miércoles, 13 de mayo de 2026

1998- SOLDIER – Paul Anderson


La perspectiva que da el tiempo es fundamental para valorar la importancia y proyección no ya de una obra sino de un autor. Un ejemplo de ello es Paul W.S. Anderson (no confundir con el magnífico Paul Thomas Anderson, director de “Boogie Nights”, 1997; “Magnolia”,1999; “Pozos de Ambición”, 2007; o “Una Batalla tras Otra”, 2025), quien llegó a ser considerado por muchos aficionados y críticos como el salvador de la ciencia ficción en el cine gracias a su capacidad para mezclar una estética muy personal con un tono oscuro y adulto.

 

Tras el éxito de “Mortal Kombat” (1995), con la que había demostrado que se podía adaptar un videojuego con dignidad, Anderson rechazó grandes proyectos para rodar “Horizonte Final” (1997), una pesadilla infernal en el espacio que, aunque se estrelló en taquilla, adquirió instantáneamente el estatus de obra de culto. Logró algo que parecía perdido desde “Alien” (1979): que el espacio volviera a dar miedo de verdad, mezclando la física cuántica con el horror gótico, todo ello adornado con una estética deudora de Clive Barker. En aquel momento, se le vió como el heredero natural de la ciencia ficción física, sucia y de diseño industrial que había aupado títulos como los de la saga Alien, “Blade Runner” (1982) o “Atmósfera Cero” (1981).

 

De hecho, fue él a quien seleccionó David Webb Peoples, guionista de “Blade Runner” (1982), para dirigir su proyecto “Soldier”. Peoples siempre se quedó con la espina clavada de no haber explorado más a fondo en “Blade Runner” la vida de los soldados en ese universo, así que concibió esta nueva historia protagonizada por un hombre que es, esencialmente, una herramienta obsoleta y que estaba ambientada en el mismo mundo distópico de corporaciones y colonias espaciales.

 

Sin embargo, el inicio de la producción hubo de retrasarse debido a que Kurt Russell, la única opción que contemplaba Anderson para encarnar al protagonista, no estaba disponible en ese momento. Mientras aguardaba a contar con él, dirigió “Horizonte Final”. Cuando por fin todos los factores confluyeron, Warner Brothers, convencido de que Anderson era el único capaz de rodar una epopeya espacial con la suciedad y el realismo de los clásicos de los 80, le otorgó un presupuesto muy considerable de 75 millones de dólares. Para hacerse un idea de lo que suponía esto y sin salir de aquel mismo año, “Salvar al Soldado Ryan” costó 70 millones; “El Show de Truman”, 60 millones; “Dark City”, 27 millones; y “Blade”, 45 millones. En fin, que “Soldier” jugaba en la primera división de los blockbuster veraniegos.

 

En el año 2036. Todd 3465 (Kurt Russell) es un soldado programado desde su nacimiento para ser una máquina de matar sin emociones. Un día, a la base donde se encuentra estacionada su unidad llega el despiadado Coronel Mekum (Jason Isaacs) para presentar y probar una nueva y superior raza de soldados genéticamente modificados, diseñados para reemplazar a la generación de Todd. Éste, de hecho, cae derrotado en un duelo por Caine 607 (Jason Scott Lee), uno de los operativos de Mekum. Dado por muerto, es abandonado junto con un montón de chatarra en el planeta Arcadia 234, un planeta desolado que otros mundos utilizan de vertedero.

 

Todd es encontrado y curado por el grupo de supervivientes de una nave espacial estrellada allí tiempo atrás que han construido su propia comunidad regida por la armonía y el pacifismo. Ese espíritu choca de frente con la propensión a la violencia y la impasibilidad emocional del recién llegado, por no hablar de los traumas que arrastra debido no sólo a una infancia desnaturalizada sino por todas las guerras en las que ha participado.

 

Cuando las fuerzas de Mekum llegan al sistema para una misión de patrullaje rutinario y detectan esta comunidad, el oficial, para evitar papeleo, ordena que los aniquilen sin dar parte de su existencia a la superioridad. Con lo que no cuentan es con que Todd está allí para protegerlos.

 

“Soldier” llegó a su estreno precedido por una gran expectación y con potencial para convertirse en un hito del género, en buena medida porque su guionista era, ya lo he dicho, David Webb Peoples, quien había escrito clásicos como “Blade Runner” o “Doce Monos” (1995), y ganado el Óscar al Mejor Guion Original por ese western crepuscular que fue “Sin Perdón” (1992). Se dijo incluso que Kurt Russell quedó tan prendado por la historia que modificó su agenda para protagonizarla.

 

Todo lo cual hizo que la pelicula fuera una decepción considerable. Lo que prometió ser un clásico del género resultó ser una variación sorprendentemente ramplona del tema del despiadado soldado o androide que aprende a ser humano, un tema recurrente que ya había podido verse en el capítulo “Soldier” (1964) escrito por Harlan Ellison para la serie “Rumbo a lo Desconocido” (1963-64) o películas como “Terminator 2” (1991), “Soldado Universal” (1992) o “Solo, el Destructor” (1996). De hecho, la trama de “Soldier” es tan idéntica a la de esta última mencionada -un soldado/androide se libera de su programación y control militar, descubre su humanidad entre un grupo de aldeanos sencillos pero honestos y se enfrenta a sus programadores militares- que uno se siente tentado a acusar a la primera de plagio si “Soldier” no se hubiera escrito varios años antes del estreno de la segunda.

 

Pretendiendo ser un drama existencial sobre un hombre que descubre su humanidad en el estilo y tono de “Blade Runner”, se promocionó y ejecutó más como una cinta de acción violenta al estilo de cualquier entrega de la saga Rambo. Es más, “Soldier” toma prestados sin ningún tipo de rubor elementos de “Acorralado” (1982) y otras películas de acción de los años 80, como “Desaparecido en Combate” (1984) y, por tanto, bien podríamos considerarlo un pastiche futurista.

 

Por ejemplo, Gary Busey interpreta al simpático, aunque severo, Capitán Church, un personaje que evoca al Coronel Trautman de la saga de Rambo. En ambos casos, un oficial militar comprensivo -a veces aliado con una jerarquía militar o policial hostil- ofrece consejos sensatos sobre su soldado favorito (John Rambo/Todd), pero suele ser ignorado. Cuando esa jerarquía militar, aquí representada por Mekum, no logra derrotar a su objetivo, Trautman/Church aparece para advertir que el renegado es el auténtico soldado, que ha sido subestimado y que su "guerra" es la justa. Igualmente, se recrean escenas de acción vistas ya en muchas de aquelas cintas ochenteras. Por ejemplo, en un momento dado, Todd se esconde de los soldados enemigos en un río, emergiendo de las tranquilas aguas con una ametralladora con la que aniquila a sus oponentes. Ese momento se ha recalentado para innumerables películas, aunque quizás la más famosa sea “Desaparecido en Combate”, protagonizada por Chuck Norris. De forma similar, algunos podrían ver el concepto de un soldado sin patria defendiendo una colonia pacífica como una evocación de “Los Siete Samuráis” (1954) o “Los Siete Magníficos” (1960). La película culmina en un clímax de acción tan eficiciente como predecible y poco memorable, con mucha explosión, tiroteo, emboscada y puñetazos.

 

El guion de Peoples para Soldier recupera algunos de sus temas recurrentes (la ambigüedad moral del héroe, la identidad y la humanidad, la crítica a las instituciones y el poder, la obsolescencia) pero la diferencia con otras de sus películas es que esta la dirige Anderson, cuyo estilo no se caracteriza precisamente por la sutileza. En sus manos, la historia avanza a trompicones, estructurándose en base a secuencias de acción y manteniendo el ritmo apoyándose en una intensidad que roza lo artificioso. En lo que apenas se detiene es en la mirada en profundidad a los personajes. En “Soldier” no hay momentos profundos, reveladores ni reflexivos: cuando entran en juego los impulsos primarios de luchar o huir, lo mejor que Anderson puede ofrecer es una secuencia en la que Todd enseña al joven hijo del matrimonio que le ha acogido, Nathan (Jared y Taylor Thorne) a defenderse contra una serpiente venenosa con una simple bota. Las escenas de los náufragos del planetoide están tan sobrecargadas de recursos emotivos forzados que caen en lo absurdo: la honesta y sincera sencillez de la vida comunitaria; los huérfanos andrajosos por los que no puede sino sentirse lástima; la bella mujer fotografiada para que luzca sensual y cálida y hasta los lamentos pseudoceltas de Loreena McKennitt en la banda sonora.

 

Incluso el arco del protagonista es ambiguo o, como mínimo, a medio cocinar. De hecho, es difícil sentir simpatía por Todd y ni siquiera la película toma partido sobre las perturbadoras escenas iniciales de la película que muestran al protagonista realizando auténticas atrocidades (por su país, claro), como asesinar a civiles desarmados. La intención podría ser mostrar que, al haber sido marginado e ignorado por aquellos a quienes una vez sirvió, Todd recupera su “humanidad” en el seno de una nueva comunidad. Pero, de nuevo, el propio Todd no aborda explícitamente esa transición –si es que se produce- y nunca parece dudar de quién es ni por qué fue creado.

 

Aunque Anderson y Peoples intentan sugerir que el triunfo final de Todd podría deberse a los sentimientos que ha desarrollado hacia el grupo que lo ha adoptado como su “salvador”, nada más lejos de la realidad. Los sentimientos no tienen nada que ver con su violenta reacción. El rescate de los oprimidos del planeta se debe, simplemente, a que Todd es el mejor, más brutal y experimentado guerrero, pero no necesariamente a que ahora sea mejor persona. Sencillamente, utiliza sus habilidades para matar a los soldados que amenazan a la colonia y a sí mismo. Sin embargo, y esto es significativo, los nuevos soldados mejorados como Caine sirven de la misma manera que Todd antes: sin cuestionar ninguna orden. Solo se vislumbra la conciencia de Todd en relación con este aspecto cuando comenta que “los soldados merecen soldados”, que no deja ser el reconocimiento de una hermandad tácita, incluso con el enemigo. Hasta los malos soldados merecen morir a manos de otros soldados.

 

Aunque algunos efectos visuales de “Soldier” han envejecido mal a causa del espectacular y rápido avance de los CGI, el planeta alienígena sigue luciendo razonablemente bien en los planos generales. Las montañas de basura que se extienden hasta el cielo parecen anticipar la Tierra postapocalíptica de “Wall-E” (2008) –aunque ya se habían visto en otras obras de CF, como el comic “Basura” (1989)-. La naturaleza de esos residuos, sobre todo de los grandes, es también relevante. Así, puede distinguirse la Campana de la Libertad (hoy conservada en Filadelfia), sugiriendo que, en ese futuro, la libertad ha muerto; y también un colosal portaaviones volcado que simboliza el despilfarro militar y la dinámica del progreso tecnológico: una máquina nueva reemplaza a una vieja, al igual que un soldado novato y joven reemplaza a uno veterano y encallecido.

 

Por desgracia, las escenas con actores sobre el terreno (no con fondos generados por ordenador) se ven muy artificiales y baratas. Una y otra vez aparece el mismo escenario en el que se alza una enorme máquina de acero (que recuerda un poco a la caja torácica invertida de un dinosaurio gigante). Incluso cuando se introducen simultáneamente vehículos y hombres moviéndose de un lado a otro, las escenas de batalla parecen muy limitadas en cuanto a alcance y grandiosidad. De esto también adolece el montaje inicial, donde vemos a Todd en algunas de las muchas misiones que ha tenido a lo largo de su carrera. Las zonas de guerra parecen decorados teatrales, y la puesta en escena es rudimentaria, rayana en lo chapucero.

 

La película casi se salva gracias a la interpretación de Kurt Russell. O, irónicamente y para ser más precisos, a su falta de ella. La inexpresividad del rostro curtido por la batalla de Todd, la sutil mirada sin sentimientos, sus silencios y el minimalismo de sus diálogos (sólo pronuncia 104 palabras en toda la trama), crean un personaje fascinante precisamente por su vacío existencial. Toda la emoción reside en los pequeños movimientos de sus ojos. El trabajo del actor, por tanto, casi le otorga a la película un toque humano. El problema fue que, aunque hoy podemos valorar esa interpretación física de manera muy positiva, en 1998 el público esperaba ver al Kurt Russell carismático y parlanchín de sus otros éxitos del género de acción como “Golpe en la Pequeña China” (1986) o “Tango y Cash” (1989).

 

Por desgracia y para compensar, el villano es tan esterotipado que cae de bruces en la caricatura. El Coronel Mekum demuestra persistentemente una capacidad de juicio tan pésima y una cobardía tan flagrante que uno se pregunta cómo pudo llegar a su posición de autoridad. Cada vez que se le presenta la oportunidad, Mekum toma la decisión más equivocada, cruel y estúpida; y, para rematar, cuando Todd lo captura, se mea en los pantalones. En lugar de presentarlo como un adversario astuto y peligroso, Mekum es un fantoche fácil de derribar para que Todd parezca más fuerte, más inteligente y mejor que todos aquellos que se le oponen. No hay una motivación clara o evidente para la crueldad, arrogancia e ineptitud de Mekum, lo que lo convierte en una mera herramienta vacía con la que hacer avanzar la historia de un punto a otro.

 

Por todo lo apuntado, no es de extrañar que ni público ni crítica quedaran satisfechos con “Soldier”, convirtiéndola en uno de los mayores fracasos del año para Warner Bros y Morgan Creek. Tras invertir en la cinta entre 75 millones de dólares (como he dicho al principio, una cifra muy alta para la época, especialmente considerando que Kurt Russell cobró 15 millones), apenas recaudó 14,6 millones en Estados Unidos. A nivel mundial, la cifra apenas rozó los 20 millones. Se estima que la película perdió más de 40 millones solo en su fase de exhibición en cines (fue un mal año para Warner y sus apuestas de CF, porque “Esfera” también supuso otro descalabro monumental para el estudio).

 

Hay quien dice que el fracaso de “Soldier” no puede atribuirse exclusivamente al director. Éste, por ejemplo, se vio obligado a rodar gran parte de la película en estudio cuando la preproducción había planificado que varias secuencias transcurrieran en espectaculares exteriores. También es cierto que el producto final no fue lo suficientemente “intelectual” en comparación con lo que otras películas de género fantacientífico ofrecían por la misma época. Recordemos que en ese periodo se estrenaron, sin ir más lejos, “Ghost in the Shell”, “Dark City”, “12 Monos”, “El Show de Truman”, “Matrix”, “Gattaca”, “ExistenZ” o “Contact”. Sin duda, “Soldier” es una historia más pequeña que la de “Blade Runner” o “Sin Perdón” y quizás el hecho de que Anderson nunca pensara en explotar su potencial intimismo hizo que el público no respondiera.

 

“Soldier” rompió el espejismo de infalibilidad comercial de Paul Anderson y puso de manifiesto que su estilo visual no siempre podía compensar guiones flojos. Para refrendar esa decepción, en 2004, dirigiría "Alien vs. Predator", con la que muchos fans del género se sintieron traicionados debido al enfoque mucho más comercial y menos atmosférico que sus obras anteriores. Al final, Anderson pasó de ser el genio salvador de la ciencia ficción al artesano de franquicias rentables. Cambió la atmósfera opresiva y el riesgo conceptual de “Horizonte Final” por la seguridad económica de las películas de “Resident Evil” realizadas para su esposa, Milla Jovovich, o la saga “Death Race”

 

Dentro de su falta de originalidad y cansino encadenamiento de clichés, “Soldier” es una película razonablemente competente que hubiera cuajado mucho mejor de haberse aspirado a una escala menor. El problema es que, con el presupuesto de una superproducción, su débil trama se desmorona aplastada por una pretensión exagerada.

 

Curiosamente, con el paso de las décadas, “Soldier” ha ido ganado estatus de película de culto. Ciertos aficionados –entre los que no me cuento- valoran ahora positivamente su conexión oficial con Blade Runner y la sobria actuación de Russell, considerándola una película incomprendida que llegó demasiado pronto e interpretando como parte de su encanto la dirección de Anderson y las restricciones presupuestarias que le dan un aire de película de serie B sobredimensionada.

 

 

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