Resulta difícil glosar la importancia de Flash Gordon dentro del ámbito de la Ciencia Ficción y, ya puestos, la cultura popular. Aunque fue Buck Rogers el primer héroe espacial del comic, es a Gordon, dibujado por el maravilloso Alex Raymond, a quien corresponde el honor de elevar la CF en viñetas a un nivel tan alto que tardaría mucho en igualarse. Deudor de otros héroes literarios como John Carter, su influencia en el género fue asimismo inmensa al fijar el estándar visual de muchos elementos de la space opera, como la combinación y contraste de tecnología avanzada y elementos arcaicos.
En los años 50, Flash evolucionó de la mano de Dan Barry,
adecuán
dose a los gustos y sensibilidades de los nuevos tiempos. Así, de ser un
aventurero involuntario en un planeta alienígena que luchaba espada y pistola
en mano contra emperadores malignos y reinas maquiavélicas, pasó a ser un
astronauta explorador de mundos ignotos, adoptando un mayor realismo en dibujo
y argumentos e introduciendo temas más complejos, como la diplomacia galáctica
o los dilemas morales.
Hoy, a pesar de los esfuerzos de autores posteriores como
Al Williamson, Jeff Parker o Dan Schkade, Flash Gordon padece lo que llamamos "Síndrome
del Pionero": una obra que fue revolucionaria en su momento acaba
pareciendo genérica, anticuada o llena de clichés para las nuevas generaciones tras
la canibalización y perfeccionamiento de todos sus elementos por otros autores
hasta que el original termina pareciendo una copia rancia de sus propios
sucesores. En las versiones más modernas, Dale ya no es la “damisela en apuros”
sino una profesional competente e independiente; Ming ya no responde al tropo
racista del “Peligro Amarillo” sino que adopta la forma de un dictador más
sofisticado; el contexto en el que se mueven los personajes, ya sea Mongo o la
galaxia, es más complejo…
Pero actualizar un icono es un ejercicio muy arriesgado
porque existe el peligro de desnaturalizarlo, de convertirlo en algo
irreconocible. Así, por ejemplo, cuando se intenta hacer demasiado moderno
(como en la serie de TV de 2007 de Syfy), la audiencia lo rechaza porque pierde
su identidad. Así que los creadores siguen aferrándose a
la estética
retro-futurista que le granjeó la fama en primer lugar. Asimismo y a diferencia
del gusto actual por los personajes moralmente ambiguos, Flash sigue siendo un
faro inspirador, lo que a veces lo hace parecer plano frente a personajes como
los de, por ejemplo, “The Expanse”.
Podemos decir que Flash Gordon ha actualizado sus valores y su lógica interna, pero se niega a renegar de los viejos clichés visuales porque son su marca distintiva. Hoy en día, el liberador de Mongo no compite por ser heraldo de la CF más vanguardista (ese lugar lo ocupan otros), sino que se ha convertido en un homenaje vivo al género. Se mantiene relevante como una pieza de "arqueología futurista": sabemos que es un cliché, pero lo disfrutamos porque es la fuente de todo lo demás.
Ahora bien, ¿y si prescindimos del aspecto visual? Es
difícil, claro, porque Flash es un personaje de comic y como tal ha alcanzado
su estatus. Su iconografía, ya sea el barroquismo y neoclasicismo de Alex
Raymond, el naturalismo de Dan Barry, el
refinamiento de Al Williamson o la
caricatura de Dan Schkade, es la que le ha proporcionado no sólo su identidad
en la cultura popular sino su inmortalidad. Ni siquiera el cine o la televisión
han sabido replicar con acierto la estética asociada al héroe en cualquiera de
sus etapas. Pero, repito, si prescindimos de ese arte retrofuturista que lo
caracteriza y nos quedamos únicamente con la historia y los personajes… ¿podría
entonces Flash encontrar su lugar en la space opera moderna sin dejar de ser
reconocible para sus fans?
Las novelas protagonizadas por Flash son casi tan antiguas
como el propio personaje, datándose la primera en fecha tan temprana como 1936
(publicada en la revista pulp “Flash Gordon Strange Adventure Magazine”).
Seguirían otras iniciativas prosísticas, nunca numerosas pero siempre mediocres
y ambientadas en Mongo. Hubo que esperar hasta 2021 para que el autor español y
gran aficionado al personaje Alberto Moreno decidiera actualizar al personaje
en su novela “Retroverso: Luz que Dejo Atrás” (2021)”. En ella escogió la
versión de Dan Barry y la insertó en un contexto de space opera moderna, con
mayor realismo científico, una justificación a la tecnología retrofuturista y
unas dinámic
as entre personajes más maduras. Para un comentario más extenso me
remito a la entrada que de ella escribí en su momento.
Ahora bien, ¿qué pasa entonces con el “auténtico” Flash? ¿O, al menos, el original, aquel que corría aventuras en los extraños reinos de Mongo y se enfrentaba al malvado Ming? Si modernizar al Flash astronauta y explorador ya era complicado sin perder la esencia del personaje, el desafío parece aún mayor con la versión primigenia, aquella creada por Alex Raymond. Porque lo que en 1934 era pura maravilla tecnológica y aventura exótica, hoy corre el riesgo de parecer una fantasía ingenua o, peor aún, anticuada.
En los años 30, la idea de un "cohete" que
pudiera transportar a seres humanos a otro mundo pertenecía casi al terreno de
la magia. Hoy, en el siglo del telescopio James Webb y los planes para
establecer una base
permanente en la Luna o llevar un hombre a Marte, el
planteamiento original está completamente desfasado. ¿Dónde colocar a Mongo?
¿En otra dimensión? ¿Oculto por tecnología de camuflaje cuántico? ¿Al otro lado
de un agujero de gusano? La "ciencia" que decida el autor tiene que
sonar lo suficientemente moderna para no romper la suspensión de la
incredulidad. Y ello se aplica también a la enloquecida biodiversidad y
multiculturalidad del planeta, repleta de criaturas y especies de todo tipo y
condición habitando territorios dispuestos sin ninguna coherencia geográfica.
En cuanto a los personajes, Moreno ya había presentado versiones más acordes a
la sensibilidad actual de Flash, Dale y Zarkov, pero en Mongo les esperaría
Ming. Mantener su diseño original podría ser ofensivo; cambiarlo demasiado
puede hacer que pierda su esencia de villano icónico. En fin, que, si hace
demasiado realista, se pierde el color y el sentido de la diversión y la
maravilla que transmitían las planchas de Raymond; pero si no se limpia lo
suficiente de caspa pulp, corres el riesgo de que parezca un chiste camp.
Alberto Moreno, sin embargo, no se amilanó ante estas
dificultades y, tras ha
ber establecido en su novela anterior las bases de los
protagonistas y el universo en el que se mueven, propone en su novela “Retroverso:
Bajo las Lunas de Mongo” (un título que homenajea el del primer relato de John
Carter, “Bajo las Lunas de Marte”, serializado en 1912 en la revista “All-Story Magazine”) un viaje a ese fantástico lugar.
La historia comienza con un necesario resumen de lo
acontecido en el volumen anterior, dado que el arranque de la acción, la
dinámica del trío protagonista y la solución a algunos de los enigmas que irán
afrontando los personajes dimanan de allí. Tras frustrar in extremis la
invasión de la especie alienígena Skorpii, la tierra ha pasado a integrarse en
la Confederación Galáctica y aprovechar el nuevo conocimiento tecnológico a su
disposición. Esa inmensa coalición, por su parte, se halla inmersa en una
campaña de reconquista de los sectores galácticos tomados por los skorpii. Tras
la exitosa recuperación de un sistema con un solo planeta, éste desaparece
misteriosamente y luego vuelve a ocupar su lugar cuarenta horas después,
desafiando cualquier ley física conocida y dejando aislado, incomunicado y en
situación d
esconocida a un equipo científico enviado allí para evaluar los
daños causados por la ocupación skorpii. Ese grupo lo lideraba una dhreen,
Ellta, vinculada estrechamente a Flash por los motivos que se explican en el
libro precedente.
De este modo, Flash, que está destinado en Frontera, una estación espacial situada en los confines del Sistema Solar, es requerido por su amigo Hans Zarkov, máximo representante científico de la Federación Terrestre, para pilotar una nave que acuda a ese sistema y averigue lo sucedido antes de que la Coalición lo ponga en cuarentena preventiva y elimine el portal. Superando su espaciofobia, les acompañará también Dale que, en este punto, se ha distanciado de Flash por motivos, una vez más, explicados al final de la novela anterior.
No era fácil encontrar la forma de conectar la novela
anterior, inspirada en la versión astronauta/explorador de Flash, con la
presente, que va a remitir al Flash aventurero, luchador por la libertad y
líder
de los pueblos de Mongo. Pero Moreno consigue hallar una forma de hacerlo
coherente y respetuosa tanto con su propio trabajo precedente como con el de
Dan Barry, aprovechando el mismo contexto que modeló al término de la primera
novela.
Cuando el trío llega a las proximidades del planeta Beta Comae Berenice, también conocido como Mongo, descubren que, aunque el sistema ha permanecido “ausente” de nuestro espacio-tiempo tan solo unas horas, dentro de sus confines pueden haber transcurrido siglos o incluso milenios desde la invasión skorpii. Con el portal retirado finalmente por la Confederación y las reservas de oxígeno agotándose, los compañeros no tienen más alternativa que aterrizar (por los datos enviados por la expedición de Ellta ya sabían que las condiciones eran aptas para los humanos).
La llegada resulta ser más accidentada de lo deseable y la
nave se estrella quedando inutilizada. Zarkov desaparece y Flash y Dale
enseguida son capturados por los soldados del emperador Ming, que, por
supuesto, selecciona a la bella recién llegada para lo que llama su “jardín
genético”. Y a partir de aquí comienza la gran aventura….
Inicialmente, Moreno sigue bastante de cerca el comic de
Alex Raymond, tanto en su secuencia de acontecimientos como en la descripción
que hace de criaturas, nativos, entornos y tecnología. De hecho, por un
momento, temí que la novela fuera a limitarse a una mera novelización del trabajo
de aquél, algo que, de haber sido así, tendría un interés escaso para quienes
conocemos bien esas planchas dominicales y sólo limitado para quien sea ajeno a
ellas. Pero lo que hace el autor con esta novela es, sin abandonar el espíritu
pulp que impregnó aquellas aventuras primeras (sentido de lo maravilloso,
acción continua, ritmo muy dinámico, variedad de escenarios y peligros, textos
directos y sin florituras), pulir, completar, ordenar, aportar coherencia y, en
general, mejorar, lo que en su momento no fue sino una narración que se ib
a
tejiendo sobre la marcha sin mirar atrás y que, por tanto, incurría en discordancias,
olvidos y absurdeces sólo soslayables gracias al magnífico arte de Raymond.
Moreno ajusta, limpia y expurga la gran peripecia de Flash en Mongo, desde su llegada al planeta hasta la caída de Ming –unos seis años de publicación en los periódicos dominicales de la época, de 1934 a 1940- y la presenta como una aventura épica compuesta por secuencias de acción (la ciudad flotante de los Hombres Halcón, el Torneo de Mongo, la expedición al reino subterráneo de Azura, Arboria, los dominios de Frigia…), sí, pero adecuadamente organizado para que cada una tenga sentido como parte de una aventura más larga.
Vamos a encontrarnos, por supuesto, con todos los grandes
personajes de la serie: Aura, Thun, Barin, Vultan, Azura, Fría… pero
se
eliminan los arcos y dinámicas reiterativas, se aporta algo más de profundidad
a los personajes gracias a un narrador omnisciente que nos ofrece una mirada a
sus pensamientos, se trabaja más el plano científico y cultural de cada pueblo y
se explican asombrosos fenómenos como que los terrestres puedan entenderse con
los nativos en “panglés”, el motivo por el que todos los habitantes son
variaciones humanoides, la facilidad de Flash para inspirar y liderar, la
aparente inmortalidad de Ming... Y, quizá lo más importante, a diferencia de
los comics de Raymond, los protagonistas tienen un propósito más allá de un
mero correr aventuras y destronar al tirano: averiguar las razones de la
desaparición del sistema del continuo espacio-temporal, determinar qué ocurrió
en ese lapso y valorar si ello supone un peligro para la Tierra.
“Flash Gordon. Retroverso: Bajo las Lunas de Mongo” es una
novela que bien podría haber aparecido en los años 40 sin desentonar demasiado
con el ecosistema pulp de la época. Si “Luz Que Dejo Atrás” es un
a space opera
moderna con toques clásicos, esta nueva entrega es un romance planetario de
sabor añejo, pero perfectamente degustable por un lector actual
independientemente de su edad. Frases cortas, ritmo sostenido, pasajes
descriptivos ajustados y predominio de la acción hacen de esta lectura un
ejercicio rápido y sencillo; pero, a diferencia de la literatura pulp de la que
bebe y que actualiza, aporta un mayor grado de sofisticación en personajes,
entorno y trama. Es lo que podríamos denominar “neo-pulp”.
En resumen, que donde el mundo audiovisual ha fracasado a
la hora de actualizar a uno de los primer
os héroes populares de la CF para un
público moderno, Alberto Moreno ha sabido hacerlo en las dos novelas
protagonizadas por Flash hasta ahora publicadas y, además, reconociliando las
dos principales versiones del personaje y sus subgéneros respectivos, la space opera
y el romance planetario. Una lectura recomendada para todo aquel que alguna vez
haya disfrutado con las aventuras del personaje, pero también para los
nostálgicos del pulp y quienes deseen un agradable respiro entre otras dos
novelas más indigestas.

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