(Viene de la entrada anterior)
Otra subtrama interesante es la de Ellen (Jodie Balfour) y Larry Wilson (Nate Corddry), cuyo ascenso hasta la Casa Blanca fue posible porque ambos ocultaron que su matrimonio heterosexual era una farsa. En una época todavía profundamente homófoba, la orientación homosexual de ambos les habría impedido no ya desarrollar una carrera política, sino siquiera conservar sus respectivos trabajos en el sector aeroespacial. El suspense en este arco se apoya en la revelación pública de un desliz de Larry, que pone en peligro no ya los puestos de ambos sino la propia autonomía financiera de la NASA, que ciertos sectores del gobierno quieren recortar.
Aquí
encontramos otro de los puntos de conexión entre nuestra realida
d y la ficción
de la serie en lo referido a la ley “Don't Ask, Don't Tell" (“No
Preguntes, No Digas”), aprobada por el gobierno del presidente Bill Clinton
como una solución de compromiso que en su momento fue muy polémica y que
informó la política oficial del ejército de los Estados Unidos respecto a la
homosexualidad de sus miembros desde 1993 hasta 2011. Antes de aquel año, la
homosexualidad estaba completamente prohibida en el ejército estadounidense y
los aspirantes eran interrogados directamente sobre ello. Durante su campaña
presidencial de 1992, Clinton prometió levantar esa restricción por completo. Sin
embargo, al asumir el cargo, se topó con una feroz oposición del Pentágono, de
gran parte del Congreso y de los sectores más conservadores del gobierno y la
sociedad. Como el presidente no tenía en ese momento el apoyo político
suficiente para legalizar el servicio militar abierto a las personas del
colectivo LGTB, se llegó a esta ley de consenso: mientras los soldados
mantuvieran para sí su vida privada, se les permitiría servir.
Este
"pacto de silencio" im
plicaba a las dos partes. Por un lado, los
mandos militares tenían estrictamente prohibido investigar la orientación
sexual de los soldados o hacerles preguntas al respecto durante el
reclutamiento o el servicio. Por otra, los soldados no debían revelar su
orientación sexual, hablar de sus parejas o tener conductas que los
"delataran". La trampa, claro, era que si un soldado declaraba
abiertamente su homosexualidad o si se descubría que mantenía una relación tal,
la ley obligaba a su expulsión inmediata y deshonrosa del ejército.
Pues
bien, aquí es Ellen Wilson la que, acorralada y obligada por las
circunstancias, impulsa esta ley, lo que, dada su propia condición de lesbiana
en el armario, eleva el drama y refleja el coste humano del pragmatismo
político y la ambi
ción. Tras dos primeras temporadas marcadas por sacrificios
dolorosos y desenlaces emocionalmente demoledores para Ellen –quien en la
segunda temporada tuvo que renunciar a su verdadero amor, Pam (Meghan Leathers),
en favor de su carrera-, ahora llega la necesaria catarsis: decide dar un paso
al frente, romper con las mentiras y hacer una declaración pública en la que
revela la verdad provocando la esperable conmoción en todo el planeta.
S
in
embargo, debido al ritmo frenético de la recta final de la temporada y, sobre
todo, a los acontecimientos que estaban teniendo lugar en Marte, la serie
apenas tuvo tiempo para procesar el impacto de su confesión, así que los
espectadores se quedaron sin poder asistir al inmediato terremoto político, las
reacciones de la opinión pública y el predecible proceso de destitución al que
se enfrentaría.
Puede
que el arco de Ellen parezca desconectado de todo el aspecto espacial d
e la
serie, pero no es así. Su presidencia es el resultado del espacio, sus
problemas políticos derivan del espacio y las decisiones que toma desde
Washington cambian el rumbo de la historia en Marte. Su arco no está aislado de
lo que ocurre en Marte, la Luna o la NASA; es el reflejo político de la misma
conquista espacial.
Para
empezar, Ellen no llega a la presidencia por el camino tradicional de los
políticos, sino gracias a la popularidad que amasó siendo una heroína espacial.
Su liderazgo en misiones críticas en las temporadas anteriores y su estatus
como exdirectora de la NASA son los
únicos motivos por los que el Partido
Republicano la ve como la candidata perfecta para batir a Bill Clinton. Pero es
que, además, durante su mandato, la misión a Marte no es un simple programa
científico de fondo, sino el eje central de su agenda geopolítica. Cuando la
empresa privada Helios entra en escena amenazando con adelantar a los Estados
Unidos y a la Unión Soviética, Ellen se ve obligada a tomar decisiones bastante
radicales para que la NASA no pierda la carrera.
Otra
conexión, esta más sutil pero no por ello menos importante, es la crisis de las
energías limpias en la Tierra. En esta línea temporal, la ec
onomía mundial ha
hecho una transición hacia los reactores de fusión alimentados por Helio-3
extraído directamente de la Luna. Esto aboca a Ellen a un conflicto político de
primer orden puesto que el éxito del programa espacial ha destruido la
industria de los combustibles fósiles en la Tierra, dejando a miles de
trabajadores del carbón y del petróleo sin empleo. Los disturbios y las
protestas contra su gobierno nacen, literalmente, de los recursos que se traen
del espacio.
Además
y como he apuntado más arriba, en este punto, la NASA ya no es una simple
agencia gubernamental de investigación; se ha convertido en el motor económico,
tecnológico y energético del
planeta, operando con una autonomía casi total. Esta
independencia técnica y financiera despierta recelos y profundas envidias entre
la clase política de Washington. Para los senadores y congresistas, la NASA es
un "Estado dentro del Estado", un titán incontrolable que maneja
presupuestos astronómicos sin someterse al juego de favores de la política
tradicional. Esta tensión pone a Ellen Wilson en una encrucijada, convirtiéndola
en el blanco de brutales presiones por parte de su propio partido
El
nexo directo entre Ellen y el espacio se recupera en los e
pisodios finales. La
catástrofe minera en Marte y la posterior lucha por la supervivencia de los
astronautas se convierten en una crisis que la Casa Blanca tiene que gestionar
en tiempo real. Así que, al mismo tiempo que lidia con el escándalo de la
orientación sexual de su marido Larry y la presión del Congreso, Ellen tiene
que estar autorizando desvíos de recursos y misiones de rescate a millones de
kilómetros de distancia.
Por tanto, sí, el arco de Ellen, aunque ella no esté físicamente en el espacio, está directamente relacionado con lo que ocurre allí.
Y,
por fin, llegamos al segmento principal de la temporada, que es también el más
co
mplejo y el que más personajes involucra: el viaje a Marte. Lo que sobre el
papel había empezado como una simple ecuación de astrodinámica y una
competición entre dos potencias en la que la que primero despegara sería la
ganadora, fue complicandose en progresión geométrica a base de giros y
sorpresas cuando pasa a ser una carrera entre tres facciones (la NASA, la Unión
Soviética y Helios) en un cambiante tablero de ajedrez geopolítico y emocional.
Obviamente,
es en este arco donde se concentran las escenas de acción y lo
s efectos
especiales de primer nivel, empezando por el incidente en el hotel Polaris, el
agónico rescate de la nave rusa en plena carrera hacia Marte, el desastre
minero y el claustrofóbico salvamento en el túnel marciano. Cada uno de estos
puntos de inflexión puso de manifiesto que los guonistas sabían cuándo apretar
el acelerador sin descuidar la coherencia general.
Hay
un momento en esta subtrama que define el alma de la serie. Cuando el equipo de
técnicos de la NASA se enfrenta a la crisis del rescate de los astronautas
sepultados por una avalancha, el fun
dador de Helios, Dev Ayesa (Edi Gathegi), pronuncia
la frase: “Estos son problemas de
ingeniería, amigos, y nosotros somos ingenieros”. Ese instante captura la
esencia de la ciencia ficción dura y es imposible no recordar aquella magnífica
secuencia de “Apolo 13” (1995) en la que un grupo de técnicos de la NASA debe
encontrar la forma de encajar un filtro cuadrado en un agujero redondo usando
solo cinta americana y cartón; o la ingeniería de supervivencia de “El
Marciano” (2015). Es la resolución creativa de problemas en su máxima
expresión: la inteligencia humana y la ciencia como las herramientas definitivas
contra el espacio hostil.
Otro
acierto de esta temporada fue vertebrar el peso de la exploración esp
acial en
torno a dos personajes veteranos y contrapuestos: Ed Baldwin (Joel Kinnaman) y
Dani Poole (Krys Marshall). Ed, tras ser retirado por la NASA del puesto de
comandante de la misión a Marte, abandona la agencia y ficha por Helios para
desempeñar el mismo rol. Por edad y temperamento, es un astronauta de la vieja
escuela: impulsivo, competitivo, testarudo, guiado por el ego y motivado por el
deseo de compensar su fracaso en ser el primer hombre sobre la Luna.
Ed
siempre ha sido un personaje ambiguo con el que resulta difícil empatizar. En las dos pri
meras temporadas, a menudo
rozaba el cliché del astronauta insoportablemente arrogante, y a Joel Kinnaman
parecía costarle dotarlo de los matices necesarios para conectar con el
espectador a nivel emocional. El arranque de la tercera temporada sigue la
misma línea, mostrándonos su peor versión: desagradable y distante con su nueva
esposa durante la visita al hotel espacial; e infantil, egoísta y destructivo
al enterarse de que podría perder el liderazgo de la misión a Marte, llegando a
lanzarle un comentario mezquino e imperdonable a Dani debido a su frustración.
Sin
embargo, en la segunda mitad de la temporada consigue remontar ese handicap
gracias a que los guionistas y el actor encontraron por fin el ton
o adecuado
para él. El clímax de su evolución llega con la gran ironía que ha venido
marcando su destino: quedarse a las puertas de ser el primer hombre en pisar
Marte. Resulta paradójico que el mismo Ed, que en la primera temporada
criticaba duramente a la NASA por su exceso de prudencia y falta de audacia,
decida aquí abortar su propio amartizaje. Aunque el guion intentó justificarlo
con su repentina preocupación paternalista hacia el problemático Danny Stevens –un
giro algo forzado y fuera de lugar para alguien tan competitivo como Ed-, el
resultado final funciona porque al renunciar a la gloria personal en pos de la
seguridad de su tripulación, completa un viaje de redención y, por fin, se gana
el respeto del espectador.
En
cuanto a D
ani, sigue siendo la misma mujer íntegra, pragmática, heroica y
moralmente sólida de las temporadas anteriores, solo que aquí va a ocupar el
centro del escenario. El personaje viene reforzado por el trabajo actoral de Krys
Marshall, que nunca cae en la trampa de construir una heroína bidimensional o
una "santa" de manual. En todo momento parece alguien creíble, fuerte
y, al mismo tiempo, sensible, lo que hace que el espectador se posicione
incondicionalmente a su favor.
Tras
la marcha de Ed Baldwin hacia Helios, la NASA debe elegir al comandante de la
misión Sojourner 1 a Marte y Margo selecciona a Dani basándose es
trictamente en
sus méritos y su templanza, por encima de las presiones políticas. Cuando Ed,
herido en su orgullo, la hace de menos y sugiere de forma mezquina que solo la
han elegido por una cuestión de diversidad e imagen pública, Dani responde con
una dignidad y una firmeza aplastantes. No se achanta ante los privilegios ni
el berrinche de su viejo amigo, demostrando que está más que preparada para el
puesto.
En
plena carrera hacia el Planeta Rojo, la nave soviética sufre una avería en los
motores que la deja a la deriva y condena a muerte a su tripulación. Ed, al
mando de la nave de Helios, está disp
uesto a intervenir, pero Dev Ayesa, el CEO
de la empresa, le arrebata el control remotamente y sigue trayectoria hacia
Marte para no perder ventaja en la carrera (un insulto a su mando que,
obviamente, Ed no se toma nada bien). Por el contrario, Dani no lo duda un
segundo y prioriza las vidas humanas sobre la gloria geopolítica. Toma la
arriesgada decisión de desviar la Sojourner 1 para realizar una maniobra de
acoplamiento y rescate al límite. Su liderazgo bajo una presión extrema salva a
los cosmonautas rusos, aunque ello le cueste perder la delantera en la carrera
y un par de vidas de sus propios hombres.
Una
vez en la órbita de Marte, la NASA y los soviéticos (ahora c
ompartiendo la nave
americana tras el rescate) preparan el descenso. El comandante ruso, Grigory
Kuznetsov (Lev Gorn), intenta forzar las cosas para ser el primer hombre en
pisar el planeta. En una de las escenas más memorables de la temporada, Dani y
Kuznetsov bajan literalmente a la vez por la rampa de la cápsula de aterrizaje,
forcejeando y tropezando en un momento que mezcla la comedia física con la
tensión geopolítica. Al final, ambos caen juntos sobre el polvo marciano, dando
la impresión de que se han abrazado y convirtiendo lo que iba a ser una
victoria nacionalista en un aterrizaje conjunto e histórico.
Con
tres facciones atrapadas en Marte y los recursos escaseando, Dani se convierte
de facto en la líder de la base conjunta, bautizada Happy Valley. Su paciencia
y capacidad de mediación se ponen a prueba constantemente, especialmente cuando
tiene que lidiar con el secretismo de los soviéticos y los arranques de Ed.
Dani destaca aquí por su inteligencia emocional y pragmatismo, logrando que
científicos y militares de naciones enemigas colaboren para racionar el agua y
mantener la cordura en un entorno host
il. También es de los pocos que nota la
alarmante inestabilidad psicológica de Danny Stevens. A pesar de los repetidos errores
del joven, Danielle intenta protegerlo y guiarlo por el respeto que le profesaba
a sus padres pero cuando se averigua que fueron sus negligencias las que
provocaron el colapso de la excavación en busca de agua, causando varias muertes
y dejándolos incomunicados, Dani toma las decisiones difíciles propias de un verdadero
comandante (aunque no entiendo el sentido de aislar a Danny en la nave coreana
a la que le condena al final de la temporada. Se merece un castigo, por
supuesto, pero obligarlo a vivir solo durante meses en un entorno hostil y sin
que en ese momento suponga un peligro inminente –porque parece haberse
recuperado de su adicción- me parece excesivo, logísticamente absurdo y difícil
de justificar en la Tierra).
Otro
personaje central integrado en la tripulación “marciana” es Kelly Baldwin
(Cynthy Wu), la hija adoptiva de Ed y Karen, que ya había sido presentada en la
temporada anterior. Al incorporarla a la misión como bióloga prin
cipal del
equipo de la NASA, los guionistas la sacaron de la periferia de los dramas
familiares para situarla en el epicentro de la trama principal. Su arco se
apoya en dos pilares emocionales. Por una parte, la relación con su padre. Ed
le ofreció unirse a Helios y viajar con él a Marte, pero ella se negó porque es
una defensora convencida de que la investigación científica debe ser patrimonio
de la Humanidad y no quedar en manos de una empresa privada. Ambos están, por
tanto, separados por sus ideas y físicamente por formar parte de tripulaciones
competidoras, aunque también unidos por el amor filial. A través de sus conversaciones
por videoconferencia y su posterior reencuentro en el suelo marciano, la serie
explora el peso del legado familiar, el duelo no superado de Ed por la pérdida de
Shane y el choque inevitable entre la testarudez de Ed y la independencia de
Kelly. Cynthy Wu y Joel Kinnaman tienen la química necesaria para dotar de
verosimilitud a esta compleja interrelación.
El
otro pilar sobre el que descansa la evolución del personaje es la relación que
inicia con el cosmonauta ruso Alexei Poletov (Pawel Szajda) y a raíz del cual
ella acaba embarazada. Este sí es un giro
difícil de digerir: que una científica
de élite, sometida a una disciplina militar y a los rigores de una misión
espacial extrema, sea tan imprudente como para mantener relaciones sexuales sin
protección. En fin, ese “desliz” se convierte en el gran catalizador de la
segunda mitad de la temporada. El primer embarazo en suelo extraterrestre no es
un simple recurso de culebrón porque se utiliza para introducir un nuevo
abanico de complicaciones que elevan la apuesta dramática. Para empezar, obliga
al médico de la base y a los equipos de las tres facciones en liza a colaborar contrarreloj
para garantizar la supervivencia de la madre y el feto en un entorno con gravedad
reducida y recursos mínimos (por cierto, que el vuelo en solitario de Kelly por
el espacio en el episodio final recuerda a la gesta similar de Mark Whatney al
final de la adaptación cinematográfica de “El Marciano” –aunque en el libro no
sucedía tal cosa-).
A
quien desgraciadamente se ve mucho menos en esta temporada es a la inigualable
Molly Cobb (Sonya Walger), una ausencia que, sin embargo, es co
herente con el
devenir de su propia historia. Tras los catastróficos eventos de la segunda
temporada –donde, recordemos, su exposición a la radiación solar para salvar a
un compañero la condenó a una ceguera progresiva-, el personaje se encontraba,
lógicamente, alejada de la primera línea de vuelo, pero no por ello del centro
de toma de decisiones en el Centro Espacial Johnson gracias a su puesto como
Directora de Astronautas.
El
problema es que su personalidad estaba destinada a chocar frontalmente con
la
de su superiora jerárquica, Margo. Tener que decidir quién iba a comandar la
misión de Marte las lleva a la colisión final entre ambas, representantes de
las dos filosofías opuestas que habían definido a la NASA desde sus inicios: el
instinto indomable del piloto frente a la fría burocracia científica. La
insubordinación de Molly al nombrar unilateralmente y sin autorización a Ed
Baldwin, provoca su fulminante despido, cerrando con un portazo su etapa en los
despachos de la agencia.
Sin
embargo, el destino le reservaba a Molly un último regreso y un final magnífico
en el último episodio de la temporada, cuando recurren a ella para guiar a Ed
en la peligrosa misión que le espera pilotando la cápsula que devolverá a la
embarazada Kelly a la Helios. Cuando el atentado terrorista destroza el Centro
Espacial Johnson, en medio del caos resultante, el humo impenetrable, los
escombros y la oscuridad total, la ceguera de M
olly deja de ser una limitación
para convertirse en su mayor poder. Mientras los demás quedan cegados por el
shock, el pánico y el polvo, ella se mueve con seguridad guiada por su memoria
espacial, su oído, instinto y valentía. Su decisión de no evacuar y regresar
una y otra vez al edificio en ruinas para guiar a los supervivientes hacia el
exterior resume a la perfección la esencia del personaje. Molly comenzó siendo
una piloto egoísta que solo buscaba la gloria personal, y terminó convertida en
una heroína desinteresada que dio su vida por los demás. Que la serie decidiera
no mostrar su fallecimiento explícitamente sino mediante un sobrio titular de
periódico en el epílogo final, constituyó un cierre redondo para el viaje de
una mujer que, hasta su último aliento, se negó a ser una víctima y prefirió
morir salvando vidas en el lugar que ella ayudó a construir.
Si
Molly es un personaje entrañable, lo contrario puede decirse de Jimmy Stevens
(David Chandler). Si su hermano mayor Danny, como hemos visto, se hac
e profundamente
odioso en esta temporada, lo que hace Jimmy lo sitúa al borde de la villanía
cuando los guionistas lo utilizan como símbolo del coste humano de la era
espacial.
Al inicio de la temporada, vive asfixiado por la talla heroica de sus fallecidos padres, Gordo y Tracy Stevens. Mientras que el mundo (y la NASA) idolatra a sus padres casi como mártires religiosos, Jimmy alberga un resentimiento sordo porque, para él, la agencia no es sino una corporación sin sentimientos que le robó a sus padres para alimentar su maquinaria de propaganda y relaciones públicas. Su hermano, Danny, intentó encajar en el sistema convirtiéndose en astronauta, pero Jimmy opta por el aislamiento y el rechazo, integrándose en círculos antisistema.
Buscando
alguien que pueda comprenderle, se junta con un grupo de activistas y teóricos
de la conspiración en el que milita una chica por la que se siente atraído, Sunny
(Taylor Dea
rden). Como él, sus miembros o bien se han quedado sin empleo debido
a los antes mencionados avances tecnológicos propiciados por la NASA, o bien
son conspiranoicos o convencidos de que el programa espacial desperdicia
billones de dólares que podrían invertirse en aliviar los problemas de la
Tierra. Es en su compañía donde cae en un peligroso proceso de manipulación y
adoctrinamiento. Por ejemplo, le convencen de que que fue la NASA la que
saboteó las instalaciones en las que murieron sus padres, o que los dejó morir
a propósito.
El
grupo extremista utiliza la vulnerabilidad de Jimmy y, sobre todo,
su apellido,
ya que éste le da acceso al Centro Espacial Johnson. Ayuda al grupo a robar la
estatua de bronce de sus padres que se levanta en la entrada del edificio. Lo
que para Jimmy no es más que un acto simbólico de rebeldía, para sus “amigos”
es una prueba de que él está entregado a la causa y que puede infiltrarse en
las instalaciones. Y así, en el episodio doble que cierra la temporada, Jimmy se
da cuenta demasiado tarde de que lo que él creía que iba a ser un acto de sabotaje
relativamente menor, va a ser, en realidad, un atentado brutal mediante una furgoneta
cargada de explosivos en el aparcamiento del edificio.
Al
comprender que está a punto de ocurrir una masacre, las dudas y confusión de
Jimmy desaparecen e
intenta avisar a la seguridad del centro, pero los
terroristas lo reducen y lo dejan atado dentro del vehículo. Karen, a la que ha
conseguido avisar por teléfono, lo rescata pero la furgoneta estalla,
provocando un colapso masivo del edificio que le cuesta la vida a decenas de
personas. Esto es otra clara conexión con nuestra realidad, donde Timothy
McVeigh y Terry Nichols cometieron en 1995 un atentado similar contra el
edificio federal Alfred P.Murrah en Oklahoma City.
El
arco de Jimmy termina de la forma más amarga posible: rodeado del caos, la
muerte y la destrucción que él mismo ayudó a sembrar, descubre a una moribunda
Karen, a la que coge de la mano hasta su aliento final. Buscando justicia para
sus padres, termina convirtiéndose en cómplice del peor atentado terrorista de
la historia espacial. Su apellido, antes sinónimo de heroísmo, queda manchado
para siempre por la infamia.
La
adición al reparto de Edi Gathegi como Dev Ayesa, fundador de Helios, introduce
un importante cambio de paradigma en la serie: la llegada del capitalismo
tecnológico a la car
rera espacial. Se trata de un empresario tecnócrata
inspirado claramente en figuras reales como Elon Musk, Jeff Bezos, Steve Jobs o
Peter Thiel. Lo que lo hace tan interesante y ambiguo es que sus motivaciones
nacen de una fe ciega en la innovación privada frente a la estatal, a la cual
percibe como un lento monstruo burócrata de estructuras y dinámicas rancias. El
espectador, que lleva siguiendo los esfuerzos del personal de la NASA desde
hace dos temporadas, desea que sus hombres y mujeres triunfen, pero ha de
reconocer simultáneamente que los argumentos de Ayesa no carecen de fundamento.
Sin
embargo, su arrogancia y fuerte temperamento son el reverso de su ca
risma y
genialidad. Cuando la utopía asamblearia y corporativa de Helios empieza a
fracturarse bajo la presión de la crisis en Marte, la prepotencia de Dev se
transforma en vulnerabilidad, lo que propicia que el espectador, que en otros
momentos lo había interpretado como un tiburón empresarial despiadado, empatice
con la soledad del visionario que ve cómo su sueño le es arrebatado y
corrompido.
Y
habl
ando de villanos, hasta ahora, uno de los grandes aciertos de “For All
Mankind” había sido su capacidad para esquivar los clichés de la Guerra Fría,
evitando retratar a los soviéticos como los antagonistas malvados de las
películas de los 80. Sin embargo, esta temporada rompe esa tendencia ante la
necesidad dramática de añadir un factor de peligro adicional a un entorno ya de
por sí letal como es el marciano. Al endurecer la representación de la URSS, la
serie dinamita los puentes de confianza que se habían construido entre las dos
potencias en las dos temporadas anteriores.
En
primer lugar, la introducción de los agentes de la KGB que escoltan a un muy
enfermo Serguei a Estados Unidos, aclara que ya no estamos ante científicos o
cosmonautas motivados por el avance científico o el orgullo patr
iótico, sino
ante el aparato represivo del Estado soviético en su versión más implacable y
paranoica, dispuesto a sabotear cualquier atisbo de cooperación internacional.
Pero aún peor por el riesgo que supone es el choque entre Poole y Kuznetsov. Que
éste último responda con frialdad y desdén tras haber sido salvado junto a su
tripulación por los astronautas de la NASA no solo busca indignar al espectador
e indisponerle contra él, sino subrayar una cruda realidad de la serie: en esta
carrera espacial alternativa, la ideología y las órdenes de Moscú a menudo pesan
más que el honor, la gratitud o el compañerismo básico entre astronautas. A millones
de kilómetros de la Tierra, el enemigo no es solo la falta de oxígeno o la
presión atmosférica, sino los viejos rencores geopolíticos que la humanidad
parece incapaz de dejar atrás, sin importar el planeta en el que se encuentre.
El
apartado visual da un salto adelante muy considerable en esta temporada,
planteando
tres filosofías de ingeniería espacial completamente distintas que
reflejan la personalidad y tecnología de cada competidor por Marte. La ingeniería
de aluminio blanco y uniforme de los años 70 ha dado paso a visiones muy diferentes.
La NASA apuesta por lo estilizado, funcional y limpio. La Sojourner 1 sorprende
a todo el mundo cuando, en el momento en que parecía haber perdido todas las
opciones por llegar primera al Planeta Rojo, despliega su “arma secreta”: unas
imponentes velas solares, una gigantesca y elegante estructura de kilómetros cuadrados
de material reflectante ultrafino que brilla intensamente al capturar los
fotones del Sol (y el impulso extra de los láseres basados en la Tierra)
Esa
combinación de física de vanguardia y belleza casi poética, c
ontrasta con el
brutalismo de la soviética Mars 94, una mole enorme, tosca y pesada, pintada en
tonos apagados y propulsada por un peligroso motor nuclear que escupe un
visible rastro de plasma. Por su parte, la Fénix de Helios representa el lujo
corporativo y el vanguardismo de Silicon Valley. Es, de hecho, un hotel de
cinco estrellas (el antiguo Polaris de Karen y Sam) reconvertido en nave
espacial: fría geometría comercial, acabados pulidos, grandes ventanales,
gravedad artificial mediante rotación y un diseño modular que destila
capitalismo y confort.
Gran
parte
de la tercera temporada de “For All Mankind” conserva las mejores
cualidades de la serie, equilibrando el desarrollo de los personajes con
escenas espaciales grandiosas, aterradoras y extraordinariamente dramáticas,
encontrando siempre tiempo y lugar para los diálogos. Los buenos momentos lo
son mucho, y por eso los tropiezos, como el irregular arco de algunos
personajes -léase los vástagos Stevens- se notan más.
Uno
de los mayores handicaps de la serie llegado este punto de su trayectoria, es
la dependencia de los “antiguos” personajes. Teniendo en cuenta el ritm
o de sus
saltos temporales, el margen para mantener a los veteranos en la cuarta
temporada es ya mínimo. Al llegar al final de la tercera, los personajes
fundacionales, como Ed Baldwin o Danielle Poole, ya rozan la sesentena o la
setentena. Exprimir su presencia en el espacio en una cuarta temporada empieza
a desafiar la suspensión de la incredulidad, obligando a los guionistas a
abusar todavía más del maquillaje de envejecimiento y a forzar tramas donde
ancianos siguen liderando misiones de riesgo. La serie corre el riesgo de
encallarse en la nostalgia en lugar de mirar hacia el futuro tecnológico que
ella misma propone.
Por
tanto, los creadores tenían la perentoria necesidad de introducir una nueva hornada
de personajes con el carisma suf
iciente para que el espectador empatice con
ellos y desee seguirlos en el futuro. En este sentido, Kelly Baldwin se ha
consolidado como un pilar fundamental. Cynthy Wu realiza un trabajo fantástico
al dotarla de un equilibrio perfecto entre aplomo y optimismo juvenil,
superando con creces las expectativas que apuntó en la segunda temporada y
convirtiéndola en un personaje muy disfrutable. Asimismo, la introducción de
nuevas y jóvenes promesas en el cuerpo de astronautas de la NASA abre vías
interesantes de cara al futuro.
Pero, a pesar de esos brotes verdes, la serie llega al final de este ciclo sin haber asentado una base lo suficientemente sólida y cohesionada como para garantizar el relevo generacional de cara a la cuarta temporada. Mientras que en la primera, el grupo de astronautas terminaba compartiendo una camaradería muy especial, formando algo así como una familia, la tercera los ha dispersado tanto entre la NASA, Helios y los soviéticos, que no existe un núcleo duro cohesionado para el futuro. Al fragmentar la narrativa, el espectador siente que el alma de la serie se marcha con los veteranos. Si la cuarta temporada quería funcionar, no iba a bastar con tener buenos personajes individuales; necesitaba fundar una nueva "familia" espacial que al espectador le importe tanto como la que impulsó el programa Apollo.
(Continúa en la siguiente entrada)

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