viernes, 22 de mayo de 2026

2019- PARA TODA LA HUMANIDAD (3)

(Viene de la entrada anterior)

 

La evolución de “For All Mankind” entre su segunda y tercera temporada marcó un punto de inflexión en el sentido de que colocó la Historia Alternativa en un segundo plano respecto a la aventura espacial. Ambientada en los años 80, la trama de la segunda temporada había narrado cómo la Guerra Fría se trasladaba a la Luna con el envío de armamento a las bases de soviéticos y americanos. El pulso geopolítico mantuvo el suspense hasta el magnífico episodio final, considerado como uno de los mejores cierres de temporada de la televisión reciente gracias al emotivo sacrificio de Gordo y Tracy Stevens para salvar la base lunar Jamestown.

 

Si la primera tanda de episodios había sido considerada por muchos como un drama correcto pero de ritmo demasiado lento, la segunda (emitida a principios de 2021) consiguió convencer a los críticos, que casi unánimemente la acogieron favorablemente. Consiguió nominaciones de peso, como en los Critics Choice Awards y los TCA Awards (Asociación de Críticos de Televisión) a la Mejor Serie de Drama, consolidando el estatus de Apple TV+ como productora de prestigio. 

 

La renovación para una tercera temporada era cosa hecha y se anunció oficialmente a finales de 2020 (antes incluso del estreno de la segunda), rodándose a lo largo de 2021 (durante el COVID) y estrenándose en junio de 2022, un momento en el que Apple TV+ ya no era la plataforma nueva y desconocida de 2019. Venía de ganar el Óscar a Mejor Película con “CODA: Los Sonidos del Silencio” y obtener un éxito masivo con “Ted Lasso”. Apple estaba, por tanto, en condiciones de inyectar presupuestos notablemente más generosos en los efectos visuales de la serie para plasmar la nueva frontera espacial: Marte.

 

La tercera temporada trajo consigo el distanciamiento de uno de sus responsables, Ronald D.Moore, dejando el puesto de showrunner en manos de sus co-creadores, Ben Nedivi y Matt Wolpert.  Este cambio de rol se debió a que, a principios de 2021, Moore firmó un contrato de exclusividad muy lucrativo y de larga duración con 20th Television (propiedad de Disney) para desarrollar nuevos proyectos, lo que le obligó a delegar el mando directo de sus series en curso. Su desvinculación, sin embargo, no fue completa. Se mantuvo como productor ejecutivo y siguió participando en las discusiones en las que los guionistas definían los grandes arcos dramáticos de la temporada, como la decisión de que fueran tres los participantes en la carrera a Marte o los arcos que seguirían los personajes principales.

 

El plano final de la segunda temporada había mostrado, dando un salto temporal de más de una década hacia el futuro, a humanos llegando a la superficie de Marte en 1996. Y es que ese es el núcleo de los diez episodios de que consta este bloque, a saber, los esfuerzos que entre los años 1994 y 1996 de ese futuro alternativo, realizan los gobiernos americano y ruso y una empresa tecnológica estadounidense (Helios) por poner al primer ser humano en la superficie del planeta rojo.

 

Centrar esta tercera temporada en la carrera a Marte y lo que sucede inmediatamente después de llegar allí fue el paso lógico tras haber conquistado la Luna. En este año, la historia equilibra adecuadamente la ciencia ficción realista con lo que debe ser una emocionante aventura televisiva. Por ejemplo, no se especifican cuántos meses les cuesta a los astronautas/cosmonautas cubrir la distancia Tierra-Marte. No hay nada que contradiga la idea de que han transcurrido semanas entre ciertas escenas, que es lo que ocurriría en la realidad. Pero, al mismo tiempo, la serie está editada de tal manera que mantiene el ritmo sin tener que desperdiciar varios episodios narrando el largo periodo que les costó alcanzar su objetivo. Se revela el ganador de la carrera al final del quinto episodio –o eso es lo que parece-, lo que todavía deja cinco más para desarrollar otros dramas y finaliza con otro capítulo impactante de gran suspense que, además, no aporta pistas sobre el rumbo que tomará la serie en una cuarta temporada. 

 

A medida que la historia de “For All Mankind” va avanzando en el tiempo, el efecto mariposa de su premisa inicial se agudiza. La serie se cimienta sobre un punto de divergencia claro (la llegada del cosmonauta Alexei Leonov a la Luna en 1969), y cuanto más nos alejamos del mismo, más se acelera la bifurcación entre ambas líneas temporales. Al situar la tercera temporada en la década de 1990, los guionistas ya no solo juegan a modificar la carrera espacial que nos es familiar, sino a rediseñar por completo el mapa geopolítico, económico y social del planeta. Para mediados de esa década, el espectador ya no reconoce el mundo de los informativos de su propia juventud: la Unión Soviética no se ha desmoronado; la crisis climática se ha mitigado drásticamente gracias al uso comercial del Helio-3 lunar y la fusión nuclear, tecnologías que, a su vez, han provocado una crisis laboral y social mayúscula y una desafección hacia el programa espacia; y la tecnología de consumo (como los videoteléfonos portátiles o un internet primitivo) ha avanzado casi veinte años respecto a nuestra cronología.

 

A pesar de que la realidad alternativa a estas alturas ya sigue su propio camino, la serie utiliza una estrategia brillante para no perder al espectador: el anclaje histórico intermitente. Los creadores, Matt Wolpert y Ben Nedivi, introducen constantemente figuras y dinámicas de nuestro pasado real, pero alterándolas para adaptarlas a las nuevas reglas del juego. El ejemplo más evidente de este equilibrio se da en las elecciones presidenciales estadounidenses de 1992, en las que Bill Clinton sigue siendo el candidato del Partido Demócrata, respetando su carisma y su peso político real en ese cambio de década. Pero en lugar de enfrentarse a George W. Bush (quien en la serie ya cumplió mandato tras suceder a Ronald Reagan), Clinton compite contra la exastronauta republicana Ellen Wilson. Conservar estos lazos entre el pasado real y el ficticio sirve, como veremos, para explorar, a través de un prisma nuevo, temas sociales de la época como la homofobia institucionalizada o la ley militar del "Don't Ask, Don't Tell", demostrando que, aunque la tecnología y los presidentes cambien, las luchas sociales de esos años 90 alternativos siguen siendo el reflejo deformado de nuestro propio pasado.

 

Respeto y entiendo por qué los creadores de la serie quisieron mantener involucrado en el centro de la historia al elenco principal. Los espectadores cogen cariño a los personajes y prescindir de ellos implicaría segar el lazo emocional de una parte del público con la serie. El problema es que en este punto de la historia alternativa, han pasado ya tres décadas desde los eventos de la primera temporada. Ed y Karen Baldwin deberían rondar los 70 años, y sin embargo, ahí están, con un aspecto juvenil y listos para embarcarse en misiones plurianuales a las profundidades del sistema solar. En el plano administrativo, es plausible que quienes ostentaban el poder en la década de 1970 aún conservaran sus puestos bien entrados los 90. Pero, ¿astronautas? ¿Astronautas viajando a Marte? ¿Veteranos de la Guerra de Corea a mediados de los 90 con la musculatura de un boxeador y apenas unas arrugas?

 

Por eso, los actores que fueron presentados con veinticinco años menos en la primera temporada, llevan ahora un maquillaje que intenta envejecerlos con éxito variable. Desde luego, esto puede resultar algo desconcertante y no del todo convincente pero, en lo que a mí respecta, es un problema superficial que sólo exige una suspensión de la incredulidad bastante rutinaria para poder ver de nuevo en pantalla a personajes con los que ya se está familiarizado.

 

La serie comienza en el hotel espacial Polaris, propiedad de Karen (Shantel VanSanten) y Sam Cleveland (Jeff Hephner), quienes han amasado una fortuna con su nuevo negocio de turismo espacial. En la segunda temporada, los guionistas habían tenido problemas a la hora de manejar al personaje de Karen. Su infidelidad con Danny Stevens (Casey W. Johnson), el hijo de sus amigos -y amigo de su propio hijo fallecido-, me pareció incómoda e injustificada. Más acertada fue la relación –al principio de negocios y luego, como ya vemos aquí, sentimental- que estableció con Sam. En la anterior temporada la vimos dirigiendo el bar The Outpost y, más tarde, vendiéndoselo a Sam para abrir una franquicia nacional, lo que la convirtió en una mujer muy rica.

 

Pero todo eso sucedió mayormente fuera de cámara. Esta es la primera vez en que la vemos brillar en un arco centrado en sus propios deseos, demostrando su capacidad y sintiéndose realizada. Cuando el proyecto del hotel Polaris se viene abajo y Sam fallece trágicamente, resurge de sus cenizas en Helios, robándole astronautas de la NASA para su misión a Marte, convirtiéndose en su Directora de Operaciones y, en último término, (casi) presidenta de la compañía. Por eso fue tan frustrante que decidieran matarla de forma tan repentina y abrupta en el capítulo final. A decir del cocreador y productor ejecutivo Matt Wolpert: "Para nosotros, que Karen, quien ha tenido una evolución increíble a lo largo de estas tres temporadas, probablemente mayor que la de casi cualquier otro personaje, y que estaba en la siguiente etapa de su vida, convirtiéndose en la mejor versión de sí misma y logrando muchas más cosas, viera su futuro truncado de esa manera, nos pareció la versión más trágica de esa historia".

 

Por desgracia, en lugar de olvidarla sigilosamente, los guionistas insistieron con la estúpida historia del enamoramiento de Danny por Karen, un desarrollo de la segunda temporada que suscitó un rechazo prácticamente unánime entre la crítica y los seguidores de la serie. En vez de dejarlo como un desliz temporal que ambos aceptaron como tal y acordaron enterrar en el pasado, se convirtió en la tercera temporada en un resorte dramático que amenazó con dinamitar la verosimilitud de la serie.

 

Y es que la deriva de Danny en esta tanda de episodios resulta difícil de digerir. Su obsesión con Karen lo transforma en un acosador inestable que no sólo lo aparta de su esposa e hija, sino que lo lleva a una severa adicción al alcohol primero y a los analgésicos después, tras sufrir una lesión en Marte. El problema no es solo lo desagradable que resulta asistir a su descenso a los abismos, sino la forma en que el guion fuerza las situaciones para que sus conductas erráticas queden impunes una y otra vez, desafiando la estricta lógica científica y militar que la serie suele mantener.

 

Así, mientras que la comandante de la misión estadounidense a Marte, Dani Poole (Krys Marshall), detecta pronto los indicios que apuntan a la inestabilidad de Danny, Ed Baldwin (Joel Kinnaman) se empecina en mantener una alarmante ceguera. Ve en Danny al hijo que perdió y a su difunto amigo y padre del joven, Gordo Stevens. Esa culpa y un mal entendido apego paternalista le impiden ver la realidad. Incluso cuando la gravedad del estado de Danny se hace imposible de ignorar, la decisión de Ed de mantenerlo en primera línea en lugar de relevarlo fulminantemente resulta incomprensible para un astronauta veterano. Esta negligencia escala hasta el desastre en el episodio "Nuevo Edén", donde la indolencia de un Danny drogado provoca el fallo de un taladro y el subsiguiente desprendimiento de tierras, catástrofe que cuesta las primeras vidas humanas en Marte.  

 

Pero es que, además, toda la tensión acumulada entre Ed y Danny parecía abocada a una inevitable catarsis. Los creadores jugaron al límite con esta expectativa en el episodio "Las Arenas de Ares”, atrapando a ambos personajes en una situación de vida o muerte dentro de la base sepultada por la avalancha. Era el escenario idóneo para la confesión; sin embargo, el guion optó por esquivar el enfrentamiento y mantener a Ed en la ignorancia respecto al idilio entre su exesposa y el hijo de su mejor amigo.

 

¿Por qué los guionistas tomaron esta decisión? Desde su perspectiva, mantener el secreto oculto pero siempre a punto de aflorar buscaba prolongar la tensión dramática. El espectador sabe que Danny es una bomba de relojería y que Ed está protegiendo al hombre que se acostó con su mujer y que casi destruye la misión a Marte. Con ello se pretendía explorar el peso del legado familiar y cómo los pecados de los padres moldean perversamente a la siguiente generación. Sin embargo, a nivel de ejecución, la jugada no funcionó y quedó como un frustrante truco de guion. Al evitar que la verdad saliera a la luz, la trama de Danny Stevens acabó pareciendo menos una tragedia que un burdo recurso de telenovela incrustado a la fuerza en una epopeya de ciencia ficción.

 

Si la caída de Danny Stevens fue el tramo más cuestionado de la temporada, la evolución de Margo Madison (Wrenn Schmidt) fue, sin duda, una de las cumbres dramáticas y psicológicas de la serie, porque en el tercer episodio pasa de estar en la cima del poder científico a convertirse en una figura trágica atrapada en una red de espionaje, traición y supervivencia.

 

Al inicio de la temporada, Margo es la Directora del Centro Espacial Johnson de la NASA. Ha logrado llevar a la agencia a un nivel de eficiencia tecnológica histórico y lidera con mano de hierro los preparativos para la misión a Marte. Sin embargo, oculta un secreto que puede convertirse en una bomba.

 

El final de la segunda temporada había apuntado a una compleja y secreta relación entre Margo y Sergei Nikulov (Piotr Adamczyk), su homólogo soviético, relación que se resume brillantemente con el montaje del primer episodio en el que se repasan los encuentros de ambos a lo largo de los años en una conferencia internacional de astronáutica. Además de un respeto mutuo a nivel intelectual, ambos albergan sentimientos más profundos que no pueden expresar abiertamente por los cargos que ostentan y los países a los que sirven. Para salvar la vida y la carrera de Sergei, Margo ha estado compartiendo secretos tecnológicos de la NASA con la URSS; y lo que empezó como un intercambio científico bienintencionado entre dos mentes brillantes se convierte rápidamente en traición a la patria.

 

A lo largo de la temporada, la situación de Margo se vuelve insostenible. La KGB descubre su debilidad por Sergei y utiliza a éste como peón para chantajearla. Los soviéticos amenazan con torturar o matar a Sergei si Margo no les sigue pasando información confidencial. Es más, podrían filtrar al FBI lo que ha estado haciendo durante años (básicamente, facilitar que la Unión Soviética se mantenga tecnológicamente a la par con Estados Unidos), lo que la llevaría directamente a la ignominia y la cárcel.

 

Y a este cóctel explosivo se añade la incisiva inteligencia de la protegida de Margo, Aleida Rosales (Coral Peña), en este punto Ingeniera Jefe de la NASA.

Particularmente bien retratada está la relación que mantienen ambas mujeres, apoyándose mutua pero discretamente, como cuando, con su ánimo sereno, Margo le dice a la segunda, agobiada por los problemas con el motor de la nave, “Lo lograrás. Sigue trabajando para solucionarlo". O también sus cenas familiares y el rol de tía del hijo de Aleida que asume Margo; y la emoción compartida cuando Aleida va a la Luna. Cuando Aleida le dice a Karen, que intenta reclutarla para Helios: "No voy a dejar la NASA", queda claro que se refiere a que no va a traicionar a Margo.

 

Pero cuando ambas agencias, la norteamericana y la soviética empiezan a colaborar obligadas por las circunstancias, Aleida descubre que los rusos han copiado sus diseños para el motor nuclear de la Sojourner, la nave estadounidense que viaja a Marte. A pesar de que Margo intenta desviar su atención, Aleida es implacable: sospecha que hay un topo y no va a parar hasta descubrirlo. Verla investigar el caso, ignorante de que la traidora es su mentora y madre subrogada, aporta otra capa de tensión a toda la temporada.

 

Hacia el final de esta tanda de episodios, el cerco se cierra sobre Margo. Aleida, por eliminación, ha concluido acertadamente quién es la espía. Aunque Margo nunca tiene la oportunidad de explicarle a Aleida sus razones, su promesa de hacerlo -y la insinuación de que había una buena razón- es suficiente para ésta. Ese pequeño gesto de orgullo que Margo le dedica después de que Aleida descubra cómo ayudar a Kelly a llegar a la órbita marciana es un detalle genial. Sin embargo, aunque Aleida nunca tuvo intención de denunciar a Margo a unas autoridades a las que desprecia, es demasiado tarde. Su colega Bill Strausser (Noah Harpster), un colega ingeniero de la NASA que se ha pasado a Helios y a quien confía sus sospechas, avisa al FBI, que inicia su propia investigación.

 

Mientras tanto, Margo ha conseguido mover los hilos políticos necesarios para sacar a Serguei de la Unión Soviética y que le concedan asilo político en los Estados Unidos. Pero el precio que paga es su propia carrera, porque a cambio de Serguei –y sabiendo por los rusos que su detención por espionaje es inminente-, ella se marcha a Moscú.

 

El clímax de su arco coincide con el devastador atentado con coche bomba en el Centro Espacial Johnson perpetrado por extremistas detractores de la NASA. Tras la explosión, todo el mundo da a Margo por desaparecida entre los escombros pero en un giro final impactante, la escena final de la temporada da un salto temporal al año 2003 y vemos a una Margo envejecida asomarse a la ventana de un austero apartamento. La cámara se aleja y descubrimos que está viviendo refugiada en Moscú, en plena Rusia post-soviética.

 

El arco de Margo en la tercera temporada es una cínica deconstrucción del idealismo científico. Ella siempre creyó que la ciencia debía estar por encima de los bloques políticos y las ideologías, pero la cruda realidad de la Guerra Fría termina por devorarla, demostrándole que el conocimiento es el arma más codiciada y que su altruismo no va a ser comprendido ni perdonado. Termina la temporada salvando al hombre que ama, pero perdiendo a cambio su patria, su amada NASA y su propia identidad, convirtiéndose en una exiliada en el territorio del antiguo enemigo.

 

(Continúa en la siguiente entrada) 

 


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