareció incómoda e injustificada. Más acertada fue la
relación –al principio de negocios y luego, como ya vemos aquí, sentimental-
que estableció con Sam. En la anterior temporada la vimos dirigiendo el bar The
Outpost y, más tarde, vendiéndoselo a Sam para abrir una franquicia nacional,
lo que la convirtió en una mujer muy rica.
Pero
todo eso sucedió mayormente fuera de cámara. Esta es la primera vez en que la
vemos brillar en un arco centrado en sus propios deseos, demostrando su
capacidad y sintiéndose realizada. Cuando el proyecto del hotel Polaris se
viene abajo y Sam fallece trágicamente, resurge de sus cenizas en Helios,
robándole as
tronautas de la NASA para su misión a Marte, convirtiéndose en su
Directora de Operaciones y, en último término, (casi) presidenta de la
compañía. Por eso fue tan frustrante que decidieran matarla de forma tan
repentina y abrupta en el capítulo final. A decir del cocreador y productor
ejecutivo Matt Wolpert: "Para nosotros,
que Karen, quien ha tenido una evolución increíble a lo largo de estas tres
temporadas, probablemente mayor que la de casi cualquier otro personaje, y que
estaba en la siguiente etapa de su vida, convirtiéndose en la mejor versión de
sí misma y logrando muchas más cosas, viera su futuro truncado de esa manera,
nos pareció la versión más trágica de esa historia".
Por
desgracia, en lugar de olvidarla sig
ilosamente, los guionistas insistieron con
la estúpida historia del enamoramiento de Danny por Karen, un desarrollo de la
segunda temporada que suscitó un rechazo prácticamente unánime entre la crítica
y los seguidores de la serie. En vez de dejarlo como un desliz temporal que
ambos aceptaron como tal y acordaron enterrar en el pasado, se convirtió en la
tercera temporada en un resorte dramático que amenazó con dinamitar la
verosimilitud de la serie.
Y
es que la deriva de Danny en esta tanda de episodios resulta difícil de
digerir. Su obsesión con Karen lo transforma en un acosador inestable que no
sólo lo aparta de su esposa e hija, sino que lo lleva a una severa adicción al
alcohol p
rimero y a los analgésicos después, tras sufrir una lesión en Marte.
El problema no es solo lo desagradable que resulta asistir a su descenso a los
abismos, sino la forma en que el guion fuerza las situaciones para que sus
conductas erráticas queden impunes una y otra vez, desafiando la estricta
lógica científica y militar que la serie suele mantener.
Así,
mientras que la comandante de la misión estadounidense a Marte, Dani Poole (Krys
Marshall), detecta pronto los indicios que apuntan a la inestabilidad de Danny,
Ed Baldwin (Joel Kinnaman) se empecina en mantener una alarmante ceguera. Ve en
Danny al hijo que perdió y a su difunto amigo y padre del joven, Gordo Stevens.
Esa culpa y un mal entendido apego paternalista
le impiden ver la realidad. Incluso
cuando la gravedad del estado de Danny se hace imposible de ignorar, la
decisión de Ed de mantenerlo en primera línea en lugar de relevarlo
fulminantemente resulta incomprensible para un astronauta veterano. Esta
negligencia escala hasta el desastre en el episodio "Nuevo Edén",
donde la indolencia de un Danny drogado provoca el fallo de un taladro y el
subsiguiente desprendimiento de tierras, catástrofe que cuesta las primeras vidas
humanas en Marte.
Pero
es que, además, toda la tensión acumulada entre Ed y Danny parecía abocada a
una inevitable catarsis. Los creadores jugaron al límite con esta e
xpectativa
en el episodio "Las Arenas de Ares”, atrapando a ambos personajes en una
situación de vida o muerte dentro de la base sepultada por la avalancha. Era el
escenario idóneo para la confesión; sin embargo, el guion optó por esquivar el
enfrentamiento y mantener a Ed en la ignorancia respecto al idilio entre su
exesposa y el hijo de su mejor amigo.
¿Por
qué los guionistas tomaron esta decisión? Desde su perspectiva, mantener el
secreto oculto pero siempre a punto de aflorar buscaba prolongar la tensión
dramática. El espectador sabe que Danny es
una bomba de relojería y que Ed está
protegiendo al hombre que se acostó con su mujer y que casi destruye la misión
a Marte. Con ello se pretendía explorar el peso del legado familiar y cómo los
pecados de los padres moldean perversamente a la siguiente generación. Sin
embargo, a nivel de ejecución, la jugada no funcionó y quedó como un frustrante
truco de guion. Al evitar que la verdad saliera a la luz, la trama de Danny
Stevens acabó pareciendo menos una tragedia que un burdo recurso de telenovela
incrustado a la fuerza en una epopeya de ciencia ficción.
Si
la caída de Danny Stevens fue el tramo más cuestionado de l
a temporada, la
evolución de Margo Madison (Wrenn Schmidt) fue, sin duda, una de las cumbres
dramáticas y psicológicas de la serie, porque en el tercer episodio pasa de estar
en la cima del poder científico a convertirse en una figura trágica atrapada en
una red de espionaje, traición y supervivencia.
Al inicio de la temporada, Margo es la Directora del Centro Espacial Johnson de la NASA. Ha logrado llevar a la agencia a un nivel de eficiencia tecnológica histórico y lidera con mano de hierro los preparativos para la misión a Marte. Sin embargo, oculta un secreto que puede convertirse en una bomba.
El
final de la segunda temporada había apuntado a una compleja y secreta relación
entre Margo y
Sergei Nikulov (Piotr Adamczyk), su homólogo soviético, relación
que se resume brillantemente con el montaje del primer episodio en el que se
repasan los encuentros de ambos a lo largo de los años en una conferencia
internacional de astronáutica. Además de un respeto mutuo a nivel intelectual,
ambos albergan sentimientos más profundos que no pueden expresar abiertamente
por los cargos que ostentan y los países a los que sirven. Para salvar la vida y
la carrera de Sergei, Margo ha estado compartiendo secretos tecnológicos de la
NASA con la URSS; y lo que empezó como un intercambio científico
bienintencionado entre dos mentes brillantes se convierte rápidamente en
traición a la patria.
A
lo largo de la temporada, la situación de Margo se vuelve insost
enible. La KGB
descubre su debilidad por Sergei y utiliza a éste como peón para chantajearla.
Los soviéticos amenazan con torturar o matar a Sergei si Margo no les sigue
pasando información confidencial. Es más, podrían filtrar al FBI lo que ha
estado haciendo durante años (básicamente, facilitar que la Unión Soviética se
mantenga tecnológicamente a la par con Estados Unidos), lo que la llevaría
directamente a la ignominia y la cárcel.
Y a este cóctel explosivo se añade la incisiva inteligencia de la protegida de Margo, Aleida Rosales (Coral Peña), en este punto Ingeniera Jefe de la NASA.
Particularmente
bien retratada está la relación que mantienen ambas mujeres, apoyándose mutua
pero discretamente, como cuando, con su ánimo sereno, Margo le dice a la
segunda, agobiada por los problemas con el motor de la nave, “Lo lograrás. Sigue trabajando para
solucionarlo". O también
sus cenas familiares y el rol de tía del hijo
de Aleida que asume Margo; y la emoción compartida cuando Aleida va a la Luna.
Cuando Aleida le dice a Karen, que intenta reclutarla para Helios: "No voy a dejar la NASA", queda
claro que se refiere a que no va a traicionar a Margo.
Pero
cuando ambas agencias, la norteamericana y la soviética empiezan a colaborar
obligadas por las circunstancias, Aleida descubre que los rusos han copiado sus
diseños para el motor nuclear de la Sojourner, la nave estadounidense que viaja
a Marte. A pesar de que Margo inte
nta desviar su atención, Aleida es implacable:
sospecha que hay un topo y no va a parar hasta descubrirlo. Verla investigar el
caso, ignorante de que la traidora es su mentora y madre subrogada, aporta otra
capa de tensión a toda la temporada.
Hacia
el final de esta tanda de episodios, el cerco se cierra sobre Margo. Aleida,
por eliminación, ha concluido acertadamente quién es la espía. Aunque Margo nunca
tiene la oportunidad de explicarle a Aleida sus razones, su promesa de hacerlo
-y la insinuación de que había una buena razón- es suficiente para ésta. Ese
pequeño gesto de orgullo que Margo le dedica después de que Aleida descubra
cómo ayudar a Kelly a llega
r a la órbita marciana es un detalle genial. Sin
embargo, aunque Aleida nunca tuvo intención de denunciar a Margo a unas
autoridades a las que desprecia, es demasiado tarde. Su colega Bill Strausser (Noah
Harpster), un colega ingeniero de la NASA que se ha pasado a Helios y a quien
confía sus sospechas, avisa al FBI, que inicia su propia investigación.
Mientras tanto, Margo ha conseguido mover los hilos políticos necesarios para sacar a Serguei de la Unión Soviética y que le concedan asilo político en los Estados Unidos. Pero el precio que paga es su propia carrera, porque a cambio de Serguei –y sabiendo por los rusos que su detención por espionaje es inminente-, ella se marcha a Moscú.
El
clímax de su arco coincide con el devastador atentado con coc
he bomba en el
Centro Espacial Johnson perpetrado por extremistas detractores de la NASA. Tras
la explosión, todo el mundo da a Margo por desaparecida entre los escombros
pero en un giro final impactante, la escena final de la temporada da un salto
temporal al año 2003 y vemos a una Margo envejecida asomarse a la ventana de un
austero apartamento. La cámara se aleja y descubrimos que está viviendo
refugiada en Moscú, en plena Rusia post-soviética.
El
arco de Margo en la tercera temporada es una cínica deconstrucción del
idealismo científico. Ella s
iempre creyó que la ciencia debía estar por encima
de los bloques políticos y las ideologías, pero la cruda realidad de la Guerra
Fría termina por devorarla, demostrándole que el conocimiento es el arma más
codiciada y que su altruismo no va a ser comprendido ni perdonado. Termina la
temporada salvando al hombre que ama, pero perdiendo a cambio su patria, su
amada NASA y su propia identidad, convirtiéndose en una exiliada en el
territorio del antiguo enemigo.
(Continúa en la siguiente entrada)

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