La perspectiva que da el tiempo es fundamental para valorar la importancia y proyección no ya de una obra sino de un autor. Un ejemplo de ello es Paul W.S. Anderson (no confundir con el magnífico Paul Thomas Anderson, director de “Boogie Nights”, 1997; “Magnolia”,1999; “Pozos de Ambición”, 2007; o “Una Batalla tras Otra”, 2025), quien llegó a ser considerado por muchos aficionados y críticos como el salvador de la ciencia ficción en el cine gracias a su capacidad para mezclar una estética muy personal con un tono oscuro y adulto.
Tras el éxito
de “Mortal Kombat” (1995), con la que había demostrado qu
e se podía adaptar un videojuego
con dignidad, Anderson rechazó grandes proyectos para rodar “Horizonte Final”
(1997), una pesadilla infernal en el espacio que, aunque se estrelló en
taquilla, adquirió instantáneamente el estatus de obra de culto. Logró algo que
parecía perdido desde “Alien” (1979): que el espacio volviera a dar miedo de
verdad, mezclando la física cuántica con el horror gótico, todo ello adornado
con una estética deudora de Clive Barker. En aquel momento, se le vió como el
heredero natural de la ciencia ficción física, sucia y de diseño industrial que
había aupado títulos como los de la saga Alien, “Blade Runner” (1982) o
“Atmósfera Cero” (1981).
De hecho, fue
él a quien seleccionó David Webb Peoples, guionista de “Bla
de Runner” (1982), para
dirigir su proyecto “Soldier”. Peoples siempre se quedó con la espina clavada
de no haber explorado más a fondo en “Blade Runner” la vida de los soldados en
ese universo, así que concibió esta nueva historia protagonizada por un hombre
que es, esencialmente, una herramienta obsoleta y que estaba ambientada en el mismo
mundo distópico de corporaciones y colonias espaciales.
Sin e
mbargo, el
inicio de la producción hubo de retrasarse debido a que Kurt Russell, la única
opción que contemplaba Anderson para encarnar al protagonista, no estaba
disponible en ese momento. Mientras aguardaba a contar con él, dirigió
“Horizonte Final”. Cuando por fin todos los factores confluyeron, Warner
Brothers, convencido de que Anderson era el único capaz de rodar una epopeya
espacial con la suciedad y el realismo de los clásicos de los 80, le otorgó un
presupuesto muy considerable de 75 millones de dólares. Para hacerse un idea de
lo que suponía esto y sin salir de aquel mismo año, “Salvar al Soldado Ryan”
costó 70 millones; “El Show de Truman”, 60 millones; “Dark City”, 27 millones;
y “Blade”, 45 millones. En fin, que “Soldier” jugaba en la primera división de
los blockbuster veraniegos.
En el año 2036.
Todd 3465 (Kurt Russell) es un soldado programado desde su nacimiento para ser
una máquina de matar sin emociones. Un día, a la
base donde se encuentra
estacionada su unidad llega el despiadado Coronel Mekum (Jason Isaacs) para
presentar y probar una nueva y superior raza de soldados genéticamente
modificados, diseñados para reemplazar a la generación de Todd. Éste, de hecho,
cae derrotado en un duelo por Caine 607 (Jason Scott Lee), uno de los
operativos de Mekum. Dado por muerto, es abandonado junto con un montón de
chatarra en el planeta Arcadia 234, un planeta desolado que otros mundos
utilizan de vertedero.
Todd es
enc
ontrado y curado por el grupo de supervivientes de una nave espacial
estrellada allí tiempo atrás que han construido su propia comunidad regida por
la armonía y el pacifismo. Ese espíritu choca de frente con la propensión a la
violencia y la impasibilidad emocional del recién llegado, por no hablar de los
traumas que arrastra debido no sólo a una infancia desnaturalizada sino por
todas las guerras en las que ha participado.
Cuando las
fuerzas de Mekum llegan al sistema para una misión de patrull
aje rutinario y
detectan esta comunidad, el oficial, para evitar papeleo, ordena que los
aniquilen sin dar parte de su existencia a la superioridad. Con lo que no
cuentan es con que Todd está allí para protegerlos.
“Soldier” llegó
a su estreno precedido por una gran expectación y con potencial para convertirse
en un hito del género, en buena medida porque su guionista era, ya lo he dicho,
David Webb Peoples, quien había escrito clásicos como “Blade Runner” o “Doce Monos” (1995), y ganado el Óscar al Mejor Guion Original por ese western
crepuscular que fue “Sin Perdón” (1992). Se dijo incluso que Kurt Russell quedó
tan prendado por la historia que modificó su agenda para protagonizarla.
Todo lo cual
hizo que la pelicula fuera una decepción considerable. Lo que prometió ser un
clásico del género resultó ser una variación sorprendentemente ramplona del
tema del despiadado soldado o androide que aprende a ser humano, un tema
recurrente que ya había podido verse en el capítulo “Soldier” (1964) escrito
por Harlan Ellison para la serie “Rumbo a lo Desconocido” (1963-64) o películas
como “Terminator 2” (1991), “Soldado Universal” (1992) o “Solo, el Destructor”
(1996). De
hecho, la trama de “Soldier” es tan idéntica a la de esta última
mencionada -un soldado/androide se libera de su programación y control militar,
descubre su humanidad entre un grupo de aldeanos sencillos pero honestos y se
enfrenta a sus programadores militares- que uno se siente tentado a acusar a la
primera de plagio si “Soldier” no se hubiera escrito varios años antes del
estreno de la segunda.
Pre
tendiendo
ser un drama existencial sobre un hombre que descubre su humanidad en el estilo
y tono de “Blade Runner”, se promocionó y ejecutó más como una cinta de acción violenta
al estilo de cualquier entrega de la saga Rambo. Es más, “Soldier” toma
prestados sin ningún tipo de rubor elementos de “Acorralado” (1982) y otras
películas de acción de los años 80, como “Desaparecido en Combate” (1984) y,
por tanto, bien podríamos considerarlo un pastiche futurista.
Por ejemplo,
Gary Busey interpreta al simpático, aunque severo, Capitán Church, un personaje
que evoca al Coronel Trautman de la saga de Rambo. En ambos casos, un oficial
militar comprensivo -a veces aliado con una je
rarquía militar o policial hostil-
ofrece consejos sensatos sobre su soldado favorito (John Rambo/Todd), pero
suele ser ignorado. Cuando esa jerarquía militar, aquí representada por Mekum,
no logra derrotar a su objetivo, Trautman/Church aparece para advertir que el
renegado es el auténtico soldado, que ha sido subestimado y que su
"guerra" es la justa. Igualmente, se recrean escenas de acción vistas
ya en muchas de aquelas cintas ochenteras. Por ejemplo, en un momento dado,
Todd se esconde de los soldados enemigos en un río, emergiendo de las
tranquilas aguas con una ametralladora con la que aniquila a sus oponentes. Ese
momento se ha recalentado para innumerables películas, aunque quizás la más
famosa sea “Desaparecido en Combate”, protagonizada por Chuck Norris. De forma
similar, algunos podrían ver el concepto de un soldado sin patria defendiendo
una colonia pacífica como una evocación de “Los Siete Samuráis” (1954) o “Los Siete
Magníficos” (1960). La película
culmina en un clímax de acción tan eficiciente como predecible y poco
memorable, con mucha explosión, tiroteo, emboscada y puñetazos.
El guion de
Peoples para Soldier recupera algunos de sus temas recurrentes (la ambigüedad moral
del héroe, la identidad y la humanidad, la crítica a las instituciones y el
poder, la obsolescencia) pero la diferencia con otras de sus películas es que
esta la dirige Anderson, cuyo estilo no se caracteriza precisamente por la
sutileza. En sus manos, la historia avanza a trompicones, estructurándose en
base a secuencias de acci
ón y manteniendo el ritmo apoyándose en una intensidad
que roza lo artificioso. En lo que apenas se detiene es en la mirada en
profundidad a los personajes. En “Soldier” no hay momentos profundos,
reveladores ni reflexivos: cuando entran en juego los impulsos primarios de
luchar o huir, lo mejor que Anderson puede ofrecer es una secuencia en la que Todd
enseña al joven hijo del matrimonio que le ha acogido, Nathan (Jared y Taylor
Thorne) a defenderse contra una serpiente venenosa con una simple bota. Las
escenas de los náufragos del planetoide están tan sobrecargadas de recursos
emotivos forzados que caen en lo absurdo: la honesta y sincera sencillez de la
vida comunitaria; los huérfanos andrajosos por los que no puede sino sentirse
lástima; la bella mujer fotografiada para que luzca sensual y cálida y hasta los
lamentos pseudoceltas de Loreena McKennitt en la banda sonora.
Incluso el arco
del protagonista es ambiguo o, como mínimo, a medi
o cocinar. De hecho, es
difícil sentir simpatía por Todd y ni siquiera la película toma partido sobre
las perturbadoras escenas iniciales de la película que muestran al protagonista
realizando auténticas atrocidades (por su país, claro), como asesinar a civiles
desarmados. La intención podría ser mostrar que, al haber sido marginado e
ignorado por aquellos a quienes una vez sirvió, Todd recupera su “humanidad” en
el seno de una nueva comunidad. Pero, de nuevo, el propio Todd no aborda
explícitamente esa transición –si es que se produce- y nunca parece dudar de
quién es ni por qué fue creado.
Aunque Anderson
y Peoples intentan sugerir que el triunfo final de Todd podría deberse a los
sentimientos que ha desarrollado hacia el grupo que lo ha adoptado como su “salvador”,
nada
más lejos de la realidad. Los sentimientos no tienen nada que ver con su violenta
reacción. El rescate de los oprimidos del planeta se debe, simplemente, a que
Todd es el mejor, más brutal y experimentado guerrero, pero no necesariamente a
que ahora sea mejor persona. Sencillamente, utiliza sus habilidades para matar
a los soldados que amenazan a la colonia y a sí mismo. Sin embargo, y esto es
significativo, los nuevos soldados mejorados como Caine sirven de la misma
manera que Todd antes: sin cuestionar ninguna orden. Solo se vislumbra la
conciencia de Todd en relación con este aspecto cuando comenta que “los
soldados merecen soldados”, que no deja ser el reconocimiento de una hermandad
tácita, incluso con el enemigo. Hasta los malos soldados merecen morir a manos
de otros soldados.
Aunque algunos
efectos visuales de “Soldier” han envejecido mal a causa del espectacular y
rápido avance de los CGI, el planeta alienígena sigue luciendo razonablemente
bien en los planos generales. Las montañas de
basura que se extienden hasta el
cielo parecen anticipar la Tierra postapocalíptica de “Wall-E” (2008) –aunque ya
se habían visto en otras obras de CF, como el comic “Basura” (1989)-. La
naturaleza de esos residuos, sobre todo de los grandes, es también relevante.
Así, puede distinguirse la Campana de la Libertad (hoy conservada en
Filadelfia), sugiriendo que, en ese futuro, la libertad ha muerto; y también un
colosal portaaviones volcado que simboliza el despilfarro militar y la dinámica
del progreso tecnológico: una máquina nueva reemplaza a una vieja, al igual que
un soldado novato y joven reemplaza a uno veterano y encallecido.
Por desgracia,
las escenas con actores sobre el terreno (no con fondos generados por
ordenador) s
e ven muy artificiales y baratas. Una y otra vez aparece el mismo escenario
en el que se alza una enorme máquina de acero (que recuerda un poco a la caja
torácica invertida de un dinosaurio gigante). Incluso cuando se introducen
simultáneamente vehículos y hombres moviéndose de un lado a otro, las escenas
de batalla parecen muy limitadas en cuanto a alcance y grandiosidad. De esto
también adolece el montaje inicial, donde vemos a Todd en algunas de las muchas
misiones que ha tenido a lo largo de su carrera. Las zonas de guerra parecen decorados
teatrales, y la puesta en escena es rudimentaria, rayana en lo chapucero.
La película
casi se salva gracias a la interpretación de Kurt Russell.
O, irónicamente y para
ser más precisos, a su falta de ella. La inexpresividad del rostro curtido por
la batalla de Todd, la sutil mirada sin sentimientos, sus silencios y el
minimalismo de sus diálogos (sólo pronuncia 104 palabras en toda la trama),
crean un personaje fascinante precisamente por su vacío existencial. Toda la
emoción reside en los pequeños movimientos de sus ojos. El trabajo del actor,
por tanto, casi le otorga a la película un toque humano. El problema fue que,
aunque hoy podemos valorar esa interpretación física de manera muy positiva, en
1998 el público esperaba ver al Kurt Russell carismático y parlanchín de sus
otros éxitos del género de acción como “Golpe en la Pequeña China” (1986) o
“Tango y Cash” (1989).
Por desgracia y
para compensar, el villano es tan esterotipado que cae de bruces en la
caricatura. El Coronel Mekum demuestra persistentemente una capacidad de juicio
tan pésima y
una cobardía tan flagrante que uno se pregunta cómo pudo llegar a
su posición de autoridad. Cada vez que se le presenta la oportunidad, Mekum toma
la decisión más equivocada, cruel y estúpida; y, para rematar, cuando Todd lo
captura, se mea en los pantalones. En lugar de presentarlo como un adversario astuto
y peligroso, Mekum es un fantoche fácil de derribar para que Todd parezca más
fuerte, más inteligente y mejor que todos aquellos que se le oponen. No hay una
motivación clara o evidente para la crueldad, arrogancia e ineptitud de Mekum,
lo que lo convierte en una mera herramienta vacía con la que hacer avanzar la
historia de un punto a otro.
Por todo lo
apuntado, no es de extrañar que ni público ni crítica quedaran satisfechos con “Soldier”,
convirtiéndola en uno de los mayores fracasos del añ
o para Warner Bros y Morgan
Creek. Tras invertir en la cinta entre 75 millones de dólares (como he dicho al
principio, una cifra muy alta para la época, especialmente considerando que
Kurt Russell cobró 15 millones), apenas recaudó 14,6 millones en Estados
Unidos. A nivel mundial, la cifra apenas rozó los 20 millones. Se estima que la
película perdió más de 40 millones solo en su fase de exhibición en cines (fue
un mal año para Warner y sus apuestas de CF, porque “Esfera” también supuso
otro descalabro monumental para el estudio).
Hay quien dice
que el fracaso de “Soldier” no puede atribuirse exclusivamente al director.
Éste, por ejemplo, se vio obligado a rodar gran parte de la película en estudio
cuando la preprod
ucción había planificado que varias secuencias transcurrieran
en espectaculares exteriores. También es cierto que el producto final no fue lo
suficientemente “intelectual” en comparación con lo que otras películas de
género fantacientífico ofrecían por la misma época. Recordemos que en ese
periodo se estrenaron, sin ir más lejos, “Ghost in the Shell”, “Dark City”, “12
Monos”, “El Show de Truman”, “Matrix”, “Gattaca”, “ExistenZ” o “Contact”. Sin
duda, “Soldier” es una historia más pequeña que la de “Blade Runner” o “Sin
Perdón” y quizás el hecho de que Anderson nunca pensara en explotar su
potencial intimismo hizo que el público no respondiera.
“Soldier”
rompió el espejismo de infalibilidad comercial de Paul Anderson y puso de
manifiesto que su estilo visual no siempre podía compensar guiones fl
ojos. Para
refrendar esa decepción, en 2004, dirigiría "Alien vs. Predator", con
la que muchos fans del género se sintieron traicionados debido al enfoque mucho
más comercial y menos atmosférico que sus obras anteriores. Al final, Anderson
pasó de ser el genio salvador de la ciencia ficción al artesano de franquicias
rentables. Cambió la atmósfera opresiva y el riesgo conceptual de “Horizonte
Final” por la seguridad económica de las películas de “Resident Evil” realizadas
para su esposa, Milla Jovovich, o la saga “Death Race”
Dentro de su
falta de originalidad y cansino encadenamiento de clichés, “Soldier” es una
película razonablemente competente que hubiera cuajado mucho mejor de haberse
aspirado a una escala menor. El problema es que, con el presupuesto de una
superproducción, su débil trama se desmorona aplastada por una pretensión
exagerada.
Curiosamente, con el paso de las décadas, “Soldier” ha ido ganado estatus de película de culto. Ciertos aficionados –entre los que no me cuento- valoran ahora positivamente su conexión oficial con Blade Runner y la sobria actuación de Russell, considerándola una película incomprendida que llegó demasiado pronto e interpretando como parte de su encanto la dirección de Anderson y las restricciones presupuestarias que le dan un aire de película de serie B sobredimensionada.

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