domingo, 17 de mayo de 2026

1924- EL ÚLTIMO VARÓN SOBRE LA TIERRA – John G.Blystone


Resulta asombroso que el primer largometraje estadounidense de ciencia ficción no cuente todavía con una edición en formato doméstico ni pueda encontrarse en plataformas o internet. Existe una copia en perfecto estado en los archivos del MoMA de Nueva York que ocasionalmente se proyecta en festivales y exposiciones. Pero, por alguna razón, esa institución parece reacia a que el público general tenga acceso a la película. Por eso, en esta ocasión, en lugar de reseñarla, me limitaré a glosarla y aportar la información y apreciaciones que sobre ella han aportado críticos que sí han podido verla.  

 

Estrictamente hablando, esta no fue la primera película estadounidense con elementos de ciencia ficción. En 1922, se había estrenado “The Man From Beyond”, un melodrama de acción protagonizado por Harry Houdini en el que éste, tras haber sido congelado cien años atrás, despertaba en el presente (en el de entonces, claro). El drama romántico “Black Oxen” (1923) giraba en torno a una mujer que se había sometido a un procedimiento médico para rejuvenecerse. Las dos versiones de 1920 de “El Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, protagonizadas respectivamente por John Barrymore y Sheldon Lewis, tienen también elementos de CF aunque su tratamiento las acerca más al terror gótico.

 

Si todo esto demuestra algo, es la baja estima que se tenía por la Ciencia Ficción en Norteamérica en comparación con Europa, donde directores célebres realizaron películas del género no solo bastante costosas sino utilizándolas como reflejo de la agitación política y social del continente, que estaba saliendo de una guerra mundial para entrar en otra y soportando el auge del comunismo y el fascismo.

 

La premisa de la película se basa muy libremente en la novela “El Último Hombre” (1826), de Mary Shelley, una sombría profecía sobre la aniquilación de la Humanidad víctima de una misteriosa plaga venida de Asia. Este libro, en parte, es una metáfora de las enormes pérdidas que sufrió Shelley a título personal –su padre a temprana edad y más tarde su madre, un hijo, su marido Percy y muchos amigos en edad todavía joven-. Por otra parte, sirvió como crítica a las ideas políticas de carácter romántico que sostenían algunos de sus amigos fallecidos, como Lord Byron, quien en 1823, aburrido de su vida en Italia y buscando un propósito noble, se unió a la causa de la Guerra de Independencia de Grecia contra el Imperio Otomano, solo para morir de enfermedad en ese país un año después. “El Último Hombre” es una visión desengañada de un mundo en el que los románticos e idealistas, por mucho que se esfuercen, están condenados al fracaso. También vertió en ella la autora sus propios sentimientos de soledad y aislamiento, tanto a nivel social como intelectual.

 

La idea fue retomada por el escritor de novelas populares John D. Swain, quien publicó un relato titulado “El Último Hombre sobre la Tierra” en la revista “Munsey's Magazine” en 1923. En el libro de Shelley, la mortífera plaga no discriminaba por género, pero en la historia de Munsey, el mundo es asolado por un virus llamado masculitis que liquida a todos los varones mayores de 14 años, dejando a las mujeres al frente de lo que queda de la sociedad. El mercado inmobiliario se esfuma y las supervivientes pueden elegir entre las mansiones más lujosas; la Ley Seca se mantiene vigente por mera inercia, aunque debido a la ausencia de hombres, el consumo de alcohol se ha desplomado; a pesar de la aparición de una nueva clase de “enloquecidas evangelistas”, la asistencia a los oficios religiosos es mínima porque “una religión sin hombres estaba condenada a la atrofia”. Deja de practicarse el fútbol y la literatura pierde su brillo: “Sin amor, peleas, celos sexuales, doble vida, contrabando, bohemia, villanos, herederos desaparecidos y amantes y tutores infieles, ¿qué podía hacer el pobre novelista?”, se preguntaba Swain.

 

En ese contexto aparece Elmer, un ermitaño que huyó del mundo y se refugió en un bosque antes de la llegada del virus. Allí sobrevivió y ahora su antigua novia tiene que luchar por su amor compitiendo contra el resto de sus congeneres.

 

La adaptación al cine arranca con un idílico prólogo que nos muestra cómo el enamorado Elmer Smith (Earle Foxe) no consigue arrancar ni la sombro de una sonrisa al amor de su vida, Hattie (Derelys Perdue). Ésta lo rechaza bruscamente diciendo: “No me casaría contigo ni aunque fueras el último hombre sobre la Tierra”. Desconsolado, Elmer se instala al pie de un árbol, mientras la antes mencionada plaga asola la población masculina. En 1954, es redescubierto y secuestrado por una banda de mujeres gánsteres. Elmer no es un héroe en el sentido tradicional, sino más bien un trofeo. La escena en la que lo llevan de vuelta a Washington D.C. y lo subastan es quizás la crítica más mordaz de la película a la cosificación. Aquí, el cuerpo masculino es examinado, discutido y disputado por las mujeres con la misma ferocidad con la que los hombres de 1924 podrían haber jugado una partida de poker con mucho dinero en juego o una carrera de caballos con apuestas astronómicas. El mejor postor resulta ser el gobierno de Estados Unidos. Dos “senadoras” de Massachusetts y California terminan enfrentándose en un combate de boxeo por la custodia de Elmer.

 

La película se estrenó cinco años después de que las mujeres obtuvieran el derecho al voto en Estados Unidos, y esta premisa les brinda a los cineastas muchas oportunidades de señalar lo ridículo que sería el mundo si los Estados Unidos tuvieran una mujer como presidenta y el país fuera gobernado por senadoras. En lugar de presentarlas como mujeres fuertes y poderosas que asumen con competencia y entrega sus nuevos roles en ese futuro roto, se las retrata como criaturas bastante ridículas completamente desesperadas por conseguir un hombre. Obviamente, una película con ese enfoque sería hoy impensable así que hay que verla como un reflejo de la época.

 

Hoy, el principal interés de la película reside en ver cómo el guionista Donald W. Lee fantaseó con una sociedad exclusivamente femenina. Sí, el mundo cuenta con políticas, grandes científicas y la mencionada presidenta. Pero las demás mujeres responden básicamente a los mismos estereotipos que durante décadas explotó el cine: flappers, marimachos o figuras decorativas. La película nunca contempla la posibilidad de que no todas las mujeres, desaparecido el deseo o la necesidad de complacer a los hombres, quisieran lucir peinados elaborados, ponerse pestañas postizas o usar monos ajustados como uniforme de trabajo en un laboratorio de enfermedades infecciosas, y mucho menos como atuendo de gánster para un día de subasta de hombres y pequeños actos de extorsión.

 

Desde el principio queda claro que “El Último Varón sobre la Tierra” es una creación masculina. Si hubiera sido una mujer contemporánea la que fantaseara con un futuro en el que una misteriosa epidemia hubiera matado a todos los hombres de la Tierra excepto a uno, sin duda el superviviente se parecería a Gary Cooper, Cary Grant, Gilbert Roland o cualquiera de los galanes del cine de entonces. Pero lo que es seguro, es que no sería Earle Foxe, un actor mediocre con una personalidad irritante.

 

Earle Foxe era un actor muy popular en los primeros años de Hollywood y mantuvo su tirón hasta comienzos de los 40, participando en algunas películas de primera división, a menudo como villano, junto a colegas de la talla de Douglas Fairbanks, Jr., Barbara Stanwyck, Bette Davis, Joan Crawford, Lillian Gish, Peter Lorre, Fredric March o Maurice Chevalier. En “El Último Varón sobre la Tierra” no llena los zapatos de un símbolo sexual, en primer lugar, porque no tiene madera para ello; y en segundo lugar, porque, irónicamente, la película es indiferente al sexo propiamente dicho. Aunque se promocionó como “Una fabulosa novedad con 1000 chicas hermosas”, la historia les da a esas chicas muy poco que hacer. Al menos, el guionista evita la trampa de convertir esa sociedad exclusivamente femenina bien en una utopía, bien en una distopía; en cambio, la presenta como una realidad meramente funcional, aunque, eso sí, desesperada ante la inminente extinción de la especie. Es este ultimo factor el que eleva la tensión y da pie a la comedia.

 

Durante toda la película desde que es secuestrado, Elmer se muestra invariablemente desconcertado. Tras su desamor, sólo aspiraba a la soledad y la paz; y ahora, en cambio, se ve convertido en una obsesión global. Su singularidad sirve para subrayar lo absurdo de los sueños románticos cuando la dinámica de poder está tan violentamente desequilibrada. Aunque está rodeado de millones de mujeres que le concederían cualquier deseo, él sigue obsesionado con la que lo rechazó. Este detalle aporta un nivel psicológico quizá inesperado en lo que a priori no es más que una comedia porque cabe preguntarse si Elmer está realmente enamorado, o simplemente, se aferra a lo único que le queda del mundo que conoció.

 

Dirigida por el especialista en comedias de la Fox, John G. Blystone, “El Último Varón sobre la Tierra” nunca llega a explorar el potencial de su premisa y casi siempre se contenta con encadenar una situación cómica con la siguiente. ¿Para qué analizar lo que podrían hacer las mujeres en un mundo sin hombres cuando la mera idea de una presidenta ya hubiera hecho sentir incómodo a un público que trataba de asimilar el nuevo orden social tras la 19.ª Enmienda a la Constitución? Incluso años después, con el sufragio universal ya bien asentado como parte de la normalidad política estadounidense, la idea de una ginocracia seguía siendo una fantasia ridícula y Fox rehizo la historia en 1933 con el título “It´s Great to Be Alive” –un batacazo financiero, además, que liquidó durante años el crédito del cine de CF en Hollywood, al menos el de gran presupuesto-.

 

Lo que sí hizo el director fue aprovechar los limitados recursos de la época para crear sensación de escala. Las escenas de multitudes con cientos de extras, están coreografiadas con una precisión que enfatiza el frenesí de la población femenina, desesperada por la necesidad de compañía del sexo opuesto. El uso de intertítulos es escaso pero efectivo, permitiendo que la narración visual sostenga el peso de la historia. Esto contrasta notablemente con las adaptaciones teatrales de la época, más centradas en el diálogo, lo que demuestra que el guionista y el director comprendieron las ventajas exclusivas del medio cinematográfico.

 

Por otra parte, al comparar la estructura de la película con otras obras mudas contemporáneas, se aprecia un enfoque más audaz en la fusión de géneros. “El Último Varón sobre la Tierra” es simultáneamente un romance, una epopeya de ciencia ficción y una comedia de enredos. El ritmo apenas decae, incluso durante los momentos más introspectivos en la cabaña de Elmer. La transición del presente al futuro se maneja con una seguridad narrativa que confía en la capacidad del público para dar este tipo de saltos en una época en la que éstos no eran tan habituales.

 

“El Último Varón sobre la Tierra”, en fin, es un un fascinante precedente de posteriores exploraciones del tema del "último superviviente". Mientras que propuestas futuras, como las diversas adaptaciones de la novela “Soy leyenda" (1954), adoptarían un tono más terrorífico, la versión de 1924 encuentra el humor inherente a la situación. Dirigida con un ritmo sorprendentemente bueno, sugiere que, incluso ante la posibilidad de la extinción de la especie, persistirán la vanidad, los celos y la obstinación romántica.

 

 


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