(Viene de la entrada anterior)
El ser humano ha intentado, desde que tiene memoria, vencer a la muerte. Y esa es la premisa que sostiene el episodio “San Junípero”, el cuarto de la tercera temporada de “Black Mirror”.
Aunque con una intencionalidad más práctica y
política que puramente espiritual, Voltaire escribió en 1768 que, “Si Dios no
existiera, habría que crearlo”.
Pues bien, eso es lo que hace la sociedad de
este episodio: tras decidir que Dios no existe –ni, por tanto, el Paraíso o el
Infierno-, ha creado su propio Cielo en la forma de un conjunto de realidades
virtuales a las que son transferidas digitalmente las consciencias de aquellos
que mueren y así lo desean. Es una forma de alcanzar la inmortalidad y, de
hecho, la sociedad ya ni siquiera usa el término “muerte”, sino que describe el
proceso como “transición”.
De hecho, la construcción de un Cielo virtual
en este capítulo de “Black Mirror” es sumamente ingeniosa. Se cree que una de las
razones por las que muchas personas se cansan de la vida y pierd
en sus ganas de
continuar en el mundo es su creciente alienación por parte de una sociedad que
se asemeja cada vez menos a la de su juventud. La empresa TCKR Systems ha
encontrado la solución para estas almas perdidas en la forma de una
multiplicidad de realidades virtuales, cada una representando una fase
diferente de nuestro pasado reciente. El cliente –o paciente- puede elegir
libremente entre ellas, manifestándose en las mismas como un avatar idealizado
de sí mismo en la plenitud de su juventud. La mayor parte de este episodio
transcurre en San Junípero, un pueblo costero virtual modelado de acuerdo al
ambiente, moda y cultura popular de la década de los 80. Es, claro, el entorno
predilecto para muchos nacidos a finales de los sesenta y principios de los
setenta, ya ancianos en la época en la que transcurre la acción “real”.
En una discoteca de San Junípero, en ese 1987
virtual, se encuentran Kelly (Gugu Mbatha-Raw), extrovertida y enérgica, y
Yorkie (Mckenzie Davis), cohibida y apocada. Aunque ambas jóvenes se
autodenominan enigmáticamente "turistas
", sus formas de desenvolverse
en San Junípero son completamente opuestas: Kelly disfruta al máximo,
encontrando una nueva pareja de baile (y de sexo) cada semana, mientras que
Yorkie apenas se atreve a mantener una conversación superficial con nadie y
mira los letreros de neón y la lluvia con una mezcla de asombro y fascinación.
Sin embargo, la química que surge entre ambas es innegable a pesar de los
intentos de Yorkie por huir, primero avergonzada porque la vean bailando con
Kelly en público y luego aduciendo que tiene un prometido.
Pero la semana siguiente, Yorkie acude a la
misma discoteca, se reencuentra con Kelly y, ahora sí, ambas intiman. Tras el
act
o sexual, en el bungalow de Kelly en la playa, Yorkie bromea diciendo que
hasta ese momento nunca había estado ni con un hombre ni con una mujer. La
primera señal clara de que algo raro sucede en San Junípero surge durante esta
conversación: además de que Yorkie sea virgen y tenga un prometido, Kelly revela
que ella ya estuvo casada con un hombre durante mucho tiempo. A pesar de saber
que se sentía atraída por las mujeres, nunca tuvo la oportunidad de explorar
esa faceta de su vida. Además, sus dos breves encuentros nunca se prolongan más
allá de la medianoche.
Ahora bien, lo que para Yorkie ha sido
claramente una experiencia trascendental, para Kelly no es más que una noche de
sábado cualquiera, porque la semana siguiente y sucesivas ya no aparece por San
Junípero. Desesperada por encontrarl
a,
Yorkie prueba suerte en el siniestro Pantano, una especie de club sexual
depravado, con pervertidos y curiosos participando en todo tipo de juegos
públicos. Allí se topa con Wes, otro de los “líos” descartados de Kelly, quien
se apiada de ella y le sugiere que mire en los 90, o incluso en los 2000. Así
lo hace Yorkie, viajando por el tiempo en la misma discoteca, con gente
vistiendo según otra moda y escuchando música distinta. Por fin, encuentra a Kelly
en 2002, pero la reunión dista de ser armoniosa. Kelly admite que solo quería
divertirse, porque se está muriendo: hace seis meses le dijeron que le quedaban
tres de vida, así que ahora únicamente aguarda a que llegue el final. Se
suponía que no debía enamorarse de nadie, ni desarrollar sentimientos, pero
aquí están las dos.
Es en este punto donde se revela toda la
verdad. Las do
s jóvenes no están en San Junípero físicamente. Ese “lugar” es
una realidad virtual, un paraíso a medida donde disfrutar de todas las épocas
sin miedo a la enfermedad ni a la muerte. Sus usuarios son ancianos o enfermos
terminales que "visitan" esta simulación mediante la aplicación de un
pequeño dispositivo en la sien. Solo se les permite estar allí cinco horas a la
semana como "turistas" pero, al morir, pueden elegir que su
conciencia sea cargada permanentemente en el servidor, alcanzando una forma de
inmortalidad digital.
En los mundos que imagina “Black Mirror”, el
amor no tiene demasiadas oportunidades de florecer o sobrevivir: los
matrimonios se de
smoronan bajo la presión de la tecnología y la sociedad; los
sentimientos se canalizan hacia simulacros; el acceso a la mente del ser amado
da lugar a turbulencias emocionales… Siendo una serie sobre cómo los humanos se
arruinan la vida por el mal uso de la tecnología, el amor no iba a salir
indemne. En “San Junípero”, por el contrario, el romance no sólo surge
precisamente gracias a la tecnología, sino que, siempre que así lo deseen los
amantes, puede sobrevivir para siempre porque en esos entornos virtuales no
existe la vejez ni la enfermedad y cualquier deseo puede hacerse realidad.
Ahora bien, el amor entre Yorkie y Kelly no
está exento de problemas, traumas y diferencias. Este capítulo trata, en buena
medida, de la culpa del superviviente, abordando el tema a través de la
sencilla historia de amor entre estas dos mujeres tan diferentes. Yorkie es una
mujer de 61 año
s que lleva cuatro décadas tetrapléjica tras un intento fallido de
suicidio motivado por el rechazo de su familia a su homosexualidad. Postrada en
la cama de un hospital, sin que sus cristianos parientes hayan accedido jamás a
practicarle la eutanasia, nunca pudo decir que había vivido hasta que entró en
San Junípero. Kelly, por su parte, es una anciana con un cáncer terminal. A
diferencia de su amiga, sí tuvo una vida plena, disfrutando de un matrimonio de
49 años y una hija. Su conflicto radica en que tanto ésta como su esposo
murieron sin pasar sus conciencias al sistema, y ella siente que trasladarse a
San Junípero sería una traición hacia ellos. Así, aunque tienen una edad
similar, comparada con Kelly, Yorkie es, emocionalmente, poco más que una niña
porque nunca tuvo oportunidad de vivir en el mundo real.
De todos los ejemplos que habían aparecido
previamente en la serie en los que colisionaban amor y tecnología, el que más
se acerca a “San Junípero” es “Ahora Mismo Vuelvo”, de la segunda temporada. En
él, una joven viuda “resucitaba” a su marido fallecido prematuramente implantando
una inteligencia artificial –modelada a partir de sus publicaciones en redes
sociales- en un cuerpo clonado de él. Esta mujer aprendía a lidiar con el “fantasma”
de su esposo por
el bien de su hija, para que conozca al padre que murió antes
de que ella naciera. En ambos episodios, estas decisiones puramente emocionales
obedecen tanto al egoísmo como al altruismo. Yorkie le ruega a Kelly que le dé
una oportunidad a su incipiente amor, a pesar de que ésta se encuentra cansada
de la vida y atormentada por el sentimiento de pérdida. Yorkie quiere que ésta
reencuentre el amor, pero, claro, también que lo haga a su lado, que la
acompañe en el descubrimiento y la experiencia –para ella completamente nueva-
de la vida.
Además, pese a lo que pueda parecer y por mucho
que lo pretenda, San Junipero tampoco es el paraíso. Es un mundo poblado por seres
moribundos o difuntos, emocionalmente rotos, que tratan de ahogar sus penas en
un baño de nostalgia y estimulación sensorial. Kelly rompe un es
pejo de un
puñetazo y, segundos después, el cristal está arreglado y su mano intacta.
Yorkie no podría morir al saltar del tejado, ni siquiera experimentar
sufrimiento, porque sus parámetros de dolor están anulados en el mundo real. En
el club fetichista del Pantano se reúnen las almas perdidas para sobrellevar el
dolor de la eternidad entregándose a una falsa carnalidad. Y es que, al final,
otra de las cosas que plantea “San Junípero” es que los problemas de lidiar con
la eternidad ya expuestos en “Blanca Navidad” o las reflexiones existenciales
de “Ahora Mismo Vuelvo”, siguen ahí, no han desaparecido mágicamente. Pero, al
menos, este capítulo también nos recuerda que junto con los problemas pueden
encontrarse la bondad y el amor.
Por otra parte, todo el proceso de transferir
la mente consciente a un ordenador central y eliminar el cuerpo físico evoca la
Paradoja de Teseo, un antiguo experimento mental atribuido a Plutarco y
relativo a la identidad y su persistencia. Cu
enta la leyenda que el barco con
el que Teseo regresó de Creta a Atenas fue conservado por los ciudadanos durante
siglos. A medida que las tablas de madera se pudrían, los atenienses las
reemplazaban por otras nuevas. Este proceso dio lugar a dos preguntas
filosóficas fundamentales. En primer lugar, ¿sigue siendo el mismo barco? Si,
con el tiempo, hemos acabado reemplazando cada una de sus piezas, ¿en qué
momento dejó de ser el barco original (si es que lo hizo)? Y, en segundo lugar,
si alguien recolectara todo el maderamen viejo y lograra armar con él otro
barco exactamente igual, ¿cuál de los dos sería el verdadero barco de Teseo?
En este episodio, cuando una persona
"pasa" a San Junípero, su cuerpo físico muere y lo que queda es una
copia digital de su conciencia. ¿Es esa copia realmente "Yorkie"? ¿O,
sim
plemente, un archivo informático que se comporta como ella mientras la
Yorkie original dejó de existir? Si el "yo" es solo información (como
las tablas del barco), ¿cambia algo si ésta se traslada de un cerebro biológico
a un servidor de TCKR Systems? ¿Qué somos “nosotros”: la mente que controla
nuestro cuerpo o el organismo que la sustenta? ¿En qué punto dejaríamos de ser
nosotros mismos si fueran reemplazándose partes de nuestro cuerpo?
Lo que solemos olvidar es que somos seres en
constante transformación, sometidos a un proceso imparable y continuo de decadencia
y muerte. Podemos sentirnos la misma persona de un día para otro, pero ¿lo
somos realmente? ¿Somos la misma persona de un año para otro, o incluso de una
década a la siguiente? ¿Existe de verdad la versión de nosotros mismos de hace
diez años, más allá de un recuerdo que va desvaneciéndose? En este contexto,
¿no es fácil suponer que el "yo" sea una entidad que cree serlo
siempre y cuando todos los demás estén de acuerdo y no exi
sta ninguna otra
versión? “Charlie Brooker lleva esta idea a sus últimas consecuencias, ya que
no cuenta la historia de una persona que muere y sigue viviendo dentro de la
realidad virtual, sino la de dos personas que están a punto de morir y que son,
a la vez, ancianas y jóvenes.
"San Junípero", en el personaje de Yorkie, también aborda la fuerte oposición religiosa a esta tecnología de la inmortalidad. Hay algo de irónico en ello, ya que, precisamente, los creyentes serían los que verían imposible que el “alma” pudiera transferirse a una máquina. Alternativamente, podría estar relacionado con diferentes formas de aniconismo (práctica o creencia religiosa que prohíbe o evita el uso de imágenes –en este caso, avatares-, especialmente representaciones de seres divinos, figuras religiosas o seres vivos) o ser una forma de resistencia desesperada contra una tecnología que, tal y como sugiere el episodio, amenaza con dejar obsoletas sus iglesias.
Más allá del guion y el notable trabajo de las
actrices protagonistas, cabe destacar en este capítulo el diseño y la música.
La vibrante estética neón de lo que es una historia mayormente nocturna crea
una paleta de colores muy atractiva, destacando de forma predominante los tonos
rosa, morado y azul que forman la bandera bisexual. En cuanto a la música de
los
80, cada una de las canciones seleccionadas enfatiza un tema de la
historia, como "Heaven is a Place on Earth", de Belinda Carlisle; "Girlfriend
in a Coma" de The Smiths; o "Don't You (Forget About Me)", de
Simple Minds.
“San Junípero” es ciencia ficción de calidad porque cuenta precisamente el tipo de historia que solo este género puede abordar; y, lo hace, además, de una manera sugerente y plausible, sin tintes fantásticos. No sólo eso, sino que rompió con el esquema de cinismo, oscuridad y finales trágicos que se había autoimpuesto la serie hasta ese momento, ofreciendo un desenlace inspirador y emotivo en el que la tecnología ayuda a las personas en lugar de amenazarlas. Esta divergencia, junto a la capacidad del guion para mezclar la ciencia ficción con una narrativa profundamente humana y romántica y la sensibilidad y realismo con la que se presenta una relación lésbica entre dos mujeres mayores, le valió al episodio nada menos que dos premios Emmy: Mejor Película para Televisión y Mejor Guión en una Miniserie.
(Continúa en la siguiente entrada)

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